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Cahuachi: la ciudad de barro más grande del mundo

Cahuachi: la ciudad de barro más grande del mundo

Foto: La aldea ocupa una superficie de 24 kilómetros cuadrados y el arqueólogo italiano, Guiseppe Orefici, reclama que sea declarada la más extensa de todo el planeta

EFE, 26 de diciembre de 2004

Los antiguos peruanos que vivieron en la desértica costa del país levantaron verdaderas ciudadelas de barro que sobrevivieron al tiempo y ahora una de ellas reclama el título de la más grande del mundo.

El arqueólogo italiano Giuseppe Orefici declaró que Cahuachi es "el centro ceremonial de barro más grande del mundo", con 24 kilómetros cuadrados de extensión, asentado en el valle del río Nazca, a 460 kilómetros al sur de Lima.

Según el investigador, Cahuachi "es el centro más importante de la cultura Nazca, que se desarrolló entre los 400 años antes de Cristo y los 400 años después de Cristo, y fue utilizado para hacer ofrendas relacionadas con la agricultura", su principal actividad.

Orefici está al frente de un proyecto, que se extenderá hasta el año 2011, que consiste en la puesta en valor de los monumentos de la ciudadela con un presupuesto de 250.000 dólares anuales.

El ministerio de Relaciones Exteriores de Italia es el principal contribuyente a las investigaciones realizadas por Orefici.

En Cahuachi, ubicada a 28 kilómetros de la ciudad de Nazca, se pueden encontrar cuatro grandes conjuntos de edificios, delimitados por una muralla perimetral que los encierra, donde destacan la Gran Pirámide, el Gran Templo, el Templo Escalonado y los Montículos.

El frontis de la pirámide tiene 28 metros de altura y 100 metros de largo y en su interior hay siete plataformas escalonadas.

El conservador peruano Angel Alfaro está a cargo de la reconstrucción de los muros porque el adobe utilizado en la construcción original tiene problemas de conservación.

La labor de Alfaro se concentra en el fortalecimiento de las estructuras y en la réplica de los ladrillos de adobe (hechos de barro y paja).

Orefici informó de que se han encontrado muros que eran originalmente de color rojo, pero ahora sólo conservan algunas partes.

El equipo de arqueólogos que trabaja en Cahuachi descubrió en 1998 un depósito de 200 textiles, varios de los cuales estaban pintados a mano, una rareza dentro de la cultura Nazca, de la que hasta ahora sólo se conocían textiles bordados.

Además, han encontrado una veintena de cabezas de niños y adultos, pertenecientes a la misma comunidad, que eran ofrendas a sus dioses.

Todos los vestigios que han sido encontrados en la zona de tumbas están expuestos en el museo didáctico Antonini, que se levantó en un solar de 4.200 metros donados por la municipalidad de Nazca para construir laboratorios, una sala de conferencias y un parque arqueológico a cielo abierto de 1.600 metros cuadrados.

En el parque arqueológico se pueden observar reconstrucciones de tumbas con imitaciones de los entierros y su ajuar funerario, reproducciones de pinturas rupestres y una maqueta de los enormes geoglifos en el desierto de Nazca.

Las labores de recuperación del centro ceremonial se dedicaron este año a la arquitectura y en el 2005 planean avanzar en la conservación y en las excavaciones en el Templo Escalonado y en los muros monumentales de unos 10.000 metros de largo.

A pesar de su importancia, el acceso a Cahuachi para los investigadores y para los turistas es difícil debido a la falta de una carretera asfaltada desde la ciudad más cercana, Nazca, distante unos 28 kilómetros.

Por tal motivo, el director del proyecto pidió la atención de las autoridades regionales para que se construya esa vía y otras facilidades de infraestructura necesarias para recibir turistas.

Orefici agregó que la promoción turística del lugar debe hacerse "con mucho cuidado porque también puede destruir los vestigios", si no se cuenta con guardias y servicios de seguridad.

"País de los Ríos" Los Hurritas y la meseta de Armenia

"País de los Ríos" Los Hurritas y la meseta de Armenia

Foto: Carta de Tushratta a Amenhotep III, British Museum.

Por Prof. Vartán Matiossián

LA CULTURA DE KURA-ARAX

LA COPA DE PLATA DE KARASHAMB

LOS HURRITAS

EL ARMENIO Y EL HURRITA



LA CULTURA DE KURA-ARAX

Durante la segunda mitad del IV milenio a.C. la vasta zona comprendida entre el Cáucaso, el trans-Eufrates superior y el lago Urmia comenzó a manifestar un estado cultural de uniformidad que se mantendría por más de un milenio. Esto ha sugerido una unidad étnica que los materiales prehistóricos, por su naturaleza intrínseca, se revelan insuficientes para demostrar.

La bibliografía de la antigua Unión Soviética suele llamarla "cultura de Kura-Arax", a la par de otros nombres. Esta diversidad terminológica también se nota en la literatura occidental. El arqueólogo inglés Charles Burney ha acuñado "cultura transcaucásica temprana" (Early Transcaucasian Culture) como abreviatura de "cultura transcaucásica y anatólica oriental temprana".

Los límites de su expansión llegan por el noreste hasta más allá del Gran Cáucaso, en Chechenia y el norte de Daguestán, donde los sitios arqueológicos parecen ser posteriores a los de Subcaucasia (*). La frontera este es una línea desde el centro de Daguestán (Kayakent), a través de Najicheván (Kültepe), hasta la orilla occidental del lago Urmia (Göytepe). El área también abarca la Subcaucasia central -aparente núcleo de irradiación-, la región del lago Van y las fuentes del Tigris. El extremo oeste parecen formarlo Karaz, cerca de Erzerum, y algunos parajes en las fuentes del Kizil-Irmak (Halys).

Esta cultura también penetró en el este y sudoeste de Georgia, Osetia meridional y, quizás, Osetia septentrional (1) . Se caracteriza por un incremento en la densidad de población y en el número de grandes poblados; establecimiento de poblaciones en las riberas altas de los ríos y en las laderas de las montañas; multiplicación de casas redondas, además de las rectangulares; aparición, hacia el fin del período, de grandes cámaras mortuorias coronadas por enormes túmulos; aumento en el uso de granos de cereal; cosecha con hoces de metal; desarrollo de la viticultura; uso de transporte rodado, caballos y mulas (2).

A fines del III milenio a.C. se produjeron importantes cambios en el Cercano Oriente. La cerámica pulida -sobre todo negra, pero también en tonos suaves-, difundida en centros del Medio Oriente como Cilicia (Mersín), Siria del norte (Amuq II y I), Palestina (Khirbet-Kerak, Beth-Shan, Tabara-el Akrad), Irán noroccidental (Göytepe, Yaniktepe), etc., ha recibido el nombre genérico de "cerámica de Khirbet-Kerak". Se advierten horizontes totalmente similares a los de la meseta de Armenia o sus elementos característicos (3).

Burney ha correlacionado esta cultura con la presencia de los hurritas, sugerida en Kizzuwatna (la Cilicia clásica) hacia 2100, cuando se produjo la introducción de una cerámica pintada completamente diferente de los productos del Bronce Temprano III y con afinidades manifiestas con la cerámica de Siria septentrional. Esa cerámica pintada pudo derivarse de la región de Elazig-Malatiá (tercera fase de la "cultura transcaucásica temprana" o "cultura de Kura-Arax"). Su aparición en Cilicia -donde habría población indoeuropea (luvita) proveniente de Anatolia noroccidental hacia 2300- y en Siria -área de expansión semita muy anterior- se conecta con los nombres personales de Tell Chagar Bazar (río Habur), que datan de la época acadia (ca. 2200) (4).

Según el orientalista ruso Igor Diakonoff, la identificación de Khirbet-Kerak y Kura-Arax ha sido desestimada, y la ecuación mecánica de las áreas de Kura-Arax y de los hurritas es una simplificaciónv inaceptable: "Los establecimientos hurritas de Mesopotamia septentrional y de las áreas más allá del Tigris no han entregado hasta la fecha ninguna reliquia de la cultura de Kura-Arax. Por otro lado, no tenemos fundamentos para asumir que, por ejemplo, los ancestros de los chechenes o de los daguestaníes septentrionales fueran hablantes de las lenguas hurro-urartianas -a pesar del posible parentesco entre sus lenguas y el hurro-urartiano-, incluso aunque su territorio fuera incluido en el área Kura-Arax -en el sentido más amplio del concepto-" (5).

Por su parte, el orientalista alemán Gernot Wilhelm también ha rechazado la identificación de Khirbet-Kerak sobre bases cronológicas: la cerámica precede en varios siglos a la primera evidencia documentada de los hurritas, cuya presencia en Siria está atestiguada en los siglos XIX-XVIII a.C. No obstante, acepta que la distribución de esa cerámica podría indicar movimientos similares a los hurritas, en los que quizás estuvieran involucrados los protohurritas (6).

Estas observaciones replantean el riesgo de identificar una cultura con una etnia determinada y dejan espacio para suponer, como es natural, que una cultura puede asociarse con una o más etnias. Diakonoff había admitido, con justeza, que "las culturas arqueológicas, distinguidas fundamentalmente sobre la base de tipos cambiantes de cerámica y otros artefactos, están condicionadas en su composición por un gran número de factores locales concretos, no siempre étnicos, y no pueden equipararse de manera simple con las unidades de clasificación étnica" (7) .

Sobre esta base, el orientalista georgiano Tamaz Gamkrelidze y el lingüista ruso Viacheslav Ivanov han sugerido que la cultura de Kura-Arax incluyó distintos grupos étnicos que crearon una cultura material similar con diferencias locales -por ejemplo, el tipo de entierro: túmulos vs. cremación-. Entre ellos habrían figurado los hurritas, los sudcaucásicos y ciertas comunidades étnicas indoeuropeas (8).

LA COPA DE PLATA DE KARASHAMB

Un tesoro funerario del túmulo norte de Karashamb, en el norte de la República de Armenia, datado en los siglos XXII-XXI a.C. y perteneciente a la cultura de Kura-Arax, incluye una copa de plata labrada artísticamente que parece revelar lazos estrechos con las concepciones mitológicas indoeuropeas.

"Los temas mitológicos indoeuropeos expresados en las imágenes de la copa [de Karashamb. V.M.] están muy probablemente relacionados con su atribución etnocultural. El hecho de que dos piezas maestras relacionadas de la toréutica antigua hayan sido halladas en sitios sincrónicos de la cultura de Trialeti, sin tener contrapartidas cercanas fuera de los límites territoriales y cronológicos actualmente conocidos de esta cultura, puede testimoniar de por sí un origen local -en el sentido más amplio de la palabra- de las copas de Karashamb y Koruk-Tash, y de su afiliación con la cultura de Trialeti en la edad de bronce medio" (9).

La copa tiene seis bandas ilustradas que presentan una epopeya guerrera en un entorno de animales salvajes reservados a las cacerías rituales reales (leones, panteras o leopardos, ciervos): los preparativos de la guerra, la marcha al combate, la batalla, la decapitación de los prisioneros, su metamorfosis en lobos y la ofrenda del botín al monarca vencedor.

El primer registro muestra una caza de jabalí en dos fases: un perro persigue al animal, herido por una flecha y acosado por el león que le hace frente y por un leopardo. Completan la escena otros cinco leones y cuatro panteras o leopardos. El cazador, de perfil a la derecha, con la rodilla derecha en tierra, se prepara para lanzar una nueva flecha a la bestia negra, perseguida por tres leones y dos leopardos.

El segundo registro ilustra en tres escenas los preparativos de una batalla. Tres lanceros son precedidos por un sacerdote anunciado por tres músicos, uno de los cuales está sentado en cuclillas y toca la cítara, mientras los otros dos parecen soplar instrumentos de viento. Observan la escena siguiente, en la cual un "jefe" sentado en un trono, probablemente el mismo personaje que el cazador del registro anterior -hay un perro de caza a su lado-, se apresta a tomar la bebida ritual por el éxito de la batalla futura. Numerosos sacerdotes asisten a la escena; uno de ellos tiende una copa, otros dos levantan los brazos en actitud de plegaria. Otro sacerdote conduce un ciervo -con una luna creciente-hacia el sacrificio. Dos duelos oponen a un lancero con un soldado armado de una espada.

El tercer registro presenta en cinco "imágenes" el desarrollo del combate y de la victoria. En la primera escena, un lancero se apresta a matar a un jefe enemigo, desarmado, al que aferra por la cabeza; el vencido tiene una cola de lobo, que simboliza al condenado a la ejecución, resignado a su destino. La escena siguiente repite el mismo tema: un león real se inclina sobre un búfalo. En la tercera escena, los cadáveres decapitados de los vencidos están armados con espadas. También poseen la cola de lobo y un dios, monstruo con cabeza y patas de león y cuerpo de águila, los guía al reino de los muertos (10). En la cuarta escena, un lancero ultima al jefe de los portadores de espada, quien lleva una cola de vencido y está desarmado. La última escena representa al jefe-sacerdote-cazador sentado sobre un trono, blandiendo el hacha del poder supremo, con una pirámide de cabezas cortadas y las armas de sus enemigos ante él.

El cuarto registro es una ronda de leones y de leopardos alternados; el quinto, una orla de 38 filetes. El pie está adornado por el sexto registro, con cuatro leones y cinco leopardos.

Los tres primeros registros relatan una epopeya cuyo protagonista es un príncipe, a la vez cazador, sacerdote y dios-sol. Los otros tres podrían simbolizar el mismo esquema codificado, traspuesto al reino de los animales simbólicos: el león-rey representa al príncipe; el león-engendrador, al jefe de la tribu y fundador de una dinastía, mientras que la corona de filetes hace referencia al rey, divinizado y asimilado al sol (11) . Este príncipe parece combinar las tres funciones indoeuropeas: soberano y sacerdote (primera función), guerrero y cazador (segunda función), fertilidad (tercera función; el sol participa en esta última por su carácter benéfico) (12).

Una interpretación es que el héroe caza un jabalí con la ayuda de perros; los leones y leopardos simbolizan fuerzas sobrenaturales que apoyan al héroe en calidad de ancestros reverenciados. La muerte del jabalí inicia una cadena de hechos fatales que incluyen una guerra, quizás fratricida, que acaba con la muerte de muchos contendientes y la victoria de uno de los bandos. El arqueólogo armenio Vahán Hovhannisián ha planteado los siguientes paralelos indoeuropeos:

a) En la mitología griega, la caza del jabalí de Calidonia, enviado por Artemisa para castigar al rey Eneo, por su hijo Meleagro; la división de los despojos conduce a una disputa entre parientes y a una guerra que termina con la muerte del héroe. También cabe recordar la lucha entre Hércules y los centauros como derivación del combate con el jabalí de Erimanto.

b) En el "Cantar de los Nibelungos", Sigfrido es asesinado después de una cacería, donde su primera víctima ha sido un jabalí. En ciertas variantes, el héroe cae durante una cacería del jabalí, a quien sus asesinos atribuyen la muerte de aquél. Este episodio lleva a una guerra entre parientes: Krimhilda y Etzel contra los burgundios.

c) En la saga céltica "La historia del jabalí MacDato", el reparto del jabalí conduce a la lucha entre dos tribus irlandesas y a la muerte de muchos héroes. En el final de "La persecución de Dermot y Grania", durante la caza del jabalí Bann-Gulbain muere el héroe Dermot O'Dyna, como castigo por un crimen de su padre. Esto provoca una guerra entre sus hijos y los hombres de Finn, quienes habían organizado la cacería fatal.

d) En la mitología india, Harischandra, rey de Ayodhya, muere cazando un jabalí enviado por Vishvamitra para devastar su reino. Tras soportar distintas pruebas, llega finalmente al reino de ultratumba.

e) En la mitología armenia, la figura de Artavazd, hijo del rey Artashés, reúne trazos de una personalidad histórica y otra mítica. Según el historiador armenio Movsés Jorenatsí (siglo V d.C.), su padre lo maldice y desaparece en los abismos del monte Ararat mientras caza jabalíes y onagros, tras luchar varias veces con sus hermanos (13).

La caza del jabalí como tema mítico es un motivo prácticamente desconocido en las civilizaciones no indoeuropeas de Medio Oriente. La muerte de Adonis y Atis, dioses de la muerte y resurrección, por obra de un jabalí es una trasposición griega del mito mesopotámico de Dumuzi e Inanna (Tammuz e Ishtar, en Siria), donde no aparece este animal (14).

A pesar de sus reservas, Diakonoff ha continuado asociando la cultura de Kura-Arax con los hurritas: "Ciertos seguidores de Ivanov y Gamkrelidze han intentado probar que la cultura de Kura-Arax era indoeuropea, basando sus conclusiones sobre un origen supuestamente indoeuropeo de los mitos ilustrados en artefactos de Kura-Arax. Huelga decir que la difusión de un mito -admitiendo que su interpretación sea correcta- no se limita necesariamente a un área lingüística" (15).

No obstante, cada cultura aporta a los mitos elementos diferenciales; recordemos los intentos de Kumarbi -padre de los dioses en la mitología hurrita- por recuperar su trono, que no existen en el caso de Cronos, su contrapartida helénica, a la que ha influenciado notoriamente. Por lo tanto, en ese sentido, se limitan necesariamente al área lingüística hurrita.

"El análisis del tema de la copa de Karashamb confirma la presencia y la dominación de una masa indoeuropea entre los portadores de la cultura arqueológica de Trialeti-Kirovakán. Los rasgos que caracterizan la copa como utensilio valioso, al igual que muchas peculiaridades estilísticas de sus escenas, además de idiosincrasias artísticas visibles, revelan trazas definidas de la influencia de los centros culturales en Asia Menor y, en menor medida, Mesopotamia. Las zonas de contacto más probable con influencias culturales de Asia Menor y Mesopotamia son las regiones occidentales de la meseta de Armenia, cuya cultura, en opinión de B.B. Piotrovsky, debe asociarse con los restos de la provincia de Trialeti-Kirovakán, hasta ahora no explorados por los arqueólogos -esto es especialmente cierto para los restos de la Edad de Bronce Medio-. Es precisamente aquí donde, a fines del III / inicios del II milenio a.C., se genera un centro de acumulación y fuente de impulsos culturales, y de migraciones dirigidas al este de la meseta de Armenia, en la región entre el Arax y el Kura. Los grupos étnicos indoeuropeos tomaron una parte activa en estos procesos" (16).



LOS HURRITAS

Una inscripción muy fragmentaria de Naram-Sin de Acad (2254-2218), que se refiere a sus conquistas en la Mesopotamia septentrional y en la región del Tigris oriental, presenta topónimos con componentes hurritas. Otra inscripción ceremonial acadia hallada en Nippur tiene nombres (Shehrin-ewri) y rasgos hurritas. La presencia hurrita temprana en el Cercano Oriente puede aducirse a partir del sumerio ta/ibira ("trabajador del cobre"), para el que se ha aportado evidencias de un origen hurrita, y los préstamos de plantas de zonas no esteparias en el acadio.

En el período que siguió a la caída del imperio acadio surgieron reyezuelos locales en el norte mesopotámico, en la zona intermedia entre el llano y las montañas. De allí proceden dos textos de Tish-atal y Atal-shen, quienes se proclaman reyes de Urkesh y Nawar. La primera ciudad parece ser Tell-Amuda, donde se halló la inscripción de Tish-atal (la más antigua que existe en hurrita), mientras que Nawar se ubicaría al este del Tigris. La fecha varía entre principios del siglo XXI a.C. y mediados del siguiente. Esas formaciones estatales llenaban el vacío generado por la desaparición del imperio acadio, que aún no había sido ocupado por la III Dinastía de Ur.

El predominio hurrita en la alta Mesopotamia suele fecharse en el siglo XVI a.C.; sin embargo, el nacimiento del reino de Hanigalbat-Mitanni debe retrotraerse a mediados del siglo XVII a.C., en cuyo final se ha comprobado una gran incursión de los hurritas de Hanigalbat durante el reinado de Hattusilis I de Hatti, ocupado en una expedición en el oeste, quien los venció con dificultad. No obstante, se aseguraron el control del territorio entre el Tauro y el Eufrates.

Mursilis I, hijo de Hattusilis, fue famoso por su campaña de 1595 contra Alepo y Babilonia; la metrópoli mesopotámica fue arrasada y quedó a merced de un pueblo proveniente de Irán, los casitas. La profunda crisis que sufrió el reino antiguo hitita después de su asesinato favoreció el surgimiento de Mitanni como potencia dominante durante los tres siglos subsiguientes, hasta su desaparición hacia 1270.

Durante la crisis de Hatti (siglos XVI-XV a.C.), cuando Mitanni estaba en el cenit de su poderío, en la meseta de Armenia y el Alto Eufrates se formó una serie de pequeños reinos: Tegarama, Zazzisa, Alha, Armatana, Arawanna, Ishuwa y otros.

Estas unidades políticas fueron conquistadas por Hattusili II. No hay referencias directas al respecto, pero en el reinado de su sucesor, Tudhaliya III (1400-1380), esos pequeños reinos se liberaron, lo que significa que Hattusili II los había ocupado. Durante esta época de antagonismo, el territorio del alto Eufrates y la meseta de Armenia fue protegido por los reyes mitanios, y las entidades políticas allí creadas tuvieron orientación mitania. Esto se explica porque en la zona gobernaban, en su mayoría, dinastías hurritas (17). Supiluliuma II (1380-1340), hijo de Tudhaliya III, reconquistó Ishuwa y los demás países citados, con lo que la región pasó a constituirse en un punto de apoyo para los hititas.

Ishuwa, localizada al este de la confluencia de las dos ramas del Eufrates, fue particularmente importante en este período por su posición estratégica y por el dominio de las minas cupríferas de Ergani-Maden. Poblaciones de habla indoeuropea parecen haber infiltrado su territorio en el III milenio, como lo indican los hallazgos de huesos de caballos en Koruçutepe y Norsuntepe, correspondientes al calcolítico tardío y a la edad de bronce temprano (18). Es posible que su herencia haya sido recogida por elementos hurritas a mediados del II milenio (19); el nombre Ishuwa parece derivarse del término "caballo" (i.e. *ek'wo > luvita jeroglífico asuwa "caballo", arm. esh, genitivo ishoy "burro"; cf. hurrita eshshi, ishshiya "caballo"), en tanto que una de sus principales divinidades era el dios atmosférico hitita Pirua, cuyo símbolo era el caballo (20).

Uno de los hechos más salientes del reino de Mitanni es su relación con el elemento indoeuropeo. Sus reyes tenían nombres indoiranios (Shuttarna, Dushratta, Mattiwaza, etc.), junto con un segundo nombre hurrita, al igual que ciertos príncipes de Siria, y adoraban, entre otras, a algunas divinidades de aquel origen (Mitrasshil, Uruwanasshil o Arunasshil, Indra, Nasatyana). Una dinastía indoirania parece haber tomado la conducción de tribus hurritas en la zona de Urmia y creado Mitanni, cuyo nombre se habría derivado de los matienos, tribu localizada al sudoeste de ese lago (21).

Según el orientalista italiano Mario Liverani, en el marco de la crisis urbana hacia 1800, "una primera oleada de protoindoiranios llegó precozmente al extremo suroeste de Irán (poco después del comienzo de la crisis y de la reestructuración demográfica), para irrumpir en el Creciente Fértil con los portadores de nombres indoiranios del ambiente de los maryannu y Mitanni, y con la difusión del carro de guerra ligero y los caballos" (22).

La cría de caballos era conocida en el III milenio a.C. en Armenia y en las zonas montañosas de Irán. Un manual para su cría, escrito por el hurrita Kikkuli en el siglo XIV a.C. -conservado en traducciones al hitita y al acadio-, incluye siete glosas indoiranias (cinco números y dos nombres comunes). Varios términos para caballos, en uso hacia el siglo XIV a.C. en Nuzi, son de origen indoiranio cierto o presunto, y junto con los vocablos técnicos de Kikkuli permiten suponer que los indoiranios tenían experiencia al respecto. Una combinación de estas habilidades ecuestres y el uso del carro de dos ruedas sin dudas contribuyó a la expansión de Mitanni, aunque no deben omitirse las técnicas de sitio y el uso del arco compuesto.

Al redactarse ese manual, sin embargo, el indoiranio no era una lengua viviente; sus hablantes ya se habían fusionado con los hurritas, quienes poseían escritura y un nivel cultural relativamente más alto. El idioma infiltrado allí era un dialecto del indoiranio anterior a su división, con características que sólo aparecieron en las lenguas de la India en el I milenio a.C. y de las que el sánscrito carece. En consecuencia, se ha sugerido que debió relacionarse con el kafir, un grupo lingüístico intermedio entre el indio y el iranio, que sólo se preserva en los valles montañosos del noreste de Afganistán y en Cachemira. Se lo considera la primera rama que se separó del indoiranio y entró en su solar histórico. Es posible que se difundiera por la meseta de Irán antes de que oleadas posteriores lo absorbieran en la segunda mitad del II milenio a.C. (23).

El orientalista argentino Bernardo Gandulla ha enunciado una hipótesis sobre la base del modelo de la "oleada de avance" (Ammerman y Cavalli-Sforza), fundado en la expansión de una comunidad lingüística por motivos de subsistencia, con tecnología superior de explotación que permite la imposición de la agricultura y la ganadería (24). Hacia 6500, un movimiento de agricultores y pastores habría partido desde Çatal Hüyük -donde Renfrew localizó el hogar original indoeuropeo-, llegando al sur del mar Caspio, tras bordear el Cáucaso, alrededor del 4000. En su trayecto, en un proceso de integración con los protohurritas, esa oleada generó una etnia híbrida ("indohurrita") por sustitución lingüística.

En el III milenio, una saturación poblacional en la región de confluencia habría provocado un nuevo desplazamiento, hacia el centro y sur de Irán y hacia Pakistán, y el de otra rama en dirección oeste (25). Esta última, la "indohurrita", habría dado origen a Mitanni e incluía elementos indoiranios residuales: "A mi juicio esta posibilidad podría establecerse a partir de las formas sincréticas de las divinidades conocidas por documentos históricos, las relaciones de parentesco a nivel de las elites gobernantes, la onomástica y algunos aspectos de la estructura político-social (como el caso y situación de los maryannu)" (26).

Aunque la cronología de Renfrew ha sido fuertemente criticada y un movimiento indoeuropeo en fecha tan temprana (VII-V milenio a.C.) es improbable, pensar a los hurritas como resultado de una hibridación y no de un proceso simbiótico (superestrato indoiranio y substrato hurrita) parece una salida razonable para elucidar el problema de Mitanni.

Esa hibridación puede haberse producido a través de elementos indoiranios que bajaran al Asia Anterior por el este de Subcaucasia a principios del II milenio a.C., ocupando espacios en la zona de Urmia. Es factible que, tras separarse de la unidad armeno-greco-irania latente en la cultura de Kura-Arax, la interacción con hurritas provocara ese proceso.

El origen de los carros de guerra continúa siendo problemático. Ni la Mesopotamia, ni Siria disponían de la madera y de los equinos necesarios para desarrollar los carros de dos ruedas que constituyeron la fuerza de choque principal en las grandes contiendas de la Edad del Bronce. Su primer uso como arma de guerra y más específicamente táctica data de la segunda mitad del siglo XVII a.C.: conductores de carros aparecen con los ejércitos de Hattusilis I de Hatti, Yarim-lim III de Alepo y los hicsos que conquistaron Egipto (27). Estas referencias son casi simultáneas al surgimiento de Mitanni y puede suponerse que, al menos en los casos de Hattusilis I (y su sucesor Mursilis I) y de los hicsos, el uso de carros fue el factor que permitió sus éxitos militares.

El carro de guerra se considera en la actualidad como un desarrollo del Cercano Oriente y no, como antes, una importación de los indoiranios (28). Es posible que los hurritas lo perfeccionaran y fueran sus difusores. A la vez, pudieron tomar sus conocimientos, junto con la materia prima -maderas y caballos- de una fuente inmediata: Armenia.

Según el faraón Amenofis II (1450-1425), la madera de su carro provenía "del país de Naharin" (29). En sus inscripciones, Tutmosis I (1526-1512) y Tutmosis IV (1425-1417) designan a Mitanni como Nahrina, término que se identifica con el Aram Naharaim bíblico y ha sido explicado como "país de los ríos" (semita nahr, "río") (31). Su lectura correcta parece ser Nahraini "ríos mellizos" (32). Evidentemente, la madera debía provenir de la zona al norte de Mitanni, es decir, Armenia, pues la Mesopotamia carece de vegetación arbórea. Estudios modernos han determinado que la fabricación de un carro egipcio del siglo XIV a.C. fue realizada con madera del área limitada al este por el mar Caspio y del sur al oeste por una diagonal trazada desde la ribera meridional de ese mar hasta la costa del mar Negro en la vecindad de Trebizonda (30).

Los vehículos hallados en los túmulos de Lëchashén (ca. 1500), a orillas del lago Seván, al este de la República de Armenia, han revelado el grado de avance de la manufactura de la región, que empleaba la madera local (roble, olmo, haya y pino) como materia prima. Los carros de dos ruedas difícilmente hubieran sido introducidos allí desde Mitanni, sino que con mayor posibilidad constituyeron un desarrollo autóctono (33).


EL ARMENIO Y EL HURRITA

El hurrita se escribió desde la segunda mitad del III milenio hasta el siglo XII a.C. y se habló hasta que en el I milenio a.C. lo desplazó el arameo. Junto con el urartiano, constituye una familia aparte dentro de las lenguas del Asia Anterior. Urartú aparece en el siglo XIII a.C., cuando el hurrita estaba ampliamente difundido. Este último continuó en uso entre los siglos IX y VI a.C., fecha de registro del urartiano. Ambas lenguas son ramas de una lengua madre, ya separadas hacia el III milenio. Hay variaciones gramaticales, fonéticas y léxicas significativas: la conjugación, la negación y la sintaxis son totalmente diferentes, la declinación de los sustantivos muestra variantes, y aparecen divergencias notorias en el léxico (34).

Según Diakonoff, las palabras de origen hurrita en el armenio son términos de sustrato referidos a plantas, animales e instituciones sociales locales durante el primer milenio a.C. (35). Sin embargo, como dice el lingüista armenio Guevorg Djahukián, "los contactos armenio-hurritas probablemente debieron haberse fortalecido desde los tiempos de poderío del estado hurrita-hablante de Mitanni, a partir del siglo XVI-XV a.C. No sería correcto explicar las coincidencias léxicas por contacto de los armenios con remanentes tardíos de los hurritas o por medio del urartiano emparentado con el hurrita" (36).

El término armenio jorr ("avaro"), citado por única vez en un comentario del Evangelio de San Marcos del siglo XIII, es muy interesante (37). Su origen, según el orientalista armenio Grigor Ghapantsián, es el etnónimo hurri; en ciertos lugares, los hurritas debieron ser mercaderes astutos, característica que los armenios registraron (38). Esto debió ser producto de un contacto directo y prolongado cuando los hurritas eran protagonistas en el plano internacional, es decir, antes del siglo XII a.C. De ese mismo etnónimo, recordemos, se derivó el adjetivo sumerio hurum ("loco")(39).

El contacto armenio-hurrita incluye los siguientes préstamos:

1) Arm. jëndzor ("manzana"), hurr. hinzuri ("manzana, manzano") (40)

2) Arm. nurn ("granada"), hurr. nuranti ("granada") (41)

3) Arm. tul't (tught, "malvavisco"), hurr. tuldi ("cierta planta") (42)

4) Arm. jal'ol' (jaghogh, "uva"), hurr. haluli ("cierta fruta") (43)

5) Arm. anag ("estaño"), hurr. anagi ("estaño") (44)

6) Arm. salor ("ciruela"), hurr. salluri ("ciruela") (45)

Estos términos no aparecen en el vocabulario urartiano y, por lo tanto, se catalogan como hurritas sólo de manera convencional. Viceversa, ciertos préstamos del urartiano al armenio figuran como tales por su ausencia en el hurrita. En esencia, el problema es la escasez de material léxico de ambos, lo cual impide una determinación cierta y firme de su relación con el armenio.

Por el mismo motivo, la falta de términos armenios en el hurrita, aducida por Diakonoff como prueba del carácter tardío de la presencia armenia en su solar histórico (46), es relativa.




Notas

(*) Usamos el término neutro "Subcaucasia" para designar la región al sur de los montes Cáucaso. La forma habitual, "Transcaucasia", es geográficamente inexacta pues designa la región con una visión centrada en Moscú.

1. Igor Diakonoff, The Prehistory of the Armenian People, Delmar, 1984, 9.

2. Cf. Thomas Gamkrelidze y Viacheslav Ivanov, Indo-European and the Indo-Europeans: A Reconstruction and Historical Analysis of a Proto-Language and a Proto-Culture, vol. I, Berlín, 1995, 789. El entierro en túmulos hacia 3500 en la zona esteparia donde confluyen los ríos Kura y Arax (Uch-tepe, Mingechaur, Bedeni) ha sido considerado prueba de infiltraciones indoeuropeas en el Cáucaso desde la zona de la estepa póntico-caspiana (Shan Winn, "Burial Evidence and the Kurgan Culture in Eastern Anatolia c. 3000 B.C.: An Interpretation", Journal of Indo-European Studies [Washington], Spring-Summer 1981, 116-118). No se descarta que haya sido un desarrollo local (cf. James Mallory, In Search of the Indo-Europeans. Language, Archaeology and Myth, Londres-Nueva York, 1992, 231-233).

3. Harutiún Martirosián, Emma Janzadián e Igor Diakonoff, "La edad del bronce temprano en Armenia", en Historia del pueblo armenio, t. I, Ereván, 1971, 139 (en armenio).

4. Charles Burney y David M. Lang, The Peoples of the Hills. Ancient Ararat and Caucasus, Londres, 1971, 48-51. Para una hipótesis sobre las oleadas hurritas, cf. Igor Diakonoff, "Evidence on the Ethnic Division of the Hurrians", en M. A. Morrison y D. I. Owen (eds.), Studies on the Civilization of Nuzi and the Hurrians, vol. 1, Winona Lake, 1981, 88-89.

5. Diakonoff, The Prehistory, 10, 145.

6. Gernot Wilhelm, The Hurrites, Londres, 1994, 6.

7. Diakonoff, The Prehistory, 3.

8. Gamkrelidze e Ivanov, Indo-European and the Indo-Europeans, 33-34. Sobre el tema de la presencia indoeuropea a fines del III milenio a.C., cf. Vartán Matiossián, "Soles y orígenes: el mito armenio de la Creación", Transoxiana (Buenos Aires), vol. 2, 2001 (www.salvador.edu.ar/transox/0102/soles.html).

9. Cf. V. E. Oganesián [Hovhannisián], "A Silver Goblet from Karashamb", Soviet Anthropology and Archaeology (Armonk), Spring 1992, 99. Otra copa de tipo similar se ha descubierto en un túmulo de Koruk-Tash, en Trialeti; para un analisis, cf. G. E. Areshián, "Tema indoeuropeo en la mitología de la población entre el Kura y el Arax en el II milenio a.n.e", Vestnik Drevnei Istorii, 4, 1989, 84-102 (en ruso).

10. Cf. la representación del dios sumerio Imdugud (babilonio Anzu), ave tempestad que roba a Enlil las tablillas del destino (Charles Roux, Mesopotamia. Historia política, económica y cultural, Madrid, 1990, 213; Myths from Mesopotamia. Creation, The Flood, Gilgamesh, and Others, traducción de Stephanie Dalley, Londres, 1992, 203-227).

11. Hakob Simonián, "Pasteurs et chefs de guerre au Bronze moyen (XXIIIe-XXII siècle avant J.-C.)", en J. Santrot (ed.), Arménie. Trésors de l'Arménie ancienne, París-Nantes, 1996, 65-66 (noticia de Ashot Pilipposián y Jacques Santrot).

12. Jean Haudry, Les indoeuropéens, París, 1985, 75.

13. Oganesián, "A Silver Goblet", 97-99.

14. Cf. James Frazer, The Golden Bough, Londres, 1993. 327, 347 (hay traducción castellana: La rama dorada, Fondo de Cultura Económica, México).

15. Igor Diakonoff, "Language Contact in the Caucasus and the Near East", en T. Markey y J. Greppin (eds.), When Worlds Collide. Indo-Europeans and Pre-Indo-Europeans, Ann Arbor, 1990, 65.

16. Oganesián, "A Silver Goblet", 99-100.

17. Hrayr Avetisián, "La meseta de Armenia en el ámbito de las relaciones bélico-políticas hurro-hititas", Patma-Banasirakán Handés (en armenio), 1-2, 1996, 226 (en armenio).

18. Winn, "Burial Evidence and the Kurgan Culture", 116.

19. Mallory, In Search of the Indo-Europeans, 232.

20. Armén Petrosián, El mito de Aram en el contexto de la mitología indoeuropea y el problema del etnogénesis armenio, Ereván, 1997, 149-150 (en armenio).

21. Igor Diakonoff, "Los arios en el Cercano Oriente: fin del mito", Vestnik Drevnei Istorii (Moscú), 4, 1970, 61-62 (en ruso). Se atribuye el préstamo en el armenio de marmín ("cuerpo" < sánsc. marman "miembro; parte indefensa del cuerpo" < i.e. *mel "miembro") y djamb ("alimento", djambem "alimentar trozando; dar de comer, cuidar" < sánsc. jambhate "toma con los dientes" < i.e. g'embh "masticar") al período de relaciones entre Mitanni y Azzi-Hayasa (siglos XV-XIII a.C.), país ubicado al noroeste de la meseta de Armenia, con población parcialmente de habla armenia (Guevorg Djahukian, "Did Armenians Live in Asia Anterior Before the Twelfth Century B.C.?", en T. Markey y J. Greppin, When Worlds Collide, 30).

22. Mario Liverani, El antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía, Barcelona, 1995, 700.

23. Diakonoff, "Language Contact", 64-65.

24. Colin Renfrew, Archaeology and Language. The Puzzle of Indo-European Origins, Londres, 1989, 124-131 (hay traducción castellana: Arqueología y lenguaje. El enigma de los orígenes indoeuropeos, Crítica, Barcelona).

25. Cf. Mallory, In Search of the Indo-Europeans, 39-40.

26. Bernardov Gandulla, "Los indo-hurritas en el Cercano Oriente antiguo (IV a II milenio a.C.). Problemas actuales para su estudio", Orientalia Argentina (Buenos Aires), vol. XI, 1994, 57-61.

27. Robert v Drews, The End of the Bronze Age. Changes in Warfare and the Catastrophe ca. 1200 B.C., Princeton, 1995, 104-106.

28. Wilhelm, The Hurrites, 19.

29. Cf. Roger T. O'Callaghan, Aram-Naharaim. A Contribution to the History of Upper Mesopotamia in the Second Millennium B.C., Roma, 1963, 134.

30. Robert Drews, The Coming of the Greeks. Indo-European Conquests in the Aegean and the Near East, Princeton, 1989, 120.

31. Abraham Malamat, "Siria y Palestina en la segunda mitad del segundo milenio", en E. Cassin, J. Bottéro y J. Vercoutter (eds.), Los imperios del antiguo Oriente, vol. II, Madrid, 1983, 158, 163; Wilhelm, The Hurrites, 24, 28.

32. Diakonoff, The Prehistory, 185.

33. Cf. Burney y Lang, Peoples of the Hills, 105-106.

34. Wilhelm, The Hurrites, 4. Cf. M. Khachikyan, "Sur la characteristique typologique de l'Hourrite et l'Ourartien", en D. I. Owen (ed.), Studies on the Civilization and Culture of Nuzi and the Hurrians, vol. 7, Winona Lake, 1995, 21-27.

35. Diakonoff, "Language Contact", 65, cuyos paralelos vinculados con instituciones sociales (arm. al'j [aghj] "linaje", hurr. allae "señora", * alla(e)hhi "señorial"; arm. al'ajín "sierva", hurr. *alla(e)hhini "ecónomo, ecónoma"; arm. tzará [tzaray], hurr. sarre "botín") (Diakonoff, The Prehistory, 186) son semánticamente improbables.

36. Guevorg Djahukián, Conversaciones sobre la lengua armenia, Ereván, 1992, 37 (en armenio).

37. rachiá Acharián, Diccionario etimológico armenio, vol. II, Ereván, 1973, 399 (en armenio).

38. Grigor Ghapantsián, Historia de la lengua armenia, vol. 1, Ereván, 1961, 114 (en armenio). Cf. Guevorg Djahukián, Historia de la lengua armenia. Período prelítero, Ereván, 1987, 425 (en armenio).

39. Samuel Kramer, The Sumerians, Chicago, 1963, 287.

40. Ghapantsián, Historia, 112-113; Neshán Mardirosián, "Una contribución a la lexicología hitito-armenia", Patma-Banasirakán Handés (Ereván), 2, 1972, 176 (en armenio); John Greppin, "The Anatolian Substrata in Armenian-An Interim Report", Annual of Armenian Linguistics (Cleveland), vol. 3, 1982, 71; Igor Diakonoff, "Acerca de la prehistoria de la lengua armenia (de hechos, testimonios y lógica)", Patma-Banasirakán Handés (Ereván), 4, 1983, 165 (en ruso).

41. Diakonoff, "Acerca de la prehistoria", 165. Alternativamente, nurn puede derivarse del acadio nurimdu ("granada") (Djahukián, Historia, 426).

42. Ghapantsián, Historia, 112; Djahukián, Historia, 425.

43. Guevorg Djahukián, "Etimologías", Banber Erevani hamalsaraní (Ereván), 2, 1983, 92-93 (en armenio).

44. Djahukián, Historia, 425.

45. Igor Diakonoff, "Ancient Near Eastern Substrata in Armenian", Annual of Armenian Linguistics (Cleveland), vol. 3, 1982, 17.

46. Diakonoff, "Language Contact", 65.

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¿QUIENES ERAN LOS HURRITAS?

Por JUAN OLIVA.- UNIVERSIDAD DE CASTILLA-LA MANCHA

1. Descubrimiento.

Los estudios de Asiriología tuvieron pronto conocimiento de la existencia de un pueblo establecido desde tiempos remotos en el área norsiro-mesopotámica, distinto a otros pueblos conocidos del Próximo Oriente antiguo: sumerios, semitas (acadios, asirios y babilonios) y semitas occidentales (amoritas, cananeos, arameos), hititas, indo-arios, casitas y elamitas.

Este pueblo o, si se prefiere, el conjunto de los pueblos hurritas se caracteriza esencialmente desde el punto de vista histórico por el uso de una lengua (también escrita en caracteres cuneiformes) que no era semítica ni estaba emparentada con el sumerio ni con otras lenguas de la zona, salvo por aspectos muy generales de su morfología. Esta lengua ha sido denominada en la historiografía asiriológica "hurrita", en razón del término étnico y geográfico con que se designa al pueblo que la hablaba y su zona de asentamiento en las fuentes escritas del II milenio a. de C., muy especialmente en textos acadios y egipcios.

Actualmente, el apelativo "hurrita" define por extensión un pueblo asociado a una lengua y a una entidad geo-política instalada en una amplia franja del norte de Siria y Mesopotamia, entre finales del III milenio y la primera mitad del II milenio a. de C. La relevancia y papel histórico de este pueblo en el III milenio son todavía poco conocidos, ya que es extraordinariamente escasa la información que se tiene sobre los hurritas en este periodo. Es sin embargo a comienzos del II milenio cuando numerosas pruebas documentales, fundamentalmente textos, permiten conocer más datos acerca de este pueblo y de su influencia en la historia y civilización del Próximo Oriente antiguo.

