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Alejandro Magno. El destino final de un héroe

 

¿Dónde están la tumba y la momia?

La historia de los restos del rey macedonio y el monumento destinado a contenerlos, el Soma, está envuelta en misterio. En la aventura de la búsqueda, digna de Indiana Jones, han figurado arqueólogos, locos y visionarios. Octavio Augusto le rompió accidentalmente la nariz a la momia al besarla en su tumba en Alejandría.

De Babilonia a Alejandría, pasando por Macedonia, Menfis y Siwa, Nicholas J. Saunders persigue en un libro los testimonios y las leyendas sobre el cuerpo y el sepulcro perdidos de Alejandro Magno. Viaje a uno de los grandes enigmas de la arqueología.

Dónde está Alejandro? ¿Bajo la cripta de la mezquita de Nabi Daniel en Alejandría? ¿Oculto entre las millares de momias doradas del oasis de Bahariya? ¿Desmenuzado en mil reliquias y amuletos de la tardoantigüedad? Se ignora el paradero del cuerpo y la tumba del que fuera el mayor conquistador del mundo. Desde que murió y fue embalsamado en Babilonia en el 323 antes de Cristo hasta que en 2002 un extravagante experto aeroespacial, Andrew Chugg, propuso que Alejandro yacía bajo el altar mayor de la basílica de San Marcos en Venecia (¡!), pasando por 1995, cuando la dudosa arqueóloga griega Liana Souvaltzi anunciara el hallazgo de su sepulcro en el oasis de Siwa -no era verdad: fue una de las grandes decepciones de la arqueología-, la historia de los restos del rey macedonio y el monumento destinado a contenerlos, el Soma, está envuelta en maravilla, misterio y leyenda. Incluso Hamlet especuló sobre el tema.

Ahora, un libro, Alejandro Magno. El destino final de un héroe, de Nicholas J. Saunders, profesor de antropología del University College de Londres (Zenith/Planeta), documenta por primera vez todas las teorías y búsquedas del emplazamiento de la tumba del personaje y de sus restos -los considera el verdadero "grial" de la arqueología-, componiendo un recorrido por la historia, el mito y la geografía realmente apasionante.

En la aventura de la búsqueda, digna de Indiana Jones, han figurado arqueólogos notables, incluso Schliemann, el descubridor de Troya (al que no le dieron permiso para excavar bajo la mezquita de Nabi Daniel), y Howard Carter, el que halló la tumba de Tutankamón, que presumió ante Farouk de que sabía el paradero de la del rey macedonio. Y también, en gran cantidad, impostores, visionarios y locos pintorescos ("los tontos de Alejandro"). Entre estos últimos, el camarero griego Stelios Koumatsos, que a lo largo de treinta años, desde 1950, se las apañó para excavar por toda Alejandría, a menudo clandestinamente, y dijo haber entrevisto en un pasadizo subterráneo, por un agujero, un ataúd de cristal con el nombre de Alejandro. Emulaba así a ilustres y no menos estrafalarios predecesores como Alexéi Ramonsky, funcionario de la Embajada rusa de Alejandría, que aseguró en 1898 haberse topado en las bóvedas bajo la mezquita de Nabi Daniel con un bloque de alabastro negro que aguantaba una polvorienta urna de cristal dentro de la que había una figura momificada sentada en un trono. En 1979 se registró incluso una expedición de videntes a Alejandría en busca del paradero de Alejandro.

De hecho, lo que se sabe históricamente sobre el cuerpo de Alejandro es que tras su momificación en Babilonia fue enviado en un gran carro ceremonial hacia Macedonia. En el camino el regio cargamento fue interceptado por Ptolomeo, uno de sus generales, que se había apropiado de Egipto, y llevado al país del Nilo como un valioso instrumento simbólico de legitimación. Ptolomeo, recapitula Saunders, instaló el cuerpo en Menfis mientras le preparaba una tumba a su altura en Alejandría, la gran capital que debía potenciar Alejandro con su presencia post mortem. De la morada funeraria que Alejandro tuvo en Menfis, durante unos veinte años, no se sabe absolutamente nada. Así que ahí hay un primer enigma arqueológico: es posible que estuviera en el área de Saqqara, quizá en conexión con el Serapeum. El momento exacto del traslado del cuerpo de Alejandro a Alejandría en su sarcófago de oro no está claro. Saunders especula con que pudo haber sido el hijo y sucesor de Ptolomeo, Filadelfo, quien se encargara de ello. En el 274 antes de Cristo, Alejandro ya estaba en Alejandría. Su estancia allí duraría siglos, casi toda la antigüedad, y lo más seguro es que el rey (o lo que quede de él) siga aún en la ciudad. Pero parece ser que no estuvo siempre en el mismo lugar de la metrópolis. Saunders apunta que hubo otro traslado urbano, desde una primera tumba, solitaria, a otra más monumental que estaría en conexión con las de los reyes de la dinastía ptolemaica que se enterrarían en la misma área del mausoleo de Alejandro. El historiador Estrabón, que visitó la ciudad en el 30 antes de Cristo, señala que el Soma, "que tiene un recinto donde están las tumbas de los reyes y la de Alejandro", estaba en el distrito de los Palacios reales, al norte de la ciudad. "Ésta era", apunta Saunders, "la segunda y la más famosa de las tumbas de Alejandro Magno en Alejandría".

Hoy esa zona corresponde al promontorio Silsileh, pero una parte del área antigua quedó bajo el agua con la elevación del nivel del mar y otra fue arrasada en el siglo XIX al construirse el malecón, la Corniche alejandrina. Ni de la primera tumba ni del gran mausoleo definitivo de Alejandro, que debió ser espectacular, se ha encontrado -aquí hemos de añadir un esperanzado "aún"- ningún resto. Tampoco ha quedado, y esto es muy extraño, representación alguna. Así que, aunque Saunders rastrea cómo pudo ser la tumba, la verdad es que no tenemos ni idea de su aspecto, todo son especulaciones.

La tumba de Alejandro fue uno de los lugares más célebres de la antigüedad, un punto caliente del turismo grecorromano, y, entre el 300 antes de Cristo y el 400 de nuestra era, la visitaron todos los famosos de la época. Sabemos que entre ellos se contaron Julio César y Octavio Augusto, que le colocó una corona de oro a la momia del conquistador -y le rompió la nariz accidentalmente al besarla: siempre se pone uno nervioso al besar a una momia-. El rey por lo visto ya no descansaba en su sarcófago original de oro, sustituido por Ptolomeo X por otro más baratito de alabastro o cristal de roca. Tampoco poseía sus ornamentos áureos, de los que lo había despojado Cleopatra para reclutar más tropas tras la derrota de Actium. Visitantes posteriores fueron Calígula, que le quitó la coraza a Alejandro y seguramente a Adriano. Septimio Severo hizo cerrar a inicios del siglo III la tumba, que por entonces parece que estaba en conexión con algunos rituales secretos preocupantes.

Las luchas entre paganos y cristianos que devastaron Alejandría entierran definitivamente el Soma en la oscuridad del olvido y la rumorología. Saunders ofrece la muy sugerente teoría de que la tumba de Jesucristo en Jerusalén, hallada en el siglo IV, fue un oportuno contrapeso a la de Alejandro, símbolo del paganismo.

Restos de cualquiera de las tumbas de Alejandro, incluida la más importante, el Soma, perdida en el palimsesto que es Alejandría, pueden aparecer cualquier día. No hay que hacerse muchas ilusiones acerca de su estado. La momia, más frágil, lo tiene aún peor. Puede haber sido escondida por paganos en algún lugar secreto o haber sido destruida en cualquiera de las violentas vicisitudes -humanas y geográficas- de Alejandría . Saunders propone que pudo tener un final digno del cosmopolita Alejandro: troceada y convertida en millares de amuletos desperdigados por todo el ancho mundo que una vez el joven y heroico macedonio conquistó.

Fuente: Jacinto Antón / El País.com, 16 de febrero de 2008

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Las guerras de Alejandro

Robin Lane Fox, autor del éxito El mundo clásico, ofrece en la monumental Alejandro Magno una sensacional aproximación a la figura del conquistador. Para el historiador, el rey de Macedonia es un personaje fascinante que representa el encanto de la juventud y la gloria.

Alejandro Magno: el solo nombre lo deja a uno boquiabierto, con la mirada soñadora perdida en un horizonte infinito de grandeza, pasión y misterio. "Alejandro tenía magia, la magia de la juventud, fue un hombre de ambiciones apasionadas y no creía que nada fuera imposible", afirma Robin Lane Fox (Eton, 1946), que desborda un arrebatado y contagioso entusiasmo al hablar del personaje. El autor de Alejandro Magno. Conquistador del mundo (Acantilado), un monumental ensayo de 800 páginas devenido un clásico y que se lee compulsivamente, entre el chasquido de bronce de las sarisas, el silbido de angustia de los elefantes mutilados en el Hidaspes y el "¡Alalalalai!" de la caballería macedonia en Isos, es un historiador muy poco al uso: capaz de emocionar profundamente, dotado de un enorme sentido del humor y una calidad literaria extraordinaria. "Alejandro es mi vida", confiesa. Dice Lane Fox que el gran Alejandro nunca se aburrió ni hizo jamás nada aburrido. Leyéndolo y escuchándolo a él así parece. "La historia no es verdad sólo cuando resulta aburrida", recalca.

"Era joven, vital, conquistador del mundo, podía acostarse con quien quisiera, y lo hacía. Amó a ambos sexos"

PREGUNTA. ¿Era de verdad tan valiente Alejandro, corría tantos riesgos?

RESPUESTA. Sí. Lo prueba el hecho de que sufrió muchas heridas. Esa actitud, ese valor, era crucial para sus éxitos. Alejandro siempre se pone frente al peligro. No tenía miedo.

P. Pero ¿se puede dirigir una batalla desde en medio de la misma, en pleno fragor, luchando al mismo tiempo?

R. Alejandro basaba su estrategia en movimientos rápidos, creaba un punto débil en el enemigo, un lugar de fractura y concentraba todo el ataque ahí. Empezaba con un despliegue digno del ajedrez, que mostraba y abría esa debilidad del rival. Y entonces se lanzaba liderando el ataque.

P. Entonces no podía revisar el plan...

R. No, era todo o nada. No había medias tintas. Es cierto que, recuérdelo, contaba con unas tropas enormemente profesionales y muy buenos oficiales, conducía el ejército creado, adiestrado y testado por su padre Filipo.

P. Pero él podía morir en cualquier momento.

R. Desde luego. Fue muy afortunado. Pero en la India, en el Punjab, en las murallas de Multan...

P. ¿La misma Multan Sikh del asalto británico en 1849 tras el asesinato de Agnew y Anderson y su puñado de gurkas?

R. Exacto, Alejandro, en su momento, también sitió la ciudad, una fortaleza temible. Impaciente por el lento progreso de sus hombres, tomó una de las escaleras de asalto y trepó él mismo a las almenas, seguido por uno de sus veteranos que embrazaba el supuesto escudo sagrado de Aquiles, cogido por el rey en el templo de Troya. El caso es que la escalera se rompió, dejando al heroico pero irresponsable Alejandro aislado en lo alto de la muralla y casi solo en el ataque. Repartió tajos a diestro y siniestro, pero un arquero le clavó una flecha de un metro en el pecho. Imagínese la escena. Se salvó porque finalmente sus tropas pudieron reunirse con él, pero la herida fue muy grave, posiblemente le perforó un pulmón y dejó a Alejandro casi lisiado. En fin, ése era él, energía, impulso, coraje inconsciente... Si puedes ser así, ¡qué ejemplo para tus soldados! Eso explica la devoción que despertaba, única. Sus hombres lo veneraban y lo seguían a todas partes. Es cierto que no es el hombre al que confiarías tus ahorros: ¡demasiado arriesgado!, aunque podría hacerte rico...

