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La Guerra como estrategia de interacción social en la Hispania prerromana: Viriato, jefe redistributivo.

La Guerra como estrategia de interacción social en la Hispania prerromana: Viriato, jefe redistributivo. Foto: La muerte de Viriato. José de Madrazo y Agudo (1781-1859) Lienzo (307x462 cms.)
Escuela Española. Neoclasicismo, Siglo XIX, Museo del Prado, Sala 6

Por Eduardo Sánchez Moreno, Departamento de Historia Antigua, Universidad Autónoma de Madrid.

Resumen/Abstract
I-Introducción
II- La guerra, una forma singular de contacto
III- Robo, asalto, lucha abierta... las múltiples caras del enfrentamiento indígena
IV- El fruto de la contienda: botines, tributo y prestigio
V-Reparto y redistribución; riqueza y sociedad
VI- El papel del líder y la articulación social. Viriato como paradigma
VII- Una oteada al registro funerario: ajuares guerreros y jerarquización social en la meseta occidental
VIII- Reflexión final

RESUMEN

La semblanza que del famoso jefe lusitano consagra la historiagrafía antigua sirve de paradigma para reflexionar sobre un fenómeno de hondo significado en la vida de los pueblos prerromanos, la guerra. Entre los muchos enfoques posibles, la acción bélica es revisada en tanto mecanismo de contacto cultural generador a su vez de una serie de efectos sociales y económicos en el seno de los grupos litigantes. Recurriendo además de a las fuentes literarias, a apoyos arqueológicos (distribución de riqueza en necrópolis de fines de la Edad del Hierro, con especial atención a las “tumbas de guerrero”) y a modelos antropológicos, intentaremos dilucidar el papel que la redistribución de botines y tributos guerreros -entendidos como el resultado de un intercambio violento en cualquier de sus modalidades (contienda, ataque puntual, robo...)- desempeña en la articulación socio-política de las gentes del occidente peninsular. La manera en que los “jefes militares”, que son quienes suelen dirigir estos repartos, proceden a la distribución de mercancías entre la población, se muestra en el registro literario como argumento moralizante o anecdótico según los casos. Pero al tiempo constituye un testimonio útil para refrendar la existencia de una fuerte jerarquización habida cuenta que este procedimiento camufla en sí mismo una medida de ordenamiento social. Sólo en este sentido nos permitimos calificar a Viriato con el poco ortodoxo apelativo de jefe redistributivo.

THE WAR AS STRATEGY OF SOCIAL INTERACTION IN PRE-ROMAN HISPANIA: VIRIATHUS, REDISTRIBUTIVE CHIEF

ABSTRACT

The image of the famous Lusitanian chief consacrated by the classical literature is used as a paradigm in our reflection on a phenomenon such highly significant in pre-Roman peoples´ life as war. Among possible different focuses, warfare is reviewed here only as a mechanism of contact generating a series of social and economic effects. Taking into account, besides written sources, some archaeological supports (wealth distribution in Late Iron Age cemeteries, specially the so called “warrior tombs”) and some anthropological models, I shall try to explain the role played by the redistribution of booty and militar tributes -taken as a result of a violent exchange in any case (struggle, puntual attack, robbery...)- into the social and political articulation of the peoples ofWestern Iberia. The way in which the “warrior chiefs”, who usually lead these acts, conduct the benefit distribution among the population is shown both as a moral and anecdotic argument in the literary record; but, at the same time and because it is camouflaging a process of social ordenation, this fact is an useful testimony in order to prove the existence of a highly hierarchical society. That is why I am refering to Viriathus by using the scarcy orthodox expression of redistributive chief.

LA GUERRA COMO ESTRATEGIA DE INTERACCIÓN SOCIAL EN LA HISPANIA PRERROMANA: VIRIATO, JEFE REDISTRIBUTIVO**

I- INTRODUCCIÓN

“Era frecuente entre los pueblos peninsulares, antes y aún después de la llegada de los romanos, la formación de bandas armadas que desgajándose de las normas corrientes de vida se lanzaban a la aventura para vivir del robo y el saqueo. Los descontentos, los desheredados de la fortuna, los segundones, los perseguidos, los arruinados, todos los que, en suma, no sabían o no podían ganarse el sustento diario en paz y en armonía con el medio ambiente, iban a nutrir el núcleo siempre vivo y fecundo de estas bandas de forajidos.

Dada la procedencia de sus componentes y el régimen de vida a que estaban entregados, es de presumir -y los textos lo confirman, como hemos de ver- que en ellas las cualidades más destacadas habían de ser la audacia, la agilidad y la destreza; su modo de ataque preferido, el rápido golpe de mano; su defensa obligada, la ágil huída. Anidaban, como los pájaros de presa, en los escarpes de las sierras; allí tenían sus refugios y allí sus familias. Del monte o de la sierra bajaban al llano, cayendo de modo imprevisto sobre el pueblo o aldea elegido como víctima. Una noche bastaba para llevarse sus cosechas o sus ganados, volviéndose al amanecer a sus recónditos nidos serranos. También acechaban los caminos más frecuentados, despojando a quien tuviese la desgracia de caer en sus manos. Pero a todo otro botín preferían el ganado por su facilidad de conducción, por sus ventajas, como reserva viva y semoviente, y por su mayor valor. Los cereales necesitaban silos para su conservación, lo que no se avenía con los frecuentes traslados de las cuadrillas, a más que su transporte era difícil y engorroso. Los bienes de otro orden es natural que no interesen tanto, pues su modo de vida les impedía comerciar o cambiar. En suma, robaban, al parecer, para vivir” (1)

Cincuenta y cinco años atrás, con un discurso titulado “Bandas y guerrillas en la lucha con Roma”, del que las anteriores líneas constituyen el párrafo inicial, ingresaba como miembro numerario en la Real Academia de la Historia D. Antonio García y Bellido. Dicho trabajo marcó un hito considerable en la historiografía dedicada al estudio de las gentes del occidente hispano en víspera de su conquista y conversión en provincia del creciente dominio romano. Lo que antes había sido atención casi exclusiva a los hechos bélicos, el progresivo avance de Roma y la resistencia de los indígenas (no exenta de episodios heroicos tan del gusto de los intelectuales de la primera mitad de este siglo ocupados en la Antigüedad peninsular), se torna en el ensayo de García y Bellido, y no es el único mérito que atesora su discurso, en una indagación más profunda en las circunstancias socio-económicas y medioambientales que rodean a las comunidades del poniente ibérico. El rastreo de tal trasfondo y el diagnóstico final de los problemas que afectan a aquellas regiones le sirve a García y Bellido para entender -y quizá justificar- la imagen estereotipada que de los lusitanos y otras entidades indígenas brindan los autores clásicos, con precisión los conocidos pasajes de Diodoro (2) y Estrabón (3). Tales son los presupuestos que contribuirán a encasillar a estos pueblos dentro del cliché de fieros bandoleros y aguerridos pastores-guerreros desde entonces en la literatura científica. Así lo ejemplifican en una estampa tan gráfica como indudablemente cautivadora -por ello no nos hemos resistido a reproducirlas- las palabras de García y Bellido con que abríamos esta introducción.

Los objetivos de este artículo son modestos. No se pretende desgranar la mecánica ideológico-política que lleva a los escritores antiguos a esbozar tan particular dictamen sobre las comunidades prerromanas, ni revisar el legado del mismo en la tradición investigadora española; últimos y oportunos trabajos han ahondado en este propósito con buen tino (4). Tampoco tienen estas páginas por cometido específico la cuestión del “bandolerismo lusitano”, si bien será traído tangencialmente a colación en distintos momentos; la prolija bibliografía suscitada y una sensación de cierto agotamiento historiográfico van a evitar en esta ocasión que insistamos en el tema (5). Por parecidas razones, no es éste un estudio a fondo sobre las prácticas militares y el alcance total de la guerra en las comunidades prerromanas, materias a las que se han dedicado varias síntesis en los últimos años (6). Centrará nuestra atención tan solamente la interacción de tres aspectos, lógicamente relacionados con todo lo anterior, que se revelan de máxima importancia en el estudio de los pueblos ibéricos: la guerra como mecanismo de contacto cultural, sus distintos efectos resultantes (fundamentalmente económicos) y las consecuencias que todo ello depara en la articulación social de los grupos protagonistas. Más exactamente, lo que sigue no es sino un encadenamiento de reflexiones sobre la conflictividad bélica en las comunidades del occidente peninsular como vehículo de enriquecimiento económico y como estrategia de ordenamiento social, a partir de la observación de un par de acciones concretas: la toma de botines de guerra y su reparto por parte de las elites rectoras.

Más que como objeto de análisis monográfico, los protagonistas de este ensayo -lusitanos y pueblos vecinos (vetones, vacceos, astures...) en los últimos siglos antes del cambio de Era- serán tomados como exempla para ilustrar las ideas en discusión (muchas provisionales y no pocas arriesgadas dada la penuria documental; lo adelantamos ya). Para ello nos serviremos en primer lugar de las noticias literarias antiguas, escasas e imprecisas pero, qué duda cabe, de incuestionable valía si de ellas se hace un uso contrastado y crítico; en este sentido el capítulo de Viriato adquiere especial significación para nuestro propósito. Pero, además, se atenderá a la información arqueológica proporcionada por las necrópolis meseteñas más occidentales de la Edad del Hierro Final, especialmente las del círculo vetón, con el fin de hallar a la luz de sus datos, si no confirmaciones absolutas, siquiera algún apoyo relativo para nuestra argumentación. Cabe añadir finalmente que, en determinados lances y siempre con justificación lógica -creemos-, el método comparativo antropológico será un recurso al que acudir habida cuenta de la riqueza de miras que el dilatado horizonte etnográfico procura a la investigación sobre la Antigüedad.