2. Las fuentes.

En la terminología asiriológica, el vocablo "hurrita" deriva del nombre geográfico acadio hurri, el cual no representa probablemente sino un original empréstito hurrita del término étnico original: hurwe/hurre que significa "mañana", "el Este" y, por extensión, "la tierra (de procedencia) de los hurritas". Curiosamente, en otras lenguas caucásicas este mismo lexema encuentra una sorprendente correspondencia con significados similares dentro del mismo campo semántico.

Hurri (hurrita) suele designar en los textos acadios del II milenio una imprecisa entidad geo-política norsiro-mesopotámica, que alcanzó su esplendor con el poderoso imperio de Mittanni entre 1600 y 1350. El paulatino asentamiento de elementos hurritas en el norte de Siria y Mesopotamia trajo como consecuencia no sólo la introducción de tradiciones autóctonas hurritas en dicha región, sino también su determinante influencia en la cultura hitita, pues los hurritas parecen haber vinculado a Anatolia con la civilización siro-mesopotámica, introduciendo allí, entre otras obras, no sólo mitos babilónicos en acadio y diversas creaciones literarias originales, básicamente mitos, sino también obras que, al parecer, heredaron de los semitas occidentales tras su encuentro en Siria. Los hurritas trasladaron además a Anatolia importantes elementos de su religión, hurritizando de hecho el panteón hitita mediante la introducción de ciertas divinidades entre las que destacan singularmente las diosas Shaushga y Hebat que, ciertamente, representan tradiciones hurritas distintas en su compleja evolución religiosa.

En comparación con las fuentes escritas en otras lenguas del Próximo Oriente antiguo, son muy pocos los textos redactados en lengua hurrita que se conservan. Estas fuentes proceden de diversos lugares, algunos muy separados entre sí, y se datan en distintos periodos de la historia antigua del Próximo Oriente. De este material destaca singularmente la célebre Carta de Mittanni, dirigida por el rey mitáneo Tushratta a Amenofis III de Egipto en los últimos años del reinado del faraón, y hallada, entre otras muchas cartas redactadas en acadio, en el famoso archivo de Tell El-Amarna en 1887. Dada su excepcionalidad y extensión, este texto constituye aún en los estudios de hurritología una verdadera piedra angular para el desciframiento de la estructura y funcionamiento del hurrita en una fase madura de su evolución hacia 1350 a. de C.

Pero los testimonios hurritas más antiguos se remontan a la segunda mitad del III milenio. El documento más antiguo conocido es una inscripción real de Atal-shen, rey de Urkish y Nawar, redactada en acadio, que parece poder datarse hacia la época de los Gúteos o en la primera fase de la III dinastía de Ur. De época algo posterior es la inscripción del rey de Urkish, Tish-atal, redactada esta vez en hurrita, y que constituye hasta el momento el documento más antiguo que se conoce en esta lengua. Ambos textos ponen de manifiesto la existencia de un estado hurrita ya a finales del III milenio en los nacimientos más orientales del río Habur, afluente del Éufrates. Pero la inscripción de Tish-atal muestra, además, que los hurritas ya habían adoptado en el periodo de Acad, o poco después, el sistema de escritura cuneiforme adaptándolo a su propia lengua.

A este material han de añadirse algunos sellos aproximadamente de la época de Ur III y otros testimonios paleohurritas procedentes de Hattusa (Bogazköy), la capital hitita, entre los que destaca una lista de reyes hurritas del periodo de Acad que cita verosímilmente a Atal-shen junto a los reyes acadios, desde Sargón a Shar-Kali-Sharri, y a otros reyes de la región del alto Éufrates y del noreste del Tigris.

Por otra parte, siete documentos hurritas procedentes de Mari representan hasta el momento el material textual hurrita más antiguo del II milenio, datable en tiempos paleobabilónicos. El denominador común de esta documentación es su carácter religioso; sólo un texto parece ser el fragmento de una carta, probablemente entre dos reyes, uno de los cuales podría ser el rey de Mari Zimri-Lim.

Un importante grupo de textos hurritas procede de los archivos de Ras-Shamra-Ugarit. Se trata de textos redactados tanto en caracteres alfabéticos, tomados del ugarítico, como silábicos, cuyo contenido es también eminentemente religioso. Entre los textos más importantes de este archivo destaca un ejemplar bilingüe hurro-acadio que contiene aforismos ético-religiosos, así como dos importantes vocabularios que establecen equivalencias semánticas del hurrita con el sumerio, el acadio y el ugarítico. Otro importante corpus de textos silábicos religiosos hurritas procede de Méskene-Emar, aún en proceso de edición.

Por su parte, el archivo acadio de Tell Atshana-Alalah ha revelado la existencia de un importantísimo substrato hurrita en el norte de Siria a finales de la primera mitad del II milenio, en función de la abundante onomástica hurrita local documentada sobre todo en su estrato IV (1500 a. de C.). Prueba del creciente elemento hurrita en Alalah son, además, algunos términos hurritas que glosan los textos de este archivo.

Los archivos de Bogazköy han suministrado también desde 1906 importantes hallazgos datables en torno a 1400 a. de C. Un importante elenco de textos religiosos hurritas (presagios, conjuros y rituales), así como textos mitográficos constituyen la mayor parte de este material. Algunos textos bilingües conservan también pasajes en hitita con su versión hurrita. Sin embargo, estos documentos son todavía, como los de Mari y hasta cierto punto los de Ugarit, prácticamente ininteligibles debido al desconocimiento del significado de numerosos términos religiosos que en ellos aparecen. Los textos de la serie del Bilingüe de Bogazköy, descubierta entre 1983 y 1985 en el templo 16 de la parte alta de Hattusa, han permitido no obstante alcanzar en los últimos años significativos avances en el estudio del hurrita.

Además de los textos, numerosos antropónimos hurritas desde la época de Ur III hasta el periodo babilónico medio en numerosos archivos de Siria y Mesopotamia constituyen una fuente de enorme valor para el estudio de la gramática y la lexicografía hurritas. Al citado material onomástico del archivo de Alalah, sobre todo en su estrato IV, cabe añadir de época contemporánea especialmente los abundantes antropónimos hurritas que aparecen en los archivos acadios de Nuzi. Estos archivos, por su onomástica, panteón y terminología, revelan, al igual que Alalah IV, un substrato dominante de población hurrita al este de la alta Mesopotamia hacia 1400.

Todo este material constituye fundamentalmente la información textual disponible sobre los hurritas junto con los datos aportados por los textos de Tell El-Amarna, especialmente las cartas en acadio de Tushratta a Amenofis III, a su viuda Teye y a Amenofis IV.

Es interesante constatar que, en virtud de los contenidos de estas fuentes, halladas primordialmente en Siria, Anatolia y Nuzi, parece claro que la lengua empleada con preferencia por los hurritas para transmitir sus ideas y creencias religiosas no era el acadio, que empleaban como lengua administrativa al igual que se hacía en todo el Próximo Oriente antiguo, sino su propia lengua, el hurrita, que representaba seguramente el vehículo más expresivo para dicho fin y el instrumento más directo de transmisión de su identidad cultural.

3. Perfil histórico.

El país de origen de los hurritas parece haber sido Armenia, en la Anatolia oriental, y la región del así denominado alto Trastigris. Cuándo se produjo la penetración de los hurritas en el norte de Siria y Mesopotamia es incierto, aunque dicha migración debió de ser probablemente gradual, quizá potenciada por cambios de intereses políticos y económicos en la región e impulsada en parte por los semitas instalados en la zona.

Por diferentes pruebas epigráficas se sabe que ya había hurritas en el norte de la Siria oriental y en la alta Mesopotamia desde la época de los sargónidas, pues algunos nombres de persona hurritas en documentos acadios así lo demuestran. Esta presencia hurrita sería en parte ya sedentaria, ya que algunas ciudades o aldeas de Asiria y de la alta Mesopotamia parecen tener nombres hurritas, al menos desde la época de Naram-Sin de Acad. A finales del III milenio se tiene constancia del estado de Urkish (y Nawar) en la región norsiro-mesopotámica, y todo ello hace suponer que los hurritas estaban ya instalados en esta época por amplias zonas de las montañas surorientales de Anatolia y en las cabeceras del río Habur, en donde habrían alcanzado un alto grado de civilización.

Poco después, en la época del comercio asirio en la Anatolia central (Capadocia), hacia 1900 a. de C., un texto de Kanish parece insinuar que los hurritas estarían ya en el norte de Siria más o menos integrados en la sociedad comercial de la época.

Hacia 1800 los hurritas aparecen establecidos en pequeños principados de la alta Mesopotamia y el norte de Siria, en donde su influencia se dejó notar con especial relevancia posteriormente. Los textos de la Mari paleobabilónica dejan vislumbrar, en efecto, la presencia de numerosos príncipes hurritas que reinan, al parecer de forma independiente, en amplios territorios bañados por los ríos Balih y Habur. La extensión de estos estados independientes no fue quizá muy grande, aunque en conjunto abarcaría todo el territorio septentrional de los altos valles del Tigris y del Éufrates, quizá con mayor densidad en el alto Habur. Asimismo, hay constatación de hurritas venidos hasta Mari desde distintos lugares que siempre, al parecer, deben situarse en el norte. Pero muchos de estos hurritas, hombres y mujeres, fueron sólo trabajadores en el palacio de Mari y no moradores como grupo étnico en la ciudad del bajo Éufrates medio. Tampoco en la periferia inmediata de Mari parece haber constancia de la presencia sedentaria de hurritas.

Testimonio de la presencia hurrita en el norte de Siria es también el escaso material onomástico de época paleobabilónica de Chagar-Bazar (Siria nororiental), de Alalah VII (Siria noroccidental) y de Shemshara en el Kurdistán iraquí. Más tarde, en la época babilónica media, la presencia de enclaves hurritas se detecta, como ya se ha indicado, en Nuzi, Alalah IV, Qatna, Emar y Ugarit, cuya tradición hurrita pertenecería a una etapa anterior al siglo XIV a. de C. La tradición de Bogazköy, por otra parte, refleja también la presencia de hurritas en Alepo, Mukish, Nuhashe, así como en Kizzuwatna en la franja siro-anatólica.

Aun teniendo pues constatación de la presencia de hurritas en dichas zonas desde antes de la época de Atal-shen, se sabe muy poco acerca de su organización e impacto en la región hasta el final de la época paleobabilónica, por lo que una reconstrucción de su papel histórico en esta época resulta aún poco penetrante. No obstante, parece claro que su larga convivencia con los semitas dio lugar en determinadas zonas a una interesante cultura híbrida, más o menos cristalizada, como demuestra la acuñación de nombres personales híbridos hurro-semíticos que evidencia un importante grado de fusión entre los dos elementos étnicos, o la asunción de determinadas divinidades semíticas por parte de los hurritas occidentales, por citar sólo dos pruebas de dicho fenómeno.

La formación algo después del estado hurrita de Mittanni como unidad política pudo surgir hacia el siglo XVI a. de C. En la época de expansión hitita en el norte de Siria, durante los reinados de Hattushili I y Murshili I, existían verosímilmente en el dominio norsiro-mesopotámico principados hurritas que no habrían alcanzado aún una organización estatal propiamente dicho. Sin embargo, tras la caída del reino amorita de Yamhad por las presiones de los hititas, los príncipes hurritas pudieron adquirir mayor libertad de movimiento en la zona. Esta situación pudo favorecer la elección de un poder central. La formación de lo que más tarde sería el estado de Mittanni significó, de hecho, la imposición de una nueva soberanía que se vio beneficiada por diferentes causas, como H. Klengel señaló en su día: por una parte, la presencia de un importante elemento de población hurrita en la región unió seguramente tradiciones hurritas comunes. El vacío dejado por el reino de Yamhad, los problemas internos que sufrió Hatti entonces para imponer su dominio en la región, junto con la debilidad de los reyes asirios y los nuevos reyes casitas que debían consolidarse en Babilonia, la aún escasa influencia de la presión egipcia en Siria y un control económico de las importantes vías de caravanas por el norte de Mesopotamia pudieron, en efecto, favorecer el surgimiento de un estado hurrita en la región.

Ya a comienzos del siglo XVI a. de C., pues, hubo al parecer importantes cambios que trajeron como consecuencia una profunda transformación política. Si en la época paleobabilónica la alta Mesopotamia estaba dominada, como se ha observado, por pequeños estados hurritas independientes, posteriormente unificados bajo una unidad política denominada Hurri, Hanigalbat o Mittanni, aquel elemento hurrita fue cobrando paulatinamente liderazgo llegando a imponer más tarde su poder y soberanía de manera oficial. Los hurritas de Mittanni se conviertieron en los principales rivales de la expansión hitita en el norte de Siria, acudiendo primero en ayuda del estado amorita de Yamhad y de sus vasallos como aliado, y luego como soberano que lucha contra egipcios e hititas por el control del norte de Siria, hasta llegar al sur del país y a Palestina.
Parece claro que se produjo en esta fase una acrecentación del elemento hurrita en todo el dominio occidental, atestiguado por numerosos antropónimos y topónimos hurritas como demuestran los archivos de Alalah IV. Sin embargo, dado que una identidad completa entre onomástica hurrita y factor étnico es incierta, ambos conceptos no representarían necesariamente lo mismo en este periodo, como consecuencia del profundo sincretismo de pueblos que se vino produciendo desde antiguo en la zona.

Pero, aparte de Siria, el imperio de Mittanni se extendió también hacia el este abarcando el reino de Nuzi-Arraphe en tiempos de Saushatatar, y quizá ya de su antecesor Parattarna. Posteriormente, los reyes de Mittanni Shuttarna II y Tushratta entablaron relaciones dinásticas con Egipto, en un periodo en que Mittanni dominaba como estado imperial, hasta su enfrentamiento con Shuppiluliuma de Hatti, amplios territorios del norte de Siria y Mesopotamia. Los reinados de Artatama I, Shuttarna II y Tushratta, quien alcanzó el poder tras el breve reinado de su hermano mayor Artashumara, fueron probablemente los de máximo esplendor del reino mitáneo. Sin embargo, la conquista hitita de Karkemish y Alepo frente a los hurritas pudo facilitar poco después el dominio de Hatti en la región, extendiéndose más tarde hacia el sureste, pues tanto Amurru como Tunip y Qadesh reconocieron el nuevo poder hitita en el norte de Siria y su alianza de equilibrio político con Egipto. Al parecer, Mittanni quedó a partir de entonces reducido como estado y enfrentado a una Asiria que resurgía como potencia en la zona. Este fue, verosímilmente, el principio del fin del imperio de Mittanni.

4. Sociedad y estructura política.

Son muchas aún las cuestiones por aclarar en relación con la sociedad y la estructura política de los hurritas. En realidad, hasta el surgimiento de Mittanni, este ámbito de la investigación hurritológica resulta todavía prácticamente desconocido, debido a la carencia general de información. Sin embargo, a partir de la época mitánea pueden avanzarse algunas observaciones más o menos contrastadas:
Al parecer, los príncipes hurritas se sometieron, y con ellos el territorio de su jurisdicción más directa, a la soberanía suprema del rey de Mittanni. Éste, al sustituir al poder amorita en Siria, parece haber adoptado el papel soberano que habían ostentado los reyes de Yamhad. Pero, a diferencia de los reyes amoritas, el rey de Mittanni parece representar, por decirlo así, una especie de primus inter pares en la estructura política del reino mitáneo.

Los textos de Tell El-Amarna ilustran especialmente acerca de la estructura interna del imperio de Mittanni, el cual se componía verosímilmente de unidades administrativas o principados más o menos independientes. Algunos príncipes hurritas poseyeron al parecer amplia autonomía política que podía alcanzar cierta libertad en sus relaciones exteriores. El rey de Mittanni, sin embargo, detentaba la representación estatal de los hurritas y conservaba las prerrogativas propias del poder central. Los príncipes súbditos le debían sometimiento mediante juramentos de fidelidad y servicio, lo cual, ciertamente, no representa una novedad en la estructura de los estados soberanos del Bronce Reciente. El rey mitáneo poseía también potestad en determinados asuntos internos de los principados, como han demostrado algunos textos de Alalah IV. Entre sus atribuciones, además de poder mediar en asuntos relativos a la administración de justicia, estaba el poder delimitar nuevas fronteras internas del imperio, así como delegar el usufructo de determinadas propiedades sin mermar los derechos de posesión del rey ni de los propietarios de dichos bienes.

Por otra parte, determinados funcionarios del estado hurrita podían representar eventualmente al rey en diversas operaciones administrativas, generalmente locales, aunque no parece, al menos a priori, que el sistema mitánico de administración necesitase un gran aparato de funcionarios. Entre ellos cabría destacar al hazuhlu o "jefe de distrito" y al sukkallu o "visir/delegado del rey", que asumía diferentes competencias oficiales.

La estructura militar del imperio mitánico es asimismo poco conocida. Se sabe, no obstante, que determinadas unidades militares provistas de carros de combate se estacionaban en lugares próximos a las fronteras del reino, como demuestran los textos de Nuzi. El cuidado y mantenimiento de estas unidades regulares de intervención estaba a cargo de las autoridades locales más próximas a su estacionamiento. También, los príncipes hurritas, ligados bajo juramento al rey mitáneo, proveían regularmente a éste con determinados contingentes militares en caso de estallar un conflicto de carácter regional o estatal. El control directo de las tropas estaba, al parecer, en manos de los así denominados marijannu o "luchadores de carro (de combate)", que formaban un estamento militar de élite directamente supeditado a los príncipes hurritas que prestaban vasallaje al rey.

Por otra parte, el pago de tributos al rey de Mittanni está escasamente documentado, aunque es probable que tuviera carácter regular y permanente. De igual modo, la relación directa del rey con sus príncipes vasallos estaba asegurada por un continuo trasiego de embajadas y emisarios mediante los cuales se intercambiaban regalos e información. Es probable, además, que determinados lazos familiares entre el palacio central en la capital hurrita --la aún por descubrir Washuganni-- y los palacios de los príncipes vasallos contribuyeran a fortalecer esta estructura del poder palaciego.

Con respecto a la sociedad hurrita, la información textual disponible que ilustra acerca de su composición se halla focalizada sólo en unas pocas fuentes acadias de la época de Mittanni. Por esta razón, trasladar los modelos de estructura y organización social atestiguados en una región del imperio a otra zona más o menos alejada debiera, provisionalmente, aceptarse sólo como hipótesis de trabajo.

En virtud de los datos de que se dispone, la sociedad hurrita, al menos en determinados lugares, parece encontrarse fuertemente jerarquizada en estamentos sociales claramente distinguibles entre sí. Es principalmente el archivo de Alalah IV, datable a partir de 1500 a. de C., el que ofrece hasta el momento mayor coherencia y relevancia a este respecto:
En la escala social atestiguada por este archivo el estrato más bajo y numeroso de la sociedad estaba formado por una clase llamada hupshu, compuesta por personas que, aun teniendo una profesión determinada (generalmente eran artesanos y pastores) y viviendo fundamentalmente en zonas rurales, podían ser reclutados de forma eventual para integrar tropas de infantería. Al parecer, su categoría social era la de personas de condición humilde y con libertad personal limitada, obligadas a prestar ciertos servicios personales al estado en condiciones por el momento difíciles de precisar.

En segundo lugar, los textos de Alalah IV distinguen la clase de los haniahhe, cuyo apelativo parece designar asimismo a personas de origen humilde en la sociedad hurrita occidental. Como los hupshu, las personas de este estamento solían ser artesanos, cantores, lavanderos o jardineros entre otras profesiones, pero no está claro todavía, salvo por el nombre, en qué residía su diferenciación de los hupshu.

En un estrato superior de la estructura social se encontraban los ehele. Eran personas libres que podían desempeñar diversas funciones al servicio del palacio (de Alalah). En general, los ehele formaban un grupo bien situado en la sociedad; gozaban de notable bienestar económico y tenían acceso a cierta formación y cultura. Entre los pertenecientes a esta clase había personas instruidas como constructores y escribas, así como alcaldes y supervisores de talleres y grupos de trabajo. También había artesanos, seguramente bien situados y quizá con talleres privados y buen volumen de negocios.

Por último, en el estamento superior de la sociedad hurrita se encontraban los marijannu. Éstos formaban, como se ha indicado más arriba, una casta de guerreros a los cuales les estaba permitido, al parecer de forma exclusiva, poseer carros de combate. Eventualmente, las personas de esta clase social podían desempeñar también profesiones de personas libres. Sin embargo, en razón de la información que procuran las fuentes, parece claro que, en tanto que posesores de carros, los marijannu formaban una élite militar más o menos numerosa ligada a los príncipes hurritas y al mismo rey. Esta casta de guerreros era un grupo social esencialmente no productivo, que representaría el soporte institucional más importante de la realeza y sería, verosímilmente, cuna de los príncipes vasallos.

Por otra parte, se ha discutido mucho acerca del sistema "feudal" del imperio de Mittanni por contraposición al sistema babilónico clásico de organización del estado. Ciertamente, una denominación de "estado feudal" aplicada a Mittanni no ha satisfecho a todos los historiadores, pues las fuentes que basan dicha caracterización se fundamentan casi exclusivamente en los textos de Nuzi, procedentes de la periferia de Mittanni, al otro lado del Tigris, y no del mismo núcleo del estado mitáneo. Además, importantes diferencias de tipo organizativo (como la identidad de la unidad productiva dominante o la relación de dependencia de los productores con respecto a los príncipes) subyacen en dicho problema, para poder trasladar un concepto típico de la historia medieval europea al Próximo Oriente antiguo. Incluso, otras zonas de Mittanni en el oeste sirio, como por ejemplo Alalah IV, presentan una realidad socio-económica distinta a la de los textos de Nuzi.

En función de estas aparentes diferencias internas, parece claro que el estado de Mittanni habría administrado territorios cuyo desarrollo socio-económico no habría conocido un equilibrio interregional completo: por un lado, la región de Nuzi-Arraphe se encontraba poderosamente influida por el modelo babilónico desde el punto de vista político y social, al menos desde los tiempos de la tardía dinastía de Hammurabi, ya que su evolución social muestra una clara relación con Babilonia; la organización de la producción agrícola pudo haber conservado allí, efectivamente, un sistema colectivo de comunidades como unidades económicas estructuradas entre productores y terratenientes. Los textos administrativos de Alalah IV, por otro lado, no dejan entrever, al menos a primera vista, lo que podríamos considerar un modelo "feudal" de estructura económica ni un modelo "babilónico" de organización.

5. Religión.

Como otros muchos aspectos relativos al papel de los hurritas en el Próximo Oriente antiguo, la religión hurrita encierra aún numerosos interrogantes respecto al culto de divinidades y a sus distintas manifestaciones religiosas. Las fuentes distinguen incluso claras diferencias en el plano religioso entre los hurritas del este y los hurritas del oeste. Existe, en efecto, un panteón hurrita oriental por contraposición a un panteón hurrita occidental. Los dioses del panteón oriental, en base a los textos de Nuzi, revelan una tradición más o menos original, mientras que los dioses hurritas del dominio occidental acusan un proceso de aculturación y asimilación a divinidades semíticas equivalentes de la Siria antigua.

Al igual que el panteón sumerio o el panteón paleosemítico de Mesopotamia y Siria, el gran panteón hurrita se componía de numerosas divinidades que representaban diversos aspectos de la naturaleza, pero también conceptos abstractos estrechamente ligados a las creencias religiosas. Estas divinidades parecen poder dividirse en tres órdenes de importancia, en base a las fuentes del II milenio a. de C.:
En primer lugar, el dios más importante del panteón hurrita era Teshub, que encarnaba al dios del clima y equivalía al antiguo dios semítico occidental Ada/Addu, al Ishkur sumerio y al Adad asirio-babilónico. En un segundo rango estaban los dioses: Shaushga (la Ishtar hurrita), Kumarbi, Eya, Kushuh (dios lunar equivalente a Nanna-Sin en el panteón sumero-acadio), Shimige (dios solar equivalente al Utu sumerio y al Shamash semítico), Ashtabi y Nubandig. El tercer escalafón lo ocupaban numerosas divinidades hurritas aún insuficientemente conocidas, cuya diversa formación varía en razón de la procedencia de las fuentes.

Respecto a esta básica diferenciación este-oeste y aun en un plano sumamente superficial, algunas precisiones fundamentales pueden esbozarse dentro de este esquema básico de composición del panteón hurrita: en la tradición de los hurritas del este, al otro lado del Tigris, el dios Teshub tiene tradicionalmente como diosa paredra a Shaushga, sustituida en la tradición hurrita occidental por la diosa paleosiria Hebat. Esta tradición occidental, que unía a Teshub con Hebat, no representa sino una herencia del modelo semítico occidental preexistente, que al menos desde el III milenio emparentaba tradicionalmente al dios del clima paleosirio Ada (más tarde Addu) con Hebat, como demuestra la documentación textual acadia occidental desde los tiempos de Ebla. Dicha unión representa una antigua tradición instalada fundamentalmente en Alepo, que fue adoptada por los hurritas llegados a la región mediante la asociación de su dios principal Teshub (equivalente a Addu) con Hebat. Por esta razón, los contenidos del culto a Teshub en Siria, durante la primera mitad del II milenio, no están del todo claros dada su práctica identificación con Addu. Una identidad del culto al Teshub occidental no puede por consiguiente diferenciarse claramente de la de su homólogo semítico, en virtud del estrecho contacto que se produjo entre semitas y hurritas en Siria. No obstante, a pesar de esta confluencia hurro-semítica en torno a la tradición del dios del clima en Alepo y en el norte de Siria, un culto independiente de ambos dioses en otros lugares no debiera descartarse. Sea como fuere, lo cierto es que los hurritas que penetraron en Siria hacia finales del III milenio o comienzos del II adoptaron modelos paleosirios anteriores que incorporaron a sus tradiciones convirtiéndose, con el paso del tiempo, en un elemento cultural más del dominio occidental. En este sentido, es significativo destacar la abundancia de antropónimos teóforos híbridos hurro-semíticos de Alalah que han sustituido a Teshub por Addu, como fiel reflejo de la nueva orientación de una parte de la piedad popular local. Es más que probable, con todo, que Teshub hubiese recuperado su posición en el panteón hurrita occidental frente a Addu durante la fase de regeneración hurrita en Siria marcada por el surgimiento de Mittanni.

6. Lengua.

El hurrita es una lengua estrechamente emparentada al urarteo y ligada también, al parecer, a algunas lenguas del Cáucaso. Concretamente, parece pertenecer a la familia de las lenguas caucásicas nororientales, según recientes estudios comparativos. Aunque el conocimiento del hurrita sufre aún grandes lagunas e imprecisiones en cuestiones fundamentales de gramática, sintaxis y lexicografía, algunas características generales de su morfología están bien establecidas:
El hurrita es una lengua aglutinante, cuya estructura morfológica se caracteriza esencialmente por la formación de una cadena de sufijos añadida a una base nominal, verbal o preposicional. Como el sumerio o el elamita, el hurrita es también una lengua ergativa, que determina al sujeto de la oración transitiva mediante una desinencia de ergativo. La categoría gramatical del objeto directo no existe. En su lugar, un mismo caso, denominado absolutivo o caso cero, expresa las categorías lógicas del objeto directo en la frase transitiva, pero también las del sujeto en la oración intransitiva. Dada la presencia del ergativo, no existen tampoco en hurrita los casos nominativo ni acusativo. No se aprecia asimismo la existencia de una oposición clara entre los conceptos "activo-pasivo", en el sentido en el que se aplica por ejemplo al castellano, pero sí en cambio entre la oposición: "acción-estado", sea dicha acción transitiva o intransitiva. Tampoco se aprecia en hurrita la distinción de género (masculino/femenino).

Por otra parte, la lexicografía hurrita sólo se conoce parcialmente, circunstancia que resulta imprescindible para comprender numerosos interrogantes e imprecisiones que sobre muchos contextos aún planea. Afortunadamente, un número considerable de lexemas ha sido comprendido gracias al hallazgo accidental de diversas fuentes bilingües o políglotas que contienen traducciones al hurrita, entre las que cabe destacar los vocabularios de Ras-Shamra-Ugarit y los textos del Bilingüe de Bogazköy. Pero, aunque este material ha permitido dar pasos importantes en la compresión del hurrita, otros textos monolingües hurritas de Bogazköy y de otros lugares resultan todavía prácticamente impenetrables, poniendo de manifiesto el estado incompleto, tanto gramatical como lexicográfico, en que se encuentra aún el conocimiento de esta lengua sometido a continua revisión.

7. Cultura material.

A pesar de que puedan reconocerse una lengua y una onomástica típica, un panteón y una literatura mitológica y laica original hurritas, no parece que las diferencias lingüísticas existentes en amplias zonas del Próximo Oriente antiguo coincidan con fronteras desde el punto de vista de la cultura material. Al menos, los estudios arqueológicos realizados en enclaves de poblamiento hurrita han señalado que una "cultura material hurrita" no es fácilmente distinguible en el contexto geográfico de los asentamientos de este pueblo.

A diferencia, pues, de las pruebas documentales relativas a una identidad cultural hurrita que puede aportar la epigrafía, la cultura material de los hurritas no tiene, hasta hoy, unas señas propias de identidad bien definidas. No puede afirmarse, en consecuencia, que determinadas piezas u objetos arqueológicos sean típicamente hurritas, por contraposición a otros objetos "no hurritas". Más bien, los hurritas parecen haber compartido con sus vecinos, como nosotros hoy con los países de nuestro entorno, una cultura material coincidente al menos en sus rasgos más generales. Ello no quiere decir, obviamente, que la cultura material hurrita no hubiese tenido una típica caracterización como tal, sino, simplemente, que la arqueología actual no está en condiciones de establecer, a la luz de los hallazgos que se poseen, una clara delimitación entre qué fue típicamente hurrita y qué no lo fue.

8. Bibliografía selecta.

-Cultura y civilización:
SPEISER, E.A., "The Hurrian Participation in the Civilizations of Mesopotamia, Syria and Palestine", en Cahiers d'histoire mondiale 1, París 1953, pp. 311-327.
GELB, I.J., "New Light on Hurrians and Subarians", en Studi orientalistici in onore di Giorgio Levi della Vida, Roma 1956, pp. 378-392.
VV.AA., Les Hourrites, Actas del XXIV Rencontre Assyriologique Internationale, París 1977, en "Revue Hittite et Asianique" XXXVI, 1978.
WILHELM, G., Grundzüge der Geschichte und Kultur der Hurriter, Grundzüge 45, Darmstadt 1982.
HAAS, V.(ed.),Hurriter und Hurritisch, Konstanzer Altorientalische Symposien Band II, Xenia 21, Konstanz 1988.

-Mittanni:
CORDOBA, J.M.,"Presencia internacional de una gran potencia en la segunda mitad del II Milenio. El caso de Mittani, Arqueología e Historia", Boletín de la Asociación Española de Orientalistas 25 (1989) pp. 77-119.
CORDOBA, J.M.,"Presencia internacional de una gran potencia en la segunda mitad del II Milenio. El caso de Mittani, Arqueología e Historia", Boletín de la Asociación Española de Orientalistas 26 (1990) pp. 129-161, 6 fig.

-Lengua:
BUSH, F.W., A Grammar of the Hurrian Language, Brandeis University, Ph.D., 1964, University Microfilms, Inc., Ann Arbor, Michigan.
DIAKONOFF, I.M., Hurrisch und Urartäisch, en Münchener Studien zur Sprachwissenschaft 6, N.F., Munich 1971.
CATSANICOS, J.,"L'apport de la bilingue de Hattusa à la lexicologie hourrite", en J.M Durand, (ed.), Amurru 1. Mari, Ébla et les Hourrites. Dix ans de travaux, París 1996, pp. 197-296.
WEGNER, I., Hurritisch. Eine Einführung, ed. O. Harrassowitz Verlag. Berlín 2000.

-Para acceder a un status quaestionis con un abundante repertorio bibliográfico actualizado se recomienda:

WILHELM, G., "L'état actuel et les perspectives des études hourrites", en Amurru 1: Mari, Ébla et les Hourrites dix ans de travaux, première partie, actes du colloque international (Paris, mai 1993), Éditions Recherche sur les Civilisations, París 1996, pp. 175-187.

La Guerra como estrategia de interacción social en la Hispania prerromana: Viriato, jefe redistributivo.

La Guerra como estrategia de interacción social en la Hispania prerromana: Viriato, jefe redistributivo.

Foto: La muerte de Viriato. José de Madrazo y Agudo (1781-1859) Lienzo (307x462 cms.)
Escuela Española. Neoclasicismo, Siglo XIX, Museo del Prado, Sala 6

Por Eduardo Sánchez Moreno, Departamento de Historia Antigua, Universidad Autónoma de Madrid.

Resumen/Abstract
I-Introducción
II- La guerra, una forma singular de contacto
III- Robo, asalto, lucha abierta... las múltiples caras del enfrentamiento indígena
IV- El fruto de la contienda: botines, tributo y prestigio
V-Reparto y redistribución; riqueza y sociedad
VI- El papel del líder y la articulación social. Viriato como paradigma
VII- Una oteada al registro funerario: ajuares guerreros y jerarquización social en la meseta occidental
VIII- Reflexión final

RESUMEN

La semblanza que del famoso jefe lusitano consagra la historiagrafía antigua sirve de paradigma para reflexionar sobre un fenómeno de hondo significado en la vida de los pueblos prerromanos, la guerra. Entre los muchos enfoques posibles, la acción bélica es revisada en tanto mecanismo de contacto cultural generador a su vez de una serie de efectos sociales y económicos en el seno de los grupos litigantes. Recurriendo además de a las fuentes literarias, a apoyos arqueológicos (distribución de riqueza en necrópolis de fines de la Edad del Hierro, con especial atención a las “tumbas de guerrero”) y a modelos antropológicos, intentaremos dilucidar el papel que la redistribución de botines y tributos guerreros -entendidos como el resultado de un intercambio violento en cualquier de sus modalidades (contienda, ataque puntual, robo...)- desempeña en la articulación socio-política de las gentes del occidente peninsular. La manera en que los “jefes militares”, que son quienes suelen dirigir estos repartos, proceden a la distribución de mercancías entre la población, se muestra en el registro literario como argumento moralizante o anecdótico según los casos. Pero al tiempo constituye un testimonio útil para refrendar la existencia de una fuerte jerarquización habida cuenta que este procedimiento camufla en sí mismo una medida de ordenamiento social. Sólo en este sentido nos permitimos calificar a Viriato con el poco ortodoxo apelativo de jefe redistributivo.

THE WAR AS STRATEGY OF SOCIAL INTERACTION IN PRE-ROMAN HISPANIA: VIRIATHUS, REDISTRIBUTIVE CHIEF

ABSTRACT

The image of the famous Lusitanian chief consacrated by the classical literature is used as a paradigm in our reflection on a phenomenon such highly significant in pre-Roman peoples´ life as war. Among possible different focuses, warfare is reviewed here only as a mechanism of contact generating a series of social and economic effects. Taking into account, besides written sources, some archaeological supports (wealth distribution in Late Iron Age cemeteries, specially the so called “warrior tombs”) and some anthropological models, I shall try to explain the role played by the redistribution of booty and militar tributes -taken as a result of a violent exchange in any case (struggle, puntual attack, robbery...)- into the social and political articulation of the peoples ofWestern Iberia. The way in which the “warrior chiefs”, who usually lead these acts, conduct the benefit distribution among the population is shown both as a moral and anecdotic argument in the literary record; but, at the same time and because it is camouflaging a process of social ordenation, this fact is an useful testimony in order to prove the existence of a highly hierarchical society. That is why I am refering to Viriathus by using the scarcy orthodox expression of redistributive chief.

LA GUERRA COMO ESTRATEGIA DE INTERACCIÓN SOCIAL EN LA HISPANIA PRERROMANA: VIRIATO, JEFE REDISTRIBUTIVO**

I- INTRODUCCIÓN

“Era frecuente entre los pueblos peninsulares, antes y aún después de la llegada de los romanos, la formación de bandas armadas que desgajándose de las normas corrientes de vida se lanzaban a la aventura para vivir del robo y el saqueo. Los descontentos, los desheredados de la fortuna, los segundones, los perseguidos, los arruinados, todos los que, en suma, no sabían o no podían ganarse el sustento diario en paz y en armonía con el medio ambiente, iban a nutrir el núcleo siempre vivo y fecundo de estas bandas de forajidos.

Dada la procedencia de sus componentes y el régimen de vida a que estaban entregados, es de presumir -y los textos lo confirman, como hemos de ver- que en ellas las cualidades más destacadas habían de ser la audacia, la agilidad y la destreza; su modo de ataque preferido, el rápido golpe de mano; su defensa obligada, la ágil huída. Anidaban, como los pájaros de presa, en los escarpes de las sierras; allí tenían sus refugios y allí sus familias. Del monte o de la sierra bajaban al llano, cayendo de modo imprevisto sobre el pueblo o aldea elegido como víctima. Una noche bastaba para llevarse sus cosechas o sus ganados, volviéndose al amanecer a sus recónditos nidos serranos. También acechaban los caminos más frecuentados, despojando a quien tuviese la desgracia de caer en sus manos. Pero a todo otro botín preferían el ganado por su facilidad de conducción, por sus ventajas, como reserva viva y semoviente, y por su mayor valor. Los cereales necesitaban silos para su conservación, lo que no se avenía con los frecuentes traslados de las cuadrillas, a más que su transporte era difícil y engorroso. Los bienes de otro orden es natural que no interesen tanto, pues su modo de vida les impedía comerciar o cambiar. En suma, robaban, al parecer, para vivir” (1)

Cincuenta y cinco años atrás, con un discurso titulado “Bandas y guerrillas en la lucha con Roma”, del que las anteriores líneas constituyen el párrafo inicial, ingresaba como miembro numerario en la Real Academia de la Historia D. Antonio García y Bellido. Dicho trabajo marcó un hito considerable en la historiografía dedicada al estudio de las gentes del occidente hispano en víspera de su conquista y conversión en provincia del creciente dominio romano. Lo que antes había sido atención casi exclusiva a los hechos bélicos, el progresivo avance de Roma y la resistencia de los indígenas (no exenta de episodios heroicos tan del gusto de los intelectuales de la primera mitad de este siglo ocupados en la Antigüedad peninsular), se torna en el ensayo de García y Bellido, y no es el único mérito que atesora su discurso, en una indagación más profunda en las circunstancias socio-económicas y medioambientales que rodean a las comunidades del poniente ibérico. El rastreo de tal trasfondo y el diagnóstico final de los problemas que afectan a aquellas regiones le sirve a García y Bellido para entender -y quizá justificar- la imagen estereotipada que de los lusitanos y otras entidades indígenas brindan los autores clásicos, con precisión los conocidos pasajes de Diodoro (2) y Estrabón (3). Tales son los presupuestos que contribuirán a encasillar a estos pueblos dentro del cliché de fieros bandoleros y aguerridos pastores-guerreros desde entonces en la literatura científica. Así lo ejemplifican en una estampa tan gráfica como indudablemente cautivadora -por ello no nos hemos resistido a reproducirlas- las palabras de García y Bellido con que abríamos esta introducción.

Los objetivos de este artículo son modestos. No se pretende desgranar la mecánica ideológico-política que lleva a los escritores antiguos a esbozar tan particular dictamen sobre las comunidades prerromanas, ni revisar el legado del mismo en la tradición investigadora española; últimos y oportunos trabajos han ahondado en este propósito con buen tino (4). Tampoco tienen estas páginas por cometido específico la cuestión del “bandolerismo lusitano”, si bien será traído tangencialmente a colación en distintos momentos; la prolija bibliografía suscitada y una sensación de cierto agotamiento historiográfico van a evitar en esta ocasión que insistamos en el tema (5). Por parecidas razones, no es éste un estudio a fondo sobre las prácticas militares y el alcance total de la guerra en las comunidades prerromanas, materias a las que se han dedicado varias síntesis en los últimos años (6). Centrará nuestra atención tan solamente la interacción de tres aspectos, lógicamente relacionados con todo lo anterior, que se revelan de máxima importancia en el estudio de los pueblos ibéricos: la guerra como mecanismo de contacto cultural, sus distintos efectos resultantes (fundamentalmente económicos) y las consecuencias que todo ello depara en la articulación social de los grupos protagonistas. Más exactamente, lo que sigue no es sino un encadenamiento de reflexiones sobre la conflictividad bélica en las comunidades del occidente peninsular como vehículo de enriquecimiento económico y como estrategia de ordenamiento social, a partir de la observación de un par de acciones concretas: la toma de botines de guerra y su reparto por parte de las elites rectoras.

Más que como objeto de análisis monográfico, los protagonistas de este ensayo -lusitanos y pueblos vecinos (vetones, vacceos, astures...) en los últimos siglos antes del cambio de Era- serán tomados como exempla para ilustrar las ideas en discusión (muchas provisionales y no pocas arriesgadas dada la penuria documental; lo adelantamos ya). Para ello nos serviremos en primer lugar de las noticias literarias antiguas, escasas e imprecisas pero, qué duda cabe, de incuestionable valía si de ellas se hace un uso contrastado y crítico; en este sentido el capítulo de Viriato adquiere especial significación para nuestro propósito. Pero, además, se atenderá a la información arqueológica proporcionada por las necrópolis meseteñas más occidentales de la Edad del Hierro Final, especialmente las del círculo vetón, con el fin de hallar a la luz de sus datos, si no confirmaciones absolutas, siquiera algún apoyo relativo para nuestra argumentación. Cabe añadir finalmente que, en determinados lances y siempre con justificación lógica -creemos-, el método comparativo antropológico será un recurso al que acudir habida cuenta de la riqueza de miras que el dilatado horizonte etnográfico procura a la investigación sobre la Antigüedad.

II- LA GUERRA, UNA FORMA SINGULAR DE CONTACTO

Entre la multiplicidad de acepciones que conlleva esta actividad, nos interesa ahora principalmente en tanto vehículo de interacción intercomunitaria; “la más solemne forma de contacto entre los pueblos”, tal como fuera definida por el literato alemán E. Jünger hace aproximadamente un siglo. Por descontado que la guerra debe entenderse como comportamiento integrado en un sistema socio-cultural amplio, fuera del cual no se explica. Como tal, constituye un subsistema de indudable complejidad: heterogéneo en su manifestación, consustancial al hombre desde el estadio más primitivo y, por ello mismo, con una evolución paralela a la de la sociedad. Independientemente del enfoque que se haya dado a su tratamiento (antropológico, psicológico, histórico, estratégico-militar), no cabe duda de que por la magnitud de sus connotaciones la guerra es un puntal en la construcción de una cultura compleja (7).

Amparadas en la guerra las gentes entran en contacto. El asalto de una caravana, el robo de rebaños, el asedio a una ciudad, la conquista de tierras o el choque abierto de dos ejércitos son formas de interacción particulares ya que se trata de constantes históricas que ponen en relación a dos esferas distintas, si bien de forma violenta. A pesar de su heterodoxia, de estos cruces también se derivan intercambios y efectos que pueden operar transformaciones importantes. Así, los pertrechos del enemigo, los triunfos y botines militares, la imposición de tributos o la obtención de prestigio y fama por parte de los líderes victoriosos, por ejemplo, han de entenderse como mercancías fruto de un intercambio negativo o unilateral, bajo el control de la parte vencedora en la contienda. Otra muestra de contacto violento con el exterior sería el mercenariado, fenómeno susceptible de generar igualmente cambios culturales, más concretamente procesos de aculturación, como es bien sabido (8). Esta clase de acciones explica en ocasiones la presencia de objetos importados (armas, joyas, monedas), la adaptación de nuevos usos (sociales, técnicos o estéticos) o las connotaciones ideológicas (poder, autoridad, rango) que tales actividades y elementos deparan en las comunidades locales, aunque resulta difícil precisar si es ésa su vía de llegada o bien responden a otras fórmulas de intercambio más equilibradas, caso de relaciones comerciales o del trueque de regalos diplomáticos y bienes de prestigio (9). Asumiendo estos principios teóricos de partida, llega el turno de empezar a concretar nuestro propio análisis.

