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Imperio Romano

Graffiti, La permanencia de lo efímero. Pompeya en un grito mudo

Graffiti, La permanencia de lo efímero.  Pompeya en un grito mudo A la historia se ingresa por la puerta de la traición. Como supo decir Dalmiro Sáenz, la deslealtad de Leonardo Da Vinci a sus maestros de artes medievales, y la infidelidad de San Martín a las armas españolas permitieron que cada uno trascendiera en lo suyo. Esto es, alcanzar la permanencia. Una nota sobre los graffiti es una traición al graffiti como expresión fresca de la lengua popular. Es una ofensa al que da rienda suelta sobre lo que le viene en ganas garrapateando en una pared. Hacia ellos va nuestro consuelo en este deseo de permanecer: nadie leerá estas líneas sin aquel ánimo de traición. Bienvenidos al club, entonces.

Por Marcelo Luna

Pompeya en un grito mudo.

La erupción del Vesubio sepultó por siglos la ciudad italiana de Pompeya, y con ella todo vestigio de vida. Sucedió entre el 25 y el 27 de agosto del año 79 de nuestra era: las lavas volcánicas y la lluvia de cenizas y de piedras sorprendieron a los pompeyanos -acostumbrados a los movimientos sísmicos que cada tanto realizaba el Vesubio -, quienes se confiaron demasiado. Así, en las excavaciones que iniciaron los arqueólogos del siglo XIX, afloraron los últimos momentos vividos en aquel desastre: personas que huyen por las calles con sus cosas de valor, otras que duermen plácidamente en sus casas, mientras adentro de los refugios aparecen cuerpos unidos en un último abrazo. Cada resto humano que se encuentra es un instante del final. Como fotografías vivas de un grito mudo.

Rasguñando paredes

Pero en la tragedia de Pompeya estuvo también su trascendencia. Los graffiti, esto es, los textos escritos a mano sobre las paredes carbonizadas de la ciudad, son la prueba viva de las mujeres y los hombres de Pompeya, de su imaginación cotidiana. Se descubrieron 10.000 hasta 1956 - los trabajos arqueológicos están lejos de finalizar-, y abarcan un período de pocos años (entre el 60 y el 79, año de la erupción). Son escritos espontáneos, sin rebusques en sus significados. Sucede que no fueron hechos con voluntad de perduración, pero gracias a ellos accedimos a los deseos, voluntades y ocurrencias de quienes usaron las paredes para los fines más diversos: agradecimientos a los dioses, cualidades eróticas, anuncios comerciales, saludos personales, mensajes amorosos, anécdotas sexuales, insultos y hasta citas de autores clásicos. Señoras y señores, para ustedes, los despojos de la psiquis pompeyana.

La virtud de la obscenidad

Los graffiti pompeyanos son testimonios ricos para indagar la vida sexual de la antigüedad, donde figuran los registros de las proezas y dotes sexuales. Es el caso del que anotó «Hapocras folló aquí estupendamente». Aparecen también conductas sexuales, como la fellatio y la homosexualidad, registradas a modo de desprecio («Cosmo, gran invertido y mamón»), o con ánimo de sorna en la inscripción que dice «no te dediques a chupar coños fuera de casa. Hazlo adentro». Sin embargo, el imperativo «chúpame la verga» parece más cercano a una actitud de liberalidad sexual. Es que en la obscenidad de los graffiti hay una virtud casi terapéutica: lo breve, anónima y atrevida de la inscripción refleja así un momento pulsional y pasional, como el regodeo de una mirada libertina diciendo «Menéate, mamón». Cabe acotar que muchos graffiti generaron reacciones -también espontáneas- apreciables en agregados hechos por otras manos, y también en dibujos fálicos. Así, sobre el fogón de un panadero se lee «Aquí tiene su morada (un falo) la Felicidad»; un gesto burlón y, a la vez, muestra de la decadencia de las costumbres antiguas pues lo fálico como atributo de los dioses fue transformándose en símbolo puramente erótico.

Floronio, soldado perteneciente a la VII legión ha estado aquí y las mujeres, salvo unas pocas, no lo «conocieron», pero éstas «se sentaron».

Harpocras folló aquí estupendamente con Drauca por un denario.

Satir, no te dediques a chupar coños fuera de casa. Hazlo dentro.

A mí, a mí, chúpame la verga.

(En la pared de una habitación) Lancen gritos de dolor, mujeres; quiero dar por culo.

Dioniso, a la hora que le da la gana puede follar.

Cosmo, hijo de Equicia, gran invertido y mamón, es un pierniabierto.

Menéate, mamón.

Isidoro puteolano, esclavo nacido en casa, cunnilinguamente.


El amor es más fuerte

Son muy abundantes los graffiti amorosos, prueba del ánimo de goce por la vida y sus placeres que tenían fama los pompeyanos. En ellos el sentimentalismo, la sensualidad y la nostalgia son lugares comunes, aunque debemos tener en cuenta que estamos frente al lenguaje de la calle, de personas que en su mayoría no tenían instrucción, que escriben como hablan (aunque nadie escribe como habla). Así y todo expresan tiernamente sus sensaciones como la melancólica inscripción de quien «echaba de menos a su querida Urbana», o la que fantasea diciendo «vamos a retozar un poquito. Imaginemos que este lecho es un campo llano». También las mujeres se muestran, como esa solitaria y desamparada que reflexiona: «tan pronto como Venus une a los enamorados el día los separa». El amor circula entre las paredes de Pompeya como un juego: tres personas distintas definen al amor desde una pintura con dos patos, mientras otra juega con las letras y forma un anagrama con las palabras «amor-roma». Los más extremos dejan asentada una consiga repetida: «¡Salud al que ame, muerte al que no sepa amar!». En otros casos aparecen fragmentos de poemas y de textos literarios como los dos últimos citados en la columna paralela (aunque en el primero una mano secreta y burlona lo enriqueció notablemente). De todos modos, sigue pareciendo muy dulce el gesto de quien, al regresar a casa, leía: «Todo enamorado es un soldado».

(En una basílica pompeyana) Tú, en verdad, me guías. (Más abajo) Cuando escribo me dicta Amor, y Cupido guía mi mano. ¡Ay! ¡Que me muera si quisiera ser un dios sin ti!

¡Salud al que ame; muerte al que no sepa amar!

(En la entrada de una basílica) Vida mía, mi delicia, vamos a retozar un poquito. Imaginemos que este lecho es un campo llano.

(En la pared de una casa de un médico) Ojalá pudiera tener tus tiernos brazos rodeando mi cuello y librar besos de tus tiernos labios. Muchas veces yo, despierta a altas horas de la noche, desamparada, me decía a mí misma: muchos a los que la Fortuna ensalza luego de repente los abate y pisotea. De igual modo tan pronto como Venus une a los enamorados el día los separa.

R O M A-A M O R

(En una columna) Que intente encadenar a los vientos e impida brotar a los manantiales el que pretenda separar a los enamorados.

Con el embrujo de tus ojos me has hecho arder de pasión, y ahora das rienda suelta a las lágrimas por tus mejillas, pero las lágrimas no pueden apagar mis llamas. (Otra mano) Los vecinos se ven obligados a intervenir en el incendio porque las llamas podrían propagarse rápidamente.

(En la entrada de una casa) Todo enamorado es un soldado.

(En una pintura en la que figuran dos patos) Los que se aman llevan, como las abejas, una vida melosa. (Otra mano comenta) ¡Cuánto me gustaría a mí! (Otro también añade) Los enamorados carecen de penas.

(En la pared de una habitación de una casa) Vibio Restituto durmió solo aquí y echaba de menos a su querida Urbana.

Ta' dura la calle...

La prostitución y el comercio sexual eran también comunes en los graffiti de Pompeya: el nombre, las cualidades para el cliente y el precio son los datos recurrentes y básicos -como lo es hoy en los diarios-.

Soy tuya por dos ases de bronce.

Lais chupa por dos ases.

Félix chupa por un as.

Esperanza, de complacientes maneras, nueve ases.

Chistes viejos

(En la panza de un cántaro antes de cocerlo)
Quienquiera que hace el amor con chicos y chicas sin límite ni medida no administra bien su dinero.
Tómate una cocinera; así, cuando te venga en gana, puedes servirte de ella.

(Debajo de dos falos)
Veo dos vergas. Yo, el lector, soy la tercera.

Me he meado en la cama. Lo confieso, he cometido un pecado, pero si me preguntas, hospedero, la razón, te diré: no tenía orinal.

(En el estuco de una puerta)
Considera atentamente esta adivinanza de Epafra: lo meto en un lugar negro, lo saco rojo

Animarse a más

Aquí yo follé la boca y el culo de Calínco.

Agátopo, Prima y Epafrodito en un «triángulo».

Y siempre están los osados, los ocurrentes que se salen de la serie. Desde ellos, desde la soez y la expresión brutal, es posible apreciar la fuerza de la lengua, con los riesgos que tiene toda traducción literal (Sobre el particular, preferimos los vocablos argentinos antes que los del castellano neutro por una cuestión puramente estética al autor de estas líneas).

(Debajo de un falo en bajorrelieve) Cuando me da la gana, me siento en él.
Un coño peludo se folla mucho mejor que uno depilado. Aquella retiene mejor los vahos y tira, al mismo tiempo, de la verga.

Esa fuerza invisible que tiene la lengua, en especial la popular, hace que un garabato de la antigüedad nos suene familiar. Cuando eso sucede, los pompeyanos dejan de ser ellos, y comparten un código común de intuición e intención en todas las personas: un nosotros. La permanencia de lo efímero está en la frescura de los graffiti, rasgo de una auténtica vitalidad que nos viene del pasado, como si no hubiera pasado:

«Nosotros habitamos aquí: que los dioses nos hagan felices.»

Bibliografía:

MORTERO CARTELLE, Enrique (1995), Grafitos amatorios pompeyanos, Buenos Aires, Planeta/DeAgostini.

Enlace recomendado:

Graffitis de Pompéi por Alain Canu.

http://www.noctes-gallicanae.org/Pompeii/graffiti_1.htm

Los Celtas: ¿una cultura sin un pueblo?

Los Celtas: ¿una cultura sin un pueblo? Foto: Caldero de Gundestrup. Localización: Pantano de Gundestrup, Dinamarca, Museo nacional de Copenhague, Cultura La Téne. Siglos III-II a.C., 35 cm. de alto, 70 cm de diámetro, peso 9 Kg. Plata. Las enigmáticas representaciones que componen su decoración hacen de esta pieza una de las más importantes de la protohistoria europea. Durante mucho tiempo se pensó que se trataba de un objeto fabricado en la Galia, sin embargo, actualmente se piensa que procede de un taller celta de Europa Oriental. Posiblemente se trate de un trofeo de guerra danés, que fue arrojado como ofrenda al pantano. Las placas de plata repujada cuentan una enigmática historia de animales, hombres y seres fantásticos.

Por Pablo Rodriguez Leirado.

Presentamos un breve resumen histórico de esta singular etnia, con raíces en países tan diversos como Escocia, Irlanda, Gales, la Isla de Man, Cornualles, Bretaña, Asturias y parte del norte de Italia.

Quiénes eran los celtas.

Procedían originariamente de Asia y formaron el tronco, como miembro del pueblo indogermánico, que se estableció en el occidente de Europa, en el siglo XX a.C. ya habitaban el centro y norte de Europa. Para el año 1000 a.C. se extendieron por las Islas Británicas, norte de Francia, parte de Suiza y norte de Italia. Invadieron España en el siglo IX a.C. Su lengua era indoeuropea, de la cual se conservan escasos registros literarios.

Para el siglo IV a.C. fueron desplazados del centro y norte de Europa, a consecuencia de las llegadas de otros pueblos, los grupos germánicos

Desarrollaron las denominadas culturas de Hallstatt y La Tène. La primera se manifestó en el primer período de la Edad del Hierro. Tomó el nombre de una localidad de la Alta Austria. Se originó a partir de la Edad del Bronce, en donde el hierro sustituyo al otro material en la fabricación de elementos como espadas, puntas de lanzas, hachas agujas, recipientes, cuchillos y puñales.

La Tène es la cultura celta de la segunda Edad del Hierro estructurada en tres o cuatro períodos. Se desarrolló entre la Hallstatt y la conquista romana (450 a 50 a.C.). Aquellos que compartieron esta civilización se destacaron por la elaboración de elementos como grandes espadas, escudos alargados, grandes hebillas, fíbulas, construían sus fortificaciones en las cumbres y acuñaron su propia moneda.