II- LA GUERRA, UNA FORMA SINGULAR DE CONTACTO

Entre la multiplicidad de acepciones que conlleva esta actividad, nos interesa ahora principalmente en tanto vehículo de interacción intercomunitaria; “la más solemne forma de contacto entre los pueblos”, tal como fuera definida por el literato alemán E. Jünger hace aproximadamente un siglo. Por descontado que la guerra debe entenderse como comportamiento integrado en un sistema socio-cultural amplio, fuera del cual no se explica. Como tal, constituye un subsistema de indudable complejidad: heterogéneo en su manifestación, consustancial al hombre desde el estadio más primitivo y, por ello mismo, con una evolución paralela a la de la sociedad. Independientemente del enfoque que se haya dado a su tratamiento (antropológico, psicológico, histórico, estratégico-militar), no cabe duda de que por la magnitud de sus connotaciones la guerra es un puntal en la construcción de una cultura compleja (7).

Amparadas en la guerra las gentes entran en contacto. El asalto de una caravana, el robo de rebaños, el asedio a una ciudad, la conquista de tierras o el choque abierto de dos ejércitos son formas de interacción particulares ya que se trata de constantes históricas que ponen en relación a dos esferas distintas, si bien de forma violenta. A pesar de su heterodoxia, de estos cruces también se derivan intercambios y efectos que pueden operar transformaciones importantes. Así, los pertrechos del enemigo, los triunfos y botines militares, la imposición de tributos o la obtención de prestigio y fama por parte de los líderes victoriosos, por ejemplo, han de entenderse como mercancías fruto de un intercambio negativo o unilateral, bajo el control de la parte vencedora en la contienda. Otra muestra de contacto violento con el exterior sería el mercenariado, fenómeno susceptible de generar igualmente cambios culturales, más concretamente procesos de aculturación, como es bien sabido (8). Esta clase de acciones explica en ocasiones la presencia de objetos importados (armas, joyas, monedas), la adaptación de nuevos usos (sociales, técnicos o estéticos) o las connotaciones ideológicas (poder, autoridad, rango) que tales actividades y elementos deparan en las comunidades locales, aunque resulta difícil precisar si es ésa su vía de llegada o bien responden a otras fórmulas de intercambio más equilibradas, caso de relaciones comerciales o del trueque de regalos diplomáticos y bienes de prestigio (9). Asumiendo estos principios teóricos de partida, llega el turno de empezar a concretar nuestro propio análisis.

III- ROBO, ASALTO, LUCHA ABIERTA... LAS MÚLTIPLES CARAS DEL ENFRENTAMIENTO INDÍGENA

Desde un punto de vista interno, las gentes de la Meseta y Lusitania, como cualquier otro grupo prerromano, entraron en contacto no pocas veces de forma violenta. El reflejo de estas acciones se muestra de forma tenue y desdibujada en las fuentes de información, si bien ello no permite negar su frecuencia. El hostigamiento del enemigo adquiere un sinfín de formulaciones: por regla general en todas ellas debió estar presente, además de la necesidad de subsanar ciertas carestías, la búsqueda de botín y otros beneficios adicionales. El resultado sería, como acaba de indicarse, un intercambio unilateral o negativo ya que la acción de dos se limita a la apropiación violenta de una de las partes sobre la otra. A resultas de lo mismo los derrotados verían cambiar la propiedad de sus tenencias o reducirse los límites de sus territorios, sufriendo expolios y teniendo que hacer entrega de bienes de riqueza como compensación o tributo reglamentado: prisioneros, rebaños, caballos, cosechas y otros alimentos, armas, joyas, etc.

Dadas las características de las sociedades protohistóricas, resulta lógico pensar que la razón del mayor número de conflictos interétnicos descansó en el dominio de las bases económicas, en cualquiera de sus formas. Por ello el móvil de las ofensivas y -en sentido inverso- las preocupaciones defensivas al mismo tiempo fueron los aspectos primarios de sus sistemas socio-económicos: las cabezas de ganado, los campos de cultivo, los núcleos de población, los centros estratégicos de abastecimiento y las fronteras de los territorios de dominio y explotación, al margen de valores más íntimos como el resguardo familiar o el celo religioso.

Especialmente la protección de cabañas y vías pecuarias parece actuar como fundamento en la ordenación de estos pueblos. Existen abundantes pruebas que corroboran el alto valor asignado al ganado en estas regiones. Además de un medio físico muy favorable para las prácticas pecuarias, contamos con importantes testimonios arqueológicos y literarios en este sentido: los restos faunísticos recuperados en yacimientos de la Edad del Hierro, con una tasa elevada de ovicaprinos y bóvidos, seguidos por los suidos (10); la presencia en el interior de los oppida y castros de amplios espacios limitados por recintos murarios interpretados tradicionalmente como cercados para animales (11), a pesar de que en algunos sitios como en el poblado vetón de Las Cogotas se desmiente la exclusividad de dicha función al comprobarse que en realidad son áreas más complejas que engloban distintos usos (12); el peso de la impronta zoomorfa en la cultura material: cerdos, cabras, toros y caballos como motivos iconográficos en esculturas pétreas, figurillas votivas de bronce o arcilla, fíbulas, broches de cinturón, apliques metálicos y decoraciones cerámicas y armamentísticas (13); las noticias de las fuentes sobre el acusado componente pastoral en la etnografía del noroeste y centro hispanos (14), etcétera. Así pues, los ganados bovino y ovicaprino constituyen quizá el bien más representativo de estas comunidades, aunque no el exclusivo pues, por ejemplo, entre lusitanos, vetones y célticos de la Beturia las reservas minerales de oro, plata, hierro y estaño desempeñan otro papel económico fundamental.

En cualquier caso, la salvaguardia de los rebaños se convierte en uno de los objetivos esenciales para las élites rectoras de la Hispania indoeuropea. Tanto más si, tal como hemos propuesto en otro lugar, la cabaña ganadera llevaba tiempo circulando como mercancía de intercambio en las redes indígenas de relación a larga distancia, cobijándose acaso en viejos derroteros trashumantes (15). En contrapartida, adueñarse de la mayor cantidad de reses ajenas era una estrategia política preferente; no sólo cuando el ganado escaseaba, sino también como medida de debilitamiento del enemigo. La captura de cabañas domésticas debió de ser hábito particularmente acostumbrado en las comarcas más alejadas del norte y occidente, donde las condiciones medioambientales y otros factores históricos limitaron las posibilidades de especialización ganadera. Esto es al menos lo que se infiere de los textos clásicos que en tiempos de conquista aluden a las correrías de entidades montañesas como cántabros, astures y turmogos sobre las tierras llanas de la cuenca media del Duero en busca de rebaños y cosechas (16).

Dejando a un lado otros conocidos pasajes literarios que insisten en la importancia que el ganado tiene en las razias lusitanas (17), un nuevo ejemplo de lo que venimos comentando es la anécdota recogida por Dión Casio (18) a propósito de la estratagema que un grupo de lusitanos lleva a cabo contra el ejército desplazado por César a la Ulterior en la campaña del 61 a.C.; consistió en bloquear a los romanos soltando sobre ellos varios hatos vacunos con el fin de distraer a las legiones y atacarlas por sorpresa, entretenidas como estaban en la captura del preciado botín que eran las reses. Este episodio, sobre el que recientemente se ha llamado la atención (19), da idea de la frecuencia de dichas operaciones de pillaje con meta en el apresamiento de rebaños, aparte de reafirmar el potencial ganadero de las tierras interiores. Cabe deducir, por tanto, que en el centro y occidente peninsulares se desarrolló un sustrato cultural de economía básicamente ganadera comparable al de otras regiones atlánticas e indoeuropeas. En este marco la posesión del ganado, en tanto unidad básica de riqueza, se revela como indicador de status social, lo cual favorece la formación de élites guerreras como consecuencia de la jerarquización que exigen la defensa de los rebaños y todo lo con ellos relacionado (20), entre otros aspectos la vigilancia de las zonas de pasto y el control de las vías y pasos trashumantes (21).

Según recogen ciertos mitos y tradiciones etnográficas, en distintos ambientes de la Antigüedad la práctica del robo de ganado adquiere un valor simbólico. Se ha relacionado con el funcionamiento de cofradías guerreras formadas por jóvenes que para ser reconocidos como adultos de pleno derecho en sus unidades de parentesco deben culminar un proceso de iniciación. Así, abandonan la comunidad durante un tiempo para vivir en aislamiento y cumplir con una serie de ritos establecidos, caso de la captura de reses entre otras proezas (22). La toma en consideración de conductas de este tipo como mecanismo ideológico que podría estar detrás de la explicación del “bandolerismo lusitano” observado por los autores greco-latinos (23), ha tenido bastante eco en la investigación; hasta el punto de que las acometidas de los lusitanos, incluyendo las incursiones dirigidas contra las fértiles tierras de Turdetania a mediados del siglo II a.C. (24), se han querido leer parcial o globalmente en clave socio-religiosa. Se trataría de hábitos similares al ver sacrum latino: grupos de jóvenes conformando fratrías guerreras que bajo la protección de una divinidad concreta han de acometer con éxito una serie de retos como el latrocinio de reses y caballos, además de otros actos y rituales de paso, para consolidar su posición jurídica, social y económicamente (25).