P. Pierre Briant, el eminente orientalista especialista en el mundo persa, me dijo en una conversación que en realidad Alejandro luchaba muy protegido, que se arriesgaba poco, vamos.

R. Bah, Briant es francés. Las heridas y la naturaleza de Alejandro dicen lo contrario. ¡Briant debería haberlo visto aquel día en las murallas de la fortaleza india! Filipo era igual. Filipo está poco valorado, pero él fue el que creó el ejército que usó Alejandro, era un gran militar. Filipo y Octavio Augusto son los dos grandes organizadores del mundo antiguo.

P. Hablando de Filipo, conoció usted al gran Manolis Andronikos, el arqueólogo que descubrió la tumba del padre de Alejandro, uno de los grandes hallazgos del siglo XX. Era un hombre extraordinario.

R. Sí, estuve en 1977 con él, en Vergina, la antigua Aigai capital del reino macedónico, el mismo año del descubrimiento. ¿Ha estado allí?

P. Sí, con Valerio Manfredi, que se puso a declamar trozos de su novela Alexandros en el preciso lugar donde asesinaron a Filipo, en el teatro.

R. Vaya. Recordará la cabecita de marfil del lecho hallado en la tumba y que representa a Alejandro. Todo el ajuar funerario es asombroso. El larnax de oro con las cenizas, la coraza, las canilleras de bronce, la aljaba.

P. Se puso en duda el hallazgo.

R. Desde Estados Unidos, sobre todo, se atacó a los arqueólogos griegos y se dijo que la tumba no era la de Filipo sino la del medio hermano retrasado de Alejandro, Arrideo, hijo de Filipo y una amante tesalia, quizá una bailarina. Siempre es sano cuestionar las cosas, pero la tumba es sin duda la de Filipo.

P. Dice la tradición que Alejandro olía bien. Eso siempre me ha fascinado.

R. Se dice que desprendía un olor dulce. Pero ha de entender que no se trata de un rasgo personal, de hábitos de higiene, era algo divino, un símbolo de divinidad. Supongo que, en realidad, en batalla debía oler fatal.

P. Parece que era muy guapo.

R. ¿Guapo? En las imágenes lo es. Podemos creerlo o no. Era bajo. Quizá tenía grandes ojos o los exageraría. Las mujeres lo amaban, y algunos hombres. Pero ¿no nos amarían igualmente a usted y a mí de ser nosotros también reyes poderosos?

P. Se le ha calificado de "el James Dean de la antigüedad", ¿qué le parece?

R. Tiene gracia, ¿y por qué no el Douglas Fairbanks? Algo de estrella tenía, se anticipó a Hollywood, pero Alejandro no era un actor, era un rey.

P. ¿Cómo cree que murió?

R. Eso es un problema. En Alejandro nada es sencillo, ni su final. Desde que cayó enfermo hasta que murió transcurrieron dos semanas. Lo que parece un claro indicio de que no fue envenenado: hubiera sido muy arriesgado darle algo que no le matara rápidamente. La hipótesis del asesinato sirvió a los que aspiraban a sucederle para acusarse unos a otros.

P. Se ha propuesto que pudo morir de malaria.

R. ¿Una sola persona de todo el ejército? Habría habido más casos. Y el patrón de la enfermedad no coincide.

P. ¿La bebida, entonces? Parece que era un gran bebedor.

P. Desde luego no cuando dirigía su ejército. Una tradición achaca la muerte de Alejandro a sus vicios. Nunca he estado de acuerdo. Mi opinión es que murió por causas naturales. Alejandro era seguramente un hombre devastado por los esfuerzos. Había sufrido nueve heridas en diferentes partes del cuerpo. La verdad es que no podemos saber a ciencia cierta qué pasó. En el libro he tratado de barajar todas las hipótesis.

P. La tumba, el cuerpo, ¿dónde cree que están?

R. Era un gran mausoleo, en el área pública de Alejandría. Fue muy visitado en la antigüedad. Pero ha desaparecido. Quizá sigue ahí, bajo la ciudad moderna o en la vieja zona de los palacios que ha cubierto el agua. ¿Y dónde está, por cierto, la tumba de Hefestión, su amante? Se la concibió como uno de los monumentos más asombrosos del mundo antiguo. El monumento más grande jamás levantado para un novio.

P. Sorprende en Alejandro el equilibrio entre vehemencia y cálculo político.

R. Alejandro es impetuoso, ésa es su naturaleza, pero es además muy inteligente. Es rápido en captar las situaciones: su forma de tratar a la familia de Darío, a los sacerdotes egipcios, su gesto de restaurar monumentos, la magnanimidad que muestra con el enemigo que se rinde... hay en todo ello generosidad, sin duda, pero también mucha inteligencia, mucho arte del poder. Lo que hizo de incorporar iranios a la Administración del imperio, su idea de crear un imperio de los mejores sin tener en cuenta su procedencia, fue muy inusual, y muy inteligente. También es un conquistador, claro, pero es un error verlo sólo como el hombre de riesgo, el aventurero.

P. Venga, hablemos de su vida sexual.

R. A algunos historiadores les gustaría que sólo hubiera amado a hombres, chicos y eunucos. Pero amó a ambos sexos. Se enamoró de Roxana y de Hefestión. Tuvo amantes apasionados, dos esposas persas más y durmió con una reina india. ¡Afortunado mortal! También se dice que se acostó con una amazona, pero dejemos eso en el terreno de la leyenda.

P. Entonces, lo de Alejandro como icono gay...

R. La realidad es más poliédrica. Era joven, vital, conquistador del mundo: podía acostarse con quien quisiera, y lo hacía. Es cierto que Hefestión fue probablemente la relación verdadera más importante de su vida.

P. ¿Se recreaba a sí mismo Alejandro, se modelaba literariamente?

R. La gente lo hace. La gente cambia su vida y la modela por la literatura. Él eligió el ideal de un héroe homérico. En Troya, Alejandro hizo esperar al ejército para rendir tributo a sus modelos. Corrió desnudo hasta el sepulcro de Aquiles. El acto de un romántico. No era sólo propaganda. El macedonio era un reino homérico, en el que todas esas historias estaban muy vivas. Macedonia no era Atenas.

P. ¿Qué plan tenía? De haber podido, ¿hasta dónde hubiera ido?

R. Lo quería todo. Quiere ir hasta los confines del mundo. Explorar y conquistar hasta las cuatro esquinas del mundo. Va al Este pensando que el fin del mundo está en la India. Su siguiente paso era, obviamente, el Oeste. Pero su geografía era muy mala. En la India pensaba que estaba cerca de Egipto, y confundió el Hindu Kush con el Cáucaso de Prometeo.

P. Conquistarlo todo, pero ¿por qué?

R. Porque era glorioso. Por eso se da el nombre a las ciudades -él a sus más de veinte Alejandrías-. Por ser inmortal.

P. Había leído mucho a Homero.

R. Lo leyó demasiado literalmente.

P. ¿Quería morir joven, había una búsqueda irracional de eso?

R. No. La gloria era más importante que la vida, pero no, no hay una pulsión de muerte en Alejandro si se refiere a eso. Tenía muchos planes. No pararía.

P. No dejó precisamente las cosas bien atadas. Eso que dicen que contestó en el lecho de muerte cuando le preguntaron a quién le dejaba el reino: "Al más fuerte"...

R. Eso son leyendas, Alejandro seguramente murió sin poder hablar. No creo que pensara mucho en su sucesión. Era muy joven. Dudo que imaginara que le fuera a pasar algo. Ése es un rasgo típico de la juventud.

P. ¿No cree que hay algo irreductible en Alejandro, algo inexplicable?

R. Es posible. Pero tuvo suerte, y tres cosas que contaban mucho: ejército, oportunidad y ambición.

P. Su colega Bosworth, en su libro Alexander and the East

(Clarendon Press, 1996), pone el acento en el horror de las campañas de Alejandro y lo describe como un verdadero genocida. Dice que tenía "una estremecedora eficiencia en la matanza".

R. A Bosworth no le gusta Alejandro. Alejandro no buscaba la masacre. No era un déspota al uso corrompido por sus grandes conquistas. Si te rendías había honor. Sólo se mostró implacable con los que se obstinaron en resistírsele, los que cuestionaban su grandeza.

P. Un guerrero, un conquistador belicista, eso juega hoy contra él.

R. No nos gusta la conquista, los muertos; pero en el mundo de Alejandro la conquista era gloria. En mi libro hago una reinterpretación de Alejandro desde el punto de vista de su propia moralidad. No desde nuestro punto de vista moderno vegetariano y pacifista. Su identidad homérica, su identificación con Aquiles, no era irrelevante. Compartía esos valores heroicos. No tiene sentido criticar a Alejandro en relación con unos valores morales que, simplemente, entonces no existían. Hay que ver el mundo con sus ojos. Durante años estuvo de moda escribir viendo a Alejandro pequeño y no grande -¡Alejandro el Mínimo: qué error, qué estafa!-, y su imperio como un reino de terror. Pero Alejandro no era Stalin ni Hitler. Los años cincuenta proyectaron en Alejandro sus propios temores. Pero, si lees esos libros de entonces, te preguntas, ¿por qué la gente seguía a Alejandro? ¿Cómo alguien se sentiría fascinado por ese tipo? Por eso escribí mi libro, para explicarlo. Alejandro era un genio, un hombre extraordinario, como sabían todos en su tiempo. Me reprocharon que mi punto de vista era el de un inglés nostálgico del Imperio Británico. Están ciegos, no ven que Alejandro no es un imperialista ni un colonialista. Las interpretaciones cambian pero la antigüedad no, y no debemos traicionarla.

P. Usted es un caso único entre los historiadores de Alejandro: ha podido luchar bajo su mando, entre sus filas. ¡Eso es empirismo!

R. Hice de asesor de la película de Oliver Stone y durante el rodaje en Marruecos, en 2004, me dejó hacer de extra como soldado de caballería macedonio en la escena de la batalla de Gaugamela. Todos, menos yo, eran expertos jinetes, la mayoría españoles -aunque en realidad Alejandro no tuvo, claro, caballería hispánica, al revés que César, al que los compatriotas de usted le dieron grandes éxitos-. Cargué como uno más, con casco y lanza en mano. Una experiencia maravillosa, impagable para un historiador que difícilmente puede experimentar sobre el terreno el movimiento de masas militares. Mi caballo, por cierto, se llamaba Gladiador.

P. ¿Y qué tal los persas, estaban a la altura?

R. Eran figurantes franceses, así que era fácil matarlos.

P. ¿Qué le pareció la película?, aparte de su escena.

R. Oliver Stone admiraba mi libro pero tenía ideas propias. Se basó sólo en parte en mi Alejandro Magno. Hay cosas muy interesantes, te permite entender cómo eran las batallas antiguas, la escala. Eran ejércitos enormes, como no se volvieron a ver hasta la edad moderna. Yo me encontré cuestionándome asuntos de logística en los que usualmente no caes: ¿cómo alimentaban a toda esa gente?

P. Alejandro ha sido carne de novela histórica. ¿Qué opina del género y de cómo lo ha tratado?

R. El pasado siempre es más sorprendente que la imaginación del novelista. Ellos están muy anclados en su propio mundo y se toman a menudo excesivas licencias: ¡que las cosas pasaran hace sesenta generaciones no significa que no haya que respetar los hechos! Hablamos demasiado de la corrección política y poco de la corrección cronológica. Se viola demasiado a menudo el pasado.