Los monumentos más característicos de los Celtas eran los Dólmenes (del gaélico tohl: mesa y maen: piedra), Menhires (del gaélico maen: piedra y hir: alta o erguida), Trilitos. Los primeros describen un megalito compuesto por una roca plana, en forma de laja, puesto horizontalmente sobre dos o mas pilares verticales de piedra; los otros se refieren a una roca aislada de tres a ocho metros de alto. También se destacaron las imponentes tumbas megalíticas desarrolladas en las modalidades de atrio, de galería, de portal o la combinación de estos. Una consideración especial merece la célebre y misteriosa formación de alineamientos megalíticos de Stonehenge, a 13 km. al norte de Salisbury, una ciudad del condado de Wiltshire, al sur de Inglaterra. Excavaciones y mediciones con carbono 14 demostraron que posee una historia excepcionalmente prolongada de uso como centro ritual o religioso. Su construcción abarcó cinco etapas, donde la primera tuvo inicio en el 2800 antes de Cristo.

A diferencia de los romanos, que construían sólo dentro de los límites de la ciudad y cerca de sus famosas rutas –como la Via Apia-, los Celtas construían en torno a la naturaleza, por eso vivían más en contacto con ella.

También fueron portadores de la denominada cultura urnenfelder o "campos de urnas". Habitaban en poblados situados en montículos de fácil defensa, llamados - en Galicia - castros, con las viviendas distribuidas irregularmente. Su economía era cerrada, pastoril y ganadera

Los guerreros y pastores estaban organizados en una gran variedad de tribus, clanes y grupos. Socialmente se desarrollaron progresivamente, diferenciándose en clases sacerdotal (druidas), nobles, comerciantes y campesinos.

Dime que festejas y te diré quien eres.

Los días especialmente significativos para un pueblo dicen mucho de él. El 1° de SAMONIS, que significa "reunión", y es el equivalente a nuestro primero de noviembre, los celtas iniciaban el año. La llegada del cristianismo lo transformó en el día de Todos los Santos (y todos los Difuntos). SAMONIS se hizo samuin o SAMAIN en irlandés antiguo, y samhain [sâuñ] en el moderno.

Ese día, además, se celebraba el encuentro amoroso, a orillas de un río, de Morirîganî con Teutatis, el Dios de la Tribu, padre de los hombres y señor del mundo inferior. Ella era la diosa única céltica, en su aspecto de señora del mundo inferior y de la guerra, "la Reina de espectros". La versión de esa pareja para los irlandeses eran Morirían y Dagda; en las Galias (Francia) se llamaban Sucellos y Herecura; y en Hispania, Endovellicos y Ataicina. La cita amorosa tenía una consecuencia importante, pues la diosa le proporcionaba a su amado los secretos para salir victorioso en la próxima batalla mítica.

Para el folklore, Hallowe’en, recuerda que es, en el hemisferio norte, el comienzo del año oscuro. Los celtas, como otros pueblos antiguos, empezaban los ciclos temporales por la mitad oscura: la jornada tenía su inicio con la caída del sol y el año con el principio del invierno (boreal).

Un punto de vista interesante para tener en cuenta es que este festival se asociaba con el aire. Agua, fuego, tierra y aire no eran solo los elementos fundamentales de los griegos presocráticos, sino que como categorías de aprehensión de la realidad fueron de todos los indoeuropeos y también de muchas otras culturas.

Las otras festividades celtas eran: Ambiwolkà ("circumpurificacion"), hacia el primero de febrero, correspondía al agua. Belotenià ("fuego brillante"), que giraba en torno de los fuegos de primavera, el 1° de mayo, una fiesta aún celebrada el siglo pasado por los campesinos de Europa como la fiesta de los Mayos y hoy curiosamente reciclada en el día del Trabajo. Lugunàstadà ("matrimonio de Lugus") era la celebración del matrimonio sagrado del dios-rey Lugus con la Tierra el 1° de agosto. SAMONIS tenía que ver con el aire, es decir, con los espíritus.

Una herencia más fuerte que la espada.

El impulso romano de un lado y de otro el germano, quebrantó el imperio de los celtas en la Europa central hasta someterlo. Quedaron en las costas occidentales con sus caracteres vivos aunque dominados.

Una característica que facilitó su dominio pero que, a la vez, permitió la continuidad de su cultura, fue la ausencia de un verdadero estado celta a causa de la primacía de las estructuras tribales y familiares. Esta división los hacía militarmente débiles ante invasores bien organizados, como por ejemplo los romanos –a los que sin embargo les llevó años conquistarlos -, paradójicamente sucedía lo contrario con las costumbres y los valores, protegidos de influencias externas por los fuertes vínculos parentales, en donde el clan estaba por encima de toda organización estatal, y unificaba y cobijaba a sus miembros.

Por eso no resulta extraño que los pueblos con influencia cultural celta conformen distintos estados y hasta hablen diferentes idiomas. Esa antigua unión se manifiesta entre los diferentes intérpretes de la actualmente denominada música celta, ya que no comparten la nacionalidad ni la lengua, pero conforman una misma cultura, por ejemplo: The Chieftains, Carlos Núñez, Loreena McKennitt, Scottish Pipes & Drums, Edimburgh Military Tattoo, Tannahil Weavers, Battlefield Band, Milladoiro, Lyam O’Flynn, Planxty, Real Banda de Ourense, Bothy Band, Silly Wizard, Clannad, Altan, Xeito Novo, entre otros

La unidad se manifiesta en el folklore, en el sentido religioso de los aspectos naturales panteístas, que el cristianismo aprovechó con certeza a la hora de la conversión de estos pueblos, y en los inmortales temas artísticos.

¿Quienes eran los Celtas?

La ancestral cultura de los celtas dejó una notoria y silenciosa influencia en todo el mundo occidental y que hoy en día se está descubriendo.

"Llevamos la fuerza del jabalí y la sabiduría del unicornio" McCamb.

Los druidas, el estrato de mayor influencia y poder entre los celtas, sabían leer y escribir griego y latín (como los antiguos sacerdotes egipcios), sin embargo optaron dejar por vía oral, en hermosos versos, la crónica de la existencia de su pueblo. Este fue uno de los principales motivos por el cual no se ha considerado la magnitud, en buena parte de los libros de historia, del importante legado celta que fundamenta notablemente la sociedad occidental, ya que los mismos celtas antiguos no creían –o no formó parte de su tradición- en los documentos escritos.

Para ellos, la poesía, no sólo un recurso literario, sino también mnemotécnico ya que de esa manera intentaban fijar los detalles de las historias en sus memorias. Tan potente fue la tradición oral que ninguna de las historias, leyendas y leyes celtas fueron transcriptas hasta seis o siete siglos después del nacimiento de Cristo, labor que realizaron los monjes celtas irlandeses.

Estas leyes se basaban en un tipo de sociedad tribal, en ella los hombres eran, primordialmente, responsables el uno ante el otro más que ante una institución impersonal, como por ejemplo un estado, que quedaba relegado a un segundo plano. Por lo tanto un delito no era una ofensa civil sino la vulneración de un derecho privado, quien ofendía a otro pagaba su deuda a la familia de la parte injuriada, no a la sociedad. De no cumplir con estas obligaciones se recibía uno de los peores castigos: la discriminación de sus pares y sobre todo la expulsión del clan, que sólo un hombre tercamente obstinado podía arriesgarse a tan terrible consecuencia, un rasgo similar a los griegos que no concebían la vida fuera de la polis.

La estructura social de los diferentes pueblos, clanes y tribus estaba claramente diferenciada en tres estratos representados por los druidas, los nobles y el resto del pueblo. Esta clasificación es similar a la que efectúa Platón en la República, los tres estamentos en como se organiza la sociedad (que representan las tres partes del alma: la parte inteligible, la irascible y la concupiscible): los sabios – o filósofos-, los guerreros y los productores de riqueza, en estos últimos se incluyen a los comerciantes, artesanos y campesinos, ya sean ricos o pobres. Los sabios, los que conocen "la verdad", eran los encargados de dirigir la comunidad.

La elite celta.

Los bosques y las selvas inspiraban adoración y terror a las tribus célticas porque se las consideraba morada de los dioses. No es casualidad que a los integrantes de la clase sacerdotal se los llamara druidas, palabra de raíz céltica -"derb" y "dru" quieren decir roble- y significa "conocedores del roble" ya que practicaban sus ritos en medio de la espesura de los bosques. Allí celebraban asambleas, sentados en troncos sagrados, desde donde administraban justicia y decidían la paz y la guerra. Por otro lado es una antigua costumbre celta tocar madera ante el anuncio de un hecho ingrato, superstición que tiene su explicación en los robles azotados por los rayos y centellas en las tormentas, que como resultado indujeron a creer que estos árboles debían ser la morada de los dioses, de ahí el ritual de tocarlos cuando el peligro acechaba.

En realidad, el término "druida" hace referencia a una jerarquía - la superior - de las cuatro que existían en la casta sacerdotal de los celtas. Los integrantes de la categoría más baja eran los estudiantes o "amdaurs" (aspirantes a druidas), reconocidos por sus túnicas amarillas. En un orden de mayor importancia estaban los "vates", que se distinguían por utilizar el color rojo. El grado de mayor categoría no solo se manifestaba en la vestimenta, sino en las atribuciones y conocimientos.

A los "vates" se les debe buena parte de la trascendencia de los mitos, tradiciones, creencias y conocimiento de todo tipo de la civilización celta, ya que ellos eran los encargados de compilarlos para luego transmitirlo al pueblo. Además, practicaban la profecía, estudiaban filosofía, astronomía, medicina, música y oratoria. En una etapa más avanzada, luego de una compleja ceremonia de iniciación, podían usar el color azul, que revelaba que habían accedido al nivel de los bardos. Ellos eran los encargados de amenizar las fiestas y celebraciones recitando, en prosa o en verso, las proezas de los guerreros y de cantar alabanzas a los dioses.

Finalmente, el rango superior, estaban los verdaderos druidas quienes vestían túnicas blancas. Se encargaban principalmente de realizar los sacrificios rituales y familiares y, sobre todo, eran los jueces supremos e inapelables. Era tal el respeto hacia ellos que no necesitaban usar armas para recorrer territorios pertenecientes a varios clanes.

Sus santuarios eran de piedra, organizados en forma circular y sin techo, para ver el firmamento y aún se conservan algunos al sur de Inglaterra, los templos o Dólmenes de Avebury y de Stonehenge, cerca de donde –según la leyenda- fue enterrado el rey Arturo.

Los druidas practicaban el culto a los antepasados, no temían a la muerte ya que creían en la trasmigración del alma, y –a pesar de que llevaban a cabo sacrificios humanos- predicaban el valor supremo del Bien. Este fue uno de los motivos por el cual los druidas, y también el pueblo celta, tuvieron "mala prensa" entre muchos escritores y cronistas –fomentada por la falta de tradición escrita de los druidas que hace prevalecer los juicios y opiniones de los griegos y los romanos-, aunque es bueno recordar que los romanos hacían sacrificios humanos en el siglo III a. C.

Uno de los tesoros más antiguos que se conservan de los monasterios celtas cristianos de Irlanda es el libro de Durrow. Un manuscrito del siglo VII d.C. de 23 x 13 cm. Reproducción de una página conocida como "tapiz" por su parecido con los ricos tapices persas.

Julio César, en su obra, "La guerra de las Galias", manifiesta que "querían persuadir a sus discípulos de que las almas no mueren, fijando que semejante doctrina, seguida de sus corolarios, conduce a la virtud por el desprecio de la muerte". Además de esta particular apreciación, César proclamó el exterminio de esta religión a la que calificó de "bárbara e inhumana". Hay que tener en cuenta que los druidas eran quienes podían haber convertido y animado a estos pueblos a constituirse en una unidad política que, evidentemente, hubiese contrariado las ambiciones del famoso conquistador romano.

Sin embargo, mediante una paciente labor, se ha ido reconstruyendo la historia celta a tal punto que hoy se pueden conocer aspectos bastante puntuales de su cultura.

¿Y cómo era el pueblo?

Los celtas eran entusiastas degustadores de los placeres de la buena mesa. El vino era la bebida de las clases más altas pero el pueblo tomaba corma, que era cerveza de trigo mezclada con miel, muy utilizada en los banquetes, los cuales eran muy frecuentes en tiempos de paz. En estos festines los bardos tocaban sus liras y cantaban canciones sobre trágicos amores y héroes muertos en combate. Para comer utilizaban los dedos y ocasionalmente se acompañaban de un puñal para los trozos de carne difíciles de cortar. Su comida típica incluía cerdo cocido, buey, vaca y jabalí, todo ello acompañado con miel, queso, mantequilla y, por supuesto, corma –cerveza- y un buen vino.

