América
Perú. Descubren quipu con más de 4500 años de antigüedad en Caral
La ciudadela de Caral tendría más de 5000 años de antigüedad.
****** REPORTAJES FOTOGRÁFICOS *****
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EXPOSICIÓN. Los últimos hallazgos descubiertos en la ciudadela de Caral serán presentados en la Sala Plenaria del Museo de la Nación el martes 19 de julio, a las 7 de la noche.
ERA FORMA DE REGISTRO DE CULTURAS PREINCAS
El código más antiguo del que se tenía información tiene alrededor de 1500 años.
Reciente hallazgo podría cambiar estudio de la historia peruana.
Reconstruyen también rostro y características de habitante de Caral.
La historia de la humanidad estaría en proceso de reescribirse. Y es que el hallazgo de un quipu forma de registro usado por los antiguos peruanos con más de 4500 años de antigüedad demostraría que las culturas preincas tenían un grado mucho más elevado de cultura del que jamás se pensó. Un giro importante que cambiaría la forma en que estudiamos y entendemos el pasado.
En Caral
El quipu más antiguo del que se tenía registro hasta el momento databa del año 600 de nuestra era. Pero el encontrado recientemente por la arqueóloga Ruth Shady en la ciudadela de Caral (al norte de Lima) dataría de entre 2500 y 2000 años antes de Cristo.
Los quipus son ramales de cuerdas, con nudos y varios colores, con los que los antiguos peruanos daban razón de las historias, noticias y de las cuentas. Según el arqueólogo Carlos Leiva (miembro del proyecto Caral), son una forma de registro igual de válida que la cuneiforme o jeroglífica usada por los mesopotamios o los egipcios.
La forma de registro más antigua conocida es la cuneiforme que data de 3 mil 500 años antes de Cristo. Solo habría mil años de diferencia y no 4 mil 100 como se pensaba hasta hace poco entre la forma de registro más antigua conocida y la más antigua encontrada en territorio peruano.
Aunque no se ha sometido la reliquia a una prueba de Carbono 14, se ha estudiado el contexto en el que fue hallado a través de una estratigrafía estudio de la superposición de las capas naturales y de ocupación cultural que se van encontrando en la tierra al momento de hacer la excavación Esto ha permitido elaborar una cronología relativa que, debido a las características del sitio arqueológico, que no ha tenido una ocupación posterior al periodo arcaico, debería corresponder a la antigüedad supuesta.
El hombre de Caral
Por otro lado, los estudios realizados por Shady han permitido reconstruir el rostro, el peinado, la vestimenta, el calzado e investigar las fortalezas y carencias alimentarias de un habitante que vivió hace 5000 años en la ciudad de Caral. La información reunida indica que el hombre, de unos 20 años, fue sacrificado en el Templo Mayor.
Definitivamente son hallazgos que abren las puertas a todo un nuevo mundo de posibilidades que revolucionarán la historia del Perú.
Fuente: Alberto García M., La República.com, Perú, 16 de julio de 2005
Enlace: http://www.larepublica.com.pe/noticia_cs.jsp?pIdNoticia=45786&pId=7
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Las Investigaciones en Caral: Su significado y trascendencia para el Perú y el Mundo.
Ruth Shady Solís
Arqueóloga, Jefa del Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe/I.N.C.
Contactos: caral@terra.com.pe
Proyecto Especial Arqueológico Caral Supe, Perú
http://www.caralperu.gob.pe/
I. Introducción.
La ciudad de Caral fue construida por una de las más importantes civilizaciones del planeta, creada por el trabajo organizado de sus pobladores en un territorio de configuraciones geográficas contrastadas.
Muchos conocen Cusco como la capital del imperio Inca y Machu Picchu como el predio de uno de los últimos incas; pero pocos todavía saben que la Ciudad Sagrada de Caral fue edificada por el primer Estado político que se formó en el Perú 4400 años antes que gobernaran los incas.
Caral-Supe representa a la civilización más antigua de América, desarrollada casi simultáneamente con las de Mesopotamia, Egipto, India y China. Los habitantes del Perú se adelantaron en, por lo menos, 1500 años a los de Mesoamérica, el otro foco civilizatorio de los seis reconocidos mundialmente, y en más de 3000 años a la sociedad que edificó las reconocidas ciudades mayas.
El precoz desarrollo de la sociedad de Caral-Supe la convirtió en la civilización más antigua del Nuevo Mundo pero, a diferencia de otros focos civilizatorios, como Mesopotamia, Egipto e India, que intercambiaron conocimientos y experiencias, logró un avance sin precedentes en completo aislamiento de sus coetáneas de América y del Viejo Mundo.
En el Perú, las formas de organización económica, social y política de las poblaciones de Caral-Supe causaron fuerte impacto en la historia del área; trascendieron el espacio y el tiempo, y sentaron las bases del sistema sociopolítico que tendrían las poblaciones de los Andes Centrales.
En el área norcentral del Perú, el modelo de organización diseñado e implementado por el Estado de Supe, condujo por varios siglos el accionar de los individuos en los diferentes campos: económico, social, político y religioso.
II. La Sociedad de Supe en los Albores de la Civilización
Caral es el asentamiento más destacado de los 18 identificados a lo largo de 40 km del valle bajo y medio de Supe, cada uno de los cuales reúne edificios públicos con la característica plaza circular hundida, además de un conjunto de unidades domésticas. No es Caral el más extenso pero sí el que muestra un diseño arquitectónico planificado y una fuerte inversión de fuerza de trabajo en la construcción de los edificios piramidales. Por la extensión de los asentamientos y por la cantidad de trabajo invertida se hace evidente que ellos tienen un ordenamiento jerarquizado y que había una organización social unificada en el valle. Este patrón de distribución puede extenderse también a los valles de Pativilca, Fortaleza y Huaura, los cuales, al lado de Supe, debieron constituir el territorio base de formación del Estado prístino.
La ciudad de Caral se encuentra en el inicio del sector medio del valle de Supe, provincia de Barranca, a 184 km al norte de Lima, en el área norcentral del Perú. Es el asentamiento urbano más destacado por su extensión y complejidad arquitectónica de todos los identificados en el Perú entre los 3000 y 2000 años a.C.
Caral ocupa 66 ha, en las cuales se distingue una zona nuclear y una zona marginal. En el núcleo, las edificaciones están distribuidas en dos grandes mitades: una alta donde se pueden apreciar las construcciones piramidales más destacadas, una plaza circular hundida, dos espacios de congregación pública masiva, además de las unidades domésticas y de almacenamiento de los funcionarios, así como un conjunto residencial extenso. La mitad baja tiene edificios de menores dimensiones, aunque destaca el complejo arquitectónico del Anfiteatro, y un conjunto residencial, igualmente, de menor extensión. La zona en la periferia tiene numerosas viviendas agrupadas, distribuidas a modo de archipiélago en «islotes», a lo largo de la terraza que linda con el valle.
Millones de piedras fueron cortadas y trasladadas a la ciudad para la construcción de los edificios públicos, para remodelar los diseños arquitectónicos o para enterrarlos cíclicamente y construir uno nuevo.
Condiciones económicas que sustentaron la vida y obra de la sociedad de Supe
Los avances tecnológicos alcanzados en los campos agrícola y pesquero en los valles interandinos y en el litoral, respectivamente, incidieron en el desarrollo de las fuerzas productivas de las sociedades que habitaban los valles costeños del área norcentral, en particular en las de Supe. La producción de algodón y la manufactura de fibra destinada a la elaboración de ropa y sobre todo de redes para la extracción masiva de pescado, fomentaron la especialización laboral y favorecieron la complementariedad económica mediante el intercambio permanente de productos entre los asentamientos de agricultores y de pescadores. Se hizo posible, así, la acumulación de la producción, la división social del trabajo, la especialización, el intercambio a corta y a larga distancia.
La trama social y la formación del Estado
Los excedentes derivados de la producción social, tanto en el campo agrícola como en el pesquero, fueron distribuidos de modo desigual, en beneficio de los representantes de linajes y de los especialistas a cargo de las actividades necesarias para garantizar la reproducción del sistema; se formaron así en el área norcentral comunidades de agricultores y pescadores, pachacas, dirigidas por sus autoridades y «principales», con sus respectivos edificios públicos para fines administrativos y ceremoniales, sus conjuntos residenciales y su territorio de producción económica.
La producción excedentaria favoreció a las poblaciones del valle medio de Supe, mejor ubicadas para el intercambio de productos. Los valores agregados en la manufactura con la fibra de algodón y en el procesamiento de la anchoveta y sardina, con fines de intercambio, enriquecieron y acrecentaron el prestigio de los «principales» a cargo del comercio interétnico.Entre las autoridades se distinguió el hunu o señor de los señores de los asentamientos del valle y del litoral, y sobre todos los hunus se encontraría el señor del territorio comprendido entre los valles de Santa y Chancay. Este modelo de organización política continuaría en el Perú prehispánico a través del tiempo.
El Estado prístino de Supe logró movilizar grandes cantidades de fuerza de trabajo, y mediante complejas redes de relaciones consiguió atraer en su beneficio el excedente producido en un extenso territorio, que incluía, además del costeño, el Callejón de Huaylas, el Huallaga y el Marañón.
La población mayoritaria conformó el estrato social bajo, dedicada a las actividades agrícolas o pesqueras y a todas las labores que le demandaba el Estado.
La importancia del conocimiento en el desarrollo civilizatorio.
En esas condiciones socioeconómicas se desarrollaron las ciencias, tecnologías y artes. Conocimientos en astronomía, geometría, aritmética, biología, medicina, etc., fueron aplicados en la predicción del clima, en la elaboración del calendario, en la construcción de obras arquitectónicas, en el manejo de los suelos por medio de la excavación de canales de riego o de drenaje y la habilitación de chacras, en el mejoramiento genético de las plantas, en el tratamiento de algunas dolencias o enfermedades, en la administración pública y en la manufactura de artefactos con fines ceremoniales, comerciales y suntuarios. Estos avances en el conocimiento, realizados por especialistas, les dio también poder a éstos e hicieron posible mejores condiciones de vida para las poblaciones del área norcentral en los albores de la civilización.
Hoy podemos admirar el orden urbano, la obra arquitectónica, los geoglifos que antecedieron en más de tres mil años a las líneas de Nasca, la decoración de sus murales, los instrumentos musicales, sus elaborados textiles y adornos personales, la variedad genética de sus productos y su propia representación en más de un ciento de figurines de barro no cocido.
El rol de la religión
Un sistema elaborado de creencias, ceremonias y rituales impregnó a las sociedades de los valles ubicados entre el Santa y el Chancay y las sierras y selvas colindantes, articuladas por el primigenio Estado político de Supe o atraídas por su prestigio. Se formaron complejos universos mitológicos y simbólicos.
En ausencia de un grupo militar, la religión fue la fuerza de cohesión y control social. La vida y el quehacer de las poblaciones transcurrieron dedicados a producir para su subsistencia y para el mantenimiento de los dioses, autoridades, funcionarios y servidores, así como a efectuar los trabajos de construcción, enterramiento y remodelación de los templos, para lo que eran convocados periódicamente.
Caral y la autoestima social
La primera contribución de Caral a la sociedad actual es en el campo del conocimiento histórico al mostrar la gran antigüedad de la civilización en el Perú y América y modificar con ello concepciones sobre la condición humana en el planeta. En el caso más concreto de nuestro país, la investigación sobre Caral permite conocer las respuestas dadas por sociedades que habitaron por casi un milenio este territorio antes que nosotros; podemos aprovechar las experiencias positivas y desechar aquellas fallidas.
Desde la perspectiva cultural, Caral está llamado a convertirse en uno de los más importantes instrumentos para mejorar la autoestima de los peruanos y a constituirse en el símbolo más destacado de la identidad nacional, por ser la primera civilización, la más antigua de América y el modelo de organización sociopolítica que desarrollarían otras sociedades en períodos posteriores en el territorio del Perú. Nos pone en evidencia la capacidad creadora de los habitantes de este disímil territorio que con esfuerzo y organización lograron ingresar al estadio civilizatorio un milenio y medio antes que otras poblaciones del continente.
En el aspecto económico, la puesta en valor de Caral, a través de acciones de investigación, consolidación y restauración de sus imponentes construcciones monumentales, la convertirá en un destino turístico de primer orden a escala nacional e internacional, y en una fuente de ingresos importantes para mejorar las condiciones de vida de las poblaciones de la localidad y del país en general. Por su valor histórico, cultural y económico, el destinar fondos a Caral no es un gasto es una inversión que contribuirá al desarrollo del país. Confiamos en el cambio de actitudes, en el reconocimiento de los valores de nuestra historia milenaria, que todo peruano debe hacer para afirmarse y conducirse con seguridad, sesionado de la misma visión de desarrollo, en beneficio de los que conformamos esta nación.
El patrimonio cultural como eje que fomente el desarrollo socioeconómico.
Pero no solo se trata del patrimonio cultural. El Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe considera que la riqueza arqueológica del valle debe fomentar el desarrollo socioeconómico en sus diversos aspectos: agrario, ordenamiento de cuenca, reforestación, producción artesanal y manufacturera, etc. para que este importante recurso cultural pueda ser apreciado en un contexto social adecuado en concordancia con su importancia. Creemos que de este modo la población actual podrá identificarse con la fuente de la que derive una mejor calidad de vida y no se convertirá en mero espectador del bienestar de los visitantes. Con esta perspectiva venimos trabajando, pero se requiere del apoyo de diversos sectores del gobierno Central, del Regional y local, así como de la sociedad civil para que aunando esfuerzos se pueda hacer realidad esta visión integradora del desarrollo en beneficio del patrimonio arqueológico y de la población actual que vive al lado de él.
III. El Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe
El Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe (PEACS) es una unidad ejecutora del Instituto Nacional de Cultura del Estado peruano que ha planteado un programa una investigación, conservación y puesta en valor del patrimonio arqueológico con un enfoque integral, sostenible y multidisciplinario. Por ello se viene trabajando paralelamente en el estudio científico de los sitios arqueológicos del valle de Supe, en la conservación física de los monumentos, en la restauración y puesta en valor de éstos con fines turísticos y en la búsqueda de la aplicación de diversos otros proyectos con la finalidad de fomentar el desarrollo socioeconómico de las poblaciones del distrito de Supe y de la provincia de Barranca. Se busca convertir al rico patrimonio cultural de Caral-Supe, la civilización más antigua de América, en el eje que fomente mejores condiciones de vida para la sociedad actual.
Con esta perspectiva el PEACS viene realizando excavaciones arqueológicas en Caral y en otros sitios aledaños y coetáneos a éste; estudia y analiza los materiales obtenidos; desarrolla un programa permanente de monitoreo y conservación de las estructuras arquitectónicas del sitio; elabora informes científicos y de divulgación; diseña circuitos turísticos de visita; organiza eventos para la adecuada difusión de la importancia histórico-cultural del lugar; y, promueve el desarrollo integral de la población local y nacional. A partir del año 2005 se dará inicio al primero de los proyectos del programa integral, promovido por el PEACS, de aplicación en el aspecto agrario de la zona, que será ejecutado por el Instituto de Desarrollo y Medio Ambiente (IDMA) con el apoyo económico del Fondo de Las Américas (FONDAM).
Las actividades de investigación en el valle de Supe, provincia de Barranca, desarrolladas desde 1994, han demostrado que Supe fue el asiento del primer Estado político formado en el Perú, con mayor datación de este continente y que Caral es el asentamiento urbano con arquitectura monumental más antiguo de América. Su antigüedad ha sido confirmada por cuarentidós fechados radiocarbónicos, entre los 3000 y 2000 años antes de nuestra era.
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LA CIUDAD SAGRADA DE CARAL-SUPE EN LOS ALBORES DE LA CIVILIZACIÓN EN EL PERÚ
Shady Solís, Ruth Martha
FICHA DEL LIBRO
Título: La ciudad sagrada de Caral-Supe en los albores de la civilización en el Perú
Autor: Shady Solís, Ruth Martha
Publicación: Lima: UNMSM, Fondo Editorial, 1997
Descripción: 42, [4] p.: il., mapas ; 22 cm.
Nota: Bibliografía: p. 38-42
Tema: Indígenas de América del Sur - Perú - Supe; Valle del Río - Antigüedades; Excavaciones (Arqueología) - Perú - Supe; Valle del Río Supe, Valle del Río (Perú) - Antigüedades
Fuente: Bibliotecas de la UNMSM. Perú
Enlace: http://sisbib.unmsm.edu.pe/bibvirtual/libros/Arqueologia/ciudad_sagrada/caratula.htm
CAPÍTULO I
CONTEXTO GEOGRÁFICO E HISTÓRICO
LA UBICACIÓN DE CARAL
La primigenia ciudad de Caral se encuentra en la margen izquierda del río Supe, en la costa norcentral del Perú, cerca del poblado actual de Caral.
Desde la ciudad de Lima, se llega al sitio siguiendo la carretera Panamericana hasta el kilómetro 182, donde se encuentra el desvío que conduce al pueblo de Ambar.
CONDICIONES NATURALES DEL VALLE DE SUPE
La actual falta de agua en el río Supe durante la mayor parte del año y las escasas tierras de cultivo sugieren interesantes preguntas sobre el sustento de los 17 grandes centros cívicos ceremoniales, de Desde allí se continúa por una carretera afirmada, unos 22 km. hacia el interior
del valle.
La ciudad se halla a unos 350 msnm, sobre una terraza aluvial, por encima del valle que, en este sector medio, es estrecho, abrigado y de clima caluroso, muy favorable para la vida humana.
CONDICIONES NATURALES DEL VALLE DE SUPE
La falta de agua en río de Supe durante la mayor parte del año y las escasas tierras de cultivo sugieren interesantes preguntas sobre el sustento de 17 grandes centros cívicos ceremoniales temprana datación, identificados en el lugar.
Se hace evidente que las condiciones geográficas, aparentemente desfavorables en la actualidad no lo habrían sido entonces, en los albores de la civilización. Al ser Supe un valle pequeño, sin mucha gradiente, se puede aprovecharlas aguas del río mediante pequeños canales de riego, que no requieren de conocimientos técnicos sofisticados ni de numerosa inversión en mano de obra. Además, la mapa freática está muy cerca de la superficie, y aún hoy, se forman lagunas y charcos en algunas depresiones, cubiertos de vegetación. En la temporada de sequía, los cultivos se riegan mediante canales alimentados por los pozos de captación de esta fuente hídrica del subsuelo.
Los recursos naturales son muy ricos v variados:
El valle da vida a una densa vegetación natural, todavía persistente en algunos relictos, es denominada «monte ribereño», que constituye un verdadero bosque enmarañado de plantas arbóreas y herbáceas, como huarango (Prosopis juliflora), pájaro bobo, caña brava, achiote, guayabo (Psidium guajava), pacay (Inga feuiller), etc. Flora típicamente costeña, la cual albergaba a una variedad de aves, vizcachas y venados, que cubría al valle en grandes extensiones hasta hace unos pocos años.
Por otro lado, los cerros de la cadena andina, que limitan ambas márgenes del valle, se convierten en lomas durante la temporada de invierno y aún son aprovechadas por los pobladores que incursionan en busca de venados y vizcachas. Es posible que en el pasado cubriesen una mayor extensión y proporcionaran recursos vegetales y animales, al igual que los extensos pantanos, aún vigentes.
Hacia el litoral, el mar de la costa central ha sido fuente inagotable de peces, algas y moluscos, utilizados intensamente en la alimentación de la población y como bienes de comercialización con los agricultores cercanos y distantes.
El río mismo, en la época de verano nutre peces y crustáceos, que son consumidos por los pobladores.
Aparte de los recursos naturales propios, el sector medio del valle posee las mejores rutas de comunicación con otros valles vecinos y alejados. Caral, en particular, se conecta con el valle sureño de Huaura, cuya población habría estado bajo el control ideológico de los templos y el sacerdocio de esta ciudad. Otras vías lo vinculan a los valles costeños de Pativilca y Fortaleza. Las rutas más distantes conectan al valle de Sur
De con el Callejón de Huaylas, el Callejón de Conchucos y la cuenca del Marañon.
Los GRUPOS QUE ANTECEDIERON A LOS HABITANTES DE CARAL
Para comprender la temprana aparición de la civilización en los Andes Centrales del Perú, se debe conocer el proceso de neolitización y las características que éste presentó. El Neolítico se inició, como en otras partes del mundo, con el Holoceno y la extinción o reducción de los recursos de cazacolecta, que caracterizaban el ambiente del paleoindio: desaparición de la megafauna, en los que basaban su subsistencia los hombres.
Esta etapa del desarrollo, denominada Arcaico, casi coincide con el poblamiento del territorio en algunas partes de los Andes Centrales, alrededor de los 8000 años antes de Cristo, e implicó el cambio de un modo de vida basado en la apropiación de los recursos naturales, hacia uno que tomaba ventajas de las condiciones locales y había incorporado el manejo de la reproducción de algunas especies donde
ya se daba un cierto grado de nucleación y sedentarismo,
El cambio no fue súbito, porque se produjo en forma simultánea en todos los lugares, ni tuvo las mismas manifestaciones culturales, abarcó un largo período, por lo menos unos seis milenios, a través de los cuales los grupos humanos se distribuyeron por las diferentes regiones y zonas ecológicas e iniciaron una relación de culturo-ambiental, expresada en diversos procesos adaptativos o de neolitización, No hubo un solo foco o centro de distribución de un patrón de vida neolítico; porque cada centro se desarrolló de acuerdo con las características del habitat y la tradición cultural de los grupos allí asentados. Estos procesos se desenvolvieron en cierto aislamiento durante el Arcaico Temprano (8000-6000 a.C.), y en menor grado en el Medio (60003000 a.C.), ya sea en los valles de la costa, separados por extensos desiertos, en la sierra, por su topografía accidentada y ríos torrentosos, o en la más distante montaña y la llanura amazónica, igualmente con peculiares características.
Pero, no obstante que las sociedades siguieron portrayectorías diferentes, con estrategias de subsistencia distintas, algunas de ellas ubicadas en el área norcentral, tanto en la costa, con una economía orientada a la explotación de los recursos marinos y de lomas, como en los valles interandinos de la sierra adyacente y de las vertientes orientales, dirigidas al aprovechamiento de los recursos de varios pisos ecológicos y de cultivo, simultáneamente se tendieron redes de contactos interregionales y desarrollaron organizaciones complejas hacia los 3000-2500 a. C. La mayor productividad económica de estos grupos y la necesidad de coordinación de actividades de subsistencia diversas, en un contexto de alto riesgo, permitieron la aparición de «gestores» y de una creciente desigualdad social (Shady, 1995). En la costa norcentral del Perú, el período Arcaico comienza con los primeros asentamientos aglutinados de organizaciones sociales igualitarias y concluye, en el Arcaico Tardío o Precerámico, con el establecimiento de sociedades complejas, que erigieron construcciones monumentales, y la aparición de la civilización y la formación del estado. Cara¡ se ubica en este período (Bonavía, 1982; Engel, 1963; Feldman, 1980, 1985; Pozorski y Pozorski, 1979; Quilter, 1985, 1989, 1991).
OTROS ESTABLECIMIENTOS CONTEMPORÁNEOS A CARAL
El avance de las investigaciones en los últimos años dio a conocer importantes sitios arqueológicos pertenecientes al Arcaico Tardío, ubicados en el área norcentral del Perú, como: Áspero, en el litoral del valle de Supe (Feldman 1980, 1985); La Galgada, en la cuenca del Chuquicara, un tributario del río Santa (Grieder y Bueno 11981-, 1985), Piruro, en Tantamayo, Huánuco (Bonnier 1987, Bonnier y Rozenberg 1988), Kotosh, en Huánuco (lzumi y Terada 1972); Huaricoto, en el Callejón de Huaylas (Burger y Salazar 1985); y el Paraíso, en el valle bajo del río Chillón (Quilter 1985; Quilter, Wing y Ojeda 1991). Cabe destacar que estos sitios se encuentran en diferentes regiones: costa, sierra y selva alta, zonas ecológicas distintivas con recursos singulares, pero todos se hallan en el área norcentral del Perú. Área en que se habría desenvuelto una intensa interacción cultural durante el Arcaico Tardío, que impulsó el desarrollado social.
Estos sitios revelaron una complejidad arquitectónica mucho mayor que la inicialmente supuesta para el período
Arcaico Tardío. En la actualidad, se está evaluando la hipótesis referente a extender un milenio atrás la etapa Formativa para incluir las manifestaciones del Arcaico Tardío, dando as¡ una nueva interpretación al proceso cultural peruano.
Caral forma parte de ese conjunto, siendo uno de los más destacados por su extensión y monumentalidad.
EL DESCUBRIMIENTO DE CARAL
Desde hace varias décadas algunos investigadores habían llamado la atención sobre la existencia, en el valle de Supe, de una serie de complejos arquitectónicos monumentales (a cuatro de ellos se les denominó Chupacigarro) pero ninguno llegó a emprender excavaciones arqueológicas sistemáticas o d¡o a conocer sus resultados (1).
Atraídos por esta información, que hacía alusión a los imponentes sitios monumentales del valle, en contraste con nuestra experiencia sobre las condiciones geográficas de éste, y el conocimiento existente sobre la problemática del área, decidimos iniciar investigaciones arqueológicas. Para esto fue de gran utilidad el catastro de sitios arqueológicos del valle de Supe, efectuado por Carios Williams y Manuel Merino (1979), así como los valiosos estudios de Williams sobre la arquitectura temprana, entre los que se mencionaba a Caral.
En 1996, después de haber efectuado una detallada prospección arqueológica en el valle de Supe, con un equipo de 5 arqueólogos empezamos a trabajar en Caral uno de los cuatro establecimientos conocidos como «Chupacigarro». Este sitio fue elegido por el buen estado de conservación y porque reunía los rasgos culturales representativos del conjunto.
Para los pobladores actuales, mayormente inmigrantes de la sierra vecina, Caral ya no tenía ninguna significación; era un sitio eriazo por donde pasaba, en la época de las haciendas, la antigua carretera a Huacho, hoy cerrada por una duna. Consideraban a los volúmenes piramidales como cerros rocosos naturales. Los varios milenios y vicisitudes transcurridos habían pasado al olvido desterrando la historia y la noción de la sacralidad e importancia que tuvo la ciudad
(1). Sin embargo, en diferentes sectores de la Ciudad de Caral, hemos encontrado evidencias de intensivas excavaciones con restos de alimentos modernos. Muchas de éstas fueron hechas sin ningún rigor arqueológico y han destruido importantes estructuras arquitectónicas. Los campesinos del lugar recuerdan que hace algunas décadas llegaron unos extranjeros en dos Jeeps y excavaron en varios complejos monumentales del valle, entre ellos en Caral. De nuestra parte, tenemos información que Engel (1987) efectuó excavaciones en éste y en los otros tres sitios conocidos entonces como Chupacigarro.
El mismo nombre de Caral, tomado por nosotros del poblado más cercano al sitio arqueológico, carece de algún significado para sus habitantes. Posiblemente debió corresponder a una lengua regional desaparecida, pues los morfemas se repiten en la toponimia del área.
CAPITULO II
LA CIUDAD SAGRADA DE CARAL
«La Ciudad de las Pirámides», como también la han denominado algunos visitantes, por los 6 grandes volúmenes piramidales que se observan desde el fondo del valle, se encuentra sobre una terraza aluvial, en un paisaje grisáseo y árido, rodeada por las vistosas cumbres rocosas de las estribaciones costeñas de la cordillera de los Andes, Es un medio desértico, con dunas que contrastan con el colorido verdoso del valle, del cual se separa por una serie de terrazas aluviales, formadas sucesivamente a través de tiempos geológicos,
El ambiente natural del área contribuyó a darle a Caral el carácter sagrado que tuvo; así la ciudad quedó aislada, elevada sobre el valle y alejada de la vida de éste, en una planicie, entre el cielo y los cerros.
La ciudad sagrada, que cubre un área aproximada de 50 ha, está conformada por más de 32 conjuntos arquitectónicos de diversa magnitud y función, de los cuales, hasta el presente, se han podido identificar seis edificaciones piramidales y una serie de construcciones medianas y pequeñas, entre templos, sectores residenciales, plazas públicas, anfiteatro, almacenes, altares, calles, etc. La mayoría se halla todavía cubierta con los escombros de las paredes, derribadas por el paso de] tiempo, y los materiales de¡ enterramiento ritual de las edificaciones, que hacían periódicamente los habitantes de la ciudad de Caral.
Las estructuras arquitectónicas fueron erigidas siguiendo un ordenamiento espacial, en torno a grandes plazas o a espacios abiertos. En el centro de uno de éstos se yergue un gran bloque de piedra parada o «huanca», de 2.15 m. de alto por 80 cm. de ancho, en armonioso diseño con unos volúmenes piramidales, entre los que destacan dos, por su forma cuadrangular. Es frecuente el hallazgo de Ros de taila tosca, de diferente tamaño, hincados verticalmente en algunos de los ambientes de la ciudad.
EL TRABAJO DE CAMPO
Las investigaciones en Cara¡ fueron iniciadas en julio de 1996; conducidas por la suscrita, con la asistencia del Dr. Arturo Ruiz Estrada, la participación del arqueólogo Manuel Aguírre Morales y los estudiantes de arqueología de la Universidad de San Marcos, Pedro Espinoza y Cristian Mesía, y con el financiamiento de la «National Geographic Society».