III- ROBO, ASALTO, LUCHA ABIERTA... LAS MÚLTIPLES CARAS DEL ENFRENTAMIENTO INDÍGENA

Desde un punto de vista interno, las gentes de la Meseta y Lusitania, como cualquier otro grupo prerromano, entraron en contacto no pocas veces de forma violenta. El reflejo de estas acciones se muestra de forma tenue y desdibujada en las fuentes de información, si bien ello no permite negar su frecuencia. El hostigamiento del enemigo adquiere un sinfín de formulaciones: por regla general en todas ellas debió estar presente, además de la necesidad de subsanar ciertas carestías, la búsqueda de botín y otros beneficios adicionales. El resultado sería, como acaba de indicarse, un intercambio unilateral o negativo ya que la acción de dos se limita a la apropiación violenta de una de las partes sobre la otra. A resultas de lo mismo los derrotados verían cambiar la propiedad de sus tenencias o reducirse los límites de sus territorios, sufriendo expolios y teniendo que hacer entrega de bienes de riqueza como compensación o tributo reglamentado: prisioneros, rebaños, caballos, cosechas y otros alimentos, armas, joyas, etc.

Dadas las características de las sociedades protohistóricas, resulta lógico pensar que la razón del mayor número de conflictos interétnicos descansó en el dominio de las bases económicas, en cualquiera de sus formas. Por ello el móvil de las ofensivas y -en sentido inverso- las preocupaciones defensivas al mismo tiempo fueron los aspectos primarios de sus sistemas socio-económicos: las cabezas de ganado, los campos de cultivo, los núcleos de población, los centros estratégicos de abastecimiento y las fronteras de los territorios de dominio y explotación, al margen de valores más íntimos como el resguardo familiar o el celo religioso.

Especialmente la protección de cabañas y vías pecuarias parece actuar como fundamento en la ordenación de estos pueblos. Existen abundantes pruebas que corroboran el alto valor asignado al ganado en estas regiones. Además de un medio físico muy favorable para las prácticas pecuarias, contamos con importantes testimonios arqueológicos y literarios en este sentido: los restos faunísticos recuperados en yacimientos de la Edad del Hierro, con una tasa elevada de ovicaprinos y bóvidos, seguidos por los suidos (10); la presencia en el interior de los oppida y castros de amplios espacios limitados por recintos murarios interpretados tradicionalmente como cercados para animales (11), a pesar de que en algunos sitios como en el poblado vetón de Las Cogotas se desmiente la exclusividad de dicha función al comprobarse que en realidad son áreas más complejas que engloban distintos usos (12); el peso de la impronta zoomorfa en la cultura material: cerdos, cabras, toros y caballos como motivos iconográficos en esculturas pétreas, figurillas votivas de bronce o arcilla, fíbulas, broches de cinturón, apliques metálicos y decoraciones cerámicas y armamentísticas (13); las noticias de las fuentes sobre el acusado componente pastoral en la etnografía del noroeste y centro hispanos (14), etcétera. Así pues, los ganados bovino y ovicaprino constituyen quizá el bien más representativo de estas comunidades, aunque no el exclusivo pues, por ejemplo, entre lusitanos, vetones y célticos de la Beturia las reservas minerales de oro, plata, hierro y estaño desempeñan otro papel económico fundamental.

En cualquier caso, la salvaguardia de los rebaños se convierte en uno de los objetivos esenciales para las élites rectoras de la Hispania indoeuropea. Tanto más si, tal como hemos propuesto en otro lugar, la cabaña ganadera llevaba tiempo circulando como mercancía de intercambio en las redes indígenas de relación a larga distancia, cobijándose acaso en viejos derroteros trashumantes (15). En contrapartida, adueñarse de la mayor cantidad de reses ajenas era una estrategia política preferente; no sólo cuando el ganado escaseaba, sino también como medida de debilitamiento del enemigo. La captura de cabañas domésticas debió de ser hábito particularmente acostumbrado en las comarcas más alejadas del norte y occidente, donde las condiciones medioambientales y otros factores históricos limitaron las posibilidades de especialización ganadera. Esto es al menos lo que se infiere de los textos clásicos que en tiempos de conquista aluden a las correrías de entidades montañesas como cántabros, astures y turmogos sobre las tierras llanas de la cuenca media del Duero en busca de rebaños y cosechas (16).

Dejando a un lado otros conocidos pasajes literarios que insisten en la importancia que el ganado tiene en las razias lusitanas (17), un nuevo ejemplo de lo que venimos comentando es la anécdota recogida por Dión Casio (18) a propósito de la estratagema que un grupo de lusitanos lleva a cabo contra el ejército desplazado por César a la Ulterior en la campaña del 61 a.C.; consistió en bloquear a los romanos soltando sobre ellos varios hatos vacunos con el fin de distraer a las legiones y atacarlas por sorpresa, entretenidas como estaban en la captura del preciado botín que eran las reses. Este episodio, sobre el que recientemente se ha llamado la atención (19), da idea de la frecuencia de dichas operaciones de pillaje con meta en el apresamiento de rebaños, aparte de reafirmar el potencial ganadero de las tierras interiores. Cabe deducir, por tanto, que en el centro y occidente peninsulares se desarrolló un sustrato cultural de economía básicamente ganadera comparable al de otras regiones atlánticas e indoeuropeas. En este marco la posesión del ganado, en tanto unidad básica de riqueza, se revela como indicador de status social, lo cual favorece la formación de élites guerreras como consecuencia de la jerarquización que exigen la defensa de los rebaños y todo lo con ellos relacionado (20), entre otros aspectos la vigilancia de las zonas de pasto y el control de las vías y pasos trashumantes (21).

Según recogen ciertos mitos y tradiciones etnográficas, en distintos ambientes de la Antigüedad la práctica del robo de ganado adquiere un valor simbólico. Se ha relacionado con el funcionamiento de cofradías guerreras formadas por jóvenes que para ser reconocidos como adultos de pleno derecho en sus unidades de parentesco deben culminar un proceso de iniciación. Así, abandonan la comunidad durante un tiempo para vivir en aislamiento y cumplir con una serie de ritos establecidos, caso de la captura de reses entre otras proezas (22). La toma en consideración de conductas de este tipo como mecanismo ideológico que podría estar detrás de la explicación del “bandolerismo lusitano” observado por los autores greco-latinos (23), ha tenido bastante eco en la investigación; hasta el punto de que las acometidas de los lusitanos, incluyendo las incursiones dirigidas contra las fértiles tierras de Turdetania a mediados del siglo II a.C. (24), se han querido leer parcial o globalmente en clave socio-religiosa. Se trataría de hábitos similares al ver sacrum latino: grupos de jóvenes conformando fratrías guerreras que bajo la protección de una divinidad concreta han de acometer con éxito una serie de retos como el latrocinio de reses y caballos, además de otros actos y rituales de paso, para consolidar su posición jurídica, social y económicamente (25).

Estas embestidas puntuales constituyen quizá la forma de asalto más característica de los pueblos de la Iberia interior, las llamadas razzias. Para Harmand las razias son incursiones de duración limitada que una fuerza armada realiza en territorio extranjero, sin acompañamiento de no combatientes, con el elemental propósito de llevarse un botín y con el más sistemático de destruir los recursos del medio escogido (26). Escaramuzas de esta índole pueden tomarse en ocasiones como la raíz de posteriores conflictos estatales dilucidados en guerras abiertas, pero esto sólo se atiene a sociedades suficientemente complejas y organizadas. De este modo queda clara la contraposición, al menos a la luz de los textos antiguos, entre dos categorías de guerra, el “modelo primitivo” (razias, guerrillas improvisadas, golpes de mano sorpresivos..., lo adscribible a los indígenas hispanos) y el “modelo civilizado” abanderado por las grandes potencias mediterráneas (27): el patrón de conducta de griegos, púnicos y romanos (28). En cualquier caso conviene ser cautelosos con este tipo de deducciones porque, en otras palabras, no se está sino encarando bajo los presupuestos de la historiografía clásica la vocación irracionalmente belicosa de los bárbaros occidentales frente al concepto del bellum iustum ciceroniano tutelado por Roma (29).

Además no hay que pensar que las corerrías, aun siendo la más habitual, fuera la única modalidad de ataque. A la vez que prácticas guerreras ritualizadas y rivalidades entre grupos familiares, aldeas y ciudades, se entablan conflictos entre unidades étnicas superiores o populi. Las fortificaciones de los distintos círculos castreños del interior (30), las armas depositadas en las sepulturas de individuos destacados socialmente (31) y un elenco de referencias literarias sobre el carácter bélico de los hispanos (32), pueden utilizarse no sin ciertas reservas y desconfiando de lecturas absolutas, como refrendo parcial de la existencia de enfrentamientos importantes entre entidades poblacionales mayores.

En este punto se nos va a permitir introducir un par de comentarios en relación a los riesgos implícitos en la tendencia a generalizar el talante guerrero de las poblaciones protohistóricas. En efecto, son frecuentes en la bibliografía expresiones del tipo “guerra endémica”, “armas alzadas a perpetuidad”, “innata tendencia autodestructiva” o “individualismo ibérico que sólo se aviene con coaliciones transitorias de finalidad guerrera”. No dudamos del desarrollo de conflictos entre grupos vecinos y entre otros más alejados, pero se ha exagerado su alcance hasta el punto de considerar el ejercicio guerrero como agente único de enriquecimiento económico y como forma exclusiva de relación exterior. Si hacemos acopio de las fuentes, para el caso de pueblos como lusitanos, vetones o vacceos, es proporcionalmente mucho mayor el número de veces que actúan confederados en tareas de asociación, auxilio y refugio frente a Roma o sus aliados, que enfrentados entre sí (33); a pesar de la insistencia de algunos autores clásicos (34) en el temperamento belicoso de los hispanos (35). La guerra tiene indudable trascendencia en las formas de vida indígenas, ello es obvio, pero ha monopolizado la manera de entender y aproximarse a los sistemas socio-culturales de la Hispania prerromana. Por ello, nos parece algo desmedida la imagen guerrera de la sociedad céltica que ofrecen en los últimos tiempos no pocos trabajos (36). ¿No se está explotando en demasía esta idea, a costa de eludir la contemplación de otros comportamientos socio-políticos no excluyentes a la guerra sino íntimamente relacionados con ella (diplomacia, comercio, exogamia...)? Y, digámoslo ya de paso, ¿no se abusa también de la aplicación de los vocablos celta/céltico a sujetos poblacionales y aspectos que no están comprobado que lo sean, sobre todo si no se define previamente lo que se entiende por tales términos?

Guerra y celtas constituyen dos topoi en la literatura actual igual que lo fueron en la historiografía greco-latina de la República final y el Principado, si bien en ésta la justificación es atenuante por el contexto ideológico y político del momento, la Pax Augusta. A nuestro juicio esta corriente debe encauzarse con otra dirección, sin dejar de tenerse en cuenta dos preceptos metodológicos:

1) El sentido simbólico de las armas en contextos funerarios y rituales; ello no excluye del todo la lectura directa (arma = instrumento de ataque/defensa = realidad guerrera), pero sí conlleva una distorsión de proporción desconocida si hemos de ser sinceros (37).

2) El uso de las fuentes literarias; para entender por qué la belicosidad de los hispanos es un argumento recurrente, no perdamos de vista quiénes, cuándo y cómo nos transmiten la información (38). Si queremos alcanzar una interpretación neutralizada, el punto de arranque estriba en singularizar la ferocitas celtica como etnotipo del bárbaro (39).

En sentido parecido llevamos un tiempo reflexionando sobre el carácter ritualizado con que la bibliografía contempla la acción guerrera de estos pueblos, en nuestra opinión un enfoque a veces desmesurado. Está suficientemente demostrado que los conflictos armados se amoldan a formas de comportamiento ético o si se prefiere religioso, pero nos sigue pareciendo que por muy trascendentes que sean los principios guerreros que revelan las fuentes, en el fondo no dejan de ser sino coordenadas iconográficas que esconden o disimulan la verdadera razón de ser de la guerra. Con mucha frecuencia esta última, el fondo del conflicto -que presumimos de naturaleza económica (necesidad de recursos básicos en su génesis)-, pasa desapercibido frente a la atracción que tiene la forma con que la lucha indígena se exterioriza en los registros documentales. La guerra fue terreno abonado para la expresión ritual de los guerreros lusitanos, celtibéricos, galaicos o ibéricos que participan de ella, pero antes de eso fue el solar que permitió, junto a otros factores, la construcción económica, territorial y política de un grupo humano que, engrandecido, acabará haciendo de sus guerreros un ejemplo de conducta ética.

En suma, tal como indican las distintas variantes que acaban de ser barajadas, luchas y afrentas desempeñan un papel destacado en el escenario histórico que ocupan estas páginas, más aun dada su admisible frecuencia. A pesar de las limitaciones y reservas que, empero, hemos creído oportuno incluir, caeríamos en una contradicción si no admitiéramos este hecho. Asimismo carecería de sentido todo lo que a continuación sigue. La guerra representa un factor estabilizador, especialmente en las culturas antiguas. Y sus consecuencias, que interesan aquí más que sus motivos y avatares, se revelan de sumo interés para entender el funcionamiento socio-político de la Iberia interior. Profundizar en este aspecto a partir del debate de una serie de ejemplos es el cometido de los siguientes apartados.


NOTAS.

** La versión original de este estudio está publicada en dos entregas en la revista Habis bajo el título “Algunas notas sobre la guerra como estrategia de interacción social en la Hispania prerromana: Viriato, jefe redistributivo”, concretamente en los volúmenes correspondientes a 2000 (número 32) y 2001 (número 33). Debo agradecer los comentarios y la ayuda científica prestados por Adolfo J. Domínguez Monedero (Universidad Autónoma de Madrid), Barry W. Cunliffe (University of Oxford) y Perter S. Wells (University of Minnesota). Los errores y deficiencias que pudiera albergar el texto son atribuibles en exclusiva al autor. Esta investigación se ha visto favorecida por la concesión de una Beca postdoctoral del Programa Sectorial de Formación de Profesorado Universitario y Perfeccionamiento de Personal Investigador del Ministerio de Educación y Cultura.

(1) GARCÍA Y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, pp.547-548. (Reeditado en A.A.V.V., Conflictos y estructuras sociales en la Hispania Antigua, Madrid, 1977, pp.13-60).

(2) Diodoro (V, 34, 6-7): “Una costumbre particular se da entre los íberos y, más particularmente, entre los lusitanos. Cuando sus jóvenes llegan a la culminación de la fortaleza física, aquéllos de entre ellos que tienen menos recursos, pero que exceden en vigor corporal y audacia, se equipan con no más que su valor y sus armas y se reúnen en las montañas, donde forman bandas de tamaño considerable, que descienden a Iberia y obtienen riquezas en su pillaje. Y practican ese bandidaje en un espíritu de continuo desdén, pues usando armas ligeras y siendo ágiles y rápidos, constituyen un pueblo muy difícil de someter. Y, en general, consideran los riscos y los intrincados montes como su tierra nativa, y huyen a estos lugares -difíciles de atravesar por ejércitos grandes y fuertemente equipados- en busca de refugio” (traducción de GARCÍA Y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, p.542).

(3) Estrabón (III, 3, 5): “Son alrededor de treinta las tribus que se reparten el territorio entre el Tago y los ártabros, pero a pesar de ser próspera la región por sus frutos, pastos y abundancia de oro, plata y metales análogos, la mayoría de ellos pasaban la vida apartados de la tierra, en piraterías y en continua guerra entre sí y contra sus vecinos de la otra orilla del Tago, hasta que los pacificaron los romanos, haciéndolos bajar al llano y convirtiendo en aldeas la mayor parte de sus ciudades, aunque también asociándose a algunas como colonos en mejores condiciones. Fueron los montañeses los que originaron esta anarquía, como es natural; pues al habitar una tierra mísera, y tener además poca, estaban ansiosos de lo ajeno. Los demás, al tener que defenderse, quedaron por fuerza en la situación de no poder dedicarse a sus propias tareas, de modo que también ellos guerreaban en vez de cultivar la tierra. Y sucedía que la tierra, descuidada, quedaba estéril de sus bienes naturales y era habitada por bandidos” (traducción de MEANA CUBERO, Mª.J. y PIÑERO, F., Estrabón. Geografía. Libros III-IV, Madrid, 1992, p.83).

(4) PLÁCIDO SUÁREZ, D., “Estrabón III: el territorio hispano, la geografía griega y el imperialismo romano”, Habis, 18-19, 1987-88, pp.243-256. GÓMEZ ESPELOSÍN, F.J., PÉREZ LARGACHA, A. y VALLEJO GIRVÉS, M., La imagen de Hispania en la Antigüedad Clásica, Madrid, 1995, pp.126-157. Especialmente, GARCÍA QUINTELA, M.V., “Les peuples indigenes et la conquéte romaine d´Hispanie. Essai de critique historiographique”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 16, 1990, pp.181-220; ID., “Sources por l´étude de la Protohistorie d´Hispanie. Pour una nouvelle lecture”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 17, 1991, pp.61-99; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.29-72, en tanto síntesis final de aportaciones anteriores. Como ejemplo de aplicación concreta vide en último término: CRUZ ANDREOTTI, G., (Coor.), Estrabón e Iberia: nuevas perspectivas de estudio, Málaga, 1999, para el retrato de la Península y sus pobladores en la obra del geógrafo de Amasia.

(5) Entre las principales contribuciones al problema: CARO BAROJA, J., “Regímenes sociales y económicos de la España prerromana”, Revista Internacional de Sociología, I, 1943, pp.149-152 (publicado también en Caro Baroja, J., España Antigua. Conocimiento y fantasía, Madrid, 1986, pp.35-113); GARCÍA y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, passim; BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.Mª., “La expansión celtíbera en Carpetania, Bética, Levante y sus causas (ss.III-II a.C.)”, Celticum, 3, 1962, pp.422-423; CHIC GARCÍA, G., “Consideraciones sobre las incursiones lusitanas en Andalucía”, Gades, 5, 1980, pp.15-25; SANTOS YANGUAS, N., “Las incursiones de lusitanos en Hispania Ulterior durante el s.II antes de nuestra era”, Bracara Augusta, 35, 1981, pp.364-365; GARCÍA MORENO, L.A., “Hispaniae Tumultus. Rebelión y violencia indígena en la España romana de época republicana”, Polis, 1, 1988, pp.94-97; FRANCISCO MARTÍN, J. de, Conquista y romanización de Lusitania, Salamanca (2ª edición, 1996), p.79; SAYAS ABENGOECHEA, J.J., “El bandolerismo lusitano y la falta de tierras”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie IV, Historia Moderna. Homenaje al profesor A. de Bethéncourt y Massieu, 1988, pp.701-714; ID., “Algunas consideraciones sobre cuestiones relacionadas con la conquista y romanización de las tierras extremeñas”, en El proceso histórico de la Lusitania oriental en época prerromana y romana. Cuadernos Emeritenses, 7, 1993, Mérida, pp.213-215; GARCÍA FERNÁNDEZ-ALBALAT, B., Guerra y religión en la Gallaecia y Lusitania antiguas, La Coruña, 1990, pp.236-241; SALINAS DE FRÍAS, M., “Problemática social y económica del mundo indígena lusitano”, en El proceso histórico de la Lusitania oriental en época prerromana y romana. Cuadernos Emeritenses, 7, 1993, Mérida, pp.22-29; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.144-147; ALMAGRO GORBEA, M., “Guerra y sociedad en la Hispania céltica”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.211-212; GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.275-287; GÓMEZ FRAILE, J.Mª., “Mercenariado y bandolerismo en Celtiberia. Dos cuestiones desenfocadas”, en Burillo Mozota, F. (Ed.), IV Simposio sobre los Celtíberos. Economía. Homenaje a J.L. Argente Oliver (Daroca, Zaragoza; Septiembre 1997), Zaragoza, 1999, pp.503-509.

(6) Así, CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993; EAD. “Guerra y sociedad entre los celtíberos en época prerromana”, en González Rodríguez, Mª.C. y Santos Yanguas, J., (Eds.), Revisiones de Historia Antigua, I. Las estructuras sociales indígenas del norte de la Península Ibérica, Vitoria-Gasteiz, 1994, pp.23-34, para Celtiberia y Lusitania y con base exclusiva en el testimonio literario greco-latino; GARCÍA FERNÁNDEZ-ALBALAT, B., Guerra y religión en la Gallaecia y Lusitania antiguas, La Coruña, 1990, un análisis enmarcado en la tradición indoeuropeísta de Dumézil, corriente seguida también por GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.270-295; las atractivas autopsias de SOPEÑA GENZOR, G., Dioses, ética y ritos. Aproximación para una comprensión de la religiosidad entre los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1987; ID., Ética y ritual. Aproximación al estudio de la religiosidad de los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1995, que hacen hincapié en el ritual guerrero, analizándose la guerra bajo una perspectiva religiosa como “espacio consagrado” que descubre el compromiso ético y completa la vida agnóstica de los celtíberos (de igual guisa, MARCO SIMÓN, F., “La religión indígena en la Hispania indoeuropea”, en Blázquez Martínez, J.Mª. et alii, Historia de las Religiones de la Europa Antigua, Madrid, 1994, pp.378-395); la menos ambiciosa pero también eficaz visión de MUÑIZ COELLO, J., “Guerra y paz en la España céltica. Clientes y hospites a la luz de las fuentes literarias”, Hispania Antiqua, 19, 1995, pp.15-36; y el útil catálogo: A.A.V.V., La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997.

(7) La importancia de la guerra como factor de comunicación, evolución y a la postre como vía que conduce a la formación del estado, tiene gran eco en la investigación. En la disciplina antropológica está firmemente asentada la teoría de la guerra o raíz competitiva del estado: el control de los recursos básicos (tierra, ganado...) es el fundamento de la jerarquía sociopolítica. Al enfrentarse por estas y otras bases económicas, los grupos activan la competencia entre sí desencadenando el proceso de formación de estructuras complejas y antagónicas. Sobre la relación guerra-estado, FRIED, M., “Warfare, military organization and the evolution of society”, Anthropologica, 3, 1961, pp.134-147; CARNEIRO, R., “A theory of the origin of the State”, Science, 169, 1970, pp.733-739; ID.,“Political expansion as an expression of the principle of competitive exclusion”, en Cohen, P.R. y Service, E., (Eds.), Origins of the State: The Anthropology of Political Evolution, Filadelfia, 1978, pp.205-224; WEBSTER, D., “Warface and the evolution of the state: a reconsideration”, American Anthropology, 40, 1975, pp.464-470; LEWIS, H., “Warfare and the origin of the State: another formulation”, en Claessen, H., (Ed.), The Study of the State, Leiden, 1981, pp.206-217; PRICE, B.J., “Competition, productive intensification and ranked society: speculations from evolutionary theory”, en Ferguson, R.B., (Ed.), Warfare, culture and enviroment, Londres, 1984, pp.209-240; COHEN, R., “Warfare and state formation: wars make states and states make wars”, en Ferguson, R.B., (Ed.), Warfare, culture and enviroment, Londres, 1984, pp.329-358; FERGUSON, R.B. y WHITEHEAD, N.L., (Eds.), War in the tribal zone. Expanding states and indigenous warfare, Santa Fe (Nuevo México), 1992; y EARLE, T.K., How chiefs come to power. The political economy in Prehistory, Stanford, 1997, pp.106-110. Para profundizar en la antropología de la guerra, vide FRIED, M., HARRIS, M. y MURPHY, R., (Eds.), War: the anthropology of armed conflict and agression, Garden City, 1968; FERGUSON, R.B. y FARRAGHER, L.E., (Eds.), The anthropology of war: a bibliography. (Occasional Papers of the Harry Frank Guggenheim Foundation, 1), Nueva York, 1988; y HAAS, J., (Ed.), The anthropology of war, Cambridge, 1990.

A veces se menosprecia el sentido práctico de las cosas para buscar explicaciones demasiado elevadas. En este sentido resulta cuando menos perspicaz la llamada de atención de M. HARRIS (Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura, Madrid, 1982, 3ª edición, pp.59-78). La interpretación mundana y desmitificadora del antropólogo americano hace de la guerra, sencillamente, el resultado del equilibrio tripartito entre población-medio ambiente-economía. “El estudio de la guerra primitiva nos lleva a la conclusión de que la guerra ha formado parte de una estrategia adaptativa vinculada a condiciones tecnológicas, demográficas y ecológicas específicas. No es necesario invocar imaginarios instintos criminales o motivos inescrutables o caprichosos para comprender por qué los combates armados han sido tan corrientes en la historia de la humanidad” (HARRIS, M., op. cit., 1982, pp.77-78). Para las causas de la guerra en las sociedades pre-estatales vide los ensayos de R.B. Ferguson, C. Robarchek, N. Chagnon y T. Gregor comprendidos en HAAS, J., (Ed.), The anthropology of war, Cambridge, 1990, pp.26-104; y HAAS, J., “The origins of war and ethnic violence”, en Carman, J. y Harding, A. (Eds.), Ancient warfare. Archaeological perspectives, Trowbridge, 1999, pp.11-24.

(8) Sin podernos detener ahora en ello, véanse las aproximaciones de F. QUESADA SANZ para el mundo ibérico: “Vías de contacto entre Magna Grecia e Iberia: la cuestión del mercenariado”, en Vaquerizo, D., (Coord.), Arqueología de la Magna Grecia, Sicilia y la Península Ibérica. (Córdoba, Mayo 1993), Córdoba, 1994, pp.191-246; ID., “Los mercenarios ibéricos y la concepción histórica en A. García y Bellido”, Archivo Español de Arqueología, 67, 1994, pp.309-311; para el caso itálico: TAGLIAMONTE, G., I figli di Marte. Mobilitá, mercenari e mercenariato italici in Magna Grecia e Sicilia, Roma, 1994; y para el ámbito celta: NASH, D., “Celtic territorial expansion and the Mediterranean world”, en Champion, T.C. y Megaw, J.V., (Eds.), Settlements and Society. Aspects of West-European Prehistory in the First Millennium B.C., Leicester, 1985, pp.45-67; SZABÓ, M., “Mercenary activity”, en Moscati, S. et alii (Eds.), The Celts, (I Celti), Nueva York-Milán, 1991, pp.333-336; ID., “Guerriers celtiques avant et apres Delphes. Contribution a une periode critique du monde celtique”, en L´Europe celtique du Ve au IIIe siecle avant J.C. Contacts, echanges et mouvements de populations. (Actes du deuxieme symposium international d´Hautvillers, Octubre 1992), Epernay, 1995, pp.49-67. Una reciente síntesis sobre el mercenariado en el Mediterráneo antiguo: YALLICHEV, S., Mercenaries of the Ancient World, Londres, 1997.

(9) SÁNCHEZ MORENO, E., Meseta occidental e Iberia exterior. Contacto cultural y relaciones comerciales en época prerromana. Tesis Doctoral en Microfichas. Universidad Autónoma de Madrid, 1998, esp. pp.580-590.

(10) CASTAÑOS UGARTE, P.Mª., “Animales domésticos y salvajes en Extremadura. Origen y evolución”, Revista de Estudios Extremeños, 47, 1991, pp.9-66; ID., “Evolución de las faunas protohistóricas en Extremadura”, en Rodríguez Díaz, A., (Coor.), Extremadura protohistórica: paleoambiente, economía y poblamiento, Cáceres, 1998, pp.63-72; MORALES MUÑIZ, A. y LIESAU VON LETTOW-VORBECK, C., “Análisis comparado de las faunas arqueológicas en el valle Medio del Duero (provincia de Valladolid) durante la Edad del Hierro”, en Delibes de Castro, G., Romero Carnicero, F., y Morales Muñiz, A., (Eds.), Arqueología y Medio Ambiente. El Primer Milenio a.C. en el Duero Medio, Valladolid, 1995, pp.455-514; LIESAU VON LETTOW-VORBECK, C., “El Soto de Medinilla: faunas de mamíferos de la Edad del Hierro en el valle del Duero (Valladolid, España)”, Archaeofauna. Revista de la Asociación Española de Arqueozoología, 7, 1998, pp.7-210; BLASCO SANCHO, Mª.F., “Factores condicionantes de la composición de la cabaña ganadera de la II Edad del Hierro en la mitad norte de la Península Ibérica”, en Burillo Mozota, F., (Ed.), IV Simposio sobre los Celtíberos. Economía. Homenaje a J.L. Argente Oliver (Daroca, Zaragoza; Septiembre 1997), Zaragoza, 1999, pp.149-156.

(11) CABRÉ AGUILÓ, J., “Excavaciones de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila). I, El Castro”, Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, 110, 1930, Madrid, pp.20, 39.

(12) RUIZ ZAPATERO, G. y ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., “Las Cogotas: Oppida and the roots of urbanism in the Spanish Meseta”, en Cunliffe, B. y Keay, S., (Eds.), Social Complexity and the Development of Towns in Iberia. From the Copper Age to the Second Century A.D., Londres, British Academy, 86, 1995, pp.220-222; ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, p.151.

(13) BLANCO FREIJEIRO, A., “Las estatuas de verracos y las fíbulas zoomorfas celtibéricas”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie II, Historia Antigua, 1, 1988, pp.69-78; LÓPEZ MONTEAGUDO, G., Esculturas zoomorfas celtas de la Península Ibérica, Madrid, 1989; GALÁN DOMINGO, E., “Naturaleza y cultura en el mundo celtibérico”, Kalathos, 9-10, 1989-90, pp.175-204; ALONSO HERNÁNDEZ, P. y BENITO-LÓPEZ, J.E., “Figuras zoomorfas de barro de la Edad del Hierro en la meseta norte”, Zephyrus, 44-45, 1991-92, pp.525-536; ROMERO CARNICERO, F. y SANZ MÍNGUEZ, C., “Representaciones zoomorfas prerromanas en perspectiva cenital: iconografía, cronología y dispersión geográfica”, II Symposium de Arqueología Soriana. Homenaje a D. Teógenes Ortego y Frías. (Soria, 1989), Soria, 1992, pp.453-471; SÁNCHEZ MORENO, E., “El caballo entre los pueblos prerromanos de la meseta occidental”, Studia Historica. Historia Antigua, 13-14, 1995-96, pp.207-229; BLANCO GARCÍA, J.F., “Zoomorfos celtibéricos en perspectiva cenital. A propósito de los hallazgos de Cauca y el castro Cuesta del Mercado (Coca, Segovia)”, Complutum, 8, 1997, pp.183-203; ALMAGRO GORBEA, M. y TORRES ORTIZ, M., Las fíbulas de jinete y de caballito. Aproximación a las élites ecuestres y su expansión en la Hispania céltica, Zaragoza, 1999; CERDEÑO SERRANO, Mª.L., CABANES MIRÓ, E. y FERNÁNDEZ SABUGO, M., “Representaciones animales en la meseta prerromana”, en de Balbín Behrmann, R. y Bueno Ramírez, P., (eds.), II Congreso de Arqueología Peninsular. Tomo III: Primer milenio y metodología. (Zamora, 24-27 de septiembre de 1996), Zamora, 1999, pp.325-333.

(14) Recopilaciones de referencias literarias recogidas en: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.Mª., “La economía ganadera de España Antigua a la luz de las fuentes literarias griegas y romanas”, Emerita, 25, 1957, pp.159-184; ID., “Economía de los pueblos prerromanos del área no ibérica”, en Tarradell, M., (dir.), Estudios de Economía Antigua de la Península Ibérica, Barcelona, 1969, pp.225-230; ID., Economía de la Hispania Romana, Bilbao, 1978, pp.103-105; SALINAS DE FRÍAS, M., “Algunos aspectos económicos y sociales de los pueblos prerromanos de la Meseta”, Memorias de Historia Antigua, 3, 1979, pp.75-76; ID., “Problemática social y económica del mundo indígena lusitano”, en El proceso histórico de la Lusitania oriental en época prerromana y romana. Cuadernos Emeritenses, 7, Mérida, 1993, p.17; SÁEZ FERNÁNDEZ, P., “La ganadería extremeña en la antigüedad”, en Rodríguez Becerra, S. (Coor.), Trashumancia y cultura pastoril en Extremadura. Actas del Simposio, Mérida, 1993, pp. 37-49.

(15) SÁNCHEZ MORENO, E., “De ganados, movimientos y contactos. Revisando la cuestión trashumante en la Protohistoria hispana: la meseta occidental”, en Sociedades y fronteras en el mundo antiguo.Studia Historica. Historia Antigua, 16, 1998, pp.53-84. Versión actualizada y ampliada en Internet: http://www.ffil.uam.es./antigua/piberica/ganado/ganado1.html

(16) Floro, II, 33, 46-47; Orosio, VI, 21, 3.

(17) Livio, XXI, 43, 8-9; XXV, 1; Virgilio, Georg., III, 406-408.

(18) Dión Casio, XXXVII, 53.

(19) GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, p.278.

(20) EARLE, T.K., How chiefs come to power. The political economy in Prehistory. Stanford, 1997, pp.100-102; ALMAGRO GORBEA, M., “Guerra y sociedad en la Hispania céltica”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, passim; GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.278-282.

(21) SÁNCHEZ MORENO, E., “De ganados, movimientos y contactos. Revisando la cuestión trashumante en la Protohistoria hispana: la meseta occidental”, en Sociedades y fronteras en el mundo antiguo. Studia Historica. Historia Antigua, 16, 1998, pp.53-84. Versión actualizada y ampliada en Internet: http://www.ffil.uam.es./antigua/piberica/ganado/ganado1.html

(22) LINCOLN, B., “The Indo-European cattle-raiding myth”, History of Religions, 16 (1), 1976, pp.42-65; ID., Sacerdotes, guerreros y ganado. Un estudio sobre la ecología de las religiones, Madrid, 1991.Costumbres de esta naturaleza perviven todavía en no pocos rincones rurales del Mediterráneo. Por citar sólo un ejemplo etnográfico, en la aldea cretense de Glendhi los mozos entre 13 y 16 años realizan incursiones nocturnas para capturar ovejas pertenecientes a rebaños de aldeas vecinas, en la más pura tradición iniciática de madurez. El éxito en la empresa -esto es, el logro de buenos ejemplares cuya carne es repartida entre la familia- sin ser advertidos supone el reconocimiento de virilidad para los adolescentes. Cuando un joven ladrón incide varias veces sobre el ganado de otro pastor, puede acabar estableciéndose paradójicamente una amistad entre ambos (sindeknin), fundada sobre el acuerdo de una defensa común frente a intentos de hurto por parte de terceros. Conseguir esta alianza es un refuerzo más en la iniciación a la edad adulta dado que, en cierta forma, robar ganado se acaba convirtiendo en una forma deliberada de ampliar lazos de amistad y cooperación. Al respecto, HERZFELD, M., The poetics of manhood. Contest and identity in a Cretan mountain village, Princenton, 1985, esp. pp.163-205.

(23) Vide notas 2, 3 y 5.

(24) Livio, XXXV, 1; XXXVII, 57; Apiano, Iber., 56-58; Orosio, IV, 20, 23.

(25) Entre otros: PERALTA LABRADOR, E., “Las cofradías guerreras indoeuropeas en la España antigua”, El Basilisco, 3, 1990, pp.49-60; GARCÍA FERNÁNDEZ-ALBALAT, B., Guerra y religión en la Gallaecia y Lusitania antiguas, La Coruña, 1990; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.136-158; ALMAGRO GORBEA, M. y ÁLVAREZ SANCHÍS, J., “La Sauna de Ulaca: saunas y baños iniciáticos en el mundo céltico”, Cuadernos de Arqueología de la Universidad de Navarra, 1, 1993, pp.177-253; GARCÍA MORENO, L.A., “Organización sociopolítica de los Celtas en la Península Ibérica”, en Almagro Gorbea, M., (Dir.), Los Celtas: Hispania y Europa, Madrid, 1993, pp.349-350; SOPEÑA GENZOR, G., Ética y ritual. Aproximación al estudio de la religiosidad de los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1995, pp.75-86; ALMAGRO GORBEA, M., “Guerra y sociedad en la Hispania céltica”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, passim; GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.278-287; ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, pp.313-316. Todos ellos con enfoques alternativos pero coincidentes en lo esencial.

(26) HARMAND, J., La guerra antigua de Sumer a Roma, Madrid, 1976, p.24.

(27) QUESADA SANZ, F., “Aspectos de la guerra en el Mediterráneo antiguo”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.33-52; DAWSON, D., The origins of Western Warfare, Boulder-San Francisco-Oxford, 1998.

(28) Existen paralelos etnográficos altamente ilustrativos en esta clase de comparaciones estereotipadas, centrados en la oposición “guerra prístina o tribal versus guerra occidental o estatal”. Con relación a este tipo de aproximaciones, son de gran utilidad las advertencias críticas de R. Ferguson y N. Whitehead aplicadas a distintos casos de contacto entre estados europeos en expansión colonial y comunidades aborígenes, con particular atención a las transformaciones que esta interacción opera en las actitudes guerrras de las tribus primitivas (FERGUSON, R.B. y WHITEHEAD, N.L., “The violent edge of Empire”, en Ferguson, R.B. y Whitehead, N.L., (eds.), War in the tribal zone. Expanding states and indigenous warfare, Santa Fe, 1992, pp.1-30). El fundamento de la cuestión no es otro sino el reconocimiento de la distancia existente entre el observador que narra, sea un historiador antiguo o un etnógrafo contemporáneo, y el objeto de narración, en nuestro caso un sujeto indígena examinado bajo el prisma discriminador de la alteridad: la mirada del otro (en último término y desde la metodología etnográfica, vide TUHIWAI SMITH, L., Decolonizing methodologies. Research and Indigenous Peoples, Londres-Nueva York-Dunedin, 1999).

(29) CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.35-50.

(30) MARTÍN VALLS, R., “Segunda Edad del Hierro. Las culturas prerromanas”, en Valdeón, J., (dir.), Historia de Castilla y León, vol.I, cap.VI, Valladolid, 1985, pp.109-111; ESPARZA ARROYO, A., Los castros de la Edad de Hierro del Noroeste de Zamora, Zamora, 1986; FERREIRA DA SILVA, A.C., A cultura castreja no noroeste de Portugal, Paços de Ferreira, 1986; MORET, P., “Les fortifications de l´Age du Fer dans la Meseta Espagnole: origine et diffusion des techniques de construction”, Mélanges de la Casa de Velázquez, 27 (1), 1991, pp.5-42; ID., Les fortifications ibériques de la fin de l´Age du Bronze à la conquête romaine, Madrid, 1996; ALMAGRO GORBEA, M., “El urbanismo en la Hispania Céltica. Castros y oppida del centro y occidente de la Península Ibérica”, en Almagro Gorbea, M. y Martín Bravo, A.Mª., (Eds.), Castros y oppida en Extremadura, Madrid, Complutum Extra, 4, 1994, pp.13-75; ID., “Los castros de la meseta”, Gallaecia, 14-15, 1996, pp.261-308; CERDEÑO SERRANO, Mª.L., “Sistemas defensivos en el ámbito celta peninsular”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.231-239.

(31) CABRÉ DE MORÁN, Mª.E. y BAQUEDANO BELTRÁN, Mª.I., “La guerra y el armamento”, en Los celtas de la Península Ibérica. Monográfico de la Revista de Arqueología, extra nº5 , Madrid, 1991, pp.58-71; EAED., “El armamento céltico de la II Edad del Hierro”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.240-259; LORRIO ALVARADO, A.J., “El armamento de los celtas hispanos”, en Almagro Gorbea, M., (dir.), Los Celtas: Hispania y Europa, Madrid, 1993, pp.285-326; ID., “La evolución de la panoplia celtibérica”,Madrider Mitteilungen, 35, 1994, pp.212-243; QUESADA SANZ, F., El armamento ibérico. Estudio tipológico, geográfico, funcional, social y simbólico de las armas en la cultura ibérica (siglos VI-I a.C.), vol. 1-2, Montagnac, 1997.

(32) GARCÍA HUERTA, R., “La guerra entre los pueblos célticos. Las fuentes literarias greco-latinas”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.223-229.
Vuelta al texto

(33) SÁNCHEZ MORENO, E., Meseta occidental e Iberia exterior. Contacto cultural y relaciones comerciales en época prerromana. Tesis Doctoral en Microfichas. Universidad Autónoma de Madrid, 1998, p.305, cuadro 2.

(34) Estrabón, III, 4, 5; III, 4, 13; Justino, XLIV, 1-2; Livio, XXVIII, 12, 10; XXXIV, 17.

(35) Un ejemplo anecdótico pero pertinente: resulta curioso comprobar cómo una de las escasas noticias referidas a la enemistad de grupos del interior, la de vacceos hostigando a carpetanos, razón en la que se justificó Lúculo para llevar la guerra al valle medio del Duero (150 a.C.) habida cuenta que los carpetanos eran aliados romanos, es desmentida por el mismo Apiano (Iber., 51), fuente del relato, que desautoriza la acción del general al que supone inventor de un argumento falso

(36) Muy patente, por ejemplo, en el número de contribuciones reunidas con ese hilo conductor en el estudio colectivo sobre la guerra y los ejércitos en Hispania: A.A.V.V., La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997.

(37) En este punto coincidimos con posturas reflexivas como las de W. Kurtz o F. Quesada a propósito de las connotaciones simbólicas que denota el armamento en el registro funerario (KURTZ SCHAEFER, W.S., “El armamento de la necrópolis de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila)”, Zephyrus, 39-40, 1986-87, pp.445-458; ID., La necrópolis de Las Cogotas. Volumen I: Ajuares. Revisión de los materiales de la necrópolis de la Segunda Edad del Hierro en la cuenca del Duero (España), British Archaeological Reports, Oxford, 1987, pp.18, 31; QUESADA SANZ, F., El armamento ibérico. Estudio tipológico, geográfico, funcional, social y simbólico de las armas en la cultura ibérica (siglos VI-I a.C.), vol. 1-2, Montagnac, 1997; ID., “Armas para los muertos”, en Los Iberos. Príncipes de Occidente, Barcelona, 1998, pp.124-131). Para estos autores el arma indica el rango social del individuo por encima de su dedicación profesional a la guerra; ello no asegura que las armas no puedan haber tenido simultáneamente una funcionalidad práctica. (Vide infra apartado VII).

(38) GARCÍA QUINTELA, M.V., “Les peuples indigenes et la conquéte romaine d´Hispanie. Essai de critique historiographique”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 16, 1990, pp.181-220; ID., “Sources por l´étude de la Protohistorie d´Hispanie. Pour una nouvelle lecture”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 17, 1991, pp.61-99; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid,1999, pp.29-72.

(39) RANKIN, H.D., Celts and the Classical World, Londres, 1987; WALTER, H., Les Barbares de l´Occident romain, París, 1993; MARCO SIMÓN, F., “Ferocitas Celtica: imagen y realidad del bárbaro clásico”, en Falque, E. y Gascó, F., (Eds.), Modelos ideales y prácticas de vida en la Antigüedad clásica. Sevilla, 1993, pp.141-166; SOPEÑA GENZOR, G., Ética y ritual. Aproximación al estudio de la religiosidad de los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1995, pp.80-85; CLAVEL-LÉVÊQUE, M., “Codage, norme, marginalité, exclusion. Le guerrier, la plereuse et la forte femme dans la barbarie gauloise”, Dialogues d´Histoire Anciènne, 22 (1), 1996, pp.223-251.

IV- EL FRUTO DE LA CONTIENDA: BOTINES, TRIBUTO Y PRESTIGIO

De las acciones de asalto el bando vencedor extrae una serie de logros que repercuten en la estructura interna de su comunidad. Este hecho es ciertamente relevante pues permite avanzar propuestas sobre el ordenamiento social tomando como punto de partida, precisamente, las reacciones que provocan los beneficios de guerra y su distribución desigual entre la población.