También eran muy aficionados a un juego de mesa llamado fidchell, parecido al ajedrez, aunque se jugaba con estacas. Admiraban la artesanía experta y las hazañas intelectuales –sobre todo cuando se exhibía una prodigiosa memoria-. Tenían el ideal de una sociedad heroica, pero vivieron como prósperos ganaderos y agricultores, ocupados a menudo en el robo de ganado.

En general, como principal característica de su aspecto físico, eran altos de cabellos castaños y ojos grises. La barba larga era común, al igual que los bigotes espesos y caídos. Las mujeres trenzaban sus largos cabellos y a veces lo recogían en complicados peinados, eran generalmente aficionadas en exceso a los adornos, utilizaban collares, brazaletes y pequeñas campanas que cosían en los bordes de sus túnicas. También llevaban capas con dibujos de rayas o cuadros de brillantes colores, quienes tenían mayores recursos las usaban con bordados de oro y plata. Los hombres utilizaban un collar en el cuello llamado torques, que de acuerdo al status social era de bronce, plata u oro.

Se cuidaban en su apariencia ya que la obesidad era algo repugnante para los celtas. "Tratan de no engordar ni de ponerse panzudos", escribió el griego Estrabón, "y ningún joven es perfecto si excede la longitud fijada del cinturón.

Habitaban en aldeas situadas en zonas elevadas para facilitar su defensa en caso de ataque, y se denominaron castros, que los romanos llamaron oppida u oppidum. Estos asentamientos estaban fortificados con paredes macizas de tierra, trabadas interiormente con soportes de madera, y con su parte exterior rodeada por un foso. En el interior se construían chozas adosadas a la muralla, lo cual les proporcionaba una mayor solidez. Las casas generalmente eran de forma circular y se hallaban dispuestas sin ningún orden establecido en la ciudad. Además efectuaban numerosas construcciones de carácter religioso fuera de los límites de los castros y en torno a la naturaleza, por ello vivían muy en contacto con ella. Estos monumentos eran llamados Dólmenes, Menhires, Trilitos, construidos sobre piedra, terminados sobre dos columnas y una piedra grande en forma horizontal que le daba terminación.

Eran un pueblo guerrero por naturaleza, capaces de luchar de manera muy ruda unos contra otros por un insulto o por el simple placer del combate. Las mujeres eran tan belicosas como sus maridos, "toda una tropa de extranjeros sería incapaz de oponer resistencia a un solo galo si éste llamara a su mujer en su ayuda", según advertía el romano Ammianus Marcellinus a sus compatriotas. Esta ferocidad era alimentada por los druidas en tiempos de guerra mediante los citados sacrificios humanos, destinados a impresionar y asustar – como demuestran los cronistas griegos y latinos- a sus enemigos. Pero fueron conquistados por los romanos porque carecían de una estrategia militar, peleaban llevados por su fervor guerrero, a tal punto que tenían la costumbre de pelear sólo con sus armas, un cinturón y su torques.

Sin embargo tardaron años en derrotarlos y nunca pudieron dominarlos completamente porque mantuvieron su cultura viva, su amor a la libertad, a su tierra y sus clanes. Sentimientos que se trasmiten en el arte, los mitos y las leyendas, y de manera muy especial en la música de sus gaitas, un instrumento emblemático de estos pueblos, ya que para poder apreciarla en su plenitud hay que tocarla al aire libre. Los acantilados, ante el escenario inmenso del mar, y las altas montañas son el marco ideal para que su voz, extrañamente alegre y melancólica a la vez, resuene en los valles o en las cumbres e inunde de una dulce placidez el alma humana.

La expansión de los Celtas.

Además del enorme territorio que ocuparon en el pasado, se constituyeron en las raíces de pueblos tales como Escocia, Irlanda, Gales, la isla de Man, Cornualles, Bretaña, Asturias, Galicia y parte del norte de Italia.

La capacidad guerrera de los pueblos que conformaron parte de esta etnia les permitió ocupar la parte central de Europa durante 800 años, entre 700 a. C. y el año 100 d. C., y luego extenderse desde Irlanda hasta las costas del Mar Negro. Todos estas tribus y clanes están abarcados en la denominación de celtas, nombre que, paradójicamente, jamás utilizaron para ellos mismos. La designación que los unifica como grupo humano proviene de otras culturas. Por ejemplo los antiguos griegos en un principio los denominaron Hiperbóreos, y desde el siglo V a. C. pasaron a ser Keltoi, posteriormente Keltai y también los llamaron Gálatas, que significa altos y nobles.

Los Gálatas: Celtas que se fueron al oriente.

En el este europeo las tribus celtas habían llegado al Danubio, cuando bajaron hasta Bulgaria se encontraron con Alejandro Magno, que realizaba una campaña militar en esa misma zona. El célebre macedonio recibió una embajada en el 335 a. C. e intercambió tratados de paz con ellos. El juramento de los celtas estipulaba que la alianza con Alejandro existiría hasta que "el cielo se desplomara". En Irlanda, 1000 años después, los celtas utilizaban esa misma fórmula para dar su palabra de honor: "nosotros guardaremos fidelidad a menos que el cielo caiga y nos aplaste o que la tierra se abra y nos trague o que el mar se eleve y nos sumerja". De estos juramentos –y otros similares- se desprende la creencia que sólo temían a que el cielo cayera sobre sus cabezas.

Después de la muerte de Alejandro, en el 323 a. C., su enorme imperio se fragmentó, por lo tanto también se debilitó, y dejó las riquezas de Grecia al alcance de los guerreros celtas que por ese motivo avanzaron hacia el sur.

En el año 279 a. C. los griegos llamaron Gálatas a los celtas que amenazaron el santuario de Apolo, en Delfos. El ataque fracasó por una combinación de resistencia griega y desastres naturales, según contó el historiador griego Pausanias, consistentes en un terremoto acompañado por rayos, truenos y una terrible tormenta seguida de una cruda noche de heladas y nevadas, además del desprendimiento de rocas de las montañas. El mismo jefe de los gálatas, Brennos, resultó gravemente herido en el asalto a Delfos y, desesperado, se suicidó –bebiendo una gran cantidad de vino puro, escribió Pausianias-. Estos celtas causaron una enorme impresión en los griegos, que describen su bravura con admiración: "tanto desprecian la muerte que combaten desnudos a excepción de un cinto".

El resto del ejército se replegó y cruzó el estrecho de los Dardanelos hacia Asia Menor y allí establecieron el reino de Galacia. El nombre servirá para referirse tanto a los celtas orientales (especialmente a los que se establecieron en el Asia Menor, en el curso del Halys, actual Kizilirmak), como a los occidentales. Posteriormente Polibio emplea el nombre de celtas o gálatas para indicar a los celtas cisalpinos o los trasalpinos. El equivalente latino de Gálatas es tal vez Galos (galli), que aparece medio siglo más tarde. Se usa para la Galia Cisalpina (actual territorio del norte de Italia) y Trasalpina (actualmente Francia, Paises Bajos y la zona alemana al oeste del Rhin). Sin embargo se utiliza el nombre de Celtas (en latín Celti) especialmente para los trasalpinos.

La Italia céltica.

En realidad los galos cisalpinos fueron las tribus celtas que atravesaron los Alpes –los que quedaron del otro lado se llamaron trasalpinos- para atacar Italia y saquear en el año 390 a. C. la ciudad que posteriormente fue la capital de un imperio que los conquisto: Roma. Anteriormente habían llevado el conocimiento del hierro y extendido su uso a la zona situada al norte de los Alpes.

Después del saqueo se establecieron en el norte de Italia, pero antes de abandonar Roma exigieron que la ciudad pagara un rescate en oro por su liberación. La última humillación a la que sometieron a los romanos fue disponer su propio sistema de pesos para determinar la cantidad del pago; cuando el enviado especial romano se quejó de que los pesos celtas eran mayores que los suyos, el jefe galo arrojó su propia espada a la balanza y de manera arrogante exclamó "¡Ay de los vencidos!" –expresión, según relata Tito Livio, "intolerable para los oídos de un romano"-.

Pero sobrevino la venganza romana, aunque 150 años después, cuando los vencieron en la batalla Telamón y conquistaron el norte de Italia. Polibio, que relata el cruento hecho, comenta que le llamó la atención que pelearan desnudos –como a Pausianias en Grecia y a Julio César en la Galia-, cuestión que atribuyó a la desesperación de verse próximos a la derrota y así luchar con un furor inusitado. Lo cierto es que esa era la costumbre celta, luchar sólo con las armas por una cuestión de bravura, descripción que se repitió en numerosos lugares más, salvo en el norte de Europa, por obvias razones climáticas.

La Galia

Julio Cesar incorporó el resto de la Galia en una guerra que duró del año 58 al 51 a. C., y que fue especialmente sanguinaria, como la toma del oppidum –nombre latino para los poblados galos- de Avaricum, que de los 40.000 habitantes que tenía sólo escaparon 800. La contienda quedó definida con la caida de Alesia (52 a. C.) y la rendición del principal jefe galo, el legendario Vercingétorix.

En el año 121 a.C., para resguardar las comunicaciones entre sus dominios de la Península Ibérica, los romanos tomaron la zona equivalente a la actual Provenza (Francia), que pasó a denominarse Galia Narbonense, en honor a Narbo Martius, quien fundó la primer colonia romana en las Galias.

Sin embargo, a pesar de la dominación, se considera que la sociedad gala vivió su apogeo económico y cultural durante los siglos I y II d.C. En el siglo V d.C. las invasiones del varias tribus germánicas (visigodos, burgundíos, francos, vándalos, etc.) desbastaron la Galia y se repartieron su territorio. La Bretaña Armoricana fue la única región en donde los celtas sobrevivieron medianamente libres.

La pequeña Galia

En Galicia algunos autores hablan de una población aborigen protocéltica (de origen común a los celtas) que el famoso arqueólogo e historiador Florentino López Cuevillas los denomina "Oestrimnios" que fueron conquistados por los celtas Sefes o Serpes, pueblo que ocupó Galicia y Portugal y que poseían como tótem la serpiente. Serpes en griego quiere decir serpiente, con esto vemos lo que parece una característica céltica: el nombre con el que finalmente son recordados proviene de otros pueblos. Con los Serpes se introduce en esta región la cultura de la Urnas de Vlenden-Bennghardt (una variante de las Urnenfelder), más adelante con la tribu de los Paledones se incorporó la de los castros.

Pero el desarrollo celta en Galicia fue interrumpido por la marcha de las cáligas –el calzado militar romano-, que para ese entonces ya habían pisoteado las cabezas de numerosos pueblos. Las legiones romanas penetraron en el territorio noroeste de la península ibérica, en el año 137 a. C., acaudilladas por Décimo –o Decio- Junio Bruto, proconsul de España Ulterior. Allí se encontraron con una manera de pelear semejante a la que enfrentaron en las Galias y en el norte de Italia, con igual fervor guerrero de sus hombres auxiliados por sus mujeres, los idénticos gritos de guerra (o aturuxos), armados con similares espadas hallstáticas de antenas, desnudos con sólo un cinturón y luciendo al cuello los mismos torques, protegidos con uno de los genuinos escudos celtas: la caetra y con el peculiar casco de La Téne. También tropezaron con el mismo símbolo áureo de siempre, de culto solar: el triskel celta, y la svástica de cuatro o más brazos, símbolo común a todos los pueblos célticos e indoeuropeos. El procónsul Bruto los denominó "gens bellicosissima".

Los romanos denominan a ese territorio Gallaecia (o pequeña Galia), al que consiguen dominar, en dos etapas, tras más de cien años de encarnizada lucha en el 25 a. de C. por Augusto. Después de la invasión de Decio Junio Bruto el territorio quedó dividido en dos partes: una que después se llamó Galicia bracarense y otra, al norte, que fue extraña a esa sujeción. La segunda conquista de Galicia fue dirigida por Julio César, en el año 61 a. C., nombrado pretor de España Ulterior. César buscaba nuevas campañas que aumentaran su prestigio militar y para ello recurrió a las deportaciones y asesinatos en masa hasta lograr su propósito.

Posteriormente pasaron y se establecieron numerosos pueblos que terminaron por configurar al pueblo gallego: los suevos, los visigodos, los árabes, las invasiones normandas y sarracenas, la integración –y también dominación- de los reinos leoneses, castellanos y finalmente el español.