P. ¿Hay alguna otra figura comparable a Alejandro?

R. ¿En la antigüedad? Se ha sugerido que Aníbal. La comparación con Julio César es interesante, pero éste no tenía la misma fuerza sobre el ejército, no era un rey. Después de la antigüedad... No. Alejandro era tan especial, tan capaz. Tenía un ojo geométrico, estupendo para el terreno, para dilucidar la forma de moverse y luchar en él. Para mí es el mejor, ¡sin duda!

Fuente: Jacinto Antón / El País.com, 16 de febrero de 2008

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Más allá del Hindu Kush

La conquista de Afganistán por Alejandro, marcada por la brutalidad, dejó una huella que se prolongó durante siglos y cuyo símbolo es la ciudad perdida de Aï Khanum. Aún hay esperanza de que hayan sobrevivido restos de ella.

Los arqueólogos se empeñan en que su labor es una ciencia lenta, basada en el estudio, la paciencia y el polvo. Sin embargo, hay momentos únicos, instantes en los que una inscripción o un muro abatido cambian la Historia. En el norte de Afganistán, tras 40 años de búsqueda por parte de un grupo de investigadores franceses, se produjo uno de esos giros copernicanos, tal vez menos espectacular que el "veo cosas maravillosas" de Carter, pero fundamental para nuestra percepción de la antigüedad. La aparición de una inscripción griega en la ciudad perdida de Aï Khanum, situada en la frontera afgana con la URSS (con Tayikistán en la actualidad), confirmó que los colonos que se establecieron más allá del Hindu Kush tras la conquista de Alejandro Magno permanecieron allí durante siglos e impulsaron una esplendorosa civilización helenística.

"Los invasores macedonios no querían borrar a los habitantes nativos. Las campañas en Bactria y Sogdiana no pueden ser ignoradas. Hay muchas lecciones que aprender del pasado", afirma el historiador Frank L. Holt

"Cuando más lejos se deja a un hombre de su hogar, con más tenacidad se apega a todo lo que un día significó para él. En Afganistán, donde el río Kokcha fluye desde las montañas y las minas azules de Badajshán para incorporarse al curso superior del Oxo (Amu Daria en la actualidad), desde donde se avista el corredor que atraviesa los Pamires en dirección a China, la enorme ciudad griega de Aï Khanum empezó a salir a la luz en la década de los sesenta", escribe Robin Lane Fox en su biografía Alejandro Magno. Conquistador del mundo. "A unos cinco mil kilómetros de distancia del Egeo había ciudadanos griegos, macedonios y tracios que disfrutaban de los templos, los gimnasios y las palestras exactamente como si estuvieran en una ciudad de la Grecia peninsular", prosigue el historiador.

Afganistán fue la tierra en la que Alejandro Magno se casó con Roxana, una princesa bactriana, y fue el lugar en el que recibió una herida de la que nunca logró curarse totalmente. Su huella fue profunda a lo largo de los siglos, como pudieron testimoniar aquellos dos aventureros locos, Daniel Dravot y Peachy Carnehan, a los que primero Rudyard Kipling y luego John Huston enviaron en El hombre que quiso ser rey a ser monarcas de Kafiristán donde se toparon con la marca indeleble de Alejandro, Sikander (la traducción persa de su nombre) en aquellos remotos espacios. Atravesar Afganistán en su camino hacia la India, cruzando las montañas del Hindu Kush, fue una hazaña militar increíble, pero también brutal. "Fue una campaña que en algunos momentos podemos calificar de genocida, aunque no en el concepto moderno del término. Alejandro destruyó pueblos y ciudades, pero los invasores macedonios no querían borrar a los habitantes nativos", señala desde Tejas el historiador Frank L. Holt, profesor en la Universidad de Huston y autor de Into the land of bones. Alexander in Afghanistan (En la tierra de los huesos. Alejandro en Afganistán). La campaña duró dos años, entre el 329 y el 327 antes de Cristo, y se desarrolló en Bactria y Sogdiana, actualmente Afganistán y Uzbekistán.

La aventura de un ejército, el más potente del mundo, que se sumerge en Afganistán para tratar de acabar con un enemigo duro como una roca, fanático y escurridizo, no suena en estos tiempos tan remota. "Las campañas de Alejandro en Bactria y Sogdiana no pueden ser ignoradas. Hay muchas lecciones que aprender del pasado. De hecho, mi libro se estudia en la Academia Militar de Afganistán", explica Holt.

En La campaña afgana, que acaba de editar Militaria, Steven Pressfield novela aquella guerra brutal, durante la que se degollaron pueblos enteros, en un relato lleno de detalles sobre el funcionamiento de aquella fabulosa y despiadada máquina militar que alcanzó los confines del mundo. Uno de los momentos más emotivos del libro no es militar, sino cuando Pressfield describe la edificación de una de las muchas Alejandrías o Iskandariyas que el conquistador dejó esparcidas a lo largo de su gigantesco imperio. "Alejandro hace pública la llamada y no sólo para albañiles, carpinteros y carreteros, a quienes prometió trabajo por un salario insólito en estos reinos, sino también para colonos y pioneros. A estos últimos les prometió tierras y pastos, derechos de paso, garantías de exclusividad para comercio e intercambio. En cuestión de días, el sitio de la construcción queda desbordado por todos los hombres sanos de las tribus de la región y la mitad de las mujeres respetables, que sirven como cocineras, alfayates, lavanderas, enfermeras, buhoneras, costureras. El plan de nuestro rey funciona. Lo que hace unos días fuera el lugar de la espantosa masacre del valle se ha convertido en una floreciente ciudad en crecimiento", relata Pressfield, guionista de Hollywood, reconvertido en autor de novelas históricas, entre ellas una celebrada reconstrucción de la batalla de las Termópilas.

Es una descripción que seguramente pueda aplicarse a Aï Khanum, fundada en el siglo IV antes de Cristo y destruida por guerreros nómadas 200 años después. La ciudad, de 1,8 kilómetros de largo por 1,5 de ancho, estaba situada en un lugar estratégico, entre los ríos Oxo (Amu Daria) y su afluente afgano, el Kokcha, y ofrecía unas defensas naturales extraordinarias. Tenía su gimnasio, su ágora, sus templos, su teatro -comparable al de Epidauro-, sus cultos y sus divinidades. "Los dioses griegos recibieron el culto de los nuevos colonos", explica Robin Lane Fox en El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma en un pasaje en el que pone como ejemplo a Aï Khanum de la potencia sin fronteras de la cultura que los ejércitos de Alejandro arrastraron desde las orillas del Mediterráneo. El tiempo borró lentamente las huellas helenísticas, aunque algunas investigaciones han descubierto poblaciones de origen griego en los confines del Hindu Kush y de los Pamires. Sin embargo, quizás la mayor desgracia que haya sufrido Aï Khanum es haber sido despertada, tras 22 siglos entre la arena, poco antes de que, con la invasión soviética de 1979, Afganistán se hundiese en una era de guerras.

Fundada en 1922, la Delegación Arqueológica Francesa en Afganistán (DAFA) escarbó en uno de los terrenos más ricos arqueológicamente del planeta, donde las civilizaciones y las culturas se fundieron a lo largo de los siglos. Pero Afganistán no era un lugar sencillo y los miembros de la DAFA evitaron trabajar cerca de las conflictivas fronteras del país. Sin embargo, todo cambió cuando el monarca Zaher Shah tropezó durante una cacería en los confines de su reino con un capitel helénico, que permitió localizar el emplazamiento perdido de Aï Khanum (la Dama de la Luna en uzbeco). "Es la ciudad griega que llevaban buscando desde que llegaron a Afganistán", escribe Françoise Olivier-Utard en su historia de la DAFA, Politique et archéologie. Histoire de la Délégation archéologique française en Afganistán. "Cuando los arqueólogos franceses llegaron en 1965, se presentaron desprovistos de toda referencia sobre el sitio que iban a excavar y las analogías para comparar cada hallazgo se encontraban a varios miles de kilómetros de distancia, en el mundo mediterráneo y en Oriente Próximo", ha escrito Paul Bernard, quien, como responsable de la DAFA, dirigió los trabajos en Aï Khanum. Con la invasión soviética, la misión francesa se cerró y la ciudad quedó a merced de algo mucho peor que el viento y el olvido.

Bernard sigue creyendo que "las ruinas de Aï Khanum esperan para ofrecer una segunda oportunidad a los investigadores". Sin embargo, sobre el terreno, la situación no invita al optimismo. En el invierno de 2001, cuando después del 11-S los guerrilleros de la Alianza del Norte lanzaron con ayuda estadounidense una ofensiva contra los talibanes que acabaría por derribar al régimen de fanáticos islamistas, Aï Khanum, por su posición estratégica, se encontraba en plena línea de frente. Los intercambios de artillería eran constantes, mientras los B52 machacaban las posiciones talibanes. Pero las bombas sobre uno de los terrenos arqueológicos más importantes de Asia eran lo de menos: durante las tres décadas de guerras que ha padecido Afganistán las ruinas griegas habían sido totalmente saqueadas y nadie sabe lo que se ha perdido para siempre.

La DAFA ha regresado y, aunque todavía no ha vuelto a excavar Aï Khanum, está entre sus planes y ya está trabajando en Balj. Todo es posible. Quitando a los señores de la guerra, los contrabandistas, los traficantes de opio y armas, los asaltadores de caminos, los campos de minas, las bombas sin explotar y los brotes ocasionales de malaria, Aï Khanum está situada en una de las zonas más tranquilas de Afganistán, apenas tocada por la insurgencia talibán. "Siempre nos queda la esperanza de que hayan sobrevivido restos importantes, sobre todo en los alrededores de la ciudad o incluso que aparezca otra urbe intacta", explica Holt. "Hay cosas, como el oro de Bactria, que se creían perdidas y reaparecieron tras la caída de los talibanes", explica Pierre Cambon, conservador jefe del Museo Guimet de París y experto en arte afgano. "No podemos olvidar que hay muchos espacios inexplorados, que la arqueología afgana sólo tiene 60 años y que está casi todo por hacer", agrega Cambon, cuyo museo ofreció el año pasado una increíble exposición de tesoros recuperados, de historia que se creía perdida.

La campaña afgana. Steven Pressfield. Militaria. Barcelona, 2008. 350 páginas. 17,90 euros.

Fuente: Guillermo Altares / El País.com, 16 de febrero de 2008

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Alejandros

Numerosos libros sobre el rey macedonio confluyen en las librerías españolas. Son retratos múltiples y muy diferentes que confirman la fascinación por un mito inagotable, lleno de lecturas y matices, que "representa la inquietud del espíritu humano".

No es fácil, a tanta distancia y tras tanto mito y rumor legendario, aceptar una única imagen de Alejandro; múltiples son los retratos y divergentes las interpretaciones. Lo eran entre los autores antiguos, lo son aún más entre los modernos. Como destaca Cartledge, late tras los fulgores de su biografía un persistente enigma: "¿Qué clase de hombre era, en la medida en que era un hombre (y no un dios o un héroe)? ¿Era el sensato Alejandro de Ulrich Wilcken?, ¿el caballeresco y visionario Alejandro de William Woodthorpe Tarn?, ¿el titánico y hitleriano Alejandro de Fritz Schachermeyr?, ¿el homérico héroe de Robin Lane Fox? ¿o el amoral y pragmático sin escrúpulos Alejandro de Ernst Badian y Brian Bosworth? ¿O no era ninguno de ellos, o algo de todos, o de algunos de estos? Faites vos jeux, mesdames et messieurs".