Estas embestidas puntuales constituyen quizá la forma de asalto más característica de los pueblos de la Iberia interior, las llamadas razzias. Para Harmand las razias son incursiones de duración limitada que una fuerza armada realiza en territorio extranjero, sin acompañamiento de no combatientes, con el elemental propósito de llevarse un botín y con el más sistemático de destruir los recursos del medio escogido (26). Escaramuzas de esta índole pueden tomarse en ocasiones como la raíz de posteriores conflictos estatales dilucidados en guerras abiertas, pero esto sólo se atiene a sociedades suficientemente complejas y organizadas. De este modo queda clara la contraposición, al menos a la luz de los textos antiguos, entre dos categorías de guerra, el “modelo primitivo” (razias, guerrillas improvisadas, golpes de mano sorpresivos..., lo adscribible a los indígenas hispanos) y el “modelo civilizado” abanderado por las grandes potencias mediterráneas (27): el patrón de conducta de griegos, púnicos y romanos (28). En cualquier caso conviene ser cautelosos con este tipo de deducciones porque, en otras palabras, no se está sino encarando bajo los presupuestos de la historiografía clásica la vocación irracionalmente belicosa de los bárbaros occidentales frente al concepto del bellum iustum ciceroniano tutelado por Roma (29).

Además no hay que pensar que las corerrías, aun siendo la más habitual, fuera la única modalidad de ataque. A la vez que prácticas guerreras ritualizadas y rivalidades entre grupos familiares, aldeas y ciudades, se entablan conflictos entre unidades étnicas superiores o populi. Las fortificaciones de los distintos círculos castreños del interior (30), las armas depositadas en las sepulturas de individuos destacados socialmente (31) y un elenco de referencias literarias sobre el carácter bélico de los hispanos (32), pueden utilizarse no sin ciertas reservas y desconfiando de lecturas absolutas, como refrendo parcial de la existencia de enfrentamientos importantes entre entidades poblacionales mayores.

En este punto se nos va a permitir introducir un par de comentarios en relación a los riesgos implícitos en la tendencia a generalizar el talante guerrero de las poblaciones protohistóricas. En efecto, son frecuentes en la bibliografía expresiones del tipo “guerra endémica”, “armas alzadas a perpetuidad”, “innata tendencia autodestructiva” o “individualismo ibérico que sólo se aviene con coaliciones transitorias de finalidad guerrera”. No dudamos del desarrollo de conflictos entre grupos vecinos y entre otros más alejados, pero se ha exagerado su alcance hasta el punto de considerar el ejercicio guerrero como agente único de enriquecimiento económico y como forma exclusiva de relación exterior. Si hacemos acopio de las fuentes, para el caso de pueblos como lusitanos, vetones o vacceos, es proporcionalmente mucho mayor el número de veces que actúan confederados en tareas de asociación, auxilio y refugio frente a Roma o sus aliados, que enfrentados entre sí (33); a pesar de la insistencia de algunos autores clásicos (34) en el temperamento belicoso de los hispanos (35). La guerra tiene indudable trascendencia en las formas de vida indígenas, ello es obvio, pero ha monopolizado la manera de entender y aproximarse a los sistemas socio-culturales de la Hispania prerromana. Por ello, nos parece algo desmedida la imagen guerrera de la sociedad céltica que ofrecen en los últimos tiempos no pocos trabajos (36). ¿No se está explotando en demasía esta idea, a costa de eludir la contemplación de otros comportamientos socio-políticos no excluyentes a la guerra sino íntimamente relacionados con ella (diplomacia, comercio, exogamia...)? Y, digámoslo ya de paso, ¿no se abusa también de la aplicación de los vocablos celta/céltico a sujetos poblacionales y aspectos que no están comprobado que lo sean, sobre todo si no se define previamente lo que se entiende por tales términos?

Guerra y celtas constituyen dos topoi en la literatura actual igual que lo fueron en la historiografía greco-latina de la República final y el Principado, si bien en ésta la justificación es atenuante por el contexto ideológico y político del momento, la Pax Augusta. A nuestro juicio esta corriente debe encauzarse con otra dirección, sin dejar de tenerse en cuenta dos preceptos metodológicos:

1) El sentido simbólico de las armas en contextos funerarios y rituales; ello no excluye del todo la lectura directa (arma = instrumento de ataque/defensa = realidad guerrera), pero sí conlleva una distorsión de proporción desconocida si hemos de ser sinceros (37).

2) El uso de las fuentes literarias; para entender por qué la belicosidad de los hispanos es un argumento recurrente, no perdamos de vista quiénes, cuándo y cómo nos transmiten la información (38). Si queremos alcanzar una interpretación neutralizada, el punto de arranque estriba en singularizar la ferocitas celtica como etnotipo del bárbaro (39).

En sentido parecido llevamos un tiempo reflexionando sobre el carácter ritualizado con que la bibliografía contempla la acción guerrera de estos pueblos, en nuestra opinión un enfoque a veces desmesurado. Está suficientemente demostrado que los conflictos armados se amoldan a formas de comportamiento ético o si se prefiere religioso, pero nos sigue pareciendo que por muy trascendentes que sean los principios guerreros que revelan las fuentes, en el fondo no dejan de ser sino coordenadas iconográficas que esconden o disimulan la verdadera razón de ser de la guerra. Con mucha frecuencia esta última, el fondo del conflicto -que presumimos de naturaleza económica (necesidad de recursos básicos en su génesis)-, pasa desapercibido frente a la atracción que tiene la forma con que la lucha indígena se exterioriza en los registros documentales. La guerra fue terreno abonado para la expresión ritual de los guerreros lusitanos, celtibéricos, galaicos o ibéricos que participan de ella, pero antes de eso fue el solar que permitió, junto a otros factores, la construcción económica, territorial y política de un grupo humano que, engrandecido, acabará haciendo de sus guerreros un ejemplo de conducta ética.

En suma, tal como indican las distintas variantes que acaban de ser barajadas, luchas y afrentas desempeñan un papel destacado en el escenario histórico que ocupan estas páginas, más aun dada su admisible frecuencia. A pesar de las limitaciones y reservas que, empero, hemos creído oportuno incluir, caeríamos en una contradicción si no admitiéramos este hecho. Asimismo carecería de sentido todo lo que a continuación sigue. La guerra representa un factor estabilizador, especialmente en las culturas antiguas. Y sus consecuencias, que interesan aquí más que sus motivos y avatares, se revelan de sumo interés para entender el funcionamiento socio-político de la Iberia interior. Profundizar en este aspecto a partir del debate de una serie de ejemplos es el cometido de los siguientes apartados.


NOTAS.

** La versión original de este estudio está publicada en dos entregas en la revista Habis bajo el título “Algunas notas sobre la guerra como estrategia de interacción social en la Hispania prerromana: Viriato, jefe redistributivo”, concretamente en los volúmenes correspondientes a 2000 (número 32) y 2001 (número 33). Debo agradecer los comentarios y la ayuda científica prestados por Adolfo J. Domínguez Monedero (Universidad Autónoma de Madrid), Barry W. Cunliffe (University of Oxford) y Perter S. Wells (University of Minnesota). Los errores y deficiencias que pudiera albergar el texto son atribuibles en exclusiva al autor. Esta investigación se ha visto favorecida por la concesión de una Beca postdoctoral del Programa Sectorial de Formación de Profesorado Universitario y Perfeccionamiento de Personal Investigador del Ministerio de Educación y Cultura.

(1) GARCÍA Y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, pp.547-548. (Reeditado en A.A.V.V., Conflictos y estructuras sociales en la Hispania Antigua, Madrid, 1977, pp.13-60).

(2) Diodoro (V, 34, 6-7): “Una costumbre particular se da entre los íberos y, más particularmente, entre los lusitanos. Cuando sus jóvenes llegan a la culminación de la fortaleza física, aquéllos de entre ellos que tienen menos recursos, pero que exceden en vigor corporal y audacia, se equipan con no más que su valor y sus armas y se reúnen en las montañas, donde forman bandas de tamaño considerable, que descienden a Iberia y obtienen riquezas en su pillaje. Y practican ese bandidaje en un espíritu de continuo desdén, pues usando armas ligeras y siendo ágiles y rápidos, constituyen un pueblo muy difícil de someter. Y, en general, consideran los riscos y los intrincados montes como su tierra nativa, y huyen a estos lugares -difíciles de atravesar por ejércitos grandes y fuertemente equipados- en busca de refugio” (traducción de GARCÍA Y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, p.542).