Pero la historia, curiosamente, deparó dos nuevos aportes demográficos de origen celta. El primero para el año 550 de nuestra era, cuando llegaron al norte de Galicia centenares de refugiados Bretones (o Britanos), de las islas Británicas, que huían de la invasión anglosajona. Fundaron la ciudad de Britonia (o Bretonia, cerca de la actual Mondoñedo). Tuvieron un importante desarrollo, sus propios obispos entre los que se destacó el célebre Maeloc.

Un milenio después se produce la última migración céltica a Galicia que la emparenta aún más con Irlanda. En 1599 el Papa nombró arzobispo de Dublín al compostelano fray Mateo de Oviedo. A expensas del rey Felipe II el flamante arzobispo partió, de La Coruña, rumbo a Irlanda una expedición de 45 barcos, 3000 hombres, a la que siguió otra de 12 barcos y 800 hombres. Numerosos gallegos e irlandeses derramaron su sangre por la independencia de Irlanda, pero la rebelión fue derrotada por los ingleses. En 1607, cuando los jefes de las grandes casas o clanes, también llamadas "chieftains", O’Neill y O’Donnell tuvieron que rendir sus tierras al rey Jaime –o Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra-, se embarcaron rumbo al continente y muchas familias irlandesas son acogidas en Galicia, motivo por el cual causa sorpresa encontrar esos nombres, especialmente el último, en el norte de España.

No se puede dejar de remarcar la notable influencia que ejerció el santuario de Santiago de Compostela, no sólo en Galicia sino en todo occidente durante la Edad Media, y su relación con el panteísmo de la cultura celta. Este tema resulta de suma importancia e interés, más propicio para un desarrollo posterior en un artículo dedicado especialmente al tema.

Irlanda: país celta por excelencia.

Las leyendas irlandesas que se narran en el "Lebhor Gabhala Eireann", el "Libro de las Conquistas de Irlanda", cuentan las invasiones de los celtas a Irlanda por los denominados hijos de Milesio. Estas historias sobre el origen de los irlandeses han sido "interpretadas" de diferentes maneras, cuestión que ha provocado más de una disputa entre los historiadores, sobre todo por aquellos de origen inglés e irlandés, referida a la procedencia de los celtas de Irlanda. Los ingleses, con William Gandem a la cabeza, postulan que la invasión provino de Inglaterra -previamente llegados allí desde el norte Francia-. Los irlandeses, G. Keating y Edmund Curtis, dan diversos orígenes a la colonización céltica: directamente del norte o sur (de la parte atlántica) de Francia, de los Paises Bajos y del norte de España. Todas esta discusiones tienen un evidente trasfondo político en donde cada bando presenta sus pruebas que avalan sus teorías.

Lo cierto es que se reconocen dos grandes migraciones celtas a Irlanda. La primera fue cercana al año 1000 a C –según otros autores fue por el 1300-. La segunda, en los siglos IV y V a. de C., y se duda del lugar exacto de su procedencia, las posibilidades son del norte de España, sur de Francia o de Inglaterra, norte de Francia y Países Bajos. Con respecto a la versión que postula al norte de la península Ibérica, más propiamente de Galicia, se han descubierto en Irlanda numerosas hachas iguales a las que aparecieron en territorio gallego, entre otros hallazgos que llaman poderosamente la atención. También por el lado de las leyendas hay coincidencias ya que se considera que Milesio era descendiente de Breogán, un legendario rey celta gallego, supuestamente el creador de la famosa torre de Hércules (ubicada en la ciudad de La Coruña) en las regiones que los romanos identificaban genéricamente como el Finisterre.

Irlanda permaneció como el único territorio propiamente céltico, ya que no fue conquistada por los romanos ni por otro pueblo. Cuando en el 423 San Patricio cristianiza el pueblo celta, se produjo el primer cambio –o encuentro cultural- importante en la isla desde su colonización celta: la aparición de monasterios con reglas monásticas propias y una iglesia independiente de Roma. Ambos aspectos generaron una notable actividad religiosa e intelectual. Estos monasterios se convirtieron en verdaderos centros culturales y educativos, desde donde salieron numerosos monjes y misioneros que recorrieron toda Europa, entonces arrasada por la invasiones de tribus germánicas. Muchos pueblos recibieron la influencia cultural céltica de los monjes irlandeses, porque ellos fueron quienes transcribieron todas las leyendas, mitos y leyes celtas que estaban bajo la tradición oral.

Desde fines del siglo VIII se empiezan a padecer los saqueos de los noruegos. Brian Boru o Boroimhe (941-1014), rey de Irlanda (1002-14) contuvo estas invasiones, venció a los escandinavos en Limerik y liberó su país de una nueva invasión en Clontarf (1014) aunque murió en esa batalla, transformándose un héroe de características míticas.

Enrique II Plantagenet, rey de Inglaterra y señor de media Francia –uno de los reyes más poderosos de su época-, aprovechando las peleas internas invadió el último país celta libre en el año 1172 y obtuvo del papado la "concesión" del pueblo irlandés y la soberanía de su Iglesia.

Una represión continua en todos los campos, político, cultural, social, económico y religioso, ejercieron los ingleses, con mayor intensidad en el siglo pasado cuando un millón de irlandeses murieron a causa de la hambruna a que fueron sometidos, que sumado a una fuerte emigración provocó un notorio descenso demográfico. En 1916, en momentos que Inglaterra peleaba la Primera Guerra Mundial, una nueva sublevación se llevó a cabo, que si bien fue derrotada, obligó al gobierno británico a reconocer la autonomía en 1921. Este fue el inicio de un camino que concluyó en abril de 1949 con la declaración legal de la República de Irlanda y tomó el nombre de Eire.

Los Astures: siempre rebeldes.

Así se denominaba el pueblo celta que dio nombre a la región de Asturias, quienes junto a los cantabros, los galaicos y los vaceos se rebelaron contra los romanos en una guerra -que duró desde el 29 al 19 a. C.- en la que tuvo que intervenir el propio emperador Octavio Augusto. Del campamento Asturica Augustas (Astorga) salieron sus legiones y sus mejores generales, Lucio Emiliano, Cayo Furnio, Carisio. En el 19 a. C. el célebre Agripa, finalmente, logró imponerse aunque el espíritu de libertad estuvo siempre latente. Por ejemplo, cuando se sublevaron contra Nerón en el 54 de nuestra era. Por esa época se cristianizó el pueblo.

Luego de la invasión musulmana a la península ibérica en el 711, los Astures, acaudillados por el noble Pelayo, fueron los que iniciaron los 800 años de reconquista en el 718, y derrotaron a los árabes en el norte de Aseura - Covadonga en el 722. Pelayo fue proclamado rey, pero su estirpe se extingue pronto –con la muerte de su hijo Fáfila- y ocupa el trono Alfonso I (739-757). Un descendiente, Alfonso III, trasladó la capital de Oviedo a León, dando origen al Reino de León, que posteriormente formó parte de Castilla y luego de España.

Gales y Cornualles, los hijos del Rey Arturo.

A fines del primer milenio los celtas introdujeron, en Gales y en Cornualles, la técnica del hierro del tipo de La Téne. Con respecto a la procedencia céltica existe un conflicto de historiadores similar al de Irlanda, en donde influyen poderosamente los aspectos políticos. Algunos lo manifiestan el origen en Irlanda o de una migración de la Galia. Otros postulan la dependencia del territorio inglés.

Parte del territorio fue conquistado por los romanos y se retiraron en el 410. Esta región se encontraba habitada por dos ramas brython (el pueblo celta que dio nombre a las Islas Británicas): los Welsh y los Cornish. El cristianismo fue difundido por los monjes celtas irlandeses y adoptado en el siglo VI. Los clanes de pastores y granjeros sostuvieron luchas fronterizas constantes contra los reinos de la heptarquía anglosajona. De esa época viene la leyenda del rey Arturo y la Mesa Redonda, cuya capital Camelot proviene de Camulos, dios celta de la guerra. Se la ha situado en Cornualles, en el Somerset o en el país de Gales.

El rey Hywel Dda (910-950) unificó el país, codificó sus leyes y costumbres –serie de leyes jurídicas, religiosas e historia registrado en Laws of the Hywel Dda-, y otorgó protección oficial a los bardos, quienes habían de ser los propagadores de la cultura galesa. En 1282 el último rey galés, Llewelyn ap Gruffydd, fue derrotado y muerto por Eduardo I, quien por el Estatuto de Rhuddlan estableció en Gales el dominio inglés (1284) y en 1301 nombró a su hijo Príncipe de Gales (título que todavía llevan los herederos al trono de Inglaterra). El espíritu de resistencia se mantuvo en el campo, origen de numerosas rebeliones. La última gran sublevación fue la de Owen Glandower, que después de vencer a los ingleses en 1404 se proclamó rey, aunque tres años más tarde fue derrotado. Un descendiente suyo reclamó la corona de Inglaterra, Enrique Tudor y derrotó a Ricardo III en la sangrienta batalla de Bosworth (22 de agosto de 1485) dando fin a la Guerra de las Dos Rosas. En su hijo Arturo se cifraron las esperanzas galesas –que ya por su nombre honraba a un mito galés-. Sin embargo la muerte del anhelado príncipe (1502) frustró las ilusiones. Su hermano Enrique VIII incorporó Gales a Inglaterra, en 1536, cuando abolió la mayoría de sus leyes. La parte más importante de la nobleza se volcó hacia Londres. Gales se quedó con nobles de poca importancia y una gran masa de campesinos sin dirigentes. De esta manera los Tudor hicieron grande a Inglaterra y volvieron pequeña a su propia patria.

En 1914 la iglesia anglicana dejó de ser la oficial, y la iglesia calvinista metodista, muy nacionalista, se pudo desarrollar en libertad. En 1966 fue elegido Gwynfor Evans, el primer diputado nacionalista galés.

Bretaña, la parte gala de Francia (y la patria de Asterix).

Antiguamente se denominaba Armórica y fue ocupada por los galos, es decir los celtas, y recién conquistada por los romanos en el siglo I de nuestra era. Es la tierra de los famosos personajes de historietas, Asterix y Obelix, los guerreros galos invencibles.

Al igual que Galicia recibió varias migraciones de origen celta a lo largo de su historia. La más importante fue en el siglo V. Los brythons y los cornish emigraron de Cornualles y Gales como consecuencia de las invasiones de los anglos y de los sajones a Inglaterra. Se fusionaron con las antiguas tribus galas y conformaron los clanes Bretones, que terminaron por dar nombre a esta región.

En el siglo IX sus reinos autárquicos se unificaron en el liderazgo de Nomenoe (1087). Esto les permitió independizarse del dominio Carolingio y conformar, hacia mediados del siglo XI, el Gran Ducado de Bretaña, con capital en Rennes.

Constituyeron una monarquía en conflicto con los soberanos francos, pero se unió a la corona francesa por los enlaces matrimoniales de Ana de Bretagne con Carlos VIII (1491) y Luis XII (1499) de Francia. La incorporación definitiva llegó como resultado de otro casamiento: Claude, hija de Ana y Luis XII, con el heredero al trono de Francia, Francisco I (1532).

Actualmente en la parte occidental de Bretaña aún se habla una lengua céltica denominada Bretón.

Escocia, tierra de los héroes inmortales.

Cuando llegaron los romanos, comandados por Julio Agrícola (82 d. C.), estaba habitada por los Pictos o Pict al norte y por los Bretones al suroeste. En el año 563 San Columbano introdujo el cristianismo desde Irlanda. En el siglo VI los Escotos (Scott Gaël) del norte de Irlanda ocuparon el oeste y los Anglos el sureste. Estos cuatro pueblos, cuando se unieron, conformaron étnicamente el pueblo de Escocia.

En el año 852, Kenneth I, rey de Dalríada (un reino Scott), reunió a los Scott y a los Pict, creando el reino de Alba, origen del escocés. El nombre de Scotland (tierra de los Scott), hoy Escocia, se empezó a utilizar durante el reinado de David I (1124-1153). Este rey introdujo la organización feudal de tipo normando.

Eduardo I de Inglaterra la convirtió en un reino vasallo en 1275, hasta que una sublevación general en 1296 –encabezada por el célebre William Wallace- inició un largo conflicto que culminó con la victoria del rey Robert Bruce, en Bannockburn en 1314. Posteriormente el hijo de la reina María Estuardo, Jacobo VI –o Jaime I de Inglaterra- reunió las coronas inglesas y escocesas al morir sin descendencia Isabel I de Inglaterra en 1603. Durante el reinado de Ana Estuardo (1702-1714) fue proclamada la unión definitiva de ambos reinos –o según otros la sumisión escocesa- en el Acta de 1707. A partir de entonces se han sucedido varios movimientos independentistas escoces que claman por su libertad hasta el día de hoy, cuestión reforzada por poseer un idioma propio, el gaélico - escocés, que fundamentalmente se habla en las islas y regiones montañosas.