Por un lado están las ganancias materiales. Nos acabamos de referir al protagonismo que la obtención de determinados botines, caso del ganado y otros bienes naturales de riqueza, ostenta en la proyección de asaltos y embestidas. Aspectos que en absoluto son privativos de los populi peninsulares, sino que se muestran con igual familiaridad en la escenografía del Mediterráneo antiguo tal y como acreditan los impulsos guerreros de griegos (40) y celtas galos (41), por no hacer más extensa la lista de ejemplos. Pero no pocas veces el resultado de una contienda bélica significó, además del ingreso de nuevas fortunas resultantes de un saqueo instantáneo, la entrega de una tributación regular como precio de la paz (42). El grupo vencedor garantizaría durante el tiempo convenido la recepción de estos tributos a través de elementos de presión, con frecuencia la toma de rehenes (43). Todo induce a pensar que tales pagos serían realizados en patrones de riqueza local: caballos, reses y ganado menor, cereal, cargamentos de sal, prisioneros, cantidades de metal en bruto, joyas en oro y plata, pieles de buey curtidas, prendas textiles como los sagos meseteños, entrega de armas..., lo cual está bien documentado en tiempos de conquista como impuestos que las unidades hispanas, especialmente los núcleos celtibéricos (44), pagan a Roma (45). De forma aproximada podemos extrapolar para momentos prerromanos estas tributaciones como mecanismo interétnico, que además supone un instrumento no despreciable de enriquecimiento económico.

Por otra parte, el enfrentamiento bélico depara también consecuencias de carácter ideológico igualmente destacables. Entre otras, la ganancia de fama y prestigio para los líderes victoriosos que suele traducirse en un incremento de su autoridad y poder. En este punto la guerra se convierte, en efecto, en una vía de promoción social y política (46). Si bien las fuentes literarias antiguas son muy avaras a la hora de reflejar estos aspectos, existen abundantes crónicas etnográficas sobre la relación tripartita: éxito guerrero - adquisición de prestigio - elevación de rango social. Citaremos sólo tres ejemplos que, salvando las distancias espacio-temporales, tienen en común con las comunidades protohistóricas del centro y occidente de la Península una serie de premisas culturales que dan cierto fundamento a esta tentativa de comparación -aunque se anuncian aquí a título de mero apunte sin pretensión alguna de ligazón directa-; a saber, el tratarse de “sociedades de frontera” (en contextos interiores, pero de transición dada su proximidad a regiones más dinámicas y activas), el hecho de estar en contacto con potencias colonizadoras (Roma en nuestro análisis, los estados europeos en expansión para los casos etnográficos) y su vocación eminentemente ganadera.
Así pues, entre las distintas tribus indias de las praderas centrales de Norteamérica, los jefes guerreros ven incrementar poderosamente su liderazgo gracias al prestigio que procuran el triunfo sobre sus rivales y la acumulación de riquezas, especialmente las manadas de caballos que son el móvil principal de sus pillajes; al tiempo, partiendo de la posición rectora de estos líderes y en función de los comportamientos guerreros, se va estableciendo el ranking social imperante (47). En el valle colombiano del Cauca, las jefaturas nativas hallan también en la guerra un mecanismo de evolución política y complejidad social (48): en este caso, la toma de prisioneros a emplear en tareas económicas como mano de obra esclava se convierte en una fórmula de ascenso social dado que cuantos más cautivos logre un guerrero mayor será su influencia y estatus. En lo que respecta a los grandes jefes, sus triunfos guerreros permiten legitimizar el ejercicio de poderes ilimitados; además de recibir grandes recompensas, pueden llegar a ser consagrados en ceremonias rituales. Finalmente, para las tribus de tuaregs del África centro-oriental la acumulación de cabezas de camellos robados o cobrados como tributo y el control militar de las rutas pastoriles a larga distancia y del comercio caravanero transahariano actúan asimismo como pautas de ordenamiento social y de consolidación del dominio de las aristocracias guerreras (49).

Se retomará más adelante la cuestión de la naturaleza del poder de las minorías dirigentes del occidente hispano acudiendo a uno de los perfiles que integran la figura de Viriato transmitida por la tradición clásica. Antes nos detendremos de nuevo por un momento en un detalle más de la guerra que trasciende claramente a la esfera socio-económica: la entrada y manipulación de los bienes conquistados.

V- REPARTO Y REDISTRIBUCIÓN; RIQUEZA Y SOCIEDAD

La irrupción en una comunidad local de mercancías foráneas (llegadas como triunfos de guerra o a través de cualquier otra posible vía) y las formas en que los grupos de poder proceden a repartirlas entre la población, dan cobijo a una modalidad de interacción que es al tiempo un sistema de organización socio-económica bien conocido: la redistribución desde un punto central.
Esta variante fue definida por K. Polanyi (50) como el movimiento de intercambio y apropiación a partir de un centro principal y desde ese punto hacia fuera (51). A diferencia de otros mecanismos de relación más igualitarios y primitivos (el trueque o la reciprocidad), la redistribución es un funcionamiento de dependencia hacia un punto principal. Éste (la capital política de un estado, como arquetipo no exclusivo pues también puede considerarse como “centro” la propia figura de un poder personal como veremos seguidamente) es el lugar desde el que se controlan los recursos, se organiza la producción, se distribuyen las riquezas internamente entre las distintas capas sociales y también desde el que se trazan con el exterior redes de intercambio y comercio. Es decir, a partir de ese referente central que funciona al tiempo como presumible cabeza política y vértice social, se estructura la organización económica y se perfila el cuerpo social de una comunidad. Al fundamentarse en un núcleo rector o central place (52), constituye un sistema de centralización propio de sociedades arcaicas complejas (según Polanyi), de jefatura evolucionada (a juicio de Sahlins, Service o Harris) o en vías de consolidación estatal (los bautizados por Renfrew como early state module). Egipto, Sumer, Babilonia o el Imperio Inca han sido tomados como ejemplos clásicos de redistribución; pero el modelo también puede ser aplicado en otra escala a realidades más cercanas a nuestros intereses, caso de los grandes oppida centroeuropeos que están operando como células políticas autónomas a fines de la Edad del Hierro (53).

Tornando a nuestro marco de estudio, algo parecido puede observarse en los extensos castros u oppida del interior peninsular (54). Se trata de lugares referenciales para la sociedad en torno a los cuales, además, se aglutina la población. Por una parte, en lo que respecta a las minorías dirigentes, las cuadrillas guerreras y otros sectores de ciudadanos, los oppida prerromanos son foros residenciales, bases defensivas y sede de las principales instituciones políticas y religiosas; por otro lado, representan áreas de producción y especialización económica para el grueso de la población dedicada a labores agro-pecuarias y artesanales. En esferas como la lusitano-vetona (55) y más señaladamente en el círculo vacceo, caracterizado por un paisaje urbano homogéneo a base de grandes civitates diseminadas reguladamente sobre el territorio (56), algunos de estos hábitats mayores pueden tenerse como unidades básicas de organización socio-económica, política y territorial desde el siglo IV a.C.; esto es, como lugares-centrales y núcleos redistributivos. Dichos enclaves ejercen, pues, de cabezas comarcales sobre hábitats menores, gentes y territorios dependientes y jerarquizados.

Descendamos del plano territorio-poblacional a categorías humanas menos abstractas. Los grupos de poder de las comunidades prerromanas, identificables en el espacio con los oppida o central-places a los que acabamos de referirnos, son quienes tienen acceso restringido y controlan los recursos económicos entre los que se enumera la guerra, más concretamente los beneficios que ésta trae consigo cuando se revela propicia. A partir de la posición privilegiada de estas jefaturas militares -también denominadas aristocracias guerreras- se van estableciendo relaciones sociales fuertemente jerarquizadas que no son sino el reflejo de un reparto desigual de riqueza y rango. Ello queda patente en modelos explicativos como la redistribución de bienes. Se ha abordado aquí una lectura económica y un tanto teórica del mismo, es hora ya de desgranar el esquema redistributivo en clave sociológica y de forma mucho más tangible. Para este fin nos valdremos de un personaje tradicional en los manuales escolares de Historia de España, Viriato (57).


VI- EL PAPEL DEL LÍDER Y LA ARTICULACIÓN SOCIAL. VIRIATO COMO PARADIGMA

Contamos con una imagen literaria que a pesar de estar envuelta en el mito da cuenta de la importancia que tiene en las sociedades del occidente peninsular la redistribución de botines y tributos de guerra. Un reparto dirigido por una cabeza militar (representación eventual, pero notoria, de la idea de poder o lugar central recién expuesta) y que es utilizado por la misma como medida de orden social. Nos referimos a Viriato, al que sólo en este punto nos vamos a permitir atribuirle un apelativo nuevo, el de jefe redistributivo.

No cabe duda de que la del lusitano es una de las figuras que mayor número de páginas ha acaparado en la bibliografía de la Hispania antigua. Su tratamiento ha ido variando con el tiempo en función del desarrollo de una investigación que, según circunstancias y en unas épocas más que en otras, se ha movido al ritmo de intereses ideológicos e incluso de modas políticas dominantes. En este sentido consideramos que una breve retrospectiva historiográfica puede resultar conveniente para contextualizar lo mejor posible nuestro propio comentario.

Dejando a un lado los trabajos más antiguos de la escuela alemana de fines del XIX, supeditados a la información textual clásica con arreglo al historicismo positivista representativo de aquellos momentos (58), y las apreciaciones pseudo-históricas de algunos escritos nacionales (en su mayoría debidos a militares) exaltando la heroicidad de Viriato en la historia-patria y reivindicando su cuna hispana frente a la adscripción portuguesa (59), el primer estudio pormenorizado sobre Viriato es el que publica Adolf Schulten en 1917 (60). Gracias al rastreo de las fuentes, a la identificación de topónimos antiguos y a la reconstrucción histórica de la gesta y movimientos viriáticos ofrecidos, esta obra supuso un punto de partida obligado para los trabajos posteriores que la han continuado, a pesar de sus vicios y limitaciones. El Viriato de Schulten es, fundamentalmente, el retrato del caudillo de la libertad ibérica frente al expansionismo romano, en un ensayo caracterizado por los prejuicios etnográficos propios del método schulteniano, tal y como pone de manifiesto la crítica de nuestros días (61). Se puede decir que los estudios emprendidos a partir de entonces se circunscriben dentro de dos tendencias bien determinadas que todavía hoy se mantienen: los análisis históricos de corte más o menos descriptivo insertados en el proceso global de la conquista romana de Hispania, de un lado, y las autopsias acerca del Viriato -o Viriatos- transferido por los clásicos a la sombra de proyecciones ideológicas y filosóficas, de otro lado.

Dentro de la primera corriente cabe citar las aportaciones de García y Bellido (62), que aunque acotado al tema concreto de las rebeliones indígenas se muestra como trabajo de gran originalidad -más teniendo en cuenta la época en que está escrito (63)-, Simon (64), Gundel (65), Dyson (66), Bane (67), Knapp (68) y, más recientes en el tiempo, Santos Yanguas y Montero (69), Richardson (70), López Melero (71), de Francisco (72), Curchin (73) y Pitillas (74). Con miras más equilibradas y desprovistos de la retórica grandilocuente y ensalzadora de otras décadas, estos trabajos ponen el acento en el relato de las campañas militares y la estrategia guerrera desplegada por Viriato, en las causas de la revuelta lusitana y la situación interna de las entidades prerromanas o en la relación Hispania-Roma a mediados del siglo II a.C., con miramiento especial a las consecuencias de la guerra viriática en la evolución política de la república romana.

Tomando parte del segundo tipo de aproximación, merecen subrayarse los análisis internos llevados a cabo por Lens Tuero (75), García Moreno (76) y García Quintela (77) sobre el trasfondo de la literatura viriática.

En el primero de estos ensayos, un minucioso análisis filológico lleva a enjuiciar la historia de Viriato transmitida por Posidonio a través de Diodoro como una muestra de historiografía helenística y moralizante que convierte al líder lusitano en el prototipo del “buen salvaje” derivado de las doctrinas cínica y estoica. En definitiva, una reconstrucción ideológica con la cual los escritores de aquella corriente intentan contrarrestar y denunciar los signos de decadencia perceptibles en la Roma de los siglos II-I a.C. (78). Partiendo de presupuestos similares, esto es, la evocación del Viriato de los textos antiguos como héroe natural y justiciero siguiendo el cliché estoico-cínico posidoniano, García Moreno ha avanzado valiosas consideraciones sobre el entorno histórico del personaje. Entre las deducciones de mayor peso habría que señalar la vinculación de Viriato con la Lusitania meridional, en concreto con la región fronteriza de Beturia, corrigiendo la añeja visión de Schulten que hacía de la remota comarca de la Sierra de la Estrella al norte de Portugal su tierra natal, con todas las connotaciones de marginalidad y barbarie pertinentes (79). A conclusiones parecidas llega Pérez Vilatela (80), con un espíritu igualmente revisionista. Los estudios de García Moreno han ayudado asimismo a desmontar la leyenda que desde antiguo se ha tejido alrededor del jefe lusitano, empeño compartido por otros investigadores que han llamado la atención sobre el uso político del personaje, en tiempos romanos (exemplum de nobleza bárbara) y en la historia reciente (precursor del caudillaje militar) (81).

Con respecto a la obra de García Quintela, su objetivo es intentar demostrar que buena parte de los relatos sobre Viriato son coherentes con la ideología trifuncional indoeuropea descrita por G. Dumézil, especialmente con las denominadas primera y -con más dudas- segunda funciones: la del guerrero y la del soberano céltico de carácter cuasi divino, respectivamente. Con la novedad que supone sustituir el tradicional enfoque socio-económico por otro ideológico-simbólico de raíz indígena, el autor apoya sus argumentos en una exploración a fondo de varios ciclos indoeuropeos, examinando episodios germanos, irlandeses, hindúes, romanos y célticos (82). En cualquier caso, a nuestro entender resulta más reveladora la propuesta de juzgar que las fuentes griegas relativas a Viriato recogen una versión lusitana fosilizada en un discurso típicamente helénico: “parece posible afirmar que en Diodoro leemos la traducción al griego, seguramente con adaptaciones, de una creación intelectual indígena. Ésta reelabora la ideología tradicional para movilizarla en un momento histórico de resistencia contra los romanos e hipertrofia del rol del jefe” (83).

Curiosamente uno de los aspectos menos atendido es la actitud de Viriato repartiendo el botín entre los suyos. El que este particular haya pasado bastante desapercibido en la investigación es de suponer que se debe a la primacía de otros intereses: la vida del personaje (con escenas de tanto jugo como los esponsales, el asesinato o el solemne funeral) o el análisis de las tendencias histórico-literarias con que la historiografía cubre su excepcional silueta, como acaba de observarse. Y sin embargo el capítulo de la adjudicación de botines y regalos se repite en casi todas las fuentes que se detienen en Viriato. Hagamos una recopilación de estas referencias:
Diodoro, XXXIII, 1, 3:
“en el reparto del botín era justiciero, y distinguía con regalos a los que se señalaban por su valor” (84)
Diodoro, XXXIII, 1, 5:
“Viriato, el jefe de ladrones lusitano, era justo en el reparto del botín: basaba sus recompensas en el mérito y hacía regalos especiales a aquellos de sus hombres que se distinguían por su valor, además no cogía para su uso particular lo que pertenecía a la reserva común. Debido a ello, los lusitanos le seguían de buen grado a la batalla y lo honraban como su benefactor y salvador común” (85)
Diodoro, XXXIII, 21a:
“En el reparto del botín no tomaba nunca una parte mejor que los otros; y de lo que tomaba, u obsequiaba a los que más se distinguían o subvenía a las necesidades de los soldados” (86)
Apiano, Iber., 75:
“Tanta fue la añoranza que Viriato dejó tras de sí, el que más dotes de mando había tenido entre los bárbaros y el más atrevido ante todo por delante de todos y el más presto al reparto a la hora del botín. Pues nunca aceptó tomar una parte mayor a pesar de que continuamente le animaban a ello; e incluso lo que tomaba se lo entragaba a quienes más habían destacado en la lucha. Por esto, un asunto complicado y no fácilmente conseguido por ningún otro de los generales: durante los ocho años de esta guerra un ejército constituido de elementos heterogéneos nunca se le rebeló y siempre fue sumiso y el más resuelto a la hora del peligro” (87)
Cicerón, De off., II, 40:
“Y así por su equidad en repartir el botín obtuvieron un gran poder no sólo Bardilis, bandolero ilirio, sino también y mucho mayor el lusitano Viriato” (88)La escena interesa por distintas razones. Además de reparar de nuevo en el contexto bélico lusitano (150-139 a.C.), el episodio ilustra muy bien cómo el resultado de un triunfo guerrero da paso a un mecanismo socio-económico de redistribución de bienes y recompensas que alcanza jerárquicamente al conjunto de los guerreros victoriosos. Y cómo ese mecanismo es operado por el cabecilla de la comunidad, quien simultáneamente acrecienta las bases de su poder gracias precisamente a los resultados de la acción militar; tanto más prestigiosa cuanto más lejano sea el escenario de los hechos y más poderosos sean el enemigo a batir y los símbolos identificativos de tales hazañas. Por descontado que nuestra lectura es una interpretación hipotética; una particular adaptación histórica de la metáfora literaria de Viriato, si se quiere, pues en verdad las fuentes clásicas retratan al pastor, ladrón y caudillo lusitano como a un Robin Hood protohistórico (89): un delincuente o bandido al que casi justifican por su talante igualitario, justo y barbarizadamente noble (90), según el modelo del buen salvaje o la doctrina cínica de los que participa la historiografía clásica (91). Por eso, la enseñanza extraíble automáticamente de esta tradición literaria es la del comportamiento ejemplar y equitativo de Viriato, que no toma nada para sí y que concede regalos especiales a quienes se han distinguido en la lucha; todo lo cual hace que sea admirado y respetado fielmente por los suyos hasta el punto de no tener que hacer frente a ninguna rebelión interna.

Pero, al margen de la evidente intencionalidad moralizante, estos textos cobijan una serie de pistas que permiten formular preguntas de finalidad más marcadamente histórica, por ejemplo sobre el liderazgo militar y las relaciones sociales. ¿Cuál es la naturaleza del poder en estos grupos? ¿Qué grado institucional alcanzan los jefes guerreros del occidente hispano? ¿De qué otros testimonios disponemos para aprehender la fuerte jerarquización y los lazos de dependencia personal?

Las informaciones literaria y arqueológica coinciden en señalar la existencia de una acusada diferenciación social en las poblaciones de la Protohistoria Final. A la cabeza suele situarse una jefatura o elite aristocrática de acentuado carácter guerrero, especialmente en los siglos IV-II a.C., que, no en vano, va evolucionando y transformándose con el tiempo en virtud de procesos internos y de acontecimientos externos tan relevantes como la incursión de cartagineses y romanos por el interior peninsular. El contrapunto a este sector privilegiado es una masa de gente empobrecida y sin recursos, dispuesta en los niveles más bajos de la sociedad, que cabe relacionar con prácticas supuestamente marginales, al menos bajo el prisma ideológico clásico, como el bandolerismo, el mercenariado y la prestación de servicios en el extranjero; costumbres que llamaron poderosamente la atención de los historiadores antiguos y sobre las que se han vertido chorros de tinta (92).

En las necrópolis, las sepulturas con distinto grado de monumentalidad, ajuar y riqueza, dan cuenta de algunas pautas sociales y de los objetos materiales asociables a determinados grupos humanos, por ejemplo la presencia de conjuntos de armas en las sepulturas de mayor nivel que anuncian a las elites rectoras recubiertas de una aureola guerrera (vide infra apartado VII). Los textos greco-latinos, por su parte, se refieren desde finales del siglo III a.C. y sobre todo en la centuria siguiente a una serie de dignatarios del ámbito occidental en lucha frente a la expansión romana. Entre el conglomerado lusitano-vetón se citan los nombres de Hilerno (93), Púnico (94), Césaro (95), Cauceno (96), Taútalo (97)..., aparte de Viriato. Desde el punto de vista institucional, las fuentes los titulan con términos como dux, imperator, , (98); apelativos que dejan entrever una categoría superior a la de simples magistraturas temporales y electivas pero que, sin embargo, no parecen alcanzar la distinción de soberanía propia de los reges y reguli del espacio ibérico-turdetano (99). En suma, sin ser demasiado explícitos los textos nos acercan al destacamiento socio-político de un puñado de figuras revestidas de poder guerrero: sus dotes y tenacidad les hacen encumbrarse en posiciones de liderazgo. No es de extrañar que los historiadores clásicos subrayen el componente militar de estos personajes dado que la información procede esencialmente del tiempo de conquista, lo cual suscita la familiaridad de tal semblante entre otras reducciones implícitas. Sin embargo, cabe presumir que el poder de estas figuras no es exclusivamente bélico sino que en muchos casos estas jefaturas, limitadas en mayor o menor grado por las competencias de otros miembros pertenecientes a clanes nobiliarios o por órganos políticos oligárquicos (consejo de notables, asambleas ciudadanas más extensas), controlan igualmente las bases económicas. Esto les permite tener acceso restringido a los excedentes productivos. Al tiempo, se apropian de símbolos e imágenes de autoridad con el fin de legitimar su dominio, haciendo uso cuando es necesario de estrategias de manipulación ideológica sobre la población (100).

Del recurso alegórico de Viriato redistribuyendo entre los suyos se desprende, acaso también, la sensación de un ordenamiento social profundamente regulado. Esto se aviene con otras señales de jerarquía y dependencia que conocemos para la Hispania anterromana y que, en cualquier caso, acrecientan la evidencia de estar ante agrupamientos sociales cada más verticales y articulados, que además se desenvuelven en una atmósfera ritual de complejidad creciente. Por no citar más que tres hábitos suficientemente testimoniados, piénsese en:

1) Las clientelas militares de devotii que surgen alrededor de una figura central, a quien consagran fidelidad de por vida hasta el punto de llegar a morir por él (101); tal costumbre llamó la atención de los clásicos, que la reseñan como idiosincrasia del guerrero hispano (102). Un eco de lo mismo puede verse en los funerales del propio Viriato (103), donde doscientas parejas de lusitanos luchan en combates singulares en honor del líder asesinado (104), a quien presumiblemente se hallaban vinculados clientelarmente.

2) El hospitium indígena (105) que tiende a evolucionar hacia fórmulas de vinculación personal próximas al modelo del patronatus romano (106). Aunque esto es perceptible durante la conquista y en función de los intereses políticos de Roma sobre los nuevos territorios anexionados, el viraje de la hospitalidad (y de otras instituciones similares que no se han conservado) hacia compromisos de sumisión personal debe tener un arranque anterior explicable en el proceso de formación y consolidación de las aristocracias guerreras en los últimos siglos antes del cambio de Era.

3) Los banquetes o fiestas de mérito que incluyen el intercambio de regalos de prestigio y la destrucción deliberada de riqueza como prerrogativa máxima de rango y autoridad en actos de exhibición desmedida y de reafirmación social (esto es, la ceremonia del Potlatch descubierta por la etnografía), entre otros ritos de competitividad social tan del gusto de las elites dirigentes (107).

En esta relación cabe traer a colación otra tesis que se está barajando en nuestros días pero que sin embargo todavía no se ha comprobado definitivamente: ¿las descripciones que nos han llegado sobre las técnicas guerreras y la estructura militar de los lusitanos podrían reflejar en realidad un bosquejo de su organización social? Exprimiéndolas al máximo e intentando contrapesar las lagunas y juicios de valor de la historiografía clásica, las noticias de Estrabón (108) y Diodoro (109) permitirían deducir como mucho una actividad guerrera compleja y, verosímilmente, jerarquizada entre los lusitanos, distinguiéndose al menos dos tipos de combatientes: 1) la “caballería” -probablemente no antes del s.III a.C.-, una minoría de guerreros de élite armados con panoplias pesadas; y 2) la “infantería” como cuerpo social extenso, a quien corresponde un armamento más ligero (vide infra). Poco más. Resulta tentador tomar estas pistas como directrices a partir de las cuales entender el entramado social de las comunidades de la Iberia prerromana (110), pero por el momento parece difícil arribar a conclusiones de mayor alcance. En cualquier caso, la viabilidad de este tipo de análisis pasa necesariamente por el examen de los datos arqueológicos, más concretamente por la valoración a fondo (tipología, secuencia cronológica, combinaciones estadísticas de elementos y equipos de armas, estimaciones de riqueza y rango, interpretación histórico-cultural...) de las denominadas “tumbas de guerrero”, aquellas que documentan armas formando parte del ajuar funerario. Sin duda ésta es una atractiva vía a potenciar en el futuro por la investigación.

Existe un último dato de gran valor rescatable de las crónicas de Viriato repartiendo riquezas, insinuado ya líneas atrás: la manipulación que de los tesoros adquiridos hace un jefe como estrategia de adhesión de clientes y garantía de fidelidad y disciplina en sus ejércitos, a la sazón caracterizados por su heterogeneidad (111). De nuevo un aspecto que ensambla las piezas que dan forma a nuestro particular puzzle: riqueza económica (expolios de guerra), gestión del líder (Viriato, caudillo redistributivo) y diálogo social (proyección de líneas de subordinación desde la cima del poder). En efecto, las fuentes reiteran que Viriato distinguía y obsequiaba a sus partidarios con magníficos presentes (112). A pesar de la parquedad textual (113), enseguida se nos viene a la mente el valor simbólico del regalo y la articulación de relaciones sociales y de medidas de captación de poder mediante el mecanismo del don y el contra-don (114), que tanto éxito ha tenido en el discurso antropológico y que tanto auxilio ha prestado como modelo explicativo a prehistoriadores e historiadores de la Antigüedad.

Diremos rápidamente que el regalo, en tanto instrumento cultural, se convierte en referencia de un compromiso entre individuos o grupos y, por tanto, es un precioso elemento para calibrar relaciones sociales. El ensayo pionero de M. Mauss sigue siendo de referencia obligada para el estudio de la forma y función del intercambio de dádivas, habiéndose profundizado a partir de él en el significado de la reciprocidad (115). El interés estriba en comprender que el don crea obligaciones sociales: entregar un regalo exige en primer lugar la aceptación por parte del receptor y, seguidamente, el que éste de una respuesta a cambio. Así la contraprestación (material o personal, sea esta última de tipo laboral o militar) se convierte en condición sine qua non y en instrumento para crear vínculos dentro de un marco de intercambio jerarquizado. La obligación en este sentido es triple: dar, recibir y actuar recíprocamente.

Asociada a la entrega del regalo hay una gama de expresiones sociales y de formas de comunicación de no poca importancia, que ya han sido aludidas al hablar de los grupos de poder de la Iberia indígena: generosidad sin límites, búsqueda competitiva de estatus y prestigio (regalar más es una manera de mostrar la superioridad de uno), hospitalidad, fiestas y banquetes nobiliarios, consumo de vino y otras bebidas y viandas de acceso restringido, ideal caballeresco, partidas de caza, luchas singulares y demás ceremonias rituales, formación de cuadrillas de fieles y clientes... En general la economía del regalo se identifica con unos fines políticos determinados y por tanto con grupos aristocráticos, ámbitos principescos o sociedades de jefatura compleja, como fueron las comunidades de la Edad del Hierro (116). En estos ambientes, armas de parada excepcionales, pertrechos del enemigo, trofeos guerreros, torques áureos y otros adornos, calderos de bronce, cerámicas de lujo y vajilla asociada al vino, briosos corceles e incluso mujeres en exogamia, debieron intercambiarse y regalarse como bienes de prestigio en una circulación selectiva y clientelar, tal como los textos que hemos revisado sobre Viriato ponen de manifiesto en su particular código ético (117). Acumular el mayor número de estas preciadas mercancías se traduce en una extensión de vínculos de interdependencia con otros individuos y, por ende, se convierte en una hábil manera de consolidar el rango socio-político de los possesores. Más aún si estas piezas son de naturaleza exótica -caso de los botines procedentes de empresas militares realizadas en escenarios remotos (118)-, lo cual incrementa su excepcionalidad (119).



NOTAS

(40) GARLAN, Y., Guerre et économie en Grèce ancienne, París, 1989, pp.50-55; DUCREY, P., Guerre et guerriers dans la Gèce antique, París, 1999, pp.201-218; CORVISIER, J.-N., Guerre et société dans les mondes grecs (490-323 av. J.-C.), 1999, París, pp.148-154.
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(41) BRUNAUX, J.L. y LAMBOT, B., Guerre et armement chez les Gaulois (450-52 a.C.), París, 1987, pp.27-28; CUNLIFFE, B.W., The Ancient Celts, Oxford, 1997, pp.89-99.

(42) Orosio, Hist., V, 1, 10-11.

(43) GARCÍA RIAZA, E., “La función de los rehenes en la diplomacia hispano-romana”, Memorias de Historia Antigua, 18, 1997, pp.87-88.

(44) Apiano, Iber., 48-54, 77-79 y 98; Diodoro, XXXIII, 16.

(45) PITILLAS SALAÑER, E., “Una aproximación a las reacciones indígenas frente al expansionismo romano en Hispania (205 al 133 a.n.e.)”, Memorias de Historia Antigua, 17, 1996, pp.133-155; GARCÍA RIAZA, E., “Las claúsulas económicas en las negociaciones de paz romano-celtibéricas”, en Burillo Mozota, F., (Ed.), IV Simposio sobre los Celtíberos. Economía. Homenaje a J.L. Argente Oliver (Daroca, Zaragoza; Septiembre 1997), Zaragoza, 1999, pp.515-520.

(46) Vide nota 7.

(47) MISHKIN, B., Rank and warfare among the plains Indians, Lincoln-Londres, 1992 (1ª edición 1940).

(48) CARNEIRO, R., “Chiefdom-level warfare as exemplified in Fiji and the Cauca Valley”, en Haas, J., (ed.), The anthropology of war, Cambridge, 1990, pp.190-211.

(49) SÁENZ, C., “Lords of the waste: predation, pastoralism, and the process of stratification among the eastern Twaregs”, en Earle, T., (ed.), Chiefdoms: power, economy, and ideology, Cambridge, 1991, pp.100-118.

(50) POLANYI, K., “The economy as instituted process”, en Polanyi, K., Arensberg, C.M. y Pearson, M.W., (Eds.), Trade and Market in the Early Empires: Economies in History and Theory, Chicago, 1957, p.250.

(51) Para profundizar en las implicaciones de la economía redistributiva en las sociedades primitivas: SAHLINS, M., Stone Age Economies, Nueva York, 1972 (edición en castellano: Madrid, 1977); RENFREW, C., “Trade as action in distance”, en Sabloff, J.A. y Lamberg-Karlovsky, C.C., (Eds.), Ancient Civilization and Trade, Alburquerque, 1975, pp.8 y 11-12; PRYAR, F.L., The origins of the economy: a comparative study of distribution in primitive and peasant economies, Nueva York, 1977; SERVICE, E.R., Los orígenes del Estado y de la civilización. El proceso de la evolución cultural, Madrid, 1984 (2ª edición), pp.119-120. Son varios los procesos de tipo interno y externo que ocasionan la formación de lugares centrales de redistribución (RENFREW, C., art. cit., 1975, pp.24-35): los centros de intercambio social y religioso en puntos rituales de reunión ocasional o periódica, los centros derivados de una aglomeración de población y de una especialización artesanal, los centros que por estrategia nacen en medio de una diversidad interregional como puntos intermedios donde confluyen y se canjean productos venidos de diferentes áreas, los centros que constituyen entidades urbanas, sean fundaciones ex novo o resultado de conquista o procesos de integración, los centros que representan una implantación en territorio extranjero (colonias comerciales), etc. Un sistema redistributivo lleva consigo la construcción de lugares de almacenamiento, la consolidación con el tiempo de mercados y, de mayor significación para lo que nos ocupa, la aparición de instrumentos característicos de agrupaciones verticales cada vez más jerarquizadas como las clientelas, el tributo o el vasallaje (vide infra).

(52) GRANT, E., (Ed.), Central Places, Archaeology and History, Sheffield, 1986.

(53) Así, los oppida celtas en la antesala de la conquista romana se configuran, además de como centros político-territoriales y de defensa, como focos económicos que regulan la provisión y redistribución de excedentes a escala local (del oppidum hacia comunidades menores dependientes), inter-regional (de un oppidum hacia otro) o de largo alcance (con ámbitos más distantes, como las ciudades mediterráneas), en el sentido más clásico del central-place. Para estas cuestiones: NASH, D., “Territory and state formation in Central Gaul”, en Greene, D., Haselgrove, C., y Spriggs, M., (Eds.), Social Organization and Settlement, (Britsh Archaeological Reports, BAR), Oxford, 1978, pp.455-475; COLLIS, J., Oppida. Earliest Towns North of the Alps, Sheffield, 1984; CRUMLEY, C.L., “Celtic settlement before the Conquest: the dialectics of landscape and power”, en Crumley, C.L. y Marquardt, W. H., (Eds.), Regional Dynamics: Burgundian Landscapes in Historical Perspectives, Nueva York, 1987, pp.403-430; WELLS, P.S., Granjas, aldeas, ciudades. Comercio y orígenes del urbanismo en la Protohistoria Europea, Barcelona, 1988, pp.135-142; BÜCHSENSCHÜTZ, O., “The significance of major settlements in European Iron Age society”, en Arnold, B. y Gibson, D.B., (Eds.), Celtic Chiefdom, Celtic State, Cambridge, 1995, pp.61-63; CUNLIFFE, B.W., The Ancient Celts, Oxford, 1997, pp.223-234; un posicionamiento crítico en: WOOLF, G., “Rethinking the oppida”, Oxford Journal of Archaeology, 12 (2), 1993, pp.223-234; ID., “The social significance of trade in Late Iron Age Europe”, en Scarre, C., y Frances, H., (Eds.), Trade and exchange in Prehistoric Europe, Oxford, 1993, pp.211-218, en el último caso con relación al factor comercial.

(54) ALMAGRO GORBEA, M., “El urbanismo en la Hispania Céltica. Castros y oppida del centro y occidente de la Península Ibérica”, en Almagro Gorbea, M. y Martín Bravo, A.Mª., (Eds.), Castros y oppida en Extremadura, Madrid, Complutum Extra, 4, 1994, pp.13-75; ID., “Los castros de la meseta”, Gallaecia, 14-15, 1996, pp.261-308; ID., “Estructura socio-ideológica de los oppida celtibéricos”, en Villar, F. y Beltrán, F., (Eds.), Pueblos, lenguas y escrituras en la Hispania prerromana. Actas del VII Coloquio sobre Lenguas y culturas paleohispánicas (Zaragoza, Marzo de 1997), Zaragoza, 1999, pp.35-55.

(55) ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, pp.111-164 y 334-336; SÁNCHEZ MORENO, E., “Organización y desarrollo socio-políticos en la meseta occidental prerromana: los vetones”, Polis, 8, 1996, pp.264-271; ID., Vetones: historia y arqueología de un pueblo prerromano, Madrid, 2000, pp.75-87; RODRÍGUEZ DÍAZ, A., “Extremadura Prerromana”, Extremadura Arqueológica IV. Arqueología en Extremadura: 10 años de descubrimientos, Mérida, 1995, pp.106-112; ORTIZ ROMERO, P. y RODRÍGUEZ DÍAZ, A., “Culturas indígenas y romanización en Extremadura”, en Rodríguez Díaz, A., (Coor.), Extremadura protohistórica: paleoambiente, economía y poblamiento, Cáceres, 1998, pp.256-263.

(56) SACRISTÁN DE LAMA, J.D., “Apuntes sobre la geografía poblacional vaccea”, Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, 60, 1994, pp.139-152; ID., “Reflexiones en torno al modelo de poblamiento de época celtibérica en la cuenca media del Duero”, en Burillo, F., (Coord.), El poblamiento celtibérico. III Simposio sobre Celtíberos (Daroca, 1991), Zaragoza, 1995, pp.369-380; SAN MIGUEL MATÉ, L.C., “El poblamiento de la Edad del Hierro al occidente del valle medio del Duero”, en Romero, F., Sanz, C. y Escudero, Z., (Eds.), Arqueología vaccea. Estudios sobre el mundo prerromano en la cuenca media del Duero, Valladolid, 1993, pp.21-66; ID., “Civitas y secundarización de la producción: ¿Las claves de interpretación del modelo de poblamiento vacceo?”, en Burillo, F., (Coord.), El poblamiento celtibérico. III Simposio sobre los Celtíberos. (Daroca, 1991), Zaragoza,1995, pp.373-380; DELIBES DE CASTRO, G., ROMERO CARNICERO, F., SANZ MÍNGUEZ, C., ESCUDERO NAVARRO, Z. y SAN MIGUEL MATÉ, L.C., “Panorama arqueológico de la Edad del Hierro en el Duero medio”, en Delibes de Castro, G., Romero Carnicero, F. y Morales Muñiz, A., (Eds.), Arqueología y medio ambiente. El primer milenio a.C. en el Duero medio, Valladolid, 1995, esp. pp.105-106.

(57) ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R. y RUIZ ZAPATERO, G., “España y los españoles hace dos mil años según el bachillerato franquista (período 1936-1953)”, Iberia. Revista de la Antigüedad, 1, 1998, pp.37-52.

(58) En especial: BECKER, U.J.H., Viriath und die Lusitanier, Altona, 1826; HOFFMANN, M., De Viriathi Numantinorumque bello. Diss. Greifswald, Munich, 1865; y MOMMSEN, T., Römische Geschichte, vol. II, Berlín, 1903, pp.8-13. Una valoración y más referencias sobre estos trabajos inaugurales en: GUNDEL, A., “Viriato, lusitano, caudillo en las luchas contra los romanos. 147-139 a.C.”, Caesaraugusta, 31-32, 1968, p.177 (publicado originalmente en R.E. Pauly-Wisowa, IX, A, 1, Stuttgart, 1961, s.v. “Viriatus”, cols. 203-230); y RUBINSOHN, Z.W., “The Viriatic war and its Roman repercussions”, Rivista Storica dell´Antichitá, 11, 1981, pp.172-174.

(59) Como botón de muestra: ARENAS LÓPEZ, J., Reivindicaciones históricas. Viriato no fue portugués, sino celtíbero. Guadalajara, 1900; ID., La Lusitania Celtíbera, Madrid,1907; quien sustituye el sello lusitano del pasaporte de Viriato por el celtibérico. La rivalidad de los intelectuales españoles y portugueses por “fichar a Viriato en sus respectivos equipos nacionales” adquiere tintes de sainete en sentencias como la que sigue: “(Viriato) no fue ni una sola vez en esos años a Portugal, ni aún para una corta vacación; ni se aproximó a menos de cuarenta leguas de la actual frontera hispano-portuguesa” (KINDELAN DUANY, A., “Viriato. Sus teatros de operaciones”, Revista de Historia Militar, 2, 1958, p.13). El autor habla de “una Lusitania Celtíbera mediterránea distinta de la atlántica; ubicada en tierra aragonesa, hacia Molina de Aragón, verdadera patria de Viriato y sin conexión alguna con su sinónima occidental(Portugal)” (KINDELAN DUANY, A., art. cit., 1958, p.13).

(60) SCHULTEN, A., “Viriatus”, Neue Jahrbücher, 39, Heidelberg, 1917, pp.209-237.

(61) De rancio etnocentrismo y trasnochado romanticismo nacionalista ha sido tachada muy recientemente la literatura de Schulten (GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid, 1999, p.184). Vide en este sentido igualmente: GARCÍA MORENO, L.A., “Infancia, juventud y primeras aventuras de Viriato, caudillo lusitano”, Actas I Congreso Peninsular de Historia Antigua (Santiago, 1986), II, Santiago de Compostela, 1988, pp.373-382; ID., “La Hispania anterior a nuestra Era: verdad, ficción y prejuicio en la Historiografía antigua y moderna”, en Actas del VII Congreso Español de Estudios Clásicos, vol. III, Madrid, 1989, pp.17-43; PÉREZ VILATELA, L., “Notas sobre la jefatura de Viriato en relación con la Ulterior”, Archivo de Prehistoria Levantina. Homenaje a D. Fletcher Valls, 19, 1989, pp.191-204; ID., “Procedencia geográfica de los lusitanos de las guerras del s.II a.C. en los autores clásicos (154-139 a.C.)”, Actas VII Congreso Español de Estudios Clásicos, III, Madrid, 1989, pp.257-262; GUERRA, A. y FABIÂO, C., “Viriato: genealogia de um mito”, Penélope, fazer e desfazer a História, 8, 1992, pp.20-21.

(62) GARCÍA Y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, esp. pp.26-28 y 45-50. (Reeditado en A.A.V.V., Conflictos y estructuras sociales en la Hispania Antigua, Madrid, 1977, pp.13-60).

(63) Vide supra, I- Introducción. En otro orden de cosas, A. GARCÍA Y BELLIDO (“Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, pp.45-50) entiende la táctica guerrillera practicada por las bandas lusitanas y celtibéricas como algo genuinamente hispánico. Esta interpretación se engloba dentro de la idea de continuidad o identidad de lo español a lo largo de la Historia, tan patente en este autor. Así, por ejemplo, enmarca a Viriato en el retrato del “bandolero andaluz”, una de las fisonomías del homo hispanicus por antonomasia. Vide al respecto los comentarios de ARCE MARTÍNEZ, J., “Introducción” al libro de A. García y Bellido, Veinticinco estampas de la España antigua, Madrid, 5ª edición, 1991, p.17.

(64) SIMON, H., Roms Kriege in Spanien 154-133 v. Chr., Frankfurt, 1962, pp.87-100 y 116-142.

(65) GUNDEL, A., “Viriato, lusitano, caudillo en las luchas contra los romanos. 147-139 a.C.”, Caesaraugusta, 31-32, 1968, pp.175-198 (publicado originalmente en R.E. Pauly-Wisowa, IX, A, 1, Stuttgart, 1961, s.v. “Viriatus”, cols. 203-230); ID., “Probleme der römischen Kamfführung gegen Viriathus”, en Legio VII Geminae, León, 1970, pp.108-130.

(66) DYSON, S.L., “Native revolt patterns in the Roman Empire”, en Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt. Geschichte und Kultur Roms im Spiegel der Neueren Forschung (ANRW), II, Pincipat, 3, 1975, pp.148-150.

(67) BANE, R.W., “The development of Roman imperial attitudes and the Iberians wars”, Emerita, 44, 1977, pp.414, 419.

(68) KNAPP, R.C., Aspects of the Roman Experience in Iberia (206-100 B.C.), Valladolid, 1977, pp.30-32, 42-43 y 50-53.

(69) SANTOS YANGUAS, N. y MONTERO HONORATO, Mª.P., “Viriato y las guerras lusitanas”, Bracara Augusta, 37, 1983, pp.153-181.

(70) RICHARDSON, J.S., Hispaniae. Spain and the development of Roman imperialism, 218-82 B.C. Cambridge, 1986, pp.136-149 y 185-189. (Traducción al castellano: Hispania y los romanos. Historia de España, II. Barcelona. 1998).

(71) LÓPEZ MELERO, R., “Viriatus Hispaniae Romulus”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie II, 1, 1988, pp.247-261.

(72) FRANCISCO MARTÍN, J. de, Conquista y romanización de Lusitania, Salamanca, 1989, pp.57-75 (2ª edición, 1996).

(73) CURCHIN, L.A., Roman Spain. Conquest and assimilation, Londres-Nueva York, 1991, pp.33-39. (Traducción al castellano: España Romana. Conquista y asimilación. Madrid, 1996).

(74) PITILLAS SALAÑER, E., “Una aproximación a las reacciones indígenas frente al expansionismo romano en Hispania (205 al 133 a.n.e.)”, Memorias de Historia Antigua, 17, 1996, pp.137-141.