Las más antiguas biografías de Alejandro llegan desde tres o cuatro siglos después de su muerte. Y ya entonces se mezclaba la historia y la leyenda. Lane Fox lo presenta como el último héroe clásico, joven y homérico, émulo de Aquiles y de Heracles, ansioso por alcanzar los confines del mundo. Sin un perfil romántico y sin ningún gran ideal filantrópico, el Alejandro de Paul Cartledge es un fogoso caudillo de desenfrenada ambición.

Abundan las ficciones novelescas modernas sobre Alejandro. Ahora vuelve a novelarla con ágil prosa José Ángel Mañas en 'El secreto del oráculo'

Sería fácil, y superfluo, añadir nombres a la lista. Pero, simplificando mucho la cuestión, se pueden distinguir dos tendencias: la apologética de quienes magnifican la juvenil figura del conquistador macedonio como el inspirado y audaz creador de un nuevo mundo, un imperio universal de amplios horizontes, y otra, más rigurosa y escéptica, que destaca los terribles costes humanos de la conquista del imperio y la ambición tiránica y el talante a la postre despótico del monarca macedonio. En esa línea, estudiosos más críticos (Badian, Bosworth, A. R. Burn, Peter Green, Roger Caratini, etcétera) reconocen el genio militar de Alejandro, pero discuten su magnánimo carácter y su perspectiva política. (Y no falta algún extremista que lo trata de alcohólico belicoso o paranoico con fortuna). La biografía de Lane Fox, en cambio, se sitúa claramente en la de los admiradores sin reserva del gran conquistador como héroe romántico, impulsado por su pothos, su anhelo infinito, línea que viene del prusiano Johann G. Droysen (1833), y que se continúa con libros espléndidos como los de William Woodthorpe Tarn (1979) y Nicholas G. Hammond (1989).

El texto de Lane Fox (1973) presenta a Alejandro como el último héroe clásico, joven y homérico, émulo de Aquiles y de Heracles, un combatiente de increíble audacia siempre en primera línea y a la par un estratego genial, y un explorador ansioso por alcanzar los confines del mundo. Con vibrante estilo, la narración sigue su itinerario y describe sus gestas, comentando los textos con agudeza y describiendo con gran precisión tanto las grandes batallas como los paisajes del itinerario alejandrino. Como, por ejemplo, la marcha por el desierto libio hacia el oasis de Siwa o el paso del escarpado Hindu Kush. Tiene un cierto aire de Heródoto cuando nos habla de las nuevas plantas y los pueblos exóticos, o de los usos bélicos de los elefantes, la nueva arma de guerra en el camino a la India. Examina críticamente todos los testimonios históricos y evoca muy bien los datos geográficos, y recuerda a otros viajeros por tierras asiáticas. Por su vivaz narración y su riqueza de detalles esta biografía conserva aún, treinta años después, todo su juvenil encanto, y sugiere por qué Oliver Stone tuvo a Lane Fox como asesor en su filme de aire épico. Las precisas notas finales acreditan su sólida erudición.

Paul Cartledge se distancia del tono novelesco de Lane Fox e intenta lograr un equilibrio crítico entre las dos líneas mencionadas. Sin un perfil romántico y sin ningún gran ideal filantrópico, su Alejandro es un fogoso caudillo macedonio de desenfrenada ambición, atento a su gloria personal, amante del poder absoluto, desdeñoso de los griegos, arrogante y audaz con exceso, despiadado o generoso según sus conveniencias, y un genio indiscutible de la guerra (tanto en las grandes batallas como en los asedios más arduos), invicto por su buena fortuna. Con el pretexto de vengar a los griegos atacó a los persas, se libró pronto de quienes se oponían a sus planes y se convirtió en el heredero del trono persa con toda su pompa asiática, reclamando para sí honores divinos. Su muerte en Babilonia truncó su meteórica gloria. Luego lo envolvió la leyenda, que mitificaba su figura en un mundo que él conquistó para el helenismo a través de nuevas ciudades. Paul Cartledge, catedrático en Cambridge, ha escrito un texto perspicaz y ameno, y no sólo para lectores académicos, atento a los recientes datos arqueológicos y a los estudios últimos, con fina crítica y un estilo brillante. (Esos méritos tiene también su reciente Termópilas, Ariel, 2007).

Las crónicas cercanas y los relatos de quienes lo conocieron y siguieron se nos han perdido. Las más antiguas biografías de Alejandro llegan desde tres o cuatro siglos después de su muerte. Y ya entonces se mezclaba la historia y la leyenda. De modo que muchos autores actuales prefieren hablar también del mito de Alejandro cuando enfocan su biografía. Valgan como ejemplos el libro de Claude Mossé, Alejandro Magno. El destino de un mito (Espasa Calpe, 1994), o el de Antonio Guzmán Guerra y Francisco Javier Gómez Espelosín, Alejandro Magno, de la historia al mito (Alianza, 1997). No sorprende que una figura tan extraordinaria, un héroe que a los veinte años era rey de Macedonia y a los treinta llegó invencible hasta el Indo tras conquistar un inmenso imperio, y apenas tres años después murió de pronto en Babilonia, y tuvo tumba y templo como un dios en Alejandría, diera lugar no sólo a diversos relatos históricos, sino a un montón de fantásticas leyendas. A su ansia de gloria le faltó un Homero, pero chispas de su esplendor prendieron en el mito popular. De todo ese largo conjunto de relatos en torno a Alejandro y su saga legendaria se ocupa el reciente libro de Gómez Espelosín, que analiza la imagen y las gestas del gran macedonio desde los textos antiguos a los ecos modernos en las novelas y en el cine. Lo hace con su habitual rigor crítico y amena prosa, en diez sugerentes capítulos, seguidos de notas de bibliografía claras y actualizadas. Los libros sobre Alejandro suelen concluir con un capítulo sobre sus leyendas y su legado. Éste es, en mi opinión, el más completo en su panorámica y el que mejor recoge los últimos estudios.

El libro de Nicholas J. Saunders se titula en inglés Alexander's tomb y trata sólo de ese tema: la tumba de Alejandro. Pero lo hace con una magnífica y completa perspectiva, desde su comienzo, que evoca la muerte del gran monarca en Babilonia, las disputas por su féretro y el traslado de su cadáver a Menfis y luego a Alejandría por un audaz golpe de mano de Tolomeo, y la erección allí de su fastuosa tumba hasta la misteriosa desaparición de cuerpo y tumba seis siglos después. Nada queda del fastuoso mausoleo (Sema) que albergaba su cuerpo momificado, envuelto en purpúreo manto y ataúd de oro, que fue meta de peregrinación para sus admiradores durante siglos -allí lo visitaron César, Augusto, Adriano y Caracalla-. Muchos lo han buscado en el subsuelo y las ruinas de la ciudad en vano. Ninguno de los que lo visitaron lo describe, pero acaso dejó sus reflejos en los redondos mausoleos romanos de Augusto y de Adriano. Fue emblema de Alejandría y su más oscuro misterio. Desapareció por los mismos años en que, a sugerencias de Constantino, los cristianos encontraban el sepulcro de Cristo en Jerusalén. Extraña coincidencia. "Decidme, ¿dónde está la tumba de Alejandro?", clamaba, con júbilo, el pío Juan Crisóstomo a fines del siglo IV. ¿Quién se llevó su momia? ¿La albergó algún tiempo el sepulcro de Nectanebo II? La historia que cuenta Saunders, y cuenta muy bien, es interesantísima, y se deja leer como un estupendo texto novelesco. Relata con detalle periodístico los más recientes intentos arqueológicos de hallar el famoso sepulcro -en el oasis de Siwa o en Macedonia-, todos ellos fracasados. Un afán quimérico sigue flotando en esa búsqueda peregrina. Aún persiste el empeño, tal vez porque, escribe Saunders, "tanto muerto como vivo, Alejandro representa la inquietud del espíritu humano". En su aspecto más heroico, como lo supo el mito.

Abundan las ficciones novelescas modernas sobre Alejandro. (Las más notables pueden verse bien comentadas por Gómez Espelosín). Novelas como las de Klaus Mann, Mary Renault, Valerio Manfredi, Gisbert Haefs han recreado con sus luces y sombras, y con notable éxito, su fascinante y heroica figura. Ahora vuelve a novelarla con ágil prosa José Ángel Mañas en El secreto del oráculo (Destino, 2007).

En fin, las novelas históricas prolongan una tradición de muchos siglos. Recontar las hazañas y el destino trágico del héroe que quiso ser un último dios es una tentación de lejanos precursores. Recordemos no sólo al pintoresco Pseudo Calístenes, que cinco siglos después de su muerte escribió la primera Novela de Alejandro, de inigualable éxito, sino, como más próximo, al estupendo poeta castellano de nuestro Libro de Alexandre, redactado a comienzos del siglo XIII, por las mismas fechas en que en Persia el gran poeta Nizami componía el más extenso libro de igual título: el Iskandarname. El rastro histórico y mítico de Alejandro, probado está, aún nos fascina.

Alejandro Magno. Conquistador del mundo. Robin Lane Fox. Traducción de Maite Solana. Acantilado. Barcelona, 2007. 956 páginas. 29 euros.

Alejandro Magno. Traducción de David León Gómez

La leyenda de Alejandro. Mito, historiografía y propaganda.

Alejandro Magno. El destino final de un héroe. Traducción de Emma Fontdevila. Barcelona

Borja Antela Bernárdez. Santiago de Compostela.

Claude Mossé. Traducción de Margarita Sáenz: la búsqueda de un pasado desconocido. Paul Cartledge. Ariel. Barcelona, 2008. 397 páginas. 23,90 euros.

Francisco Javier Gómez Espelosín. Universidad de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 2007. 424 páginas. 25 euros.

Nicholas J. Saunders. Zenith/Planeta. 2007. 357 páginas. 19 euros.

Alexandre Magno e Atenas. Universidad de Santiago. 2005. 349 páginas. 20 euros.

Alejandro Magno. El destino de un mito. Espasa Calpe. Madrid, 2004. 284 páginas. 26,25 euros.

El secreto del oráculo. José Ángel Mañas. Destino. Barcelona, 2007. 619 páginas. 22 euros.

Fuente: Carlos García Gual / El País.com, 16 de febrero de 2008

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Christiane Desroches Noblecourt. Egiptóloga

Christiane Desroches Noblecourt.  Egiptóloga

Christiane Desroches Noblecourt.

Conservadora general honoraria de los Museos de Francia y del departamento egipcio del Louvre, ha sido profesora de la Escuela del Louvre, y posteriormente inspectora general de los museos nacionales.

Condecorada con el título de Gran Oficial de la Legión de Honor, fue la primera que recibió la medalla de oro del CNRS y la gran medalla de la UNESCO. Es autora de grandes éxitos como Las ruinas de Nubia o Tutankhamen: vida y muerte de un faraón.

Entrevista a Christiane Desroches Noblecourt

La egiptóloga Christiane Desroches Noblecourt combatió en la Resistencia francesa contra los nazis, fue decisiva en la salvación de los templos amenazados por la presa de Asuán y ha consagrado su existencia a divulgar las vidas de los faraones Ramses y Tutankamon y la reina Hatshepsut.