Posteriormente, las Municipalidades de Supe y Barranca decidieron apoyar económicamente el mantenimiento de algunos trabajos y la gestión para obtener el financiamiento adecuado, que hicieran posible la puesta en valor de Caral Así, Pedro Espinoza pudo continuar excavando hasta diciembre en el sector administrativo, adyacente a la pirámide I. Gracias a ese apoyo municipal, a partir de enero dé este año, Martín García Godos y Elizabeth Enriquez se unieron a los trabajos en la zona, siempre apoyados por los campesinos Julián Solís y Gaudencio Sánchez.
Desde agosto de este año, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos tomó la decisión de contribuir activamente con el programa de investigaciones en la ciudad de Caral. Asimismo, el Instituto de Investigaciones Lingüísticas (INVEL) asumió, con gran interés, investigaciones para la recuperación de lenguas antiguas en el valle de Supe.
A la fecha se han realizado excavaciones en área en cinco complejos arquitectónicas. de los 32 identificados, seleccionados a partir del levantamiento planimétrico, efectuado en base a fotos aéreas.
«EL TEMPLO DEL ANFITEATRO»
Es un conjunto arquitectónico de 150 m. por 90 m, en el que destaca una gran plaza circular hundida, «anfiteatro», asociada a una estructura alargada y escalonada, que se eleva sucesivamente, a modo de un ziggurat. Los varios componentes del conjunto están alineados en el mismo eje, aunque a diferentes alturas. El complejo se halla separado del resto de la ciudad por una muralla perimetral. Las construcciones levantadas en el interior de este cerco han cumplido diversas funciones y recibieron un tratamiento especial.
La fachada principal, orientada al NE, como toda la estructura, se halla precedida por una plataforma (1), que contiene en el lado oeste una serie de depósitos alineados, uno al lado del otro, ubicados en dirección horizontal y también vertical. Casi la mitad de este componente fue destruido por un aluvión, causado por inusitadas lluvias, como efecto de algún meganiño, fenómeno ocurrido después del abandono
de la ciudad.
Desde la plataforma (1) se ingresa por medio de una amplia escalinata a la plaza circular hundida (2), presentada como un gran anfiteatro, de 29 m. de diámetro en el interior. Esta tiene tres niveles de graderías en la mitad superior, ubicada al sur, donde además se adicionó una plataforma semicircular (3), a modo de una imponente banqueta. El exterior de este anfiteatro muestra tres terrazas escalonadas con sus respectivos muros de piedra. Las paredes y pisos tuvieron revoque de arcilla y pintura blanca o amarilla. Hay indicios de por lo menos dos remodelaciones en la construcción del anfiteatro.
Del anfiteatro se asciende por otra escalinata, ubicada en el lado opuesto a la de ingreso, hacia la parte superior de la plataforma semícircular (3), que a su vez da ingreso al templo. Este se halla protegido por una muralla, que en el frontis se quiebra en ángulos rectos, formando dos grecas o salientes, una a cada lado. El templo tiene, a su vez, una banqueta adosada al exterior del frontis.
El vano de acceso al templo sigue el mismo eje de las escaleras de la plaza circular. Por éste se ingresa a un recinto central de forma rectangular-horizontal (4), separado por paredes de otros dos recintos laterales. Estos no han sido todavía excavados.
Del recinto (4), siguiendo el eje central, se pasa a un ambiente muy importante (7), porque estuvo resguardado, como se observa en la entrada, por tres paredes anchas, adosadas sucesivamente. La última tiene una saliente en forma de greca. En el contorno de¡ interior de esta habitación hay tres terrazas laterales a modo de graderías y, en el centro, un fogón ceremonial, cerca de¡ cual se hallaba una piedra o «Huanca» que posiblemente estuvo hincada. Al excavar el fogón recuperamos ofrendas carbonizadas. Éste, de forma redondeada, mide 46 cm. por 45 cm. y 41 cm. de profundidad, presenta las paredes enlucidas con sucesivas capas de arcilla, resultantes de las remodelaciones. En una antigua excavación, ya limpiada, pudimos notar que el diseño de este ambiente fue modificado por lo menos 5 veces a través del tiempo. Estos antiguos ambientes yacen debajo de la superficie actual y fueron enterrados sucesivamente. Algunas paredes muestran enlucidos negros.
Desde el recinto 7 se accede por una escalinata, ubicada en el mismo eje central, a otra plataforma elevada con dos habitaciones rectangulares, una a cada lado (8 y 9), excavadas en parte, y donde se aprecia una antigua pared enterrada, muy maltratada que llevaba decoración en relieve. Por el centro continúa una escalera pintada hacia la cima de la terraza, cuyos recintos tampoco han sido definidos (10). En este nivel, por su ubicación más alta, destacada y de limitado acceso, debió estar la divinidad principal del templo y allí se habrían realizado las actividades ceremoniales más relevantes del grupo social que tuvo bajo su control este templo en la urbe.
En la parte posterior del templo se desciende del espacio 10haciaun recinto cuadrangular (12), pintado de amarillo y rojo. De allí baja a otras dos plataformas hasta llegar al patio (15), que está encerrado por la muralla que circunda a toda la estructura.
El conjunto descrito fue construido con piedras cortadas, unidas con una mezcla de arcilla, y delimitado por la muralla que encierra un amplio espacio rectangular, donde, en otro lado del templo, se construyeron otras unidades arquitectónicas menores, como las estructuras 13 y 14, dedicadas alas actividades auxiliares de los que manejaron el anfiteatro y el templo central. Las estructuras más antiguas subyacen debajo de enormes capas de piedra y muestran variaciones en la tecnología constructiva.
Las paredes externas de este conjunto arquitectónico tuvieron un grueso revoque de arcilla pintado de blanco-crema, color que debió reluciren el paisaje desértico grisáceo. Los ambientes del interior llevaron pintura amarilla, roja y negra.
La excavación de una de las construcciones arquitectónicas auxiliares, ubicada al Este del templo (14), dentro del perímetro amurallado, permitió conocer el funcionamiento de la estructura que estamos denominando: «El Altar del Fuego Sagrado» (14)
EL ALTAR DEL FUEGO SAGRADO
En un espacio rectangular y cercado, de piedra cortada, está encerrado un edificio circular pequeño. El ingreso no es directo, sino a un costado del muro norte (1), ubicado en forma discreta; se pasa por un vano semicerrado y se continúa rodeando al edificio circular por el lado sur hasta encontrar el ingreso en el lado oeste. Se sube por un peldaño trapezoidal (2) a un vano estrecho, el cual conduce a un fogón ceremonial central (3), que es todo lo que contiene esta construcción circular. El fogón es muy especial, de forma oval (22 por 29 cm.); tiene doble nivel y dos ductos subterráneos de ventilación, que cruzan el edificio, ubicados en la dirección de los vientos norte-sur (4 y 5). El ducto norte sale por un orificio desde la pared hacia una canaleta de 18 cm. de ancho por 1.40 de largo.
Las paredes y pisos llevaron revoque y pintura crema, amarilla y ploma, según las sucesivas refácciones realizadas.
El interior del recinto circular (6) muestra, además del fogón, una capa roja y calcinada entre las varias que cubrieron las paredes y el piso, como si hubiera ocurrido, en algún momento, un fuerte incendio. Hemos observado la siguiente sucesión de capas: una de barro marrón sobre la pared de piedra, seguida por una amarilla, una blanca y el rojo calcinado, además de otras 21 capas de mayor o menor espesor.
Por los rasgos que presenta, esta unidad puede ser ubicada dentro de la denominada «tradición religiosa Kotosh», caracterizada por la construcción de pequeños recintos ceremoniales con fogones centrales para la incineración de ofrendas. Tradición que estuvo distribuida en el área norcentral del Perú durante el Arcaico Tardío y el Formativo. Esta edificación de Cara¡ muestra, sin embargo, una modalidad netamente costeña, que fue reproducida en los valles de Casma y Jequetepeque, al parecer, durante el Formativo Temprano (Pozorski y Pozorski 1996: 349)? entre los 1500-1000 años antes de cristo.
Por las evidencias disponibles, se puede interpretar que durante el Arcaico Tardío la sociedad de¡ valle de Supe habría alcanzado un gran prestigio en el área norcentral, el cual le permitió ejercer influencia ideológica en las poblaciones de los valles costeños vecinos como Huaura, Pativilca, Fortaleza, Huarmey y Casma. Del mismo modo, habría establecido comunicación con las del Callejón de Huaylas, donde se encuentran los complejos La Galgada y Huaricoto; y las del Huallaga y Marañón, asientos de Kotosh y Piruiro respectivamente.
Se ha planteado la hipótesis que los exponentes arquitectónicos de la sierra, pertenecientes a la tradición Kotosh, serían más tempranos que los costeños y que este tipo de estructuras se habría originado en la sierra, para desde allí difundirse hacia la costa (Pozorski y Pozorski, ob. cit.: 350). Si la datación radiocarbónica confirmase el contexto estratigráfico, que ubica a Caral en el Arcaico Tardío, estaríamos ante una manifestación cultural común a la arquitectura ceremonial de sociedades serranas
y costeñas. La edificación circular, en cambio, habría sido una expresión singular de la arquitectura costeña hasta ahora, al parecer con la evidencia más temprana de Caral, en base a la cronología relativa. Cabe recordar, al respecto, que fueron distintivos y peculiares los procesos adaptativos en otros aspectos de la vida social en las diferentes regiones y áreas (Shady 1993 y 1995: 55-58). Sin embargo, es cierto también, que las sociedades del área norcentral compartieron una serie de rasgos debido a la interacción y al intercambio de bienes.
EL PEQUEÑO TEMPLO DE LA BANQUETA
Es otra estructura arquitectónica, de menor tamaño, ubicada a unos 150 m. al oeste del «Templo del Anfiteatro».
Presenta una terraza central elevada entre un patio anterior y otro posterior. El paramento de esta terraza (1) muestra las diferentes fases de remodelación a las que fue sometida la construcción, las que se confirman con los análisis de la tecnología empleada, las varias capas de pintura y la estratigrafía. Hemos determinado la superposición de, por lo menos, cinco estructuras cuadrangulares, con su respectivo fogón central. Cada una de ellas fue objeto de un enterramiento ritual, con la acostumbrada incineración de ofrendas, antes de la construcción de la siguiente estructura.
Las construcciones de períodos sucesivos muestran diferencias leves en cuanto a las orientaciones de ¡as paredes, y creemos que el alineamiento de éstas varió en relación con determinadas mediciones astronómicas, efectuadas periódicamente. El conocimiento astronómico, necesario para la elaboración de los calendarios agrícolas, debió ser una de las actividades importantes a cargo de los sacerdotes de la ciudad.
El edificio cuadrangular mejor conservado consiste en un espacio encerrado por muros de piedra y una banqueta (3) de 42 cm de altura por 83 cm. de ancho, adosada al paramento de la terraza y a la parte media superior de los lados. Se ingresa a este ambiente por un vano ubicado al NE, de 1.50 m. (4). En el espacio central destaca un fogón ceremonial (5), donde se realizaron quemas rituales.
El paramento de la terraza principal (1) muestra cuatro de las cinco sucesivas remodelaciones, que hemos identificado, con accesos que fueron tapiados. El más antiguo tuvo un ingreso amplio, con un peldaño sin banqueta, que luego fue reducido dos veces hasta quedar definitivamente sellado cuando se construyó la banqueta. Finalmente, ésta fue enterrada; se levantó un nuevo paramento, paralelo al anterior, que dejó más pequeño el ambiente interno, al que se le hizo un fogón acorde con las nuevas dimensiones. Los pisos presentan una serie de hoyos de los postes de madera que soportaron el techo, compuesto de material orgánico, enlucido con barro.
En las sucesivas remodelaciones se cambió, igualmente, el color de las paredes, que conservan capas superpuestas de pigmentos: blanco crema, amarillo, gris, anaranjado y azul.
Por sus rasgos arquitectónicos, estaedificación puede ser comparada con otras construidas en la sierra, pertenecientes a la tradición religiosa Kotosh, y es una buena exponente de la interacción entre las sociedades que habitaron las diferentes regiones de¡ área norcentral.
En el lado este del «Pequeño Templo», fue éxcavado un edificio lateral que debió estar vinculado con aquél. El edificio contiene un re cinto de un sólo componente estratigráfico, destinado a actividades domésticas, dada la abundancia de res tos de alimentos recuperados, predominantemente de origen marino.
SECTORES RESIDENCIALES
Hemos identificado tres sectores residenciales, relacionados con las otras estructuras: uno frente al Pequeño Templo; otro mayor, relacionado con el Templo del Anfíteatro; y uno al pie de la pirámide C. Se caracterizan por no mostrar sobre la superficie una volumetría elevada, sino mas bien una serie de depresiones que, al inicio de las excavaciones, interpretamos como hoyos de tumbas, y porque las edificaciones, con excepción de aquellas de las últimas fases, a diferencia de los otros sectores excavados, tienen distinto diseño, y fueron construidas de material orgánico.
No descartamos que puedan haber en la ciudad otros sectores disimulados por el enterramiento ritual que hicieron sus ocupantes antes de abandonarla.
Excavamos en alguna extensión en el sector residencial A ubicado en la explanada, encima de la terraza aluvial derecha de la quebrada por donde pasó el aluvión, al este del Templo del Anfiteatro. A su vez, este sector tiene al frente el espacio abierto más extenso de la ciudad, en cuyo contorno se erigieron las enormes estructuras piramidales.
Ocupa un área de forma rectangular, con terrazas y muros de contención, levantados con bloques de piedra, En el interior se distinguen plazas y subdivisiones, aun no excavadas.
En este conjunto de recintos hemos identificado varios componentes arquitectónicos que muestran estilos y técnicas diferentes, todos pertenecientes a períodos distintos. Al igual que los otros complejos de la ciudad, éste fue también objeto de un enterramiento ritual progresivo y de la incineración de ofrendas. Hemos identificado hasta 10 capas estratigráficas, las cuales sugieren una larga ocupación en este espacio de la ciudad.
Los ambientes aterrazados con paredes de piedra, ubicados frente al gran espacio abierto y presididas por una pequeña estructura escalonada, adherida en la parte central del muro frontal, corresponden a una de las últimas fases constructivas. Esta estructura recuerda al «usnu» incaico.
Otra fase constructiva más antigua presenta paredes con armazón de palos de huarango cruzados por carricillos. Esta fue seguida por otra con estructuras de «quincha», compuestas de un armazón principalmente de carricillos.
Algunos ambientes, no bien ubicados cronológicamente, tienen paredes de piedra cortada y de cantos rodados. Asimismo, se recuperó pequeños adobes en los rellenos, quizás pertenecientes a un edificio muy antiguo.
A la fecha se ha excavado un conjunto de recintos con paredes de huarango y fino revoque, pintadas de crema, amarillo o anaranjado, con pisos igualmente enlucidos y pintados, de alisado uniforme.
En este sector, como en otras partes de la ciudad, las edificaciones muestran sucesivos enterramientos y remodelaciones. Al parecer, una de las actividades más importantes de los habitantes estuvo centrada en el cambio permanente del diseño arquitectónico; tapaban unos ambientes en tanto usaban otros y remodelaban los antiguos. Una de las últimas acciones en este lugar consistió en destruir, como era costumbre, una parte de las construcciones y enterrar completamente todos los recintos con grandes acumulaciones de piedras. Estos enterramientos fueron efectuados en medio de rituales, con grandes incineraciones de alimentos, esparciendo el carbón y la ceniza, depositando ofrendas en hoyos o al lado de las paredes. En la fase tardía, estas ofrendas incluyeron canastas, fabricadas con fibra vegetal, «shicras», llenas con bloques de piedras cortadas y cantos rodados, junto con alimentos quemados, vegetales, moluscos y pescados.
En el centro de los recintos del sector se han encontrado los fogones rituales donde se quemaron alimentos en un acto previo a la nueva remodelación; con ellos se cubrió toda el área antes de hacer el nuevo piso, patrón que ha sido observado también en las otras unidades arquitectónicas de la ciudad.
Como parte de¡ material usado para el enterramiento, recogimos pequeños adobes hechos a mano, algunos en forma plano-convexa, fragmentos de revoque y de arcilla mezclados con cañas y fibras, procedentes de antiguas construcciones destruidas.
Los materiales asociados a todas las remodelaciones identificadas consisten en restos de alimentos, vegetales y marinos, textiles entrelazados, fragmentos de mates, cestas, figuras de arcilla no cocida, lascas cortantes, pedazos de cuarzo, chancadores, moledores y piedras quemadas. No hubo ningún fragmento de cerámica o de textiles a telar, aunque si varios trozos de arcilla quemada, desprendidos de los fogones y de los pisos circundantes.
LAS CONSTRUCCIONES DE HUARANGO Y DE QUINCHA
Debido a las excelentes condiciones de conservación y al patrón constructivo y destructivo secuencial, hemos podido registrar las técnicas de edificación utilizadas a través de los varios períodos de ocupación en este sector del centro urbano. Una de ellas, las más extendida, lleva el armazón de palos de huarango cruzados con carricillos. Uno de los ambientes tuvo decoración mural modelada, que fue destruida al serenterrada. Para ello, hicieron un cerco tosco de pirca, paralelo al muro, que contuviese al material de relleno, pero previo al depósito de éste excavaron unos pozos en el suelo, al pie del muro, donde depositaron ofrendas. En la pared de este recinto, opuesta a los relieves, se encuentra una pequeña plataforma de piedra y barro, a modo de un asiento. Este ambiente tuvo algunas remodelaciones y fue reutilizado durante varias épocas.
Debajo de él subyace enterrada otra estructura arquitectónica de piso blanco y pulido.
A una época posterior pertenecen unos ambientes con armazón de «quincha», a base de algunos palos de huarango equidistantes y carricillos, colocados por pares, tanto en dirección vertical como horizontal, amarrados con junco, los cuales parecen formar un diseño reticulado. Los atravesados en forma horizontal van por detrás.
Además, aplicaron por ambos lados, tanto a las habitaciones de huarango como a las de quincha, que tienen esquinas curvadas, un grueso revoque de arcilla, un enlucido de barro, muy alisado, y pintura amarilla o blanca.
Los pisos fueron igualmente alisados y pintados.
DEPÓSITO ESPECIAL DE OFRENDAS
En uno de los recintos más tardíos del sector A se construyó un depósito de ofrendas, de 1.30 m. por 60 cm., como parte del enterramiento ritual. Este consistió en una caja rectangular con paredes de piedra cortada y cantos rodados, enlucidas con barro sólo en la cara interna y pintadas de color blanco. No hubo cara externa, porque era parte del relleno, consistente en piedras angulosas y cantos rodados de tamaño mediano (Técnica que también hemos encontrado en algunos muros tardíos de los otros complejos excavados).
En esta caja se depositaron capas de ofrendas, siguiendo un ordenamiento ritual estricto. Debajo de una cubierta de carricillos y de una esterilla fina había una especie de «tamal» carbonizado y otros alimentos dentro de valvas de moluscos, cubiertas con haces de hojas, colocadas unas hacia abajo y otras hacia arriba, asociados a una tabletilla de madera alisada, En las esquinas habían huesos de pescado, conchas, hojas y unos panecillos de barro de forma redondeada.
Las ofrendas más destacadas, dejadas en la parte central, consistían en algunas figuirillas de barro no cocido, dos casi enteras, colocadas boca abajo, otras fragmentadas en pedacitos de cuarzo transparente y una piedra.
En una de las esquinas de la caja había un instrumento musical, una flauta, una cesta y abundantes haces de hojas.
Por todo el espacio se hallaron restos de pescado seco, moluscos, huesos de roedores y fragmentos de coprolitos humanos. Además, el piso es amarillo (por la complejidad de este depósito de ofrendas dejamos su descripción detallada para un artículo específico).
«LETRINA»
Otro de los hallazgos importantes del sector residencial A consiste en un espacio lleno de grandes heces humanas, el que fue cubierto con una capa de ripio fino.
Cuando podamos avanzar con las excavaciones de la «letrina», el material dará importante información sobre la dieta alimenticia, el nivel nutricional y las enfermedades de los ocupantes de esta parte de la ciudad. Se podrá conocer, asimismo, la naturaleza del ambiente donde se depositaron las heces y verificar, como sugiere el contexto, si se trata de un recinto especial dentro de¡ ordenamiento habitacional. Servirá también para la reconstrucci0n de la flora existente en esa época, del clima y de las actividades económicas practicadas por los pobladores.
Llama la atención el repetido hallazgo de heces humanas asociadas a las diversas ofrendas. Se podría interpretar que esta clase de muestras estuvo considerada como sagrada.
LA PLATAFORMA ESCALONADA, «USNU»
Esta pequeña unidad arquitectónica escalonada, con frente al noreste, estuvo adosada al muro de lajas perimetral del sector A .
Se encontró semidestruida por las excavaciones extensas que se hicieron en esta ciudad hace unas décadas. Un forado había alcanzado al relleno de «shicra», donde se dejó una bolsa de galletas y un fragmento de periódico. Sólo quedaba un peldaño completo y parte del siguiente, el tercero, estaba destruido.
Mide 1.71 m, x 2,64 m. y habría tenido tres escalones; el paso que se conserva 28 cm x 31 cm de conserva mide 2 altura.
Las paredes son de piedras cortadas v cantos rodados con estuco, enlucido y pintura crema y blanca sólo en la cara interna. Habría tenido tres escalones.
El interior de esta plataforma contenía un relleno de 43 cm., compuesto por cantos rodados pequeños, cascajo, trozos de revoque y tierra, el cual cubría a un conjunto de 7 canastas de shicra, superpuestas entre rellenos de piedra y algunos grandes bloques cortados.
Las shicras son de junco, confeccionadas con fibras dobles torcidas de aproximadamente 1.5 cm de ancho, a modo de una red, con cuadros de 7 por 7 cm., un diámetro de boca de 30 cm. y 18 cm. de altura. El contenido varía unas llevaban piedras de tamaño mediano, otras sólo unas cuantas grandes. Pesaron entre 10 y 15 kilos. Junto con las piedras habían carboncillos. mesodesmas amarillas pequeñas. fragmentos de choros y restos de cangrejos, En un caso la shicra era doble, es decir. una sobrepuesta en otra.
Debajo de las shicras hubo dos capas, divididas en sectores por fibras, de 7 y 5 cm., con ceniza, abundante pescado, cangrejos, vegetales, choros, mesodesmas, heces y «gomas de mascar».
Este contenido orgánico fue depositado sobre el piso, mayormente roto, correspondiente al Muro de piedra al que se adosó esta estructura.
SACRIFICIOS HUMANOS
En el sector residencial cercano a la «Pirámide C», se halló el entierro de un infante menor de un año, depositado como ofrenda antes de la construcción de una pared con grandes bloques líticos.
La pirámide C es una de las más elevadas, de 21.56 m. Al este de ésta, pero en directa asociación, se encuentra el sector residencial, con un cerco el-, e¡ lado norte, compuesto de grandes bloques de piedra cortada.
Excavamos en este sector tres cortes de prueba, uno de los cuales permitió identificar el entierro humano, que a continuación describimos.
El cadáver fue depositado en una fosa excavada en el terreno estéril, Posteriormente sellada por un piso morado. La fosa, deforma ovoide, tiene 68 X 28 cm. en la boca y una profundidad de 1.42 m. El paquete funerario mide en la base 89 X 28 cm, Esta fosa se halla debajo del muro de piedra, lo que hizo muy difícil la excavación.
Sobre e¡ piso morado había un relleno muy similar al material de la capa estéril, el cual servía de base al piso gris, que está asociado al muro de grandes bloques de piedra.
El relleno que cubría al entierro presentaba una secuencia de capas compuesta por carboncillos, de cantos rodados, y arena.
El infante se encontraba en dirección E-W, decúbito dorsal y con la cabeza al este, mirando a la pirámide. Fue envuelto en una estera de fibra de junco y tenía, hacia los pies, una cesta de fibra entrelazada de 10 cm. de diámetro; una redecilla de algodón con similar técnica se hallaba adherida a la cabeza y sobre ella otra cesta similar a la anterior El cuerpo estaba cubierto con un textil de algodón, en el lado norte de la cabeza había una valva de Choromytilus chorus,- otro choro a la altura del hombro derecho. En el lado izquierdo del hombro se recuperó una aguja de hueso y ala altura del estómago un cordel de algodón. En el cernido de los residuos de¡ entierro aparecieron semillas de algodón, un fragmento de cuarzo transparente, una cuenta de hueso y una cuenta de piedra.
En otros sectores de la ciudad se han ubicado algunos entierros humanos, asociados con estructuras arquitectónicas, todavía pendientes de excavación.
EL TEMPLO MAYOR
(PIRÁMIDE E)
Es una de las construcciones piramidales más destacadas de la ciudad; se encuentra hacia el este, al borde de la terraza que linda con el valle, desde donde se la puede apreciar, imponente en toda su magnitud.
La componen una pequeña plaza circular hundida, ubicada en el frontis de la pirámide, de 19.0 m. de diámetro interno y una profundidad de 1.98 m. Esta plaza presenta dos escalinatas, una de ingreso, con 8 pasos, y otra de conexión con la estructura piramidal. En la parte externa se aprecian dos muros circulares a diferente nivel, que a modo de dos anillos o terrazas definen el perímetro circular. Aunque de menor dimensión, esta unidad es parecida al anfiteatro. La construcción es de piedras cortadas, unidas con argamasa de barro, gravilla y cantos rodados.
Se observa el desfase de unos 6 grados en el eje de ubicación, entre el acceso a la plaza y la entrada a la pirámide, que podría indicar una diferencia diacrónica entre fases constructivas, donde la plaza circular fuese integrante de un complejo más antiguo, cubierto por las sucesivas remodelaciones y ampliaciones efectuadas en la pirámide.
La estructura piramidal central tiene dos alas laterales, cada una con tres grandes plataformas. El ascenso de una plataforma a la siguiente se efectúa a través de una imponente escalinata, aún semienterrada. El gran atrio, ubicado en la parte superior, muestra un enorme bloque de piedra, «huanca», caído, en la forma de un lanzón, de 1. 70 m x 45 cm., que recuerda al que se halló en el atrio de¡ Templo del Anfiteatro.
En la segunda plataforma, al oeste, se ubicaron dos grandes bloques de piedras caídas, uno con tres hoyos tallados y el otro totalmente pulido.
Las escalinatas de la parte posterior, que dan al valle, indican 24 niveles de acceso a estructuras todavía no identificadas.
En el contorno de la pirámide se hallan enormes bloques de piedra, que a modo de cerco delimita el espacio correspondiente a la edificación.
Las excavaciones en este monumento han tenido carácter preliminar debido a su gran volumen, que requiere una fuerte inversión de mano de obra. No obstante, hemos podido observar que la técnica constructiva para elevar la pirámide consistió en grandes rellenos con bloques de piedras cortadas, cantos rodados, grumos de arcilla y barro, provenientes de edificios antiguos, depositados juntamente con canastas de fibra, «shicra», llenas de piedras, ramas, hojas y ceniza, en un contexto ritual muy similar al de los otros conjuntos excavados.
Los pisos de los recintos y de la plaza circular hundida estuvieron enlucidos con capas de arcilla, pintadas de blanco y amarillo.
LA ESTRUCTURA AUXILIAR DE LA PIRÁMIDE CUADRANGULAR (I)
La pirámide denominada 1 conforma un espacio aparte, junto con otra, ambas de notoria forma cuadrangular, dispuestas en tomo a un espacio abierto y con un gran bloque, de piedra hincado o «huanca».
En el lado sur de la pirámide 1 se excavó una estructura «auxiliar», compuesta por recintos de piedra y patios delimitados por un muro perimetral. Los ambientes son pequeños y con una serie de fogones centrales y banquetas, que sugieren un conjunto de depósitos, ordenado en torno a espacios de mayores dimensiones. Las paredes están cubiertas de cuidadoso enlucido y de pintura crema, amarilla y roja.
Destaca en este conjunto un espacio abierto, frente a la pirámide I, que tiene adosado en la esquina sureste una plataforma escalonada, a modo de un altar o lugar prominente. Este ambiente y otros de la estructura contienen sobre el piso una capa de materiales carbonizados.
Al igual que las otras construcciones de la ciudad, ésta muestra sucesivas remodelaciones y recintos en varios niveles estratigráficos. Al parecer, la función de esta estructura habría cambiado con el tiempo. Hemos observado, por lo menos, cuatro edificaciones superpuestas. Los ambientes que subyacen a los pequeños recintos son de mayores dimensiones. Una de las habitaciones, con un pequeño altar, fue cubierta totalmente con numerosas bolsas de shicra, relleno inusual que podría indicar su carácter sagrado; en la mayoría de casos, la shicra está aislada como una ofrenda y colocada en medio del relleno.
Algunos entierros intrusivos, del período de Los Desarrollos Regionales (200 a. C- 100 d. C.) han alterado la composición de los recintos que linda con la pirámide I.
En este conjunto, más que en otros de la ciudad, nos llamó la atención el tamaño reducido de los recintos de la última fase constructiva. Pero, al igual que en todos, es notable su carácter ritual.
CAPÍTULO III
LA SOCIEDAD DE CARAL - SUPE: INFERENCIAS PRELIMINARES SOBRE LA ANTIGÜEDAD:
En base a la información recuperada, se puede asignar la ciudad sagrada de Caral al período Arcaico Tardío (3000-1500 años a.C.).