(75) LENS TUERO, J., “Viriato, héroe y rey cínico”, Estudios de Filología Griega, 2, 1968, pp.253-272. (Publicado también en Lens Tuero, J., Ed., Estudios sobre Diodoro de Sicilia, Granada, 1994, pp.127-143).

(76) GARCÍA MORENO, L.A., “Infancia, juventud y primeras aventuras de Viriato, caudillo lusitano”, Actas I Congreso Peninsular de Historia Antigua (Santiago, 1986), II, Santiago de Compostela, 1988, pp.373-382; ID., “La Hispania anterior a nuestra Era: verdad, ficción y prejuicio en la Historiografía antigua y moderna”, en Actas del VII Congreso Español de Estudios Clásicos, vol. III, Madrid, 1989, pp.31-43.

(77) GARCÍA QUINTELA, M.V., “Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, pp.111-138; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.1777-222.

(78) LENS TUERO, J., “Viriato, héroe y rey cínico”, Estudios de Filología Griega, 2, 1968, pp.253-272. (Publicado también en Lens Tuero, J., Ed., Estudios sobre Diodoro de Sicilia, Granada, 1994, pp.127-143).

(79) GARCÍA MORENO, L.A., “Infancia, juventud y primeras aventuras de Viriato, caudillo lusitano”, Actas I Congreso Peninsular de Historia Antigua (Santiago, 1986), II, Santiago de Compostela, 1988, pp.373-382; ID., “La Hispania anterior a nuestra Era: verdad, ficción y prejuicio en la Historiografía antigua y moderna”, en Actas del VII Congreso Español de Estudios Clásicos, vol. III, Madrid, 1989, pp.31-43.

(80) PÉREZ VILATELA, L., “Notas sobre la jafatura de Viriato en relación con la Ulterior”, Archivo de Prehistoria Levantina. Homenaje a D. Fletcher Valls, 19, 1989, pp.191-204; ID., “Procedencia geográfica de los lusitanos de las guerras del s.II a.C. en los autores clásicos (154-139 a.C.)”, Actas VII Congreso Español de Estudios Clásicos, III, Madrid, 1989, pp.257-262; ID., “Identificación de Lusitania (155-100 a.C.)”, Homenatge a José Esteve Forriol, Valencia, 1990, pp.133-140.

(81) GARCIA, J.M., “Viriato: uma realidade entre o mito e história”, Prelo, 9, 1985, pp.59-70; GUERRA, A. y FABIÂO, C., “Viriato: genealogia de um mito”, Penélope, fazer e desfazer a História, 8, 1992, pp.9-23; ALVAR EZQUERRA, J., “Héroes ajenos: Aníbal y Viriato”, en Alvar, J. y Blázquez, J.Mª. (Eds.); Héroes y antihéroes en la Antigüedad clásica, Madrid, 1997, pp.137-143; ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R. y RUIZ ZAPATERO, G., “España y los españoles hace dos mil años según el bachillerato franquista (período 1936-1953)”, Iberia. Revista de la Antigüedad, 1, 1998, pp.43-46.

(82) GARCÍA QUINTELA, M.V., “Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, pp.111-138; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.1777-222.

(83) GARCÍA QUINTELA, M.V., “Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, p.131.

(84) Traducción de SCHULTEN, A., Fontes Hispaniae Antiquae. Fascículo IV. Las guerras de 154-72 a.C., Barcelona, 1937, p.328.

(85) Traducción de GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, p.215. El autor repara en este pasaje, pero con el fin de demostrar que en Viriato podrían descubrirse señales de poder regio indoeuropeo: “el texto de Diodoro, a pesar de las deplorables condiciones de transmisión, puede considerarse una aproximación correcta desde la mentalidad helenística a una realidad institucional ajena. Se describe a Viriato como si accediese a una suerte de realeza otorgada consensuadamente, con lo cual se sigue el modelo de concesión de honores helenístico a unos reyes que de ninguna forma asentaban su poder en un consenso análogo” (GARCÍA QUINTELA, M.V., op. cit., 1999, p.216).

(86) Traducción de SCHULTEN, A., Fontes Hispaniae Antiquae. Fascículo IV. Las guerras de 154-72 a.C., Barcelona, 1937, p.326.

(87) Traducción de GÓMEZ ESPELOSÍN, F.J., Apiano: Sobre Iberia y Aníbal, Madrid, 1993, p.103.

(88) Traducción de SCHULTEN, A., Fontes Hispaniae Antiquae. Fascículo IV. Las guerras de 154-72 a.C., Barcelona, 1937, p.330.

(89) El del “ladrón noble” es un rostro repetido en la historia social y en la literatura, ayer y hoy. Probablemente el caso más familiar es el de Robin Hood, a partir del cual pueden sintetizarse los rasgos definitorios de este particular tipo de bandido o rebelde de magnánimos ideales: “the image of the noble robber, which defines both his social role and his relationship with the common peasants. His role is that of the champion, the righter or wrongs, the bringer of justice and social equity. His relation with the peasants is that of total solidarity and identity. The image reflects both” (HOBSBAWN, E.J., Bandits, Harmondsworth, 1985, p.42).

(90) HOBSBAWN, E.J., Bandits, Harmondsworth, 1985, pp.41-56.

(91) LENS TUERO, J., “Viriato, héroe y rey cínico”, Estudios de Filología Griega, 2, 1968, pp.253-272. (Publicado también en Lens Tuero, J., Ed., Estudios sobre Diodoro de Sicilia, Granada, 1994, pp.127-143).

(92) Para un cotejo bibliográfico del “bandolerismo lusitano” nos remitimos a la nota 5. Personalmente creemos que estos fenómenos equivalen a la percepción clásica de una serie de conductas muy difíciles de descifrar. Es cierto que constituyen una reacción al desajuste social existente, con base en circunstancias internas (medioambientales, económicas) y externas (el avance de púnicos y romanos hacia el interior, la rivalidad con otras entidades indígenas). Pero no dejan de ser movimientos culturales, mal comprendidos por los escritores antiguos, que lejos de la marginalidad pudieran tocar de lleno con dinámicas aristocráticas, por ejemplo usos políticos y guerreros de carácter diplomático.

(93) Jefe del ejército mixto de vetones, vacceos y celtíberos que lucha frente a las tropas romanas en las inmediaciones de Toletum en el 193 a.C.; fue hecho prisionero por el pretor Marco Fulvio (Livio, XXXV, 7, 8). Se desconoce a cuál de estas entidades étnicas pertenecía.

(94) Uno de los grandes líderes lusitanos que ostiga repetidas veces en los años 155-154 a.C. a los romanos y a sus aliados meridionales asaltando sus territorios. En alguna de sus rapiñas colaboraron grupos de vetones (Apiano, Iber., 56).

(95) Sucede en la jefatura militar al anterior cuando fallece al ser golpeado por una piedra. Entabló combate con el general romano Mumio, y tras ser derrotado se dio a la fuga (Apiano, Iber., 56).

(96) Otro caudillo lusitano que en esos mismos años, tras tomar Conistorgis en territorio de los cuneos, cruza con sus tropas el Estrecho y asedia el norte de África, protagonizando cercos como el de Ocila (Apiano, Iber., 57).

(97) Último general lusitano, elegido sucesor de Viriato tras su asesinato en el 139 a.C. Se entrega a Cepión, pactando la rendición, y pone punto final a la guerra lusitana. Diodoro de Sicilia le denomina Taútamo (Didoro, XII, 33, 1, 4).

(98) Así al menos para Viriato, cuyo estatuto político se anuncia bajo estos vocablos (GUNDEL, A., “Viriato, lusitano, caudillo en las luchas contra los romanos. 147-139 a.C.”, Caesaraugusta, 31-32, 1968, pp.181-191; LÓPEZ MELERO, R., “Viriatus Hispaniae Romulus”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie II, 1, 1988, passim; GARCÍA QUINTELA, M.V., “Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, pp.121-122; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid, 1999, p.214).

(99) La cuestión terminológica puede llevar a equívoco ya que no están claras las diferencias conceptuales entre lo que una fuente llama dux y otra (o la misma en diferente ocasión) rex o regulus. ¿Identifican lo mismo o intentan establecer jerarquías observadas? Para avanzar en este sentido habría que realizar un seguimiento sobre el uso de determinados vocablos en el conjunto de la obra de uno o varios autores. Sobre jefaturas y figuras de poder en la Iberia prerromana: CARO BAROJA, J., “Las realeza y los reyes en la España antigua”, en Estudios sobre la España Antigua. Cuadernos de la Fundación Pastor, 17, 1971, pp.51-159 (publicado también en Caro Baroja, J., España Antigua. Conocimento y fantasía, Madrid, 1986, pp.185-223); LÓPEZ DOMECH, R., “Sobre reyes, reyezuelos y caudillos militares en la Protohistoria hispana”, Studia Historica. Historia Antigua, 4-5, 1986-87, pp.19-22; ALVAR EZQUERRA, J., “La jefatura como instrumento de análisis para el historiador: basileia griega y regulos ibéricos”, en Adánez, J. et alii, (Eds.), Espacio y organización social, Madrid, 1990, pp.111-126; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, passim; MUÑIZ COELLO, J., “Monarquías y sistemas de poder entre los pueblos prerromanos de la Península Ibérica”, en Sáez, P. y Ordóñez, S. (Eds.), Homenaje al Profesor Presedo, Sevilla, 1994, pp.285-289; ID., “Instituciones políticas celtas e ibéricas. Un análisis de las fuentes literarias”, Habis, 25, 1994, pp.91-105; PITILLAS SALAÑER, E., “Jefaturas indígenas en el marco de la conquista romana en Hispania y la Galia”, Hispania Antiqua, 21, 1997, pp.93-108; COLL I PALOMAS, N. y GARCÉS I ESTALLO, I., “Los últimos príncipes de occidente. Soberanos ibéricos frente a cartagineses y romanos”, en Aranegui Gascó, C., (Ed.); Actas del Congreso Internacional Los Iberos, príncipes de Occidente: Las estructuras del poder en la sociedad ibérica. Saguntum Extra-1, Valencia, 1998, pp.437-446.

Ya se ha indicado que GARCÍA QUINTELA, M.V. (“Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, pp.111-138; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid, 1999) se inclina a pensar que la jefatura de Viriato podría equivaler a una autoridad soberana emparentada con el modelo de realeza indoeuropea.

(100) Ideas sobre la formación del poder en sociedades de jefatura desarrolladas en extensión por T.K. EARLE (How chiefs come to power. The political economy in Prehistory, Stanford, 1997) con razón de ser en tres casos de estudio: la región danesa de Thy en la Prehistoria (2300-1300 a.C.), la isla hawaiana de Kaua´i (800-1824) y el valle altoandino del Mantoro en Perú (500-1534). Si bien se habla de equilibrio, interdependencia y simultaneidad entre las distintas fuentes de poder (económico, militar e ideológico), el autor acaba por dar ligera primacía al elemento económico como base a partir de la cual fundar un sistema socio-político: “by controlling the production and distribution of staples and prestige goods, chiefs invest surplus so as to control military might and ideological right. To the degree that leaders control staple production that supports warriors and priests and control the specialized manufactured of their weapons and symbolic objects, military intimidation and religious sanctity belong to the rulers” (EARLE, T.K., op. cit., 1997, p.207). De nuevo, el control de la producción por parte del jefe y, particularmente, su papel redistribuidor resultan claves: “The flow of things through the economy is like an irrigation system. Tapped from natural flows, the water is diverted through built channels to water fields of choice. To the degree that the chief builds and controls the flow, he determines what flourishes and what perishes. Chiefly control over critical nodes of distribution in the material flows of the economy translates into control over the many fields of political action” (EARLE, T.K., op. cit., 1997, p.204).

En el fondo estamos ante el mecanismo que la antropología utiliza para explicar el nacimiento de la jefatura a partir del afianzamiento de un individuo redistribuidor: “La gestión de los excedentes de cosecha, que en parte seguía recibiendo para su consumo en festines comunales y otras empresas de la comunidad, tales como expediciones comerciales y bélicas, bastaban para legitimar su rango. De forma creciente, este rango era considerado por la gente como un cargo, un deber sagrado transmitido de una generación a otra con arreglo a normas de sucesión hereditaria. El gran hombre se habría convertido en jefe, y sus dominios ya no se limitaban a una sola aldea autónoma de pequeño tamaño sino que formaba una gran comunidad política, la jefatura” (HARRIS, M., Jefes, cabecillas, abusones, Madrid, 1996, p.37). Aplicado al binomio “mercancías venidas de economía de guerra” - “líder socio-político regulador”, la propuesta es perfectamente asignable, creemos, al Viriato literario y -en un plano más pragmático y anónimo- a la estampa de los grandes jerarcas guerreros de la Lusitania prerromana, salvando las distancias.

Para un acercamiento a la idea de poder y autoridad bajo los auspicios de la antropología social, vide también: BARNES, B., The nature of power, Cambridge, 1988; y, de muy reciente aparición, CHEATER, A., (Ed.), The anthropology of power. Empowerment and discupowerment in changing structures, Londres-Nueva York, 1999, y SKALNIK, P., “Authority versus power: a view from social anthropology”, en Cheater, A., (ed.), The anthropology of power. Empowerment and discupowerment in changing structures, Londres-Nueva York, 1999, pp.163-174.

(101) Sobre la devotio ibérica: RAMOS LOSCERTALES, J.Mª., “Hospicio y clientela en la España céltica”, Emerita, 10, 1942, pp.308-337; RODRÍGUEZ ADRADOS, F., “La fides ibérica”, Emerita, 14, 1946, pp.128-209; PRIETO ARCINIEGA, A., “La devotio ibérica como forma de dependencia en la Hispania prerromana”, Memorias de Historia Antigua, 2, 1978, pp.131-135; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.126-129; DOPICO CAÍNZOS, Mª.D., “La devotio ibérica: una revisión crítica”, en Mangas, J. y Alvar, J., (Eds.), Homenaje a José Mª Blázquez, II, Madrid, 1994, pp.181-193.

(102) Valerio Máximo, II, 6, 11; Dión Casio, LII, 20, 2; Estrabón, III, 4, 18; Servio, Ad.Georg., IV, 218; Plutarco, Sertorio, XIV, 5-6; César, B.C., III, 22; Apiano, B.C., I, 112.

(103) Diodoro, XXXI, 21a; Apiano, Iber., 74-75; Livio, perioch., LIV.

(104) Sobre los ludi funebres en la Hispania prerromana: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.Mª. y MONTERO, S., “Ritual funerario y status social: los combates gladiatorios perrromanos en la Península Ibérica”, Veleia, 10, 1993, pp.71-84.

(105) Diodoro, V, 34, 1; Valerio Máximo, III, 2, 21.

(106) Avanzado inicialmente por RAMOS LOSCERTALES, J.Mª., “Hospicio y clientela en la España céltica”, Emerita, 10, 1942, pp.308-337; ampliado con posterioridad en: SALINAS DE FRÍAS, M., “La función del hospitium y la clientela en la conquista y romanización de Celtiberia”, Studia Historica. Historia Antigua, 1, 1983, pp.21-41; MANGAS MANJARRÉS, J., “Hospitium y patrocinium sobre colectividades públicas: ¿términos sinónimos?”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 9, 1983, pp.165-184; DOPICO CAÍNZOS, Mª.D., La Tabula Lougeiorum. Estudios sobre la implantación romana en Hispania, Vitoria, 1988, pp.17-46; EAD., “El hospitium celtibérico. Un mito que se desvanece”, Latomus, 48, 1989, pp.19-35; EAD., “Las Tabulae Hospitalis. Un instrumento de la dominación romana”, Revista de Arqueología, 196, 1997, pp.30-39; ETIENNE, R., LE ROUX, P. y TRANOY, A., “La tessera hospitalis, instrument de sociabilité et de romanisation dans la Péninsule Ibérique”, en Thelamon, F., (Ed.), Sociabilité, pouvoirs et société. Actes du colloque de Rouen (Noviembre, 1983), Rouen, 1987, pp.323-336; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.122-124; SASTRE PRATS, I., RUIZ DEL ÁRBOL MORO, M. y PLÁCIDO SUÁREZ, D., “La integración de las comunidades indígenas del noroeste peninsular en el marco romano: el papel de los pactos de hospitalidad y patronato”, en de Balbín Behrman, R. y Bueno Ramírez, P., (eds.), II Congreso de arqueología peninsular. Tomo IV: Arqueología romana y medieval (Zamora, del 24 al 27 de septiembre de 1996), Zamora, 1999, pp.39-50.

(107) Aspecto sin constatación directa en nuestro marco geográfico, aunque existen ciertas huellas arqueológicas (repertorios cerámicos, despojos alimenticios, asadores, parrillas, trípodes y otros útiles asociados al fuego que recuerdan los restos de un festín; objetos exuberantes que pueden tomarse como regalos de prestigio: cinturones y corazas de lujo, armas singulares, calderos, braserillos, jarros, joyas...) que podrían sopesarse en este sentido. Contrariamente está bien documentado en el mundo galo gracias al conocido relato de Posidonio (en Ateneo, Banquete de los sofistas, IV, 36) a propósito de las costumbres convivales de los guerreros auvernos: “(...) los celtas en ocasiones durante sus festines pelean entre sí en combates singulares: excitados y armados, no dudan en entablar luchas figuradas y acaban golpeándose los unos contra los otros, algunas veces se producen heridas e incluso, alterados por ello y si los espectadores no les detienen, llegan a matarse. Nos cuenta también (Posidonio) que a la hora de presentar los asados, el más fuerte se llevaba la mejor tajada. Pero si alguien se oponía, se levantaban para combatir en duelo singular hasta morir. Otros, en lugares de ceremonia, habiendo recibido plata u oro, y algunos de entre ellos un número determinado de vasos de vino, y habiendo hecho testificar la donación y habiéndolo repartido como regalos a sus amigos y parientes, se echaban boca arriba, acostados sobre sus escudos para que uno de los asistentes les cortara el cuello con una espada”.

A este respecto, para la Galia: TIERNEY, J.J., “The Celtic Ethnography of Posidonius”, en Proceedings of the Royal Irish Academy, 60, C, Dublín, 1960, pp.189-275; FEUVRIER-PRÉVOTAT, C., “Echanges et sociétés en Gaule indépendante: à propos d´un tecte de Poseidonios d´Apamée”, Ktema, 3, 1978, pp.243-259; LEWUILLON, S., “Contre le Don. Remarques sur le sens de la reciprocité et de la compensation sociale en Gaule”, en Fonctionnement social de l´Âge du Fer. Table Ronde de Lons-le-Saunier, Lons-le-Saunier, 1993, pp.71-89; CUNLIFFE, B.W., The Ancient Celts, Oxford, 1997, pp.105-107. Para la Hispania indoeuropea: GARCÍA MORENO, L.A., “Organización sociopolítica de los Celtas en la Península Ibérica”, en Almagro Gorbea, M. (Dir.), Los Celtas: Hispania y Europa, Madrid, 1993, pp.331-336. Y para los círculos de poder de la Iberia meridional: QUESADA SANZ, F., “Vino, aristócratas, tumbas y guerreros en la cultura ibérica (ss.V-II a.C.)”, Verdolay, 6, 1994, pp.99-124; ID., “Vino y guerreros: banquete, valores aristocráticos y alcohol en Iberia”, en Celestino Pérez, S., (Ed.), Arqueología del vino. Los orígenes del vino en Occidente, Madrid, 1995 pp.273-296; DOMÍNGUEZ MONEDERO, A.J., “Del simposio griego a los bárbaros bebedores: el vino en Iberia y su imagen en los autores antiguos”, en Celestino Pérez, S., (Ed.), Arqueología del vino. Los orígenes del vino en Occidente, Madrid, 1995, pp.23-72.

(108) Estrabón (III, 3, 6): “Dicen de los lusitanos que son hábiles en las emboscadas y exploraciones, vivos, llevan armamento ligero, y son expertos en las maniobras. Tienen un escudo pequeño de dos pies de diámetro, cóncavo por delante y sujeto por correas porque no lleva abrazaderas ni asas, y portan además un puñal o cuchillo. La mayoría viste cotas de lino; son raros los que las usan de mallas y cascos de tres penachos, y los demás cascos de nervios. Los de a pie llevan grebas y varios venablos cada uno. Algunos usan también lanzas, cuyas puntas son de bronce” (traducción de MEANA CUBERO, Mª.J. y PIÑERO, F., Estrabón. Geografía. Libros III-IV, Madrid, 1992, pp.83-84).

(109) Diodoro (V, 34, 4-5): “(los lusitanos) Para la guerra llevan escudos muy pequeños, tejidos de nervios, con los cuales y gracias a su dureza pueden defender su cuerpo holgadamente. En su lucha lo manejan con destreza, moviéndolo a uno y otro lado del cuerpo y rechazando con habilidad todos los tiros que caen sobre ellos. Usan también picas hechas enteramente de hierro y con la punta a modo de arpón y llevan casco y espada muy parecida a la de los celtíberos. Lanzan sus picas con precisión y a larga distancia y causan a menudo heridas muy graves. Son ágiles en sus movimientos y ligeros en la carrera, por ello huyen o persiguen con rapidez” (traducción de GARCÍA Y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, p.547).

(110) Cuatro tentativas preliminares en esta línea son: para el ámbito celtíbero-lusitano, CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.104, 147 y 162; para el noroeste, GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid, 1999, pp.280-282; para el espacio vetón, ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, p.299; y para el caso de los iberos, ALVAR EZQUERRA, J., “La syntaxis militar ibérica”, en Villar, F. y Beltrán, F., (Eds.), Pueblos, lenguas y escrituras en la Hispania prerromana. Actas del VII Coloquio sobre Lenguas y culturas paleohispánicas (Zaragoza, Marzo de 1997), Zaragoza, 1999, pp.57-73.

(111) A propósito de Viriato, Apiano, Iber., 75.

(112) Diodoro, XXXIII, 1, 3 y 5; XXXIII, 21a.

(113) En la que sigue habiendo lugar para el revestimiento estoico y ejemplar con que los autores griegos presentan al lusitano, ahora en lo tocante al valor material de las cosas. Un claro ejemplo se encuentra en la reflexión que Viriato dirige el día de su boda a su suegro Astolpas, al contemplar las lujosas alhajas del banquete (¿tal vez una fiesta de mérito -y de emulación suntuaria- más, característica de los círculos aristocráticos indígenas?):

Diodoro (XXXIII, 7, 1): “Y de las muchas cosas que con gran tino dijo, en una sola respuesta dejó el contenido de muchas sentencias sobre la ingratitud a los bienhechores y la imprudencia de construir grandes esperanzas sobre los inestables bienes de la fortuna; y principalmente que estas famosas riquezas de su suegro estaban sometidas al que tuviesen la lanza; y, por tanto, que más bien a él se le debía gratitud, pues nada le daban siendo él el dueño de todo” (traducción de SCHULTEN, A., Fontes Hispaniae Antiquae. Fascículo IV. Las guerras de 154-72 a.C., Barcelona, 1937, p.329).

(114) Así lo ha visto P. Ciprés en la sociedad celtibérica: “A aquellos que disponían de un séquito la guerra, en general, les permitía obtener los recursos económicos necesarios con los que poder asegurar su servicio. En el caso del jefe militar su prestigio estaba determinado por su papel como redistribuidor del botín obtenido, si bien el retrato de algunos de los generales más importantes parece estar sujeto a estereotipos; en ellos siempre la justicia en el reparto y la generosidad son algunas de las características fundamentales que las fuentes le atribuyen. Recíprocamente la comunidad aporta de forma individualizada o particular bienes al jefe, que suponen el reconocimiento de su superioridad y que se conceden en la seguridad de que a cambio se obtendrán otros beneficios. De esta forma, en lo poco que podemos observar, vemos cómo se constituye un mecanismo de distribución de los recursos” (CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.134, 166).

(115) MAUSS, M., “Ensayo sobre los dones. Razón y forma del cambio en las sociedades primitivas”, en Sociología y Antropología, Madrid, 1971, pp.155-263 (edición original: “Essai sur le don. Forme et raison de l´echánge dans les sociétés archaïques”, L´Année Sociologique, I, 1925, pp.30-186). Como revisión de los postulados de Mauss y reapertura del debate, vide las últimas contribuciones al tema de VAN WEES, H., “The law of gratitude: reciprocity in anthropological theory”, en Gill, C., Postlethwaite, N. y Seaford, R., (eds.), Reciprocity in Ancient Greece, Oxford, 1998, pp.13-49, y GODELIER, M., The enigma of the gift, Cambridge, 1999. Sobre el valor social de los objetos: DOUGLAS, M. y ISHERWOOD, B., The world of Goods: towards an Anthropology of Consumption, Nueva York, 1979 (2ª edición, 1996); APPADURAI, A., “Introduction: commodities and the politics of value”, en Appadurai, A., (Ed.), The Social Life of Things: Commodities in Cultural Perspective. Cambridge, 1986, pp.3-63; HOSKINS, J., Biographical objects: how things tell the story of people´s lives, Londres, 1998; GOSDEN, C. y MARSHALL, Y., “The cultural biography of objects”, en Marshall, Y. y Gosden, C., (eds.), The cultural biography of objects. World Archaeology. Londres, 31 (2), 1999, pp.169-178; SCHIFFER, M.B., Material life of human beings: artifacts, behaviour and communication, Londres-Nueva York, 1999.

(116) LEWUILLON, S., “Contre le Don. Remarques sur le sens de la reciprocité et de la compensation sociale en Gaule”, en Fonctionnement social de l´Âge du Fer. Table Ronde de Lons-le-Saunier, Lons-le-Saunier, 1993, pp.71-89; SÁNCHEZ MORENO, E., Meseta occidental e Iberia exterior. Contacto cultural y relaciones comerciales en época prerromana. Tesis Doctoral en Microfichas. Universidad Autónoma de Madrid, 1998, pp.581-584 y 697-707; MUÑIZ COELLO, J., “Riqueza y pobreza en la España prerromana. Notas sobre la función social de los objetos suntuarios”, Habis, 29, 1998, pp.23-36.

(117) En un contexto posterior y con un cambio en la cabeza protagonista, la relación de dependencia personal que lusitanos y celtíberos manifiestan hacia Sertorio se articula simbólicamente mediante el juego de regalos. Presentes que el romano daba a los peninsulares (cascos y escudos ricamente decorados, se nos dice) y que eran correspondidos por otros ofrecidos por los indígenas o por su entrega fiel hasta la muerte (Plutarco, Sert., XI, 4). Las fuentes contienen otros ejemplos donde la entrega de obsequios se maniobra como política de atracción. Así, en el 206 a.C. Escipión galardona a los reyezuelos hispanos, haciendo entrega a Indíbil de 300 caballos (Livio, XXVII, 19, 1) y agasajando a un joven indígena con un anillo y una fíbula de oro, una túnica laticlava, un puñal y un caballo enjaezado (Livio, XXVII, 19, 12). Volviendo al ciclo viriático, Audax, Ditalcón y Minuro asesinan en el 139 a.C. a su compañero y líder después de acceder al soborno de Cepión, que les promete grandes dávidas una vez consumada la traición (Apiano, Iber., 74).

(118) La posesión material de lo exótico y las connotaciones simbólicas implícitas en las gestas llevadas a cabo en tierras lejanas (lo que supone atisbar nuevos horizontes y tener acceso a conocimientos ajenos), obran fuertemente de cara a la acentuación del poder político. El éxito militar en el extranjero además de enriquecimiento directo, aporta a los jefes guerreros regresados un referente de prestigio en sus comunidades locales, del cual se sirven para intensificar relaciones de dominio, incluso ideológicamente. En este sentido tiene su interés recordar que Viriato despliega sus teatros de operaciones en distintos frentes separados por notable distancia: Beturia, Turdetania, Carpetania, Celtiberia... También los vetones muestran un carácter móvil en sus acciones guerreras y diplomáticas, que alcanzan puntos de Carpetania, Turdetania, Oretania y quizá Contestania (SÁNCHEZ MORENO, E., Vetones: historia y arqueología de un pueblo prerromano, Madrid, 2000, pp.218-223). Sobre el poder que manifiesta la apropiación de ideas, técnicas y usos inéditos derivados de exploraciones y viajes a larga distancia, véase la sugestiva aproximación de HELMS, M.W., Ulysses´ Sail. An ethnographic Odyssey of power knowledge and geographical distance, Princenton-New Jersey, 1988).

(119) HARRIS, M., Jefes, cabecillas, abusones, Madrid, 1996, pp.30-31.

VII- UNA OTEADA AL REGISTRO FUNERARIO: AJUARES GUERREROS Y JERARQUIZACIÓN SOCIAL EN LA MESETA OCCIDENTAL

Seguidamente vamos a prestar atención al panorama funerario del occidente peninsular en la Edad del Hierro con el objeto de cotejar algunas de las ideas expresadas hasta aquí. El primer apunte es poner de manifiesto la relativa escasez de información y la subjetividad innata a la hora de interpretar sociológicamente los depósitos funerarios en los que hay patente una carga simbólica de muy difícil -por no decir imposible- percepción. De entrada se desconoce prácticamente todo sobre el mundo funerario del noroeste, no existiendo evidencia alguna de enterramiento en tierras de galaicos, astures ni lusitanos septentrionales. Los testimonios más occidentales documentados son las necrópolis de cremación correspondientes a los círculos vetón y vacceo en un marco cronológico que tiene su mayor expresividad, grosso modo, en los ss. IV-III a.C., aunque se empiezan a formar algo antes y su uso se mantiene en ocasiones hasta los ss. II-I a.C. La posibilidad de contar con un cúmulo importante de datos sobre estos dos ámbitos, especialmente en la antigua Vettonia, que además han sido valorados en conjunto muy recientemente en un par de monografías dedicadas a este pueblo (120), hace que tomemos el repertorio funerario vetón como guía de referencia.

Los cementerios vetones son de envergadura considerable, tanto por el número de tumbas de algunos sitios, cuanto por la dispersión de éstas sobre amplias áreas que pocas veces han sido excavadas en su totalidad. Esto explica uno de los rasgos más característicos: la disposición de las sepulturas en distintos sectores separados por espacios estériles. Tal fenómeno responde a patrones espaciales y confiesa conductas socio-familiares. Muy probablemente muestre el reflejo post mortem de unidades gentilicias o familiares, que parecen constituir el sistema de agrupamiento tradicional entre estas gentes. A nivel individual el modelo de enterramiento es bastante uniforme: un pequeño hoyo excavado a poca profundidad en el que reposa la urna cineraria y el resto de elementos de ajuar, que aunque habituales no siempre hacen acto de presencia. Los depósitos funerarios acostumbran a sellarse con tierra y lajas de piedra y sólo esporádicamente se recurre a su singularización exterior erigiéndose algún tipo de estructura tumular o estela. Estos encanchados pétreos albergan generalmente varios enterramientos, pero a veces sólo cobijan uno o incluso pueden carecer de sepultura, como sugieren ciertos cenotafios o tumbas simbólicas del sector I de la necrópolis de La Osera; alrededor de los mismos la concentración de tumbas suele ser una constante. La conexión de estas estructuras tumulares con la élite social no sólo viene corroborada en el hecho de que estas construcciones son elementos de prestigio per se, sino también en que bajo las mismas se exhuman por regla general el mayor número de objetos arqueológicos y los de mayor riqueza. En este sentido, buena parte de las tumbas de guerrero más sobresalientes descansan bajo túmulos y empedrados.

Los ajuares de las necrópolis vetonas son, en efecto, altamente significativos. En primer lugar porque su distribución no es homogénea (cuadro 1): en unos lugares están presentes en el 15% de los enterramientos (Las Cogotas), en otros en el 30% (El Romazal I), el 50% (La Osera), mientras que hay necrópolis (El Raso, El Mercadillo, Las Ruedas) que contabilizan ajuar en aproximadamente el 80 % de los casos, que como ya se ha dicho no siempre corresponden a la suma total de sepulturas. Todo lo cual lleva ineludiblemente a hablar de distintos grados de riqueza y, en consecuencia, de una sociedad desigual o jerarquizada. Además ha de advertirse que en cada uno de los sectores funerarios que conforman una necrópolis se detecta una disimetría en los ajuares (desde unos pocos muy ricos hasta una mayoría con exiguos elementos o carentes de ajuar), de lo que puede colegirse la existencia de desigualdades internas en cada una de las asociaciones familiares que ocupan espacios determinados. Elementos de ajuar son, además de la propia urna funeraria, una variedad de recipientes cerámicos y, con mayor expresión social, armas (espadas, lanzas, puñales, escudos, corazas, tahalíes...), arreos de caballo y adornos variados (arracadas, anillos, fíbulas, alfileres, pinzas, cuentas de collar de pasta vítrea...). Igualmente pueden incluirse objetos más cotidianos, como herramientas (punzones, hoces...) y útiles domésticos (fusayolas) y/o rituales (calderos, tenazas, asadores, parrillas, trébedes, timiaterios...).

Contrastando la categoría y el número de estos enseres con la estructura de las tumbas y con indicios rastreables en las fuentes literarias, se han llevado a cabo análisis cuantitativos que intentan aproximar lecturas sociales a propósito de las gentes enterradas. Sin duda no representan la totalidad de la sociedad toda vez que la deposición funeraria en necrópolis colectivas tiene un carácter selectivo (121), limitado probablemente a los individuos de pleno derecho. La mayoría de estos ensayos se han practicado sobre los cementerios abulenses de Las Cogotas y La Osera, los que ofrecen un muestrario más completo (122).

El armamento es, sin duda alguna, un principio de distinción social, amén de emblema de estatus y autoridad. Éste se recupera en número variable según los cementerios, pero generalmente en una proporción reducida de tumbas: el 3% en Las Cogotas y La Coraja, en torno al 15 % en El Raso y El Romazal I, entre un 15 y un 26% en los distintos sectores de La Osera, un 35% en el cementerio vacceo de Las Ruedas y hasta un 64% en Los Castillejos de la Orden, en el límite de los territorios lusitano y vetón; si bien en estos dos últimos escenarios las áreas excavadas deben corresponder al espacio funerario de personajes socialmente destacados dado el elevado porcentaje de tumbas de guerrero. Conviene precisar que la cantidad y calidad de las armas tampoco es uniforme: numéricamente lo más acostumbrado es la aparición de una o dos lanzas, mientras que las panoplias más completas, las de la élite guerrera (aquellas que incluyen espada o puñal, escudo y un par de jabalinas, acompañándose en ocasiones de bocados de caballo y otras piezas relevantes), suelen ser más esporádicas (123).

A continuación, se presenta un cuadro que muestra la relación de sepulturas con ajuar y sepulturas con armas sobre el total de enterramientos exhumados en necrópolis de la Edad del Hierro Final del Occidente Peninsular (124).

A tenor del aval informativo disponible, la estructura social de la Iberia occidental en las postrimerías del Ier milenio a.C. puede esquematizarse en un patrón piramidal sustentado sobre dos puntales: a) una minoría aristocrática y guerrera, a la que cabe imaginar aventajada económica y políticamente, en el vértice, y, en la base, b) un dilatado cuerpo poblacional en situación de inferioridad.

El punto de partida es remarcar la discriminación de un grupo restringido que hace alarde de riqueza material en el espacio mortuorio. El ajuar no es exclusivo del mismo, pues está presente en distinto grado en otras sepulturas, pero sí tienden a serlo los elementos relacionados con el caballo y, sobre todo, las armas; si no todas, sí los equipos completos y las muestras más espectaculares. En la medida que declara la posición privilegiada y la autoridad de ciertos individuos, el armamento ofrendado en las tumbas se revela con un significado más simbólico (pero selectivo) que real, sin desautorizar su empleo de facto en circunstancias necesarias (125). No es fácil integrar los porcentajes de las diversas necrópolis para determinar el baremo medio de este sector aventajado: las particularidades de cada una, la relatividad estadística a la hora de valorar poblaciones globales y las variaciones en el número de depósitos funerarios, en la alineación de los ajuares y en el uso cronológico de los cementerios, plantean trabas difícilmente superables. Pese a ello -y asumiendo la provisionalidad del diagnóstico-, este grupo supondría aproximadamente el 15-20% de cada comunidad. Parece factible discernir en él un subsector ciertamente reducido de individuos, acaso un 5-10% sobre el total. Serían éstos los linajes propietarios de tumbas con estructuras fuera de lo común (túmulos y empedrados); los dinastas que se entierran con panoplias singulares exhibiendo armas de parada; la elite ecuestre que hace del caballo un atributo más de su poder (126); los líderes (¿jefes redistributivos?) con quienes vincular determinados artículos de lujo y bienes de prestigio no pocas veces de naturaleza exótica (127) y que nos anuncian cómo las relaciones con el exterior (guerreras o pacíficas) son otra fuente inestimable de poder. En suma, los jerarcas militares engrandecidos por los muchos semblantes de la guerra (y no sólo por la guerra), a los que nos hemos atrevido a alojar en la parábola de Viriato.

Secundando a estos jefes supremos se articula una capa de familiares, fieles o clientes en buena posición socio-económica que tal vez podamos aprehender como individuos de pleno derecho. A ellos cabría asignar en líneas generales las tumbas de riqueza relativa, con elementos de ajuar medio y armas más corrientes. Eso mismo podría avalar su carácter de “propietarios o individuos libres de pleno derecho”: sujetos que llegaron a acumular en vida una fortuna más o menos digna que quedaría reflejada en el equipo funerario, y que a nivel profesional compaginarían sus actividades económicas (agricultura, ganadería, metalurgia y demás industrias artesanales, comercio...) con servicios militares cuando sus jefes lo precisaran. Estas prestaciones de armas, además, bien pudieron ser recompensadas por los círculos rectores con regalos, condecoraciones y otras deferencias; a la sazón, detalles no nimios a la hora de consolidar la situación social de los ciudadanos guerreros. La trabazón entre este sub-conjunto y la elite de poder no está clara, pero bien puede pensarse, al socaire de las fuentes literarias y de lo argüido páginas atrás, en relaciones clientelares de devotii o adhesiones guerreras amoldadas a viejos hábitos indígenas. Incluso arqueológicamente algo así parecen vislumbrar ciertas áreas cementeriales donde una amalgama de sepulturas de mediana categoría se disponen y ordenan en torno a un túmulo principal en posición nuclear.

Si en lo relativo a los primeros estadios sociales hay cierta luz, no puede decirse lo mismo de la población restante. Forzando los datos podríamos entrever que en cada unidad poblacional definida (binomio poblado-necrópolis) aproximadamente el 70% de sus integrantes se incluyen en un abultado tronco social caracterizado de entrada por un nivel de riqueza reducido y por una condición social eminentemente baja. Se trata de un colectivo amplio y disperso, compuesto por agrupaciones familiares o gentilidades en proceso de descomposición interna, muy difíciles de escalonar en subgrupos específicos. En el registro funerario este segmento social vendría estandarizado en la mayoría de tumbas simples sin apenas ajuar; pero, hipotéticamente, algunos miembros podrían haber recibido un tratamiento mortuorio substitutivo, quizá por tratarse de personas sin derechos jurídicos suficientes como para ser incluidos en la comunidad y hacer uso de las necrópolis.

No se sabe con certeza si la naturaleza de estas gentes humildes fue servil en su conjunto. Probablemente coexistió una población libre más o menos empobrecida con otros grupos subyugados, si bien consideramos que la expresión de esclavitud verdaderamente probada en estas sociedades prerromanas es la de prisioneros de guerra. Por lo demás, esta base social estaría dedicada a labores primarias (cuidado de los ganados, faenas agrícolas y mineras), no ya como propietarios sino presumiblemente como trabajadores dependientes; al tiempo que obligada a participar en empresas al servicio de la comunidad (construcción de obras defensivas, engrosamiento de cuadrillas guerreras, etc.).

VIII- REFLEXIÓN FINAL

Diremos, como recapitulación última de ideas, que la guerra es un complejo mecanismo que entre otras cosas confiere prestigio político, promoción social e ingresos económicos. Sobre esta base los jefes guerreros son los grandes beneficiarios del sistema. A ellos van a parar fundamentalmente las ganancias obtenidas en tanto líderes y valedores de la comunidad. En primer plano las recompensas mayores, por ejemplo los territorios conquistados. También la fama y autoridad inherentes al liderazgo militar exitoso... Y, por detrás de todo ello, son ellos igualmente quienes controlan y se apropian de otras mercancías móviles venidas con la guerra, caso de los botines y tributos que han acaparado nuestro interés.

Las nuevas tenencias -en realidad la suma de los bienes económicos- son posteriormente distribuidas entre la población en una circulación social que recuerda el movimiento centrífugo a partir de un punto central, lo característico del patrón redistributivo. En este marco, una particular modalidad de reparto adoptada por los grupos de poder es la concesión de regalos dentro de una atmósfera de marcada jerarquización. Al fin y al cabo una manera de regular lazos de dependencia y reciprocidad en el seno de unas poblaciones en transformación y con fuertes señales de desigualdad social, tal como descubren varios pasajes de las fuentes clásicas y, explícitamente, la arqueología funeraria de la Edad del Hierro.

Todo ello ofrecía la guerra. Esta cara interna puede ser la clave que de sentido al juicio que la acción de Viriato, circunstancial jefe redistributivo que ha guiado el avance de este ensayo, merece a Dión Casio (LXXIII): “En suma, no emprendía la guerra ni por avaricia, ni por amor al mando, ni por cólera, sino que la hacía por ella misma, y es por esto sobre todo que fue temido por belicoso y conocedor del arte bélico”.


NOTAS

(120) Nos remitimos a estas dos síntesis donde se reúne y enjuicia toda la información conocida, que además nos exime de detallar ahora la bibliografía anterior: ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, pp.169-198 y 295-303; y SÁNCHEZ MORENO, E., Vetones: historia y arqueología de un pueblo prerromano, Madrid, 2000, pp.87-106 y 235-240).

(121) Súmese la eventualidad de otras prácticas funerarias sin registro arqueológico: la expositio de guerreros caídos en combate para ser descarnados por aves, lo que acreditan Silio Itálico (Pun., III, vv.340-343) para los celtíberos y Eliano (De Nat. An., X, 22) para los vacceos, además de varios testimonios iconográficos; o el arrojamiento de cuerpos y cenizas a ríos y lagos, ritos reconocidos en otras culturas atlánticas e indoeuropeas.

(122) Así, MARTÍN VALLS, R., “Segunda Edad del Hierro. Las culturas prerromanas”, en Valdeón, J., (dir.), Historia de Castilla y León, vol.I, cap.VI, Valladolid, 1985, pp.121-123; GONZÁLEZ-TABLAS SASTRE, F.J., “La necrópolis de Trasguija: aproximación al estudio de la estructura social de Las Cogotas”, Norba, 6, 1985, pp.43-51; CASTRO MARTÍNEZ, P.V., “Organización espacial y jerarquización social en la necrópolis de Las Cogotas (Ávila)”, Arqueología Espacial. Coloquio sobre el Micro-espacio, III, Teruel, 1986, pp.127-138; KURTZ SCHAEFER, W.S., La necrópolis de Las Cogotas. Volumen I: Ajuares. Revisión de los materiales de la necrópolis de la Segunda Edad del Hierro en la cuenca del Duero (España), British Archaeological Reports, Oxford, 1987; SÁNCHEZ MORENO, E., “Aproximación social a la meseta occidental prerromana: riqueza y jerarquización en la necrópolis de El Raso (sector El Arenal). Candeleda, Ávila”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 23, 1996, pp.164-190.