Esta entrevista empieza y acaba con un obelisco. En el inicio de la larga y fecunda carrera de la egiptologa francesa Christiane Desroches Noblecourt (Paris, 1913), la gran dama de la disciplina, su faraona, la corajuda mujer que militó en la Resistencia contra los nazis, fue decisiva en el salvamento de los templos de Nubia -entre ellos el de Abu Simbel- que iban a ser anegados por la gran presa de Asuan, se ganó el respeto del general De Gaulle y ha sido capaz de escudriñar en los secretos más íntimos de la reina Hatshepsut (a la que ha dedicado un libro sensacional recién publicado en España por Edhasa), hay un obelisco. Uno de los mas bellos e impresionantes. El que se alza desde 1833 en la plaza de la Concorde parisiense. Consagrado a Ramsés II y arrebatado de su emplazamiento original en el templo de Luxor por una expedicion francesa, el milenario monolito despertó la pasión por Egipto de una niña a la que nada le parecía más maravilloso que ir con su abuelo a admirar los jeroglificos grabados profundamente en la petrea carne de granito rosa. "Eran para mi momentos excepcionales", rememora la nonagenaria pero enérgica egiptologa, a la que una foto de 1921, de su clase del liceo Molière, muestra como una pequeña escolar de aspecto deliciosamente travieso. "Egipto estaba verdaderamente presente en mi desde entonces y me ha dado mucho durante toda mi vida. El antiguo Egipto nos ofrece un mensaje de sabiduria y belleza".

Hoy, en esta hermosa tarde de primavera que engalana Paris la víspera de la entrevista con madame Desroches Noblecourt, el obelisco se yergue como si quisiera horadar el cielo y su dorado piramidión estalla bajo el sol en una orgía de esplendor ramésida. Tal parece que la deportada aguja de piedra se soñara, con este tiempo radiante, de nuevo en su antigua Tebas, atalayando las procesiones sagradas de Amón y abanicada por las banderas divinas, flameantes en los largos mástiles del templo. Cruzar hacia el alto betilo sorteando los automóviles que circulan por la plaza resulta harto arriesgado, pero una visita al monumento reportará un buen puñado de puntos mañana ante Desroches Noblecourt, mujer de carácter donde las haya y presta a arrebatos de genio que han devenido legendarios (es célebre su rifirrafe con Jacqueline y Aristoteles Onassis en el Valle de las Reinas en1974, en el curso de una agitada excursión por las tumbas).

Al pie de la gran estaca de piedra, dos voluptuosas turistas alemanas atacan con ávidos lengüetazos sendos helados, componiendo una imagen perturbadora (TELA con el autor, para decir: dos gordas alemanas devorando sus helados). Quizá no es el mejor momento para recordar que en 1993 se le colocó un inmenso preservativo al obelisco en el marco de una campaña antisida. En fin, el monolito puede verse como el epicentro de la egiptologia francesa, un dedo de piedra de 220 toneladas que lleva desde Champollion (incitador de su traslado) hasta Desro­ches Noblecourt, y que ha visto pasar (vease el estupendo "Le grand voyage de l'obelisque" de Robert Solé. Seuil, 2004) las cenizas de Napoleón, los revolucionarios de la Comuna, los tanques de Leclerc y hasta al mismísimo Ramsés II, a cuya momia, de visita en Paris para ser sometida a tratamiento antihongos en 1976, se llevó a dar una vuelta a la Con­corde por instigación de la propia Des­roches Noblecourt, que en el curso de ese viaje también hizo volar al faraón -soberano prodigio- sobre las piramides de Guiza.

"Dios perfecto, señor de las Dos-Tierras, User-maat-Ra, hijo de Ra, senor de apariciones, Ramsés-meriamón, dador de vida como Ra". El entrevistador se repite esta inscription del obelisco como una letanía mientras, algo acongojado, asciende en el ascensor al piso de la egiptologa en el cuco distrito 16, un reducto tradicional de la burguesia republicana parisiense. Abre la asistenta y hace pasar a un elegante saloncito donde espera de pie, con aire decidido, la famosa egiptóloga. Su apariencia de entrañable abuelita apenas disimula una personalidad tan arrolladora que parece absorber todo el espacio a su alrededor, hasta el punto de que resulta dificil percibir los detalles de la habita­ción. Sólo más tarde se disciernen un biombo; un jardin en la terraza, con la figurita de un ibis; los retratos de su marido, André Noblecourt, y de un vicealmirante -su hermano-, y una mesa de trabajo sembrada de libros, memorias de excavaciones, fotografías (anotar que una es de la gruta sagrada del Valle de las Reinas, que ella misma descubrió e investigó, granjea una mirada aprobadora de madame Desroches Noblecourt) y algunos objetos. La estudiosa se apoya en un bastón. "Me he hecho operar la rodilla. La artrosis, no la vejez". No obstante, durante la conversation se levantara a buscar un libro y, llevada de su energía, atravesará la sala sin apoyo alguno. Sentada ante su interlocutor en una butaca tapizada de color lapislázuli, el color de los faraones, la egiptóloga adornará su inteligencia con una inesperada coquetería y cerrará un botón más de la blusa sobre el pecho.

**¿Le ha mordido alguna vez una cobra?

No, nunca me ha picado ninguna serpiente. He tenido suerte. La verdad es que, pese a que la cobra Meretseger fuera la patrona de la santa cima tebana, no puedo ni verlas. Edfu, cuando excavábamos antes de la última guerra, estaba lleno de cobras. En 1940 tuvimos que limpiar de serpientes nuestro campamento en Karnak porque estaba infestado. Me convertí en una experta en suero antiofídico. A algún colega sí le picaron. Una vez me trajeron a un hombre al que le había mordido una, enorme, y al no dar resultado las curas tradicionales le sané dándole a beber whisky y haciéndole correr, algo que recordaba que mi tatarabuelo había he­cho con un enfermo de escorbuto en el sitio de Sebastopol. Pasó 48 horas espantosas, pero luego me dijo: "Que Alá me perdone, pero para volver a beber eso me haría picar otra vez".

**¿Sigue yendo por Egipto?

Ahora no, por la rodilla, pero antes..., ¡oh, la, la! Cuantas veces... Por todos mis trabajos, mis excavaciones [el descubrimiento de la tumba, ¡intacta!, de Sech-Sechet, la mujer del visir de Pepi I, Isi, en Edfu; el redescubrimiento de la tumba de la reina Tuyi, la madre de Ramsés II, en el Valle de las Reinas], y en los años sesenta, durante el salvamento de los monumentos de Nubia, no sólo Abu Simbel, sino 24 templos y capillas. Habrá leído usted mi libro sobre ese asunto, claro [Las ruinas de Nubia. Destine, 1997]. Ah, ¡como salvamos la Nubia, a pesar de todo el mundo! Los norteamericanos fueron los peores. Fue terrible. Durante años prediqué en el desierto, incluso los colegas me decían: "Pierdes el tiempo. No son monumen­tos franceses". ¡Dios mío! Oí ese argumento tantas veces. ¡Qué estupidez pensar que uno no se puede ocupar de los monumentos egipcios porque no es egipcia! Luché por algo que me pertenecía, y por el honor de la humanidad.

**¿Se acuerda de su primera visita al pais del Nilo?

Una siempre se acuerda de su primera vez. Había acabado mi tesis; estaba en el Louvre, donde luego pasé 48 años y fui conservadora jefa del departamento egipcio, y en 1937 recibí una beca para ir tres meses de misión a Egipto. En esa época, la gente no viajaba mucho. Mis padres estaban enloquecidos. ¡Ir allí sola! ¡Una chica de mi edad! Hube de prometer a mi madre que llevaría siempre un casco colonial. Fui en un vapor, el Champollion, en el que coincidí con el aga Jan y el Negus, exiliado después de la conquista de Etiopía por la Italia fascista y que viajaba hacia Jerusalén. La mujer del director del Instituto Fran­cés de El Cairo, donde me alojé a mi llegada, me dijo: "Ma petit, nunca subas a otro vagón de tren que el marcado 'Ha­rem'", que era sólo para mujeres. Ser mujer, la primera, me reportó muchos problemas en una disciplina que era bastante misogina.

**¿Cual es su lugar favorito de Egipto?

Abu Simbel, con los templos de Ram­ses II y su esposa Nefertari tallados en la roca, porque salvarlos significó una batalla sin esperanza durante tres o cuatro años.

**Tutankamon, al que dedicó un libro inolvidable, traducido a 22 idiomas ['Tutankamon, vida y muerte de un faraon'. Noguer, 1967], ha sido siempre alguien muy importante para usted. Con el tiem­po, ¿ha cambiado de opinión acerca de su muerte?

¡Ah, el pequeño Tutankamon! Mire, no tengo ni idea de que le pasó. Hay muchas teorías, como sabe. Algunos investigadores, sobre todo ingleses, han vuelto a estudiar su momia, que había quedado muy deteriorada, quemada a causa de los ungüentos utilizados con profusion en la momificación. Han declarado que la muerte no fue natural, sino consecuencia de un accidente, por­que han visto una pequeña cicatriz. Considero una locura asegurarlo con tan poca evidencia. Se ha dicho además que el accidente pudo ser provocado. Eso no tiene sentido en el contexto histórico. Las suposiciones hechas hasta ahora no estan fundadas sobre pruebas y, por tanto, yo me abstengo de opinar. Es la position cientifica.

**Tutankamon, Ramses II ['Ramses II: la verdadera historia'. Destino, 1998] y aho­ra 'Hatshepsut, la reina misteriosa' [a la que ya le dedicó un capítulo en el tan interesante 'La mujer en tiempos de los faraones'. Editorial Complutense, 1999]. ¿Qué le ha atraido de ella?

Reconstruir la vida de una soberana egipcia muerta hace 3.500 años y cuya memoria fue perseguida (no por su sobrino, corregente y sucesor Tutmosis III, como se creía, sino por los sacerdotes de Osiris, disgustados por las reformas religiosas de la reina), era un reto muy atractivo. He descubierto a un ser excepcional. Baste con decir que, en el curso de un programa arquitéctonico inteligente y refinado, hizo construir ese Versalles funerario que es el templo de Deir el Bahari; envió una aventurera y exitosa expedicion al pais de Punt (en el delta del Gash cerca de Eritrea), la primera gran operación comercial, científica y pacífica de que tengamos noticia; inició la tradición de entierros reales en el Valle de los Reyes, al que los egipcios antiguos no denominaban así, sino la Gran Pradera, y en su reinado se acuñó la palabra faraón. Fue el personaje mas conmovedor y notable de la realeza faraónica. Su padre, el gran guerrero Tutmosis I, la pre­paró desde niña para el poder, para reinar -"la pondré en mi lugar", declaró en una , inscripción-, y seguramente por eso, para legitimarla de cara al trono, la caso con su medio hermano Tutmosis II, un débil mental degenerado, como prueba su rostro, un tarado que murió pronto.

**Tuvo un consejero muy intimo, Senenmut, el gran intendente, que parece que era nubio.

Sí, estaba muy cerca de ella. Los títulos, las recompensas que obtuvo son formidables, insólitos. ¡Una lista de 66 cargos! Un verdadero egiptólogo no puede afirmar ja­más algo de lo que no está absolutamente seguro, pero se pueden formular hipótesis basándose en los documentos. Senenmut parece haber sido soldado con Tutmosis I, y su inteligencia le impulsó hasta las más altas esferas. No hay ninguna prueba de que Hatshepsut le haya dado una preferencia íntima. Pero existe una elocuente caricatura, una inscripción erótica, que muestra a Senenmut con la reina, coronada con el jeperesh real, en una actitud que no se presta a confusión [de hecho, ejem, penetrándola por detrás]. Si me pide mi opinión, le diré que estoy seguro de que vivieron juntos, de que esa mujer formidable tuvo una aventura sentimental con su consejero. ¡Y yo la comprendo!