Isla de Man y su particularidad: el Manx.

Su población de origen céltico fue conquistada por los romanos por un período breve y también por los escandinavos. En 1266 pasó a poder de Alejandro III de Escocia y posteriormente fue dominio de varias familias inglesas, hasta que pasó a la corona en 1765 y se incorporó en 1829. Actualmente está administrada por un gobierno nombrado por la corona inglesa. Posee un parlamento propio y su sistema judicial autónomo. Parte de su población conserva el idioma celta denominado Manx.

¿Y actualmente?...

Debido a las múltiples migraciones y uniones con otros pueblos se hace evidente que no se puede afirmar la existencia de una raza celta. Por otro lado el concepto de raza ha sido últimamente abandonado por los antropólogos. Se considera más adecuado que la cultura, arte, tradiciones, música, leyendas, mitos, y la lengua son aspectos que, en su totalidad o la unión de alguno de ellos, definen a un pueblo o una etnia. En el caso particular de los celtas, constituyen la base cultural y étnica de varias naciones con identidad propia.

Bibliografía

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"Guía de Galicia". Ramón Otero Pedrayo. Tercera edición, mayo 1954. Editorial Galaxia, S.A. Reconquista, 1- Vigo. España.

Binayán, Narciso."Un lento renacimiento", artículo del diario La Nación de Buenos Aires, Argentina.10/11/97.

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La verdadera historia de Pompeya

La verdadera historia de Pompeya La gran erupción del Vesubio del año 79, que sepultó una de las ciudades más activas del Imperio Romano, vuelve a la actualidad con nuevos hallazgos científicos y el éxito de la novela histórica ‘Pompeya’, de Robert Harris.

Por Jacinto Antón, El País, lunes, 13 de diciembre 2004

“Todo yace sumergido en llamas y triste ceniza. Ni los dioses hubieran tenido poder para hacer algo parecido”. ‘Epigramas’, Marcial.

En este preciso lugar, el Vesubio mató al almirante Plinio. Sabio, curioso, corajudo, el gran Cayo Plinio Segundo, llamado el Viejo, autor de la monumental Historia natural, valiente soldado nombrado por el emperador Vespasiano comandante de la flota del Tirreno, tuvo las santas narices de querer ir a ver qué demonios pasaba aquel funesto 24 de agosto del año 79 con el monte Vesubio, del que brotaba una aterradora nube de humo en forma de ominoso pino (nosotros diríamos que con aspecto de hongo de explosión atómica).

Ni corto ni perezoso, y cubriendo su impulso de curiosidad –esa sana curiosidad científica que está en la base de sus escritos y que al final le fue a costar la vida– con el pretexto de una suerte de acción de protección civil ante litteram, Plinio zarpó desde su base de Misenum a bordo de uno de los barcos de la flota y, tras atravesar el golfo de Nápoles y detenerse frente a Pompeya para observar la que estaba cayendo, atracó en Stabiae.

Desde aquí tendré mejor vista, se diría el almirante naturalista. Así que aquí estamos, en la playa de lo que hoy es Castellammare di Stabia y que realmente arroja una panorámica sensacional de la bahía, con el Vesubio en el centro –sin penacho humeante, gracias a Dios–, tratando de imaginar la salvaje escena que se brindó a los ojos de Plinio y sus sensaciones en ese culminante (y postrer) momento de su carrera.

Parece un buen sitio para iniciar este viaje a los últimos días de Pompeya, en la estela de los nuevos descubrimientos sobre cómo se produjo esa catástrofe y la estupenda novela que ha escrito Robert Harris recreando el suceso (Pompeya, editorial Grijalbo). Pocas cosas recuerdan este mediodía melancólico y gris aquella volcánica jornada en tiempos de Tito.

En el paseo marítimo, unas atracciones infantiles duermen ajenas al drama colosal que se desarrolló hace veinte siglos. Es cierto que el paseo lleva el nombre de un héroe marino: el capitán de corbeta Domenico Baffigo, medaglie d’oro al valor militar, bárbaramente asesinado por los nazis el 11 de septiembre de 1943 durante su defensa de la cantera naval de la localidad. ¡Cuánta gente valiente ha muerto por aquí, Dios santo! En el puerto, a la izquierda puede verse un par de grandes catamaranes de pasajeros de la compañía Tirrena (pero no son trirremes).

En el borde del mar, la arena sucia se introduce en los zapatos. Bandadas de gaviotas se pelean, entre grandes risotadas, por los montones de porquería de que está sembrada la playa, y sobre la pared de un chiringuito cerrado alguien ha escrito con trazo feroz: “Ti amo, Rosalia”.

Otro Plinio, el Joven, sobrino del nuestro y adoptado por él, nos ha dejado un testimonio excepcional sobre la muerte del sabio –y el desastre que también él contempló, desde Miseno– en dos cartas enviadas al historiador Tácito. Constituyen el primer relato de una erupción volcánica. Leerlas en voz alta aquí, en la misma playa, con un cojín en la cabeza como el que se puso la gente aquel día para protegerse de la lluvia de proyectiles de piedra pómez con la que rociaba el mundo el Vesubio, podrá parecer extravagante, pero crea todo un clima.

“El noveno día antes de las calendas de septiembre, hacia la séptima hora [24 de agosto, entre las dos y las tres de la tarde], mi madre señaló a mi tío una nube, inusual en su tamaño y apariencia…”. Al grito entusiasta de “audaces Fortuna iuvat”, Plinio el Viejo corrió hacia el desastre. Plinio el Joven, a la sazón de 18 años, pero ya mucho más prudente, declinó acompañarle. “Grandes llamas y vastos fuegos brotaron de diferentes puntos del monte Vesubio”, escribe.

Debió parecer un castigo divino: terremotos, el mar retirándose y dejando en seco un muestrario de criaturas marinas para regresar luego en forma de tsunami. Cayó una noche falsa “más negra y espesa que todas las noches”, en la que estallaban feroces relámpagos. Al irse desplomando la nube de cenizas, gas venenoso y piedra pómez se producen varias olas de lo que los expertos denominan, con esdrújulo placer, flujo piroclástico: una masa gaseosa ardiente de alta densidad que contiene en suspensión una gran cantidad de partículas sólidas. Esas monstruosas avalanchas sucesivas a 300 grados arrasan cuanto encuentran a su paso. La última, la misma que asuela Pompeya en un gran final apocalíptico, hirviendo a los habitantes que atrapa, llega hasta Stabia, donde se extingue.

Plinio ve el dantesco espectáculo desde un verdadero palco de honor, de pie en la playa; pero el horror desborda la pantalla: siente que se ahoga y cae sobre la arena, retorciéndose. ¿El gas venenoso o un infarto? En su novela, Robert Harris le imagina enfrentando con una última punzada de curiosidad la ola de fuego que se le traga. El visitante, cargado de libros, guías, mapas y plumas de gaviota, se retira al bar Plinio, precisamente, y es recibido con la untuosa cordialidad típica de la zona y propicia una animada conversación sobre la antigüedad clásica.

Un cliente que debe de ser el erudito local, aunque parece el lugarteniente de Vito Genovese, apunta la tesis de que Plinio no murio en Stabia, sino más cerca de Pompeya, en lo que era su puerto marítimo, en Bottaro, en el delta del río Sarno. Allí, en 1899, fue descubierto, explica, un grupo de 73 esqueletos de víctimas de la erupción, entre ellos el de un hombre anciano cubierto de joyas valiosísimas (más de un kilo de oro) y que portaba al cinto una lujosa espada. El ajado cráneo que, contra el parecer de la mayoría de los estudiosos, se ha atribuido a Plinio fue robado del Museo dell’Arte Sanitaria de Roma, donde estaba depositado, aunque luego fue recuperado en el jardín…

Huyendo de la vieja Stabia y de la imagen de la cabeza del noble Plinio rodando entre las rosas, los pasos –bien, el coche– nos llevan ahora al otro extremo de la bahía. A Cuma, a los predios de la hórrida y frenética sibila. ¿Habrían recibido los pompeyanos algún oráculo advirtiéndoles de lo que les esperaba?

En su novela, Harris, según confesó a quien firma estas líneas en una conversación en su casa en Kintbury, en la campiña inglesa, inventa el episodio: Popidio, el malo de la historia, hace una consulta, y la respuesta es que cuando los césares se hayan convertido en polvo y el imperio se haya desvanecido, Pompeya perdurará. Lo que los ricos de la ciudad no saben es que no se trata de una respuesta positiva, sino de una verdadera maldición: Pompeya y sus habitantes perdurarán, por supuesto… muertos, como en un grand guignol arqueológico.

De todas formas, es difícil que la sibila pronosticara que en 1943 los aliados iban a bombardear las ruinas creyendo que en ellas se ocultaba una división Panzer alemana (destruyeron multitud de tesoros arqueológicos, entre ellos los esqueletos y figuras de la Villa de los Misterios).

Se llega al parque arqueológico de Cuma pasando por sitios tan alegres como el lago Averno, la Solfatarra de Pozzouli (un cráter humeante y lleno de barro en ebullición) y el anfiteatro Flavio, donde lanzaron a San Gennaro a los leones (éstos declinaron comérselo, así que hubo que decapitarlo).

En Miseno se puede visitar la famosa Piscina Mirabilis, la gran cisterna destinada a aprovisionar la flota romana, que desempeña un papel destacado en la novela de Robert Harris. El Antro de la Sibila, donde se supone que ésta ofrecía sus aviesas predicciones, es un lugar lúgubre, más aún porque hoy es tarde y ya han cerrado. Sólo cabe denostar la paradójica falta de previsión de la adivina y mosquearse con los empleados del garaje de Bacoli que han orientado mal al visitante, sin duda considerando que l’Antro della Sibila era una casa de mala nota.

Sin embargo, uno puede consolarse recitando unos versos de la Eneida entre las basuras que se acumulan junto a la puerta del recinto –“y rebrama su voz en la caverna / entrevelando en sombras la verdad”–, mientras el viento, émulo de Virgilio, arrastra papeles grasientos. ¿Qué deparará el mañana en la ciudad muerta?

Amanece en Pompeya, asombrosamente húmeda. El madrugón ha servido para disfrutar un atisbo de la urbe sepultada libre de turistas. El lado negativo es que todos los vendedores de souvenirs de la zona se concentran en el paseante, que en un momento adquiere una copia de un gladiador de falso bronce, dos camafeos y tres libros asombrosamente explícitos sobre el erotismo pompeyano –“si quieres un buen revolcón, Pompeya es el lugar indicado: ¡nueve burdeles!”, exclama un personaje de la novela de Harris–. Pompeya era una ciudad de Venus, a la que estaba dedicada desde su mismo nombre oficial: Colonia Veneria Cornelia. Más claramente lo dice el autor de uno de los numerosos grafitos amatorios: “Me he jodido a la tía de la taberna” (Cuerpo de inscripciones latinas, IV, 8442).

La verdad, la llegada a la ciudad, por la misma Porte Marine, no es tan diferente de la del protagonista de Pompeya, el inteligente ingeniero Atilio, cuya misión es descubrir qué diantres le ocurre al gran acueducto que abastece de agua a toda la región y del que el líquido ha dejado de fluir (lo que ocurre, por supuesto, es que el volcán ya empieza a hacer de las suyas). A Atilio le ofrecen papagayos de la India, monos africanos y esclavas orientales famosas por sus habilidades sexuales. Encuentra que Pompeya, con 20.000 habitantes, es una ciudad de buscones, llena de gente al acecho, hospitalaria con los visitantes mientras pueda esquilmarlos. Habrá que ir con cuidado.

Todo eso, y lo del sexo, no nos lo explicó nuestra primera fuente, el erudito Ceram (claro que el ínclito autor de Dioses, tumbas y sabios tampoco nos dijo que en realidad se llamaba Kurt Marek y había sido corresponsal de guerra nazi con el mariscal Keitel en Narvik). Hace fresco y amenaza lluvia, pero cargado como va el visitante moderno –que además, entusiasmado, pronto se llena los bolsillos de lapilli, las piedrecitas volcánicas que cubrieron la ciudad como un granizo negro (una capa de cuatro a ocho metros de grosor) y que están todavía por todas partes en el suelo–, enseguida está sudando como si en vez de a finales de otoño estuviéramos en aquel agosto tórrido.