La ocupación de Caral habría empezado hacia el tercer milenio antes de Cristo (unos cinco mil años al presente) y continuó durante varios siglos, como puede inferirse de la estratigrafía y de las construcciones superpuestas. Se ha observado cambios a través del tiempo en el diseño y concepción de la ciudad, asimismo en la tecnología constructiva y en el volumen de mano de obra invertida.
Al parecer, en esa época, la población que habitaba Supe estaba distribuida en la zona del litoral y en el valle bajo y medio, conformando comunidades sedentarías, autosuficientes y concierta autonomía en su organización, pero participaba de una entidad mayor, como se infiere de los numerosos rasgos culturales compartidos y de las dimensiones monumentales de algunos sitios, que implican una inversión de mano de obra mayor que la proveniente de su ámbito directo, con la correspondiente organización, supracomunitaria.
Si bien en el litoral se edificó un sitio monumental, como Aspero, y en el valle bajo destacó el complejo de Piedra Parada, el sector medio del valle tuvo la mayor concentración de establecimientos, además de la más grande extensión y volumen, entre los que resalta Caral. Al lado de esta ciudad se edificaron los extensos complejos, denominados Chupacigarro Este, Chupacigarro Centro, y Chupacigarro Oeste, y frente a ellos, en la otra margen del valle, Pueblo Nuevo y Alipacoto. Son, asimismo, notables los complejos de Huacache y Peñico. Puede considerarse a ¡a población supana de entonces entre las primeras sociedades que alcanzaron un temprano y complejo desarrollo, y que organizaron sus actividades económicas, sociales y político-religiosas dentro del marco de los asentamientos urbanos.
LA SACRALIDAD DE LA CIUDAD
La religión tuvo un rol predominante en la vida de los pobladores y en su organización social, los templos destacaron en ¡os centros urbanos y en torno a ellos se desenvolvieron las actividades cotidianas de diverso orden. Cada asentamiento tuvo as¡ un carácter sagrado y los templos fueron el foco de la dinámica socioeconómica y política.
Estos templos sirvieron como fundamento de la cohesión social y recibieron una periódica remodelación, posiblemente en relación con observaciones astronómicas, una de las actividades efectuadas por los gestores de estas ciudades, encargados de la medición del tiempo y de la elaboración del calendario agrícola. Las varias piedras paradas o «huancas», identificadas en las plazas y atrios, habrían servido para esta función. El trabajo permanente de construcción-destrucción y reconstrucción de las estructuras en medio de rituales, ofrendase incineraciones, era también un modo de mantener las obligaciones de la población con la religión y de utilizar a ésta como medio de cohesión.
Los gestores o conductores de la ciudad de Caral reforzaron su poder con estas prácticas ceremoniales y rituales, Todas las actividades efectuadas en la ciudad estuvieron teñidas de religiosidad, cada ambiente tuvo su fogón central donde se incineraban alimentos y otras ofrendas.
Antes de la remodelación de un ambiente se quemaban bienes y se esparcían los carbones y las cenizas por el piso del recinto, que luego era enterrado. En algunos casos, se colocaba en hoyos, tapados por alimentos quemados y cenizas, una especie de «tamales», alimentos preparados, envueltos en hojas. En un período tardío se puso unas canastas llenas de piedras y alimentos quemados en medio de¡ relleno de la habitación que estaba siendo enterrada.
ASPECTOS DE LA ECONOMÍA
La sociedad que edificó el centro urbano de Caral se sustentaba de una economía mixta, basada en actividades agrícolas complementadas con la pesca en el mar y el río, con la recolecta de moluscos y con el aprovechamiento de los recursos vegetales y animales de¡ abundante monte ribereño y de las lomas.
Los feligreses de Caral se desplazaban por el valle, cultivaban en las estrechas márgenes del río Supe, de tierras muy fértiles, irrigables con facilidad mediante cortos canales que tomaban agua del río o de los abundantes «puquiales», por donde afloraba la mapa freática. Este medio debió nutrir a una abundante flora y fauna.
De la misma forma se aprovechó de los recursos del mar, ya sea por el valle de Supe o, más directamente, por una vía natural entre los cerros, que sale al valle de Huaura, a la altura del actual pueblo de pescadores de Végueta. Extrajeron, de preferencia, anchovetas, choros, mesodesmas y algas.
Aparte de sus propios recursos naturales, el sector medio del valle, donde se encuentra Caral, posee las mejores rutas de comunicación con los valles vecinos, cuya población habría estado bajo el control ideológico de los conductores de los templos de Caral. Así parece sugerirlo la amplia distribución que alcanzó en el área el patrón arquitectónico de plataformaplaza circular hundida, peculiar de los asentamientos de Supe.
LOS FELIGRESES DE CARAL
Los constructores de Caral tuvieron conocimientos de arquitectura, geometría y astronomía. Supieron combinar formas y pianos, ordenar los edificios en el espacio, de acuerdo a un plan preconcebido, en un contexto artístico de intenso carácter religioso.
El ordenamiento espacial previo, la extensión del espacio construido y la diversidad de estructuras sugieren un patrón definidamente urbano.
Si comparamos la arquitectura de Caral con la del sitio de Aspero, ubicado en el litoral de Supe, observamos una fuerte identidad en el patrón constructivo, en la tecnología, en los materiales utilizados y en los procedimientos; esto hace pensar en la existencia de un grupo de especialistas que prestó servicios en ambos sitios o de una intensa comunicación entre las autoridades de estos centros urbanos, del litoral y del valle medio. Es también similar la forma como se ha expresado el patrón cultural de permanente construccióndestrucción, enterramiento y reconstrucción de los edificios.
A diferencia de los centros ceremoniales del período siguiente, «Formativo», Cara! muestra una gran extensión y, sobre todo, una mayor diversidad constructiva, que se espera de un lugar habitado por una población permanente. Por otro lado, la mayoría de los ambientes religiosos en las áreas excavadas son pequeños e íntimos, especiales para un número reducido de participantes, que quizás agrupaba a los representantes de las familias.
Se hace evidente que la sociedad tuvo una organización jerarquizada, con estamentos sociales bien definidos: campesinos pescadores y los especialistas, que eran autoridades religiosas o gestores. En algunos casos, los edificios estuvieron cercados por murallas que separaban al personal que los ocupaban del resto de la comunidad, Asimismo, en los complejos excavados existen ambientes que contienen estructuras escalonadas, que recuerdan al «usnu» incaico, símbolo del poder o importancia de la autoridad social.
Los trabajadores, además de realizar las actividades económicas de subsistencia, agricultura, pesca, recolecta de mariscos y de aprovechar de los recursos naturales del monte ribereño, de los pantanos y de las lomas, estaban obligados a prestar servicios permanentes en las obras públicas: explotación de canteras, traslado de los bloques de piedra, algunos de grandes dimensiones, para la construcción y remodelación permanente de las edificaciones. Ellos también tuvieron a su cargo el acarreo de piedras y tierra en grandes volúmenes, para el enterramiento ritual de las construcciones, actividad realizada periódicamente,
El número de centros urbanos (17), identificado en el valle de Supe, y su magnitud, requirieron de una gran cantidad de mano de obra y de los excedentes, para su edificación, mantenimiento, remodelación y enterramiento. Si consideramos exclusivamente la capacidad productiva de este pequeño valle, esa inversión no habría podido ser realizada sin la participación de las comunidades de los valles vecinos. Por motivos que todavía desconocemos, la ideología de los pobladores de Supe alcanzó prestigio regional en la época, convirtiéndolo en un valle sagrado. Las comunidades ubicadas en las rutas de comunicación, como Caral, atrajeron la atención de sus vecinos, lograron captar la fuerza de trabajo y los excedentes producidos por los pobladores de los valles costeños de Huaura, Pativilca y Fortaleza, con los cuales se comunicaba Supe a través de varias quebradas laterales, especialmente desde el valle medio.
Nos preguntamos si el mismo nombre que ha quedado en el valle, Supe (de Supay, demonio, diablo), podría ser el recuerdo nominal del temor y respeto que las sociedades de aquella época le tuvieron al lugar donde residían los dioses y estaba el poder de los gestores y conductores de su vida económica, social y religiosa.
RELACIÓN DE OTRAS POBLACIONES COETÁNEAS
Asimismo, cabe señalar las amplias redes de comunicación que se tendieron en el Arcaico Tardío, entre los 3000y 1500 años antes de Cristo, en el área norcentral del Perú, espacio que estuvo articulado en el eje de norte-sur, entre los valles de El Chillón y Chao, y en el eje oeste-este, a lo largo de los varios pisos ecológicos de la cordillera, desde el mar hasta el Huallaga y el Marañón.
Esta fue el área que tuvo el mayor avance sociocultural del Perú durante el Arcaico Tardío. Las poblaciones vecinas del área norte y sur presentaban un menor nivel de integración social.
Se ha denominado «tradición cultura¡ religiosa Kotosh» al patrón religioso observado en los varios centros monumentales estudiados en el área norcentral. La sociedad de Caral compartió una serie de rasgos culturales de esta tradición con otros centros de la época, ubicados en el valle de Chuquicara (La Galgada), en el Callejón de Huaylas (Huaricoto), el valle del Huallaga (Kotosh) y el Marañón (Piruro). Entre los rasgos más comunes se encuentran: construcciorres arquitectónicas con recintos pequeños, fogones centrales, ofrendas incineradas, nichos, banquetas y un contexto material precerámico. En el área se generó una importante esfera de interacción, que impulsó el desarrollo cultural. Esta situación explica mejore¡ posterior desenvolvimiento y el nivel monumental de los centros ceremoniales del Formativo Temprano en la costa, en Casma, Rímac o Lurín y la edificación de Chavín de Huantar, un milenio y medio después que se iniciara la construcción de los establecimientos del Arcaico Tardío.
SIGNIFICACIÓN DE CARAL EN EL PROCESO CULTURAL PERUANO Y EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL
Los numerosos centros urbanos que contiene el valle de Supe, de gran complejidad y de temprana datación, realidad arqueológica no informada en otro lugar de¡ territorio nacional, convierten a este valle en una zona privilegiada para las investigaciones sobre el proceso civilizatorio en el país, situación que justifica el calificativo que le estamos dando: «Supe, El Valle Sagrado en los Albores de la Civilización en el Perú ».
En base a la información disponible, se puede afirmar que Cara¡ es uno de ¡os centros urbanos más extensos y complejos del Arcaico Tardío.
Su complejidad arquitectónica, su ordenamiento espacial y de extensión, y los testimonios de su cultura material permiten inferir, a falta de nuestro conocimiento sobre su escritura, la existencia de especialistas que lograron desarrollar ciencias aplicadas como la geometría, aritmética y astronomía, dentro del contexto religioso que se extendió en todas las actividades. Estos conocimientos fueron plasmados en la construcción de la ciudad y, posiblemente, en la confección del calendario. El instrumento ideológico les permitió el manejo de la población y de sus excedentes de producción.
En cuanto al continente americano, el Perú se presenta como el foco civilizatorio más antiguo, con arquitectura monumental y organizaciones sociales complejas, que anteceden en, por lo menos. mil años a las sociedades de similar nivel en Mesoamérica.
El Perú ha sido considerado como uno de los seis focos civilizatorios a nivel mundial, al lado de Egipto, Mesopotamia, China, India y Mesoamérica (Service 1968). Sin embargo, las investigaciones arqueológicas, en el caso peruano, no son todavía suficientes para conocer las características, condiciones y factores que intervinieron para configurar ese alto nivel de desarrollo.
En el plano mundial, podemos señalar que, cuando se construía en Egipto las pirámides de Keops y florecían las ciudades sumerias de Mesopotamia, hacia los 2550 años antes de Cristo, en Supe, Perú, se edificaba el centro urbano monumental de Caral.
También podríamos decir que, si los filósofos presocráticos de Grecia discutían sobre el origen de la vida hacia los 600 años antes de Cristo, en el centro urbano de Caral por lo menos 2000 años antes, anónimos filósofos explicaban a su pueblo diversos aspectos relacionados con la existencia de los hombres, los recursos naturales, el origen de la vida y de las cosas.
EL ABANDONO DE LA CIUDAD SAGRADA
Finalmente, después de varios siglos de ocupación, los habitantes de la ciudad sagrada decidieron abandonarla, no sin antes enterrar todas las construcciones con densas capas de guijarros, piedras cortadas y cantos rodados, cumpliendo con determinadas ofrendas a la usanza tradicional. Nada se dejó al descubierto. El clima, a través de los cuatro milenios siguientes, se encargó de acumular arena y contribuir en esta obra de enterramiento cultural.
En los tres primeros siglos de nuestra era, algunos grupos enterraron a sus muertos en ciertos sectores de la antigua ciudad, sin conocer ya su historia.
Sólo las excavaciones arqueológicas irán desenterrando las calles y barrios de este primigenio centro urbano y se podrá mostrar al mundo las obras realizadas por esta sociedad que logró el mayor esplendor de toda la historia del poblamiento del valle de Supe. No hubo all¡ otra época de similar importancia. Caral nunca volvió a ser habitada y eso ha permitido que lleguen hasta nosotros, sin alteraciones, los testimonios culturales de un pueblo en los albores de la civilización.
CONCLUSIONES
1 . El valle de Supe fue uno de los asientos más importantes donde se configuró la civilización peruana.
2. La ciudad de Caral, perteneciente al período Arcaico Tardío (5000-3500 años antes del presente), es uno de los exponentes más destacados para el conocimiento del proceso civilizatorio del desarrollo urbano y de la formación del estado en el Perú.
3. Los feligreses de Caral que habitaban el territorio en forma nucleada y sedentaria, basaron su economía en la producción agrícola, complementada con la extracción de peces, moluscos marinos y los recursos del monte ribereño, de los pantanos y las lomas.
4. El bajo desarrollo tecnológico fue reemplazado por un alto nivel de organización social, que utilizó a la religión como instrumento para el manejo de la fuerza de trabajo humana.
5. Los habitantes de la ciudad tuvieron un nivel de organización social complejo, con diferencias jerárquicas, donde la clase conductora estaba sustentada por la función social que desempeñaba.
6. La ciudad fue construida, destruida, reconstruida y remodelada permanentemente, en un contexto ritual. Cambió de diseño arquitectónico y de técnicas constructivas a través del tiempo.
7. La construcción, mantenimiento y remodelación de este centro urbano dependió de la productividad de un área mayor que la del valle de Supe. Aquí apreciamos un aumento en la inversión de fuerza de trabajo, a través del tiempo, los volúmenes de piedra y tierra son mayores.
8. La élite de Caral participó en la esfera de interacción formada en el área norcentral, que integró a las regiones de costa, sierra y oriente, cuyas sociedades compartieron una serie de patrones culturales.
9. El valle de Supe fue la sede de una sociedad que alcanzó gran prestigio en el Perú durante el Arcaico Tardío.
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Arqueólogos descubrieron aldea de 5 mil años de antigüedad
Fecha Publicación: 12/06/2005 12:00:00 a.m.
Resumen: Arqueólogos peruanos descubrieron una aldea de pescadores de unos 5.000 años de antigüedad que probablemente abastecía con productos marinos a la ciudad sagrada de Caral-Supe, la civilización más antigua de América, informa la prensa de Lima.
El sitio arqueológico, conocido como Bandurria, está ubicado a 145 kilómetros al norte de Lima, cerca a la localidad de Huacho y en las inmediaciones de la albufera Paraíso.
El arqueólogo que dirige el proyecto, Alejandro Chu, dijo que se trata de una zona en la que sus habitantes accedieron a varios recursos provenientes de la albufera, del mar y de las lomas adyacentes.
Las excavaciones del sitio, formado por cuatro montículos cubiertos de arena de los cuales sólo ha sido excavado uno, ha dejado al descubierto una construcción de barro y piedras de 60 metros de largo, 30 de ancho y 10 metros de altura.
La arqueóloga Ruth Shady, descubridora de la ciudad sagrada de Caral, comentó que la arquitectura de Bandurria consistía en cantos rodados, nunca antes registrada en la costa peruana.
El descubrimiento de las edificaciones de este sitio arqueológico, que cubre un área de unas 23 hectáreas y corresponde al período Arcaico Tardío, podría cambiar el concepto de que no se trataba de una aldea de pescadores si no de un centro preurbano.
Los hallazgos durante las excavaciones han permitido llegar a la conclusión de que los habitantes del lugar utilizaron la fibra del algodón para hacer telas y cordeles para las redes de pesca, y junco para la confección de canastas y bolsos para el traslado del pescado.
Shady comentó que los habitantes de Bandurria deben haber sido los abastecedores de pescado de Caral, ciudad que, según señaló, tuvo vínculos estrechos con pescadores, comerciantes y agricultores.
Además, cerca del lugar excavado se hallaron los restos de un hombre, una mujer y un niño, al parecer miembros de una familia de pescadores, así como avíos de pesca y restos de caminos que habrían comunicado a Bandurria con Caral.
La ciudad sagrada de Caral-Supe, ubicada unos 50 kilómetros al noreste del lugar recién descubierto y que se investiga desde 1994, fue edificada por el primer Estado político de América, con organización económica, social y religiosa, según los expertos.
Fuente: http://www.radional.gob.pa/portal/noticia.aspx?PaginaAnterior=Noticias.Aspx&NoticiaID=31072
En busca de los primeros cubanos
Nuevas excavaciones arqueológicas podrían probar que la presencia humana en Cuba y las Antillas es mucho más antigua de lo que se cree.
Sagua la grande, Cuba. "Estamos en el inicio de todo", dice cauteloso el arqueólogo alemán Jean Weining, luego de seis semanas de paciente trabajo topográfico para determinar futuras excavaciones que podrían dar un vuelco a las teorías actuales sobre los seres humanos más antiguos de Cuba y las Antillas.
Su colega cubano Raúl Villavicencio sólo sonríe, a su lado. Seguramente por su cabeza pasa, en rápida sucesión, más de una década de dedicación casi absoluta al rastreo minucioso de cualquier posible huella que complete, con el debido rigor científico, el rompecabezas de sus hallazgos arqueológicos.
Su obsesión comenzó hacia 1987, cuando se estrenó como director del museo de Sagua La Grande, ciudad de unos 60 mil habitantes situada en la parte norte de la central provincia de Villa Clara. "Salí a terreno, con un grupo de aficionados, a buscar cosas para el museo", relata.
Un día de 1992, una enorme piedra de sílex (pedernal) tallada, comparable por su forma al asiento de una bicicleta y hallada en forma casi fortuita, quedaría registrada en sus archivos como la primera de varias herramientas presumiblemente usadas por seres primitivos encontradas en aquella región.
"Son hachas de mano que pesan de ocho a 10 libras (3.6 a 4.5 kilogramos), confeccionadas con una técnica semejante a instrumentos usados en el Viejo Mundo unos 35 mil años antes del presente", afirma Villavicencio, quien destacó que la antigüedad probada de los primeros habitantes de Cuba no pasa hasta ahora de poco más de 5 mil años.
"Estos instrumentos son un fenómeno único en América, similares a los europeos por su estilo y su forma. Nosotros vemos esto como el borde exterior de la difusión del paleolítico por el mundo. Pueden ser remanentes del paleolítico, que llegaron a este continente", asegura.
Los hallazgos incluyen cuchillos, puntas de flechas y raspadores confeccionados también con sílex, abundante en la cordillera de la porción noroeste de Villa Clara. "Este mineral es una variedad de cuarzo, muy duro e idóneo al hombre antiguo para enfrentar el medio", afirma el especialista.
Villavicencio asocia esas herramientas con restos de fauna de una época en que abundaban animales de gran talla y aves gigantes, hallados en diferentes sitios, algunos distantes entre sí unos 40 kilómetros. "Cavábamos de 10 en 10 centímetros y junto con los huesos íbamos encontrando herramientas del hombre", dijo al relatar uno de esos descubrimientos.
Según el experto, ese aspecto interesó especialmente a Hansjürgen Müller-Beck, profesor de Prehistoria e Historia Temprana de la Universidad de Tubinga, en Baviera (sudeste de Alemania), quien encabeza el equipo de su país en un proyecto de investigación que se lleva a cabo con especialistas cubanos.
Müller-Beck dice que la contemporaneidad de los restos de fauna y las herramientas "es irrefutable, porque si el hombre hubiera vivido posterior a esa fauna, las herramientas estarían encima", comenta Villavicencio.
Pero Weining, quien trabaja en la empresa privada alemana de investigaciones arqueológicas ProArch, afirma que prefiere pensar "en el todo y no en las partes".
"Las hachas son un punto. Los huesos de una fauna distinta son otro punto, los artefactos, otro punto. El fechado (radiocarbónico), otro punto. Todo eso es como un mosaico formado por pedacitos chiquitos que hay que investigar", explica.
El proyecto acordado con los expertos alemanes, denominado "El poblamiento más temprano de Cuba", terminó una primera fase en la cual se evaluaron los sitios para nuevas excavaciones en Villa Clara y en la oriental provincia de Holguín, también incluida en el plan.
Según Weining, se prevé que en enero comiencen excavaciones a campo abierto y en cuevas, mediante técnicas y métodos reconocidos internacionalmente, para recopilar gran cantidad de material que permita avanzar hacia la meta mayor: averiguar cuándo llegó el ser humano a América.
Se sabe que comunidades de cazadores-recolectores se establecieron en la región holguinera del río Levisa hace unos 5 mil 150 años, apuntó la uruguaya Lilián de Moreira, profesora de historia de la Universidad de La Habana.
Esa fecha es la más antigua comprobada del poblamiento caribeño en las Antillas Mayores. En República Dominicana, comunidades similares se establecieron hace unos 4 mil 550 años.
No obstante, muchos arqueólogos cubanos pensaban aún antes de los hallazgos de 1992 que por la tipología del trabajo del sílex hallado en Cuba, las poblaciones responsables debieron llegar a la isla hace 7 mil ó 10 mil años.
Esos hallazgos podrían probar que la presencia humana es mucho más antigua, y abrir interrogantes sobre la procedencia de los primeros pobladores, que según las teorías más extendidas hasta ahora habrían llegado al Caribe hace unos 10 mil años, desde el suroeste de América del Norte, por pasajes emergidos durante el final del cuarto periodo glacial.
El proyecto de investigación es apoyado por la Fundación Fritz Thyssen, una organización no gubernamental alemana creada para el fomento de la ciencia. Por Cuba participan el Departamento Centro-Oriental de Arqueología de Holguín y el Centro de Estudios y Servicios Ambientales de Villa Clara.
Fuente: Patricia Grogg*. El Universal, México, 25 de junio de 2005.
* La autora es corresponsal de IPS.
© 2005 Copyright El Universal-El Universal Online, México.
Enlace: http://www.cubanet.org/CNews/y05/jun05/27o10.htm
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En el Simposio El hombre temprano en América
SE AMPLÍAN LAS TEORÍAS ACERCA DEL POBLAMIENTO DEL CONTINENTE
Con la realización del Segundo Simposio Internacional El hombre temprano en América, éste proyecto se consolida como uno de los más importantes foros de difusión de los estudios realizados para explicar el poblamiento del continente, lo que garantiza su continuidad; aseguró Moisés Rosas, secretario técnico del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
Además con la participación creciente de investigadores del continente y de Europa, el Simposio se consolida para dejar de ser una responsabilidad institucional y convertirse en un importante foro de difusión de estos estudios, para rebasar, además, el ámbito de las instituciones, con lo cual se garantiza su permanencia, aseguró.
Por su parte, José Concepción Jiménez, uno de los coordinadores de esta actividad, señaló que entre los datos más destacados se encuentran investigaciones realizadas en Cuba y Chile, donde se han determinado fechamientos que ahora ubican el comienzo del poblamiento de América entre 8 mil 500 y 9 mil años.
Entre ellos, cabe desatacar que el hallazgo más reciente con esa fecha se ubica en la isla de Cuba, el cual fue presentado en el Simposio por Jorge Andrés Brito Niz, quien abordó en su trabajo las teorías planteadas desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, para así proponer nuevas hipótesis acerca del origen del poblamiento de Cuba y las Antillas.
Por ello, Jiménez consideró que la realización de este segundo encuentro "representó la oportunidad de ponernos al día en cuanto a las investigaciones sobre el poblamiento de América, al dar a conocer trabajos provenientes de todo el continente, y ampliar así la perspectiva de estudio que se tiene en la materia".
Otro de los estudios presentados fue el Francisco Mena, de la Universidad de Chile: Contexto estratigráfico y fechación directa de esqueletos humanos del Holoceno Temprano en Cueva Baño Nuevo (Patagonia central, Chile).
En su exposición señaló que se conocen muy pocos esqueletos humanos en América que hayan sido asignados con cierta confianza a la transición Pleistoceno-Holoceno, pues la mayoría de ellos poseen pobres asociaciones estratigráficas.
Sin embargo, recientes investigaciones interdisciplinarias en Cueva Baño Nuevo, ubicada en la zona central de la Patagonia, en Chile, han permitido registrar el contexto geoarqueológico de seis esqueletos humanos fechados directamente.
"Aunque sólo se dispone de un cráneo adulto, tanto las medidas de esta pieza como la estatura inferida a partir de huesos postcraneales y análisis preliminares de ADN, revelan claramente que se trata de una población mongoloide, pero distinta a los indígenas patagónicos históricos".
Por otra parte, Mena dijo que no se han encontrado evidencias que sugieran acciones de caza o explotación de fauna pleistocénica extinta y aunque se ha registrado la presencia en el sitio del milodón y caballo americano, parece poco probable incluso que hayan coexistido con los primeros habitantes humanos.
Concluyó que tanto los análisis geológicos, como los abundantes fechados radiocarbónicos en la matriz sedimentaria y la evaluación crítica de varios agentes de bioturbación, confirman que la estratigrafía del sitio está poco alterada, lo que ofrece una oportunidad especialmente valiosa para estudiar el contexto funcional de un sitio temprano en este sector meridional de América.
Fuente: http://www.conaculta.gob.mx/saladeprensa/2004/15sep/clausura.htm
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ACERCA DE LAS CULTURAS ABORIGENES QUE HABITARON EN EL ACTUAL TERRITORIO DE SANTA CLARA.
Por Lic. Alfredo B. Pérez Carratalá
Poco se conocía de la arqueología en Santa Clara hasta la década de 1950 en que un inquieto profesor y aficionado a las ciencias del Instituto de Segunda Enseñanza de esta ciudad, el Dr. José Álvarez Conde, encontró algunas evidencias arqueológicas aborígenes aisladas en las cercanías.
Merecen ser mencionado por su curiosidad el hallazgo de dos esferolitías (Esferas de piedra elaborada por los aborígenes, a las que se les atribuye significado ritual) en una fosa del antiguo Colegio Teresiano, hoy ESBU Juan Oscar Alvarado, así como algunos percutores de cuarzo, un mortero de piedra de forma semiesférica y un colgante del mismo material en las cercanías del barrio de Provincial. Todo este material formaba parte del museo privado del investigador.
También creo productivo añadir, como dato curioso, que entre 1987 y 1988 - durante la restauración del edificio del Círculo Juvenil Alegría de Juventud que hoy ocupa el Consejo Provincial de las Artes Plásticas y que fuera residencia de la familia de Doña Marta Abreu de Estevéz . e en una fosa en el patio, aparecieron entre otros objetos de procedencia colonial varios fragmentos de cerámica de factura indudablemente aborigen.
En 1992 se descubrió el primer sitio arqueológico en las márgenes del río Ochoa, a 1 km. aproximadamente al sur de la Universidad Central de Las Villas. En superficie, se pudo colectar herramientas de piedra tallada, percutores líticos y fragmentos de conchas marinas pertenecientes a ejemplares del molusco conocido como Cobo (Strombus sp.).Todo este contexto es asignable a comunidades que no conocían la agricultura ni producían útiles de cerámica, basando su subsistencia en una economía de apropiación con actividades bien marcadas en la pesca, la recolección y como complemento la caza de pequeños mamíferos (jutías) y aves silvestres; que se clasifican hoy como preagroalfareros con tradiciones mesolíticas (Febles y Rives,1996)
Este hallazgo es significativo si tenemos en cuenta que los grupos humanos que se encontraban en este nivel de desarrollo, por su marcado nomadismo estacional transitaban constantemente el territorio que hoy ocupa la provincia de Villa Clara en dos direcciones SurNorte y EsteOeste.
La componente SurNorte, nos sugiere una línea intermigratoria interesante pues estos grupos se movían casi siempre usando como vía de transportación y/o referencias las corrientes fluviales que corren preferentemente en la región en este sentido; pensamos que bien pudieron provenir del sur de las actuales provincias de Sancti Spíritus y Cienfuegos y penetraron en nuestra área por las cuencas del río Agabama - Zaza - Rio Hacha; después - transitando por los afluentes del parteaguas norte - ingresaban en las cuencas de los ríos Sagua la Grande y Sagua la Chica, que son las de mayor densidad de sitios arqueológicos reportados hasta el presente.
Con posterioridad, han sido descubiertos más de una decena de residuarios en las riberas del río Ochoa, perteneciente a la cuenca del Sagua la Chica, y en el río Yabú que es afluente del Sagua la Grande. En esta última área se reportan tres sitios con presencia de fragmentos de cerámica de factura tosca, sin decoración y provenientes de vasijas de pequeñas dimensiones, que pueden asignarse a comunidades de preagroalfareros con tradiciones neolíticas incipientes, toda vez que el resto de su ajuar no difiere de los grupos humanos que anteriormente mencionamos y que los fragmentos de barro que aparecen en las ultimas capas de esos sitios bien pudieran ser el indicador del paso a un nivel superior de desarrollo socio económico a partir de la domesticación de algunas plantas silvestres o del conocimiento rudimentario de cultivos, lo que llevó como respuesta a la creación de la primera substancia artificial creada por el hombre la cerámica para poder cocer los alimentos de procedencia vegetal.