Aun con apreciaciones particulares, estos estudios perfilan una sociedad jerarquizada en cuatro niveles: a la cabeza un puñado de grandes jerarcas militares o caballeros arropados por un cuerpo de guerreros más extenso (armado con equipos sencillos o incompletos), un grupo de artesanos, comerciantes y especialistas mal identificado arqueológicamente y, por debajo, el grueso de gente humilde a quien cabe atribuir las sepulturas sin ajuar, bien con sólo urna cineraria o bien cremaciones depositadas directamente en el suelo, lo propio de los rangos inferiores, tal vez siervos. A este abanico habría que añadir un grupo de enterramientos femeninos, en los que resulta más difícil precisar categorías sociales por la menor expresividad de los materiales asociados. Los nuevos datos que se están ofreciendo sobre el cementerio de La Osera (Chamartín, Ávila) resultan muy indicativos. Según los mismos y en lo que respecta a la cúspide social, habría un reducido número de linajes militares que hacen uso de los túmulos más sobresalientes, cuyas tumbas contienen panoplias completas, atalajes de caballo y otros artículos de prestigio, y con los cuales hay que relacionar las estructuras cenotáficas o “espacios de honor”; además, la contigüidad de ciertos depósitos podría señalar relaciones de parentesco e incluso un carácter hereditario en la transmisión de poder y estatus. Sería el caso de los túmulos con enterramientos superpuestos: después de sellados, se reabrían para acoger sepulturas de otros miembros del linaje (BAQUEDANO BELTRÁN, I. y MARTÍN ESCORZA, C., “Distribución espacial de una necrópolis de la II Edad del Hierro: la zona I de La Osera en Chamartín de la Sierra, Ávila”, Complutum, 7, 1997, pp.175-194).

Para la relación sociedad-arqueología de la muerte, vide las indicaciones de RUIZ ZAPATERO, G. y CHAPA BRUNET, T., “La Arqueología de la Muerte: perspectivas teórico-metodológicas”, Necrópolis celtibéricas. II Simposio sobre los Celtíberos, Zaragoza, 1990, pp.364-369; y las aplicaciones (para el mundo funerario ibérico) de QUESADA SANZ, F., “Riqueza y jerarquización social en necrópolis ibéricas: los ajuares”, en Mangas, J. y Alvar, J., (Eds.), Homenaje a J.Mª. Blázquez, vol.II, Madrid, 1993, pp.447-466.

(123) En su excelente disección, J.R. ALVAREZ SANCHÍS (Los Vettones, Madrid, 1999, p.177) distingue siete combinaciones o equipos militares diferentes en los cementerios vetones, de los cuales los más frecuentes son los números 1 (una o dos lanzas) y 2 (espada o puñal, escudo y pareja de lanzas). R. MARTÍN VALLS (“Segunda Edad del Hierro. Las culturas prerromanas”, en Valdeón, J., (dir.), Historia de Castilla y León, vol.I, cap.VI, Valladolid, 1985, p.121) ya había catalogado cuatro sub-categorías dentro de los ajuares guererros, por orden jerárquico: 1) los conjuntos suntuarios, con ejemplares de gran calidad profusamente decorados, 2) los que contienen arreos de caballo, 3) las panoplias completas con armas más sencillas, y 4) las deposiciones con tan sólo uno o dos elementos.

Por otra parte, hay que diferenciar dos momentos principales en la secuencia cronológico-cultural del armamento vetón: Fase I (fines s.V a.C.-fines s.IV a.C.), de la que son características la espada de antenas atrofiadas (sobre todo la modalidad Alcácer do Sal), la espada de frontón, la falcata, el cuchillo afalcatado, la lanza con larga punta de nervio central, el soliferreum, el escudo troncocónico tipo Alpanseque y con más restricción, cinturones y discos-coraza; un elenco de piezas que señalan un notorio influjo ibérico-meridional (ÁLVAREZ SANCHÍS, op. cit., 1999, pp.180-187). Fase II (fines s.IV a.C.-fines s.III a.C.), definida por el mantenimiento de los equipos en general, en los que se van introduciendo, no obstante, novedades como son la preponderancia de la espada de antenas atrofiadas tipo Arcóbriga, la tendencia a reducir la longitud de las armas, la irrupción del puñal (variantes Monte Bernorio, de frontón y dobleglobular) y el incremento de arreos de caballo (sobre todo bocados de anilla) (ÁLVAREZ SANCHÍS, op. cit., 1999, pp.187-194).

(124) Algunas matizaciones con relación a la cuantificación del cuadro. En el sector Las Guijas B de El Raso el número total de enterramientos es 53, pero sólo 34 son susceptibles de análisis; en La Trasguija, el total de tumbas es 1.613, de las que únicamente 1.447 pueden computarse para este tipo de estimaciones. De La Osera, sólo se ha publicado íntegramente la zona VI, contándose con referencias parciales de la zona I; precisamente no contabilizamos los 17 túmulos sin enterramiento tenidos por cenotafios registrados en esta zona I. Por último, los datos de las necrópolis cacereñas de Alcántara y, sobre todo, de La Coraja son sumamente imprecisos; en absoluto se refieren a la totalidad de la superficie cementerial sino a ciertas áreas sólo parcialmente sondeadas.

Las cifras han sido sistematizadas a partir de los estudios emprendidos directamente sobre estos cementerios. Para El Raso: FERNÁNDEZ GÓMEZ, F., Excavaciones arqueológicas en El Raso de Candeleda (Ávila), I, Ávila, 1986, pp.529-877; ID., La necrópolis de la Edad del Hierro de “El Raso” (Candeleda, Ávila). “Las Guijas, B”. Arqueología en Castilla y León. Memorias 4. Zamora; SÁNCHEZ MORENO, E., “Aproximación social a la meseta occidental prerromana: riqueza y jerarquización en la necrópolis de El Raso (sector El Arenal). Candeleda, Ávila”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 23, 1996, pp.164-190. Para La Trasguija/Las Cogotas: CABRÉ AGUILÓ, J., “Excavaciones en Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila). II, La Necrópolis”, Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, 120, 1932, Madrid; KURTZ SCHAEFER, W.S., La necrópolis de Las Cogotas. Volumen I: Ajuares. Revisión de los materiales de la necrópolis de la Segunda Edad del Hierro en la cuenca del Duero (España), British Archaeological Reports, Oxford, 1987. Para La Osera: CABRÉ AGUILÓ, J., CABRÉ DE MORÁN, Mª.E. y MOLINERO PÉREZ, A., El castro y la necrópolis del Hierro céltico de Chamartín de la Sierra (Ávila), Madrid, 1950; BAQUEDANO BELTRÁN, I. y MARTÍN ESCORZA, C., “Distribución espacial de una necrópolis de la II Edad del Hierro: la zona I de La Osera en Chamartín de la Sierra, Ávila”, Complutum, 7, 1997, pp.175-194. Para El Mercadillo: HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. y GALÁN DOMINGO, E., La necrópolis de El Mercadillo (Botija, Cáceres). Extremadura Arqueológica, VI, Badajoz, 1996. Para El Romazal I: HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F., “La necrópolis de El Romazal. Plasenzuela (Cáceres)”, en Mangas, J. y Alvar, J. (Eds.), Homenaje a J.Mª. Blázquez, vol.II, Madrid, 1993, pp.257-270; HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. y GALÁN DOMINGO, E., op. cit., 1996, pp.112-121. Para La Coraja: ESTEBAN ORTEGA, J., “El poblado y la necrópolis de La Coraja, Aldeacentenera, Cáceres”, en El proceso histórico de la Lusitania oriental en época prerromana y romana, Mérida, 1993, pp.71-82. Para Los Castillejos de la Orden: ESTEBAN ORTEGA, J., SÁNCHEZ ABAL, J.L., FERNÁNDEZ CORRALES, J.Mª., La necrópolis del Castro del Castillejo de la Orden, Alcántara (Cáceres). Cáceres, 1988. Para Las Ruedas: SANZ MÍNGUEZ, C., Los vacceos: cultura y ritos funerarios de un pueblo prerromano del valle medio del Duero. La necrópolis de Las Ruedas, Padilla de Duero (Valladolid). Memorias. Arqueología en Castilla y León, 6, Salamanca, 1998.

(125) Vide nota 37.

(126) Al respecto, SÁNCHEZ MORENO, E., “El caballo entre los pueblos prerromanos de la meseta occidental”, Studia Historica. Historia Antigua, 13-14, 1995-96, pp.207-229; ALMAGRO GORBEA, M., Ideología y poder en Tartessos y el mundo ibérico. Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia (Madrid, 17 noviembre de 1996). Madrid, 1996, pp.116-128; ID., “Guerra y sociedad en la Hispania céltica”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.217-220; ID., “Signa Equitum de la Hispania céltica”, Complutum, 9, 1998, pp.112-113; QUESADA SANZ, F., “¿Jinetes o caballeros? En torno al empleo del caballo en la Edad del Hierro peninsular”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.185-194; SALINAS DE FRÍAS, M., “Sobre la caballería de los celtíberos en relación con su organización social”, Hispania Antiqua, 22, 1998, pp.75-87; GARCÍA-GELABERT PÉREZ, Mª.P., “La caballería entre los pueblos de la Hispania prerromana”, en Alonso Ávila, A., Crespo Ortiz de Zárate, S., Garabito Gómez, T. y Solovera San Juan, Mª.E., (Coor.), Homenaje al profesor Montenegro. Estudios de Historia Antigua. (Universidad de Valladolid), Valladolid, 1999, pp.293-303; ALMAGRO GORBEA, M. y TORRES ORTIZ, M., Las fíbulas de jinete y de caballito. Aproximación a las élites ecuestres y su expansión en la Hispania céltica, Zaragoza, 1999; independientemente de que se trate sólo de “caballeros aristócratas” o de verdaderos equites en el sentido de conformar ya cuerpos militares de jinetes. La proporción teórica jinete/infante con base en la documentación arqueológica se ha fijado en 1/4 en Las Cogotas y en 1/6 en La Osera (ALVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, p.299).

(127) Substancialmente de origen meridional: falcatas y espadas de frontón, discos-coraza, cinturones ibéricos, recipientes metálicos rituales, cerámicas griegas, adornos de pasta vítrea...; algo que atestiguan con nitidez los cementerios abulenses de La Osera y El Raso en el s. IV a.C. (SÁNCHEZ MORENO, E., Meseta occidental e Iberia exterior. Contacto cultural y relaciones comerciales en época prerromana. Tesis Doctoral en Microfichas. Universidad Autónoma de Madrid, 1998, pp.397-445, 525-538 y 696-707).

La pregunta es obligada: ¿cómo llegan estas importaciones singulares a tierras centro-occidentales? Entre las respuestas, una posibilidad no excluyente son los ejercicios guerrero-diplomáticos desplegados por las élites lusitano-vetonas en el exterior o en contacto con fuerzas extranjeras. No sólo actos violentos en sí (los ineludibles robos, expolios, botines y tributos que han centrado la primera parte de este artículo); también prácticas de índole benigna: acuerdos políticos, emblemas de amistad, intercambio aristocrático interregional, relaciones comerciales, etc.

Por otra parte es fácil caer en la tentación de, yendo sin duda demasiado lejos, intentar casar la información arqueológica y literaria. Aun asumiendo riesgos, queremos dejar patente la sensación de familiaridad o mensaje común que se obtiene al poner en paralelo aquellos depósitos funerarios que sobresalen por su ajuar nutrido y especial (armas, vajilla, instrumental ecuestre, adornos, calderos, elementos asociados con el fuego; las sepulturas 350, 390 y 514, zona VI, la 551, zona IV, la II del túmulo C, zona I, o el túmulo XXXI, todos en La Osera, por citar unos ejemplos) con el dibujo literario del jefe guerrero propietario y distribuidor de riquezas. De momento sólo una remembranza; deséchese toda pretensión de asociación directa entre testimonios de distinta clase distanciados cronológicamente en dos siglos.

Petra, una historia de piedra

Petra, una historia de piedra

JORDANIA. La tarjeta de presentación del reino hachemita, objeto de mil leyendas, sabe que el turista quiere sorpresas rotundas, ambiciona postales. Y la antigua capital nabatea se las da, con una sabiduría escénica, cinematográfica

Por MERCEDES IBAIBARRIAGA, El Mundo.es. Viajes

Fueron los nabateos quienes dejaron de ser nómadas para asentarse en Petra y convertirla en su esplendorosa capital, cuya enigmática belleza a nadie deja indiferente.

Los ojos beduinos de Awad Aid repasan las escaleras de Al-Khazneh (el Tesoro), pasean por la plaza de arena, y vuelven sobre su café cargado de cardamomo. El mismo viaje todos los días. Una mirada nostálgica no puede devolver distancias. Veinte pasos que son veinte años separan su tenderete de bebidas del lugar donde su familia colocaba la jaima, a los pies del monumento más famoso de Petra.

Entonces, los rebaños de cabras recorrían la ciudad tallada en la piedra, los cultivos de trigo y centeno rodeaban los milenarios edificios, y las cuevas y tumbas del reino nabateo eran el hogar de su tribu, los bedoul.

Llegó la Unesco a esta maravilla largo tiempo olvidada y azotada por trece siglos de tormentas de arena e inundaciones —se calcula que el 75 por ciento del centro urbano de Petra continúa bajo tierra—, y la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1985. Así que Awad Aid desmontó la jaima donde pasaba los veranos, sacó los utensilios de cocina de la cueva que habitaba el resto del año con su mujer y parte de sus 23 hijos, y se marchó a la aldea de Umm Sayhum, sucesión de casas bajas de cemento idénticas, levantadas por el gobierno jordano para reinstalar a la tribu. Allí viven 1.800 bedoul, con sanidad gratuita, luz, agua corriente y escuela, pero Awad Aid, a sus 60 años, añora las cuevas. «La vida de antes era lo mejor que poseíamos —dice—.

Los ingenieros construyeron las casas y se acabó la libertad. Para nosotros, las montañas de Petra son nuestro hogar, aquí hemos vivido siempre. En las habitaciones nos sentimos encerrados y cuando hace calor, preferimos dormir bajo las estrellas. Muchos subimos a pasar la noche en las azoteas de las casas».

Desde esos techos contemplan los que fueron sus dominios; los ásperos cañones y riscos de arenisca rojiza, ocre y gris azulado, blandas laderas a las que el pueblo nabateo arrancó, a golpe de martillo y cincel desde el siglo IV antes de Cristo, obeliscos, tumbas, templos, altares, teatros, presas, pozos y magníficos sistemas de canalización de agua. El fresco pasadizo del Siq, cincelado de esculturas y bajorrelieves que dan paso a la soberbia ciudad de roca, se convirtió en la estrella que guió y atrajo a las caravanas de camellos de las rutas comerciales de Egipto, la antigua Arabia y Mesopotamia.

EL OLVIDADO.

Petra cobraba portazgo para franquear su entrada, y ofrecía cobijo, manjares y protección a los camelleros cargados de incienso, especias, mirra, sedas, pieles africanas. Hoy los beduinos han perdido para siempre la posesión de este reino, olvidado por la Historia largo tiempo, y ocultado por las tribus de la zona a los ojos extranjeros. Ironías del destino, Awad Aid asegura que su tatarabuelo fue el beduino que acabó descubriendo el desfiladero hacia Petra, al atónito explorador suizo Jean Louis Burckhardt, el 22 de agosto de 1812. Así lo cuenta Awad: «El nombre de mi tatarabuelo no lo encontrarás en los libros de historia. Se llamaba Hussein Jamal y él guió al extranjero por Petra».

«Le llevó —prosigue— porque Burckhardt lo engañó, haciéndole creer que era un peregrino musulmán y que se llamaba Ibrahim. Incluso mi tatarabuelo se responsabilizó delante de las gentes de nuestra tribu, que le creían un espía turco. Burckhardt mintió a todos. Y no cayeron de verdad en la cuenta de lo que había pasado hasta que aparecieron tres ingleses, 24 años después, y luego el pintor David Roberts, en 1836». Aquello no podía sospecharlo Hussein Jamal —si éste es el nombre del antepasado de Awad y su historia es cierta—, cuando aceptó el pago de dos herraduras por mostrar el camino a Petra.

Burckhardt había llegado con otro beduino, que a su vez recibió dos cabras y veinte piastras (una libra esterlina) por guiarle durante 350 kilómetros desde las ruinas del castillo de Shobak, en las cercanías de Petra, hasta Egipto. Ese era el verdadero objetivo del suizo, contratado por una sociedad británica —la Asociación Africana—, que promovía «descubrimientos en África». Es decir, acumulaba informes de sus agentes para facilitar la colonización. El Cairo era el punto de partida de Burckhardt, porque desde allí debía avanzar hasta la costa oeste de África en una caravana.

Pero la casualidad saludó al suizo en su travesía, y quiso que pasara a la Historia como el occidental que reencontró la ciudad olvidada de Petra. Todo, por un cambio de itinerario: eligió la entrada por la actual Jordania y no la vía de Trípoli, como habían hecho otros exploradores desaparecidos. Durante dos años aprendió la lengua, gestos y costumbres árabes, se dejó crecer una larga barba, se convirtió al islam y cambió su nombre por el de Ibrahim Ibn Abdallah. Así que aquel agosto de 1812, cuando encontró al guía local que le llevaría hasta Egipto, el origen de Burckhardt, cuando menos, resultaba confuso.

Justo antes de emprender viaje con su guía, Burckhardt oyó hablar de unas «antigüedades admirables», en un recóndito lugar de Wadi Musa o Valle de Moisés.

Entonces, según escribió en su diario —publicado póstumamente en Londres bajo el título Viajes por Siria y Tierra Santa—, tuvo que inventar una excusa para que su guía lo llevara hasta allí: «La pura curiosidad de ver el wadi —relató— habría levantado las sospechas de los árabes. Por lo tanto, fingí que había hecho el voto de sacrificar una cabra en honor de Harún (Aarón), cuya tumba sabía que estaba situada en el extremo del valle; mediante esta estratagema pensé que podría ver el valle de camino a la tumba. Mi guía nada tenía que objetar a eso; el temor de que cayese sobre él, si oponía resistencia, la cólera de Harún, le acalló completamente».

Para su suerte, Burckhardt se mantuvo inquebrantable: justo antes de entrar al Wadi Mousa, su guía hizo un último intento de que sacrificara la cabra en cualquier montaña de la zona, desde donde podía ver, a lo lejos, la cima donde se supone que está enterrado Aarón, el hermano de Moisés. Según el Corán, es el mismo lugar donde Mahoma recibió la revelación. Lo que está claro es que a Aarón lo veneran cristianos, judíos y musulmanes, y lo único que Burckhardt tenía claro es que no pensaba sacrificar la famosa cabra mirando la cima desde la lejanía.

Así consiguió Burckhardt presentarse en la aldea de Eldjy, a la entrada de Wadi Mousa, y acabó conociendo y contratando al supuesto tatarabuelo de Awad (Hussein), para que le descubriera la ciudad secreta a cambio de las dos herraduras. Hussein se echó a los hombros la cabra que debía sacrificar Burckhardt, y emprendieron el camino a la tumba de Aarón, después de vencer las desconfianzas de las tribus.

Por fin Burckhardt lograba entrar a Petra. Su fascinación fue tan intensa como el temor a que descubrieran su artimaña. Anotó en la memoria lo que veía, para poder transcribirlo luego en su diario, donde cita: «Lamento no poder dar un inventario muy completo de esas antigüedades, pero conocía muy bien el carácter de la gente que me rodeaba; estaba sin protección en medio de un desierto en el que jamás había sido visto un viajero, y un examen detallado de esas obras de infieles, como las llamaban, habría levantado la sospecha de que yo era un mago en busca de tesoros; cuanto menos hubiese sido detenido y me habrían impedido proseguir mi viaje a Egipto. Con toda probabilidad me habrían robado el poco dinero que poseía y, lo que era infinitamente más valioso para mí, mi diario».

Así, intentando disimular la emoción de pisar la mítica ciudad olvidada por los europeos, Burckhardt se internó por la estrecha grieta del Siq, precedido del silencio y la incertidumbre. Esto es, precisamente, lo que no experimentan los 350.000 visitantes que todos los años avanzan por este pasadizo —el mismo que recorrían las antiguas caravanas comerciales— fulminando carretes, grabando vídeos, pasando las manos por el frágil bajorrelieve de una magnífica caravana de camellos recién sacada a la luz. Del grabado se desprende una fina lluvia de arenisca tras el gesto de los turistas, que aumentan cada año a velocidad de vértigo.

En 1991 a Petra llegaron 40.000 visitantes, cifra que, tras el acuerdo de paz entre Israel y Jordania, se ha multiplicado casi por diez. La entrada al recinto, que en 1996 era un jaleo de polvo, chiquillos con sus burros de alquiler, niños vendiendo artesanías y caos en general, es hoy un impecable edificio con mostrador de información, tiendas, una sucursal del Banco Arabe e instrucciones para contratar guías, carruajes, paseos a caballo, burro o camello.

LOS TURISTAS.

Los animales también han recibido su dosis de marcialidad, y aguardan al turista ordenadamente, en un espacio a pocos metros de traspasar la entrada. Más adelante la Policía del Desierto, con sus túnicas verde caqui, sus fajines, los cuchillos al cinto y los fusiles al hombro, se encargan de disuadir a los visitantes aventureros de acampar en las montañas, como hasta hace poco solían hacer. Lo que los turistas llaman Petra, es una fracción —la más espectacular— de un área de 264 kilómetros cuadrados, parque arqueológico nacional desde 1993.

Desde su centro, Petra se ramifica, durante 853 kilómetros cuadrados, en un laberinto de wadis o cauces de ríos secos, y antiguas rutas de caravanas que llevaron incienso de Omán a Gaza y regresaron cargadas con brazaletes de oro de los talleres de Alepo, hacia los zocos de Yemen. Un entramado de siglos que empezó a forjarse cuando el pueblo nabateo llegó a Petra en el siglo IV aC., y desalojó de estas tierras a sus antiguos pobladores, los edomitas.

Para exasperación de investigadores, se sabe tan poco de los edomitas que la arqueóloga británica Cristal-M.Bennet, los describe así: «Ese pueblo evasivo, enigmático, que revolotea intermitentemente en las páginas de la Biblia, que negó a Moisés el paso por su territorio a la vuelta de Egipto, que provocó la cólera de los últimos profetas, en especial Jeremías y que, finalmente, fue desposeído de sus tierras por los nabateos».

Está claro que los nabateos, además de artistas, eran avispados mercaderes y astutos negociantes. No sólo porque lo digan los manuscritos antiguos, sino porque este pueblo de pastores nómadas supo comprender que el enclave era perfecto para controlar las rutas comerciales, recaudando aranceles por atravesar el territorio que hicieron suyo.

Las quebradas, riscos y barrancos de Petra se convirtieron en su fortaleza de piedra. La bautizaron Requem, nombre semítico que alude a una tela de variados tonos, con que el que evocaron las coloridas vetas y jaspeados de las rocas de Petra, de las que se extraen polvos de arenisca de nueve tonalidades. Cuando Requem se hizo esencial en el comercio, autores clásicos como Plinio y Estrabón la reflejaron en sus escritos con el nombre griego para ‘piedra’: Petra.

Para las caravanas de incienso que llevaban viajando doce semanas desde Omán, y habían atravesado los pedregales arenosos del oeste de Arabia, tenía que ser aliviante avistar a los centinelas nabateos custodiando la entrada a la quebrada, pagar el portazgo, desfilar bajo el arco del que hoy sólo quedan restos, y adentrarse en el sombreado Siq. Por su kilómetro y medio de longitud corría paralela el agua fresca, magistralmente canalizada en la roca mediante tuberías de cerámica.

El sabio dominio del agua fue la clave que hizo de Petra una próspera ciudad —contaba 30.000 habitantes cuando Roma la conquistó, en el año 106—. La necesidad hizo de los nabateos auténticos ingenieros hidráulicos: para detener el agua que se vertía al Siq desde 19 manantiales, construyeron una presa a su entrada, que encauzaba el líquido hacia un sorprendente túnel de 88 metros de longitud y seis de altura, por el que hoy los excursionistas se aventuran, en dirección a otra pequeña y agradable quebrada.

Pero el grueso del pelotón turístico no se detiene en estos bellos detalles, ni en los aljibes, ni en los diques de mampostería en las montañas, que protegían la ciudad de inundaciones repentinas. El turista quiere sorpresas rotundas, quiere postales. Y Petra se las da. Con una increíble sabiduría escénica, casi cinematográfica.

Después de haber hecho pasar al viajero por la estrecha garganta del Siq aparece, en un recodo de las paredes, como si lentamente se descorrieran las cortinas negras de un teatro rocoso, la media silueta rojiza de Al-Khazneh, el Tesoro, la estrella de Petra, tarjeta de presentación de Jordania y objeto de mil leyendas. Burckhardt describe su llegada, y su sorpresa, así: «Después de avanzar durante casi media hora entre las rocas, aparecía un mausoleo excavado, cuya situación y belleza están calculados para producir en el viajero una extraordinaria impresión».

PROSPERIDAD.

Resulta abrumador pensar que su fachada de 40 metros de altura y 28 de anchura, sus columnas corintias, los frisos con relieves, las gastadas esculturas y los frontones inspirados en el arte helenístico, fueron ganados pacientemente a la piedra por las manos nabateas, con un martillo y un cincel. Hundido en la pared rocosa que lo ha protegido de siglos de abandono, viento y lluvia, el Tesoro se ha dejado adular por el cine —Indiana Jones y la última cruzada—, los cómics de Tintín —Stock de Coque—, algún bestseller de Agatha Christie, decenas de anuncios, vídeos musicales, documentales y los adjetivos fascinados, hace menos de un mes, de los Príncipes de Asturias.

La historia más surrealista del Tesoro es la de su propio nombre y la urna que lo corona. Durante décadas, las tribus de Petra supusieron que albergaba «el tesoro del faraón del Éxodo», y se dedicaron a disparar contra la urna con la esperanza de derribarla y apropiarse de sus riquezas. La creencia de que Petra estaba llena de tesoros fue el obstáculo que impidió a Burckhardt detenerse en la tumba de Aarón.

Así describió la incómoda circunstancia: «Para sorpresa de mi guía, en el camino yo había entrado en varios sepulcros, pero cuando vio que me apartaba de mi ruta hacia la tumba, exclamó: ‘Ahora veo claramente que es usted un infiel, que tiene alguna misión particular que hacer en las ruinas de sus antepasados. Puede estar seguro de que no le permitiremos sacar la más mínima parte de todos los tesoros que hay escondidos aquí, pues están en nuestro territorio y nos pertenecen’».

El único tesoro que hay en Petra es Petra en sí misma: los monumentos funerarios, los templos, el magnífico teatro construido por los nabateos para 3.000 espectadores y ampliado por los romanos hasta 7.000, la simbología del supremo dios Dusares, representado con las rocas sin tallar, porque la piedra era dios.

Los chiquillos ofrecen piedras veteadas a los turistas, los jóvenes les llevan en camello, los padres convierten las arenas de colores en dibujos encerrados en botellas, y los más preparados trabajan en las labores arqueológicas. Para las tribus locales, el verdadero tesoro de Petra son los extranjeros, y los nostálgicos ojos beduinos de Awad Aid acaban reconociéndolo.

GUIA:

COMO LLEGAR

La mejor forma de volar al país es con la compañía Royal Jordanian (Tfnos: 91 542 80 06 y 93 374 05 51. Internet: www.rja.com.jo), que ofrece vuelos directos desde Madrid y Barcelona a Ammán, desde 499 euros. En julio y agosto, las salidas desde Madrid se realizan los martes, miércoles, sábados y domingos. Desde Barcelona salen los jueves y domingos. Petra se encuentra a tres horas de la capital jordana, Ammán, por la carretera del Desierto o cinco por el Camino de los Reyes. Los autobuses de la empresa local JETT (Tfno: 566 41 46) viajan a Petra los domingos, martes y viernes.

DONDE DORMIR

Petra dispone de un gran número de hoteles. Entre los más lujosos y encantadores destacan el Mövenpick Hotel Resort (Tfno: 03 215 68 71) y el Taybet Zannan (Tfno: 900 10 04 63), emplazado en una villa decimonónica, a nueve kilómetros de Petra. Este último es realmente fascinante. Menos sofisticado, pero igualmente recomendable, es el Crown Plaza Petra (Tfno: 03 215 62 66).

GASTRONOMiA

La cocina jordana se compone de una deliciosa cantidad de aperitivos, como el hummus, el baba ghanush, con berenjenas, y el kibbe maqliya, empanadillas de carne picada. El mansaf, una especialidad beduina de cordero, es el plato típico nacional. De postre, son deliciosas las baklawas y el konafa, un pastel con queso y almíbar. El té se sirve con hierbabuena y el café se aromatiza con cardamomo.

QUE VISITAR

Aunque Petra sea la joya de Jordania, el Reino Hachemita atesora otros lugares únicos, legados de la Historia. Así, son impresionantes las ciudadelas romanas de Um Quais y Jerash —se dice de ésta última que es la ciudad romana mejor conservada, tras Pompeya—. Merece también una visita el Castillo de los Cruzados de Kerak, el río Jordán y el Monte Nebo, donde murió Moisés. Nadie puede irse de Jordania sin una estancia en algún balneario del Mar Muerto, ni sin haber recorrido la inmensidad del Wadi Rum, el desierto de Lawrence d’Arabia.

MAS INFORMACION

En las delegacionaes de la Oficina de Turismo de Jordania en Madrid (Tfno: 91 447 50 87) y en la de Barcelona (Tfno: 93 207 26 49).

DATOS

Geografía: Petra está emplazada a 257 kilómetros al sur de Ammán, la capital del Reino Hachemita de Jordania, país de Oriente Medio, con 89.213 km2 de extensión, que limita con Siria, Irak, Arabia Saudí, Israel y Palestina.

Población: Jordania tiene aproximadamente 4,9 millones de habitantes.

Idioma: La lengua oficial es el árabe. Es fácil comunicarse en inglés, idioma que se usa profusamente entre las clases medias y alta.

Moneda: La divisa oficial de Jordania es el dinar, que equivale a 1,68 euros.

Clima: La climatología es principalmente árida y desértica, que cuenta con una estación de lluvias en el oeste de noviembre a abril. Durante los meses de invierno es suave, con una media de 22º centígrados. Mientras que en verano, en la capital el termómetro ronda los 33 ºC.

Documentación: Para viajar a Jordania se necesita el pasaporte en vigor para obtener un visado de entrada que puede obtenerse en el aeropuerto.

IMPRESCINDIBLE

1.- Llegar el primero al Siq. Nada como adentrarse por el desfiladero del Siq al amanecer, en soledad y silencio, antes de que lleguen los grupos de turistas. Da una idea de la emoción que debió sentir Burckhardt al recorrer esta estrecha grieta rocosa —plagada de bajorrelieves votivos y dedicada al dios Dusares— y encontrar, tras un kilómetro de caminata, la sorpresa del Tesoro.

2.- Un café frente al Tesoro. Es difícil encontrar otra terraza con vistas más asombrosas. El sencillo puesto de bebidas y recuerdos del beduino Awad Aid y su familia, tiene delante uno de los monumentos más sorprendentes del mundo. Tomar algo en un lugar privilegiado como éste costaría en Europa tres veces más.

3.- Colores. Rojo, ocre, gris azulado, blanco, amarillo… hasta nueve tonos se pueden extraer de las piedras de Petra. En algunas fachadas e interiores de los templos y viviendas, la combinación de colores en círculos concéntricos crea formas tornasoladas que han sido inspiración inagotable de poetas.

4.- Sin rumbo. Cuando cumpla el espectacular itinerario tradicional, anímese a salir de lo obligado y haga caminatas por el Túnel Nabateo; por el Jebel al-Khubtha, encima del Tesoro; por el Altar de los Sacrificios; o por los wadis Muthlim y Siyagh, para disfrutar de otras perspectivas paisajísticas donde no llega la mayoría de turistas.

5.- Atardecer. Un buen lugar para contemplar la caída del sol es sentarse en las ruinas de la Vía de las Columnas. Desde allí, la vista panorámica de la Fachada de las Tumbas y el Palacio es magnífica. Además, resulta entretenido ver las carreras de camellos que a veces hacen los guías, levantando nubes de polvo dorado.

6.- Resonancia. Las piedras devuelven ecos de otros siglos. Pruebe a quedarse solo en la llamada Tumba de la Urna y, por ejemplo, cante. Además de comprobar la resonancia, habrá conseguido disfrutar un momento en soledad, cosa que no es fácil en Petra.

7.- Sonrisa beduina. La tribus bedoul, almmaren, al surur, al alayya, al albediyya o howeita ofrecen la cálida hospitalidad beduina en toda la zona de Petra, y siempre están dispuestos a ayudar y guiar a los visitantes.

8.- Subida al Monasterio. La caminata de una hora hasta el colosal Monasterio —de formas parecidas al Tesoro, pero mucho mayor— es una tortuosa ruta excavada en la roca, con más de 800 peldaños. Desde allí se domina el magnífico paisaje de riscos y quebradas.

9.- Botellas de arena. El típico recuerdo de Petra se hace más especial al conocer la historia de cómo surgió: Mohamed Abdullah Othman tenía 10 años cuando, en la década de los 60, se obsesionó con machacar las areniscas de colores para extraer tonalidades de arena y mezclarlas, una y otra vez, en el único envase de cristal que tenía: una ampolla de penicilina. Probando cientos de veces, finalmente consiguió formar un camello con la ayuda de una pajita de plástico. Pasó 20 años perfeccionando sus diseños: palmeras, geometrías o paisajes, y cargando en su camello las botellas del restaurante y la pensión del vecino pueblo de Ma’an. Las rellenaba con los dibujos que inventaba y luego las vendía a los escasos turistas de la época. Botella a botella, fue el primer beduino de Petra que se compró un coche. Hoy su hermano Hussein Abdullah continúa con el arte familiar, en el puesto colectivo de la Asociación de las Arenas, en Petra.

10.- Descanso en el Teatro. Las 33 hileras de gradas en colores rojo, gris y blanco del teatro de origen nabateo que ampliaron los romanos son el lugar perfecto para sentarse a tomar notas en el cuaderno de viaje y relajarse.

Petra. La Ciudad rosa del desierto

Petra. La Ciudad rosa del desierto

Por Dra. Ana Mª. Vázquez Hoys, Profesora titular de la U.N.E.D

He estado en Petra varias veces. Las dos últimas salí de ellas de noche, con luna llena. La policía jordana cerraba de la marcha de los últimos visitantes. Y las piedras del desfiladero, iluminadas por la luna, cobraban vida en la noche fría de primavera. Lo divertido de aquel día es que amaneció nublado. A las cinco de la mañana anuncié: "No podremos entrar en Petra porque el siq puede inundarse y moriremos ahogados, como unos turistas franceses hace algunos años".

Una amiga me miró y dijo: "Pues me ahogo. Yo entro. He traído en el móvil la música de Indiana Jones y yo no me quedo aquí".

Lo de no entrar era una broma, porque no llovía ni llovió. Pero...entré en Petra con la música del móvil de Silvia. Así que a ella y a todos los que conocen Petra por Indi...aunque solo sea por Indi ( y por su padre, claro, ya que no solo de Arcas perdidas viven las señoras), dedico parte de un artículo que escribí hace unos años. Otro día os pasaré más y algunas fotos muy especiales, con nabateos, cabras y bebés.

También dedico este artículo a Pilar de Zaragoza, la guía española que me enseñó los altos senderos, las cuevas escondidas, los pasos inaccesibles, la que tantas niñas nabateas ha traído al mundo, salvando muchas vidas y ahora sufre tanto. A ella y a los amigos de Ammán que hacen y venden dagas, un abrazo en la distancia. Va por vosotros, amigos. Que Al´Uzza nos junte otra vez en los Lugares Altos.

Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Historia Antigua, t. 10, 1997, págs. 253-274

Petra. La Ciudad rosa del desierto.

RESUMEN

Petra, la ciudad rosa del desierto jordano, es conocida, sobre todo, por el bello color de sus piedras. A menudo se olvida su importancia histórica, como sede de los edomitas , enemigos de Israel en el Antiguo Testamento y más tarde de los nabateos, pueblo nómada árabe de excelentes comerciantes, intermediarios entre el Próximo Oriente y Occidente.

Sólo el pueblo romano, en el siglo 11 d.C. cambió la suerte de Petra, que permaneció olvidada durante diez y siete siglos.

En los últimos tiempos, el esfuerzo de los viajeros y arqueólogos ha permitido conocer quienes eran sus habitantes, donde vivían, qué pensaban y cuales eran sus dioses.

ABSTRACT

Petra, the «pink town» of the Jordan desert, is mainly known for its beautifully coloured stones. Often, we may forget about its historical significance as headquarters of the edomites —Israel’s enemies in the Old Testament— and, afterwards, royal! city of the nabateans, Arabian nomads mainly known for their commercial importance as intermediaries between the near East and Occident. It was only on the U century after J.C. that the Roman people changed Petra’s chance, letting the city remain «forgotten» during almost seventeen centuries. On the last two centuries, Petra was awakened of /the lethargic sleep by unfatigable travellers and archaeologists. Thanks to them, we have got to know about Petra's inhabitants, their thoughts, their ways of thinking, how they were living, and the name of their gods.

I. INTRODUCCIÓN

En el actual reino de Jordania, en los límites del mundo civilizado occidental, se encuentran las ruinas de la antigua ciudad de Petra «LA PIEDRA», término que no parece referirse a una ciudad, sino a un elemento del reino mineral.

Lo que denominamos «Petra», a menudo con el añadido de «la ciudad rosa del desierto», título de nuestro trabajo, no es, en realidad, sólo o únicamente una ciudad.

En el sentido actual de la palabra, entendemos el término «ciudad» como «un conjunto de calles y edificios», o «un núcleo de población, generalmente grande, que antiguamente gozaba de mayores prerrogativas que las villas».

De la ciudad que fue capital de un reino de nómadas nabateos no quedan hoy casi estructuras construidas, ni muchas ruinas de muros o edificios públicos. Podríamos decir que Petra «No es», puesto que es el paisaje y no sus estructuras ciudadanas visibles las que nos permiten hablar de ella como «la ciudad rosa». Petra es un círculo de rocas rosas, naranjas, amarillas, que cambian de tono a cada instante según cambia la situación del sol en el cielo. Un círculo de rocas, de montañas, sobre las que dominaba la Luna, la diosa de la fertilidad, al'Uzza, la principal diosa de los nabateos, que iluminaba con sus pálidos rayos los altares de sacrificio, denominados «lugares altos», donde debieron morir numerosas víctimas humanas en las noches de primavera.

II. SITUACIÓN GEOGRÁFICA:

LA ENCRUCIJADA DEL COMERCIO DEL PRÓXIMO ORIENTE ANTIGUO

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el Próximo Oriente tiene dos coordenadas que lo condicionan morfológica y geográficamente: Los ríos y el agua (1).

Efectivamente, sus primeras civilizaciones conocidas se encuadran en las cuencas de los ríos Tigris, Eufrates (sumeria, acadia, babilonia, asiría) y Nilo (egipcia), por lo que se acuñó para ellas el término de «civilizaciones hidráulicas».

Además, enormes extensiones de desiertos rodean las fértiles tierras regadas por las aguas de estos míticos ríos, como el del Sinaí, tan cercano a Egipto o el gran desierto de Arabia, cuna de los pueblos semitas, que bordea el Golfo Arábigo o Pérsico. En él se encontraba, entre otras, la isla de Dilmún (hoy Bahrain) con sus minas de cobre, ya conocidas desde el III milenio a.C., cuyos dátiles eran famosos en Mesopotamia, formando hoy parte de los Emiratos árabes, grandes centros distribuidores de las riquezas que confluyen en ellos desde el Extremo Oriente, como primera escala de la encrucijada entre Oriente y Occidente que es esta gran zona.

Desde aquí, las mercancías llegaban también por un mar de arena, los desiertos de Arabia y Jordania, a través de difíciles rutas jalonadas de peligros, hasta los puertos del Mediterráneo. A partir de aquí, los pueblos costeros, entre ellos los fenicios desde el siglo x a.C. como antes los palestinos y los cicládicos del II milenio, se encargaban de distribuirlos por todo el Mediterráneo e incluso fuera de él (2) en grandes caravanas de camellos, animal crucial para este tipo de comercio por zonas desérticas.

Arabia, según Herodoto,(3).

«es la más meridional de las tierra habitadas. Y es el único país que produce incienso, mirra, cinamomo y resina. Y todos estos productos, a excepción de la mirra, los árabes lo extraen con dificultad. El incienso lo obtienen quemando estoraque, que los fenicios exportan a Grecia; lo queman y entonces obtienen el incienso. Los árboles que producen incienso los custodian serpientes aladas, de pequeñas dimensiones y variados colores, que revolotean en torno a cada árbol. Éstas son las serpientes que invaden Egipto».

También Herodoto se refiere a las dificultades para obtener el estoraque y el cinamomo, aventuras que los fenicios relataban a los griegos, envueltas en leyendas, protagonizadas por animales fabulosos y llenas de peligros sin cuento, lo que aumentó la fama de estos lugares alejados y el precio de las mercancías que proporcionaban. El profeta Ezequiel (4) describe magníficamente esta situación para el siglo VIII a.C., refiriéndose a Tiro (5).

«Los hijos de Dedán comerciaban contigo, muchas islas se hallaban bajo la dependencia de tu comercio, portándote como tributo colmillos de marfil y maderas de ébano. Edom comerciaba contigo por la abundancia de tus productos, rubíes, púrpura roja, recamados, lino fino, retales y carbunclos daban por tus mercancías. Judá y el país de Israel traficaban también contigo; trigo de Minnir, perfumes, miel, óleo y bálsamo daban consecuencia de la abundancia en toda riqueza, con vino de Helbón y lana de Sahar, Wedán y Yawán, desde Uzal, entregaban por tus mercaderías hierro forjado; canela y caña aromática figuraban en tus transacciones. Dedán traficaba contigo en sillas de montar. Arabia y todos los príncipes de Quedar se hallaban bajo la dependencia de tu comercio, traficando en corderos, carneros y cabríos. Los mercaderes de Son y Marnah comerciaban contigo: el más calificado bálsamo y toda clase de piedras preciosas y oro daban por tus mercancías. Harán, Kanneb y Eden, así como los mercaderes de Sebbám, Azur y Killete y bordados abigarrados, tapices multicolores, cuerdas sólidamente trenzadas. Las naves de Tarsis en tu mercado constituían tus caravanas comerciales. Tu fortuna y tus mercancías, tus artículos de importación, / tus marineros, tus pilotos, tus calafates, tus importadores de artículos importados / y todos tus guerreros que había en ti y toda la comunidad / que existía en medio de ti caerán en el corazón de los mares/ el día de tu ruina». refiriéndose no sólo a las vías comerciales de esta ciudad sino a muchas de las ciudades de las que partían las rutas caravaneras, que se hallaban repartidas por todo el Próximo Oriente, de las que Petra sena un punto neurálgico, por su posición en medio del desierto, equidistante tanto del Mediterráneo como del Mar Rojo, en la ruta del Golfo Pérsico.

Más al sur de Egipto está Etiopía, que produce mucho oro. Posee numerosos elefantes y todo tipo de plantas silvestres y ébano. De Etiopia, cuyos habitantes son «los más altos y más bellos», vino a Israel, posible-mente la reina del país de Saba, Bilquis, (Reyes I, XX), famosa por sus riquezas y su belleza, cuyo reino, del siglo x a.C., es descrito por Eratóstenes de Cirene, Plinio, Diodoro Sículo y Estrabón, con los ricos tributos entregados a los soberanos asirios Tiglat Pileser III (745-728 a.C.), Sargón 11 (721-705 a.C.) o Senaquerib (705-681 a.C.). Saba controlaba la principal ruta caravanera que unía el Creciente Fértil con el sur de Arabia, el Yemen, que tenía el monopolio comercial de productos como oro, piedras preciosas, marfil, elefantes, sedas, hierbas medicinales, especias, esclavos, caballos y camellos.