El novelista Harris paseó por Pompeya, mientras pensaba cómo escribir su novela, tratando de encontrar un punto de arranque original para su historia. Fue a encontrarlo en el lugar seguramente con menos glamour de la ciudad sepultada –incluyendo la actual cafetería–: el Castellum Aquae, una sosa construcción de ladrillo rojo junto a la Puerta del Vesubio que es la cisterna principal a la que llegaba el agua del acueducto.

“En un agosto tan caluroso como aquel de la erupción, el de 2000”, me explicó el autor, “noté un olor a humedad que se secaba sobre la piedra y que venía de ese edificio. Observé que la línea del acueducto se dirigía exactamente hacia el monte Vesubio. Ésa iba a ser mi vía para entrar en la historia”. Al menos otra persona en el mundo está tan entusiasmada con este monumento al que no dedicaría ni veinte segundos el turista japonés más entusiasta de los que hoy recorren a paso de carga la ciudad. Se trata de la arqueóloga catalana Isabel Rodà, que, lo que son las cosas, no sólo interviene en el célebre nuevo programa de la BBC sobre Pompeya, sino que es la comisaria de una exposición –Aqua romana– que se exhibe actualmente en el Museo de les Aigües de Cornellà, junto a Barcelona, y que dedica buena parte de su espacio a la ingeniería hidráulica romana.

Atilio firmaría sin duda la frase de Frontino que es el lema de la exposición (y que incluye una estupenda maqueta del Castellum Aquae): “Tot aquarum tam multis necessariis compares aut cetera inertia sed molibus pyramidas videlicet otiosas fama celebrata opera Graecorum” (“Comparad las numerosas moles de las conducciones de agua, tan necesarias, con las ociosas pirámides, o bien con las inútiles pero famosas obras de los griegos”). Ay, Frontino, los griegos vale, pero no nos toques las pirámides.

Rodà ha leído la novela de Harris y dice que se lo pasó estupendamente; alaba su documentación (con las lógicas licencias de la novela histórica), que haya escogido a un aquarius (fontanero) de protagonista y que use el asunto del agua como aproximación original a un tema tan socorrido como es el de los últimos días de Pompeya. En fin, empezamos el viaje solos, pero ahora ya somos multitud: los Plinio, Harris, Atilio, el malo Popidio y la arqueóloga Rodà. Pronto se unirán un montón de cadáveres, las meretrices, los gladiadores y hasta el fantasma de Espartaco, que se escondió una temporada en el monte Vesubio.

Cada visitante tendrá su lugar favorito en Pompeya (quizá la Casa del Fauno, la mansión de los Vetii, la oficina del garum o, ejem, el lupanar), pero el de este enviado especial es el coqueto templo de Isis. Y no únicamente porque el otro día revoloteaba por sus románticas ruinas entre pinos un precioso colirrojo tizón macho, sino porque el recuerdo de las exóticas (y muy egipcias) ceremonias que aquí se realizaron parece impregnar aún todo el recinto.

Poco antes de la erupción, el templo, afectado por el terremoto del 62, fue reconstruido por un liberto como una forma de granjearse prestigio social: Popidio Ampliatus. “Sí, mi villano es un personaje histórico, como la gran mayoría de los que aparecen en la novela”, dice Harris. “He rastreado todos sus nombres”. El Popidio de la narración es malvado, pero tiene una justificación muy pompeyana: de niño, su amo abusaba sexualmente de él. Incluso para esto hay documentación; reza uno de los grafitos obscenos tan frecuentes en las paredes de la urbe sepultada: “Ampliatus, Icarus te pedicat” (“Ampliato, Ícaro te sodomiza”).

Pasear por la Via dell’Abondanza, una de las grandes arterias de Pompeya, es como jugar a las visitas, con la diferencia de que en las casas que nos abren sus puertas todos llevan 2.000 años muertos. En la mansión de Octavius Quartio, los fantasmas togados parecen errar aún por los maravillosos jardines, plenos de fuentes y pérgolas en las que medran los mirlos. En el termopolio (bar) del Lararario resuena todavía el eco de las últimas conversaciones; aquí se halló incluso la caja registradora del establecimiento con la recaudación del día de la erupción, 683 sestercios.

De la fullonica (lavandería) de Stefanos emana un olor ácido: algún gracioso clasicista habrá hecho aguas menores recordando que el líquido que se empleaba para blanquear aquí la ropa era la orina, la humana generalmente, aunque la más apreciada, según las fuentes, era la de camello.

Uno cree errar realmente por la antigüedad, en pleno peplum, cuando de repente atraviesa transversalmente por el fondo de la calle un tren rojo que cubre la ruta circunvesubiana. Frente a la casa del Larario de Aquiles, una joven restauradora limpia con un cepillo de dientes un capitel compuesto.

“Hay que restaurar y conservar”, considera la arqueóloga Rodà. “Queda mucho por excavar en Pompeya, casi una tercera parte de la ciudad, y eso sin contar el territorio adyacente, donde había muchas villas y todas las estructuras de abastecimiento de la urbe. Pero excavar no es lo prioritario. Lo prioritario es el mantenimiento de lo que ya está excavado, que sufre tanto con las visitas masivas”.

El anfiteatro de Pompeya, donde se juntan Gladiador y las pelis de catástrofes tipo El coloso en llamas, es una pièce de resistance de la visita a las ruinas. A los pompeyanos les encantaban los combates: los organizaban masivamente los políticos locales ad captandum vulgus; para conseguir votos, como si dijéramos. La ciudad está llena de anuncios de luchas y de grafitos con frases sobre gladiadores –“Celado Octaviano, tracio, tres victorias: suspiro de todas las mujeres”– e imágenes incluso de algunos.

Cuatro jóvenes soldados musculosos y con el pelo cortado a cepillo cuchichean hoy en el centro de la arena como si fueran del equipo de Máximo, el personaje de Ridley Scott. Pisar este escenario ¿te hace más valiente o sólo más frágil? Luchar y morir aquí, en un día turbio como éste… Gentes crueles. Un grupo de perros sin dueño de los que abundan entre las ruinas se enzarza en una pelea con profusión de gruñidos y mordiscos. Cave canem. De repente, el terrible casco de gladiador murmillo con cresta y visera hallado en la Caserna dei Gladiatori se convierte en símbolo de una ciudad malvada, con prostitutas infantiles, esclavos y consagrada al beneficio –“salve lucrum”, reza en la entrada de las casas– y el enriquecimiento desalmado. ¿Era así Pompeya? ¿Mereció la suerte de Sodoma y Gomorra a la que le condenó la naturaleza? Era una ciudad muy comercial, muy activa; con mucho juego político, dinero rápido, corrupción, lobbies y negocio bajo mano, coinciden en señalar la arqueóloga Rodà y el novelista Harris. Reinaba una erotomanía viciosilla.

Hoy nos choca que en tantas casas y en la vía pública se diera rienda suelta a la obscenidad y figuraran por doquier coyundas, príapos y penes erectos con la leyenda “hic habitat felicitas”. Negocios y sexo: “Cuando me haces las cuentas, Batacarro, yo te daría por el culo” (CIL, IV, 2254). El visitante se planta en el foro y al elevar la vista se encuentra con la masa ingente del Vesubio. Suenan las campanas de una iglesia vecina y un vigilante se santigua entre las ruinas. La descripción de los momentos finales de Pompeya es la guinda en el thriller de Harris.

Se ha basado en las nuevas investigaciones de los vulcanólogos. Es difícil hacerse una idea de lo que fue aquello. Norman Lewis, que tuvo el dudoso privilegio de observar la mucho más modesta erupción del Vesubio de 1944, cuando era oficial de inteligencia en la Campania, escribió en su delicioso Nápoles 1944 (Península): “Fue el espectáculo más terrible que he presenciado y espero presenciar en la vida”. Le sorprendió la calidad “tridimensional” y plástica de la columna que brotaba del volcán y comparó esa nube gris con “un cerebro colosal palpitante”.

La explosión del año 79 equivalió a 100.000 bombas atómicas como la de Hiroshima. Después de una serie de prolegómenos similares a la mala digestión de un gigante (temblores, filtración de gases, pequeños vómitos), el fenómeno comenzó poco después de mediodía con la expulsión de una columna de ceniza, roca y piedra pómez que ascendió a 20 kilómetros de altura. Una hora después se inició la caída de ceniza y piedrecitas ligeras, que fueron creando una capa cada vez más gruesa sobre el suelo y los tejados.

Hacia las seis de la tarde se hundían los techos por la acumulación de material volcánico, y la gente huía de la ciudad entre nubes de polvo y ceniza que habían oscurecido el cielo como si fuera de noche. Harris describe esa escena como las imágenes del atentado del 11-S, unidos los neoyorquinos del siglo XXI y los pompeyanos del I en una misma iconografía de la desesperación.

Se produjeron muertes entre los derrumbamientos, por asfixia a causa de los gases y por la caída de piedras de mayor grosor. Hubo gente que quedó angustiosamente atrapada en las casas, con las puertas y ventanas bloqueadas por el lapilli, como los que perecieron en la casa de Menandro. Otros escaparon para morir en las calles, como el grupo hallado en el Jardín de los Fugitivos, al menos tres familias completas.

En torno a las ocho de la mañana siguiente llegó la gran ola hirviente, la nube piroclástica, de ceniza y piedra incandescente que se desplomó del cielo y resbaló desde la pendiente del Vesubio a 300 kilómetros por hora. Y se tragó la ciudad, como siete horas antes otra había sepultado Herculano. Se calcula que sólo en Pompeya murieron unas 2.000 personas (se han encontrado 1.150 cuerpos). “Fue algo apocalíptico, pero gradual”, resume Rodà. “Tuvo un crescendo pasmoso”.

Harris relata muy bien esa sucesión de fases destructivas prologada por una serie de avisos y rematada por el gran final in bellezza (geológicamente hablando). ¿Qué les parecería a los pompeyanos todo ello? “Les habrá extrañado, inicialmente”, opina Isabel Rodà. “Luego pensarían seguramente que los dioses estaban enfadados. Los romanos eran más supersticiosos que religiosos. Se acordaban de santa Bárbara cuando tronaba. No sabían que el Mons Vesubius era un volcán. Después, al llegar lo peor, creerían estar ante un gran castigo divino”.

Mientras el enviado especial a Pompeya trata de imaginar cara al Vesubio lo que se siente al recibir (como el villano Ampliato) el impacto del muro de fuego con infernal olor a sulfuro, y vaporizarse, se oye un chillido. Es una joven con hechuras de Afrodita kallypigos que acaba de ver un cadáver. Se trata del hombre sentado que se cubre el rostro, uno de los más famosos moldes de los muertos de Pompeya y la visión que más impresionó de toda la ciudad, según propia confesión, a Robert Harris. Alguien ha colocado junto a la figura gris una rosa roja.

Éste y otros de las decenas de cuerpos moldeados por el procedimiento de inyectar yeso en la cavidad que dejaron en las cenizas petrificadas al descomponerse se exhiben en el Horreum –que no significa horror, sino granero– del foro, entre una polvorienta amalgama de ánforas y cerámica. “Unos lamentaban su suerte; otros, la suerte de sus seres queridos”, escribe Plinio el Joven. “Muchos alzaban sus manos a los dioses”.

Un hombre en decúbito, sobre una mesa, aparece congelado en un último estremecimiento. En una vitrina, una muchacha se tapa la boca con un pliegue de la túnica. “Podías oír los gemidos de las mujeres, los lloros de los niños y los alaridos de los hombres…”. Y en el centro del horror se alza la imagen misma del espanto: el perro retorcido. El destino preservó su inútil lucha por zafarse de la cadena. Todo el poder del volcán está escrito en sus estertores. Con estado de ánimo sombrío. Qué sobredosis de antigüedad y tragedia.

Los pasos llevan a la Porta Ercolano, y de allí, a través de la vía de los sepulcros, a la Villa de los Misterios, junto a la salida. En vano buscará uno en sus oscuras pinturas consuelo al gran memento mori, recuerdo de la muerte, que es Pompeya. Pero en el suelo, en un rincón donde ha brotado musgo con las últimas lluvias, se retuerce tratando de ocultarse una salamandra. “Este animal es tan intensamente frío que apaga el fuego a su contacto”, escribió Plinio el Viejo. Siguiendo los consejos del sabio, la tomamos en la mano y la apretamos contra el pecho como un talismán.