**Usted sugiere que hubo un hijo de esa unión.

Hay un niño, Maiherpa, en el entorno real, un paje favorito de la reina que ostenta tiítulos que correspondían a los hijos reales. Murió joven y se le enterró en el Valle de los Reyes, un honor inexplicable. Uno de los tejidos que envolvían la momia era un lino de gran calidad con el sello de Hat­shepsut. La reconstrucción mediante técnicas de los forenses policiales de la cara del muerto ha revelado rasgos nubios. Propongo la hipótesis de que ese joven era hijo de la reina y Senenmut.

**Parece que, además de por Senenmut, la rei­na sentía gran atracción por los guepardos.

¡Yo adoro los guepardos! Desde siempre. Los he estudiado en el Jardín des Plantes, y me parece increible que algunos egiptólogos no los identifiquen y los confundan con otros felinos, con esas largas lágrimas negras y orejas redondeadas. En las maravillosas escenas de la llegada de la expedición de Punt grabadas en el templo de Hatshepsut, en Deir el Bahari, aparecen dos guepardos, y una inscripción dice que esos animales no dejaban jamás a la reina. En mi libro, cuando reconstruyó la extraordinaria escena de la aparición de ella ante una muchedumbre en el santuario de Pajet, el Speos Artemidos de los griegos, la retrato llegando en su carro a ese verdadero mitin con sus dos guepardos corriendo al lado.

**Déjeme que le diga que usted tiene una capacidad milagrosa de materializar escenas de la antigüedad, de infundir vida a los fri­os relieves e inscripciones. La ceremonia funeraria de Tutankamon, la entrada en combate de Ramsés II en Kadesh o el éxtasis de Hatshepsut ante la riqueza y belleza de los productos que desembarca la expedición de Punt. ¡Casi parece uno ver a la reina a embriagándose con los perfumes y resinas odoríferas!

¿Verdad? Mi hijo me dijo lo mismo. Es cierto -los textos lo señalan asombrados-que se zambulló en los ungüentos como presa de un frenesí. Eso impactó tanto a los contemporaneos que el escriba lo recogió: "Su majestad en persona, con sus propias manos, extiende el aceite por todos sus miembros. Su piel se ha transformado en electro, brilla como las estrellas".

**Debía de ser bella, la reina.

Un ser de rara naturaleza, de acción excepcional, de inteligencia única y voluntad indomable. ¿Bella? Seguramente.

**Del cuerpo no queda mucho. Apenas el hígado seco.

O quizá sea el bazo. Apareció en un cofre de madera de sicómoro incrustado de marfil con su sello. La tumba fue saqueada. Pero hemos encontrado algunos objetos que acompañaron a Hatshepsut al otro mundo. Cuando estaba a punto de escribir el final de mi libro fui a una inauguración en el Museo Arqueológico de Basilea, y de repente me fijé en un objeto de piedra roja en una vitrina y era ¡una cabeza de guepardo! Le pregunté al conservador de dónde provenía la pieza y resultó ser un peón del juego de senet, una especie de ajedrez, ¡con el nombre de Hatshepsut! Ah, el azar...

**Parece que la reina le persiguiera.

He pasado muchos años recogiendo mate­rial sobre ella, pero nunca pensé que fuera posible escribir su historia, dada la dificultad de reunir los documentos. Fue después de escribir el libro sobre Ramsés II que mi editor me lanzó a ello sin dejarme un minuto. He intentado mantenerme ceñida a los datos, a las inscripciones, las estelas, palabra a palabra, sin dejar volar nunca la imaginación. Porque verá, no soy una escritora ni una novelista, soy egiptóloga. Explico al gran público interesado cosas que debería saber.

**Volviendo al salvamento de los monumentos de Nubia, tan central en su biografía, esa empresa del traslado de los templos fue tan colosal como su propia construcción.

Mucha gente que hoy se vanagloria de haber participado en la tarea era partidaria entonces de dejar que fueran destruidos. Como los norteamericanos: hicieron todo lo posible por detenerme; me tacharon de loca y de liante, de arrastrar irresponsablemente a la Unesco. Foster Dulles, que espero que esté muerto, y el embajador de EE UU, el señor Reinhardt, dijeron que yo tenía una imaginación pervertida. Y esos días, la CIA hacía desaparecer gente, así que eran tiempos peligrosos para quien les llevaba la contraria. No sabe cómo trataron a los egipcios esos cowboys: amenazaron al presidente Nasser, que se negó a venderse a los americanos, con que no tendría dinero de la banca internacional para la presa si no aplicaba la política que le dictaban. La política que han intentado aplicar en Irak. ¿Ha visto el resultado? ¿Cómo ha podido España ir allá?

**Bueno, nos hemos marchado.

Ah, ¿por qué fueron?

**El Gobierno...

Sí, ese señor al que se le llama fascista. No imagino a los españoles haciendo eso; ustedes, los más próximos a los árabes. Cuando vi que... ¿cómo se llama esa espe­cie de...?

**¿Aznar?

Aznar. Cuando vi que forzaba a España a adherirse me dije: no es posible, no es po­sible. España es un país de señores. Uste­des tienen un sentido del honor, incluso alguna vez exagerado. Me dije: no, no, ha sido Aznar. Los polacos, sí, ellos sí son capaces. Es más su estilo.

**La verdad es que han hecho una restauración muy discutible del templo de la reina Hatshepsut en Deir el Bahari.

¡Completamente! ¿La ha visto? ¡Han hecho un plató de cine! No han entendido nada del lugar ni del monumento.

**Seth era el dios egipcio del caos, la violencia, la furia y la venganza, y se le tuvo por personification del mal. ¿No cree que hubo cierto espiritu 'sethiano' en el 11-S, dirigido precisamente por un egipcio, Mohamed Atta?

En todas partes hay demonios, gente nociva. Es un asunto mucho mas complicado.

**Ahora está de moda considerar a Akena­ton, el faraon hereje, un malvado dictador a la altura de Hitler o Stalin.

Los egiptólogos han fabricado en buena medida a Amenofis IV Akenaton, pero no lo han comprendido. Hablan de herejía o cisma, pero no es eso. Lo que trató fue de hacer evolucionar la religion egipcia, simplificándola. En lugar de hablar de dioses en plural, Akenaton comprende que todos esos seres maravillosos con cabeza de ani­mal son manifestaciones de un único dios. No vale la pena decir que existen Horus, Ptah, Sejmet..., todos son proyecciones del mismo creador; están en el sol, la fuerza vital, atómica si quiere. No fue una revo­lución, fue una evolución. Akenaton se encerró en su reducto de Tell Amarna con la gente que creía que entendería su mensaje, sus discípulos. Es un primer ensayo de un pequeño Jesús. Fue ciertamente un iluminado y actuó muy deprisa. Creo que al final se trastornó. La experiencia acabó mal. Ese no es motivo para decir que no estuviera en lo correcto. No hay 36 dioses, y si Dios existe no es nuestro amigo al que le damos la mano cada dia: ese es el mensaje de Akenaton. Y tiene razon.

**¿Y Ramsés? ¿Como se le ocurrió llevarlo a volar sobre las pirámides?

Ramsés II fue el hombre de los milagros, hizo cosas asombrosas. Así que cuando el 26 de septiembre de 1976 su momia dejó el Museo de El Cairo para viajar a Paris, donde se la sanaría de sus problemas de hon­gos, me pareció oportuno pedirle al piloto que dieramos una pasada sobre las pirámi­des de Guiza: 3.190 años tras su muerte, el gran faraon sobrevoló esos grandes monumentos. Me pareció un hermoso símbolo.

**¿Quedan muchas cosas extraordinarias por descubrir en Egipto?

Oh, sí. Aunque no podemos esperar des­cubrir tumbas reales todos los dias. No olvide que Carter es el único que encontró una tumba de faraon intacta, y fue por azar. Hay grandes egiptólogos que se han pasado la vida buscando y no han encontrado nada. Los verdaderos descubrimientos están en la investigación científica. Hay que conocer el terreno; hacer excavaciones metódicas, profesionales. Yo he encontrado objetos de la vida cotidiana de los campesinos faraónicos en las reservas de los museos que ofrecían información inestimable, pero ¿que se expone?: desgraciadamente, sólo las grandes obras.

**¿Qué se siente al penetrar en una tumba intacta, como la de Sech-Sechet?

Una emoción que no se olvida nunca. Puedes ver la huella de la última persona que pisó el lugar, en ese caso hacía más de 4.000 años.

**Hábleme de De Gaulle.

El ministro de Cultura egipcio, Saroite Okacha, un amigo muy querido y un hom­bre remarcable, me dijo que tenía que ir a ver al general para lograr el compromiso de Francia para el salvamento de los templos. Cuando acudí a él para recabar dinero a fin de rescatar el templo de Amada, el general me riñó de entrada por haber actuado en el asunto de manera tan independiente. Pero le contesté que no había hecho más que inspirarme en su ejemplo, y mi audacia le hizo sonreir. "Tranquilícese, la suma necesaria ya esta dispuesta", me dijo.

**Cuando en 1967 se inauguró la exposición con los tesoros de Tutankamon en Paris -la primera vez que salían de Egipto-, usted, que fue la artifice, le hizo de cicerone a De Gaulle. Toda una experiencia.

Ah, estaba muy interesado en la religión egipcia; en todo lo concerniente a la civili­zation faraonica, pero sobre todo en ese aspecto. Tres meses después de la visita aun hacía comentarios a su gabinete sobre el tema. Cuando vio la estatua negra de tamaño natural de Tutankamon, el general dijo: "Es el hombre invisible". Siempre tenía una reflexión pertinente. Con la máscara de oro sostuvo un verdadero diálogo real. Le impresionó la copa translucida de alabastro en forma de caliz de loto. Le dije que representaba el renacimiento del sol. "Vaya más lejos, cuénteme", solicitó. Le expliqué el culto del fondo del templo, el más secreto. Los egipcios utilizaban imágenes materiales para explicar cosas que no lo son. Explicaban lo espiritual por lo material, empleaban lo concreto para ha­cer una demostración abstracta. No eran materialistas. El suyo es un simbolismo que no es estrafalario. El cristianismo debe mucho a los antiguos egipcios, más que a la tradición hebrea. En aquella visi­ta le señalé al general la dimensión solar de la eucaristía. "Es cierto, tiene usted ra­zón", aceptó. El general... un hombre no­table, aunque no con los imbéciles, a los que no podía soportar. Nunca le llamo presidente, porque él, ¿sabe?, me condecoró en la Liberación. Es mi general, y yo, al cabo, fui su soldado, sin uniforme, y eso me hubiera costado la vida, el fusilamiento. Pero claro, uno no podía llevar uniforme en los años cuarenta en el Paris ocupado.

**Corrió peligros entonces. Formó parte de una célula de la Resistencia. Es sabido que en una cripta del Louvre escondieron ustedes a un paracaidista inglés. Quizá así empezá la leyenda del fantasma Belfegor.

Me detuvieron a punta de pistola dos agentes de la Gestapo. Me interrogaron y me encarcelaron. Fue muy duro. Me dejaron libre unos días después por falta de pruebas. Tuve mucha suerte.

**¿Conoció a Jean Moulin?

Le vi alguna vez, pero no puedo decir que le conociera.

**En cambio, llego a conocer bien a Malraux.

Yo le inicié en el secreto de los templos egipcios. Era un apasionado de la filosofía religiosa egipcia y de los símbolos. Era un simbolista de corazón.