(3) Estrabón (III, 3, 5): “Son alrededor de treinta las tribus que se reparten el territorio entre el Tago y los ártabros, pero a pesar de ser próspera la región por sus frutos, pastos y abundancia de oro, plata y metales análogos, la mayoría de ellos pasaban la vida apartados de la tierra, en piraterías y en continua guerra entre sí y contra sus vecinos de la otra orilla del Tago, hasta que los pacificaron los romanos, haciéndolos bajar al llano y convirtiendo en aldeas la mayor parte de sus ciudades, aunque también asociándose a algunas como colonos en mejores condiciones. Fueron los montañeses los que originaron esta anarquía, como es natural; pues al habitar una tierra mísera, y tener además poca, estaban ansiosos de lo ajeno. Los demás, al tener que defenderse, quedaron por fuerza en la situación de no poder dedicarse a sus propias tareas, de modo que también ellos guerreaban en vez de cultivar la tierra. Y sucedía que la tierra, descuidada, quedaba estéril de sus bienes naturales y era habitada por bandidos” (traducción de MEANA CUBERO, Mª.J. y PIÑERO, F., Estrabón. Geografía. Libros III-IV, Madrid, 1992, p.83).

(4) PLÁCIDO SUÁREZ, D., “Estrabón III: el territorio hispano, la geografía griega y el imperialismo romano”, Habis, 18-19, 1987-88, pp.243-256. GÓMEZ ESPELOSÍN, F.J., PÉREZ LARGACHA, A. y VALLEJO GIRVÉS, M., La imagen de Hispania en la Antigüedad Clásica, Madrid, 1995, pp.126-157. Especialmente, GARCÍA QUINTELA, M.V., “Les peuples indigenes et la conquéte romaine d´Hispanie. Essai de critique historiographique”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 16, 1990, pp.181-220; ID., “Sources por l´étude de la Protohistorie d´Hispanie. Pour una nouvelle lecture”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 17, 1991, pp.61-99; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.29-72, en tanto síntesis final de aportaciones anteriores. Como ejemplo de aplicación concreta vide en último término: CRUZ ANDREOTTI, G., (Coor.), Estrabón e Iberia: nuevas perspectivas de estudio, Málaga, 1999, para el retrato de la Península y sus pobladores en la obra del geógrafo de Amasia.

(5) Entre las principales contribuciones al problema: CARO BAROJA, J., “Regímenes sociales y económicos de la España prerromana”, Revista Internacional de Sociología, I, 1943, pp.149-152 (publicado también en Caro Baroja, J., España Antigua. Conocimiento y fantasía, Madrid, 1986, pp.35-113); GARCÍA y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, passim; BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.Mª., “La expansión celtíbera en Carpetania, Bética, Levante y sus causas (ss.III-II a.C.)”, Celticum, 3, 1962, pp.422-423; CHIC GARCÍA, G., “Consideraciones sobre las incursiones lusitanas en Andalucía”, Gades, 5, 1980, pp.15-25; SANTOS YANGUAS, N., “Las incursiones de lusitanos en Hispania Ulterior durante el s.II antes de nuestra era”, Bracara Augusta, 35, 1981, pp.364-365; GARCÍA MORENO, L.A., “Hispaniae Tumultus. Rebelión y violencia indígena en la España romana de época republicana”, Polis, 1, 1988, pp.94-97; FRANCISCO MARTÍN, J. de, Conquista y romanización de Lusitania, Salamanca (2ª edición, 1996), p.79; SAYAS ABENGOECHEA, J.J., “El bandolerismo lusitano y la falta de tierras”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie IV, Historia Moderna. Homenaje al profesor A. de Bethéncourt y Massieu, 1988, pp.701-714; ID., “Algunas consideraciones sobre cuestiones relacionadas con la conquista y romanización de las tierras extremeñas”, en El proceso histórico de la Lusitania oriental en época prerromana y romana. Cuadernos Emeritenses, 7, 1993, Mérida, pp.213-215; GARCÍA FERNÁNDEZ-ALBALAT, B., Guerra y religión en la Gallaecia y Lusitania antiguas, La Coruña, 1990, pp.236-241; SALINAS DE FRÍAS, M., “Problemática social y económica del mundo indígena lusitano”, en El proceso histórico de la Lusitania oriental en época prerromana y romana. Cuadernos Emeritenses, 7, 1993, Mérida, pp.22-29; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.144-147; ALMAGRO GORBEA, M., “Guerra y sociedad en la Hispania céltica”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.211-212; GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.275-287; GÓMEZ FRAILE, J.Mª., “Mercenariado y bandolerismo en Celtiberia. Dos cuestiones desenfocadas”, en Burillo Mozota, F. (Ed.), IV Simposio sobre los Celtíberos. Economía. Homenaje a J.L. Argente Oliver (Daroca, Zaragoza; Septiembre 1997), Zaragoza, 1999, pp.503-509.

(6) Así, CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993; EAD. “Guerra y sociedad entre los celtíberos en época prerromana”, en González Rodríguez, Mª.C. y Santos Yanguas, J., (Eds.), Revisiones de Historia Antigua, I. Las estructuras sociales indígenas del norte de la Península Ibérica, Vitoria-Gasteiz, 1994, pp.23-34, para Celtiberia y Lusitania y con base exclusiva en el testimonio literario greco-latino; GARCÍA FERNÁNDEZ-ALBALAT, B., Guerra y religión en la Gallaecia y Lusitania antiguas, La Coruña, 1990, un análisis enmarcado en la tradición indoeuropeísta de Dumézil, corriente seguida también por GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.270-295; las atractivas autopsias de SOPEÑA GENZOR, G., Dioses, ética y ritos. Aproximación para una comprensión de la religiosidad entre los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1987; ID., Ética y ritual. Aproximación al estudio de la religiosidad de los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1995, que hacen hincapié en el ritual guerrero, analizándose la guerra bajo una perspectiva religiosa como “espacio consagrado” que descubre el compromiso ético y completa la vida agnóstica de los celtíberos (de igual guisa, MARCO SIMÓN, F., “La religión indígena en la Hispania indoeuropea”, en Blázquez Martínez, J.Mª. et alii, Historia de las Religiones de la Europa Antigua, Madrid, 1994, pp.378-395); la menos ambiciosa pero también eficaz visión de MUÑIZ COELLO, J., “Guerra y paz en la España céltica. Clientes y hospites a la luz de las fuentes literarias”, Hispania Antiqua, 19, 1995, pp.15-36; y el útil catálogo: A.A.V.V., La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997.

(7) La importancia de la guerra como factor de comunicación, evolución y a la postre como vía que conduce a la formación del estado, tiene gran eco en la investigación. En la disciplina antropológica está firmemente asentada la teoría de la guerra o raíz competitiva del estado: el control de los recursos básicos (tierra, ganado...) es el fundamento de la jerarquía sociopolítica. Al enfrentarse por estas y otras bases económicas, los grupos activan la competencia entre sí desencadenando el proceso de formación de estructuras complejas y antagónicas. Sobre la relación guerra-estado, FRIED, M., “Warfare, military organization and the evolution of society”, Anthropologica, 3, 1961, pp.134-147; CARNEIRO, R., “A theory of the origin of the State”, Science, 169, 1970, pp.733-739; ID.,“Political expansion as an expression of the principle of competitive exclusion”, en Cohen, P.R. y Service, E., (Eds.), Origins of the State: The Anthropology of Political Evolution, Filadelfia, 1978, pp.205-224; WEBSTER, D., “Warface and the evolution of the state: a reconsideration”, American Anthropology, 40, 1975, pp.464-470; LEWIS, H., “Warfare and the origin of the State: another formulation”, en Claessen, H., (Ed.), The Study of the State, Leiden, 1981, pp.206-217; PRICE, B.J., “Competition, productive intensification and ranked society: speculations from evolutionary theory”, en Ferguson, R.B., (Ed.), Warfare, culture and enviroment, Londres, 1984, pp.209-240; COHEN, R., “Warfare and state formation: wars make states and states make wars”, en Ferguson, R.B., (Ed.), Warfare, culture and enviroment, Londres, 1984, pp.329-358; FERGUSON, R.B. y WHITEHEAD, N.L., (Eds.), War in the tribal zone. Expanding states and indigenous warfare, Santa Fe (Nuevo México), 1992; y EARLE, T.K., How chiefs come to power. The political economy in Prehistory, Stanford, 1997, pp.106-110. Para profundizar en la antropología de la guerra, vide FRIED, M., HARRIS, M. y MURPHY, R., (Eds.), War: the anthropology of armed conflict and agression, Garden City, 1968; FERGUSON, R.B. y FARRAGHER, L.E., (Eds.), The anthropology of war: a bibliography. (Occasional Papers of the Harry Frank Guggenheim Foundation, 1), Nueva York, 1988; y HAAS, J., (Ed.), The anthropology of war, Cambridge, 1990.