Aníbal, un ilustre visitante del templo de Melkart

Aníbal, un ilustre visitante del templo de Melkart Por A.R.AGRASO, Europa Sur, domingo 12 de diciembre de 2004

Cádiz. La religión era un elemento de singular trascendencia en el proceso colonizador fenicio, ya que los templos actuaron, entre otras cuestiones, como garantes de las transacciones comerciales. Algo de especial importancia teniendo en cuenta el carácter de la sociedad fenicia.
Las fuentes para el estudio de la religión fenicia en Oriente son escasas, aunque los expertos señalan dos características principales: su carácter conservador -ya que se mantienen prácticamente los mismos cultos desde los momentos iniciales- y la existencia de unas divinidades jerarquizadas.

Destaca Ángel Muñoz Vicente, arqueólogo de la Delegación Provincial de Cultura, que la mayoría de las divinidades y santuarios de los que hablan las fuentes antiguas estén relacionados con la navegación y sacralización de accidentes costeros y templos de ciudades portuarias; así, el santuario de Gibraltar se ubicaba en las puertas del Atlántico, y en el de la Lux Lubia, "en Sanlúcar de Barrameda a orillas del Guadalquivir, los navegantes y marinos que iniciaban sus travesías hacia el interior depositaban sus exvotos" para que el viaje les fuera favorable.

A principios del primer milenio antes de nuestra era, existían en Tiro tres divinidades principales: El, Melkart -cuyo culto debió evolucionar con el paso del tiempo, asimilándose en el siglo VI c.C. con el Heraklés griego- y Astarté. Los dos últimos, indica Muñoz, están claramente documentados tanto por las noticias de los autores clásicos como por la arqueología, pero del primero las noticias escritas son nulas, aunque existen referencias arqueológicas en Cádiz: un sello de un anillo signatario, localizado en 1873 por un pescador en los fosos de Puertas de Tierra, que se conserva en el Museo arqueológico Nacional.

Este anillo está dividido en dos mitades por una incisión. En la superior aparece representado un personaje masculino "de aspecto enano o infantil, con las piernas separadas y flanqueado por dos halcones", que los expertos identifican con el dios Path-Pateco, "al que la iconografía muestra habitualmente con los halcones sobre los hombros". Es la inscripción de este anillo la que alude al dios El, y la que relaciona esta pieza con Tiro. El anillo, según algunos investigadores, tendría origen oriental y habría llegado a Gadir como fruto de las relaciones comerciales con la región sirio-palestina en los primeros momentos del proceso colonizador.

El templo de Malkart-Heráklés-Hércules fue, según se cree, muy visitado por personajes de la Antigüedad. "Sabemos que Aníbal, antes de la Segunda Guerra Púnica, estuvo en él para implorar protección. También lo visitaron Julio César y Pomponio Mela, entre otros", dice el arqueólogo.

Melkart, Astarté, El. Los dioses de Gadir tenían nombre propio. Nombres que han quedado repujados en objetos, o de los que hablan los hallazgos que reposan en el subsuelo.

Sobre la ubicación de los santuarios gaditanos en época fenicia

Sobre la ubicación de los santuarios gaditanos en época fenicia Por Ángel Muñoz Vicente, Europa Sur, domingo 12 de diciembre de 2004

Mucho se ha hablado y escrito sobre el emplazamiento de los templos fenicios que los autores clásicos nos refieren de su existencia en el territorio de Gadir. Tradicionalmente se ha venido identificando el islote de Sancti Petri como el lugar elegido por los fenicios de Tiro para la implantación de su más antiguo y famoso santuario en Occidente: el de Melkart. Por su parte la zona del Castillo de San Sebastián, en La Caleta, se ha relacionado como hipótesis más admitida, con el lugar donde debió ubicarse otro de los santuarios relevantes de Gadir: el de Baal. Por último los alrededores del Castillo de Santa Catalina y más concretamente en la zona conocida como la Punta del Nao, ha sido el lugar asignado por la mayoría de los investigadores para el emplazamiento del santuario a Astarté, divinidad que junto a Melkart constituían la base del panteón de la metrópolis tiria en los inicios del primer milenio antes de nuestra Era.

Estas localizaciones tuvieron su explicación y sustento tanto en las noticias de los historiadores y geógrafos de la Antigüedad, como en las reconstrucciones del paisaje de la Bahía de Cádiz en épocas antiguas, lanzadas en la década de los 80 del siglo pasado a raíz de la determinación, esbozada por F. Ponce unos años antes, de la existencia de un brazo de mar que discurría por el interior del casco antiguo de Cádiz y que como ha publicado J.A. Fierro en la segunda edición de su libro Historia de la ciudad de Cádiz, ya se había hecho eco de esta circunstancia S. Viniegra a finales del siglo XIX y principios del XX.

Si el establecimiento de esta primera aproximación al paisaje de Gadir/Gades hace ahora casi 25 años, supuso un relanzamiento de los estudios fenicios en el área gaditana, los trabajos geoarqueológicos llevados a cabo bajo la dirección de los profesores O. Arteaga y H.D. Schulz,en los años 2000 (saco interior de la Bahía) y 2001 (ciudad de Cádiz), han supuesto los primeros trabajos científicos para abordar la estrategia del poblamiento histórico en la Bahía de Cádiz y como no el punto de partida para iniciar una nueva lectura de los textos clásicos.

De entre las citas de los autores que se refieren a los templos gaditanos podemos destacar las de Estrabón, que en un pasaje de su Geografía, refiriéndose a la ciudad mandada a construir por Balbo, dice: "La ciudad yace en la parte occidental de la isla, y cerca de ella, en la extremidad que avanza hacia el islote, se alza el Kronion. El Herakleion está en la otra parte, hacia el oriente, en el lugar donde la isla se acerca más a tierra firme...". De este texto se desprende la existencia de dos templos ubicados en los extremos de la isla mayor o Cotinusa, uno dedicado a Melkart-Hércules y otro consagrado a Cronos, dios griego identificado por los cartagineses como Baal Hammon. Estas referencias, en principio poco claras si las analizamos desde la perspectiva del paisaje actual o de la restitución paleotopográfica de los años ochenta del siglo pasado, pueden tener su explicación a la luz de los nuevos trabajos geoarqueológicos. Para la historiografía de los dos últimos siglos el "islote" que cita Estrabón se ha venido admitiendo su identificación con la pequeña isla de San Sebastián. Sin embargo hoy día podemos saber con certeza que dicho islote se originó como consecuencia del proceso erosivo del océano con posterioridad a época romana, formando este territorio donde hoy se asienta el castillo del mismo nombre, uno de los extremos de la isla Cotinusa durante toda la Antigüedad. Así el citado "islote" podríamos identificarlo con la isla pequeña donde Plinio indica que estuvo el antiguo oppidum de Gades, es decir Erytheia y "la extremidad que avanza" hacia el mismo, puede estar refiriéndose a ese sector de tierra que cegó por su parte central el brazo de mar entre ambas islas a partir de aproximadamente el 4500 a.C.. En consecuencia sería en este sector de Cotinusa, en el actual Campo del Sur, entre el Barrio del Pópulo y el de la Viña el lugar donde pudo estar emplazado el santuario de Baal. Esta hipótesis concretada al área de la Catedral Vieja ya fue señalada por Hübner a principios del siglo XX, expresándose en el mismo sentido García y Bellido en 1942.

En relación a lo anterior podríamos traer a colación los resultados de las excavaciones realizadas en la Casa del Obispo, en la plaza de Fray Félix, bajo la dirección de los Srs. Gener y Pajuelo, donde las estructuras murarias localizadas y el enterramiento monumental con podium de sillares de ostionera (la denominada tumba-templo) podrían tener un claro matiz ritual si analizamos los restos materiales asociados a las mismas. En este sentido es de destacar el bajo porcentaje de ánforas (menos del 10% del total) y grandes recipientes de almacenaje (2,5%) en relación con otros tipos cerámicos como platos y cuencos, que pueden indicar que nos encontramos ante unas construcciones no vinculadas a tareas relacionadas con actividades industriales o comerciales (el ánfora como indicador relevante de estas actividades) o de habitat (el recipiente de almacenaje como elemento característico para reserva de provisiones). Por otro lado las formas cerámicas más abundantes (platos, cuencos y vasos de imitación de formas de la vajilla de lujo griega)son tipos frecuentes en yacimientos relacionados con actividades de culto. Igualmente el quemador de perfumes con restos de cenizas en su cazoleta, puede igualmente responder a algún tipo de ofrenda ritual.

En cuanto el santuario de Melkart las novedades para determinar su ubicación radican en la importante comprobación geoarqueológica de que el islote de Sancti Petri siempre tuvo carácter insular y nunca estuvo, como se pretendió desde las formulaciones paleotopográficas de los años ochenta, soldado a la isla mayor o Cotinusa. Consecuentemente el extremo de la isla hacia el oriente, en el lugar donde más se acerca a tierra firme, sería la denominada actualmente Punta del Boquerón. Esta hipótesis tendría igualmente su comprobación arqueológica en los sondeos realizados bajo la dirección de R. Corzo en 1985 en el citado islote, en los que no se documentaron estructuras que puedan relacionarse con el santuario, ya que los niveles detectados únicamente pudieron testimoniar la presencia humana en la zona a partir de los inicios de la presencia fenicia en Occidente y sin que en ningún momento el registro arqueológico pueda relacionarse con actividades de culto. Hay que recordar que igualmente las conocidas estatuillas fenicias de bronce halladas casualmente en el interior del Caño de Sancti Petri, proceden de una zona más próxima al entorno de la Punta del Boquerón que al propio islote. Por último, sobre el santuario a Astarté poco o nada podemos añadir a lo ya conocido y admitido por la mayoría de los investigadores que coinciden en situarlo en los alrededores de la Punta del Nao y que Avieno en su Ora Marítima cita de la siguiente forma: "Del lado de la fortaleza por donde muere el día hay una isla consagrada a Venus Marina, y en ella un templo con profunda cripta y un oráculo".

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Excavación en cánovas del castillo, 38. Los restos hallados pueden ser del IX a.C. El primer estudio de los materiales obtenidos es interesante para conocer el inicio de la presencia fenicia en el Occidente Mediterráneo.

Por: JOAQUÍN PINO, Diario de Cádiz, 29-05-03

NUEVA UBICACIÓN. El biberón en cerámica hallado en Cánovas está expuesto en el Museo.

Las excavaciones realizadas el pasado año en el solar de la calle Cánovas del Castillo, 38 están incrementando su importancia -que ya de por sí se entreveía cuando se inició el estudio del solar- a medida que avanza la investigación de los resultados obtenidos.

Desde que finalizaron los trabajos arqueológicos de urgencia, en septiembre de 2002 y hasta fechas recientes, se ha realizado un primer estudio de los materiales obtenidos, centrados especialmente en el periodo fenicio arcaico y cuyos resultados son "específicamente interesantes para el conocimiento del inicio de la presencia fenicia en el Occidente Mediterráneo", según informan fuentes de la Delegación Provincial de Cultura.

Los trabajos fueron realizados bajo la dirección del arqueólogo Ignacio Córdoba, y depararon la localización, en planta y estratigrafía, de varios niveles de ocupación correspondientes al periodo fenicio arcaico, con una cronología, según el excavador, de hacia la mitad del siglo VIII a.C. Sin embargo, desde la Delegación de Cultura se aclara que "las cronologías tradicionales basadas en las cerámicas, pueden estar algo retrasadas, ya que en los últimos años las fechas obtenidas por carbono 14 calibrado nos están señalando para estos momentos y para estos materiales una fecha de la segunda mitad o finales del siglo IX a.C.".

Los materiales a los que se refieren los técnicos de la Delegación Provincial de Cultura fueron hallados en el nivel fenicio, donde se observaron tres fases de ocupación y una de abandono, esta última sellada por una formación dunar. Las estructuras asociadas a este nivel arcaico corresponden a pavimentos de arcilla apisonada. Los materiales eran "muy abundantes", y consistían en fragmentos de platos, cuencos, oinochoes y páteras, todos con engobe o barniz rojo. También aparecieron ánforas fenicias arcaicas, tanto fabricadas en el extremo occidental como centro-mediterráneas (cartaginesas) y orientales. Igualmente se localizaron fragmentos de botellas, ampollas, lucernas de un picos, jarras y lebrillos.

"Especial mención -apuntan desde Cultura- merecen ciertas cerámicas de origen sardo -de Cerdeña- con formas de ánforas ovoides fabricadas a mano, pintadas de rojo y con fondo plano, así como otras, entre las que destaca un biberón (askos) en cerámica, muy similar a los hallados en los yacimientos de Monte Olladiri o en Su Congian'e Sa Funtá".