**Aquella visita al Museo de El Cairo...

Sí, fue muy divertido. Lo perdimos. Imagínese, el ministro mas importante de De Gaulle. Los egipcios le habían invitado tras aquella fulgurante llamada internacional que pronunció para el salvamento de los templos de Nubia. Todo el museo es­taba a su disposición y el no aparecía. Le buscamos y le hallamos por fin sentado en una pequeña sala frente a una pintura, un retrato de El Fayum. Nos dijo que siempre recordaba la mirada de la mujer retratada, que le obsesionaba, y eso fue todo lo que vio. Así era Malraux. Cuando estuvimos en el Valle de las Reinas, él sólo estaba in­teresado en ciertas cosas. Le propuse recorrer el camino de la montaña hacia el Valle de los Reyes, que esta sembrado de extraordinarios grafitos de los primeros anacoretas cristianos. Y él se entusiasmo con la idea. Su jefe de gabinete, también viejo miembro del maquis, me pidió que le disuadiera. "El ministro tiene una pierna que no le funciona. Sera un desastre". Es verdad que aquellos lugares son peligrosos. Le comenté entonces a Malraux que estaba fatigada, pero él me contesto: "¡Usted sube!". Iba tan rápido que no podía seguirle, pero al llegar a la cima ya no podía caminar. Una herida de guerra, me dijo, "de cuando, tras el desembarco, trataba de reunirme con el ejército de Patton". Le cogieron entre dos policías egipcios enormes y le bajaron, mientras los ministros egip­cios me abroncaban por haberle puesto en ridículo. Pero él me dijo: "Gracias, madame, por un viaje que no olvidaré jamás".

**Aquello en la estantería, ¿no es una réplica de la cúspide del obelisco de la Concorde?

Sí, el piramidión, cójalo, cójalo. Lograr que se lo pusieran fue toda una batalla. Le escribí a Chirac. El mismo Champollion quería ya en su tiempo que le colocaran una copia del que debió tener originalmente. Lo conseguimos en 1998. Esta mucho mejor ahora.

**¿Qué le ha dado Egipto?

Ah, mucho. Egipto nos ha dejado en herencia la sabiduría antigua; ellos, los egipcios, dieron la sabiduria al mundo. La Biblia lo reconoce. Su mensaje es de sabiduría y tolerancia; no olvide el gran papel, insólito en la antigüedad, de la mujer en el mundo egipcio. La naturaleza hablaba a los egipcios; todo era una cosa de Dios, una flor que brotaba, una montaña. No era superstición, era algo físico. Eso te enseña a abrir los ojos ante ciertas cosas que an­tes veía sin mirarlas, sin entenderlas. Encuentro el antiguo Egipto también en el nuevo. No en el fundamentalista, sino en los viejos campesinos, que no han cambiado en miles de años. Ellos ofrecen una lección de humanidad, de serenidad y paciencia, algo muy útil para mí, que soy muy temperamental, como sabe. También he encontrado en el Egipto islámico grandes inteligencias, he tenido conversaciones muy interesantes que me han abierto el espíritu a ciertas cosas; no para adherirme, pero...

**¿Volverá a Egipto?

Sí, sí, en cuanto pueda. Tengo allí muchas excavaciones, equipos, muchas co­sas que atender.

Madame Desroches Noblecourt, que ya se ha impacientado con el fotografo -"¡deje de retratar a la vieja dama!"-, se incorpora como debía hacerlo Hatshepsut al dar por terminada una audiencia. Cabe imaginar el efecto que produciría la estudiosa de disponer además de dos guepardos a los que les hubieran retrasado -como a ella- la hora del almuerzo. Preguntarle si tiene alguna an­tigüedad notable para fotografiarla en sus manos ha sido un 'faux pas'. A la mujer que abroncó en una ocasion al famoso Ludwig Borchardt, echándole en cara haberse llevado a Berlin el busto de Nefertiti, no podía sentarle muy bien la cuestion: "¡No, no, no! Nunca he cogido un objeto de categoria, durante toda mi carrera. ¡Yo soy una arqueóloga, señor!". Restablecida la paz, y no sin antes echar pestes contra Christian Jacq -su bestia negra, al que considera un saqueador de ideas ajenas y un afi­cionado sin talento-, acompaña a los visitantes hasta la puerta y los despide con cordialidad tras dar recuerdos para el "tímido y gentil" egiptólogo catalán Josep Padró, que fue su alumno, y preguntar por "la futura reina" doña Leticia -"¡está contenta la reina Sofía?"-. La memoria retiene una última imagen de la egiptóloga antes de que se cierre la puerta, erguida, muy recta, como si con esa actitud conjurase el peso de su edad y la nostalgia que el recuerdo del país del Nilo ha dejado a su alrededor como el limo de una inundación. Y uno, embargado de una súbita emoción, no puede dejar de pensar al verla en el no­ble y firme obelisco de la Concorde y en los versos que le hizo declamar Theophile Gautier a ese altivo y majestuoso gigante de piedra exiliado: " Je te pleure, ô ma vieille Egypt, / avec des larmes de granit" ("Yo te lloro, oh mi viejo Egipto, / con lagrimas de granito").


Jacinto Antón para El País, 11 de julio de 2004


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Libros disponibles en Terrae Antiqvae-Casa del Libro:


(1) SÍMBOLOS DE EGIPTO

Los símbolos egipcios —la estrella Sotis y la omnipresencia del río, las pirámides y el dios Sol, las momias y Amón el oculto, etc.— pueblan todavía nuestro imaginario con una curiosa mezcla de mitos y figuras divinas. Si continúan ejerciendo tal fascinación en el mundo racional de Occidente es porque están directamente relacionados con los misterios de la vida y la muerte, lo real y el más allá.

Christiane Desroches Noblecourt es una apasionada de Egipto desde hace más de setenta años. Ha dirigido el departamento egipcio del museo del Louvre y numerosas excavaciones, de modo que conoce mejor que nadie el universo simbólico de aquella civilización. En este descenso por el Nilo invita a descubrir, etapa por etapa, un mundo donde el desierto y el río, los pueblos del sur y los del norte, la piedra y el sol imprimen una coloración especial a los símbolos de esta civilización. Es un viaje apasionante que nos reserva más de un descubrimiento.

SÍMBOLOS DE EGIPTO
de NOBLECOURT, CHRISTIANE DESROCHES y ELOUARD, DANIEL

EDICIONES PAIDOS IBERICA, S.A.
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Rustica
ISBN: 8449318319
160 pgs. (16.0x22.0 cm.)

(2) HATSHEPSUT: LA REINA MISTERIOSA

La vida de Hatshepsut es uno de los misterios que más se han resistido a las investigaciones de los especialistas, en buena medida porque a su muerte es evidente que se intentó obrrar todo rastro de su existencia, y sin embargo es también uno de los personajes más fascinantes, pues se trata de la primera mujer que ostentó el cargo de faraón de Egipto, recurriendo para ello a reivindicar su condición de hija de los dioses. En una obra planteada como una investigación detectivesca, y sirviéndose con mucho tino de las ilustraciones como elemento narrativo, la gran especialista en el Antiguo Egipto Christiane Desroches Noblecourt va reconstruyendo minuciosamente su vida desde sus antecedentes hasta las acciones a hacer desaparecer cualquier testimonio de su existencia. Además de una obra de gran valor histórico, escrita por una de las especialistas más insignes en la materia, el valor y el éxito de este impresionante libro es su accesibilidad. Tanto para el lector interesado en la historia de Egipto como para el lector curioso, el talento narrativo de la autora resulta totalmente irresistible. Especial bibliográfico sobre el Antiguo Egipto.

(2) Hija de Tutmosis I y casada a los dieciocho años con su hermanastro Tutmosis II, a la muerte de éste Hatshepsut se convirtió en la primera reina de Egipto, en la primera faraona, y con ella se inició un período de calma y prosperidad, aun cuando su legitimidad no dejó de ponerse en entredicho y a su muerte su cuerpo desapareció y se intentó acabar con todo rastro de su existencia.

Reconstruir la biografía de una reina tan enigmática e injustamente denostada como fue Hatshepsut con el rigor histórico que la época y el personaje merecen es una ambiciosa empresa que sólo una egiptóloga audaz, escrupulosa y experta como Christiane Desroches Noblecourt podía llevar a buen puerto.

De su minuciosa y detallada investigación surge la extraordinaria imagen de una soberana que, gracias a una aguda inteligencia, una indiscutible astucia y un coraje sorprendente, logró convertirse en la primera reina de Egipto y supo mantenerse en el trono durante veinte años. Y, al mismo tiempo, la autora nos ofrece una colorista recreación de su corte y su tiempo, logrando transportarnos al escenario de los hechos de un modo que sólo algunos muy buenos novelistas consiguen.

Una obra maestra de la investigación histórica.

(3) Desroches Noblecourt es la egiptóloga viva de más prestigio en todo el mundo. Fue conservadora del Louvre durante 50 años y fue la primera mujer que dirigió una excavación en Egipto, ya antes de la Segunda Guerra Mundial. Su nueva obra, Hatshepsut, es una rigurosa y a la vez divulgativa biografía de uno de los personajes más fascinantes de Egipto. Desroches Noblecourt desvela la misteriosa existencia de la primera mujer que ostentó el cargo de faraón y que se convirtió a su muerte en un personaje maldito, hasta el punto de que intentaron borrar su rastro destruyendo sus retratos a martillazos.


HATSHEPSUT: LA REINA MISTERIOSA
de NOBLECOURT, CHRISTIANE DESROCHES

EDHASA
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Cartone
ISBN: 8435026515
1010 pgs. (16.0x23.0 cm.)

(3) LA MUJER EN TIEMPOS DE LOS FARAONES

Ese Egipto que nos fascina con sus legendarios faraones, sus sarcófagos de oro y sus misteriosas pirámides, ¿se hizo con o sin las mujeres? Christiane Desroches Noblecourt nos muestra, tras un impresionante trabajo de investigación e interpretación, el importante papel que la mujer tuvo en Egipto. Plagado de anécdotas sorprendentes, relatos llenos de humor, intrigas y leyendas cósmicas, La mujer en tiempos de los faraones nos ofrece una visión nueva y más familiar de una época de la que hasta ahora sólo teníamos una imagen grandiosa e imperial.

¿Cuál fue el protagonismo de las mujeres en aquel Egipto que siempre ha fascinado con sus legendarios faraones, sus sarcófagos de oro y sus misteriosas pirámides? La prestigiosa egiptóloga Christiane Desroches Noblecourt aborda este interrogante, mostrándonos, tras un sólido trabajo de investigación e interpretación, el importante papel que la mujer tuvo en Egipto.

Abundante en anécdotas reveladoras, relatos llenos de humor, referencias sorprendentes, intrigas y leyendas cósmicas, este abigarrado y apasionante estudio nos ofrece una visión nueva y más familiar de una época de la que hasta ahora sólo teníamos una imagen grandiosa e imperial, además de predominantemente masculina.


LA MUJER EN TIEMPOS DE LOS FARAONES
de DESROCHES NOBLECOURT, CHRSTIANE

COMPLUTENSE
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Rustica
ISBN: 8489784744
360 pgs. (15.0x22.0 cm.)

(4) RAMSES II: LA VERDADERA HISTORIA (2ª ED.)

Las fuentes sobre Ramsés son, dentro de la Egiptología, especialmente sugestivas, lo que plantea la cuestión acerca de si por el puro azar de la transmisión de los materiales es posible conocer los rasgos de su personalidad con tanto detalle o es precisamente esa sorprendente personalidad la que ha favorecido la abundancia de fuentes.