Es significativo que todos los sitios arqueológicos reportados se encuentran al Norte y EsteNordeste de la ciudad, en terrenos calizos con suelos predominantemente pardo carbonatados que sustentaban un bosque mesófilo donde crecían muchas especies de frutales y fauna silvestres constituyendo un ecosistema muy apropiado para las actividades subsistenciales factible de explotar acorde al grado de desarrollo de las fuerzas productivas de las comunidades aborígenes que nos ocupan.
Hay que destacar que los terrenos al sur de Santa Clara corresponden a rocas del complejo ofiolítico ( serpentina y esquistos) con suelos esqueléticos y vegetación de cuabal, con pobreza de especies comestibles tanto de la flora como la fauna; esto quizás explique por qué, aunque es un área bastante explorada, no se hayan reportado evidencias arqueológicas.
Pese al alto grado de modificación del paisaje que presentan los alrededores de nuestra ciudad producto de las acciones constructivas, agrícolas e industriales, aún hay posibilidades de seguir encontrando restos de la cultura material de los hombres que nos precedieron en el tiempo y que contribuyeron aunque muy distantemente a la formación de nuestra nacionalidad y cultura.
BIBLIOGRAFIA:
Alvarez Conde, José. Revisión indoarqueológica de la Provincia de Las Villas, Junta Nacional de Arqueología y Etnología, La Habana, 1961
Febles Dueñas, Jorge. y Alexís Rives. Clasificación para las culturas aborígenes de Cuba y Las Antillas Carta Informativa No. 20 La Habana, 1996.
Pérez Carratalá, Alfredo y Ramiro Ramírez García y Luis O. Grande. Apuntes para el Censo Arqueológico de la Provincia de Villa Clara. (Inédito) Santa Clara, 1993.
Fuente: http://www.villaclara.civc.inf.cu/geografia/arqueolog%EDa/arqueologia_santaclara.htm
VALORES ARQUEOHISTORICOS Y ETNOLOGICOS EN LA CAYERIA NORDESTE DE VILLA CLARA
Arqueología del municipio de Caibarién.
Caibarién es uno de los municipios con mayor riqueza arqueológica en la provincia de Villa Clara, hasta el presente (cierre 2001) han sido localizados 56 sitios arqueológicos y paraderos (estaciones), 8 de ellos pertenecen a (comunidades con tradiciones paleolíticas), destacándose el asentamiento de Sierrezuela, donde se observó una superposición cultural con la presencia de evidencias en sus capas tempranas de herramientas con tecnotradición paleolítica y de las medias a tardías tradiciones mesolíticas, en los niveles superficiales.
Son de tradiciones mesolíticas 40 sitios y se ubican en áreas despejadas, muy próximos a la costa, y con un ajuar fundamentalmente elaborado en concha. También, hay 5 sitios de comunidades con tradiciones neolíticas incipientes y 3 sitios son asignables a los agroalfareros (comunidades con tradiciones neolíticas) siendo estos los únicos reportados hasta ahora en Villa Clara. (Sampedro et al, inédito)
Poblamiento Primitivo en los cayos del nordeste de Villa Clara.
Hasta el presente, como resultado de los estudios arqueológicos realizados en el grupo insular del N.E de Villa Clara, se han podido ubicar 35 sitios arqueológicos; 29 de ellos correspondientes al período aborigen y 6 al período colonial.
Las comunidades aborígenes que se asentaron en la cayería se encontraban en un nivel de desarrollo Preagroalfarero con Tradiciones Mesolíticas correspondientes a la Etapa de Economía de Apropiación, teniendo en las actividades de la pesca y la recolección la solución principal de sus problemas subsistentes básicos, las que complementaban con la caza de pequeños mamíferos y aves silvestres.
Las dimensiones de estos asentamientos se consideran de pequeños (Menos de 600m2) siendo calificados en la mayoría de paraderos, por lo la permanencia en los cayos respondía a propósitos económicos concretos, acorde a las actividades subsistenciales y su nivel de desarrollo socioeconómico.
En tres de los sitios reportados (Punta del Pirata, sitio sur en cayo Ensenachos y Area#2 de cayo Santa María) se ha podido colectar una cerámica tosca, sin decorados, con fragmentos pertenecientes a vasijas de pequeñas dimensiones (menos de 300 mm) los que los ubicaba en el nivel de desarrollo Preagroalfarero con Tradiciones Neolíticas Incipientes (Protoagricultores)
En el marco territorial (Litoral norte y nordeste de Caibarién Yaguajay) se reportan 25 sitios arqueológicos con filiaciones culturales similares a los encontrados en la cayería, lo que nos hace inferir una probable vinculación entre los mismos, dado el probado dominio de la navegación por estos grupos humanos.
El ajuar predominante en los sitios de la cayería está compuesto fundamentalmente por herramientas elaboradas en concha, estando presentes las gubias, vasijas, platos, raspadores y puntas enmangables, todo lo que resulta muy lógico si tenemos en cuenta que a partir de la actividad extractiva quedaba como sub producto una materia prima la concha para la explotación de la cual contaban con una larga tradición tecnotipológica.
No obstante, en menor cuantía se han colectado herramientas producidas en sílex, cuya talla se realizó a partir de núcleos multiplanos de láminas de lascas, logrando preformas de más de 4 cm con predominio de estas últimas, las que fueron utilizadas preferentemente sin ningún tipo de modificación secundaria (retoque) (Pérez et al. 1989).
Resulta interesante resaltar que en las alturas de Sierrezuela hay una gruta con un sitio correspondiente al nivel de desarrollo Preagroalfarero con Tradiciones Paleolíticas. (Protoarcaicos). Estas comunidades arribaron a Cuba presumiblemente desde el Sur de la Florida, usando como puente el arco de Las Bahamas, cuando el nivel del mar producto de los cambios eustáticos en el Pleistoceno habían descendido unas decenas de metros y las tierras emergidas favorecían este tránsito (Godo et al. 1987).
Estos hombres, que tenían como actividad fundamental la caza, pudieron arribar a nuestras costas hace más de 10 mil años A.P. (Antes del Presente), constituyendo este sitio uno de los de más importancia para la explicación del poblamiento temprano de Cuba y Las Antillas.
Aunque aún no se han localizado sitios del Protoarcaicos en la cayería, no podemos descartar por superposición geográfica, que estas tierras emergidas pudieron constituir los primeros puntos de contacto en el flujo de las corrientes migratorias desde norteamérica a Las Antillas.
En cayo Ensenachos en la Cueva del Muñeco, y en una solapa a pocos metros de ella, conocida como La Solapa de Los Chivos, se han reportado evidencias de las comunidades aborígenes que habitaron el territorio, las que se encontraban en un nivel de desarrollo preagroalfarero (comunidades con tradiciones mesolíticas), correspondientes a la Etapa de Economía de Apropiación, teniendo como actividades económicas fundamentales, la pesca y la recolección. La Cueva del Muñeco, debe su nombre a un petroglifo antropomorfo de muy discutida procedencia, esculpido en una de sus paredes.
El poblamiento aborigen en estos cayos transcurrió hasta tiempos bastante tardío. Se ha podido conocer que en 1703 aún vivían allí, comunidades aborígenes que se dedicaban al comercio de trueque de mariscos con los habitantes de la Villa de San Juan de los Remedios sirviendo además de vigías ante la presencia de barcos enemigos y merodeadores. (Martínez Fortún 1963).
BIBLIOGRAFIA:
Alvarez, C. J. (1961): Revisión Indoarqueológica de la provincia de Las Villas. En. Revista de Arqueología y Etnología. Ed. Junta Nacional de Arqueología y Etnología, La Habana, Cuba.
Antozak, M. Y A. Antozak. (1987): Algunas consideraciones sobre la identificación del material arqueológico de concha: el caso del Strombus gigas en el archipiélago Los Roques, Venezuela .En. Boletín Asoc. Venez. de arqueólogos, No. 4, Caracas. Venezuela.
Boletín del Archivo Nacional (1911) año X No. VI nov. dic. La Habana, pp. 326 327.
Calvera, J y R. Funes (1991): "Método para asignar pictografías a un grupo cultural. En: Arqueología de Cuba y de otras áreas Antillanas. Editorial Academia La Habana
Dacal, R. y M.. Rivero. (1986): Arqueología aborigen de Cuba. Editorial Gente Nueva. La Habana. 174 pp.
Febles Dueñas, Jorge. y Alexís Rives. Clasificación para las culturas aborígenes de Cuba y Las Antillas. Carta Informativa No. 20 La Habana, 1996.
Godo, P.; G. Baena; A. Menéndez, y A. Morffís. (1987): La industria lítica de Punta del Vizcaino, Caibarién, provincia de Villa Clara En. Carta Informativa No. 100, Epoca II. Ed. Academia, La Habana Cuba.
Martínez - Fortún, A. (1956): Anales y Efemérides de la villa de san Juan de los Remedios. En. Museo Municipal de Remedios. 50pp.
Nuñez, A. (1986): El arte rupestre cubano. 1er Simposium Mundial de Arte Rupestre. (UNESCO). La Habana 188 pp
Sampedro, Ricardo et al. Atlas Arqueológico de Villa Clara, (inédito) Santa Clara, Cuba
Ortega, F. (1983): "Una hipótesis sobre el clima de Cuba durante la glaciación Wisconsin. En: Ciencias de la tierra y el espacio 7:57-68
Pérez Carratalá, Alfredo; R. Ramírez García y L. O. Grande (1989): Apuntes para el Censo Arqueológico de la Provincia de Villa Clara. (Inédito) Santa Clara, Cuba.
Provincia Villa Clara. Ed Ciencias Sociales. La Habana. 1979
Ulloa, J. (2000): "Migraciones en el caribe precolombino". En: El Caribe Arqueológico. Casa del Caribe. Santiago de Cuba No. 4:14-19
Fuente: http://www.villaclara.civc.inf.cu/geografia/arqueolog%EDa/arqueologia_valorescayeria.htm
Perú. ¡Salvemos Chan Chan!
Aumento de la capa freática afecta estructuras de importante complejo arqueológico considerado como la "Ciudad de barro más grande del mundo".
El complejo arqueológico Chan Chan se encuentra en un grave problema. El incremento de la capa freática (agua del subsuelo) amenaza con socavar y derrumbar parte de las estructuras de esta importante obra de la humanidad. La ciudad de barro más grande del mundo se ubica en el valle de Moche, frente al mar, a la mitad del camino entre el balneario de Huanchaco y la ciudad de Trujillo, capital del departamento de La Libertad en la costa norte del Perú.
La zona arqueológica cubre un área aproximada de 20 kilómetros cuadrados. La parte central está formada por un conjunto de 10 recintos amurallados (llamados "ciudadelas") y otras pirámides solitarias.
Este conjunto central, cubre un área de 6 kilómetros cuadrados, aproximadamente. El resto, está formado por una multitud de pequeñas estructuras mal conservadas, veredas, canales, murallas y cementerios.
PRIMEROS ESTRAGOS
Debido a la humedad en la zona arqueológica de Chan Chan, en mayo del 2004 se desmoronó parte de una de las paredes del sector El Huachaque, ubicado dentro del palacio Tschudi.
Meses atrás la humedad provocó el asentamiento de nueve metros de la citada pared y recientemente ocurrió con otros seis metros más, generando un problema estructural.
La directora regional del Instituto Nacional de Cultura (INC) La Libertad, Lutgarda Reyes Álvarez, advirtió que el incremento de la capa freática está originando que las paredes del complejo se deterioren y puedan desplomarse.
Indicó que la pared dañada por este fenómeno será reforzada con un muro paralelo.
Frente a esta delicada situación Reyes Álvarez propuso que un equipo técnico se aboque a estudiar el problema de la capa freática y de esa manera evitar que el complejo arqueológico corra el riesgo de desparecer.
"Necesitamos la unión de todos para salvar a Chan Chan", agregó la funcionaria.
Roxana Gonzáles Peláez/ Colegio Modelo. RED DE PERIODISTAS ESCOLARES
Fuente: Noticias Trujillo.com, 24 de junio de 2005
Enlace: http://www.noticiastrujillo.com/index.php?option=com_content&task=view&id=4263&Itemid=96
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CHAN CHAN
Vino del mar, no se sabe de dónde, en una flota de balsas, con toda su corte y guerreros, llegó a la costa norte de lo que hoy es el Perú, en el valle de Moche y fundó un reino. Su nombre era Tacaynamo y fue el primer soberano de Chan Chan, la ciudad más importante de Chimú. Tubo un hijo llamado Guacricaur, y éste, uno al que llamó Ñancempinco. Fueron diez los reyes de esta dinastía. El último, Minchancaman fue derrotado por los Incas, quienes destruyeron la ciudad y dividieron al reino. Así cuenta la leyenda de Tacaynamo, recogida en el documento "Historia Anónima" escrita en 1604 por algún cronista español, que narra la fundación de Chan Chan y del reino de Chimor.
Chan Chan se ubica en el valle de Moche, frente al mar, a mitad de camino entre el balneario de Huanchaco y la ciudad de Trujillo, capital del departamento de La Libertad en la costa norte del Perú El sitio arqueológico cubre un área aproximada de 20 kilómetros cuadrados. La zona central esta formada por un conjunto de 10 recintos amurallados (llamados "ciudadelas") y otras pirámides solitarias. Este conjunto central, cubre un área de 6 kilómetros cuadrados, aproximadamente. El resto, está formado por una multitud de pequeñas estructuras mal conservadas, veredas, canales, murallas y cementerios.
Antecedentes
Desde fines del intermedio temprano (600 d.C.), y comienzos del horizonte medio (700 d.C.) -fase Moche V- en la costa norte del Perú, surgen nuevos modelos de ciudades, donde la estructura principal no será únicamente una pirámide ceremonial, sino una gran cantidad de cuartos y edificios cercados por grandes muros ("canchones"), que acompañan a ésta como la parte más importante del asentamiento. Un ejemplo de esto lo tenemos en las urbes Moche V de Pampa Grande, en el cercano valle de Lambayeque y Galindo, en el mismo valle de Moche. Lejos de las diferencias formales, en ambos, se pueden notar la importancia que tienen los grandes recintos amurallados, que albergan edificios dedicados a funciones administrativas, y por supuesto, ceremoniales. Otro ejemplo, lejano físicamente, pero contemporáneo, son las ciudades de Cajamarquilla y Pachacamac en la Costa Central (ambos, próximos a Lima).
Por su gran volumen y su antiguo prestigio de haber sido la capital de un importante y rico reino, Chan Chan ha estado presente en el interés de los viajeros e investigadores desde hace siglos. Sin embargo, hay que hacer notar que las menciones y referencias de este sitio en los documentos más antiguos, después de la conquista española, son escasos, o se refieren a él como una ruina. Es por eso que se postula, que tras la conquista Inca, Chan Chan (en un tiempo, rival del Cusco) fue saqueada y destruida (aproximadamente en el año 1470) y cuando llegó Pizarro (1532) esta ciudad era sólo un pálido reflejo de su viejo esplendor, habitado por pocas personas de escasa importancia política y económica.
Durante la época del virreinato (1532 - 1821) Chan Chan fue objeto de múltiples saqueos y destrucciones, pues existía la creencia que entre sus muros y pirámides estaba escondido un gran tesoro en piezas de oro y plata. Y aunque no hay datos oficiales que lo respalden, existe la leyenda de que varias fortunas se originaron de esa manera. Recién en el siglo XIX, con el renacer de las ciencias, esta ciudad fue estudiada con interés académico, viajeros como Rivero, Tshudi, Hutchinson, Middendorf y Bandelier la dibujaron, mapearon y describieron, preguntándose por su origen y cómo habría sido la vida las personas que poblaron Chan Chan. El siglo XX inaugura a la arqueología como ciencia, y los arqueólogos la hacen una de las principales fuentes de conocimiento del pasado peruano. Destacan las investigaciones de Bennet, Schaedel, Willey, Kosos, West, Mosley y Mackey.
Descripción
El núcleo de Chan Chan está formado por 10 "ciudadelas", llamadas así por ser grandes recintos cercados ("canchones"), en cuyo interior albergan muchas estructuras menores, asemejando pequeñas ciudades amuralladas, de los cuales 9 tienen muchas características comunes. Vistos desde el norte y el sentido de las agujas del reloj han sido bautizadas como Squier, Gran Chimú, Bandelier, Uhle, Chayhuac, Tschudi, Rivero, Laberinto, Tello y Velarde. Los nombres derivan, en la mayoría de ellos, de viajeros e investigadores que han fijado sus ojos y pensamientos en esta urbe prehispánica. Como ejemplo del tamaño de estas estructuras, mencionaremos a la ciudadela Rivero, que ocupa un área de 8,7 hectáreas, o Gran Chimú (la más grande) con 22,1 hectáreas. Las demás, tienen un promedio de 14 hectáreas.
La forma como esta organizada Chan Chan refleja que existió una fuerte estratificación, con clases sociales distintas ocupando diferentes áreas y edificios propios a su condición económica. Las ciudadelas, por ejemplo, están protegidas por altas murallas y tienen un solo acceso, facilitando el control de los que ingresaban y salían.
Además del área nuclear, podemos distinguir en la organización de Chan Chan otras 2 zonas de importancia: Al sur y oeste de las ciudadelas, conjuntos de construcciones menores, aglutinadas, llamadas "barrios marginales" y "complejos arquitectónicos de elite", finalmente, una serie de estructuras dispersas como depósitos, caminos, pirámides, caminos, cementerios, acequias, huertos hundidos ("huachaques") y diques.
Las ciudadelas, como ya se dijo, son diez, y es de notar que, al menos nueve de ellas (salvo la llamada Tello), compartan características formales, como:
Son áreas cercadas de forma rectangular.
Tienen orientación norte / sur.
Están divididos en tres sectores.
Es notable un alto grado de planificación en su construcción.
Acceso principal ubicado al norte.
Compartir una similar zonificación al interior de las ciudadelas.
La presencia de plazas, audiencias, depósitos, plataforma funeraria y pozos.
Al interior, su organización está dada por 3 sectores: norte, central y sur. El sector norte es una plaza o patio con banquetas (muros bajos que pueden ser usados para sentarse) en su perímetro, con un acceso hacia el sur, al que se llega subiendo por una pequeña rampa. Este acceso conduce a las "audiencias" y los depósitos. Esta llamadas audiencias, son construcciones que vista desde arriba (vista en planta) tienen forma de "U" y que debieron albergar a un funcionario o personaje ligado a las más importantes funciones administrativas de la ciudad.
En el sector central se pueden encontrar la mayor concentración de construcciones dedicadas al almacenamiento de productos. Además se encuentra la "Plataforma Funeraria", pequeña pirámide trunca de baja altura, al interior de la cuál estuvo enterrado el Señor principal de cada una de las ciudadelas. La mayoría de estas plataformas fue saqueada en los primeros años de la conquista española (1532), aunque es posible que tal destrucción haya empezado antes, inmediatamente después de la conquista Inca.
El sector sur, es en apariencia, un cercado libre de construcciones, pero que, gracias a las excavaciones arqueológicas, sabemos que allí existieron estructuras hechas en materiales perecederos, que evidencias actividades domésticas. Esta zona, fue el área de residencia, donde se ubicaron la cocina y los dormitorios. Seguramente por eso, es aquí donde se ubica el pozo de agua que abasteció del líquido elemento a todos los habitantes de la ciudadela.
Los Complejos Arquitectónicos de Elite se ubican fuera de las ciudadelas. Son recintos construidos en adobe con paredes y esquinas rectas (planto ortogonal), que se encuentran en una gran variedad de formas y muy diferentes entre sí en cuanto al tamaño y calidad de sus construcciones. Sin embargo, comparten una constante: repiten algunas características propias de las ciudadelas, como son patios, audiencias, depósitos, pozos de agua, orientación y distribución interna. Estos edificios no sirvieron únicamente como residencias, sino, también a una vasta gama de actividades relacionadas con la administración. Los habitantes de estos complejos debieron realizar actividades semejantes o relacionadas con dueños de las ciudadelas, aunque, con mucha menos importancia política y económica.
Se ha considerado a Chan Chan como una ciudad compuesta sólo por edificios monumentales y grandes templos, pero, se ha identificado una gran cantidad de viviendas de pobre construcción, a manera de barrios marginales. John Topic es un arqueólogo norteamericano que estudió estas estructuras, y llegó a la conclusión que estos barrios formaban una sola clase social. Se ubican en la periferia de la ciudad (al sur y al oeste). Difieren completamente, en cuanto a sus características, de las ciudadelas y de los complejos arquitectónicos de élite. Son construcciones que presentan una fuerte aglomeración y sin orden aparente o planificación.
Están hechos con muros de canto rodado de 50 centímetros de alto, que sirven de base para paredes de quincha (caña con barro), con techos del mismo material, soportados por horcones de madera. Al interior se han descubierto evidencias de actividades domésticas, como fogones, batanes y cerámica utilitaria. Pero ésta no fue la única ocupación de sus moradores. También se dedicaron a la manufactura de textiles, madera, orfebrería y platería. La evidencia en este sentido es tan importante, que se puede afirmar que la mayor parte de la población de esos barrios se dedicó a esas actividades.
El abastecimiento de agua en Chan Chan se realizó a través de más de 140 pozos, donde el 60% estuvo en la zona monumental (ciudadelas), y 12% en los barrios residenciales (de élite y marginales), no obstante que allí moraba más del 90% de la población total.
Arquitectura.
Para construir esta ciudad se utilizaron materiales propios de la región. Las ciudadelas fueron construidas usando muros de adobe sobre cimientos de piedra unidos con barro, más anchos en la base y angostos en la cima.. Para construir pisos, rellenos de paredes, rampas y plataformas, se emplearon adobes rotos, junto con tierra, piedras y otros desechos. La madera se usó para hacer postes, columnas y dinteles. También se usó la caña el carrizo y la estera. Los techos fueron confeccionados entretejiendo atados de paja.
Uno de los detalles que más admiran los actuales visitantes es la gran belleza, variedad y cantidad de muros decorados con altorrelieves. Estos fueron hechos con moldes y decoraron las paredes de patios, audiencias y corredores, al interior de las ciudadelas. Los motivos decorativos más comunes fueron las combinaciones geométricas, pero también son comunes las representaciones de peces y aves.
Para el arqueólogo Kolata, Chan Chan no se construyó en un solo momento, y en base al estudio de los adobe propone 3 momentos en la historia urbana de esta ciudad. La etapa uno, correspondería al núcleo original, formado por las ciudadelas Uhle y Chayhuac. Posteriormente creció hacia el oeste, con Tello y Laberinto, esta última, la primera en usar la división tripartita de su espacio interior. En la etapa dos se construyen Gran Chimú y las edificaciones de los sectores norte y oeste. La etapa 3 esta marcada por la construcción de las 5 ciudadelas restantes.
Para saber más:
BONAVIA, Duccio, 1991. Peru, Hombre e Historia (Tomo I) De los Orígenes al siglo XV. Edubanco. Lima.
RAVINES, Rogger. 1980. Chan Chan, Metrópoli Chimú. Instituto de Estudios Peruanos / ITINTEC. [compilación]. Lima.
ROWE, Jhon H. 1970; "El Reino de Chimor", en 100 años de Arqueología en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos / Petróleos del Perú. [R. Ravines, compilador].
Fuente: Naya Org. Autor, Fotos y Dibujos: Lizardo Tavera
Enlace: http://www.naya.org.ar/peru/chanchan.htm
Chichén Itzá, Teotihuacan y los orígenes del Popol Vuh
Las raíces profundas que unen la centenaria cultura de Teotihuacán con la cultura maya se perciben en el Popol Vuh, también llamado el Libro del Consejo. Parece ésta una afirmación descabellada, pues Teotihuacán tiene su época de esplendor entre el siglo II y el VI de esta era, mientras que la versión que conocemos del Popol Vuh es de 1554, unos diez siglos más tarde. Sin embargo, como verá el lector al concluir la lectura de este ensayo, se trata de una tesis plausible.
Lo cierto es que desde la publicación primera del Popol Vuh no ha cesado la inquisición acerca de sus orígenes, sin que hasta la fecha una explicación se eleve inapelable sobre las otras. La manufactura kiche del libro no puede ponerse en duda, pues los datos muestran que fue redactado en el alfabeto latino en Santa Cruz del Quiché, la fundación española que sustituyó a Qumar Kaaj, la capital del reino kiche. La fecha final de su elaboración es el año de 1554, cuando aún vivían Juan de Rojas y Juan Cortés, quienes aparecen citados en el libro como la última generación de reyes kiche.(1)
Las motivaciones que llevaron a los jefes kiche a redactar en el alfabeto castellano la historia antigua de su pueblo son explícitas. En la primera página se dice que aun cuando antes "existía el libro original, escrito antiguamente", ya no se puede ver ni entender (Popol Vuh 1961, 21). Este dato sugiere que el libro "escrito antiguamente" era un códice pintado, el libro del Consejo de Qumar Kaaj, del cual se copió la versión en alfabeto latino. Al final de su obra los autores reiteran su intención de conservar la memoria del libro ancestral en el lenguaje impuesto por el conquistador. Dicen que como "ya no puede verse el [libro o códice] que tenían antiguamente los reyes, pues ha desaparecido", tomaron la decisión de transcribir en letras la tradición acuñada en pinturas y glifos.
Pero los autores del Popol Vuh introducen una duda acerca de los orígenes lejanos del libro, pues declaran que el códice donde estaban pintadas sus historias les fue dado por Nakxit, el gobernante de Tulán, el reino famoso al que se refieren con reverencia los textos nauas y mayas (Popol Vuh 1961, 142). En el Popol Vuh Tulán es el arquetipo del reino y la fuente de los conocimientos fundamentales. El Popol Vuh registra dos viajes de los jefes kiche a esta Meca política y cultural. El inicial lo hacen los cabezas de la primera generación de linajes kiche, quienes emprenden una larga jornada hacia el oriente, el rumbo donde ubican a Tulán, la ciudad que describen como una metrópoli atestada de gente de diversas etnias que hablaban lenguas distintas. Ahí, narra el libro, les fueron dados sus dioses patronos. Luego, en cantos tristes lloraron su salida de Tulán y fueron a buscar el lugar donde habrían de asentarse y fundar una nación poderosa (Popol Vuh 1961, 110-112 y 116-117). Es decir, según el Popol Vuh, para los jefes del pueblo kiche Tulán era la metrópoli dispensadora de los dioses protectores y los bienes de la vida civilizada.
Motivados por el destino que les fue revelado en Tulán, los linajes kiche invaden la región de altas montañas cercanas al lago de Atitlán, en Guatemala, y emprenden batallas encarnizadas contra los pobladores nativos, a quienes vencen y convierten en tributarios. Protegidos por Tojil, el poderoso dios del relámpago y el trueno (una variante del Tláloc teotihuacano), los kiche se posesionan de territorios dilatados. Sus primeros caudillos, antes de morir, les hicieron tres recomendaciones: no olvidar nunca a los ancestros, visitar el lugar del origen, Tulán Zuywa, y rendirle homenaje al Bulto de Flamas, el envoltorio sagrado que guardaba las reliquias de los fundadores del pueblo kiche (Popol Vuh 1961, 140-141; véase también Tedlock 1996, 50). Como se advierte, las tres recomendaciones hacen de la tradición el principio legitimador del poder, y particularmente la tradición de Tulán Zuywa.
Más tarde, cuando sus sucesores combaten y vencen a las numerosas tribus originarias, emprenden un segundo viaje al oriente, el asiento de la legendaria Tulán Zuywa. Se trata de un viaje de confirmación de los derechos adquiridos, encabezado por los jefes del grupo, quienes en Tulán Zuywa son recibidos por Nakxit, el gobernante de nombre naua ("Cuatro pies"), a quien todos acatan y temen. Nakxit "era el nombre del gran Señor, el único juez supremo de todos los reinos" (Popol Vuh 1961, 142). Aquí, otra vez, la legitimidad política se hace radicar en Tulán Zuywa.