Cultura explica que el arqueólogo Ignacio Córdoba atribuye a estos niveles fenicios una posible funcionalidad industrial, relacionada con el procesamiento de productos pesqueros, de los que se han localizado algunas vértebras, posiblemente de atunes. De todas formas, se avisa desde la Delegación que éste es un tema "que debe ser estudiado en profundidad, ya que la simple localización de restos de peces no tiene por qué indicarnos que nos encontramos ante una zona industrial -como una factoría de salazones-, pues también podría tratarse de simples restos de alimentos consumidos".

El arqueólogo Ignacio Córdoba confirmó "con seguridad", cuando se realizaron las excavaciones, que había indicios de que se trataba de un lugar de hábitat del siglo VIII a.C. que no continuó en siglos posteriores, de forma que la estratigrafía mostraba un salto hasta la época romano-republicana, hacia el siglo I a.C. Y avisó, ya entonces, de la importancia del material cerámico, afirmando que la excavación resultaba ser "muy importante para Cádiz y para el estudio fenicio".


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Benjamín López exhibe ya su tesoro arqueológico. La plaza de los Hornos Púnicos se abre al público para mostrar los restos de dos importantes talleres alfareros hallados en Torre Alta y en Camposoto.

"Este conjunto alfarero tiene un valor incalculable"

Por: C.BONET, Diario de Cádiz, 23-05-03

SAN FERNANDO. La plaza de los Hornos Púnicos construida en la rotonda de Benjamín López se ha abierto al público antes de lo previsto. Aunque el plazo de ejecución de la última fase del proyecto no concluía hasta mediados de junio, los trabajos se han agilizado para que los ciudadanos puedan desde ayer mismo contemplar los siete hornos púnicos y fenicios que forman el gran tesoro arqueológico de la ciudad.

Los restos que se exhiben formaron parte de dos importantes talleres alfareros asociados a la ciudad de Gadir. Las piezas arqueológicas -dos hornos fenicios localizados en el sector tres de Camposoto y otros cinco hornos púnicos hallados en Torre Alta- están resguardadas en unas salas acristaladas que permiten que se puedan ver desde el exterior.

Todas ellas constituyen un conjunto excepcional en Occidente tanto por el elevado número de estructuras como por su estado de conservación.

Precisamente, uno de los hornos fenicios del siglo VI antes de Cristo que se muestra es una de las piezas que mejor se conserva en el mundo.

El nuevo espacio cultural fue ayer visitado por el alcalde de la ciudad, Antonio Moreno, el vicepresidente de la Gerencia de Urbanismo, Fernando Rodríguez, y el subdirector del Museo Municipal, Antonio Saez. Éste explicó que la idea que se ha perseguido con este complejo es que el visitante contemple las piezas arqueológicas como si se tratara de la vitrina de un museo.

Las visitas al interior de las salas acristaladas se tendrán que concertar con el Museo Histórico Municipal, aunque los hornos se aprecian bien desde el exterior. El conjunto arqueológico está adornado con varias ánforas de la época que han sido reproducidas para su exhibición.

La urbanización de la rotonda convertirá a este lugar en un espacio de ocio y de visita cultural, además de servir de zona de paso entre la avenida Rafael Alberti y la calle Benjamín López.


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Excavaciones. San Fernando era un barrio alfarero de Gadir en los siglos V y IV a.C.

Por: FRANCISCO JAVIER CEBALLOS, Diario de Cádiz, 21-05-03

SAN FERNANDO. Los descubrimientos arqueológicos hallados en la nueva carretera de Camposoto tuvieron su presentación el lunes a las siete de la tarde en el Museo Municipal.

El representante de la asociación Templo Melkart, José Juan Díaz, partícipe de la obras, fue el encargado de explicar la intervención de urgencia en la carretera a cargo de la empresa Figlina, y agradecer la confianza del Ayuntamiento y de Derribos Aragón.

En Camposoto han aparecido tres yacimientos diferentes: el primero, denominado Villa Maruja por su ubicación, pertenece a un barrio alfarero de Gadir de los siglo V y IV a.C. que pone de manifiesto que San Fernando no permanecía deshabitada en aquella época.

El segundo yacimiento recibe el nombre de Parque Natural y corresponde a un asentamiento rural costero del siglo I a.C.. El tercer yacimiento llamado La Milagrosa se relaciona con un asentamiento industrial del siglo I a.C.


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El Museo exhibe los restos hallados en Camposoto. El Día Internacional del Museo arranca en la ciudad con una exposición que pone de manifiesto los descubrimientos más importantes hallados en las obras de la carretera de la playa.

Por: ARTURO RIVERA, Diario de Cádiz, 19-05-03

SAN FERNANDO. El Museo Histórico Municipal abrió ayer sus puertas para exhibir los restos arqueológicos más significativos hallados en el transcurso de las obras desarrolladas para la construcción de la nueva carretera de acceso a la playa de Camposoto.

Las dependencias municipales se sumaban así a la celebración del Día Internacional de los Museos y abrían sus puertas para mostrar al público algunos de los hallazgos arqueológicos más relevantes que han sido descubiertos en la localidad recientemente.

La exposición de los restos que las obras de la nueva carretera han dejado al descubierto va de lo concreto a lo general. El punto de partida de esta muestra que acogerá el patio central del Museo hasta el próximo sábado son trece piezas escogidas por su relevancia y halladas por el equipo técnico de la empresa Fliglina, responsable del control arqueológico de las obras.

Sobre este conjunto de piezas arqueológicas que se han encontrado en el movimiento de tierras realizado para la construcción de la carretera, el Museo articula una primera interpretación sobre la relevancia de los descubrimientos de Camposoto que apunta a una ampliación de los límites geográficos en los que se desarrollaba la actividad industrial alfarera existente en la zona durante las épocas fenicio-púnica y romana.

"Una de las cosas más importantes de estos hallazgos es que amplían la actividad industrial que existía en La Isla, que hasta ahora estaba restringida a la zona de Pery Junquera y del Cerro de los Mártires, a todo el borde marítimo que da a la zona del Río Arillo", afirmó el subdirector del Museo y uno de los responsables del control arqueológico que se ha llevado a cabo en la zona, Antonio Sáez. Un estudio más detallado de estos restos se ofrecerá en un libro, coordinado por Darío Bernal, profesor de arqueología de la UCA, que la Gerencia Municipal de Urbanismo sacará a la luz en las próximas semanas.

Las trece piezas que componen la exposición pertenencen a los tres yacimientos que las obras de la carretera han dejado al descubierto, tres núcleos situados en las zonas de Villa Maruja, La Milagrosa y del Parque Natural que sirven también para dividir las partes de la exposición.

Restos de cerámica, ánforas e incluso moldes de máscaras y otros elementos que destacan por su singularidad componen los trece restos que exhibe esta muestra sobre los hallazgos arqueológicos de Camposoto. Entre los descubrimientos más importantes del control arqueológico de las obras se encuentra un importante yacimiento de la industria alfarera de la época fenicio-púnica en la zona de Villa Maruja; restos de una vivienda romana de la época tardorrepublicana situada a la altura de la Milagrosa en la que se halló también un mosaico; y un horno púnico también situado en la misma zona. Los trabajos arqueológicos dieron también con dos tumbas completas e indicios de una tercera perteneciente a una necrópolis púnica.

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El solar de Ancha podría guardar la primera estructura fenicia arcaica

La Delegación de Cultura y los arquitectos acuerdan estudiar el que ya se denomina el "hallazgo del siglo XXI"

Por: AIDA R. AGRASO, Diario de Cádiz, 16-07-03

CÁDIZ. El estudio arqueológico realizado en un solar de la calle Ancha está empezando a ser denominado "la excavación del siglo XXI". El motivo: los restos hallados, que podrían ser la llave de las cerraduras que encierran las incógnitas sobre el pasado de la ciudad. La Delegación de Cultura, a través de su delegada, Bibiana Aído, y del arqueólogo Ángel Muñoz, afirman que el yacimiento "puede ser único", ya que, a una profundidad de unos cinco metros, aparece lo que podría ser, según las primeras hipótesis, la primera tumba arcaica de tiempo fenicio puro -hacia el VIII a.C, aunque no se descarta que sea anterior-, de una cronología anterior a restos similares hallados en Málaga o Granada.

Sería, en fin, "una pieza clave de la historia fenicia en Cádiz", se afirmó. Desde la Delegación de Cultura ya se apunta que existe la "intención y la voluntad" de colaborar con esta excavación, debido a la "gran importancia que puede tener este hallazgo, que puede ser único", dijo Bibiana Aído.

Ángel Muñoz indicó que la zona del estrato fenicio, fechada en principio a finales del VIII a.C. o incluso principios del IX, es amplia, de forma que ocupa casi todo el solar. Una vez quitada la capa superficial, se localizó una fosa que tenía "más profundidad que en otros sitios" y que se hallaba primorosamente excavada en terreno natural, pasando por duna, arcilla, paleosuelos rojos y piedra natural. Pero surgió un problema: se encontraba ya a una cota inferior a la cimentación del edificio que se iba a erigir en el solar, unos 4 metros, que coincidía justo con el estrato fenicio del siglo VIII. Se comprobó entonces que "hay un ámbito donde continúa la fosa ovalada, que está en el centro".

Desde Cultura se explica que en principio, y sólo como hipótesis, se baraja que estos restos podrían pertenecer a un enterramiento en fosa con escalones, con una zona central. Sería el primer ejemplar de tumba fenicia arcaica en esta zona, más antigua que los restos hallados en la necrópolis de Cerro de Santo Cristo de Almuñécar y "una pieza clave de la historia fenicia de Cádiz".

Una vez observado el alcance del hallazgo, se mantuvo una reunión con los arquitectos del proyecto, teniendo en cuenta tanto el peligro que podría desentrañar seguir ahondando en la fosa como el interés surgido por estudiar los restos. El pasado lunes por la tarde, se hizo una zanja en la fosa, y todos los indicios marcan que "podemos estar ante una tumba del mismo contexto del que hablaba Pelayo Quintero cuando se hizo la cimentación de Telefónica", donde apareció un sacerdote fenicio.

La cronología ha sido establecida por la Delegación Provincial de Cultura en los primeros años del siglo VIII a.C., aunque parece ser que incluso se podría datar en una fase anterior a los restos localizados en asentamientos fenicios como el del estrato 1B del Llano de Mezquitilla -donde se encontraron las cerámicas más antiguas- o del Guadalhorce. Sería, pues, anterior a los restos fenicios actualmente reconocidos como referencias, de principios del VIII a.C., en el Mediterráneo español. Expertos que han estado en esos yacimientos y en el de la calle Ancha constatan este punto.

De confirmarse que la estructura pertenece a una tumba, no descartaría que Gadir fuera Cádiz, ya que, según Ángel Muñoz, se reestudiaría lo hallado en la calle Cánovas del Castillo. Y, continúa, en la zona alta -donde se sitúa el solar del Cómico, aún pendiente de ser excavada- "sí se han localizado suelos de casa", con lo cual "no sería de extrañar que en la ladera se situaran las tumbas y la zona alta fuera la de hábitat".

"El que haya tumbas aquí del siglo VIII a.C.", además de tumbas del VII y del V indica que se pueda hablar de una continuidad en la habitabilidad de la zona. Y como hay quien esgrimía que Cádiz no podía ser asentamiento fenicio por la falta de restos fenicios arcaicos, "la importancia es que los haya. Y los hay a miles. Jarros, cuencos carenados..."

El estudio, dentro de unos meses

Sea lo que sea el elemento hallado en el solar de la calle Ancha, teniendo en cuenta su antigüedad, los arqueólogos se inclinan por decir sin ambages que los restos podrían hacer salir de la oscuridad el pasado fenicio arcaico de la ciudad. Pero al encontrarse a cinco metros de profundidad, "cota bastante inferior a las pantallas perimetrales", para seguir estudiándolos "habría que apuntalarlo todo", además de que la construccion del edificio acumularía un gran retraso. La solución que se dará, una vez estudiado el caso 'in situ' por las partes implicadas, es que el yacimiento no se va a excavar ahora, sino que esperará a que se haya construido la losa del sótano -dejando un hueco en el centro-y el forjado de su cubierta y luego se podrá continuar el estudio "con todo el tiempo posible", pero dentro de unos tres meses, aproximadamente. Será entonces cuando, "con toda seguridad y y tranquilidad del mundo", se aplique toda la metodología posible -incluidos estudios de carbono 14 y de pasta cerámica- y se estudiará "casi con bisturí" la que sería la primera estructura fenicia arcaica, posiblemente del 790-780 a.C. que, además, está acompañada de un "magnífico material fenicio".