Los sábeos llevaban los cargamentos de productos preciosos junto con los míneos, habitantes de la parte septentrional del Yemen, además de los gerreos, los qatabanitas y los hadramitas. A estos míneos, creadores del comercio, Plinio los pone en relación con Minos y Radamante, los dos legisladores míticos de Creta (6).

El país del incienso era Sabwa, la Sabota de Plinio (7), reino que comprendía todo el Yemen del Sur hasta el océano Índico, extendiéndose hasta la región de Omán, punto de partida de la ruta caravanera que por vía terrestre a través de Sabwa, Qataban, Saba, Ma'in e Higaz llevaba el incienso hasta la costa del Mediterráneo.

Para evitar los numerosos peligros del viaje era preciso pagar tributo a las tribus por cuyos territorios se pasaba. Todos estos tributos y peajes encarecían el precio de las mercancías, que describe muy bien Plinio el Viejo (8), en el siglo I d. C., a propósito del transporte del incienso: «Una vez cargado el incienso, es transportado a lomo de camellos a Sabota, donde se abre una de las puertas de la ciudad para que entren las caravanas.

Los reyes consideraban una ofensa capital el que los camellos cargados no pasaran por la calle principal de la ciudad. En Sabota, los sacerdotes se quedan con un décimo, establecido basándose más en la medida que en el peso, para el dios que llaman Sabis, y el incienso no puede ponerse a la venta antes que se efectúe esta operación.

»Este décimo se separa para hacer frente a un gasto público, puesto que el dios ofrece generosos banquetes a los huéspedes durante un número determinado de días. Después, el incienso sólo puede ser exportado a través del país de los jebanitas, y se paga una tasa al rey de aquel país. Su capital es Tornna, que dista 1.487 millas y media de la ciudad de Gaza, en Judea, en la costa mediterránea.

»EI viaje consta de 65 etapas, con paradas para los camellos. También se dan porciones fijas de incienso a los sacerdotes y a los secretarios del rey, pero, además de éstos, se entregan asimismo a los guardias y sus asistentes, a los centinelas y a los sirvientes.

De hecho, a lo largo de todo el trayecto nunca dejan de pagar; en un lugar por el agua, en otro por el forraje o por el alojamiento en las paradas o en las distintas aduanas. Y aun se ha de pagar a los aduaneros de nuestro Imperio (9). En consecuencia, el precio del incienso de mejor calidad alcanza los seis denarios por libra, mientras que la misma cantidad de incienso de segunda categoría cuesta cinco denarios y el de tercera tres.

La calidad del producto se deduce de su color blanco, de su viscosidad y de la rapidez con que arde. Además, no debe poder desmenuzarse con los dientes».

En el Tibet y en la Meseta de Mongolia también se usan como medio principal de transporte caravanas de camellos juntamente con los yaks (10).

III. UN PUEBLO DEL ANTIGUO TESTAMENTO:

LOS EDOMITAS Y LA CIUDAD DE TEMAN. S. IX-VI a.C.

Edom era una comarca al sur de Palestina, que se extendía entre el Golfo de Aqaba y el Mar Muerto. Comprende una faja de tierra de 160 Km. De largo por 32 de ancho, en su mayor parte montañosa y pobre, con esporádicas regiones de tierra fértil. Sus habitantes, los Edomitas (o idumeos) eran un pueblo semita, mencionado muchas veces en el Antiguo Testamento. Se instalaron al este de Arabia, entre el Golfo de Aqaba y el Mar Muerto hacia fines del siglo XIV a.C., en los territorios tomados por Hor, el horiía, que debe su nombre a que estos hombres vivían primitivamente de cuevas, es decir, eran los «horin» o «habitantes de las cuevas».

Después de ser despojados del monte Seir por Esaú (Edom), fueron en parte destruidos (Deut 2, 22) y en parte absorbidos (Gen 36) por los descendientes del mismo, los edomitas o idumeos, «hijos de Esaú», quienes a pesar de su parentesco con los israelitas (su lengua también era afín a la hebrea), no les permitieron atravesar sus tierras durante su éxodo por el desierto (Núm. 20, 14-21) en busca de la tierra prometida, con lo que quedó establecido entre ambos pueblos un antagonismo que se prolongó hasta la Era Cristiana. Fueron conquistados por Saúl, subyugados por David y sujetos a Judá hasta el reinado de Jorám. De nuevo conquistados por Amasias y Uzias, consiguieron su independencia bajo Ajaz y dominaron en el sur de Palestina a la caída de Judá. Hacia el año 300 a.C., los nabateos conquistaron el este de Edom y expulsaron a sus habitantes hacia el oeste y el norte y tuvieron que soportar el empuje de los príncipes Macabeos que guerrearon después con fortuna con ellos. Desde los tiempos de Juan Hircano (109 d.C.), la parte occidental de Edom (Idumea en griego (11)) fue regida por gobernadores judíos, uno de los cuales, Antipater, llegó a ser procurador de toda Judea el año 47 d.C. y fundador de la Dinastía herodiana. Después de la destrucción de Jerusalén el año 70 d.C. por Roma., el país fue anexionado a la provincia romana de la Arabia Pétrea.

Sus principales ciudades fueron Sela (tal vez Petra), Bostra, Maon, Punon y los puertos de Elath y Ezion Geber, en el Mar Rojo. Su modelo de monarquía, la misma que tenían los países vecinos de Moab, Amón y Aram, que poseían un fuerte fundamento nacional, sin sucesión dinástica, fue seguido por Israel, aunque nunca se pudo superar la corriente de la actual monarquía jordana (12).

«Los nabateos son un pueblo muy sensato y tan inclinado a acumular riquezas que multan a quienes hayan disminuido su fortuna, a la vez que conceden honores a quienes la hayan aumentado Como tienen muy pocos esclavos son servidos normalmente por miembros de su propia tribu y esta costumbre es válida también para su rey. Este participa en los banquetes, preparados con gran magnificencia y en común, en los que cantan dos muchachas Pero nadie bebe más de 11 copas, usando cada vez una copa de oro distinta El rey es tan demócrata que incluso se sirve a si mismo y a veces a sus invitados. A menudo hace un balance de su reinado ante la asamblea popular y a veces se examina incluso su medio de vida. Las casa de los nabateos, construidas de piedra, son muy lujosas, y como viven en paz, las ciudades carecen de muralla.»

V. RECURSOS ECONÓMICOS:

«La mayor parte del país está bien provista de frutos, excepto de aceitunas. De hecho se usa el aceite de sésamo. El ganado tiene el pelo blanco y los bueyes son robustos. No hay caballos y en su lugar se utilizan camellos. En cuanto a su vestido, llevan túnicas, pero se ciñen con un cinturón y calzan sandalias. Los reyes llevan el mismo vestido, pero de color púrpura. Los productos locales son oro, plata y la mayor parte de los perfumes. En cambio el cobre, e! hierro, los vestidos de púrpura, el estoraque (un bálsamo obtenido de la corteza de un árbol), el azafrán, los tintes, o los objetos de metal repujado o trabajado a troquel no se encuentran en el país y han de importarse».

En el siglo IV d.C., Armario Marcelino describe así el reino nabateo:

«Adyacente a Palestina se encuentra Arabia, que por un lado limita con el país de los nabateos, tierra de valiosos y variados productos y llena de imponentes castillos y fortalezas, que el cuidado atento de sus primeros habitantes ha transformado en zonas habitables y bien defendidas para rechazar los ataques de las ciudades vecinas. Esta región posee también grandes ciudades como Bostra, Gerasa y Filadelfia, todas ellas defendidas por imponentes murallas».

Bostra estaba a 90 Km. al sur de Damasco y era colonia de Petra, así como Gerasa y Filadeifia. Bostra, en época helenística, era solo una de las muchas ciudades caravaneras de la ruta que comunicaba Arabia con los principales centros comerciales de Siria y Palestina. Durante el reinado de Trajano, se convirtió en la ciudad principal de la provincia romana de Arabia con el nombre de NOVA TRAIANA BOSTRA, sede de la Legión III. Cirenaica (14), en una excelente combinación de ciudad caravanera y campamento militar romano, reforzada por campamentos militares, castillos y torres que protegían del enemigo la nueva provincia y vigilaban la ruta caravanera al sur de Petra, bajo cuyo control había estado mucho tiempo.

VI. EL ENEMIGO SECULAR DE ISRAEL

La respectiva extensión de los pueblos edomita y hebreo hizo que se enfrentasen, ya en época de los Patriarcas, antes de mediados del II milenio, lo que degeneró en guerras en la época de los Jueces (s. XII a.C.) y la monarquía de Saúl (s. XI a.C. (Jueces 3, 6-10; 1er. Libro de Samuel 14, 47). El rey de Israel, David, se apoderó del país edomita, en el que su lugarteniente Joab asesinó a todos los hombres.

Salomón reforzó su empresa en Edom fundando el puerto de Ezion-Geber, desde donde lanzó su flota hacia el comercio del Mar Rojo. Aprovechándose de la debilidad israelita a la muerte de Salomón, los Edomitas recobraron su independencia, lo que no pudieron impedir los reyes de Judá, Amasias (796-781) y Azarías (781-740).

En el curso de estas guerras, el rey Amasias se apoderó de la ciudad denominada Sela, «la roca», un lugar identificado por algunos autores con el macizo montañoso de Umm el Biyarah, al S.O. del circo de montañas donde se extiende la ciudad baja de Petra. En esta ocasión, diez mil cautivos fueron precipitados de lo alto de las rocas.

Aprovechándose de la toma de Jerusalén por los asirios (587 a.C.), para ocupar el sur de Judá, los edomitas se ganaron el odio eterno de los judíos y los profetas Isaías, (Isaías 34), Jeremías (49, 7-22), Ezequiel en sus «oráculos contra las naciones» (25, 12-14), Abdias, en su visión sobre Edom y Malaquías( 1, 3-3), alzaron sus voces con la maldición de Yhavé contra Edom.

Tras la vuelta del exilio babilónico, Israel echó de nuevo su sandalia sobre Edom, según la imagen antigua que significa «posesión» (Salmos 60, 10):

«Moab, la jofaina para lavarme, sobre Edom lanzaré mi sandalia, sobre Filistea gritaré la victoria».

En los textos de Jeremías y Abdías se hace alusión a las alturas de la Roca y a los nidos de águila que formaban sus alturas:

«A ti que habitas en las cavernas de las rocas, que tienes la altura por morada y que dices en tu corazón: ¿Quien me hará descender a la tierra?

Aunque te eleves como el águila, aunque coloques tu nido entre las estrellas, te haré descender de allí» (15).

En efecto la ciudad era más una posición defensiva que una ciudad en el verdadero sentido del término: Una posición fuerte donde los edomitas podían esconderse en caso de peligro sin necesidad de construir edificios ni levantar paredes, refugiándose en las cuevas naturales. La ciudad de los edomitas orientales debía ser, en realidad, Buseirah, a 50 Km al norte a vuelo de pájaro de la ciudad del desierto.

VII. LA APARICIÓN DE LOS NABATEOS: LA CIUDAD DE GAIA

El movimiento de los clanes edomitas hacia el sur de Judá hacia el siglo VI a. C. debió ser correlativo a las presiones de la tribu árabe de los Nabateos una humilde tribu nómada de camelleros que había vivido nómada al sur de Edom y el norte de Arabia hasta la época de la dominación persa.

En las Crónicas del rey asirio Asurbanipal (668-627 a.C.) se cita a un grupo denominado Nabayates, así como a la tribu aramea de los Nabatu (16).

A los Nabateos como tales se les cita en las inscripciones griegas de la zona junto con otra tribu árabe, los Shalamu, a los que Esteban de Bizancio pone en relación con los Nabateos, pueblo que se hará conocido ya en el mundo helenístico, aunque su más antigua mención figura en Diodoro Siculo XIX, 94-100, que escribió en época de Augusto: «Poco después del 312, el Diadoco Antígono que defendía entonces Siria contra Ptolomeo y Seleuco, mandó a un amigo con un considerable numero de tropas ligeras contra los nabateos, porque estos actuaban contra sus intereses...con el encargo de llevarse sus rebaños. El amigo esperó a que los nabateos aptos para llevar las armas abandonasen la guarida de Petra, luego penetró a través de la estrecha garganta y en el cráter donde después habría de construirse la ciudad de Petra y por un estrecho sendero excavado por los hombres escaló la roca sobre la cual solían los nabateos poner a buen recaudo a las mujeres, ancianos y niños y los tesoros. Hizo un botín de incienso, especies, y de plata, pero no los rebaños, que pacían en el altiplano, fuera de allí.

Los árabes, a pesar de que se hallaban alerta, fueron cercados por el hijo de Antígono hasta que éste accedió a una suspensión de las hostilidades a cambio de valiosos presentes y de la entrega de rehenes. Posteriormente, el armisticio se convirtió en paz».

La ciudad nabatea llevaba el nombre de Gaia, residencia de los soberanos antes que se instalasen definitivamente en el circo rocoso conocido después por Petra. Esta Gaia sucedía a una aglomeración edomita, a menudo identificada con la Teñan bíblica, excavada en 1967-68 por Mrs. Cristal M. Bennett cerca de Petra. En el siglo VI a.C., los nómadas nabateos comenzaron a sedentarizarse, infiltrándose en el país edomita. El nombre de Gaia aparece a menudo en las inscripciones del dios Dusares, denominado «dios de Gaia».

VIII. UNA CULTURA ARAMEA

Esta zona y sus habitantes fueron absorbidos e influidos culturalmente por la importante corriente de los árameos o Aklamu, tribus de nómadas semitas ya errantes en el siglo XIII a.C., empujados hacia el oeste por la «Invasión de los Pueblos del Mar (siglo XII a.C.), de los que formaban parte los caldeos, que dieron lugar a la X Dinastía de Babilonia o Imperio Neobabilónico (625-539 a.C.), llegando hasta la región de Palmira y Karkemish (17).

Esta migración aramea fue el hecho histórico más importante del Próximo Oriente durante el II milenio. A pesar de que al final las vicisitudes políticas les fueron desfavorables, su lengua suplantó al hebreo en Palestina, fue la lengua oficial del Imperio Persa y del Neobabilónico, durando hasta la época de Jesucristo, que hablaba arameo y manteniéndose como lengua litúrgica en algunos lugares del Próximo Oriente, como en Madaba, en Siria, donde los cristianos maronitas aún rezan y dicen la Misa en arameo.
El nombre arameo de Petra era RQM, leído REQUEM o REQUAM, pero el topónimo exacto era «Reqem cerca de Gaia».

IX. PETRA EN EL MUNDO HELENÍSTICO

A la muerte de Alejandro se formaron los reinos helenísticos y la región nabatea fue fuente de conflictos entre Lágidas y Seleúcidas, debido a su condición de encrucijada de comercio, tanto marítimo como terrestre, cerca del Mar Rojo y las rutas de desierto de Arabia, hacia Egipto y los puertos del mar Mediterráneo oriental (18).

En este cruce de caminos, Petra servía de depósito de tesoros y de centro dispensador de comercio. El carácter poco belicoso de los nabateos les hizo apoyar a menudo a una u otra Dinastía, tanto la siria o Seleúcida como la egipcia o Lágida, buscando solo la libertad de su comercio.

El progreso de los judíos Asmoneos les hizo luchar contra ellos. Y finalmente cuando Roma llegó a Oriente, se enfrentaron a las fuerzas de Pompeyo.

X. LA SOMBRA DE ROMA. LA PAX ROMANA. EL FINAL

Un rey nabateo llegó hasta Damasco en el año 84 a.C. y eso hizo que los romanos los tuviesen en cuenta. Pompeyo el Grande mandó contra Petra a su lugarteniente Scauro, que no pudo tomarla, aunque consiguió un tributo en plata de los nabateos, a cambio de su libertad. La ciudad se convirtió en residencia real con Arelas III.

Los sucesores de este soberano se encontraron en posición bastante crítica con Augusto y los Partos, entre Antonio y Augusto y cara a las ambiciones de Herodes el Grande de Judea (37-4 a.C.), de origen idumeo, es decir, edomita.

ARETAS IV (8 a.C.-40 d.C.) llevó a cabo una hábil política llegando en su influencia hasta Damasco nuevamente, ya que en ella residía una importante colonia nabatea, que tenía a su cabeza un etnarca dependiente de Arelas, según dice San Pablo en su II Epístola a los Corintios 11, 32.

Durante el gobierno de este rey se construyeron en Petra bellas tumbas, así como en Hegra, una colonia de Petra en Arabia.

La anexión de Arabia por Trajano debió representar un duro golpe para el comercio caravanero de Petra. De hecho, Trajano convirtió en capital de la provincia de Arabia la ciudad de Bostra, más al norte, que se convirtió también en el centro comercial, suplantando a Petra que atravesó un periodo de decadencia relativa.

A partir del 106 d.C., en que Trajano destruyó Petra, las caravanas ya no pasaban necesariamente por la capital nabatea, sino que preferían la ruta más corta que pasaba por Bostra, en la que fueron a confluir cinco vías de comercio, las que antes fluían desde Petra. Las monedas llevaron el nombre desde la época de Heliogábalo de NEA TRAIANA BOSTRA, bajo Severo Alejandro la leyenda de COLONIA BOSTRA y más tarde COLONIA METROPOLIS BOSTRA (19).

Como consecuencia, los mercaderes más emprendedores de Petra emigraron a Bostra, que fue embellecida en tiempos del emperador que nació en ella: Filipo el Árabe.

También la pérdida de los privilegios por parte de Petra fue la causa de la prosperidad de dos ciudades: La primera fue Palmira, la ciudad del desierto sirio, visitada en 116 por Trajano, que la colmó de privilegios, haciéndola Adriano ciudad libre en 129 d.C., tomando la ciudad el nombre de Adriana Palmira. La segunda sería Jerasa, uno de cuyos arcos construidos lleva el nombre del emperador hispano (20).

XI: LAS EXCAVACIONES

Petra no fue conocida modernamente hasta la visita de Johnn Ludwig Burckhardt en 1812, viajero que pasó gran parte de su vida en riente Medio explorando los lugares antiguos, haciéndose pasar por musulmán como luego harían otros ilustres viajeros como León de Laborde en Jerasa.

Cuando llegó a Siria, Burckhardt se hizo pasar por mercader. Al oír hablar de las ruinas de una fantástica ciudad antigua decidió ir a visitarla, incorporándose a una caravana para evitar ser considerado como espía.

Cuando llegaron cerca de la tumba de Aarón, situada en una cumbre cerca de Petra, expresó el deseo de ir a hacer allí un sacrificio a este profeta y se alejó acompañado de un guía, hasta llegar al riachuelo Wadi Musa, que por la garganta llamada “siq” que se estrecha cada vez más, llega al circo rocoso que constituye el abrigo de la ciudad.

Lo que allí vio le hizo identificarla con la antigua Petra, sobre la que se había cumplido la maldición bíblica:

“Vosotros que vivís en las hendiduras de la roca que sostiene la cima de la colina, aunque hagáis vuestro nido tan alto como el águila, Yo os haré bajar de él, dice el Señor. Y Edom, caerá en la desolación, y todo aquel que pase por allí quedará atónito”( Jer.49).

Diez años más tarde, el reverendo Robinson, un estudioso norteamericano de arqueología bíblica, visitó Petra durante un viaje a Tierra Santa y, Biblia en mano, identificó una serie de lugares que hasta entonces habían sido sólo nombres sin soporte material ni fundamento real para la cultura occidental.

Treinta años después empezaron las primeras exploraciones científicas, llevadas a cabo por la Palestine Exploration Fund y, después, por la American Palestine Society, seguidas después por tres exploraciones alemanas, inglesas, norteamericanas y francesas (21).

En 1840, Henrv Layard, el descubridor de Nínive, se refería a esta ciudad diciendo que lo que más sorprendía de Petra (algo con lo que coinciden todos los arqueólogos y viajeros que la visitan), es el inmenso trabajo de excavación, realizado en el flanco de la montaña, para construir esas fachadas de edificios inmensos, con tan poco fondo en su interior. «Deja estupefacto que un pueblo haya transformado, con grandes esfuerzos la roca viva en templos, teatros, edificios públicos y privados, construyendo así una ciudad en los confines del desierto, en una región inhóspita y sin agua».

Incluso un observador atento como Layard se había hecho eco de la creencia popular en que la ciudad estaba excavada en la roca viva, cuando, en realidad, lo que tenía frente a él era una ciudad construida en buena parte con estructuras exentas.

El área urbana está rodeada por una muralla construida a finales de la época helenística, mientras que, en un primer momento, sólo la ciudadela estaba fortificada. A la entrada del Siq, el estrecho pasadizo, formado por el curso del Wadi Mousa, cuyas aguas fueran desviadas en la antigüedad, se encuentra una necrópolis rupestre que presenta los característicos nafesh, obeliscos o estelas que simbolizan el alma del difunto. En algunos casos, las fachadas son lisas, con una puerta en la parte inferior que puede estar enmarcada por pilastras y arquitrabes. La parte superior está decorada con dos hileras de pináculos escalonados. Estos monumentos se pueden fechar a finales del siglo II a.C. y constituyen la perduración en el tiempo de un tipo de tumba muy extendido en Siria en época helenística. También se encuentra otro tipo de fachada, contemporáneo o ligeramente anterior a la precedente. La parte superior de la tumba presenta, en lugar de los pináculos, dos grandes peldaños colocados en los ángulos, con la base hacia el interior, que descansan sobre un friso.

Al final del camino del Siq se puede observar la espléndida fachada de piedra roja de la tumba llamada Él Khazneh Firaun («El tesoro del Faraón»), tal vez la más elegante y coherente de las fachadas de tipo helenístico de Petra. El piso inferior, de gusto neoclásico, presenta una hilera de siete columnas corintias, rematadas por un tímpano, detrás del cual se encuentra la puerta principal, con un arquitrabe y acróteras laterales en forma de sépalo, que se repiten a los lados del frontón, decorado con volutas. El friso bajo el frontón lleva, en cambio, grifos afrontados y relieves que representan corredores. El piso superior presenta una pared corrida de nichos enmarcados por columnas, con estatuas en su interior, que a los lados forma dos intercolumnios que enmarcan un thólos, de techo cónico, coronado por una urna, y decorado, en los intercolumnios, con estatuas. La central ha sido identificada con Isis Tyqué, una divinidad compuesta con ¡as características de la diosa egipcia Isis y de la griega Tyqué o Fortuna. La misma diosa que aparece en las monedas de Petra.

Se ha pensado que podría tratarse del mausoleo de Aretas IV, rey de los nabateos entre el año 9 a. de C. y el 40 d. de C.

Una de las construcciones más grandiosas de Petra es la del Ed-Deir («el Monasterio»), que se levanta sobre la elevación del mismo nombre, al noreste de la ciudad.

La vía principal de Petra en época romana es el «cardo máximo»), una calle pavimentada que sigue el curso del Wadi Mousa, en parte canalizado y en parte cubierto. La calle es más alta en el centro permite el desagüe, pero debía dificultar el paso de los animales de carga.

Al norte y al sur, la ciudad presenta una disposición en terrazas, bastante escarpadas, con viviendas excavadas en la roca. Al inicio del cardo se encuentra una piscina termal, unida a un ninfeo o fuente en forma de hemiciclo. Al sur se hallan las ruinas de tres caravanserais, denominados respectivamente «mercado superior», «medio» e «inferior». Se trata de amplios recintos cerrados en los que los mercaderes concluían las compraventas, hacían sus negocios y se intercambiaban piedras precio-sas, especias perfumadas y demás mercancías. En el lado de la calle, los mercados presentaban una serie de estancias alineadas que eran utiliza-das como tiendas, como en los actuales bazares. Al otro lado de la calle se encuentran los restos del palacio del rey de los nabateos, príncipes mercaderes,
verdaderos jefes caravaneros, que a veces se hacían llamar «filohelenos». Sobre todo después que incorporaron los territorios septentrionales helenizados a su reino, junto al palacio había un gimnasio, siguiendo las pautas comunes a todas las ciudades helenísticas.

No queda mucho de ambos edificios, pero los fragmentos arquitectónicos, e! tipo de decoración y los materiales empleados indican que los edificios destruidos no debían ser inferiores a monumentos como El Khazneh o El Deir, tanto en la estructura como en los detalles. Al gimnasio se accedía por una puerta que se encontraba en la parte externa de un arco de tres vanos, que tenía una importante función urbanística, ya que servía para disimular el punto donde confluían las áreas construidas anteriormente, dotadas de otra orientación. Una inscripción hallada en las cercanías del arco ayuda a clarificar la situación histórico-topográfica de esta parte de la ciudad. La inscripción es una dedicatoria en griego al emperador Trajano, durante el proconsulado de C. Claudio Severo, es decir, en el año 114 d. de C-, ocho años después de la anexión de la Arabia Pétrea a Roma (106 d. de C.).

Se sabe, por las inscripciones de los miliarios, que el sector meridional de la vía que Trajano mandó construir para unir Bostra al Mar Rojo se terminó 272 entre el año 110 y el 111. En cambio, la parte norte se terminó más tarde. La vía tenía seguramente como misión facilitar el tráfico caravanero que llegaba al Imperio romano procedente de Áqaba y Arabia (Mapa no 2). Como resultado de eso, Petra, una ciudad alejada de Roma, en medio del desierto, pero no por ello menos sofisticada que otras muchas ciudades de la zona, se abrió aún más al mundo exterior que en época helenística. Así pues, la erección de este arco monumental, construido tres años después de terminarse el sector meridional de la vía de Trajano, ha de situarse en el contexto de estos nuevos contactos con el mundo romano. De este modo, los habitantes de Petra, tras la anexión al Imperio, transformaron su ciudad en una verdadera metrópoli romana.

El arco constituía también la entrada monumental al santuario de Qasr el-Bint, en su fase más tardía. El santuario estaba rodeado por un témenos que presentaba una doble banqueta adosada al muro meridional.

En el interior, cerca de la entrada, había un pequeño edificio en forma de torre, anterior a la construcción del arco. Frente a él, adosado al pie derecho meridional del arco, se hallaba el vestíbulo. Al fondo de la zona sagrada s se levantaban el templo y el altar. El templo, de cuatro columnas en la fachada se elevaba sobre podio y presentaba un pequeño canal a la altura del suelo. La cella, precedida por el pronaos, poseía un adyton tripartito El altar perpendicular al templo, estaba construido sobre gradas.

La construcción de Qasr el-Bint no puede ir mas allá de los primeros años del siglo I d. de C.

En el área del santuario se han hallado bajorrelieves figurados que pertenecen seguramente a la parte superior del templo.

De este tema, la religión, los dioses y los lugares de culto de Petra trataremos en un próximo trabajo, al que añadiremos, asimismo, la abundante Problemática bibliografía y la problemática que no hemos podido abordar en este artículo, debido a los límites físicos de esta publicación.

Notas:

1.- VÁZQUEZ HOYS, A.Mª: Introducción a la Hª Antigua I. Próximo Oriente y Egipto. Mapa 1, Madrid , UNED, 1997, 2ª edición.

2.- VAZQUEZ HOYS, op.cit. mapa 58, p. 830

3.- Heródoto II, 11-12-,III, 107-114

4.- EZEQUIEL 27, 12-13

5.- Pr. la crítica de la cronología de este pasaje bíblico cfr. AUBET SEMLER, Mª Eugenia: Tiro y las colonias fenicias de Occidente. Ediciones Bellaterra, Barcelona 1987, p.101

6.- PLINIO, HN XII, XXX, 53, XXI, 56.

7.- PUNIÓ, NH VI, XXXII, 154-5.

8.- NH 63-65

9.- Plinio se refiere aquí al Imperio, en cuya época escribe

10.- VALLVÉ, M.: El camello. Editorial Araluci. Barcelona 1934. Los camellos han sido repetidamente usados por los servicios militares de transporte. Los romanos hicieron gran uso de ellos para el transporte de hombres y equipo y como caballería en el combate. El general Edmund Allenby uti-lizó unos 60000 camellos en su victoriosa campaña contra el ejército turco durante la I Guerra Mundial. El dromedario es superior al caballo o al mulo como transporte militar en las regiones desérticas.

11.- Aunque el Edom bíblico se extiende desde el Mar Muerto hasta la cabecera oriental del Mar Rojo, en la historia judía y romana se entiende por Idumea la parte septentrional de la Arabia Pétrea y la meridional de Judea hasta Hebrón.

12.- VÁZQUEZ HOYS, op.cit.p.876.

13.- AMIANO MARCELINO XIV, 8,13. La moderna investigación tiene sus dudas sobre el origen de estos pueblos. Cfr. NEGUEV, A. en ANRW II, 8, pp.520-686.

14 Sobre las legiones romanas en Arabia, la Legio III Cirenaica, la VI Ferrata, la I Parthica Philippiana y la IV Martia, así como los correspondientes auxilia y otros efectivos cf. SPEIDEL, M.P.: «The Román Army in Arabia», ANRW II, 8, pp. 687- 730.

15.- ABDIAS 1, 3-4.

16.- El origen de los nabateos sigue siendo una cuestión abierta, ya que como casi todos los nómadas del Próximo Oriente, su génesis es, por ahora, desconocida.

17.- VÁZQUEZ HOYS, A. Ma., op. cit. Mapa n° 54.

18.- VÁZQUEZ HOYS, A. Ma., Grecia desde el siglo IV. Alejandro Magno. El helenismo. Madrid, CU 118, tomo II, 1994, passim

19.- Cfr.NEGEV, en ANRW 17, p. 662.

20 BROWNING, I.: Jerash and the Decapolis. London 1982, fig. 44, p. 108.

21 AVI-YONAH, M. STERN, E.: Encyclopedia of Archaeological Excavations in the Holy Land. Oxford 1978; BUCKINGHAM, J.S.: Travels in Palestina , through the Countries of Bashan and Gilead, London 1821; BURCKHARDT, J.L: Travels in Syria and the Holy Land, London 1822; LABORDE, L. de: Voyage de la Syrie, París 1837.

Dique iraní obliga a arqueólogos a trabajar contrarreloj

Por Christian Oliver, Reuters, 22 de diciembre de 2004, 11h19

TEHERAN - Los arqueólogos están excavando en un cañón iraní, esforzándose para aprender todo lo que puedan sobre los alrededores del "Camino Real" de la antigua Persia antes de que queden sumergidos.

Los arqueólogos iraníes dijeron que las excavaciones del martes en el valle Tang-e Bolaghi han descubierto una franja adoquinada del "Camino Real" que conectaba las ciudades de la antigua Persia desde Persépolis en el sur de Irán a Sardis, actualmente en el oeste de Turquía.

Han señalado 129 sitios de interés en el desfiladero junto al antiguo camino, que van desde hallazgos prehistóricos a restos de la era de la monarquía Qajar que cayó en 1925.

El cañón quedará inundado cuando el Ministerio de Energía inaugure allí un dique, probablemente en febrero del 2006, como parte de los planes de la República Islámica para ayudar a los granjeros en el seco sur de Irán.

Mohamad Hasan Talebian, director del grupo de investigaciones de "rescate arqueológico", dijo que los lugares tienen una riqueza de información del pasado de Irán.

"Uno puede ver claramente los pensamientos no revelados de las personas del pasado en Tang-e Bolaghi", dijo a Reuters. "No estamos en la posición para decir 'no hagan ese proyecto' pero podemos retrasar el proceso de construcción", agregó.

La apertura del dique había sido programada para marzo del 2005, pero Talebian alabó al ministerio de Energía por postergar la fecha de inauguración para principios del 2006.

El arqueólogo agregó que esto daría a los ocho equipos extranjeros, incluidos franceses e italianos, una oportunidad de trabajar en la excavación arqueológica necesaria antes de la inundación.

COMO VIVIAN LAS PERSONAS

Muchos de los hallazgos son de la dinastía Aqueménida, el clan de reyes que incluye a Darío y Jerjes, famosos por sus guerras contra Grecia en los comienzos del siglo V antes de Cristo.

Los turistas llegan en grandes cantidades a Irán para ver los imponentes palacios y templos Aqueménidas en Persépolis pero los arqueólogos creen que el Tang-e Bolaghi podría ofrecer una mirada a la vida de todos los días bajo los opulentos monarcas de largas togas.

"Desgraciadamente la información relacionada con las personas es muy escasa", dijo el arqueólogo Shahram Zare, a quien le parece que las claves de la vida diaria en los tiempos de los Aqueménidas podrían estar en el desfiladero.

Los arqueólogos describen la región como habitada en su mayoría por pastores nómadas, que construían refugios que compartían los hombres y el rebaño que se ha modificado poco en los últimos dos milenios y medio.

Se han encontrado dos grandes estructuras con capiteles de columnas que sugieren que pudieron haber sido palacios o casas de funcionarios importantes. Uno se perderá bajo 11 kilómetros cuadrados de un lago que llegará a 13 kilómetros cuadrados en el invierno.

El otro estará en el borde de un nuevo embalse, y la tierra alrededor de sus cimientos será empapada por el agua.

Masoud Azarnoush director de investigación arqueológica en la Organización de Herencia Cultural estatal se mostró estoico ante la inundación del valle, tan sólo a unos pocos kilómetros de la tumba del siglo VI a.C. del creador del imperio, Ciro el Grande, en Pasagarda.

"Estamos perdiendo una herencia humana irremplazable aquí pero también tenemos que tener en cuenta el destino del país y de las personas", afirmó.

Uno de los arqueólogos estaba aun más alegre cuando se le preguntó si estaba triste por la inundación inminente.

"Totalmente opuesto, estamos contentos porque nos dieron este tiempo para investigar", dijo Mohammad Taghi.

Arqueólogos de la UC estudian en Siria el origen de la agricultura

Arqueólogos de la UC estudian en Siria el origen de la agricultura

Gracias a las fotografías de un satélite espía de los EE UU han hallado 14.000 yacimientos y ciudades de muertos

Por SERGIO SAINZ/SANTANDER, Diario Montañés, 22 de diciembre de 2004

EN FAENA. Arqueólogos estudian sepulturas megalíticas.

Estudiar el origen de la agricultura allí donde se inventó, en Oriente Próximo. Con este objetivo, un grupo de arqueólogos del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de la Universidad de Cantabria viajó a Siria, donde han localizado 50 yacimientos arqueológicos de hasta 14.000 años de antigüedad en la región de Homs. Para ello contaron con el apoyo del Gobierno sirio y una serie de fotografías que tomó durante la Guerra Fría 'Corona', un satélite espía de los EE UU, cuyas imágenes fueron desclasificadas por la Administración Clinton.

Ahora los científicos de la UC, junto a expertos de la Universidad de San José de Beirut y de la Dirección General de Antigüedades del Gobierno sirio, han recuperado esas fotografías para estudiar el pasado de la región de Homs, una zona poco conocida, pero que fue muy importante en la antigüedad por su situación geográfica, ya que es el paso natural entre el valle de Beqaa y el valle del Eufrates y entre la costa mediterránea y los desiertos interiores sirios. En esa zona de Oriente Próximo nació la agricultura unos 10.000 años antes de Cristo.

Hallazgos

Entre los numerosos hallazgos del grupo de expertos se encuentran restos de un poblado natufiense datado provisionalmente entre los años 12.000 y 13.000 antes de Cristo y un yacimiento neolítico posterior.

El primero corresponde al momento en el que los últimos cazadores-recolectores comenzaban a experimentar con cereales y leguminosas silvestres, y en él han aparecido varios útiles de basalto, como morteros, muelas, almireces y contrapesos de palos cavadores, relacionados con las primeras prácticas agrícolas. El segundo es posterior y pertenece a la época en la que la agricultura estaba ya plenamente inventada. En él, se ha hallado una hoz de pedernal y varias laminillas de obsidiana.

Gracias a las fotografías del 'Corona', los arqueólogos también pudieron identificar numerosas lomas de hasta 30 metros de altura y varias hectáreas de superficie formadas por la superposición de poblados humanos a lo largo de siglos y extensas necrópolis, con centenares de tumbas. Así, en las cercanías del valle del río Orontes se han encontrado «auténticas ciudades de los muertos», con centenares de túmulos y monumentos funerarios.

Los científicos de la UC aseguran que el trabajo por realizar es «enorme», y que «no se puede retrasar demasiado», porque la maquinaria pesada de la agricultura moderna está destruyendo los yacimientos.

Una primera piedra en la investigación

El equipo de arqueólogos ya piensa en su próximo regreso a Siria para continuar con las investigaciones. Sus objetivos serán localizar nuevos yacimientos y documentarse sobre las necrópolis megalíticas.

Ángel Arizméndiz, uno de los miembros del grupo, confía en hallar testimonios históricos que ayuden a comprender mejor los cambios sociales que impulsaron a los cazadores recolectores nómadas a asentarse y a empezar a cultivar la tierra.

La guerra de Troya en la Ilíada de Homero

La guerra de Troya en la Ilíada de Homero

“Pues bien detén a los demás troyanos y a los aqueos todos, y dejadnos en medio a Menelao y a mí para que nos enfrentemos. Helena y sus riquezas serán el premio del combate: el que venza, demostrando ser el más fuerte, lleva a su casa, como es de justicia, a la mujer con todas sus riquezas. “ (Canto Tercer/ Ilíada/ Homero)

La guerra de Troya y su continuación constituye uno de los núcleos más importantes de las denominadas leyendas heroicas, en las que según la tradición se inspiró Homero, el más antiguo poeta griego conocido ( s. VIII a. C.), para componer los dos grandes poemas épicos: la Ilíada y la Odisea, gracias a los cuales, y a las fuentes de aquel acontecimiento que nos han llegado podremos reconstruir paso a paso aquella importante lucha. La Guerra de Troya , relato “épico”, no es exactamente ni mítico ni histórico: se sitúa en la encrucijada del mito y de la historia, y participa, simultáneamente, de las características de ambos. Por tanto, es posible pasar del mito a la leyenda, y de la leyenda a la historia.

Helena se casa con Menelao, rey de Esparta.

Una vez que los Dióscuros salvaron a Helena, y ésta regresó a Lacedemonia, su padre Tindáreo consideró que había llegado el momento de entregarla en matrimonio. Convocó a los pretendientes a una asamblea, acudiendo un número muy importante de ellos. Para que no quedaran descontentos los no elegidos, y siguiendo el consejo de Odiseo, propuso que fuera la propia Helena la que eligiera y que, si alguien intentaba alguna acción contra la bella Helena, todos debían unirse para castigar al usurpador. Helena eligió a Menelao, el rey más opulento de los griegos.

El Juicio de Paris, y el rapto de Helena.

Se celebraban las bodas de Peleo, rey de Ptía en la región de Tesalia, con la nereida Tetis, y a la ceremonia fueron invitadas todas las divinidades, a excepción de Eris ( la Discordia). Durante el banquete apareció Eris y, dirigiéndose al cortejo de diosas allí presente, les arrojó con desprecio una manzana de oro en la que podía leerse: “regalo para la diosa más hermosa”. Tras una serie de exclusiones, la elección quedaría reducida a: Hera, Atenea y Afrodita. Éstas solicitaron de Zeus que actuara de árbitro en la concesión del preciado premio, pero éste, sugirió que fueran a buscar a Paris, (hijo de Príamo, rey de Troya) experto en estas lides, que apacentaba en el monte Ida los rebaños reales de la ciudad.

Un oráculo había predicho a Príamo que su hijo causaría la ruina de su familia y de su ciudad, y por eso el rey resolvió alejarlo, obligándole a realizar un oficio de pastor, no acorde con su condición de príncipe. Paris compartía su vida sentimental con la ninfa Enone, y su padre Príamo hacía tiempo que no sabía de él.

Cierto día Paris ve aparecer ante él las bellísimas figuras de las tres grandes diosas, que le expusieron el objeto de su visita. Una a una le intentaron sobornar con promesas muy sugerentes: Hera le prometió el poder sin límites, Atenea, la sabiduría y, por último, Afrodita, el amor de la mujer más bella de aquel entonces. Paris que tenía ya fama de ser un mujeriego, no dudó un instante y concedió la manzana a la diosa del amor. Así fue el famoso Juicio de Paris, inmortalizado por las artes, y cuya decisión sería el origen y causa de la Guerra de Troya.

La mujer más bella era Helena, pero existía un problema: estaba casada con Menelao, rey de Esparta, por muerte de su suegro Tindáreo. Sin embargo, Afrodita condujo a Paris a Esparta, donde Menelao y Helena atendieron maravillosamente al huésped ( las leyes de hospitalidad en aquella época eran sagradas), sin sospechar nada. Menelao tuvo que ausentarse a Creta para estar presente en las exequias del rey cretense Catreo, y Helena tuvo que reemplazar a su esposo en las funciones de anfitrión. Afrodita hizo el resto : Helena se entrega irremisiblemente a los encantos del huésped.

Cuando Menelao regresó se encontró con la desagradable nueva de que se habían marchado “ los enamorados” hacia Troya. Sus lamentos estremecieron no sólo al Peloponeso, sino a toda Grecia. La afrenta fue mayor, pues Paris se había aprovechado de las leyes de hospitalidad para conseguir su objetivo. Entonces Menelao, apela al juramento realizado por los príncipes griegos cuando Helena le había escogido, les convocó a todos ellos para hacerse a la mar y reducir a cenizas a la ciudadela de Troya.

Sin embargo, no fue sólo el rapto de Helena el motivo del conflicto bélico, sino que en primera instancia por el odio que Hera y Atenea sintieron contra Paris al verse postergadas, jurando venganza sobre él y el pueblo troyano, por extensión.

Preparativos para la guerra.

Según algunas versiones, durante el viaje de regreso a Troya, Paris y Helena sufrieron las iras de Hera, que desvió la nave en la que viajaban hacia la ciudad fenicia de Sidón ( actual Libano). La Ilíada alude a este episodio. Parece ser que algún hermano de Paris le instó a que devolviera a Helena a su esposo, por los grandes males que su rapto acarrearía. Pero Príamo que, ya anciano, por fin recuperaba a su hijo Paris, tras su largo ostracismo por culpa del oráculo, decide que se queden, y poco después se celebró la boda.

Agamenón, hermano del ultrajado Menelao, fue nombrado jefe supremo de la expedición contra Troya. Primero, intentaron con embajadores exigir la inmediata devolución de Helena. Pero Príamo aprobó la conducta de su hijo, y les recordó que los mismos griegos en otro tiempo habían raptado a diversas princesas, e incluso a Hesíone, su propia hermana. Regresan los embajadores con la negativa de Príamo. Entonces se inician los preparativos para la guerra. Agamenón reúne una extraordinaria flota , con los más importantes príncipes de toda Grecia, incluso los dos más reticentes al principio: Odiseo y Aquiles. En efecto, Odiseo, casado con Penélope y con un hijo, Telémaco, al saber que lo andaban buscando, simuló haber perdido la razón y con ropa de campesino fingió sembrar sal en sus campos en lugar de trigo. Pero el emisario utilizó otra estratagema: colocó a su hijo Telémaco delante de la reja del arado de su padre, con lo que Odiseo no tuvo más remedio que girar la reja del arado, salvando así a su hijo de una muerte segura, pero a la vez demostrando que estaba cuerdo. Como el juramento era sagrado, Odiseo, a regañadientes, siguió al mensajero.