Es decir, mientras en el primer viaje los jefes kiche reciben sus dioses patronos, en el segundo se les otorgan las insignias del poder, los símbolos que legitiman su gobierno. El Popol Vuh y los textos que narran el viaje de los kiche y los kaqchikeles a la Tulán maravillosa, sitúan a ésta en el oriente. Como advertirá el lector, esta es una tradición diferente a la de la época Clásica, cuyos testimonios ubican a Tollan en el occidente, identificándola con Teotihuacán. Los gobernantes de Tikal y de Copán inscribieron en estelas y en monumentos colmados de glifos su ascendencia teotihuacana, y declararon orgullosos sus vínculos con la gran metrópoli del occidente (véase David Stuart 2000, 465-513; y Martin 2001, 98-111). En cambio, diez siglos más tarde, los jefes kiche y kaqchikeles proclamaron descender de una Tulán oriental. (2)
El Popol Vuh asienta que los jefes kiche, obedeciendo el mandato de sus progenitores, dijeron: "vamos al Oriente, allá de donde vinieron nuestros padres" (Popol Vuh 1961, 142). Las fuentes que narran la migración de las tribus que poblaron las tierras altas de Guatemala subrayan el origen oriental de Tulán y cuentan que para llegar a esa gran ciudad fue forzoso atravesar el mar.(3)
El paso del mar es un episodio crucial en este periplo y su registro en las crónicas permite rastrear el probable itinerario que siguieron los peregrinos de Tulán. Así, el Memorial de Sololá dice que al llegar al mar los jefes kaqchikeles se encontraron a "un grupo de guerreros de los llamados nonowalkat [nonoalcas]", en sus canoas (Memorial de Sololá 1999, 159). Como sabemos, las fuentes antiguas ubican a los nonoalcas en el área de Xicalanco, en las orillas de la Laguna de Términos, en el actual estado de Campeche (Fig. 1) (Carmack 1981, 44-48, fig. 3.7). El Memorial de Sololá refiere que los kaqchikeles derrotaron a los nonoalcas y con los barcos de éstos atravesaron el mar y llegaron al oriente, donde estaba asentada Tulán (Memorial de Sololá 1999, 160). O sea que los kaqchikeles recorrieron en canoas la costa de Campeche y desembarcaron en algún punto cercano a Chichén Itzá, el asiento de la famosa Tulán Suywa (Carmack 1981, 46-47). El Memorial de Sololá describe a Tulán Suywa como una ciudad imponente: "en verdad que nos causaron terror esa ciudad y esas casas donde moraban los de Suywa, allá en el Oriente" (Memorial de Sololá 1999, 160). La visita a Tulán suscitó estupor y temor entre los kaqchikeles, pues describen escenas sobrecogedoras, como aquella "cuando se levantó [el viento] entre las casas formando remolinos que se convirtieron en un verdadero torbellino de polvo". Luego cuentan que este torbellino "se arrojó sobre nosotros, nos arremetieron las casas, nos arremetieron sus dioses" (Memorial de Sololá 1999, 160).
Finalmente esas escenas de espanto y vértigo fueron compensadas por el encuentro inefable con Nakxit: "Este era en verdad un gran rey y disponía del encargo de escoger e investir a los señores gobernantes y a los gobernantes adjuntos." Cuando llegaron a su presencia, Nakxit les dijo: "Subid las piedras horadadas para el dintel de mi palacio y os concederé el señorío." Como recordará el lector, las escaleras, dinteles y columnas horadadas más famosas son las que enmarcan la entrada del Templo de los Guerreros de Chichén Itzá (Fig. 2). El Memorial de Sololá dice que cuando los jefes de la nación kaqchikel llegaron a la entrada del palacio de Nakxit "procedieron a subir dichas piedras horadadas. Y de esta manera Nakxit les concedió el señorío, con todos los honores e insignias correspondientes". La misma fuente dice que "Allí también tuvieron que celebrar consejo" (Memorial de Sololá 1999, 161-162). Es decir, estos textos informan que junto a los símbolos de poder, los kaqchikeles recibieron también las instituciones y ceremonias políticas consagradas en Tulán.
Figura 1. La ruta de los ancestros kiche, de Nonoalco a las tierras altas de Guatemala, según un mapa de Robert M. Carmack. Con línea punteada he señalado el posible viaje de ida y regreso de los kiche a Tulán Zuywá (Chichén Itzá). Carmack, 1981: 45.
El Popol Vuh de los kiche describe la misma escena exultante. Narra cómo Nakxit les dio a sus jefes los títulos reales de Guardián de la Estera (Aj Pop) y Guardián de la Casa de Recepción de la Estera (Aj Pop Qamajay), equivalente al título de receptor de los tributos, así como las insignias de la realeza: el trono, la piel y las garras de jaguar, las flautas de hueso, la bolsa de tabaco, las plumas de papagayo y el estandarte de plumas de garza real. Y junto a las insignias de mando, Nakxit les otorgó las pinturas de Tulán, el libro que contenía los orígenes, la historia y la sabiduría de Tulán. (4) Luego de ese encuentro inolvidable, los kiche y kaqchikeles retornaron a Xicalanco y desde ese lugar emprendieron su largo viaje a las montañas de Guatemala, remontando el curso del Usumacinta (Carmack 1981, 45, fig. 3.1).
Aquí deben subrayarse dos hechos críticos para la comprensión de esta historia. Primero, que la antigua Tollan a la que se refieren los textos de la época clásica ha cambiado de ubicación geográfica. En lugar de estar en el Altiplano Central, es decir, en Teotihuacán, al occidente del territorio maya, los textos kiche y kaqchikeles la sitúan ahora en el oriente, hacia la costa este de Yucatán. Segundo, esta Tulán, al mismo tiempo que es un lugar de reunión, una Meca en la que convergen los más variados pueblos, es un centro de dispersión. Los textos dicen que en Tulán Suywa se reunieron pueblos procedentes de distintas regiones, hablantes de las lenguas más variadas, quienes luego que recibieron las insignias del poder de manos de Nakxit abandonaron la ciudad e iniciaron una diáspora, al cabo de la cual las diferentes tribus se asentaron en las tierras altas de Guatemala (Memorial de Sololá 1999, 155; Popol Vuh 1961, 143). El Memorial de Sololá dice que al salir los pueblos de Tulán, cada uno recibió su equipaje: las tribus recibieron piedras preciosas, plumas verdes, pinturas, esculturas y los calendarios sagrados, mientras los guerreros fueron dotados de flechas, arcos y escudos (Memorial de Sololá 1999, 156-157).
Si todas las fuentes afirman que Tulán Zuywa está en el oriente de la península de Yucatán, esa Tulán no puede ser otra más que Chichén Itzá, la metrópoli maya que floreció entre los años 800 y 1200 d.C. en ese rumbo del territorio. Precisamente la época de migración de los kiche, kaqchikeles y otros grupos mayas se sitúa a principios del siglo XIII, cuando ocurre la desintegración del poder asentado en Chichén Itzá. Sin embargo, la mayoría de los autores que tratan la emigración de los pueblos mayas hacia las tierras altas de Guatemala identifican a estos migrantes con la desbandada que produjo la caída de la Tula de Hidalgo. (5) Pienso, por el contrario, que esta diáspora está asociada con la destrucción de Chichén Itzá, la metrópoli oriental que entre los siglos VIII al XIII había logrado integrar el antiguo legado maya con las influencias políticas, religiosas y culturales procedentes de Teotihuacán. Los rasgos sociales y culturales de los grupos migrantes que invaden el área montañosa de Guatemala se identifican más con la tradición de Chichén Itzá que con la de la Tula de Hidalgo.(6)
El origen mismo de la diáspora está vinculado con el sureste de Mesoamérica, no con el Altiplano. Como lo ha mostrado Robert Carmack, un punto clave de la diáspora fue la región pantanosa de Tabasco-Campeche, formada por el delta del río Usumacinta y la Laguna de Términos, territorio de hablantes del chontal, el náuat y otras lenguas afines (Carmack 1968, 42-92; y 1981, 44-48). Estos grupos tenían una relación de siglos con la cultura teotihuacana, como lo prueba la presencia de la lengua náuat en sus instituciones políticas, religiosas, militares y sociales; y como sabemos hoy, según los últimos estudios, la lengua de Teotihuacán era el náuat. (7) Las crónicas que narran la peregrinación kiche y kaqchikel informan que esos grupos migrantes estaban compuestos principalmente por guerreros. Como en la tradición teotihuacana, los capitanes de la guerra son los jefes del grupo y los conductores de la migración. Sus armas y pertrechos son también de origen teotihuacano: átlatl, macanas, escudo redondo, malla de algodón. Y asimismo, sus ideales y valores son guerreros: la conquista, la imposición de tributos, el sacrificio humano y la exaltación del ardor bélico. Nakxit-Kukulcán es la síntesis de esos valores y el ideal del gobernante. El Popol Vuh y el Memorial de Sololá consideran a Nakxit-Kukulcán el ancestro fundador del reino kiche y del reino kaqchikel, respectivamente. (8)
El legado de Chichén-Itzá
Figura 2. El templo de los Guerreros en Chichén Itzá, cuyo pórtico está enmarcado por dos cuerpos de serpientes descendentes, labrados en sus cuatro lados. Dibujo de Raúl Velázquez
Estos y otros rasgos que se leen en los libros sagrados de los kiche y kaqchikeles son de indudable origen teotihuacano, pero se advierte que están ya adaptados a la tradición maya a través del tamiz de Chichén Itzá. La revaloración de Chichén Itzá como una metrópoli en la que concurren el legado político, religioso y militar teotihuacano con las antiguas raíces de la cultura maya, la sitúa como la metrópoli oriental más importante de Mesoamérica durante los siglos IX al XIII. Gracias a esta simbiosis de tradiciones, el foco de la vida política, comercial, religiosa y militar se traslada del Altiplano Central al sureste mesoamericano. En estos años Chichén Itzá se convierte en una metrópoli, una Meca religiosa, un polo comercial y una fuerza expansiva y conquistadora.
Pero su contribución más significativa al desarrollo de Mesoamérica es su papel de mortero donde se mezclan tradiciones culturales divergentes y se produce una nueva amalgama política y cultural. Desafortunadamente, las aleaciones que intervinieron en la formación de esa mixtura son las menos estudiadas. El culpable de esa ignorancia fue la identificación de la Tula de Hidalgo con la Tollan-Teotihuacán de la época Clásica, una confusión que impidió vincular la tradición naua procedente de esta metrópoli con la cultura maya. (9)
Para rescatar el verdadero rostro de Chichén Itzá es preciso romper con la tesis que identificaba a la Tula de Hidalgo con la Tollan maravillosa de los textos, y concentrar la investigación en Tollan-Teotihuacán, la metrópoli política y cultural más importante de la época Clásica y la más influyente en el desarrollo posterior de Mesoamérica.
Chichén Itzá es un caso extraordinario de fidelidad a los orígenes y de adaptación a los nuevos aires impuestos por el cambio histórico. Los estudios recientes muestran que esta metrópoli conservó la antigua concepción maya del Cosmos (la división en cuatro partes y tres niveles verticales), y el culto a los dioses tradicionales: el dios ancestral, Pawahtun, la diosa Chak Chel, Chak, el dios del maíz, etcétera (Taube 1994, 212-246; Kristan-Graham 2001, 329-332). Pero el apego a las tradiciones constitutivas del pueblo maya no le impidió adaptarse a las transformaciones de su tiempo. Los cambios más visibles se advierten en la composición social y el régimen político. Chichén Itzá muestra una estructura social distinta a la de los reinos de la época Clásica, asentada en grupos de etnias diferentes y en linajes competitivos, trabados en una lucha continua por el poder (Stomper 2001, 207-208).
Un resultado de esta estructura social fragmentada en linajes competitivos fue el fortalecimiento del Popol na, la Casa del Consejo. Según las crónicas de la época colonial, Popol na significa la casa donde se asienta la estera, el sitio donde se reunían las cabezas de los linajes con el halach uinic o jefe político para tratar "las cosas de república", es decir, los asuntos concernientes al gobierno del pueblo y sus relaciones con el exterior. (10) El antecedente más remoto de esta forma de organización política está registrado en Copán, a fines de la época Clásica. (11) Más tarde, en el Posclásico, esta novedad política se vuelve una institución común en el área maya. El Popol Vuh y el Memorial de Sololá narran que las principales decisiones adoptadas por los pueblos kiche y kaqchikel, desde el inicio de su migración en el siglo XIII hasta su apogeo en los siglos XV y XVI, fueron decididas en sesiones de Consejo o tomadas en la Casa del Consejo, e informan que ese Consejo estaba integrado por los jefes de los linajes. (12)
La mejor prueba de la raigambre de estas instituciones comunitarias es la existencia del libro que llamamos Popol Vuh, Libro del Consejo, cuyo título expresa el espíritu comunitario que animaba a los distintos linajes que conformaron la nación kiche. Precisamente un ejemplar del Libro del Consejo de Qumar kaaj elaborado en las salas del Popol na de esa capital, fue el modelo para componer el Popol Vuh (Florescano 1999, 206-207). En contraste con los relatos históricos de la época clásica, concentrados en la persona del supremo gobernante, el Popol Vuh narra la historia de la nación kiche. Recoge sus orígenes remotos, cuando nació la primera generación de linajes kiche, y va hilando la historia de sus infortunios y conquistas. Relata la larga migración que los condujo a las tierras altas de Guatemala y enumera los territorios que recorrieron y los pueblos que fundaron. Cuenta cómo se unieron los linajes y cómo adoptaron la lengua, los dioses, las tradiciones y las instituciones kiche. No omite las rupturas internas que los amenazaron, pero festeja sobre todo a los dioses y los caudillos que combatieron esos peligros y fraguaron la unidad kiche. Las últimas páginas del libro son un canto al poder y la grandeza alcanzados por el reino kiche, un recuento de la energía creativa desplegada por la nación kiche para conquistar su territorio y construir sus palacios, templos y ciudades, hasta convertirse en la capital de esta región de Mesoamérica.
El Popol Vuh puede resumirse en una frase: es la historia del pueblo kiche, un relato que narra las vicisitudes que enfrentó un grupo humano para construir una nación. Su personaje central es el ente colectivo llamado nación o reino kiche. Al trasladar a sus pinturas la historia, los anhelos y los logros del pueblo kiche, el libro se convirtió en la representación de la nación kiche. Condensó en sus páginas la esencia de ese pueblo y al mismo tiempo devino el principal transmisor de ese mensaje ante las nuevas generaciones. (13) Por esa razón los kiche decían que sus reyes, los primeros lectores de este libro, podían explicar el pasado y adivinar el porvenir:
Grandes señores y hombres prodigiosos eran los reyes portentosos Gucumatz y Cotuná, y los reyes Quicab y Cavizimah. Ellos sabían si se haría la guerra y todo era claro ante sus ojos; veían si habría mortandad o hambre, si habría pleitos. Sabían bien que había donde podían verlo [pues] existía un libro llamado Popol Vuh (Popol Vuh 1961, 155).
Sin embargo, los kiche dicen una y otra vez que la escritura, la luz, como también le llaman, les fue dada en Tulán Suywa, en el oriente, del otro lado del mar. Confiesan que ellos no son los creadores del libro original del Popol Vuh, sino que éste les fue dado por Nakxit, el gobernante de Tulán Suywa. Aquí se impone una aclaración. Es evidente que Nakxit no les pudo dar a los kiche un libro que aún no se había escrito, pues la historia del pueblo kiche apenas había comenzado. Lo que probablemente quieren decir las frases "cuando fueron a recibir al otro lado del mar" las escrituras de Tulán, o "las pinturas, como llamaban a aquello en que ponían sus historias", es que Nakxit les entregó un ejemplar del libro que relataba la historia de Tulán Suywa, es decir, de Chichén Itzá. Dicho de otro modo, Nakxit les otorgó el libro modelo que contenía cifrada la historia de los orígenes, grandeza y sabiduría de Tulán, les dio el arquetipo de los libros dedicados a recoger el pasado de la nación y el modelo para transmitir ese relato a sus herederos. Tal fue el legado de Chichén Itzá a los pueblos mayas de la Península de Yucatán. Este fue el legado que más tarde navegó por los caminos del agua y las rutas de la migración, hasta las tierras altas de Guatemala, donde encarnó en el Popol Vuh, el Memorial de Sololá, el Título de Totonicapán y otros textos que adoptaron el modelo de Tulán para contar la historia de su propia nación
Tollan-Teotihuacán y el modelo original de la historia nacional
Chichén Itzá, a su vez, no fue la cuna del libro que narraba los orígenes de la nación. Como lo muestran los estudios de los epigrafistas, arqueólogos e historiadores que en las últimas décadas reconstruyeron la historia de la época Clásica, los antiguos mayas, zapotecos y teotihuacanos escribieron en glifos y en imágenes los orígenes de sus pueblos y registraron minuciosamente el principio de sus reinos y dinastías. En otra parte he mostrado que esas laboriosas reconstrucciones adoptaron un modelo que codificó los temas principales de la narración, los períodos en que se dividió ésta y los métodos para narrar los acontecimientos. (14) De modo que la historia del posclásico que escribieron los mixtecos y zapotecos está basada en el Códice de Viena, un texto del siglo XIII ó XIV, cuyos orígenes se remontan a la época de esplendor de las culturas de Monte Albán y Teotihuacán.
En el área maya volvemos a encontrar la tradición de un texto fundamental del que se derivaron sus distintas narraciones históricas. En 1973 Robert Carmack, el estudioso más persistente de la etnografía de los pueblos de Guatemala, encontró en Totonicapán un verdadero tesoro de antiguos documentos kiche. Entre éstos destacan el Título de Totonicapán, el Título de Yax, el Título de Pedro Velázquez y el Título de Cristóbal Ramírez. El análisis y la publicación de estos documentos arrojó nueva luz sobre los orígenes de la memoria kiche. Quizá el descubrimiento que más asombró a Carmack fue constatar que estos papeles, escritos a mediados del siglo XVI, estaban basados en el Popol Vuh, el gran libro que compendió los legados culturales del pueblo kiche.
Carmack advirtió que uno de los escribas de la versión que conocemos del Popol Vuh, Diego Reynoso, también participó en la hechura del Título de Totonicapán. Comprobó, asimismo, que la genealogía de gobernantes kiche de ambos textos es semejante, aun cuando es más completa en el Título... Y constató que salvo la parte dedicada a la creación del Cosmos del Popol Vuh, los siguientes temas son tratados de modo semejante en ambos documentos (Carmack y Mondloch 1983, 14-16).
Si avanzamos un poco más y comparamos la estructura narrativa y temática del Popol Vuh (cuadro I), con la estructura y el contenido del Título de Totonicapán (cuadro II) y el Título de Yax (cuadro III), advertimos con claridad meridiana que la influencia del primero sobre los segundos fue decisiva. (15) Como se advierte en estos cuadros, la composición que organiza el relato del Popol Vuh, el Título de Totonicapán y el Título de Yax es similar. Los tres dividen su narrativa en una triada: primero relatan la creación original del Cosmos, luego la creación de los seres humanos, el sol y los primeros asentamientos de pueblos, y por último exaltan la constitución del reino, la genealogía del linaje gobernante, la ampliación de las fronteras del territorio y el poder alcanzado por el reino kiché.
Salvo la intrusión en el Título de Totonicapán del relato bíblico de la creación del mundo, el contenido de estos textos proviene de la tradición mesoamericana, que es la dominante y la más profunda. Se trata de una tradición anterior a la época de esplendor del pueblo kiche en el siglo XV, cuando probablemente se compusieron en pinturas y cantos los episodios que narra el Popol Vuh. Carmack sostiene que estos textos reflejan la tradición mexicana que floreció en la época Clásica (300 a 900 d.C.) en Teotihuacán. Es decir, alude a "la tradición cultural tolteca que fue heredada por varios grupos étnicos después de la caída [ ] de Tula" (Carmack y Mondloch 1983, 16). Se trata, dice, de una tradición que se expandió por distintas regiones de Mesoamérica. Una de sus vertientes, la de la Costa del Golfo, tuvo una influencia decisiva en la historia kiche, pues "su manifestación en los altos de Guatemala comenzó en los primeros años del siglo XIII", cuando se inició la construcción de ese reino (Carmack y Mondloch 1983, 17).
Carmack afirma que la principal influencia en el Título de Totonicapán proviene de los toltecas. Dice que "las palabras nahuas de El Título con pocas excepciones son del náhuat", el idioma de la Costa del Golfo. En segundo lugar, sus tradiciones históricas ubican el origen de los fundadores quichés en Tulán, un lugar asociado con sitios de la Costa del Golfo. Tercero, las instituciones "mexicanas" en el Título... casamiento, ritos, asentamiento de pueblos, militarismo, etcétera, se asemejan más a lo tolteca que a lo azteca o pipil. Agrega que la mejor prueba de la influencia mexicana en el Título... son las abundantes palabras nauas, sobre todo las que se refieren a la migración desde Tulán, la guerra, las ceremonias religiosas y los símbolos del poder (Carmack y Mondloch 1983, 17-18).
Comparto esa opinión. En otra parte he sostenido que la llamada cultura tolteca es originaria de Teotihuacán y que esta ciudad fue el modelo de las capitales políticas posteriores, la cuna de los cantos y del códice pintado que narraron los orígenes del Cosmos y la crónica del reino, y la primitiva Tollan, de la que derivaron las posteriores: Tollan Cholula, la Tula de Hidalgo, Tulán Zuywá (Chichén Itzá) y Tollan-Tenochtitlán (Florescano 1999, caps. 3-5). Hace poco Karl Taube fortaleció esa tesis; en un estudio dedicado al lenguaje de Teotihuacán propone que éste era el náuat, una variante antigua del náuatl, una tesis que también asume Christian Duverger, y que anteriormente había postulado Wigberto Jiménez Moreno (Taube 2000; Duverger 2000; Jiménez Moreno 1974, 1, 1-12). Como sabemos, los contactos entre Teotihuacán y la cultura maya están datados desde el año 378 d.C., cuando contingentes guerreros de Teotihuacán invaden el reino de Tikal e instalan una dinastía teotihuacana. Más tarde otras invasiones de teotihuacanos y toltecas procedentes de Tula propagan en las tierras altas de Guatemala las tradiciones procedentes de Teotihuacán. (16)
Esta vieja tradición teotihuacana está presente en el Popol Vuh y en la mayor parte de los Títulos a través de Chichén Itzá, la metrópoli yucateca que floreció entre los siglos XI y XIII y que para mí es la legendaria Tulán Zuywa de los textos kiche y kaqchikeles, un doble de la Tollan-Teotihuacán primera.
La comprobación de que el Título de Totonicapán y el Título de Yax de los kiche repiten el contenido, la división temática y el propósito esencial del Popol Vuh, es un dato clave para dilucidar su origen. La semejanza y el paralelismo de los tres textos muestra, sin sombra de duda, que los dos Títulos son versiones diferentes del Popol Vuh, o textos derivados de la misma fuente que nutrió al libro que inmortalizó la historia del pueblo kiche. Quiero decir que los textos de Totonicapán y de Yax no son Títulos de tierras como lo proclaman sus nombres, sino variantes del relato ancestral que los pueblos de Mesoamérica construyeron para rememorar sus orígenes y preservar su identidad, un relato que probablemente adquirió su forma canónica en Teotihuacán, la Tollan primordial. (17)
NOTAS:
1.- Véase la introducción de Adrián Recinos a la edición del Popol Vuh traducida por él (Popol Vuh 1961, 11-12); Tedlock 1996, 56-57.
2.- El Título de Totonicapán (Carmack y Mondloch 1983, 181) dice que los jefes kiche marcharon hacia dos rumbos opuestos. "Uno de ellos se fue por donde sale el sol y el otro, por donde se oculta el sol. Cocaib se fue por donde sale el sol, y Cokawib por donde se oculta el sol." Ese último no encontró la deseada Tulán y regresó a Jakawits, la capital que habían edificado los kiche.
3.- Además del Popol Vuh, El Título de Totonicapán (Carmack y Mondloch 1983, 166, 181-183); y el Memorial de Sololá (1999, 156-161), narran el episodio del cruce del mar.
4.- Popol Vuh 1961, 142; Tedlock 1996, 50-51 y 179-180. Los kaqchikeles narran un episodio semejante. Véase el Memorial de Sololá 1999, 157.
5.- Véase, por ejemplo, Thompson 1975, 21-72; y Carmack 1981, 43-74.
6.- Trato este tema con amplitud en el libro recientemente publicado por la Editorial Taurus con el título Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica, 2004.
7.- En estudios anteriores (Florescano 1999, 58-63; 118-128; 2002, cap. II) había propuesto esta tesis, basado en el análisis de los mitos de creación. Recientemente los estudios de Wigberto Jiménez Moreno (1974, 1-12), Karl Taube (2000) y Christian Duverger (2000) confirmaron esas presunciones.
8.- En el El Título de Totonicapán, Robert M. Carmack y James L. Mondloch (1983, 17-18) atribuyen estos rasgos a la tradición epitolteca derivada de la Tula de Hidalgo, no de Teotihuacán.
9.- Como sabemos, esta identificación se estableció en la Mesa Redonda celebrada en 1941 por la Sociedad Mexicana de Antropología, donde se impuso la tesis de Wigberto Jiménez Moreno, quien afirmó que la famosa Tollan citada por los textos era la Tula de Hidalgo, no Teotihuacán. Véase Jiménez Moreno 1941, 79-84. Presento una refutación detallada de esta tesis en el libro Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica (2004).
10.- Esta definición del Popol na o Casa del Consejo corresponde a la época colonial. Véase Roys 1943, 59 y 64; y Stomper 2001, 207-208.
11.- En Copán, el reino maya de la época Clásica, Bárbara Fash y otros arqueólogos identificaron un edificio de la acrópolis, fechado en 746, como una casa dedicada a celebrar reuniones colectivas de los jefes de linaje en esa capital. Véase Fash et al., 1996, 441-456; y Florescano 2004, 152-157.
12.- Numerosos ejemplos. Véase Popol Vuh 1961, 117, 130, 134, 151, 152, 153; Memorial de Sololá 1999, 159, 162.
13.- En este sentido el Popol Vuh es también, como dice Robert M. Carmack, "una etnografía del pueblo que habitó el Quiché en el tiempo en que se escribió el libro". Véase Carmack 1983, 43-59.
14.- Florescano 1999. Véase también Florescano 2002, caps. I y II.
15.- Para hacer esta comparación me apoyé en el análisis estructural que hice antes del Popol Vuh y de otros mitos cosmogónicos mesoamericanos. Véase Florescano 1999, cap. I. Esta tesis coincide con los estudios de Robert D. Bruce (1974 y 1976-1977). En ellos, compara la tradición cosmológica de los lacandones, que él registró a fines de la década de 1960 y en la década de 1970, con el libro del Popol Vuh, y destaca sus semejanzas. El estudio reciente de Didier Boremanse (1986) confirma el estudio comparativo de Bruce. Véase especialmente la parte primera de esta obra.
16.- Sobre la invasión teotihuacana en Tikal véanse los estudios de Stuart y Martin antes citados. Sobre las invasiones de gente de habla náuat procedente de Teotihuacán y Tula véase Stephan F. De Borhegy, 1973: 39-41. En este estudio, Borhegy habla de tres penetraciones de gente de habla náuat en las tierras altas de Guatemala. La primera, dice, ocurre entre los 400-500, y la llama migración "Teotihuacan-Pipil", procedente directamente de Teotihuacán. La segunda ocurre en 700-900 y la llama "Tajinized-Teotihuacan-Pipil". Se trata de un grupo guerrero. La tercera ocurre en 1000-1200 y la llama migración "Nonoalca-Pipil-Toltec-Chichimec". Véase también, Geoffrey E. Braswell, 2003: 297-298.
17.- Véase mi análisis sobre los Títulos primordiales en Florescano 2002, cap. VI.
Enrique Florescano
Fuente: La Jornada Semanal, núm. 536, México, 12 de junio de 2005
Enlace: http://www.jornada.unam.mx/2005/jun05/050612/sem-enrique.html
Descubren en Chile momias chinchorro de 6.000 años de antigüedad
El año pasado, en el mismo lugar, que su propietario quiere convertir en hotel, habían sido encontradas siete momias de esta cultura y que son consideradas las más antiguas del mundo.
Según publica hoy la prensa local, los expertos consideran que lo que partió siendo un pequeño entierro colectivo podría convertirse en el cementerio más numerosos encontrado hasta ahora en la región de Arica, a 2.050 kilómetros al norte de Santiago.
Los investigadores de la Universidad de Tarapacá estiman que los individuos podrían sumar doscientos.
El arqueólogo Calogero Santoro precisó que como en el lugar del hallazgo hubo dunas, es posible que bajo una capa de arena haya cuerpos aún no descubiertos.
Las momias de este grupo de pescadores recolectores parecen corresponder a varios entierros colectivos y tener las características de la época clásica de esta cultura, hace al menos 6.000 años.
El experto explicó que los cuerpos exhiben una preparación más complicada, pues se evidencia el retiro completo de los tejidos adheridos a los huesos, la eliminación de vísceras y el rearmado de los esqueletos con fibras.
Santoro indicó que el pueblo Chinchorro aplicaba la técnica de momificación tanto a niños como adultos y recordó que los estudios sobre éste muestran que rendían culto a los muertos,Los Chinchorro poblaron la zona desde hace unos 10.000 años y se presume que se extinguieron o emigraron en los primeros siglos de la era Cristiana.
Desde hace veinte años se han encontrado en la ciudad de Arica, especialmente en el sector del Morro, unas ochenta momias de la cultura Chinchorro, algunas de unos 7.000 años o más, que las convierten en las más antiguas encontradas en el mundo.
La más antigua data del año 5.050 a.C. y corresponde a un niño encontrado en el Valle de Camarones, cerca de Arica.
Según los estudios científicos, la momificación de los Chinchorro evolucionó durante unos 3.500 años, a través de estilos caracterizados por el uso de diversos colores en las máscaras mortuorias, hasta que la práctica desapareció en algún momento del siglo primero antes de Cristo.
Según los expertos, el culto a los muertos llegó a ser la principal actividad de este pueblo y constituyó una vía de expresión de sus creencias, de tal manera que los ritos podían durar semanas y hasta años tras la muerte de algún miembros de la comunidad.
A pesar de estos ritos, la cultura Chinchorro era simple y sedentaria, y existen rastros de chozas construidas cerca de los cementerios.