Christiane Desroches Noblecourt se inclina por la segunda de las dos opciones. Los rasgos más estrictamente personales de su biografía, los años de vida y los de reinado, sus esposas y sus hijos, facilitan la mitificación de su figura, que en cierto modo se produjo en vida. Por circunstancias que pertenecen al contexto histórico en que vivió y por efecto de su propio programa propagandístico, el faraón logró configurar una imagen divina de su persona que sirvió de instrumento para la reproducción del poder en una medida tal que la autora considera excepcional en la misma Historia del Egipto faraónico, tan inundada siempre de la presencia de los dioses y de los poderes carismáticos desde los tiempos más primitivos. Esa especie de programa creador de imagen repercutió en la abundancia de escritos y testimonios monumentales con que hoy cuenta el especialista.

Por ello cree que, a pesar de que la Egiptología roza siempre la irracionalidad y las exposiciones suelen hallarse muchas veces al borde del esoterismo, como para que haya servido de base a sectas y doctrinas de todo tipo, en este caso se puede pretender hacer “la verdadera historia”. La desmitificación no impide, por todo lo dicho, que la historia aquí redactada resulte enormemente sugestiva, pues en gran medida muchos de los aspectos conocidos por fuentes dignas de crédito vienen a servir de justificación histórica, a lo largo de las tradiciones de los estudios egiptológicos, para la configuración de la imagen de Egipto que se ha impuesto.

En el caso de Ramsés, por otro lado, la investigación ha sabido operar de tal modo que ha sido posible acceder a un mundo convertido en paradigmático. Los modos del tratamiento de la momia, así como la penetración en tumbas que en parte habían conseguido evitar los saqueos gracias a las precauciones de los constructores y que también en tiempos modernos habían permanecido sin tocar, han permitido el desarrollo de una investigación excepcional, que ha acrecentado el conocimiento no sólo de la historia de Ramsés, sino también de las prácticas institucionales de toda la historia de Egipto.

De este modo, el estudio directo de la autora ha permitido que se pueda acceder ahora a aspectos de la Historia de Egipto que normalmente han permanecido recónditos y que responden a las corrientes actuales de la historiografía. Por ejemplo, las prácticas funerarias y el desa-rrollo concreto de cada uno de los festivales relacionados con los sucesivos jubileos del rey le han permitido profundizar en los métodos ideológicos por los que se produce una doctrina justificadora del poder, que en lo imaginario, complementa los métodos militares desarrollados para la reproducción del sistema, que también se apoya en la capacidad del sistema faraónico en ese período para garantizar los aprovisionamientos, por vía penal, burocrática y religiosa. La insistencia de la documentación escrita y gráfica sobre las victorias acompañadas de la presencia de los dioses, la presencia de la diosa junto con la reina, los detalles de las batallas y el protagonismo del rey, transmiten una impresión de cuál era la realidad histórica del funcionamiento del imaginario. En gran medida, pues, por razones que proceden del estado actual de los conocimientos y de las intenciones personales de la autora, el libro ofrece una novedad de contenidos y de enfoque que refleja la nueva imagen de la Egiptología.

Domingo Plácido para El Cultural-El Mundo, 7 octubre de 2004


RAMSES II: LA VERDADERA HISTORIA (2ª ED.)
de DESROCHES NOBLECOURT, CHRSTIANE

EDICIONES DESTINO, S.A.
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Rustica
ISBN: 842333032X
456 pgs. (15.0x23.0 cm.)


Bibliographie

"Lorsque la nature parlait aux Egyptiens" Christiane Desroches-Noblecourt

"La reine mystérieuse" Christiane Desroches-Noblecourt

"Sous le regard des dieux" Christiane Desroches-Noblecourt

"La reine mystérieuse Hatshepsout" Christiane Desroches-Noblecourt

"Dictionnaire illustré des dieux de l'Egypte" Ruth Schumann-Antelme, Stéphane Rossini, Christiane Desroches-Noblecourt

"Le secret des bâtisseurs des grandes pyramides" Khéops Georges Goyon, Christiane Desroches-Noblecourt

"Le secret des temples de la Nubie" Christiane Desroches-Noblecourt

"La femme au temps des pharaons" Christiane Desroches-Noblecourt

"Ramsès II - La véritable histoire" Christiane Desroches-Noblecourt

"Amours et fureurs de la lointaine" Christiane Desroches-Noblecourt

"La Grande nubiade ou le Parcours d'une égyptologue" Christiane Desroches-Noblecourt

"L'Egypte" Christiane Desroches-Noblecourt, Georges Blumberg, Max Hirme,r Kurt Lange, Eberhard Otto

"Pharaons et reines d'Egypte" Philippe Valode, Christiane Desroches-Noblecourt

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Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen

Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen

Sinopsis: Después de su libro ya clásico Armas, gérmenes y acero, Jared Diamond se pregunta en Colapso cómo unas sociedades han desaparecido sin apenas dejar huella de su evolución mientras que otras, adaptadas al medio y gracias a unas condiciones especiales de crecimiento, han alcanzado una próspera civilización material y cultural.

A través de sus amplios conocimientos en sociología, economía, lingüística, biología o antropología, Diamond trata de explicar la desaparición de sociedades del pasado y se pregunta si podemos aprender la lección y evitar desastres parecidos en el futuro. El punto de partida es una rigurosa investigación de los casos de culturas que no han perdurado: historias trágicas como la de los mayas, la de la Isla de Pascua o la de los indios anasazi en Norteamérica; historias menos terribles como la de Islandia o de Japón, culturas que han sabido reaccionar con éxito a desafíos ambientales; historias también de vencedores y vencidos, como el caso de la República Dominicana y de Haití, dos pueblos que a pesar de compartir el mismo medioambiente han evolucionado de modos muy distintos, y finalmente historias aún abiertas como las de China o Australia, que están buscando soluciones innovadoras a sus desafíos ecológicos y sociales.

¿Qué lección podemos aprender del pasado? ¿Está nuestro futuro en peligro? Las respuestas que ofrece este libro no son catastróficas, pero al mismo tiempo nos advierten de la urgencia de tomar decisiones cuanto antes si queremos seguir admirando las ruinas de otros pueblos que nos han precedido.

«En conjunto, Armas, gérmenes y acero y Colapso representan uno de los proyectos más importantes en los que se ha embarcado ningún intelectual de nuestra generación.» GREGG EASTERBROOK, The New York Time Book Review .

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Las viejas ruinas de culturas desaparecidas, como las estatuas colosales de la isla de Pascua o los templos mayas invadidos por la selva, nos atraen por su halo de misterio y de melancolía. Jared Diamond demuestra que tienen además valiosas lecciones que transmitirnos: son testimonios mudos de antiguos fracasos ecológicos.

Jared Diamond es hoy uno de los grandes escritores de divulgación científica. Su libro Armas, gérmenes y acero es uno de los estudios históricos más originales y sugerentes que yo haya leído en los últimos años. Y su nueva obra, Colapso, resulta fascinante, tanto por sus ejemplos de cómo la investigación científica ha descifrado los secretos de sociedades sin escritura desaparecidas hace siglos, como por su discusión de los problemas ecológicos a los que se enfrenta el mundo actual.

La gran extensión de Colapso hace suponer que, a pesar de su interés, pocos serán quienes lo lean por entero, pero esto tampoco importa, porque su estructura permite leerlo a la carta. Eso sí, es importante no prescindir de algunos ingredientes. En primer lugar conviene escoger alguna de las sociedades del pasado que se extinguieron por completo, como la colonia noruega de Groenlandia, o sufrieron una fuerte caída demográfica, acompañada de la pérdida de los elementos más sobresalientes de su cultura. En estos colapsos intervinieron diferentes factores, pero en último término se trató siempre de catástrofes ecológicas provocadas por una gestión insostenible a largo plazo de los recursos naturales. Al respecto Diamond disecciona con especial maestría los casos, intensamente estudiados, de los polinesios, que levantaron los mohai de la isla de Pascua, y de los anasazi, que dejaron tras de sí en las áridas tierras de Nuevo México ruinas tan espectaculares como las de Pueblo Bonito.

Igualmente instructivas son las historias de éxito, protagonizadas por sociedades que fueron capaces de preservar sus recursos naturales, como fue el caso de los agricultores de las tierras altas de Nueva Guinea, modélicos en su inteligente adaptación al medio, o de los gobernantes japoneses de la dinastía Tokugawa, cuya acertada gestión forestal salvó los bosques de su país. Tampoco conviene olvidar otros casos más recientes que Diamond analiza. Muy convincente resulta, a mi juicio, su demostración de que el masivo genocidio que tuvo lugar en Ruanda en 1994 estuvo relacionado con las dificultades creadas por la presión demográfica, sin que ello exima de responsabilidad a los criminales que lo impulsaron. Diamond, de hecho, nunca cae en el determinismo ecológico: para bien o para mal lo más importante son siempre las decisiones que toman los individuos y los grupos. Ello queda claro en su análisis de dos estados que comparten una misma isla, Haití y la República Dominicana. A Haití le perjudicaron su menor exposición a los vientos húmedos y las propias circunstancias de su nacimiento como estado, pero el marcado contraste entre ambas mitades de la isla debe también mucho a la gestión política de las últimas décadas. Y con ello nos encontramos ante un héroe inesperado, el presidente dominicano Joaquín Balaguer, criticable en muchos aspectos pero que contribuyó como nadie a salvar la riqueza forestal de la República.

Así es que somos nosotros mismos los responsables de nuestro futuro y del de nuestros hijos. Como explica Diamond en su último capítulo, nos ha tocado vivir un momento muy singular de la historia. Ya no existen sociedades aisladas como la de la isla de Pascua, de cuyo colapso nadie tuvo noticia. Hoy el desafío se plantea a nivel global, y a esa escala es tan grave como el que aquellos isleños no supieron afrontar. La tesis de Diamond es que el modo de vida del mundo desarrollado no es sostenible y no se puede generalizar a todo el planeta sin generar un desastroso impacto ambiental que lo haría inviable. Nos esperan pues decisiones dramáticas.

Juan AVILÉS. © Copyright EL CULTURAL. Prensa Europea del Siglo XXI, S.A.

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DISPONIBLE EN LIBRERÍA TERRAE ANTIQVAE (Casa del Libro)

Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen

Autor: Jared Diamond
Colección: HISTORIAS DEBATE
Número de Edición: 1ª
Año de Edición: 2005
Plaza de Edición: MADRID
EDITORIAL DEBATE
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: RUSTICA (BOLSILLO)
ISBN: 8483066483
Páginas: 752
Formato: 155 x 237


Otro título del autor:

ARMAS, GERMENES Y ACERO: BREVE HISTORIA DE LA HUMANIDAD EN LOS UL TIMOS TRECE MIL AÑOS

Autor: Jared Diamond
EDITORIAL DEBATE

Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Cartone
ISBN: 848306667X
624 pgs (15.0x21.0 cm)

RESUMEN:¿Cómo fue la evolución de la humanidad? ¿Cuáles fueron los factores que influyeron en dicha evolución? ¿Por qué unos pueblos avanzaron hacia la "civilización" y otros quedaron estancados? El profesor Jared Diamond cuestiona la prepotente visión occidental del progreso humano y demuestra que las diversidades culturales hunden su raíces en las diversidades geográficas, ecológicas y territoriales ligadas a cada caso concreto.

La narración se sitúa trece mil años atrás. En aquella época, los pobladores empezaron a tomar rumbos diferentes en el desarrollo de las sociedades humanas. La pronta dometicación de los animales y el cultivo de plantas silvestres en el "creciente fértil", (China, Mesoamérica, el sureste de los actuales EE.UU. y otras zonas) otorgó una ventaja inicial a los habitantes de estas regiones.

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