A veces se menosprecia el sentido práctico de las cosas para buscar explicaciones demasiado elevadas. En este sentido resulta cuando menos perspicaz la llamada de atención de M. HARRIS (Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura, Madrid, 1982, 3ª edición, pp.59-78). La interpretación mundana y desmitificadora del antropólogo americano hace de la guerra, sencillamente, el resultado del equilibrio tripartito entre población-medio ambiente-economía. “El estudio de la guerra primitiva nos lleva a la conclusión de que la guerra ha formado parte de una estrategia adaptativa vinculada a condiciones tecnológicas, demográficas y ecológicas específicas. No es necesario invocar imaginarios instintos criminales o motivos inescrutables o caprichosos para comprender por qué los combates armados han sido tan corrientes en la historia de la humanidad” (HARRIS, M., op. cit., 1982, pp.77-78). Para las causas de la guerra en las sociedades pre-estatales vide los ensayos de R.B. Ferguson, C. Robarchek, N. Chagnon y T. Gregor comprendidos en HAAS, J., (Ed.), The anthropology of war, Cambridge, 1990, pp.26-104; y HAAS, J., “The origins of war and ethnic violence”, en Carman, J. y Harding, A. (Eds.), Ancient warfare. Archaeological perspectives, Trowbridge, 1999, pp.11-24.

(8) Sin podernos detener ahora en ello, véanse las aproximaciones de F. QUESADA SANZ para el mundo ibérico: “Vías de contacto entre Magna Grecia e Iberia: la cuestión del mercenariado”, en Vaquerizo, D., (Coord.), Arqueología de la Magna Grecia, Sicilia y la Península Ibérica. (Córdoba, Mayo 1993), Córdoba, 1994, pp.191-246; ID., “Los mercenarios ibéricos y la concepción histórica en A. García y Bellido”, Archivo Español de Arqueología, 67, 1994, pp.309-311; para el caso itálico: TAGLIAMONTE, G., I figli di Marte. Mobilitá, mercenari e mercenariato italici in Magna Grecia e Sicilia, Roma, 1994; y para el ámbito celta: NASH, D., “Celtic territorial expansion and the Mediterranean world”, en Champion, T.C. y Megaw, J.V., (Eds.), Settlements and Society. Aspects of West-European Prehistory in the First Millennium B.C., Leicester, 1985, pp.45-67; SZABÓ, M., “Mercenary activity”, en Moscati, S. et alii (Eds.), The Celts, (I Celti), Nueva York-Milán, 1991, pp.333-336; ID., “Guerriers celtiques avant et apres Delphes. Contribution a une periode critique du monde celtique”, en L´Europe celtique du Ve au IIIe siecle avant J.C. Contacts, echanges et mouvements de populations. (Actes du deuxieme symposium international d´Hautvillers, Octubre 1992), Epernay, 1995, pp.49-67. Una reciente síntesis sobre el mercenariado en el Mediterráneo antiguo: YALLICHEV, S., Mercenaries of the Ancient World, Londres, 1997.

(9) SÁNCHEZ MORENO, E., Meseta occidental e Iberia exterior. Contacto cultural y relaciones comerciales en época prerromana. Tesis Doctoral en Microfichas. Universidad Autónoma de Madrid, 1998, esp. pp.580-590.

(10) CASTAÑOS UGARTE, P.Mª., “Animales domésticos y salvajes en Extremadura. Origen y evolución”, Revista de Estudios Extremeños, 47, 1991, pp.9-66; ID., “Evolución de las faunas protohistóricas en Extremadura”, en Rodríguez Díaz, A., (Coor.), Extremadura protohistórica: paleoambiente, economía y poblamiento, Cáceres, 1998, pp.63-72; MORALES MUÑIZ, A. y LIESAU VON LETTOW-VORBECK, C., “Análisis comparado de las faunas arqueológicas en el valle Medio del Duero (provincia de Valladolid) durante la Edad del Hierro”, en Delibes de Castro, G., Romero Carnicero, F., y Morales Muñiz, A., (Eds.), Arqueología y Medio Ambiente. El Primer Milenio a.C. en el Duero Medio, Valladolid, 1995, pp.455-514; LIESAU VON LETTOW-VORBECK, C., “El Soto de Medinilla: faunas de mamíferos de la Edad del Hierro en el valle del Duero (Valladolid, España)”, Archaeofauna. Revista de la Asociación Española de Arqueozoología, 7, 1998, pp.7-210; BLASCO SANCHO, Mª.F., “Factores condicionantes de la composición de la cabaña ganadera de la II Edad del Hierro en la mitad norte de la Península Ibérica”, en Burillo Mozota, F., (Ed.), IV Simposio sobre los Celtíberos. Economía. Homenaje a J.L. Argente Oliver (Daroca, Zaragoza; Septiembre 1997), Zaragoza, 1999, pp.149-156.

(11) CABRÉ AGUILÓ, J., “Excavaciones de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila). I, El Castro”, Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, 110, 1930, Madrid, pp.20, 39.

(12) RUIZ ZAPATERO, G. y ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., “Las Cogotas: Oppida and the roots of urbanism in the Spanish Meseta”, en Cunliffe, B. y Keay, S., (Eds.), Social Complexity and the Development of Towns in Iberia. From the Copper Age to the Second Century A.D., Londres, British Academy, 86, 1995, pp.220-222; ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, p.151.

(13) BLANCO FREIJEIRO, A., “Las estatuas de verracos y las fíbulas zoomorfas celtibéricas”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie II, Historia Antigua, 1, 1988, pp.69-78; LÓPEZ MONTEAGUDO, G., Esculturas zoomorfas celtas de la Península Ibérica, Madrid, 1989; GALÁN DOMINGO, E., “Naturaleza y cultura en el mundo celtibérico”, Kalathos, 9-10, 1989-90, pp.175-204; ALONSO HERNÁNDEZ, P. y BENITO-LÓPEZ, J.E., “Figuras zoomorfas de barro de la Edad del Hierro en la meseta norte”, Zephyrus, 44-45, 1991-92, pp.525-536; ROMERO CARNICERO, F. y SANZ MÍNGUEZ, C., “Representaciones zoomorfas prerromanas en perspectiva cenital: iconografía, cronología y dispersión geográfica”, II Symposium de Arqueología Soriana. Homenaje a D. Teógenes Ortego y Frías. (Soria, 1989), Soria, 1992, pp.453-471; SÁNCHEZ MORENO, E., “El caballo entre los pueblos prerromanos de la meseta occidental”, Studia Historica. Historia Antigua, 13-14, 1995-96, pp.207-229; BLANCO GARCÍA, J.F., “Zoomorfos celtibéricos en perspectiva cenital. A propósito de los hallazgos de Cauca y el castro Cuesta del Mercado (Coca, Segovia)”, Complutum, 8, 1997, pp.183-203; ALMAGRO GORBEA, M. y TORRES ORTIZ, M., Las fíbulas de jinete y de caballito. Aproximación a las élites ecuestres y su expansión en la Hispania céltica, Zaragoza, 1999; CERDEÑO SERRANO, Mª.L., CABANES MIRÓ, E. y FERNÁNDEZ SABUGO, M., “Representaciones animales en la meseta prerromana”, en de Balbín Behrmann, R. y Bueno Ramírez, P., (eds.), II Congreso de Arqueología Peninsular. Tomo III: Primer milenio y metodología. (Zamora, 24-27 de septiembre de 1996), Zamora, 1999, pp.325-333.

(14) Recopilaciones de referencias literarias recogidas en: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.Mª., “La economía ganadera de España Antigua a la luz de las fuentes literarias griegas y romanas”, Emerita, 25, 1957, pp.159-184; ID., “Economía de los pueblos prerromanos del área no ibérica”, en Tarradell, M., (dir.), Estudios de Economía Antigua de la Península Ibérica, Barcelona, 1969, pp.225-230; ID., Economía de la Hispania Romana, Bilbao, 1978, pp.103-105; SALINAS DE FRÍAS, M., “Algunos aspectos económicos y sociales de los pueblos prerromanos de la Meseta”, Memorias de Historia Antigua, 3, 1979, pp.75-76; ID., “Problemática social y económica del mundo indígena lusitano”, en El proceso histórico de la Lusitania oriental en época prerromana y romana. Cuadernos Emeritenses, 7, Mérida, 1993, p.17; SÁEZ FERNÁNDEZ, P., “La ganadería extremeña en la antigüedad”, en Rodríguez Becerra, S. (Coor.), Trashumancia y cultura pastoril en Extremadura. Actas del Simposio, Mérida, 1993, pp. 37-49.

(15) SÁNCHEZ MORENO, E., “De ganados, movimientos y contactos. Revisando la cuestión trashumante en la Protohistoria hispana: la meseta occidental”, en Sociedades y fronteras en el mundo antiguo.Studia Historica. Historia Antigua, 16, 1998, pp.53-84. Versión actualizada y ampliada en Internet: http://www.ffil.uam.es./antigua/piberica/ganado/ganado1.html

(16) Floro, II, 33, 46-47; Orosio, VI, 21, 3.

(17) Livio, XXI, 43, 8-9; XXV, 1; Virgilio, Georg., III, 406-408.

(18) Dión Casio, XXXVII, 53.

(19) GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, p.278.

(20) EARLE, T.K., How chiefs come to power. The political economy in Prehistory. Stanford, 1997, pp.100-102; ALMAGRO GORBEA, M., “Guerra y sociedad en la Hispania céltica”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, passim; GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.278-282.