Chile pretende proponer las momias Chinchorro como Patrimonio Cultural de la Humanidad ante la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
Fuente: Terra Actualidad EFE, 4 de junio de 2005
Enlace: http://actualidad.terra.es/sociedad/articulo/descubren_chile_momias_chinchorro_antiguedad_335450.htm
Enlaces recomendados:
La Cultura Chinchorro. Bernardo Arriaza.
http://www.momiaschinchorro.com/
Museo Chileno de Arte Precolombino
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PRIMEROS POBLAMIENTOS EN EL CONO SUR DE AMERICA (XII-IX MILENIO A.P.)
Lautaro NUNEZ A.
Instituto de Investigaciones Arqueologicas,
Universidad Nacional del Norte (San Pedro de Atacama, Chile)
Calogero SANTORO
Facultad de Estudios Andinos,
Universidad de Taracapa (Arica, Chile)
Al Dr. Osvaldo Heredia (1988t) Homenaje Post Mortem
Originalmente publicado en la Revista de Arqueología Americana, no 1, pp. 91-139, 1990.
INTRODUCCIÓN
Por razones convencionales este escrito abarca un análisis sumario de las ocupaciones humanas registradas en contextos pleistocénicos y holocénicos tempranos, en los actuales territorios de Argentina y Chile, más conocidas instrumentalmente como paleoindias y arcaicas respectivamente.
La controversia sudamericana en torno a la antigüedad y al carácter humane o no de las evidencias presentadas ha alcanzado límites conservadores (Lynch), en este volumen y excesivamente heterodoxo (Guidon y Delibrias, 1986); paralelo a múltiples propuestas de modelos interpretativos recientemente evaluados en relación a la problemática más austral (Borrero, 1989).
Este análisis valora aquellos sitios sometidos a controles cronoestratigráficos, asociados a un corpus de factos multidisciplinarios consistentes, que pueden representar ciertos patrones adaptativos y culturales diferenciados en regiones distintivas del cono sur americano. En efecto, de acuerdo al criterio anterior en ambos países se han constatado ca. 16 sitios paleoindios y 12 arcaicos tempranos haste el límite superior del IX-VIII milenio a.P., (ver figura 1). Tal frecuencia imposibilita un examen territorial in extenso e inhibe la postulación de modelos de rango amplio, mientras que pareciera más útil jerarquizar algunos problemas regionales tendientes a clarificar situaciones prioritarias más conspicuas destinadas a dar más visibilidad, coherencia y certidumbre empírica a las reconstituciones sudamericanas.
Se trata de revalorar los principios de superposición, asociación y procesos de formación del registro arqueológico, resultado de estrictas evaluaciones tafonómicas experimentales y cronoestratigráficas. En este sentido, se espera una mayor indagación a nivel regional sobre patrones conductuales, dietéticos y distributivos de la biomasa de mamíferos, avifauna y recursos vegetacionales, en relación a patrones laborales adaptativos, variables en tiempo, espacio y cultura.
HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES
Desde el comienzo del presente siglo se reconocieron rasgos "paleolíticos" en el cono Sur, caracterizados por industrias de morfología burda, tanto en Chile (Evans, 1906, Capdeville, 1928), como en Argentina (Ameghino, 1918). Tales proposiciones persistieron haste no hace macho a base de industrias obtenidas en superficie con variaciones "estilísticas" y "horizontes", marcadas por visiones norteamericanas y/o terminología europea, incluyendo el principio errático de que tipología es cronología. Aunque los estudios de las evidencias líticas superficiales no selectivas son importantes, su ordenación secuencial, y las reconstituciones culturales y ambientales per se, crearon serias confusiones, por decirlo menos, en especial aquellas referidas sensu lato a horizontes "sin puntas" pre y post-Clovis (Menghin, 1952; Krieger, 1964; Lanning, 1963, 1973; Meltzer, 1969; Fernández, 1971; Cigliano, 1965 y otros).
Hasta ahora, las ideas de Krieger (op. cit.) en torno a ocupaciones tempranas "sin puntas de proyectiles", con aplicaciones tecnológicas burdas, no han sido suficientemente cuestionadas (Schobinger, 1988). Cuando las evidencias líticas aparentemente tempranas se salen de los marcos tecnológicos paleoindios se suelen presentar modelos explicativos, parcialmente documentados, como aquel de "economía generalizada de caza-recolección y pesca" (Bryan, 1983), anterior a los cazadores especializados, dando cabida a un conspicuo grupo de sitios raros, en el sentido de ofrecer artefactos poco comunes o exóticos (Schobinger, 1988).
Por otra parte, la hipótesis de una alto antigüedad a base de sitios en superficie si bien es sana, se ha desprestigiado por sus secuencias forzadas y en casos extremos por la carencia de toda intervención humana cuando se trata de simples podolitos (Grove, 1978).
Sin embargo, el criteria cronoestratigráfico ha side más consistente desde los pioneros cortes australes de Bird (1938), los que pasaron casi desapercibidos, tanto en Chile, como en Argentina, a no ser por las primeras divulgaciones de Mostny (1954), Palavicino (citado en Schobinger, 1988) y Canals Frau (1959).
Más recientemente, uno de los primeros trabajos que valoró la separación entre preformas de canteras, artefactos desechados y utilizados, se debe a la visión pionera de Fang et al. (1972). Otros planteamientos geoarqueológicos posteriores insistieron con vigor en esta revisión crítica con criterios renovadores (Lynch, 1974, en este volumen; Montané, 1972; True et al. 1971; Núñez, 1980; Cardich, 1977; Bate, 1982; Orquera et al. 1984; Borrero, 1980, 1989 y otros).
En el caso específico del territorio austral, los pioneros estudios de Bird (1938), Menghim (1952) y Cardich et al. (1973-1977), marcaron criterios cronoestratigráficos puntuales respecto de la antigüedad y contexto de las tempranas ocupaciones en Sudamérica. Estos análisis estimularon aportes posteriores muy significativos en los territorios continentales más septentrionales, a través de reconstituciones culturales, faunisticas y ambientales (Montané, 1968, Núñez et al., 1983; Lagiglia, 1975, 1981; Dillehay, 1986).
En lo que concierne al debate de las "máximas antigüedades" las evidencias de sitios "precursores" o anteriores al límite arbitrario del XII milenio a.P. , son aún escasos. Por un lade es complicado identificar evidencias pre-Clovis en territorios donde se han registrado similares episodios a los de Norteamérica, es decir, haste ahora no hay indicios locales concluyentes de esta naturaleza. Se tiende a agrupar bajo el concepto "pre-Clovis" a colecciones que accidentalmente carecen de puntas de proyectil. En el caso de Tagua Tagua (centro de Chile), datado en ei XI milenio a.P., se ha intentado esta afiliación sin argumentos suficientes (MacNeish, 1976). Ocupaciones eventualmente anteriores al XI milenio se han sugerido sólo en dos sitios estratificados; Quereo y Monte Verde, los que serán evaluados más adelante (Núñez, 1983; Pino y Dillehay, 1988).
En suma, de acuerdo a las evidencias publicadas en América del Sur, y hasta donde una lectura puede ofrecer seguridad de los análisis geoarqueológicos, sus variaciones en métodos, monto excavado, artefactos reales o no etc., las determinaciones radiocarbónicas señalan la presencia de 45 sitios estratificados paleoindios. Estos se separan en 11 anteriores al XII milenio a.P. y 34 con datos más confiables en el rango del XII al XI milenio a.P. Este patrón estadístico advierte el dominio de evidencias más "clásicas" para los episodios de fines del pleistoceno. El cone sur de América está dentro de este rango, en tanto se han registrado 26 sitios entre el XI y X milenio a.P., y sólo uno es anterior al XI milenio a.P. (ver figure 2).
OCUPACIONES PALEOINDIO
Adaptación Andina
Hasta ahora no se han registrado en la costa norte, sitios paleoindios asociados a los recursos del Pacífico, para el Xl milenio a.P. En el extreme sur de Chile, en cambio, parece efectivo que las poblaciones del componente Fell Temprano, se reorientaron durante el post-glacial a la economía marítima (Bird, 1938). Sin embargo, en el resto de la costa chilena, los episodios vinculados con los primeros poblamientos aparecen uno a dos milenios más tarde en relación a las ocupaciones post-glaciales de las tierras altas andinas (Núñez, 1983a). Es decir, aunque aún no es posible establecer su origen, se han sugerido vínculos con migraciones andinas desplazadas hacia el literal (Núñez y Santoro, 1988).
En relación a un eventual régimen de adaptación andina de naturaleza paleoindia, no hay asociaciones seguras entre fauna pleistocénica y ocupación humana. Sin embargo, en las tierras altas del norte chileno-argentino se han determinado paleoambientes con buenas expectativas. Se puede proponer que tal régimen adaptativo ocurrió (valles serranos, estepas y cuencas lacustres), pero sólo se cuenta con el registro de fauna pieistocénica. Aun en los territorios actuates más áridos hubo un régimen pleistocénico con mayores precipitaciones (Tricart, 1966).
Se han observado playas más altas en los lagos pleistocénicos andinos que no reflejarían la existencia de verdaderos "pluviales" bajo condiciones climáticas muy distintas a las actuates. Más bien se los ha interpretado como una intensificación de las lluvias de verano dentro de condiciones similares al presente. Esta situación, a su vez, se vio favorecida por el régimen de temperaturas más bajas que habrían mantenido una mayor disponibilidad de agua sin necesidad que ocurrieran cambios climáticos mayores (Ochsenius, 1986).
En consecuencia, se han localizado en el norte chileno grandes herbivores como Megaterium, Scelidon, Macroauquenia y Equus, en valles serranos y cuencas con foresta de Prosopis sp., bajo los 2,000 m. (Casamiquela, 1969, 1969-70). Por otra parte, los paleoambientes más altos, como algunos lagos pleistocénicos de agua dulce (actuates salares), localizados tanto en el altiplano como en cuencas de la vertiente occidental de los andes (v. gr. Atacama), también ofrecían condiciones favorables (Lynch, 1986). Se sabe que las cuencas de Desaguadero y Tarija (Bolivia) presentan densos depósitos de megafauna (Phillipi, 1893) y que ésta pudo distribuirse por las estepas con recursos forrajeros permanentes, en torno a ambas vertientes de la Puna de Atacama.
Es probable que ia megafauna andina no causó un gran impacto entre los cazadores paleoindios. Se sabe que los cazadores arcaicos explotaron intensamente los camélidos holocénicos, quienes dominaron rápidamente sobre el paisaje andino y la magafauna relictual. Una columna cronoestratigráfica localizada en la Puna de Jujuy (Barro Negro-Aguilar, 3,820 m), presenta evidencia de un paleosuelo con depósitos de aguas corrientes, asociado a caballo (Hippidion sp.) y estratos turbosos inferiores de fecha pleistocénica tardía (12,530 ± 160 a 10,200 ± 140 a.P.). En un elenco de vegetación hidrófila se registraron restos de caballo hasta el X milenio a.P. Después, algo antes del IX milenio a.P., intervino en el lugar una ocupación arcaica de cazadores de camélidos modernos, pero hasta ahora no hay evidencias culturales más explícitas en los niveles con fauna extinta (Fernández, 1985).
De acuerdo a los estudios polínicos en El Aguilar (puna Argentina), antes del X milenio a.P., las herbáceas y compuestas eran más diversas, constituyendo una vegetación de tipo páramo, es decir, con mayor potencial forrajero que la cubierta tipo puna. Durante el Holoceno temprano (10,000 a 7,500 a.P.) se advierte una alta proporción de gramíneas, pero menos frecuencia de compuestas y herbáceas, similando a la vegetación alto-andina, con más incremento de camélidos (Markgraf, 1985b).
Es probable que hasta el XII milenio a.P., las condiciones finipleistocenas estuvieron vigentes en las tierras altas del norte chileno-argentino, asociada a grandes herbívores: cérvidos, équidos, paleocamélidos, etc. La línea de nieve se mantenía unos 1,200 a 700 m más bajo, al tanto que la extensión más norteña del régimen de vientos del oeste habría aumentado la cubierta de forraje por mayor precipitación (Markgraf, 1987; Ochsenius, 1976). El retroceso glacial hacia las cotas actuales parece haber ocurrido regionalmente por el XII al XI milenio a.P., dando lugar a espacios forrajeros en la alto puna, quebradas intermedias y altos interfluvios sobre los 3,000 m. Así, el régimen holocénico temprano fue probablemente seco y cálido con restos faunísticos modernos y vegetacionales asociados a ocupaciones arcaicas puneñas (10,500 a 8,000 a.P.). Las condiciones post-glaciales tempranas, en términos generates, no fueron muy diferentes a las actuales, con fluctuaciones variables de los límites de los pisos vegetacionales (Yacobaccio, 1986).
En suma, al comparer los escasos datos paleoclimáticos locales con aquellos provenientes de regiones relativamente limítrofes, no se advierte una distribución homogénea o equivalencia de eventos y condiciones ambientales. En efecto, la carencia de columnas locales con registros geocientíficos y polínicos, de valor cronoestratigráfico, no permite correlacionar con más confiabilidad eventuates ocupaciones paleoindias y episodios arcaicos en relación a eventos paleoclimáticos específicos. Tampoco está claro cual fue el rol de las alteraciones volcánicas. Hay ocupaciones ubicadas entre las edades pleistoceno-holoceno, que debieron afectarse por colapsos regionales. El volcán Socompa estableció erupciones piroclásticas durante el holoceno (7,200-1,860 años a.P.); lo mismo sucedió en las tierras altos de Arica entre el XIII milenio a.P., a tiempos holocénicos tempranos (Francis et al. 1985; Núñez y Santoro, 1988).
Adaptación subandina circunlacustre
A través del valle longitudinal del Chile Central se localizaron durante el pleistoceno final una guirnalda de lagos en cuencas intermontañas cerradas, emplazadas entre las cordilleras de los Andes y la Costa. Se trata de un elongado territorio fértil con recursos lacustres típicos para las tierras bajas subandinas. Dos sitios de matanza se han constatado, uno en el centro y otro en el centro-norte. En ambos se han planteado indicios de ocupaciones precursoras.
En efecto, Quereo (cerca de los Vilos) es un depósito sellado de lenta sedimentación, denominado Formación Quereo. A 4 m de profundidad se ubicó en el techo del miembro 1, fauna pleistocénica asociada a actividad humane efímera, compatible con la caza de a lo menos caballo y paleolama (Núñez et al. 1983). Se registraron miembros óseos fracturados (prefosilización), escasos artefactos óseos ocasionales, percutidos, miembros con marcas cortantes, vértebra de caballo perforada, cráneo de caballo con impacto naso-frontal asociado a bloques, lito laminar con muesca, posibles yunques y maderos quemados (algunos aguzados). Dos dataciones radiocarbónicas de maderos asociados a este nivel (Quereo I), pero embebidos en un acuífero, se midieron en 11,600 ± 190 y 11,400 ± 145 años a.P. Estas dataciones estarían desviadas puesto que son sincrónicas a la fuse superior (Quereo II), pero separadas por 1.30 m de sedimentos diferenciados. Se consideran contaminadas con edades rejuvenecidas. Quereo I es un evento más temprano, tanto por sus posibles componentes culturales y razón de sedimentación, como por el criteria paleogeográfico. El evento ocurrió en una paleo-desembocadura a raíz de la localización de la playa marina, 5 a 10 m sobre el nivel actual. Por sincronía de episodios ambientales pertenecería este evento al inter-estadial Lauten (Würm medio), por el XX milenio a.P., pero su datación absoluta es incierta. Esta fase eventual más temprana se correlaciona con despojos de bosque y restos de grandes herbívores con sus pequeños depredadores: mastodonte (Cuvieronius sp.), caballo (Equus sp.), ciervo de los pantanos (Antifer Niemeyeri), Paleolama sp. y Lama sp., Mylodon sp y/o Glossotherium sp., feline, cánido (zorro Dusicyon sp.), roedores (Phyllotis sp. y Octodontidae), aves (Choephaga sp. y paseriformes), anuros (Bufo spinulosus sp.).
De acuerdo a los dates geocientíficos el clima en el evento Quereo I era alga similar al actual hasta alga más cálido y seco, configurándose alga parecido a un "oasis" donde se concentraron a abrevar las especies referidas. Se asume que estos cazadores tempranos, aplicaron técnicas de encierre y acorralamiento en el cañón de desagüe de la laguna, golpeando sobre el cráneo del caballo anegado. No obstante, se presumen ciertas prácticas de colecta vegetal, ya que junta a la zona de caza existía una comunidad arbórea no esclerófila, muy similar a la que actualmente es relictual en el lugar, a raíz de la identificación de troncos subfósiles de Palo Santo (Dayphillum excelsum).
Por otra parte, el diagrama polínico propuesto para Tagua Tagua se extiende entre 45,000 - 6,130 años a.P. Aquí se han identificado antes del Xl milenio a.P., partículas de carbón atribuidas a fogones paleoindios (Heusser, 1983). Aunque hay otras causas naturales como alternative del surgimiento de combustión, no debe descartarse la posibilidad de alguna actividad humana precursora, en un distrito altamente ocupado por fauna pleistocénica. Uno de los pick significativos de carbón ocurrió entre el XXX al XXI milenio a.P., en el rango del inter-estadial Laufen, donde precisamente ocurrió el evento Quereo I antes reseñado. A modo de hipótesis, esta concentración resulta sugerente porque los dates de Varela (1976) sobre reconstrucción climática advierte una subfase seca (intrapluvial), coincidente con el clima Laufen. Aquí ocurrieron temperatures más cálidas y secas que el actual (miembro 4 de la formación de Laguna de Tagua-Tagua). Este ambiente también fue adecuado para el desarrollo de un "oasis de más larga perduración que el superior (episodio paleoindio Taqua-Tagua I), con alta restricción de recursos, favoreciendo eventualmente la concentración de fauna y hombres. Después de este lapso de oasis" alga dilatado, el ambiente de la laguna vuelve a un clima muy frío y lluvioso, correlacionándose con la reconstitución de Heusser (op. cit.) . Sólo por el XI milenio a.P. hay un mejoramiento favorable para el episodio paleoindio neto (Tagua-Tagua I).
Se suma a lo anterior el hecho de que el registro polínico de Tagua-Tagua, durante ca. XXI al Xl milenio a.P. presenta un dilatado silencio" de partículas de carbón, asociado a una sensible disminución de Chenopodiaceae-Amaranthaceae, cotejado en reversa con un incremento sustancial de Nothofagus-Compositae-Graminae (zone 2b 2a). Este patrón de correlación señala que durante esta etapa no existía un ambiente cálido/seco. Al contrario, aumentó la humedad, decreció la evaporación y bajó la temperature en relación al presente (Heusser, op. cit.). El lago cubría un alto nivel y prevalecían condiciones de mayor humedad, con lluvias que habrían activado más regionalmente el potencial de forraje, por lo cual la fauna y sus cazadores se habrían dispersado en una más amplia escala territorial. Esta situación es muy similar a lo ocurrido en la interfuse de Quereo I y II respectivamente (Núñez et al. 1983). La posible alta dispersión de actividades humanas explicaría tentativamente la ausencia de partículas de carbón en la columna polínica de Tagua-Tagua, sincrónico al déficit de restos faunísticos y culturales entre los niveles Quereo I y II. De hecho, la frecuencia de carbón (Heusser, 1983) se triplica cuando ocurre el clásico nivel Taqua-Tagua I, datado a los 11,300 a.P. (Montané, 1968).
Los sitios de matanza circunlacustres bien constituidos se encuentran precisamente en el Xl milenio a.P., tanto en Quereo como Tagua-Tagua. La fase Quereo II se corresponde con un reducido grupo de cazadores de megafauna que ocupó el borde de una laguna, junta al desagüe, donde abrevaban grandes herbivores y especies menores de depredadores: Mastodonte (Cuvieronius sp.), caballo (Equus sp.), ciervo de los pantanos (Antifer sp.), camélido (Lama sp.), Mylodon sp. y/o Glossotherium sp., cetáceo y aves (Anatidae), roedores (Phillotis sp.) y Octodontomys sp. y anuros (Bufonidae).
Despojos de animales cazados y carroñeros más los testimonios culturales conformaron este depósito, a 1.84 m bajo la superficie, en la porción superior del miembro 2 (Formación Quereo). En esta matriz de arenas pardas y plásticas se cazaron herbívores con bloques eventualmente lanzados desde los acantilados laterales. Un madero de este nivel se fechó en 11,100 ± 150 años a.P. Durante este episodio la laguna había dado lugar a un ambiente fluvial de poco caudal, con playas arenosas en los meandros, donde abatieron y destazaron a por lo menos dos caballos simultáneamente (Núñez et al. 1983).
El clima era menos frío y lluvioso que en la interfase estéril inferior, algo similar al actual, de modo que se reiteró, como en el nivel I, un régimen de aridez, contrayendo los recursos bióticos en un locus de "oasis", concentrando el registro faunístico y cultural. Cerca del lugar se localizó un bosque esclerófilo (evidencia polínica) compuesto de Lithraea, Escallonia, Maytenus, Azara, junta a indicadores palustres como Cyperaceae y Typha, de ambientes de vegas y pantanos (Villagrán, 1983). Una turbo dispuesta sobre este nivel II fue doblemente fechada a los 9,370 ± 180 años a.P., y hace improbable otra actividad paleoindia posterior durante el temprano holoceno.
Los cazadores destazaron en un piso arenoso impregnado de ague, con tecnología poco compleja, en un lugar donde el uso de puntas de proyectil no era tal vez necesario. Ocuparon litos cortantes obtenidos localmente, al tanto que de los huesos de los mismos animales destazados confeccionaron artefactos de uso ocasional (figura 3a). Es probable que la matanza de pocus animales fue suficiente con relación a bandas de baja densidad; por lo menos se ha constatado que estando el mar a algunos 200 m sólo se registraron dos conchas de moluscos (Concholepas sp.). La ausencia de ciertas presas de los animales cazados señalaría que estas fueron trasladadas a campamentos hasta ahora no identificados.
Las evidencias de actividad humana se observan en porciones óseas con cartes derivados del destace, huesos fracturados pre-fosilización, artefactos en huesos percutidos y pulimentados, bloques líticos junta a locis esqueletarios y litos laminares con huellas de desgaste. Aún no es posible asegurar, a pesar de la sincronía, similitudes de sitios y especies cazadas, las relaciones más específicas entre Quereo II y Tagua-Tagua I.
El sitio Tagua-Tagua se ubica en una rinconada cercana de la Cordillera de la Costa (valle del Cachapoal). A través del miembro 6 se identificó un paleosuelo a 2.67-2.35 m de la superficie, que contenía restos de fauna extinta asociada a unos 15 a 30 artefactos líticos diagnósticos, sin perturbaciones estratigráficas. Tres dataciones C14 sustentan este episodio: 11,380 ± 320; 11,320 ± 300; 11,000 ± 170 a.P., que registra un buen elenco de fauna extinta y moderna asociada a artefactos bien definidos: ciervo juvenil de los pantanos (Antifer sp.), mastodonte juvenil (Cuvieronius Humboldtii), caballo juvenil (Equus, sp.), culpeo (zorro), ranas, coipos, ratones, aves acuáticas (Leptodactilido, Calyptoce-Phalella (Caudiverbera) y peces (Montané, 1968, 1976; Casamiquela, 1976; Casamiquela et al. 1967).
El paleosuelo del destace estuvo sometido a condiciones subaéreas, cuando el lago se restringió hacia el centro de la cuenca, durante el dominio Alleröd (clima templado a cálido con escasas lluvias). En la playa lacustre-pantanosa (con inundaciones irregulares) ocurrió la caza y destazamiento de por lo menos mastodonte y caballo, cuyos despojos quedaron asociados a fauna depredadora. Los cazadores también golpearon con bloques el cráneo del proboscideo (ausencia de uso de puntas de proyectil), tal vez con tácticas previas de acorrolamiento con antorchas (Montané, 1976). El destazamiento fue in situ (hay huesos con cortes), llevándose ciertas presas hacia los campamentos emplazados en zonas más secas aún no ubicados. El material lítico es diagnóstico: cuchillos bifaciales presionados (use de obsidiana andina), lascas laminares bilaterales de borde alterno y raspadores de lascas con retoque unifacial similares a los usados en Cueva Fell (figura 3 a,b,c). Entre los artefactos ocasionales se destacan lascas monofaciales con huellas de uso, que fueron calentados (o sus núcleos), para facilitar el retoque a su desprendimiento. No faltan los toscos percutores y machacadores de granito local e implementos de hueso como punzones pulimentados y miembros de caballo usados corno retocadores y percutores, vinculados con el reafilamiento y biselamiento de los artefactos. Estos eran usados en el destace, ya que se constataron desechos derivados de percusión y presión in situ. La presencia de corpúsculos de carbón y huesos quemados habla a favor de la existencia de fogones cercanos.
Un fragmento basal de punta cola de pescado" se ha registrado en el relleno de una tumba arcaica tardía, al parecer proveniente de sedimentos perturbados en Santa Inés cerca de un borde de la laguna de Tagua-Tagua (I. Cáceres, comunicación personal); por otro lado, un bifaz foliáceo proviene al parecer de las barrancas con fósiles expuestos desde el siglo pasado, el cual se exhibía en la colección arqueológica del Museo Histórico National. No obstante, hasta ahora esta clase de artefactos no se han localizado in situ en los depósitos pleistocénicos.
El clima era más cálido y poco lluvioso (Varela, 1976), con una cubierta vegetacional (evaluación polínica) compuesta de un sensible crecimiento de Chenopodiaceae-Amaranthaceae, que ratifican la vigencia de un ámbito cálido y seco, con intervalos de disecación y bajo nivel del lago (Heusser, 1983). Paralelamente se ha advertido una baja frecuencia o descenso de Nothofagus (arboleda que indica aumento de humedad), acorde a una baja presencia de Compositae y Graminae, por lo que se ha señalado que la evaporación aumentó a la por con la temperatura en relación a los valores actuales.
Es probable, en consecuencia, que los mastodontes tenían poca provisión de alimentos en relación al periodo anterior al Xl milenio a.P. Estos se concentraron en un espejo de agua más restringido, siguiendo al parecer el patrón de Quereo, es decir, un refugio como "oasis" que favoreció la intensificación de las matanzas. Heusser (1983) acepta que la presencia dominante de Chenopodiaceae-Amaranthaceae señala el dominio de un ambiente seco , adverso a las actividades paleoindias, disminuyéndose críticamente la presión demográfica. No obstante, en términos de concentración de caza la situación de "oasis, en reversa, permitió una extraordinaria oportunidad para intensificar las actividades de matanza.
Adaptación Pampeana
La rica y estable cobertura vegetacional de la reglón pampeana de Argentina ha sostenido una densa fauna finipleistocénica donde recientemente se han identificado ocupaciones paleoindias. Algunos indicios leves fueron localizados en la laquna Las Encadenadas (sitio Flamencos II) en la Provincia de Buenos Aires, gracias a la asociación de Glyptodon sp., y un partidor burdo perteneciente a la edad Mamífero lujanense (Austral, 1987).
Por otra parte, en la estancia la Moderna (Provincia de Buenos Aires) se ha constatado una asociación de Deodicurus clavicaudatus, Sclerocalyptus, Glyptodon Milodontinae indet, con lascas atípicas crudas y una foliácea, con una fecha tardía alterada en colágeno de 6,550 ± 160 a.P. (Palanca et al. 1973). El utillaje se vincula con labores de cacería y faenamiento: corte de carne y raspado sobre madera (Politis y Olmos, 1986).
Sin embargo, una temprana ocupación ubicada al sur de la Provincia de Buenos Aires, en el sitio Arroyo Seco, parece presentar mejor este patrón adaptativo. Un elenco de fauna fósil pampeana se ha localizado junta a restos culturales específicos. Restos de caballo (Onohippidium / Hippidion) y megaterio (Megatherium americanum) presentan marcas de cortes y residuos de fauna moderna como camélidos, venados y avestruz, constituyeron la fuente básica de subsistencia. Hay registros de lascas toscas y otras más definidas como raederas dobles, cepillos de filo perimetral, lascas y láminas con retoques unifaciales y huellas de reuso (para raspar) e instrumentos de molienda (uso de cuarcita, calcedonia y basalto). Dos dataciones básicas algo tardías (colágeno) del orden de 8,390 ± 240 y 8,588 ± 316 a.P. podrían determinar un momento pleistocénico final a un post-glacial temprano.
Bajo el nivel del campamento referido se ubicaron catorce esqueletos humanos a nivel de enterramientos primaries, algunos con ofrendas de collares (cuentas de diente de cánido, de valvas de moluscos y placa de gliptodonte) y esferoide de boleadora. Incluye cuerpos infantiles en una matriz de ocre (componente I), cuyos análisis están en proceso (Politis, 1984; Politis et al. 1987).
Aunque en el sitio Cerro La China (Provincia de Buenos Aires) el registro de fauna pampeana se limita a armadillo extinto (Eutatus), las evidencias culturales son muy significativas. Se han localizado en su entorno canteras y talleres superficiales de cuarcita donde se reponían puntas fracturadas entre estas las llamadas "cola de pescado". En los aleros se identificaron depósitos con similares puntas tempranas, asociadas a raspadores, raederas, cuchillo bifacial, lascas y desechos de cuarcita y calcedonia. Dos dataciones consistentes fechan el, episodio a los 10,730 ± 150 y 10,790 ± 120 a.P. y lo vinculan con la colonización paleoindia de la región Patagónica (Flegenheimer, 1987).