Aquiles, por su parte, era hijo de Peleo, y de la nereida Tetis. Cuando nació Aquiles, su madre lo sumergió en la laguna Estigia, haciéndolo invulnerable, salvo por la parte por donde lo había sujetado. ( otra versión nos cuenta que queriendo hacer inmortales a los hijos que va teniendo, Tetis los arroja recién nacidos al fuego, a escondidas de Peleo. Así perecieron seis hijos. El séptimo sería Aquiles. Tetis se dispone a hacer lo mismo, pero Peleo, se lo arrebata. Tetis confía luego su hijo al centauro Quirón para que se encargue de su educación)

La nereida sabía que si su hijo iba a la guerra perecería. Por ello lo disfrazó de mujer y lo envió a la corte del rey Licomedes. Agamenón encargó a Odiseo que averiguara dónde se hallaba escondido Aquiles. Odiseo se disfrazó de mercader ambulante y se presento en el palacio de Licomedes. Todas las mujeres y muchachas quisieron comprar al improvisado vendedor muñecas, cosméticos y abalorios femeninos, excepto Aquiles que, despreocupado, se fijó en unas espadas y puñales que el astuto Odiseo había ocultado entre las otras prendas femeninas. Y así descubrió el engaño, y le instó a que se incorporara a la flota hacia Troya.

Homero refiere que la flota griega se componía de 1070 naves. Según el historiador Tucídides, el ejército lo componían 75.000 combatientes. Agamenón, rey de Micenas, sería el caudillo supremo.

En la Ilíada se nos indica un largo catálogo de los pueblos helénicos que participaron en la guerra, entre otros: arcadios, atenienses, espartanos, beocios, cretenses, eubeos, itacenses, mirmidones, tesalios, etc.

Por lo que se refiere a los troyanos, tuvieron como aliados a los siguientes- algunos mítico-legendarios- : amazonas, ciconios, dardanios, frigios, pelasgos, persas, etíopes, etc. Los propios dioses se dividieron en dos bandos:

a) Poseidón, Hera y Atenea: ayudarán a los griegos.
b) Afrodita y, ocasionalmente, Ares y Apolo a los troyanos.

Zeus prefirió mantenerse neutral, aunque al principio manifestó predilección por Héctor, hijo de Príamo y hermano del raptor Paris, el más valiente de los jefes troyanos.

Sacrificio de Ifigenia, hija de Agamenón.

La flota griega se reunió en el puerto de Áulide, aguardando los vientos favorables para atravesar el Helesponto. Pero los dioses no se mostraron favorables con sus deseos. Los soldados griegos comienzan a impacientarse, y cunde el desánimo en las tropas. Consultado el adivino Calcante, éste,tras hacerlo al oráculo, manifestó que la diosa Ártemis se hallaba ofendida con el rey Agamenón por haberla querido emular en la caza matando a una liebre consagrada a ella y no haberla ofrecido sacrificios. Debería apaciguar a la diosa con el sacrificio de su propia hija Ifigenia.

Agamenón rechazó rotundamente la idea. Sin embargo, terminó por acceder, a instancias sobre todo de su hermano Menelao y al comprender, tanto él como los demás príncipes que se debía acatar el oráculo. Ifigenia, engañada, llega al altar para ser sacrificada. En el instante supremo del cruel martirio, Ártemis, compadecida, sustituyó a la doncella por una cervatilla ( ¿ sacrificio de Isaac en versión mitológica?). Ifigenia fue llevada a Táuride ( actual península de Crimea), en donde la diosa la convirtió en su sacerdotisa.
El viento se hace favorable y la flota puede zarpar hacia Troya.

La cólera de Aquiles.

Al cumplirse el 10þ año de la guerra, Troya se hubiera rendido ya por falta de agua y provisiones, y de ayuda exterior. Pero, entonces en el campo griego estalló la discordia, una vez más con una mujer como causa. Sucedió que los griegos habían hecho prisionera a la bella Criseida, hija de Crises, sacerdote de Apolo. Agamenón, lleno de soberbia, esgrimió el derecho que le daba el hecho de ser caudillo supremo y se quedó con la joven como botín. El anciano sacerdote se presenta ante el campamento griego, y solicita la devolución de su hija, como único sostén de su vejez. Agamenón lo rechazó bruscamente. Críses entonces suplica a Apolo. Éste atendió las súplicas de su ministro y desde lo alto empezó a disparar sus ardientes fleches ( la peste), que diezmaron el ejército griego. Se extendió la peste por el campamento griego y las piras ardían sin descanso.

Por consejo de Aquiles se reunieron los jefes griegos en asamblea. Convocaron al adivino Calcante y le interrogaron sobre el origen de la cólera de Aquiles. El sacerdote expuso su temor en confesarla, a menos que Aquiles no garantizara su seguridad. Finalmente Calcante afirmó que el mal sólo desaparecería si Criseida era devuelta a su padre Crises. Agamenón se vio obligado a ceder a regañadientes. Devuelve a Criseida, pero encarga a dos hombres que se dirijan a la tienda de Aquiles y se lleven a su esclava Briseida, de quien el propio Aquiles estaba enamorado. Éste les tranquilizó a estos emisarios, pero les advirtió que Agamenón pagaría caro su atrevimiento. Desde ese momento Aquiles se negó a participar en la lucha, encerrándose en su tienda. Su propia madre Tetis le espoleó en su decisión, con el fin de salvar también el hado que pendía sobre su hijo.. A requerimiento de éste se presentó ante Zeus para que protegiera a los troyanos. Zeus consintió , aunque temía la cólera de su esposa Hera, dedicada a favorecer al bando griego, y aparentaba mostrarse neutral.

Durante los meses que duró la ausencia de Aquiles, los combates entre griegos y troyanos se sucedieron, llevando los griegos su peor parte. De pronto los dos bandos deciden parar y resolver que la contienda se decida entre el ofendido, Menelao, y el ofensor, Paris, en un combate singular. Éste, espoleado por su hermano Héctor, sale a combatir de la mejor manera que sabe: arrojó una lanza a Menelao que detuvo con su escudo. Cuando estaba a punto de sucumbir a manos de Menelao, Afrodita, su benefactora, se lo lleva del combate escondido en una nube, y regresa al lecho conyugal. Ambos ejércitos convinieron que, por la huida de Paris, Menelao era el justo vencedor; y los troyanos hubieran devuelto a Helena, si Hera y Atenea no hubieran instigado a los troyanos. Así, un soldado de los troyanos no aguantó más y disparó una flecha sobre Menelao. La improvisada tregua se rompió, y continuó la guerra.

Muerte de Patroclo, y venganza de su amigo Aquiles.

Afrodita acude en ayuda de su hijo Eneas, cuando éste –el más valiente de los troyanos después de Héctor- estuvo a punto de perecer ante la acometida de Diomedes, quien llegó a herir a la diosa. Ésta abandonó a su hijo. Refugiandose junto a su padre Zeus en el Olimpo. Apolo sustituyó a Afrodita, salvando a Eneas y llevándoselo envuelto en una nube a la ciudad de Pérgamo, en donde su hermana Ártemis le curó la herida . Eneas no podía morir, pues el destino le había reservado que de su estirpe nacerían Rómulo y Remo, fundadores de Roma. Diomedes se creció y, animado por Hera, hirió por segunda vez al mismísimo dios de la guerra Ares. Atenea guió la lanza del héroe. El dios de la guerra tuvo que abandonar el campo de batalla. Zeus recordando la promesa hecha a Tetis, inclinó la balanza a favor de los troyanos. Héctor, gracias a esta ayuda divina, consiguió que los griegos se refugiaran junto a sus naves. Los griegos, reunidos en asamblea, deciden con Agamenón a la cabeza regresar a Grecia. Pero Odiseo le instó que debía de una vez por todas devolver a Briseida a Aquiles, para poder deponer su cólera. Agamenón prometió que así lo haría, pero Aquiles no se fió de tal promesa y también se preparaba para el regreso. Hera, entre tanto, roba el cinturón de Afrodita, y distrae a Zeus de la lucha. Acusa a Poseidón de haber sido artífice de la victoria momentánea de los griegos. Zeus ordenó a Iris que le comunicara a Poseidón que se retirara del lugar para que así se cumplieran sus deseos. Patroclo corrió hacia la tienda de su amigo Aquiles y le solicitó que depusiera su cólera y saliera a defender el campamento griego. Ante la negativa de éste , porque deseaba preservar su honor mancillado, Patroclo le pidió por lo menos que le dejara vestir su armadura. Con ella consiguió que los troyanos le tomaran por el mismísimo Aquiles. Pero de pronto se encontró con su destino, y con Héctor, que con ayuda de un mortal, Euforbio, un dios, Apolo, y él mismo consiguen arrebatar la vida de Patroclo. Éste previamente había matado a un hijo de Zeus, el troyano Sarpedón.

Cuando le comunicaron a Aquiles la muerte de Patroclo su dolor no tuvo límites. Su primera intención fue quitarse la vida, pero su madre, presurosa, acudió a ayudarle. Decidió entonces vengar la muerte de su amigo. De este modo la cólera de Aquiles llegó a su fin, transformándose en ira exacerbada hacia Héctor. Tetis, muy a su pesar, trajo a su hijo nuevas armas fabricadas por el propio Hefesto. La aparición de Aquiles en combate cambió el signo de la batalla: eran los troyanos los que retrocederían hacia la fortaleza de Troya. Héctor decidió retar a Aquiles a un combate singular, sabiendo que ese sería el último combate de su vida. La última despedida de su esposa Andrómaca y de su hijo, Astianacte, conmovedoras, no consiguen que el héroe deponga su actitud.

El Destino había dispuesto para Héctor su muerte a manos de Aquiles. Los dioses reunidos en asamblea, y Zeus , extendiendo una balanza de oro, puso en los platillos dos pesas, observando que el platillo de Héctor descendía hacia el Hades.

Apolo, muy a pesar suyo, tuvo que abandonar a su protegido. Héctor en el combate comprendió que los dioses le habían dejado solo. Aquiles con la inestimable colaboración de Atenea consigue atravesar la garganta con la lanza a su enemigo Héctor. Aquiles, ensoberbecido, anuncia que entregaría el cadáver de Héctor a los perros. Héctor, agonizante, le suplicó que fuera devuelto a su ciudad para que se le rindieran honores fúnebres. Pero su alma se marchó al Hades, lamentando hasta los dioses su destino.

Funerales de Patroclo y de Héctor.

Aquiles, vencedor, despojó a Héctor de su armadura, ató sus pies con cordones de cuero que unció a su carro y se dirigió hacia las murallas de Troya, alrededor de la que dio tres vueltas, arrastrando el cadáver de Héctor. Además ordenó que el cadáver del héroe troyano fuera privado de los honores de sepultura y entregado a los buitres. Los gritos de dolor de Príamo y Hécuba ante la muerte de su hijo, y de todos los troyanos resonaron en la ciudadela.

En el Olimpo, el maltrato infligido a los restos de Héctor era del desagrado de la mayoría de los Inmortales y, especialmente, de Zeus. Éste envía a Iris a Troya para que recomiende a Príamo que se presente ante Aquiles con un carro repleto de magníficos tesoros y le solicite con humildad el cuerpo de su hijo. Así lo hace. Aquiles, en un principio impasible – preparaba la pira que había de consumir el cadáver de su amigo Patroclo, organizando unos solemnes funerales para éste , y los juegos que debían conmemorar su muerte- consiguieron finalmente ablandar el corazón del Pelida que, abrazando al anciano padre de su encarnizado enemigo, le entrega a su hijo para que se le tributen los honores debidos. Griegos y troyanos convienen una tregua para que se celebren sendos funerales: el de Patroclo ( los griegos) y el de Héctor ( los troyanos).

El cadáver de Héctor regresó a Troya y hubo lamentaciones durante nueve días, finalmente fue incinerado, recogiendo sus calcinados huesos y depositándolos en un sudario púrpura dentro de una urna de oro, que enterraron en una magnífica tumba. Así concluye la Ilíada, de Homero, pero la guerra continuó.

Muerte de Aquiles y de Áyax Telamón.

Lo que sucedió tras la muerte de Héctor hay que reconstruirlo a través de las leyendas heroicas posteriores, las llamadas post homéricas (algunas de ellas, más o menos fragmentadas): la Odisea, en tragedias de Sófocles y Eurípides, en la Eneida de Virgilio-. En ellos se cuenta, por ejemplo la muerte a manos de Aquíles de la amazona Pentesilea, nada menos que la hija de Ares que juraría no descansar hasta dar muerte a Aquíles.

Los troyanos quedaron tan desmoralizados que pensaron evacuar la ciudad. El Destino quiso que cuando Aquíles perseguía a los troyanos hasta las mismas puertas de la ciudad, una flecha disparada por Paris y guiada por Apolo, su tenaz enemigo, le alcanzara en el talón, su único punto vulnerable. Áyax Telamón retiró su cadáver del campo de batalla y Odiseo rechazó a los troyanos.

Los griegos celebraron solemnes honras fúnebres en honor de su mejor héroe y su madre, al oír los lamentos, acudió, formando con sus lágrimas un verdadero río. Se cuenta que después de incinerado sus cenizas se mezclaron en la urna con las de su amigo Patroclo. Tras la desaparición de su hijo, Tetis ofreció sus invulnerables armas al héroe griego más valeroso de los que quedaban vivos. (En la Pequeña Ilíada se narra el famoso Juicio de las armas) Áyax Telamón y Odiseo se disputaron la herencia, hasta que una asamblea que fuera Odiseo el vencedor con un voto de diferencia.
Áyax, sintiéndose ultrajado, se volvió loco, corriendo por el campo de batalla matando a carneros y cabras, pensando que estaba matando a Agamenón, Menelao, y el propio Odiseo. Vuelto a su sano juicio, y calibrando la burla que recibiría de sus compañeros , se arrojó sobre su espada ( regalo del propio Héctor por su valentía) Agamenón, al conocer el desgraciado fin, no quiso que un suicida recibiera honras fúnebres. Pero Odiseo, que mientras vivía había sido un noble rival, condescendió, con lo que su pira fue tan grande como la del propio Aquíles.

Introducción en Troya del Caballo de Madera: destrucción de la ciudadela. Según un oráculo, Troya sería inexpugnable mientras los griegos no consiguieran las armas de Heracles en poder de Filoctetes, y el Paladio, una estatua de Atenea, que se guardaba en la ciudadela de Troya. Odiseo, junto con Diomedes, disfrazados, consiguieron robar la estatua. Odiseo, con engaño, consiguió las flechas, el arco y el carcaj maravillosos de Filoctetes. Sintiendo lástima de éste, se lo llevó con él a Troya, en donde su primera acción en combate, fue herir mortalmente a Paris. A éste se lo llevaron ante la ninfa Enone, despreciada por Paris, que no le brindó su ayuda, contemplando su agonía, y suicidándose después.

Pero la idea más brillante de Odiseo fue la construcción de un enorme caballo de madera con la ayuda de Atenea. Este decisivo episodio en la historia de la guerra fue narrado magistralmente por el poeta romano Virgilio, en su obra La Eneida. En su interior ocultaron la flor y nata del ejército griego ( Odiseo, Diomedes,…Áyax el Menor,…) y lo abandonaron en la playa – se ocultaron en la isla de Ténedos, muy cerca de las costas troyanas-, mientras simulaban los demás griegos una retirada y el fin del asedio a Troya.

A pesar de las advertencias de algunos adivinos como Laocoonte ( sumo sacerdote de Poseidón) o de Casandra, hija de Príamo- no creída por el castigo infligido por Apolo a que profetizara el futuro sin que nadie la creyera-, los troyanos engañados por un espía griego, Sinón, deciden introducir el caballo en la ciudad. Completamente desprevenidos los troyanos pelearon su última batalla. La mayor parte de ellos fueron pasados a cuchillo, especialmente hombres, niños y viejos; las mujeres, como era costumbre, fueron respetadas, salvo las pobres y viejas. Las demás, como Hécuba y Andrómaca, sirvieron como esclavas para el vencedor.

Los griegos abusaron de la victoria, y se hicieron odiosos a los mismos dioses. La profetisa Casandra estuvo a punto de ser violada por Áyax el Menor, la irritada Atenea castigó tal osadía sumergiendo la nave de Áyax cuando regresaba a su patria. También tuvieron suerte dispar otros griegos al regreso del asedio: Agamenón, asesinado por su esposa y el amante de ésta; Menelao y su esposa Helena; Odiseo, etc. De entre los troyanos un caudillo, Eneas, logró salvarse con su familia – salvo su esposa Creusa- Cuando los griegos se marcharon, Eneas y los suyos embarcaron rumbo a las costas de Italia con el fin de fundar una nueva Troya, y con el unánime beneplácito de los dioses.


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Helena
En noche de traición y de misterio
cayó en los brazos del recién venido,
y huyeron ambos, sobre el mar dormido,
sacudiendo las bases del imperio.
Fue trágico y fatal el adulterio,
pues la víctima fue, no ya el marido,
sino el flujo de muerte inextinguido
que hizo de Troya un vasto cementerio.
Los ancianos del reino protestaron
la situación extrema y tan aguda
por sólo una mujer que nunca vieron.
Cuando ella apareció, tal la admiraron
que se desvaneció al punto la duda,
y aceptaron la guerra que opusieron.

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Arqueología de Troya

Troya VIIa

Este asentamiento, fechado entre el 1275 y el 1240 a.C. por Blegen, puede de hecho haber comenzado tan temprano como en el 1325 a.C. (en los inicios del periodo LH IIIB, a juzgar desde el Micénico último, importaciones en las ruinas de Troya VI) y durado hasta el año 1190 a.C. (en los inicios del período LH IIIC, en base del Micénico último esparcido en sus ruinas), a pesar de el hecho que tradicionalmente se ha argumentado haber sido un corto, pero vivo asentamiento sobre los terrenos que en ningún otro substrato se han detectado.

La fecha de su destrucción ha sido un tema acaloradamente discutido. Blegen comenzó por argumentar la fecha del 1240 a.C., pero luego la llevo al 1270 a.C. Nylander ha argumentado una fecha de destrucción entre los años 1200 y 1190 a.C. en base del Micénico último, los cuales y más recientemente Mee incluye a Troya VIIa en el LH IIIC. Podzuweit ha abogado una fecha aun anterior. Si nosotros acordamos con Blegen, Dorpfeld, Schliemann, y muchos otros ese Hissarlik es el sitio de la Troya Homérica (pero vea más adelante para argumentos de Carpintero contra esta posibilidad) y si nosotros consideramos la Troya de Guerra del mito Griego como un suceso histórico, entonces Troya VIIa es la candidata más probable para la ciudad de Priamo.

Luego Griegos fecharon la Troya de Guerra como se indica a continuación: 1184 a.C. (Eratostenes), 1209/8 a.C. (el Parian de Mármol), 1250 a.C. (Heródoto), y 1334/3 a.C. (Douris). Troya VIIa sucumbió en una conflagración general que destruyó ambos edificios, los de adentro de la ciudadela y los de afuera.

Las Fortificaciones

Las fortificaciones derrumbadas de Troya VI se reconstruyeron. En el área de la puerta oriental (VI S) entre las Secciones 2 y 3, una extensión sur agregada a la Sección 2 hizo el enfoque a esta puerta más difícil para los atacantes. La albañilería de esta adición, mucho menos regular que la característica de las fortificaciones de Troya VI, se utilizaron muchos de los bloques caídos desde las paredes de Troya VI. Se reparó la puerta sur principal (VI T) y el pavimento intrincado al pasaje de entrada además de la instalación de un desagüe debajo del pavimento. También se emprendieron las reparaciones extensivas a la porción sudeste y sur de la pared (las Secciones 3-4).

La Arquitectura Doméstica

Como en el caso de Troya VI, la única arquitectura conservada dentro de las paredes se encontró sobre los dos terraplenes bajos de los anillos de terraplenes concéntricos que caracteriza la Edad de Bronce Alta y Media en la ciudadela de Troya. Algunas de las moradas grandes de Troya VI se reconstruyeron y rehusaron, pero muchas habían sido demasiado dañadas por el sismo que demolió Troya VI y se construyeron simplemente encima.

Dentro de la ciudadela de Troya VIIa se construyeron mayor cantidad de casas, comparando con las moradas de Troya VI. Ellas tienden a poseer de una a tres habitaciones, estructuradas de tal manera que comparten sus paredes y son irregulares en el plano. Las casas sobre el terraplén bajo se construyeron contra la cara interna de la pared de fortificación, violando así un principio defensivo que se mantuvo en Troya VI.

Las casas de Troya VIIa son bastantes robustas y de ninguna manera pueden ser consideradas "cabañas débiles" , aunque no existe material no natural incorporado a lo derrumbado del edificio de Troya VI. Los pisos de muchas de estas casas están agujereados por fosos excavados para el almacenaje de grandes pithoi en un nivel más bajo del terreno. Estas pithoi se sellaron en la cima por porciones de piedra, pero la presencia de los fosos ocasionalmente debilitó el piso, ya que en algunos casos el piso aparece derrumbado. El nuevo piso ocasionado por este desplome se ubica solo en la casa de Troya VIIa que ha conservado evidencia de tres pisos distintos, un hecho que, junto con la rareza relativa de edificios con dos niveles separados de piso, se ha considerado un argumento en favor de una vida corta para el arreglo como una totalidad. El abastecimiento de agua dentro de el área encerrada por las paredes consiste de un buen adoquinado, canal aparentemente público justo al este de los sobreconstruidos cimientos de Casa VIF y del aljibe grande o bien de la Torre VI g, reconstruido después de el sismo que destruyó Troya VI. Los restos de varias casas afuera de las paredes (Casas 740-741 al sur de la Casa y puerta oriental 749 en el sudeste) indican que un pueblo más inferior se extendió más allá de las paredes de la ciudadela en Troya VIIa como en Troya VI.

Restos de esqueletos

Los fragmentos de una calavera humana encontrados dentro de la Casa 700 justo dentro de la puerta sur (VI T) puede pertenecer al mismo individuo del que los huesos humanos fueron descubiertos fuera de la misma casa. Una quijada más pequeña, probablemente de un varón adulto, fue encontrada en los escombros del piso de la Casa 741, afuera de la ciudadela al este. Un esqueleto completo, aunque claramente no sepultado, se descubrió en lo alto de un estrato que contiene la alfarería del tipo de Troya VI y VIIa afuera de las fortificaciones, al oeste. Estos huesos humanos, aunque no los representativos de un número grande de individuos, presumiblemente pertenezca a casualidades de la destrucción de Troya VIIa. Es notable en que no existen restos de esqueletos humanos en los escombros de la destrucción de los niveles más tempranos de Troya (especialmente los de Troya IIg y Troya VI) y son indicadores del fracaso de los supervivientes de la catástrofe final que sucedió a Troya VIIa para recuperar y sepultar todas sus víctimas.

Alfarería y hallazgos diversos

La alfarería de Troya VIIa es apenas distinguible de la de Troya VI. Los pocos aspectos nuevos incluyen la presencia de un sombrío desliz en la alfarería, un jarrón con nueva forma (A 52), y una cantidad significativamente menor de alfarería Micénica importada, tales importaciones siguen luego de la fecha en Troya VI. Los hallazgos diversos encontrados en Troya VIIa son enteramente indistinguibles de los de Troya VI.

Las Conclusiones

La cultura material de Troya VIIa es esencialmente idéntica al del arreglo precedente, y los residentes de Troya VIIa eran por lo tanto presumiblemente los supervivientes del sismo que nivelaron Troya VI y sus descendientes inmediatos. La diferencia principal entre las ciudadelas de Troya VI y Troya VIIa yace en el uso del espacio dentro de las fortificaciones. Los excavadores argumentan que la población aumento mucho y buscó protección dentro los muros de Troya VIIa, presumiblemente como resultado de alguna amenaza externa. La preocupación de esta población por el espacio de almacenaje subterráneo de los pithoi ha sido adicionalmente interpretada para reflejar un estado de sitio al final de Troya VIIa.

La destrucción violenta de Troya VIIa se ha interpretado como evidencia del fracaso de los habitantes de la misma para resistir el asedio contra el que ellos se habían preparado; aparentemente por sí mismos. La destrucción en sí misma se ha interpretado invariablemente como el producto de agentes humanos. Las diferencias arquitectónicas entre la Troya de las ciudadelas de fases VI y VIIa puede, sin embargo, ser interpretada de otras maneras. Así, por ejemplo, Troya VI puede inspeccionarse como una ciudadela dentro de la cual vivían solo los gobernantes principales, siendo de posterior data los ocupantes de las moradas grandes sobre los terraplenes más inferiores. La masa de la ciudadanía habría vivido fuera de las paredes, en el pueblo recientemente descubierto (más inferior en este período) y/o en aldeas agrícolas pequeñas, alrededor de la llanura Troyana.

En Troya VIIa, un buen negocio para esta ciudadanía la había movido aparentemente dentro de los muros, pero este cambio no necesariamente refleja un período de asedio y podría representar simplemente un cambio importante en el orden de la sociedad Troyana. Quizás Troya VIIa era mandada nomás por un monarca, mientras la clase aristocrática que había ocupado las moradas de Troya VI, se habría eliminado a sí misma. Después de todo, la evidencia de cambios sociales similares puede citarse desde el territorio continental Griego, donde los palacios desaparecen como entidades de funcionamiento, al final de el periodo LH IIIB. Si el asedio había sido un interés importante de los ocupantes de la ciudadela de Troya VIIa, uno se pregunta por qué cualquier edificio de este período se construyó fuera de los muros en pequeñas pero no obstante perceptibles "aldeas inferiores".

La declinación en la cantidad de alfarería Micénica importada en Troya VIIa se ha inspeccionado como confirmando una noción preconcebida de identidad de los atacantes. Que es, si los atacantes habían sido Micénicos, apenas sería sorprendente que la cantidad de alfarería Micénica importada en Troya debería haber declinado. Sin embargo, es un hecho la cantidad de alfarería Micénica importada desde el territorio continental Griego durante el periodo LH IIIB, reducciones características en otras áreas (p. ej. Chipre, el levante) así como también en Troya. Puede por lo tanto ser argumento que el comercio extranjero Micénico estuvo en una caída general durante este período, y que esta caída es tan probable como un asedio hipotético a Troya por Micénicos, como una explicación para la muerte de la alfarería o cerámica Micénica importada en Troya VIIa.

Es también cierto que esa alfarería identificable sobre terrenos estilísticos como "Micénicas" se produjo sobre un área grande del Egeo durante el período en cuestión, no simplemente a lo largo de el territorio continental Griego sur, sino también sobre el Egeo central y el oriental en islas y en sitios Asia menor sur occidental tal como Mileto. Permanece para establecerse cuánta alfarería Micénica importada en Troya VIIa viene desde el Peloponeso, cuánto desde las islas Egeas, y cuánto desde otros sitios Micénicos sobre la costa de Asia Menor.

La fecha de la destrucción de Troya VIIa probablemente yace dentro de la mitad de siglo, entre 1230-1180 a.C., aunque Blegen finalmente la exprese una generación, o mas, antes y Podzuweit ha sugerido recientemente que se debe colocar un poco después. Basándose en La Ilíada y La Odisea específicamente, y en el folklore Griego en general, los destructores de Troya VIIa tradicionalmente se han identificado como Micénicos Griegos, llegados desde el territorio continental Griego central y sur. Sin embargo, no hay nada en la evidencia arqueológica para identificar cabalmente quienes eran los atacantes. Desde luego, hay por lo menos alguna evidencia arqueológica que sugiere que los atacantes no eran Micénicos. ¿ Por ejemplo, los Griegos de territorio continental para que irían a destruir Troya al mismo tiempo que sus propios centros en el Peloponeso estaban siendo destruidos? Es posible contestar esta pregunta en el afirmativo si las destrucciones del Peloponeso eran debido a desastres naturales (p. ej. sismos, más recientemente argumentados en los casos de Tirinto y Micenas) o si ellos eran un resultado directo de la ausencia de grandes números de defensores potenciales quienes lejos sitiaban Troya,aunque ambos escenarios parezcan estar en coincidencia a sus límites.

Quizás más importante es el hecho que la "alfarería burda" de Troya VIIb1, una clase de alfarería que hace su aspecto primero en Troya inmediatamente después de la destrucción de Troya VIIa, es muy estrechamente relativo a la alfarería bruñida y hecha a mano que aparece en más o menos contextos contemporáneos del inicio del periodo LH IIIC en un número de sitios sobre el territorio continental Griego así como también en la Italia sur y Sicilia. En ninguna de estas áreas la fabricación de esta alfarería tiene antecedentes locales, y ha sido argumentado por Deger-Jalkotzy que la tal alfarería es derivada finalmente desde tradiciones cerámicas en el hogar en el área media del Danubio de Europa central. La "alfarería burda" de Troya VIIb1 puede interpretarse como identificando la artillería de Troya VIIa, una población del grupo que cruzó el Hellesponto al final de su viaje desde el Medio Danubio mediante Rumania a la Tracia Turca. Los grupos similares pueden haber sido interceptados con la artillería de Micenas numerosamente importante en sitios en el Peloponeso al final de el periodo LH IIIB.

Uno de los varios abatimientos de tal reconstrucción de sucesos, debe confesarse, es el hecho que las cantidades de "alfarería burda" en Troya VIIb1, como los de la alfarería conexa hecha a mano y bruñida en el territorio continental Griego, sitios en el principio del periodo LH IIIC, son relativamente pequeñas. ¿Jugaron los fabricantes de tal alfarería un papel tan importante en la historia militar y política, en el fin de la edad de bronce del Egeo, como algunas autoridades lo imputan?

Troya VIIb1 (1230 / 1180-1150 a.C.)

Las casas reconstruidas de Troya VIIb1 tienden a ser construidas sobre las paredes de Troya VIIa y así se tienen planos parecidos a los de la fase inmediatamente anterior. Las fortificaciones, se ha dicho, tienen que haber sido "evidentemente.... reparadas" desde las casas de Troya VIIa. La puerta oriental (VI S) de la fortaleza puede haber cerrado en este momento, pero la puerta principal en el sur (VI T) se renovó, el camino que conduce hacia arriba fue repavimentado en un nivel más alto que el de Troya VIIa.

Aunque que las diferencias en la cultura material entre Troya VIIa y VIIb1 sean afirmadas por la expedición de excavadores de Cincinnati como inexistentes, el hecho es que la "alfarería burda" de Troya VIIb1 es una novedad en este momento. Es cierto no obstante, que el remanente de la cultura Troyana aparece para tener continuidad sin ningún tipo de cambios sensibles, la alfarería importada Micénica, ahora siendo de algo después del LH IIIC de tipos. La causa del "fin" de Troya VIIb1 se llama "el misterio sin resolver ", no existe señal de ninguna destrucción general que preceda a niveles de la fase conocida como Troya VIIb2. La duración de Troya VIIb1 se estima comúnmente en cincuenta años, una vez más, principalmente en base de las importaciones Micénicas.

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El descubridor de Troya

Heinrich Schliemann sólo contaba ocho años de edad cuando su padre le hizo un regalo en Navidad que decidiría su vocación y abriría un importante capítulo en la historia de la arqueología. El regalo consistió en un libro ilustrado que ofrecía un grabado de Troya en llamas, tomada por los ejércitos de la antigua Grecia.

A partir de aquel momento, sólo una idea obsesionante ocupó la joven mente de Heinrich: descubrir los restos de Troya y demostrar a un mundo escéptico que el relato de Homero acerca del sitio no era una pura ficción poética. Pero Heinrich Schliemann sólo era entonces mozo de un modestísimo tendero y su objetivo resultaba prácticamente inalcanzable.

No obstante, con el fin de prepararse para la tarea comenzó a estudiar griego para leer a Homero en su idioma original. También necesitaba una fortuna, y en poco tiempo levantó un próspero negocio, del que pudo retirarse a los cuarenta años. Su constancia y tenacidad le habían abierto el camino para realizar su propósito.

Entonces, tan soñador como siempre, pidió al arzobispo de Atenas que le buscara la esposa ideal, una joven griega que cumpliera perfectamente cuatro condiciones: debería ser pobre, debería ser bella, debería poseer un carácter amable y debería conocer las obras de Homero. Por sorprendente que pueda parecer, encontró lo que buscaba: Sofía Engastromenos, una colegiala ateniense de16 años.

Con las hazañas de Aquiles, Héctor y Ajax muy presentes, Schliemann, acompañado de su esposa, partió en 1871 hacia los Dardanelos, en busca de la «ventosa llanura de Troya».

Acometió la búsqueda con la energía que le era característica y reunió a 80 trabajadores.

Schliemann dio crédito a una tradición local que se ajustaba a sus conocimientos de Homero y afirmaba que Troya se hallaba en Hissarlick, una montaña situada frente a la península de Gallípoli. Por entonces la arqueología no disponía de los medios actuales, y Schliemann no había excavado anteriormente. Sin embargo, el denodado entusiasta de Homero no se detenía ante las dificultades.

Sus hombres no hicieron más que abrir una profunda sima en la ladera norte del Hissarlick para inspeccionar el interior. En un momento, Schliemann tuvo ante sí una confusa masa de ruinas, que más tarde serían identificadas como los restos de 57 ciudades antiguas, una encima de otra.

Schliemann prosiguió sus excavaciones hasta descubrir lo que aseguró que eran los baluartes de seis metros de la ciudad perdida: las mismas murallas desde las que el príncipe Paris vio avanzar a las tropas griegas que vengaban el rapto de Helena.

El 14 de junio de 1873, al cabo de dos años de trabajo, un fabuloso tesoro se ofrecía ante él: un enorme acervo de 8.700 objetos de oro, copas, jarrones, pulseras, y la mayor maravilla: una diadema elaborada con 16.000 piezas de oro macizo.

Con lágrimas de emoción en los ojos coronó a su bella esposa con la diadema, la abrazó y gritó: «Cariño, este es el momento más bello de nuestras vidas. Luces la corona de Helena de Troya». La romántica escena culminaba una de las mayores apoteosis de la arqueología. Pero Schliemann estaba en un error. Aquella ciudad no era Troya, sino otra aún más antigua. Y la diadema, que pertenecía aproximadamente al año 2300 antes de J.C., correspondía a otra princesa que vivió más de 1.000 años antes del nacimiento de Helena.

Hoy se sabe que la Troya de Humero fue destruida hacia el año 1250 antes de J.C. y que Schliemann había pasado sobre sus cenizas al excavar las 57 capas.

El tesoro que había encontrado pertenecía a otra ciudad, sepultada en el fondo del gran monte estratificado conocido con el nombre de Hissarlik. Antes de morir, Schliemann tuvo noticia de su error.

Sin embargo, los arqueólogos posteriores le reconocen la gloria de haber hallado el emplazamiento de la famosa ciudad y de haber demostrado, ante un mundo escéptico, que fue centro de una esplendorosa civilización. La singular hazaña se debió al mozo de un pobre tendero, que dedicó su vida a perseguir una estrella... y casi la alcanzó.

Schliemann, el hombre que creyó en Homero

Azorín planteaba una vez que, dentro de algunos siglos, un consejo de críticos y eruditos se reuniría para decidir que Martín Fierro es un poema colectivo, de diversos autores anónimos, que una tradición de fines del siglo XX atribuyó a José Hernández, autor que en realidad no existió nunca. El problema azorinesco tenía una base real: en el siglo pasado el historiador George Grote, máxima autoridad en la materia, afirmaba en su Historia de Grecia (1846): "si se nos preguntara si realmente hubo una guerra troyana, tendríamos que contestar que, así como no puede negarse esta posibilidad, tampoco puede afirmarse su realidad. No poseemos más que el propio poema épico, sin ninguna evidencia adicional". Así en el mundo académico se planteaba la tesis de la improbabilidad de la existencia de Troya, del mundo descrito por Homero, y por ende, del mismo Homero. Pero nadie podía imaginarse que un ínfimo empleado de una empresa naviera iba a dejar sin validez las afirmaciones de los académicos, gracias solamente a su fe en la poesía. Aunque asaz conocida, creemos que será siempre conveniente rememorar la historia que empieza cuando un niño de siete años, en Ankershagen, Meklenburgo (clásico lugar de "comedores de patatas", como los llamara Rimbaud), después que su padre le lee La Iliada, se hace la promesa de ir al lugar de Troya, para sacar a la luz las ruinas cantadas por Homero, yendo, por supuesto, contra la lógica de sus mayores, para los cuales el mundo homérico era un mero mundo de ficción.

Así, pues, vemos la historia de Schliemann como la de un hombre que cree en la poesía que se le revelara en su infancia y luego como la persistencia en mantener su creencia en ella y en sus sueños será la clave de su éxito. Esta obstinación premiada nos recuerda el caso de un coetáneo de Schliemann; el cartero Ferdinand Cheval, el que después de ver en una revista ilustrada la imagen de un palacio hindú, se dedica día tras día, durante más de treinta años, a construir solo su propio "palacio ideal" —reproducción fiel del palacio hindú— que ahora se alza, como mudo testimonio de los sueños realizados, en la aldea de Hauteville, al sur de Francia.

"Tres rasgos fundamentales caracterizaban a Schliemann, señala Emil Ludwig: obsesión romántica por el pasado, determinación inflexible y tendencia a interpretarlo todo literalmente". El sentido práctico aliado a la ensoñación, la aventura aliada al orden. El joven Schliemann concibe una determinación inflexible: hacerse rico. Pero no creemos que por mero "amor al oro", como asegura Ludwig. Pues el oro era sólo el medio (como lo prueba más tarde) de cumplir el propósito clave de su vida, que va como ovillo de Ariadna, de la infancia a la madurez: desenterrar las ruinas de la antigüedad clásica.

Schliemann empieza su tarea primigenia con un fracaso: se embarca para Estados Unidos, pero naufraga frente a las costas holandesas. Náufrago, desvalido, sale del hospital y se procura un puesto de dependiente en la casa Schroeder, empresa naviera de Amsterdam. De su escueto salario, aparta la mitad para comprar libros y pagar clases de idiomas, para los cuales estaba especialmente dotado, tanto como llegar a leer y escribir catorce, uno de ellos el turco, que aprendió en dos semanas, cuando le fue necesario tratar con los funcionarios del Sultán en su primera gran empresa arqueológica. Un empleado de tal índole progresa rápidamente. Schliemann llega a ser el hombre de confianza de la casa Schroeder, y comisionado por ella recorre toda Europa y Estados Unidos, para luego independizarse. No está de más indicar que el nitrato chileno constituyó uno de los rubros principales del comercio de Schliemann, de esta manera nuestro suelo contribuyó en algo para proporcionarle los medios de su empresa grandiosa (como más tarde a Nóbel).

De pronto, Schliemann el comerciante afortunado que en sus viajes arrienda pisos enteros de los mejores hoteles, se transforma en Schliemann el arqueólogo, dispuesto a todas las privaciones. Pero antes de iniciar su tarea de resucitar Troya (y por ende, de resucitar su infancia), da una nueva muestra de su carácter sorprendente. Pues este austero comerciante, casi sexagenario, decide desposarse con una griega, que le sirva de digna compañera a su aventura. La encuentra por medio de un sacerdote ortodoxo. Ella se llama Sofía, tiene dieciséis años, y responde perfectamente las preguntas que Schliemann le hace sobre los poemas homéricos (requisito que el sabio exigía cumplir para contraer matrimonio).

En septiembre de 1871 se inicia el más monumental trabajo de arqueología de campo a esa fecha. Ochenta trabajadores empiezan a excavar, buscando las ruinas de Troya en el lugar de Hissarlik, pues Schliemann había descartado la teoría antigua que señalaba a Bournabaschi como emplazamiento primitivo. Para ello se apoyó literalmente en Homero, pues la hazaña de Aquiles de perseguir dando tres vueltas alrededor de los muros troyanos a Héctor hubiese sido irrealizable de haber estado situada la ciudad a orillas del escarpado Bali Dagh. La confianza en la palabra poética fue favorable al arqueólogo, pues tras desenterrar restos de varias ciudades, aparece una rodeada de muros calcinados, y luego, el llamado tesoro de Príamo, el 14 de julio de 1873.

Investigaciones posteriores establecieron que no era la ciudad indicada por Schliemann (la séptima) la verdadera Troya homérica, situada en un estamento anterior. Pero de todos modos la fecha del descubrimiento de Schliemann es la fecha de la apertura de una nueva ciencia: la arqueología moderna. El ejemplo del afortunado meklemburgués conmovería a miles de estudiosos y jóvenes que seguirían su camino. Uno de ellos, Arthur Evans, futuro descubridor de los restos de la cultura minoica, escribió: "Por grandes que hayan sido las hazañas e influencias políticas de Napoleón, Bismarck y Guillermo II, no pueden reclamar como Heinrich Schliemann, el haber procurado nuevas bases para las más hermosas tradiciones de la humanidad. Su profunda fe convirtió en ciertos los hechos históricos de la Troya de los dioses, los tesoros y tragedias de Agamenón, que yacían entre las ruinas y que para muchos eran sólo ficciones poéticas".

Schliemann, por cierto, no ocultó su descubrimiento. Eludió la vigilancia del Gobierno de Turquía, llevando los tesoros de Príamo a Grecia, y luego se dedicó a publicar y difundir la relación y el resultado de sus hallazgos. Para él fue desilusionante la acogida encontrada en Alemania, en los medios oficiales: "La falta de preparación arqueológica de Schliemann era para los alemanes un motivo de indignación. Por el contrario, en Inglaterra su fe ciega en la poesía de Homero encontró un gran eco", dice Arthur Evans. Así fue cómo en Albión más de treinta sociedades científicas se disputaron el honor de tenerlo entre sus miembros, y el Primer Ministro, Gladstone, se mostraba orgulloso de prologar un libro del sabio. Incansable y optimista, Schliemann reinicia, luego de una gira por Inglaterra, sus investigaciones. Ahora se dirige a la "áurea Micenas", el terreno clásico de la Tragedia, de nuevo en compañía de su esposa Sofía. Tras largas y penosas faenas, matizadas con constantes luchas con las autoridades griegas, realiza quizás el más importante de sus descubrimientos: la tumba de Agamenón, que provoca lo que se llama una tempestad polémica. Y de esas excavaciones surgen los testimonios de los enigmáticos "keftiu" (como los egipcios llamaban a los egeos), que permiten a Evans tomar el hilo que le permitió llegar a Cnossos a reconstituir los esplendores de los Minos. Después de las búsquedas en Micenas, a las que le llevó la lectura de Homero, los Trágicos, y Pausanias, Schliemann se dirige, en 1884, a Tirinto, "la de las grandes murallas", ahora en compañía de un joven ayudante, el sagaz arqueólogo Dörpfel, "uno de sus mayores descubrimientos", según acota Leonard Cottrell en su bello libro El Toro de Minos. Nuevas excavaciones y nuevos hallazgos. Después, otro rumbo: hacia Creta, donde están la gruta en que nació Zeus, el Laberinto, el palacio de Minos, Cnossos. Pero esta vez, el espíritu práctico del comerciante triunfa sobre el arqueólogo. Schliemann se niega a comprar un predio en que está situado Cnossos, pues el dueño ha tratado de engañarlo con un precio excesivo. Schliemann lo sorprende y no hace el trato. Queda así sin efectuar una tarea que emprendería años más tarde Sir Arthur Evans.

Pero la imaginación de Schliemann no envejecía. Esta vez confía en las palabras de Platón –como antes en Homero, Pausanias o Sófocles– y piensa dirigirse a México, en donde supone estuvo situada la Atlántida. La muerte lo detiene. Es cuando, contra todos los consejos médicos, viajaba en Navidad a reunirse con su familia desde Italia hasta Alemania.

Para hacer una frase retórica: Schliemann muere, pero su ejemplo sigue vivo: el de cómo un hombre que se deja guiar por la poesía y por los sueños de la infancia, o sea, alguien considerado habitualmente insensato por los círculos oficiales (como fueron considerados Stephenson, Edison, Fulton) puede conseguir transformaciones que no logran aquellos que sólo poseen erudición muerta. El hombre de imaginación, aún sin títulos oficiales, debe ser siempre considerado por las instituciones, a las que a veces un peligroso respeto supersticioso por los títulos y grados puede llevar a dañinos estancamientos. Tal podría ser la lección de la vida de Schliemann.