(21) SÁNCHEZ MORENO, E., “De ganados, movimientos y contactos. Revisando la cuestión trashumante en la Protohistoria hispana: la meseta occidental”, en Sociedades y fronteras en el mundo antiguo. Studia Historica. Historia Antigua, 16, 1998, pp.53-84. Versión actualizada y ampliada en Internet: http://www.ffil.uam.es./antigua/piberica/ganado/ganado1.html

(22) LINCOLN, B., “The Indo-European cattle-raiding myth”, History of Religions, 16 (1), 1976, pp.42-65; ID., Sacerdotes, guerreros y ganado. Un estudio sobre la ecología de las religiones, Madrid, 1991.Costumbres de esta naturaleza perviven todavía en no pocos rincones rurales del Mediterráneo. Por citar sólo un ejemplo etnográfico, en la aldea cretense de Glendhi los mozos entre 13 y 16 años realizan incursiones nocturnas para capturar ovejas pertenecientes a rebaños de aldeas vecinas, en la más pura tradición iniciática de madurez. El éxito en la empresa -esto es, el logro de buenos ejemplares cuya carne es repartida entre la familia- sin ser advertidos supone el reconocimiento de virilidad para los adolescentes. Cuando un joven ladrón incide varias veces sobre el ganado de otro pastor, puede acabar estableciéndose paradójicamente una amistad entre ambos (sindeknin), fundada sobre el acuerdo de una defensa común frente a intentos de hurto por parte de terceros. Conseguir esta alianza es un refuerzo más en la iniciación a la edad adulta dado que, en cierta forma, robar ganado se acaba convirtiendo en una forma deliberada de ampliar lazos de amistad y cooperación. Al respecto, HERZFELD, M., The poetics of manhood. Contest and identity in a Cretan mountain village, Princenton, 1985, esp. pp.163-205.

(23) Vide notas 2, 3 y 5.

(24) Livio, XXXV, 1; XXXVII, 57; Apiano, Iber., 56-58; Orosio, IV, 20, 23.

(25) Entre otros: PERALTA LABRADOR, E., “Las cofradías guerreras indoeuropeas en la España antigua”, El Basilisco, 3, 1990, pp.49-60; GARCÍA FERNÁNDEZ-ALBALAT, B., Guerra y religión en la Gallaecia y Lusitania antiguas, La Coruña, 1990; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.136-158; ALMAGRO GORBEA, M. y ÁLVAREZ SANCHÍS, J., “La Sauna de Ulaca: saunas y baños iniciáticos en el mundo céltico”, Cuadernos de Arqueología de la Universidad de Navarra, 1, 1993, pp.177-253; GARCÍA MORENO, L.A., “Organización sociopolítica de los Celtas en la Península Ibérica”, en Almagro Gorbea, M., (Dir.), Los Celtas: Hispania y Europa, Madrid, 1993, pp.349-350; SOPEÑA GENZOR, G., Ética y ritual. Aproximación al estudio de la religiosidad de los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1995, pp.75-86; ALMAGRO GORBEA, M., “Guerra y sociedad en la Hispania céltica”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, passim; GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.278-287; ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, pp.313-316. Todos ellos con enfoques alternativos pero coincidentes en lo esencial.

(26) HARMAND, J., La guerra antigua de Sumer a Roma, Madrid, 1976, p.24.

(27) QUESADA SANZ, F., “Aspectos de la guerra en el Mediterráneo antiguo”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.33-52; DAWSON, D., The origins of Western Warfare, Boulder-San Francisco-Oxford, 1998.

(28) Existen paralelos etnográficos altamente ilustrativos en esta clase de comparaciones estereotipadas, centrados en la oposición “guerra prístina o tribal versus guerra occidental o estatal”. Con relación a este tipo de aproximaciones, son de gran utilidad las advertencias críticas de R. Ferguson y N. Whitehead aplicadas a distintos casos de contacto entre estados europeos en expansión colonial y comunidades aborígenes, con particular atención a las transformaciones que esta interacción opera en las actitudes guerrras de las tribus primitivas (FERGUSON, R.B. y WHITEHEAD, N.L., “The violent edge of Empire”, en Ferguson, R.B. y Whitehead, N.L., (eds.), War in the tribal zone. Expanding states and indigenous warfare, Santa Fe, 1992, pp.1-30). El fundamento de la cuestión no es otro sino el reconocimiento de la distancia existente entre el observador que narra, sea un historiador antiguo o un etnógrafo contemporáneo, y el objeto de narración, en nuestro caso un sujeto indígena examinado bajo el prisma discriminador de la alteridad: la mirada del otro (en último término y desde la metodología etnográfica, vide TUHIWAI SMITH, L., Decolonizing methodologies. Research and Indigenous Peoples, Londres-Nueva York-Dunedin, 1999).

(29) CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.35-50.

(30) MARTÍN VALLS, R., “Segunda Edad del Hierro. Las culturas prerromanas”, en Valdeón, J., (dir.), Historia de Castilla y León, vol.I, cap.VI, Valladolid, 1985, pp.109-111; ESPARZA ARROYO, A., Los castros de la Edad de Hierro del Noroeste de Zamora, Zamora, 1986; FERREIRA DA SILVA, A.C., A cultura castreja no noroeste de Portugal, Paços de Ferreira, 1986; MORET, P., “Les fortifications de l´Age du Fer dans la Meseta Espagnole: origine et diffusion des techniques de construction”, Mélanges de la Casa de Velázquez, 27 (1), 1991, pp.5-42; ID., Les fortifications ibériques de la fin de l´Age du Bronze à la conquête romaine, Madrid, 1996; ALMAGRO GORBEA, M., “El urbanismo en la Hispania Céltica. Castros y oppida del centro y occidente de la Península Ibérica”, en Almagro Gorbea, M. y Martín Bravo, A.Mª., (Eds.), Castros y oppida en Extremadura, Madrid, Complutum Extra, 4, 1994, pp.13-75; ID., “Los castros de la meseta”, Gallaecia, 14-15, 1996, pp.261-308; CERDEÑO SERRANO, Mª.L., “Sistemas defensivos en el ámbito celta peninsular”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.231-239.

(31) CABRÉ DE MORÁN, Mª.E. y BAQUEDANO BELTRÁN, Mª.I., “La guerra y el armamento”, en Los celtas de la Península Ibérica. Monográfico de la Revista de Arqueología, extra nº5 , Madrid, 1991, pp.58-71; EAED., “El armamento céltico de la II Edad del Hierro”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.240-259; LORRIO ALVARADO, A.J., “El armamento de los celtas hispanos”, en Almagro Gorbea, M., (dir.), Los Celtas: Hispania y Europa, Madrid, 1993, pp.285-326; ID., “La evolución de la panoplia celtibérica”,Madrider Mitteilungen, 35, 1994, pp.212-243; QUESADA SANZ, F., El armamento ibérico. Estudio tipológico, geográfico, funcional, social y simbólico de las armas en la cultura ibérica (siglos VI-I a.C.), vol. 1-2, Montagnac, 1997.

(32) GARCÍA HUERTA, R., “La guerra entre los pueblos célticos. Las fuentes literarias greco-latinas”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.223-229.
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(33) SÁNCHEZ MORENO, E., Meseta occidental e Iberia exterior. Contacto cultural y relaciones comerciales en época prerromana. Tesis Doctoral en Microfichas. Universidad Autónoma de Madrid, 1998, p.305, cuadro 2.

(34) Estrabón, III, 4, 5; III, 4, 13; Justino, XLIV, 1-2; Livio, XXVIII, 12, 10; XXXIV, 17.

(35) Un ejemplo anecdótico pero pertinente: resulta curioso comprobar cómo una de las escasas noticias referidas a la enemistad de grupos del interior, la de vacceos hostigando a carpetanos, razón en la que se justificó Lúculo para llevar la guerra al valle medio del Duero (150 a.C.) habida cuenta que los carpetanos eran aliados romanos, es desmentida por el mismo Apiano (Iber., 51), fuente del relato, que desautoriza la acción del general al que supone inventor de un argumento falso

(36) Muy patente, por ejemplo, en el número de contribuciones reunidas con ese hilo conductor en el estudio colectivo sobre la guerra y los ejércitos en Hispania: A.A.V.V., La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997.

(37) En este punto coincidimos con posturas reflexivas como las de W. Kurtz o F. Quesada a propósito de las connotaciones simbólicas que denota el armamento en el registro funerario (KURTZ SCHAEFER, W.S., “El armamento de la necrópolis de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila)”, Zephyrus, 39-40, 1986-87, pp.445-458; ID., La necrópolis de Las Cogotas. Volumen I: Ajuares. Revisión de los materiales de la necrópolis de la Segunda Edad del Hierro en la cuenca del Duero (España), British Archaeological Reports, Oxford, 1987, pp.18, 31; QUESADA SANZ, F., El armamento ibérico. Estudio tipológico, geográfico, funcional, social y simbólico de las armas en la cultura ibérica (siglos VI-I a.C.), vol. 1-2, Montagnac, 1997; ID., “Armas para los muertos”, en Los Iberos. Príncipes de Occidente, Barcelona, 1998, pp.124-131). Para estos autores el arma indica el rango social del individuo por encima de su dedicación profesional a la guerra; ello no asegura que las armas no puedan haber tenido simultáneamente una funcionalidad práctica. (Vide infra apartado VII).