En general, los sitios reseñados se vinculan con un proceso readaptativo pampeano, de fines del pleistoceno, aunque sus dataciones son aún poco consistentes, con un énfasis más bien secundario en la explotación de megatauna. Hay aquí encubierto un régimen transicional, durante el holoceno temprano, orientado a la explotación de fauna moderna, especialmente guanacos, dentro de un flujo de alta movilidad macro especial que integraba a diversas zonas ecológicas entre la costa y las elevaciones serranas (Politis, 1984).
Por ahora, no está claro el rol adaptativo del único sitio conocido en los Andes del centro de Argentina (cerca de San Rafael - Mendoza). La llamada Cueva del Indio del Rincón presenta cuatro fases. La más antigua o IV se asocia a Mylodon y Megatherio (afectados por fogones), por los 12,000 a 9,500 a.P. Una reducida ocupación humana interfirió ese refugio natural entre los 10,530 a 9,740 a.P., dejando lascas, un buril, un perforador denticulado, una raedera convergente, y huesos impactados, cuando existía una cubierta vegetacional de coníferas (Araucaria) y fagáceas (Nothofagus) que desaparecieron una vez iniciado el post-glacial (Lagiglia, 1981).
Adaptación a la Foresta Lluviosa
Recientemente se ha descrito un asentamiento paleoindio a unos 1,000 kms al sur de Tagua-Tagua, cerca de Puerto Montt, datado entre el XVI al XII milenio a.P. (Dillehay, 1986; Pino y Dillehay,1988; Collins y Dillehay,1986). Se trataría de un campamento con recintos rectangulares de troncos, fogones, braceros, biface, maderos modificados, recolecta de plantas no estacionales, caza de mastodonte y litos esferoidales modificados (figura 3d), localizados en un espacio de pantano y lecho de rodados naturales. Tal como se ha propuesto, sería un sitio único en America, con vestigios de actividades semisedentarias generalizadas de estabilidad anual y alta complejidad económica adaptada a la foresta lluviosa del sur de Chile. Su evaluación a la Iuz de las publicaciones ha generado opiniones optimistas (Bryan, 1986) y prudentes (Owen, 1984; Núñez, 1989; Lynch, 1988 y Casamiquela, comunicación personal).
Queda fuera de duda que la reconstrucción geológica, geomorfológica, paleontológica, paleobotánica y lítico-experimental son confiables, a pesar de la poca profundidad del yacimiento (ca.110 cms promedio). No obstante se ha dudado de ciertos componentes culturales y de su correcta datacion, en términos de su alta antigüedad, pareciendo más seguras las dataciones 11,790 ± 200 a 12,450 ± 150 a.P. (Lynch, este volumen). En relación a Monte Verde, se espera una publicación monográfica en proceso donde se esclarecerán aspectos fundamentales tales como: a) carácter cultural o natural de fogones y braceros y el efecto modificador de los sedimentos de apoyo, b) presencia o no de modificaciones en rodados estriados por causas culturales o naturales (v. gr. fricción glacial), c) tallado de maderos labrados o no por insectos locales (D. Jackson, comunicación personal), d) organización de recintos en zonas de desecho de bosque, arrastre de rodados y pantano. En suma, as propuestas de Diliehay han estimulado la búsqueda de mayor contrastación empírica a la par que han suscitado una auspiciosa discusión en torno a la edad y singularidad de un sitio distinto al resto de las evidencias de las Americas.
Un test posterior en un sector cercano al sitio reseñado, a 2 m de profundidad, presenta una leve ocupación con algunos posibles artefactos también únicos en las Americas, fechados en lentes "como fogones" por los 33,370 ± 530 a.P. (Pine y Dillehay, 1988; Dillehay y Collins, 1988).
Es probable que el posible campamento de Monte Verde sea el primero de otros que ocuparon regiones abiertas del bosque frío y lluvioso austral, emplazados en lugares poco hospitalarios durante algún interestadial más cálido, pero aún en un ambiente frío y húmedo dominante. Con seguridad que la "villa paleoindia" de Monte Verde ha motivado una sana discusión en torno a sus rasgos naturales y culturales con asociaciones estrictas o fortuitas. En este sentido ha estimulado mayores contrastes empíricos, válidos para someter a prueba los sitios "raros" de America del Sur.
Adaptación Subantártica
La ocupación paleoindia más austral de las Americas se ha localizado en el territorio estepario semiárido chileno-argentino, donde la vida fue posible bajo exigentes condiciones subantárticas. La restricción glacial dió lugar a ríos y cuencas lacustres, abriéndose puentes o rutas migratorias favorecidas por un nivel marino más bajo que el actual. El dominio de un clima cálido-seco asociado a la formación esteparia dió lugar a un óptimo forrajero, donde la caza de grandes herbívoros extintos y especies modernas, fue la principal fuente de subsistencia entre el pleistoceno y holoceno temprano.
El estadio regional de mayor antigüedad se ha datado en la cueva Los Toldos-nivel 11, con una datación temprana del orden de 12,600 ± 600 a.P. (Argentina, Patagonia extra-andina). Aquí se instaló una ocupación de cazadores readaptados a la estepa patagónica con influencia en una amplia escala geográfica (Cardich et al., 1987). Utilizaban grandes lascas con filos en diversos bordes y un singular tratamiento de retoque presionado unifacial, tanto para el corte de carne (seleccionada y trasladada de los lugares externos de destazamiento), pieles secas y frescas, y en menor frecuencia para el raspado de madera (ausencia de técnicas de enmangamiento). No se conocen puntas netas de proyectil; sólo se registran algunos fragmentos unifaciales, asociados a la caza de caballos (Parahipparion) y camélidos (Lama gracilis) entre las especies extintas, además de guanacos (Lama guanicoe) y roedores. Este episodio perduró aproximadamente hasta el Xl milenio a.P., y plasmó una modalidad tecnológica que favoreció el desarrollo posterior y más elaborado de las poblaciones llamadas Toldenses, aportando por ejemplo, el tratamiento unifacial, aunque después el retoque bifacial fue el más utilizado (Cardich, 1977); y el uso de grandes lascas advertidas en el comienzo de la ocupación de la cueva Fell (Bate, 1982; Bird, 1938).
El episodio Los Toldos se ha reiterado a 150 km al SEE., del sitio-tipo, en la cueva 7 del Ceibo, en cuya base se registraron componentes faunísticos, lítico y tecnológico tempranos, similares al nivel 11 de Los Toldos.
Durante esta época ya hay evidencias de alta complejidad ideológica a juzgar por la identificación en los Toldos y el Ceibo de pintura parietal policroma con escenas de caza de camélidos, negatives de manos, incluyendo en el Ceibo un jaguar gigante extinto (Panthera onca mesembrina). Fuera de dudas, se trata del arte paleoindio más pristino del cone sur de América (Cardich, 1979). Se sabe con certeza que hacia los 9,330 a.P. se preparaba una pasta especial para estos fines (Gradin, 1984).
Otros episodios Los Toldos se advierten como componentes sobrevivientes en la Cueva Grande del Arroyo Feo (cape 11) datado por los 9,330 ± 80 a.P., caracterizado por lascas grandes y nódulos tabulares con retoque unitacial; raederas laterales, raspadores frontales y laterales y cuchillos con filo natural (ausencia de puntas). Entre la fauna cazada se destaca un dominio de roedores consumidos (Lagidium sp.) sobre guanacos (Lama guanicoe) y ñandú, notándose la ausencia de fauna extinta (Silveira, 1979; Gradin, et al. 1987). Es probable que otra ocupación similar constituyó los primeros estratos del alero del Buho (Gradin et al. 1976).
Durante el XI milenio a.P., una corriente de cazadores del estadio Fell cubrió el extremo sur de Chile y Argentina, a travéz de varios refugios y paraderos homogéneos, perdurando hasta la disolución de los rasgos paleoindios. Uno de los artefactos más típicos de este estadio es la punta de proyectil llamado cola de pescado", usadas aquí intensivamente, ya que incluso las volvían a reactivar (figura 3e). Se sugiere que este componente transitó desde el media pampeano al patagónico, donde se concentraron mejor los cazadores de este estadio, con preferencia quizás por la región magallánica, donde se usaron estas puntas desde el Xl al X milenio a.P., y algo después en el refugio del Pali Aike. Pero ya no se las encuentra cuando desaparecen del lugar los caballos nativos.
Sea cual fuera su origen, los cazadores del estadio Fell se establecieron en el sur de Argentina y alcanzaron la misma cueva-3 de Los Toldos (pisos 9 y 10) durante el Xl milenio. Su equipamento lítico presenta lascas con retoques paralelos y escamosos a través de puntas subtriangulares bifaciales (incluye una base pedunculada que recuerda el componente Fell), raederas dominantes, fines raspadores, cucchillos de hojas largas y una pieza discoidal alisada.
En esta cueva-3 de Los Toldos, a partir del Xl milenio a.P. se cocinaban preferentemente guanacos holocénicos. Trasladaban sólo los cuartos delanteros y traseros de los animales desde los lugares de destazamiento primario (Cardich et al., 1978; Cardich y Miotti, 1983).
Las labores de caza se orientaron a las presas de caballos nativos (Parahipparion), junta a camélidos extintos (Lama gracilis), guanacos (Lama guanicoe), martineta (Eudromia sp.), ñandú petizo (Rheidae/Pterochemis-pennata), ñandú de las pampas (Rhea americana), cánidos, roedores (Cavidae, sp.). Pero un régimen de relativa sequía afecto al lugar y fue abandonado por los 8,750 a.P., hasta que más tarde, en el VII milenio a.P., ingresaron otros cazadores del estadio Casapedrense, portadores de láminas en forma de hojas y boleadoras. Esta vez se dedican a la matanza de guanacos, quizás apoyados ya por perros (Canis familiaris).
Es evidente que existió un cierto nexo entre los episodios de Los Toldos y Fell, puesto que al margen de la eventual identidad de las puntas Fell, tanto los litos discoides pulidos, el tamaño de los raspadores y raederas, el consumo de animales similares, hoy extintos, junta a modernos como el guanaco, permiten entrever relaciones significativas. No obstante la falta de puntas netas "cola de pescado" en Los Toldos y la ausencia de arte parietal en Fell, señalan ciertas variaciones zonales elocuentes.
Se ha propuesto que ciertas ocupaciones posteriores del área derivaron del llamado nivel 11 de Los Toldos, tales como la capa 11 de la Cueva Grande Arroyo Feo, capa 7 del alero Cárdenas, capa 5 del alero del Buho, capa 7-b de la cueva la Martita (8,050 ± 90 - 7,940 ± 260). En tanto comparten tecnologías, formas y tradiciones localizadas al sur del río Deseado (norte de la Provincia de Santa Cruz), todas con atributos económicos y culturales post-paleoindio (Gradin et al., 1987).
Otra ocupación derivada de las poblaciones matrices preexistentes se ha reconocido en la Cueva de Las Manos (río Pinturas, NW. de la Provincia de Santa Cruz), también en la vertiente argentina. El nivel I (capa 6) se ha datado por los 9,320 ± 90 y 9,300 ± 90 a.P., asociado vellones de lana de guanaco, huesos con marcas de destace, huesos fracturados de Lama guanicoe, puma (Felis cf. concolor), zorro gris (Dusicyon cf. griseus), chinchillón (Lagidium sp.), ratón de campo (Cricetidae gen. et. sp. indet.), ñandú (Rheidae), gallareta (Fulica sp.), y caracoles de agua dulce (Chilina sp.), observándose la falta de fauna extinta (Mengoni y Silveira, 1976).
Entre los artefactos líticos se destacan: raederas laterales, raspadores de hocico y fronto-lateral, cuchillos de filo natural y escasas puntas pedunculadas bifaciales de bases convexas y retoque marginal unifacial dominante. El registro de pintura ocre y punzones óseos decorados señalan la complejidad cultural creciente. En efecto, el arte parietal muestra escenas naturalistas de caza tanto en relaciones individuales como colectivas, 10 a 12 cazadores asociados a 40-43 guanacos, o cercos de múltiples cazadores sobre un camélido, incluyendo el uso de bolas. Los diseños de negativos de manos los vincula con la matriz de Los Toldos (niveles 9-10).
En general, la ocupación de la cueva de Las Manos, como segmento del nivel cultural Río Pinturas I, se vincula con el periodo III de la secuencia Fell o Magallanes; estableciéndose conexiones entre ambas vertientes argentino-chilena.
En la vertiente andina chilene los cazadores del estadio Fell alojaron por supuesto en la cueva del mismo nombre, junta al río Chico, en Magallanes. En el fondo de este refugio se han datado sus vestigios paleoindios por el XI milenio, sellados por una lluvia de ceniza volcánica regional (10,720 ± 300 - 10,680 ± 160 a.P.). Aquí confeccionaron litos pulidos discoidales de uso ceremonial, pero los instrumentos más comunes eran las puntas "cola de pescado" asociadas en un case a una foliacea de base escotada (figura 4) además de raspadores, raederas, cuchillos, machacadores toscos, incluyendo fines punzones y retocadores de hueso.
En términos de fauna extinta se identificó milodon (Mylodon listai) y caballo (Parahipparion saldasi). Entre las especies modernas; guanaco, zorro, puma, aves, roedores, además de la recolección de huevos de avestruz, y ningún producto del litoral, a pesar de su relativa cercanía (Bird, 1938).
En Fell la ocupación posterior a este estadio (Periodo II) se ha datado en el IX milenio (9,100 ± 150 - 9,080 ± 230 a.P.), cuando ya los rasgos paleoindios clásicos habiín desaparecido, aunque algunos instrumentos tales como los raspadores persistieron en la secuencia. A partir de esta instancia, estos cazadores terrestres explotan especies modernas e inician prácticas alimentarias que combinaban recursos, integrando el mar en la esfera de sus labores domésticas. Se observan puntas de proyectiles y punzones facturados en hueso, además de múltiples lascas usadas.
El periodo III (8,480 ± 135 - 6,560 ± 110 a.P.) posee puntas triangulares pedunculadas, bolas de caza, vestigios dominantes de huesos de guanacos y enterramientos humanos dispuestos en una matriz de ocre. Por ahora no está claro si el periodo II de Bird (1938) está realmente representado en el sitio-tipo, puesto que no se le ha identificado posteriormente en el área (Emperaire et al., 1963; Bate, 1982; Borrero, 1989).
En su dispersión los cazadores tempranos del estadio Fell ocuparon una cueva en el cráter de Pali Aike, a 26 km del sitio-tipo (frontera chileno-argentina), donde quedaron residuos de huesos quemados de caballo y milodón, junto a fragmentos de una punta "cola de pescado" y artefacto discoide pulido, datado más tardiamente por el IX milenio a.P. Es probable que se iniciaran aquí las ceremonias funerarias vinculadas con la cremación de tres cuerpos humanos de ancestro paleoindio, dispuestos sobre una capa de ceniza volcánica fechada en el IX milenio a.P.
En el alero de Cerro Sota, cerca de Fell, se constató otro ceremonial de cremación, esta vez de siete cuerpos humanos, depositados cerca de algunos fragmentos de caballo, pero sin otros rasgos culturales, aunque no se sabe con exactitud cuando ocurrieron estos eventos.
Otro episodio paleoindio se ubica en la Cueva del Medio, con asociaciones estrictas entre fauna extinta y moderna: Hippidium sp., Mylodon listai, Lama sp., (guanaco y paleolama), cervidae y conchas de mytilus sp., pequeños mamíferos (Pseudalopex), junto a "cola de pescado" (Nami, 1987). Localizada en la región de Ultima Esperanza, cerca a la cueva del Milodón, la ocupación está datada por los 10,310 ± 70 y 9,595 ± 112 a.P. (muestras de carbón) y dos fechas sobre hueso calcinado de 10,550 ± 120 y 12,390 ± 180; asociadas a retocadores de hueso y puntas bifaciales "cola de pescado" del patrón Fell. Se presentan actividades generalizadas similares al episodio Fell temprano: reavivado de filos, colección de materias primas locales, destazamiento fuera del alero, contactos con el litoral, selección de huesos para instrumentos como subproductos de caza, trabajos sobre cuero, uso ceremonial de ocre y el depósito de huesos astillados.
Se ha planteado que en sus labores, como Fell I, no desgastaban tanta energía en la facturación de artefactos líticos, pero el modelo tecnológico de las puntas "cola de pescado" es bien controlado y parece provenir del pasaje migratorio por la Provincia de Buenos Aires (Nami, 1987).
Se acepta que en la cueva del Milodón, situada en la margen oriental del seno de Ultima Esperanza, aún permanecían durante el estadio Fell temprano los perezosos gigantes. Aunque el lugar es poco hospitalario se han identificado huesos de milodón marcados por el destazamiento. Así es muy probable que aunque el milodón pudo explotarse durante la edad Holocénica temprana, ya fue consumido por los paleoindios australes a fines del pleistoceno, a raíz de eventuales actividades limitadas y generalizadas (Borrero, 1986).
A la misma latitud aproximada de cueva Milodón, pero en la vertiente argentina, se ha identificado en la cueva de las Buitreras (río Gallegos). vestigios de milodón juvenil en los niveles VIII-VII, evento calculado a los 10,000 a.P., o algo antes (Borrero, 1989; Caviglia et al., 1986).
Los miembros de megafauna y guanaco presentan cortes y raspados asociados a artefactos líticos poco diagnósticos: lascas de basalto y silice modificados con retoque y filos naturales con desgaste; incluye un instrumento de uso múltiple (raedera-raspador), y huesos partidos con huellas de uso. La ocupación de baja densidad se depositó antes del sello volcánico o Tefra I (nivel VI) por el IX milenio a.P., se afilia a actividades de caza no especializada, es decir, dentro de una estrategia predarora y generalizada hasta ahora sin puntas de proyectiles, pero su ausencia podría ser accidental en esta clase de sitio.
Otra corriente de estos cazadores de la vertiente chilena alcanzó por esta época hasta la isla Grande de Tierra del Fuego, ocupando el alero rocoso de Marazzi, que protegió a un grupo de economía terrestre, a pesar de emplearse junto al litoral, de donde sólo se proveían de bienes complementarios. Usaban lascas afiladas, puntas bifaciales, boleadoras, percutores y artefactos de rodados, datados a los 9,590 ± 210 a.P. (Laming-Emperaire et al., 1972). No cazaron megafauna aún cuando hay una turbera cercana con fósiles eventualmente relacionados, per sin artefactos específicos. El ingreso a la isla ocurrió a través de "puentes" terrestres o relieves alzados por efecto de los avances glaciales.
En este sentido, se ha localizado recientemente en el alero Tres Arroyos (10 km al SW de San Sebastián) a 20 km de la costa atlántica, junto a la frontera argentina, un depósito que contiene en la base componentes paleoindios netos (Massone, 1987). Siguiendo las rutas referidas, antes de la apertura del estrecho de Magallanes, arribaron aquí grupos de baja densidad, cuando los hielos pleistocénicos se habían retraído y la estepa se expandió bajo un ambiente más benigno (inicio del hipsithermal). Se trata de una ocupación bajo un alero, localizada en torno a fogones con desechos líticos, artefactos óseos con marcas de corte, huesos calcinados y un elenco de fauna extinta y moderna: Hippidum sp., Lama sp., Canis (Dysicyon) avus, mylodon, variedades de aves y conchas de caracol marino (Mengoni, 1987).
De acuerdo al registro lítico se ha constatado un fragmento basal pedunculado que recuerda al patrón "cola de pescado", raspadores, raederas y cuchillos, con aplicación de técnicas de reducción bifacial, vinculados con el Periodo I del estadio Fell-Pali Aike y Cueva del Medio, en Ultima Esperanza (Massone, 1987; Nami, 1987).
La ocupación de Tres Arroyos, la más austral del hemisferio, se ha datado a los 10,280 ± 110 y 10,420 ± 100 a.P., asociada a labores de cocina, reactivación de filos desgastados y reemplazo de artefactos fracturados, actividades propias de los aleros (Jackson, 1987). Este episodio ocurrió cuando la lluvia de ceniza volcánica Fuego-patagónica sofocó el área, inter-cálandose entre el piso ocupacional.
Finalmente, algo más retirado del locus Toldense, en la Patagonia Septentrional, se ha ubicado la cueva Cuyin Manzano, con una capa antigua (c), datada a comienzos del X milenio a.P. (Ceballos, 1982). Se trata de una ocupación orientada a la caza dominante de roedores (Ctenomys) y guanacos, asociada a artefactos líticos unifaciales: raederas, cuchillos, lascas la minares cortantes, raspadores terminales sobre lascas de borde discoidal, raspadores de hocico lateral, y carencia accidental de puntas de proyectiles. Su filiación a la matriz paleoindia regional puede ser sugerida, en especial con el fenómeno Toldense.
Cerca del sitio anterior, en el río Traful, bajo el alero Traful I, se ha identificado una ocupación transitoria y efímera con fogones, lascas usadas, desecho de lascas ocre y fauna moderna menor. La presencia de Mylodon no logró constatarse con seguridad junto a los vestigios ceremoniales y culturales (Crivelli Montero et al. 1982). Su datación del orden de los 9,430 ± 230 a.P. señala un comienzo de ocupación, tal vez como extensión septentrional del patrón Toldense.
Esta región norpatagónica, pareciera ser un pasaje de "interregno" o transicional, con ocupaciones holocénicas tempranas que persisten en el sitio Casa de Piedra (río Colorado), por los 8,620 ± 190 a.P. (Gradin, 1984). La presencia desde comienzo de ocupación de bifaces y choppers (núcleos y lascas modificadas), junto a fogones, reparo de postes y uso de puntas foliáceas e implementos de molienda, hablan a favor, en reversa de los sitios anteriores, del arribo de ciertos componentes andinos (Intihuasi ?), distribuidos al sur, tras la caza de gaunacos y ñandú, por grupos desplazados desde a costa del río Colorado.
No están claras aún las causas de la disolución del medio de vida cazador de naturaleza paleoindio en el cono sur de América. Se ha planteado que la extinción de la megafauna en los lagos del centro de Chile ocurrió por causas naturales y humanas vinculadas entre sí. En efecto los análisis polínicos demuestran que disminuyó el bosque y se incrementó un régimen de mayor aridez. Se afectó en consecuencia la dieta de mastodontes y caballos. Con certeza, entre el XI y X milenio a.P. ya no habían grandes presas para los cazadores especializados en cacerías intensivas, en torno a locis restringidos con recursos forrajeros y acuáticos, estimulados por el dominio semiárido en el centro y centro-norte de Chile (Simonetti, 1984, Nuñez, 1989).
Durante el comienzo del post-glacial tanto la fauna pleistocénica como sus consumidores se orientaron hacia las regiones australes, donde las condiciones "pleistocénicas" se habían desfasado en relación al territorio central. Se sabe que tanto milodon (M. darwini) y caballo (Parahipparion) eran comunes durante el pleistoceno austral y fueron cazados a lo menos desde el XII-XI milenio a.P. En el caso del milodon, estos sobrevivieron al paracer hasta el VI milenio a.P., bajo escasas posibilidades de resistencia (Saxon, 1979; Salmi, 1955; Borrero, 1986). El tiempo crítico del inicio de la extinción de la megafauna austral se ha identificado en relación a la contaminación volcánica regional del agua de abrevaje y forraje, paralelo principalmente a los cambios de la cubierta vegetacional de la región Fuego-Patagónica (Markgraf, 1985a). Se trata de una sensible reducción a gran escala de la formación de estepa fría (gramíneas y herbáceas), por el X milenio a.P., tiempo que tanto los cazadores como el cambio vegetacional y ambiental afectó el dominio de los grandes herbívoros. El avance de la estepa árida y matorral desértico, por el X al IX milenio a.P., configuró el tránsito post-glacial hacia la vegetación moderna (incremento de temperatura y menos precipitaciones). En este reajuste adaptativo ganaron los camélidos (Lama guanicoe), herbívoros menos especializados en el forrajeo, los que dominaron el medio y sustentaron la subsistencia de la población paleoindia tardía y su derivación durante el post-glacial. Algo similar ocurrió en los andes del norte chileno, durante el temprano post-glacial, cuando se inicio el dominio de los camélidos (XI milenio a.P.), pero esta vez bajo la presión de cazadores de naturaleza arcaica, en un tiempo más temprano en relación a los eventos australes.
CAZADORES-RECOLECTORES HOLOCÉNICOS
Se han identificado en el cono sur americano distintas adaptaciones regionales tempranas en ambientes contrastados entre el océano Pacífico, los Andes, y la vertiente oriental entre los 11,000-9,000 a.P., derivadas tal vez de tradiciones paleoindias de finales del pleistoceno no bien detectados.
Los datos que se describen, provienen de 12 cuevas, aleros y campamentos distribuidos en las vertientes chileno-argentina, con indicadores variables en términos de procesos culturales y adaptativos localizados a lo largo de los 18-33olat. sur.
Consideraciones medioambientales
El territorio en su larga y estrecha elongación, ubicado entre dos océanos, se eleva en la región andina, constituyendo en su perfil altitudinal diversos pisos ecológicos que han acondicionado distintos patrones culturales y adaptativos. Esta gradiante cambia en su sentido latitudinal componiendo otras variaciones regionales que graduan desde un régimen de aridez a uno semiárido, y de la cubierta fértil central a la estepa semiárica austral.
Durante el holoceno temprano las condiciones húmedas y frías habrían cambiado hacia eventos más secos y cálidos observándose el inicio de climas con marcada estacionalidad, lo que sumado a posibles aumentos demográficos, habría motivado procesos regionales adaptativos, con uso más intensivo de recursos complementarios jalonados en regiones de pisos ecológicos contrastados. Además, ocurrieron importantes modificaciones paleogeográficas de carácter post-glacial: exposición de territorios, colapsos volcánicos, transgresiones y regresiones de los niveles marinos, movimientos tectónicos, etc. Sin embargo, la escasez de reconstituciones paleoambientales no hace visible la regionalidad de los fenómenos de variedad climática y disposición de recursos subactuales.
Aunque los cambios climáticos post-glaciales no fueron uniformes a través de las diferentes latitudes, el límite Pleistoceno-Holoceno se ha datado en 9,590 a.P., en un perfil polínico de Chiloé por los 42o lat. sur (Villagrán, 1985), mientras que otro similar se ha establecido por los 15o lat. sur, en una columna palinológica de Bolivia (Graf, 1981, 1987). Estos límites encubren desfases temporales en un sentido latitudinal (Markgraf, 1983, 1985). En el NW argentino (Puna de Jujuy) las condiciones del fin del pleistoceno perduraron hasta el XII milenio a.P., mientras que efectivamente, tanto en la vertiente occidental y oriental del levantamiento puneño las condiciones modernas ya están presentes hacia el XI milenio a.P. No obstante, en el extremo austral ciertas condiciones pleistocénicas permanecieron hasta el VII a.P., incluyendo la pervivencia de megafauna y estilos no-arcaicos de desarrollo.
Ocupaciones holocénicas tempranas
Las ocupaciones correspondientes al Holoceno temprano son más comunes que las propiamente paleoindias. Usualmente presentan baja densidad demográfica en el interior de cuevas y aleros rocosos, localizados en las tierras altas, lo que parece corresponder a ocupaciones efímeras o de corta duración, si se compara con la densidad de los depósitos de épocas más tardías. Pero, son más densas en campamentos semipermanentes o expuestos, ubicados en las tierras medias y bajas. La adaptación de cazadores-recolectores desde el Holoceno temprano usualmente se identifica con el periodo arcaico. Este es un concepto operacional que incluye atributos algo similares a los recurrentes en Norteamérica (Willey, 1966), con modalidades regionales sudamericanas (Lynch, 1974, Núñez, 1983).
El proceso de experimentación de producción de alimentos (v. gr. cultivos y domesticación de camélidos), condujo a la sociedad de los territorios áridos y semiáridos sudamericanos hacia formas más complejas de vida, las que reemplazaron en épocas holocénicas tardías el tradicional y exclusivo patrón de subsistencia de caza y recolección. En contraste, el periodo arcaico en Norteamérica persistió regionalmente, a través de una larga tradición que se extendió hasta épocas históricas, basado en una economia de caza y recolección. Una situación combinada algo similar en términos de persistencia ocurrió con las comunidades étnicas del territorio fértil del centro de Chile, pero en la estepa semiárida austral, las prácticas dominantes de caza y pesca pervivieron hasta tiempos históricos, al margen de domesticación y recolección significativa.
Se admite que ciertas ocupaciones andinas del Holoceno temprano habrían subsistido bajo regímenes de caza y recolección, sin indicadores arcaicos (v. gr: plantas cultivadas e implementos de molienda). Como se carece de datos exclarecedores de la naturaleza de eventuales desarrollos diferenciados y de la dirección que tuvieron estos procesos desde épocas post-pleistocénicas tempranas, el carácter arcaico no es atributo generalizado entre estas tempranas ocupaciones. En tanto, cuando esto ocurre se aplica la denominación operacional de cazadores-recolectores holocénicos tempranos, adaptados a condiciones ecológicas modernas con connotaciones regionales y tradicionales diferenciadas.
En relación al patrón adaptativo se distinguen de la tradición paleoindio, en cuanto ocurren bajo condiciones post-pleistocénicas, carecen de fauna extinta y emergen con atributos artefactuales innovadores.