(38) GARCÍA QUINTELA, M.V., “Les peuples indigenes et la conquéte romaine d´Hispanie. Essai de critique historiographique”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 16, 1990, pp.181-220; ID., “Sources por l´étude de la Protohistorie d´Hispanie. Pour una nouvelle lecture”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 17, 1991, pp.61-99; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid,1999, pp.29-72.

(39) RANKIN, H.D., Celts and the Classical World, Londres, 1987; WALTER, H., Les Barbares de l´Occident romain, París, 1993; MARCO SIMÓN, F., “Ferocitas Celtica: imagen y realidad del bárbaro clásico”, en Falque, E. y Gascó, F., (Eds.), Modelos ideales y prácticas de vida en la Antigüedad clásica. Sevilla, 1993, pp.141-166; SOPEÑA GENZOR, G., Ética y ritual. Aproximación al estudio de la religiosidad de los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1995, pp.80-85; CLAVEL-LÉVÊQUE, M., “Codage, norme, marginalité, exclusion. Le guerrier, la plereuse et la forte femme dans la barbarie gauloise”, Dialogues d´Histoire Anciènne, 22 (1), 1996, pp.223-251.

IV- EL FRUTO DE LA CONTIENDA: BOTINES, TRIBUTO Y PRESTIGIO

De las acciones de asalto el bando vencedor extrae una serie de logros que repercuten en la estructura interna de su comunidad. Este hecho es ciertamente relevante pues permite avanzar propuestas sobre el ordenamiento social tomando como punto de partida, precisamente, las reacciones que provocan los beneficios de guerra y su distribución desigual entre la población.

Por un lado están las ganancias materiales. Nos acabamos de referir al protagonismo que la obtención de determinados botines, caso del ganado y otros bienes naturales de riqueza, ostenta en la proyección de asaltos y embestidas. Aspectos que en absoluto son privativos de los populi peninsulares, sino que se muestran con igual familiaridad en la escenografía del Mediterráneo antiguo tal y como acreditan los impulsos guerreros de griegos (40) y celtas galos (41), por no hacer más extensa la lista de ejemplos. Pero no pocas veces el resultado de una contienda bélica significó, además del ingreso de nuevas fortunas resultantes de un saqueo instantáneo, la entrega de una tributación regular como precio de la paz (42). El grupo vencedor garantizaría durante el tiempo convenido la recepción de estos tributos a través de elementos de presión, con frecuencia la toma de rehenes (43). Todo induce a pensar que tales pagos serían realizados en patrones de riqueza local: caballos, reses y ganado menor, cereal, cargamentos de sal, prisioneros, cantidades de metal en bruto, joyas en oro y plata, pieles de buey curtidas, prendas textiles como los sagos meseteños, entrega de armas..., lo cual está bien documentado en tiempos de conquista como impuestos que las unidades hispanas, especialmente los núcleos celtibéricos (44), pagan a Roma (45). De forma aproximada podemos extrapolar para momentos prerromanos estas tributaciones como mecanismo interétnico, que además supone un instrumento no despreciable de enriquecimiento económico.

Por otra parte, el enfrentamiento bélico depara también consecuencias de carácter ideológico igualmente destacables. Entre otras, la ganancia de fama y prestigio para los líderes victoriosos que suele traducirse en un incremento de su autoridad y poder. En este punto la guerra se convierte, en efecto, en una vía de promoción social y política (46). Si bien las fuentes literarias antiguas son muy avaras a la hora de reflejar estos aspectos, existen abundantes crónicas etnográficas sobre la relación tripartita: éxito guerrero - adquisición de prestigio - elevación de rango social. Citaremos sólo tres ejemplos que, salvando las distancias espacio-temporales, tienen en común con las comunidades protohistóricas del centro y occidente de la Península una serie de premisas culturales que dan cierto fundamento a esta tentativa de comparación -aunque se anuncian aquí a título de mero apunte sin pretensión alguna de ligazón directa-; a saber, el tratarse de “sociedades de frontera” (en contextos interiores, pero de transición dada su proximidad a regiones más dinámicas y activas), el hecho de estar en contacto con potencias colonizadoras (Roma en nuestro análisis, los estados europeos en expansión para los casos etnográficos) y su vocación eminentemente ganadera.
Así pues, entre las distintas tribus indias de las praderas centrales de Norteamérica, los jefes guerreros ven incrementar poderosamente su liderazgo gracias al prestigio que procuran el triunfo sobre sus rivales y la acumulación de riquezas, especialmente las manadas de caballos que son el móvil principal de sus pillajes; al tiempo, partiendo de la posición rectora de estos líderes y en función de los comportamientos guerreros, se va estableciendo el ranking social imperante (47). En el valle colombiano del Cauca, las jefaturas nativas hallan también en la guerra un mecanismo de evolución política y complejidad social (48): en este caso, la toma de prisioneros a emplear en tareas económicas como mano de obra esclava se convierte en una fórmula de ascenso social dado que cuantos más cautivos logre un guerrero mayor será su influencia y estatus. En lo que respecta a los grandes jefes, sus triunfos guerreros permiten legitimizar el ejercicio de poderes ilimitados; además de recibir grandes recompensas, pueden llegar a ser consagrados en ceremonias rituales. Finalmente, para las tribus de tuaregs del África centro-oriental la acumulación de cabezas de camellos robados o cobrados como tributo y el control militar de las rutas pastoriles a larga distancia y del comercio caravanero transahariano actúan asimismo como pautas de ordenamiento social y de consolidación del dominio de las aristocracias guerreras (49).

Se retomará más adelante la cuestión de la naturaleza del poder de las minorías dirigentes del occidente hispano acudiendo a uno de los perfiles que integran la figura de Viriato transmitida por la tradición clásica. Antes nos detendremos de nuevo por un momento en un detalle más de la guerra que trasciende claramente a la esfera socio-económica: la entrada y manipulación de los bienes conquistados.

V- REPARTO Y REDISTRIBUCIÓN; RIQUEZA Y SOCIEDAD

La irrupción en una comunidad local de mercancías foráneas (llegadas como triunfos de guerra o a través de cualquier otra posible vía) y las formas en que los grupos de poder proceden a repartirlas entre la población, dan cobijo a una modalidad de interacción que es al tiempo un sistema de organización socio-económica bien conocido: la redistribución desde un punto central.
Esta variante fue definida por K. Polanyi (50) como el movimiento de intercambio y apropiación a partir de un centro principal y desde ese punto hacia fuera (51). A diferencia de otros mecanismos de relación más igualitarios y primitivos (el trueque o la reciprocidad), la redistribución es un funcionamiento de dependencia hacia un punto principal. Éste (la capital política de un estado, como arquetipo no exclusivo pues también puede considerarse como “centro” la propia figura de un poder personal como veremos seguidamente) es el lugar desde el que se controlan los recursos, se organiza la producción, se distribuyen las riquezas internamente entre las distintas capas sociales y también desde el que se trazan con el exterior redes de intercambio y comercio. Es decir, a partir de ese referente central que funciona al tiempo como presumible cabeza política y vértice social, se estructura la organización económica y se perfila el cuerpo social de una comunidad. Al fundamentarse en un núcleo rector o central place (52), constituye un sistema de centralización propio de sociedades arcaicas complejas (según Polanyi), de jefatura evolucionada (a juicio de Sahlins, Service o Harris) o en vías de consolidación estatal (los bautizados por Renfrew como early state module). Egipto, Sumer, Babilonia o el Imperio Inca han sido tomados como ejemplos clásicos de redistribución; pero el modelo también puede ser aplicado en otra escala a realidades más cercanas a nuestros intereses, caso de los grandes oppida centroeuropeos que están operando como células políticas autónomas a fines de la Edad del Hierro (53).

Tornando a nuestro marco de estudio, algo parecido puede observarse en los extensos castros u oppida del interior peninsular (54). Se trata de lugares referenciales para la sociedad en torno a los cuales, además, se aglutina la población. Por una parte, en lo que respecta a las minorías dirigentes, las cuadrillas guerreras y otros sectores de ciudadanos, los oppida prerromanos son foros residenciales, bases defensivas y sede de las principales instituciones políticas y religiosas; por otro lado, representan áreas de producción y especialización económica para el grueso de la población dedicada a labores agro-pecuarias y artesanales. En esferas como la lusitano-vetona (55) y más señaladamente en el círculo vacceo, caracterizado por un paisaje urbano homogéneo a base de grandes civitates diseminadas reguladamente sobre el territorio (56), algunos de estos hábitats mayores pueden tenerse como unidades básicas de organización socio-económica, política y territorial desde el siglo IV a.C.; esto es, como lugares-centrales y núcleos redistributivos. Dichos enclaves ejercen, pues, de cabezas comarcales sobre hábitats menores, gentes y territorios dependientes y jerarquizados.

Descendamos del plano territorio-poblacional a categorías humanas menos abstractas. Los grupos de poder de las comunidades prerromanas, identificables en el espacio con los oppida o central-places a los que acabamos de referirnos, son quienes tienen acceso restringido y controlan los recursos económicos entre los que se enumera la guerra, más concretamente los beneficios que ésta trae consigo cuando se revela propicia. A partir de la posición privilegiada de estas jefaturas militares -también denominadas aristocracias guerreras- se van estableciendo relaciones sociales fuertemente jerarquizadas que no son sino el reflejo de un reparto desigual de riqueza y rango. Ello queda patente en modelos explicativos como la redistribución de bienes. Se ha abordado aquí una lectura económica y un tanto teórica del mismo, es hora ya de desgranar el esquema redistributivo en clave sociológica y de forma mucho más tangible. Para este fin nos valdremos de un personaje tradicional en los manuales escolares de Historia de España, Viriato (57).