A continuación se ordenarán los sitios cronometrados con depósitos específicos y su articulación a patrones generales de explotación de recursos en medioambientes que por razones de espacio no serán detallados (Santoro y Núñez, 1987).
Adaptación andina
El inicio del proceso de adaptación a las tierras altas se ha constatado en el norte chileno y noroeste argentino, en leves ocupaciones localizadas en cuevas y aleros entre los 11,000-8,000 a.P. Se han definido dos patrones regionales adaptativos, tanto en la puna seca como en la salada (Troll, 1958; Santoro y Núñez, 1987; Núñez y Santoro, 1988).
En efecto, de la puna seca provienen tres refugios excavados, localizados en praderas precordilleranas como el sitio Patapatane y en sectores de bofedales en el piso de la alta puna documentado en los sitios Las Cuevas y Hakenasa en los andes ariqueños (Santoro, 1989).
Los perfiles estratigráficos incluyen delgados lentes de carbón y cenizas, con una baja concentración de huesos y artefactos líticos diagnósticos ubicados en la base de los depósitos. En algunos casos las áreas de actividades internas fueron mejoradas a través del socavamiento y alineación de rocas periféricas para producir un espacio más confortable. En general, los sitios muestran el empleo de recursos locales como así también el traslado de bienes exóticos como ciertas conchas del Pacifico (Choromytilus), pigmentos de color rojo y obsidiana andina.
Los artefactos líticos más representativos son las puntas triangulares con y sin pedúnculos que recuerdan formas diagnósticas de la tradición precerámica temprana de los Andes centrales (Rick, 1980, figura 5-a,b). Otro componente agrupa a las puntas triangulares correspondientes a modelos romboidales de pedúnculo ancho y pequeñas barbas, datadas en conjunto entre los ca 9,500 a 8,000 a.P. (Santoro y Núñez, 1987; figura 5-c,d).
En esta temprana tradición cazadora de la puna seca la típica forma lanceolada o foliácea, doble punta y bases redondeadas marca otro complejo de puntas romboidales y triangulares (figura 5-e,f,g). En general, estas industrias aparecen asociadas con perforadores de dorso alto y perforadores semicirculares de dorso más bajo. Aunque los artefactos de hueso son escasos incluyen retocadores y punzones; mientras que los implementos de molienda estuvieron completamente ausentes. La reducción lítica es bifacial y monofacial a base de técnicas de percusión y presión. En algunos casos se han recuperado artefactos burdos que similan los atributos del horizonte "pre-projectile point" (Krieger, 1964), pero que más bien se afilian a preformas de artefactos desechados o en proceso de terminación. Es decir, en todos los sitios se registran desechos de percusión y presión derivados del tratamiento de preformas trasladadas de talleres y canteras distantes de los sitios de vivienda.
El análisis preliminar de las colecciones óseas del sitio Patapatane, junto a los localizados en la puna salada: Tuina, San Lorenzo y Chulqui, identifican un consumo dominante de camélidos complementado de vizcacha (Lagidium viscacia), chinchilla (L. Chinchilla), roedores y aves (Dennis y Wheeler, 1988; Núñez, 1983; Aldunate et al., 1986).
En la puna salada (subárea circumpuneña de Atacama) se han registrado sitios de cazadores holocénicos tempranos, representados en Tuina, Chulqui y San Lorenzo, datados en el IX y XI milenio a.P. (Núñez, 1983; Sinclaire, 1985). Entre el caso de Tuina (alero cerca de Calama) los artefactos líticos más diagnósticos son: raspadores pesados de dorso alto, puntas triangulares y yunques planos, asociados a fogones y restos de fauna moderna: camélidos y roedores dispuestos sobre un piso socavado datado entre los 10,820 ± 630 a 9,080 ± 130 a.P. (figura 5-h). En general, estos componentes similan los registros de los sitios trasandinos como Inca Cueva-4 y Huachichocana (Aschero, 1979,1984; Fernández Distel, 1974), en donde las puntas triangulares son frecuentes, asociadas en el caso de Inca Cueva-4 a fauna moderna de roedores dominantes (Lagidium sp. y Chinchilla sp.), Artiodactyla y Cervidae entre las especies más frecuentes en el mismo orden, datado a los 9,230 ± 70 a.P. Del sitio Inca Cueva-1 se conocen vestigios craneanos dolicoides, importantes en tanto son pocas las evidencias biológicas conocidas de estos primeros poblamientos. Algunas ofrendas funerarias (IC-4) señalan el uso de dardos decorados geométricamente (uso de propulsores), cordeleria, adornos de plumas, etcétera.
Ciertamente, en la puna de Jujuy el refugio de Inca Cueva representa posibles intentos de domesticación de camélidos (fibras), con pozos de almacenamientos eventuales como inicios de estrategias de reserva de alimentos. Las actividades interiores se vinculan con preparación de pieles de camélidos y ciervo, confección de bolsas, tientos, con cueros trasladados de los lugares de destazamiento en cuanto los desechos de huesos son escasos. La dieta se fundamentó principalmente de roedores (Chinchillidae) y vegetales comestibles (Hypsocharis tridentata), con desplazamientos intercambiables de amplia cobertura (Aschero, 1984).
Es muy probable que la extensión espacial de sitios como Tuina, Inca Cueva y Huachichocana, sea mayor de lo esperado. La Cueva de Yavi, localizada por la frontera argentino-boliviana, posee similares componentes triangulares datados por la mitad del X milenio a.P., según los estudios de Krapovickas (citado por Schobinger, 1988).
En el alero de Huachichocana (9,620 ± 130, 8,670 ± 550, 8,930 ± 500 a.P.), hay un registro más consistente de camélidos neonatos, nonatos y juveniles (asociado a puntas triangulares y lanceoladas), involucrados tal vez con etapas experimentales de domesticación, situación que ha suscitado discusiones y nuevos análisis en curso en otros sitios tempranos trasandinos (Aguerre et al., 1975).
En la vertiente occidental de la Puna de Atacama los sitios antes referidos no presentan por ahora vestigios vegetales económicos. Pero en la vertiente sitios como Huachichocana han sugerido la presencia de calabaza (Lagenaria), porotos (Phaseolus sp.) y ají (Capsicum sp.), tal vez recolectados en estado silvestre o por labores hortícolas tempranas, aunque el registro de maíz parece haber sido definitivamente invalidado (Yacobaccio, 1986).
Tal parece que la complejidad creciente de estos grupos arcaicos tempranos se advierte en los diseños geométricos del arte rupestre, como el caso de Inca Cueva, a base de temas lineales y puntiformes (rojo y negro) y ofrendas funerarias muy sofisticadas (Aschero, 1984).
Se ha sugerido que estas ocupaciones holocénicas tempranas habrían controlado ciertos circuitos de movilidad trashumántica para acceder a diversos recursos explotados entre las tierras altas y sus respectivos bordes complementarios (v. gr. maderas duras en Inca Cueva y plumas de aves tropicales en Huachichocana). En este sentido las propuestas de Núñez (1983), Yacobaccio (1986), además Santoro y Núñez (1987) y de Núñez y Santoro (1988), han sugerido un patrón de movilidad trashumántico dentro de un régimen de adaptación regional, con ocupaciones concentradas en áreas bien localizadas, tales como las punas de Arica, de Atacama y Jujuy entre el norte de Chile y noroeste argentino respectivamente.
Sin embargo, cada región reúne distintos atributos ecológicos y culturales que pudieron influir en sus patrones de asentamientos y en las decisiones en términos cinegéticos, opciones por ciertos pisos ecológicos explotados, como así también los territorios electos in extenso. En términos de diversidad, en la puna seca ariqueña se observa un perfil continuo de recursos que se jalonan desde la costa hasta la alta puna. Sin embargo, la economía de los tempranos cazadores holocénicos muestran en primer lugar una marcada preferencia por actividades de caza, en desmedro de uso de los escasos resursos de recolección que se consumen en épocas más tardías. De esta manera, los sitios se ubican preferentemente en praderas cercanas a lagos pleistocénicos, en el piso de la alta puna, mientras que en el ecotono de precordillera, donde no existe este tipo de ambientes, se prefirieron pampas o estepas cubiertas de pastizales y arbustos muy favorables para la caza de camélidos, roedores y aves. Se ha propuesto que detrás de esta selección se configuró un tipo de técnica de caza que pudo incluir prácticas colectivas de acorralamiento de animales. En cuanto a la complejidad social, aunque no hay expresiones de arte rupestre bien definidas, a pesar de las dudosas propuestas para Toquepala (Sur de Perú), la presencia de pigmentos de colores (óxidos de fierro) señalarían mayor sofisticación cultural de estos tempranos cazadores arcaicos que pudieron expresarse a través de actividades funerarias y arte rupestre que no ha sido constatado. Esta complejidad creciente podría entroncar con posibles actividades ceremoniales complejas interpretadas en el sitio Asana del sur peruano (ca. 8,000 a.P.), en proceso de estudio (Aldenderfer, 1988).
La ausencia de una marcada estacionalidad, como ocurre en la puna seca, tampoco constituyó un límite importante en la determinación de los circuitos de movilidad, puesto que a pesar de que las ocupaciones fueron aquí más estables, a notable altitud, se explotaron los ecotonos entre los 3,000 a 4,000 m. Esta estrategia adaptativa es propia de la temprana adaptación de caza andina, que adquiere características regionales en los espacios correspondientes a la puna seca del extremo sur de Perú y extremo norte de Chile.
Sin embargo, en la puna salada, la estacionalidad fue más acentuada, dando lugar a más movilidad trashumántica cazadora, con mayor apropiación de recursos vegetales, si se compara con el patrón de la puna seca ariqueña, pero de escasa proporción en relación a la vertiente trasandina, donde hay mayor acopio de recolección y probable horticultura, incluyendo el flujo de bienes de la vertiente oriental selvática.
En términos de movilidad debe recordarse que desde el Holoceno temprano los cazadores andinos efectuaron movimientos de larga distancia que incluían el Pacífico. Sin embargo, la ausencia de campamentos y refugios bien establecidos, como los observados en las tierras altas, permite sugerir que este acercamiento no tuvo por objeto una explotación intensiva de sus recursos. Por el contrario, sólo existió una particular selección de materias primas, como las conchas de Choromytilus. De ser correcto el desfase más tardío de las primeras ocupaciones del litoral, las migraciones andinas, eventualmente orientadas hacia las tierras bajas, sucedieron al final de estos episodios, cuando se populariza el uso de los artefactos foliáceos e implementos de molienda.
Una de las ocupaciones propiamente arcaicas de la puna salada, que parecen derivar de la fase Tuina (Núñez y Santoro, 1988), a raíz de sus componentes triangulares, lo son múltiples campamentos expuestos, mejor representados en el sitio Tambillo, en la vertiente occidental de la Puna de Atacama. Se trata de una densa aglomeración de campamentos estratificados con recintos de pisos socavados, fogones, desechos óseos y una nutrida industria lítica bifacial, finos perforadores y puntas triangulares de obsidiana, raspadores discoidales chatos y de uña, ganchos de hueso (propulsores) e implementos de molienda (morteros de hueco cónico). Este conjunto se ha datado a los 8,590 ± 130 a.P., y representa una adecuada adaptación a los recursos de vegas y lagunetas del Salar de Atacama, con una alta explotación de fauna moderna tanto de camélidos como de cholulos (Ctenomys fulvus).
Se ha constatado un flujo trashumántico del estadio Tambillo hacia las quebradas intermedias y alta puna, a raíz de la identificación en quebrada Tulán de depósitos bajo roca con similares componentes líticos triangulares y dataciones sincrónicas. Otro flujo se ha localizado en el alero de Toconce con similares atributos (Aldunate et al., 1986). Asociado al campamento fechado se ha registrado un pequeño cementerio con cuerpos semi-flectados de cráneos dolicoides, con ofrendas de morteros de hueco cónico.
Mientras la continua yuxtaposición de recursos pudo haber facilitado un patrón de asentamiento macroregional más estable en la puna seca, la situación es distinta en la puna salada donde se conjugan tres factores ecológicos que habrían influido en el desarrollo de la distribución de patrones de asentamiento más diferenciados. Los ambientes asociados a la puna salada se caracterizan por la ausencia de oasis costeros, reemplazados más bien por una costa hiperárida. Su ubicación fuera de la zona tropical propiamente tal, a pesar que se ubica inmediatamente al sur del trópico Capricornio, determina la existencia de una marcada estacionalidad en la provisión de recursos, a través de pisos ecológicos más contrastados, agravado por un invierno muy frío en los pisos más altos, lo que presiona la migración anual de hombres y animales hacia pisos más bajos. En consideración a la ausencia de una continuidad de recursos de subsistencia entre la costa y la alta puna, agregado al fenómeno de marcada estacionalidad, el desarrollo de patrones adaptativos microregionales debieron tener mejores posibilidades para la explotación de recursos complementarios, pero concentrados estacionalmente en localidades restringidas como los oasis del Loa y de la puna de Atacama, cañones precordilleranos y alta puna. En suma, en la puna salada las ocupaciones arcaicas del Holoceno temprano no presentan una relación clara con la costa, pero los movimientos estacionales ocurrieron más regularmente hacia la alta puna para la obtención de obsidiana y recursos de caza. Este patrón de adaptación estacional microregional sobrevive aún hoy día través de las prácticas pastoralistas.
Adaptación marítima
Se ha planteado que en el Pacífico las ocupaciones más tempranas son a lo menos uno a dos milenios más tardías que el primer poblamiento holocénico andino, tal vez vinculadas con migraciones que procedían de las tierras altas, si es que los sitios costeros más tempranos están modificados o yacen en costas altas no prospectadas. En efecto, hay sitios bien documentados en las tierras altas, desde el comienzo del XI milenio a.P., mientras que en la costa no hay ocupaciones en esta época, con la excepción de las dataciones tempranas de Ring Site obtenidas de conchas (Richardson, 1987). Sólo durante el X milenio a.P., en el litoral nortino se observan dos patrones adaptativos diferentes. En la costa desértica de Atacama se ha localizado el componente Conchas-Huentelauquén datado a los 9,680 ± 160 a.P., asociado a litos poligonales (figura 5-i) y peces tropicales (Llagostera, 1979), derivados de un flujo arcaico costeño localizado en la costa centro-norte de Chile (Iribarren, 1962).
Por otro lado, un segundo patrón adaptativo se localiza en los valles costeños más fértiles, como el oasis de Tiliviche, donde el transporte de los recursos marítimos complementó a los locales. Se trata de un campamento expuesto con recintos semicirculares socavados y postes para coberturas livianas de uso intermitente y semipermanente. Aquí se concentraban y procesaban materias primas locales como fibras vegetales y mateerial lítico. El sitio es denso con montículos leves de desperdicios costeños y abundante desecho de talla, datado a partir de los 9,760 ± 365 a.P., asociado a puntas foliáceas (figura 5-j,k), implementos de molienda y anzuelos de concha, conectados con el litoral de Pisagua y Camarones (Núñez y Moragas, 1978).
Hasta ahora no existen relaciones entre los episodios Las Conchas y Tiliviche a pesar de su evidente sincronía. En el primer patrón adaptativo las estrategias de caza y recolección incluyen la explotación de mariscos y caza de mamíferos marinos. La identificación de peces de aguas cálidas, hoy inexistentes en la costa de Antofagasta, han sugerido un periodo altitermal durante el Holoceno temprano en ese segmento de la costa de Chile, eventualmente vinculado a los efectos de un avance meridional de características parecidas a la Corriente del Nino (Llagostera, 1979; Núñez, 1983). Esta ocupación, netamente costera, independiente de valles costeros, representa un episodio holocénico temprano único, que no ha sido reportado con la misma antigüedad en otros segmentos de la costa sudamericana.
Adaptación semiárida occidental
Pichasca es el único alero bien documentado de cazadores-recolectores del Holoceno temprano, adaptado a la explotación de recursos en quebradas intermedias del territorio semiárico occidental o centro-norte de Chile, datado a partir de los 9,890 ± 80 a.P. (Ampuero y Rivera, 1971). La presencia de moluscos costeños sugiere constantes movimientos hacia la costa ubicada a unos 80 km. El área presenta actualmente una productividad estacional diferendiada, fenómeno que pudo iniciarse a comienzos del Holoceno. Esto explicaría la ubicación intermedia del sitio con el objeto de articular los ecotonos vegetales más estables o locales con aquellos costeños y andinos respectivamente.
A diferencia de lo que ocurre con los campamentos andinos la ocupación de la cueva de Pichasca demuestra una mayor diversidad de actividades a juzgar por la variedad de artefactos y restos de plantas y animales. Desde la costa no sólo se trasladaron recursos de subsistencia sino tambión materiales exóticos como las conchas de Choromytilus, que aparecen retocadas o con huellas de pulidos por uso relacionados a objetos de status.
Se advierte una variedad de recursos locales de subsistencia entre los que se incluyen guanacos, roedores y aves, favorecidos por una vegetación de estepa semiárida. La presencia de manos y restos de porotos (Phaseolus sp.) muestra un importante aporte de plantas de recolección y posible horticultura (Ampuero y Rivera, 1971). Diversas clases de artefactos fueron confeccionados para estas actividades, cuyas formas vagamente recuerdan los artefactos triangulares andinos. Las puntas más comunes corresponden a hojas triangulares largas bifaciales, de base cóncava o base recta (figura 5-l,m) y puntas de base cóncava con barbas laterales. Menos comunes fueron las hojas triangulares netas de bases rectas, redondeadas y cóncavas. Se asocian a estos artefactos las formas pequeñas y grandes de raspadores discoidales de dorso alto y circulares pequeños.
La presencia de retocadores de hueso y abundantes desechos líticos al interior de la cueva demuestran un importante trabajo de reducción de artefactos. Esto fue realizado junto con otras actividades domésticas que incluyen a algunas artesanías realizadas con fibras vegetales y de animales con técnicas de anudado, torcido y trenzado, para preparar prendas de vestir y otros usos.
En consideración a los datos arqueológicos y a la estacionalidad del medio ambiente, se ha sugerido un patrón de asentamiento estacional macroregional de alta movilidad (Ampuero y Rivera, 1971; Ampuero e Hidalgo, 1975). Se trata de un patrón adaptativo a un régimen semiárido que configuró una tradición de caza y recolección subandina caracterizada por prácticas de caza no selectiva, complementada con una intensiva recolección de plantas y mariscos, con opciones a recursos distintos a los patrones andinos o más septentionales.
En el territorio fértil central de Chile (Valle longitudinal) aún no se han documentado sitios correspondientes al Holoceno temprano. Es probable que esto se debe a la falta de pesquisas arqueológicas más intensivas, puesto que habían existido condiciones ecológicas suficientes para una temprana adaptación de cazadores recolectores (v. gr. cuencas lacustres). Se puede asumir que los episodios arcaicos de Cuchipuy (VI milenio a.P.) podrían derivar de ancestros holocénicos más tempranos no registrados hasta ahora (Kaltwasser et al., 1983).
En el territorio estepario-austral las ocupaciones de finales del Pleistoceno y de comienzos del Holoceno pertenecen a una tradición cultural algo homogénea, con escasas modificaciones, a diferencia de los regímenes adaptativos andinos. Esto se debe a que en los ambientes del extremo sur de Sudamérica se mantuvieron las condiciones climáticas relictuales que permintieron la sobrevivencia de megafauna con especies modernas, útiles para la orientación cazadora no arcaica, y un litoral rico como recurso alternativo. En contraste, hacia el norte, las condiciones modernas comenzaron a estar presentes en los escenarios geográficos desde más tempranas épocas holocénicas. Es decir, la sobrevivencia de condiciones pleistocénicas y los óptimos recursos de caza en el extremo sur permitió el embolsamiento grupos paleoindios y transicionales que pudieron mantener por mayor tiempo sus estilos de vida conservadores. Al mismo tiempo, este régimen adaptativo singular se acondicionó a raíz de la ausencia de recursos arcaicos (v. gr. plantas recolectables y necesidades de domesticación).
Adaptación semiárida oriental
Otras agrupaciones holocénicas tempranas se han localizado más al sur, en la vertiente oriental de los Andes, en territorios semiáridos y altos de la región de San Juan y Mendoza, donde se han detectado los grupos más meridionales de cazadores andinos con componentes foliáceos (Schobinger, 1988). La fase o cultura Fortuna se ha identificado en un ambiente cordillerano a través de cuevas, aleros y campamentos abiertos, donde alojaron cazadores locales fechados a partir de los 8,565 ± 240 a.P. (Gambier, 1974). Esta primera ocupación no posee control de cultígenos pero si una nutrida industria foliácea y puntas pedunculadas.
Se trata de adaptaciones que se acercan al IX milenio a.P., en el límite de este análisis. Al igual que la primera ocupación de lntihuasi (González, 1960), ejemplifican derivaciones de ancestros de cazadores holocénicos más tempranos aún no identificados claramente en la vertiente argentina.
Fortuna es sucedido por la fase o cultura Morrillos, caracterizada por un conjunto de puntas triangulares pequeñas a medianas y microinstrumentos diversos, acompañados de tecnologías complejas como textilería, madera y expresiones funerarias definidas. Ocuparon los mismos espacios de los cazadores de la Fortuna a partir de los 7,920 a.P. (Gambier, 1985).
Se ha identificado la influencia de un clima árido, que había determinado una alta movilidad adaptativa, macroregional, con un manejo estacional de ambas vertientes de los Andes (Gambier, op cit.). Se ha sugerido este patrón sobre la base de comparaciones tipológicas con sitios de la costa del Pacífico e interior, que no cuentan con dataciones absolutas, pues se trata en su mayoria de sitios de superficie, pero en términos generales tai supuesto parece ser correcto. Los límites de este artículo imposibilitan por ahora detallar más los regímenes adaptativos hasta aquí brevemente resumidos.
CONCLUSIONES
Hasta ahora los patrones culturales y adaptativos propuestos son tentativos y sólo aspiran a un cierto ordenamiento operacional. De todos los estadios, los patrones de explotación de recursos incertos en el proceso productivo y adaptativo subantártico, se observan más documentados, con suficiente soporte teórico (Bate, 1982; Little, 1983; Kirch, 1980; Borrero, 1989), configurando una trayectoria tradicional (Gradin, et al., 1987; Orquera et al., 1984) que involucra a su vez un curso ecológico-evolutivo (Borrero, 1989) con respuestas tecnológicas adecuadas (Nami, 1987). Aquí, el volumen de información ha configurado una historia cultural con una secuencia temprana más explicita, que tiende a integrar a sitios multicomponentes con otros pequeños, cubriendo un mayor rango posible de variabilidad laboral e ideológica (Bird, 1938; Cardich, 1977; Massone, 1987 y otros).
De acuerdo al actual bagaje de datos aún no se han explicitado las rutas migratorias paleoindias orientadas al Cono Sur. La vía desértica del Pacífico ha sido modificada a raíz de los movimientos de transgresión marina y dislocamientos parciales del borde continental. La vía altiplánica y de cabeceras de valles serranos, con mayor disponibilidad de recursos forrajeros y acuáticos, parece ser importante, pero tampoco hay evidencias regularmente espaciadas. Es probable que el pasaje argentino semiárido (andino-oriental) sea el "puente" más adecuado (región del Trópico de Capricornio), para vincular el borde amazónico con las pampas orientales y a su vez con la finis terra del extremo Patagónico y Tierra del Fuego. En este sentido los pasos trasandinos habrían comunicado a estas migraciones con el actual territorio chileno y por el pasaje patagónico hacia el cono más austral. El registro de puntas "cola de poscado" cercanas a dataciones de fines del pleistoceno en la vertiente atlántica de la provincia de Buenos Aires, sugiere su tránsito Pampeano-Patagónico, tal vez desde los lagos pleistocénicos de Panamá (Bird y Cook, 1978).
Sólo 26 sitios paleoindios netos se han constatado en el Cono Sur, de los cuales más del 50% representan factos limitados, todo lo cual inhibe el planteo de propuestas interpretativas.
Por ahora no hay registros paleoindios involucrados con el patrón de adaptación andina en ambas vertientes. No obstante, los sitios Quereo y Tagua-Tagua representan bien el patrón de adaptación subandina en torno a cuencas lacustres bajas. Las evidencias del sitio Monte Verde sugieren la posibilidad de un régimen de adaptación a la foresta lluviosa austral. Finalmente, un buen número de sitios en el territorio austral representan con mayor confiabilidad el patrón de adaptación subantártico. Por otra parte, los sitios Arroyo Seco y La China iluminan los primeros factos del régimen adaptativo pampeano, con ciertos vinculos en el último caso con el poblamiento austral.
Se entiende que la disolución del modo de vida paleoindio durante el post-glacial, en las postrimerías del régimen adaptativo subantártico, no ha sido suficientemente esclarecido. Es muy probable que en la región esteparia-austral se derivó a nuevas formaciones de cazadores holocénicos, sustentados en la caza dominante de camélidos, en transición gradual hacia el control de la economía marítima (sitios Bahía Buena y Santa Ana). Es decir, la carencia de recursos vegetales económicos y la abundancia de caza no estimuló la emergencia de una vía arcaica de desarrollo.
En el valle longitudinal de Chile hay ocupaciones arcaicas como Cuchipuy, localizadas en la cuenca de Tagua-Tagua, pero se distancian de los episodios paleoindios locales por cerca de tres milenios. Es decir, a diferencia del extremo austral, aquí no se advierte por ahora una transición entre los erpisodios pleistocénicos y holocénicos (Kaltwasser et al., 1983). Los cambios climáticos drásticos ocurridos al final del pleistoceno han sido determinantse en la continuidad del proceso cultural; mientras que la eventual continuidad ocurrida en la zona austral, correspondería a inmigraciones procedentes de las regiones subandina y pampeana.
Más al norte, durante el proceso adaptativo semiárido, se ha definido una ocupación arcaica temprana (Pichasca), pero tambíén se separa aproximadamente por un milenio en relación al sitio paleoindio más cercano (Quereo), sin indicadores claros de una eventual vinculación (Ampuero y Rivera 1971; Núñez et al., 1983).
Llama la atención que en el régimen de adaptación andina los episodios post-glaciales más tempranos como Tuina, Patapatane y Las Cuevas, de la Puna Salada y Seca respectivamente, se acercan al XI milenio a.P. (Núñez y Santoro, 1988). Pero la ausencia de rasgos paleoindios no nos permite asumir bien si los eventos pleistocénicos finales y su población cazadora asociada estuvieron vigentes antes del XI milenio a.P. De hecho, este desfase existe en términos de que cuando los cazadores holocénicos tempranos y los arcaicos tempranos de las tierras bajas ya se han distribuido entre los andes y la costa, respectivamente, los cazadores paleoindios australes sobrevivían por el XI-X-IX milenio a.P.
En lo que respecta a las ocupaciones holocénicas tempranas, no más de 50 sitios han sido reportados en Sudamérica en relación a adaptaciones regionales concretas. De estos sitios sólo 12 se localizan en Chile y Argentina cuyos datos se han reseñado en este trabajo, con neta sustentación estratigráfica.
En suma, la temprana ocupación de la franja occidental de los Andes del extremo sudamericano representa diferentes tradiciones adaptadas a condiciones modernas post-glaciales, con incierta derivación cultural de las tempranas tradiciones paleoindias. No obstante, que algunas tecnologías paleoindias continuaron y se desarrollaron en el post-pleistoceno temprano (Lynch, 1974), es evidente que existe un vacío de información entre ambas tradiciones. Probablemente, la dificultad de ligar ambos procesos se debe a la falta de sitios estratigráficos que muestren una continuidad suficiente de ocupación. Las muestras disponibles hasta ahora presentan procesos aparentemente interrumpidos entre el final de la tradición paleoindia y el comienzo de la tradición de caza y recolección del Holoceno temprano.
A excepción de los segmentos fértiles de los territorios centrales, los demás territorios extremos presentan patrones adaptativos bien definidos desde épocas holocénicas tempranas. En el caso de los territorios andinos del norte, éstos presentan como rasgo común patrones regionales macroadaptativos, probablemente de alta movilidad, con el objeto no sólo de seleccionar recursos bien localizados, sino también los lugares más óptimos donde practicaban las actividades de caza y recolección. En este patrón adaptativo jugaron un rol fundamental los recursos de caza complementados de escasa recolección de plantas silvestres, en la vertiente occidental y mayor acceso a vegetales económicos en la vertiente oriental. Más minoritario aún fue el uso de los recursos costeros exclusivos.
Definitivamente, los primeros poblamientos de finales del Pleistoceno en el Cono Suramericano, así llamados paleoindios y las ocupaciones post-glaciales seguirán siendo una cuestión pendiente y los patrones culturales, adaptativos y productivos observados deverán por otra parte considerarse sólo como un instrumento de análisis y debate.
Pedro de Atacama, San Miguel de Azapa, octubre de 1989.
AGRADECIMIENTOS
El primer autor agradece a FONDECYT (Proyecto 0843), Smithsonian Institution y a la Dirección de Investigaciones y Extensión (Universidad del Norte) por la cobertura de apoyo a la formulación de una secuencia más confiable para la Puna de Atacama. Del mismo modo agradece el GRANT (año 1989) de National Geographic Society que permitió ordenar la discusión de este escrito y acercarse preliminarmente a la revisión de las ocupaciones paleoindias del centro de Chile.
El segundo autor reconoce el apoyo de FONDECYT (Proyecto 12/89) y de la Dirección de Investigaciones y Desarrollo Cientifico de la Universidad de Tarapacá (Concurso de Proyectos 1989).
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