VI- EL PAPEL DEL LÍDER Y LA ARTICULACIÓN SOCIAL. VIRIATO COMO PARADIGMA

Contamos con una imagen literaria que a pesar de estar envuelta en el mito da cuenta de la importancia que tiene en las sociedades del occidente peninsular la redistribución de botines y tributos de guerra. Un reparto dirigido por una cabeza militar (representación eventual, pero notoria, de la idea de poder o lugar central recién expuesta) y que es utilizado por la misma como medida de orden social. Nos referimos a Viriato, al que sólo en este punto nos vamos a permitir atribuirle un apelativo nuevo, el de jefe redistributivo.

No cabe duda de que la del lusitano es una de las figuras que mayor número de páginas ha acaparado en la bibliografía de la Hispania antigua. Su tratamiento ha ido variando con el tiempo en función del desarrollo de una investigación que, según circunstancias y en unas épocas más que en otras, se ha movido al ritmo de intereses ideológicos e incluso de modas políticas dominantes. En este sentido consideramos que una breve retrospectiva historiográfica puede resultar conveniente para contextualizar lo mejor posible nuestro propio comentario.

Dejando a un lado los trabajos más antiguos de la escuela alemana de fines del XIX, supeditados a la información textual clásica con arreglo al historicismo positivista representativo de aquellos momentos (58), y las apreciaciones pseudo-históricas de algunos escritos nacionales (en su mayoría debidos a militares) exaltando la heroicidad de Viriato en la historia-patria y reivindicando su cuna hispana frente a la adscripción portuguesa (59), el primer estudio pormenorizado sobre Viriato es el que publica Adolf Schulten en 1917 (60). Gracias al rastreo de las fuentes, a la identificación de topónimos antiguos y a la reconstrucción histórica de la gesta y movimientos viriáticos ofrecidos, esta obra supuso un punto de partida obligado para los trabajos posteriores que la han continuado, a pesar de sus vicios y limitaciones. El Viriato de Schulten es, fundamentalmente, el retrato del caudillo de la libertad ibérica frente al expansionismo romano, en un ensayo caracterizado por los prejuicios etnográficos propios del método schulteniano, tal y como pone de manifiesto la crítica de nuestros días (61). Se puede decir que los estudios emprendidos a partir de entonces se circunscriben dentro de dos tendencias bien determinadas que todavía hoy se mantienen: los análisis históricos de corte más o menos descriptivo insertados en el proceso global de la conquista romana de Hispania, de un lado, y las autopsias acerca del Viriato -o Viriatos- transferido por los clásicos a la sombra de proyecciones ideológicas y filosóficas, de otro lado.

Dentro de la primera corriente cabe citar las aportaciones de García y Bellido (62), que aunque acotado al tema concreto de las rebeliones indígenas se muestra como trabajo de gran originalidad -más teniendo en cuenta la época en que está escrito (63)-, Simon (64), Gundel (65), Dyson (66), Bane (67), Knapp (68) y, más recientes en el tiempo, Santos Yanguas y Montero (69), Richardson (70), López Melero (71), de Francisco (72), Curchin (73) y Pitillas (74). Con miras más equilibradas y desprovistos de la retórica grandilocuente y ensalzadora de otras décadas, estos trabajos ponen el acento en el relato de las campañas militares y la estrategia guerrera desplegada por Viriato, en las causas de la revuelta lusitana y la situación interna de las entidades prerromanas o en la relación Hispania-Roma a mediados del siglo II a.C., con miramiento especial a las consecuencias de la guerra viriática en la evolución política de la república romana.

Tomando parte del segundo tipo de aproximación, merecen subrayarse los análisis internos llevados a cabo por Lens Tuero (75), García Moreno (76) y García Quintela (77) sobre el trasfondo de la literatura viriática.

En el primero de estos ensayos, un minucioso análisis filológico lleva a enjuiciar la historia de Viriato transmitida por Posidonio a través de Diodoro como una muestra de historiografía helenística y moralizante que convierte al líder lusitano en el prototipo del “buen salvaje” derivado de las doctrinas cínica y estoica. En definitiva, una reconstrucción ideológica con la cual los escritores de aquella corriente intentan contrarrestar y denunciar los signos de decadencia perceptibles en la Roma de los siglos II-I a.C. (78). Partiendo de presupuestos similares, esto es, la evocación del Viriato de los textos antiguos como héroe natural y justiciero siguiendo el cliché estoico-cínico posidoniano, García Moreno ha avanzado valiosas consideraciones sobre el entorno histórico del personaje. Entre las deducciones de mayor peso habría que señalar la vinculación de Viriato con la Lusitania meridional, en concreto con la región fronteriza de Beturia, corrigiendo la añeja visión de Schulten que hacía de la remota comarca de la Sierra de la Estrella al norte de Portugal su tierra natal, con todas las connotaciones de marginalidad y barbarie pertinentes (79). A conclusiones parecidas llega Pérez Vilatela (80), con un espíritu igualmente revisionista. Los estudios de García Moreno han ayudado asimismo a desmontar la leyenda que desde antiguo se ha tejido alrededor del jefe lusitano, empeño compartido por otros investigadores que han llamado la atención sobre el uso político del personaje, en tiempos romanos (exemplum de nobleza bárbara) y en la historia reciente (precursor del caudillaje militar) (81).

Con respecto a la obra de García Quintela, su objetivo es intentar demostrar que buena parte de los relatos sobre Viriato son coherentes con la ideología trifuncional indoeuropea descrita por G. Dumézil, especialmente con las denominadas primera y -con más dudas- segunda funciones: la del guerrero y la del soberano céltico de carácter cuasi divino, respectivamente. Con la novedad que supone sustituir el tradicional enfoque socio-económico por otro ideológico-simbólico de raíz indígena, el autor apoya sus argumentos en una exploración a fondo de varios ciclos indoeuropeos, examinando episodios germanos, irlandeses, hindúes, romanos y célticos (82). En cualquier caso, a nuestro entender resulta más reveladora la propuesta de juzgar que las fuentes griegas relativas a Viriato recogen una versión lusitana fosilizada en un discurso típicamente helénico: “parece posible afirmar que en Diodoro leemos la traducción al griego, seguramente con adaptaciones, de una creación intelectual indígena. Ésta reelabora la ideología tradicional para movilizarla en un momento histórico de resistencia contra los romanos e hipertrofia del rol del jefe” (83).

Curiosamente uno de los aspectos menos atendido es la actitud de Viriato repartiendo el botín entre los suyos. El que este particular haya pasado bastante desapercibido en la investigación es de suponer que se debe a la primacía de otros intereses: la vida del personaje (con escenas de tanto jugo como los esponsales, el asesinato o el solemne funeral) o el análisis de las tendencias histórico-literarias con que la historiografía cubre su excepcional silueta, como acaba de observarse. Y sin embargo el capítulo de la adjudicación de botines y regalos se repite en casi todas las fuentes que se detienen en Viriato. Hagamos una recopilación de estas referencias:
Diodoro, XXXIII, 1, 3:
“en el reparto del botín era justiciero, y distinguía con regalos a los que se señalaban por su valor” (84)
Diodoro, XXXIII, 1, 5:
“Viriato, el jefe de ladrones lusitano, era justo en el reparto del botín: basaba sus recompensas en el mérito y hacía regalos especiales a aquellos de sus hombres que se distinguían por su valor, además no cogía para su uso particular lo que pertenecía a la reserva común. Debido a ello, los lusitanos le seguían de buen grado a la batalla y lo honraban como su benefactor y salvador común” (85)
Diodoro, XXXIII, 21a:
“En el reparto del botín no tomaba nunca una parte mejor que los otros; y de lo que tomaba, u obsequiaba a los que más se distinguían o subvenía a las necesidades de los soldados” (86)
Apiano, Iber., 75:
“Tanta fue la añoranza que Viriato dejó tras de sí, el que más dotes de mando había tenido entre los bárbaros y el más atrevido ante todo por delante de todos y el más presto al reparto a la hora del botín. Pues nunca aceptó tomar una parte mayor a pesar de que continuamente le animaban a ello; e incluso lo que tomaba se lo entragaba a quienes más habían destacado en la lucha. Por esto, un asunto complicado y no fácilmente conseguido por ningún otro de los generales: durante los ocho años de esta guerra un ejército constituido de elementos heterogéneos nunca se le rebeló y siempre fue sumiso y el más resuelto a la hora del peligro” (87)
Cicerón, De off., II, 40:
“Y así por su equidad en repartir el botín obtuvieron un gran poder no sólo Bardilis, bandolero ilirio, sino también y mucho mayor el lusitano Viriato” (88)La escena interesa por distintas razones. Además de reparar de nuevo en el contexto bélico lusitano (150-139 a.C.), el episodio ilustra muy bien cómo el resultado de un triunfo guerrero da paso a un mecanismo socio-económico de redistribución de bienes y recompensas que alcanza jerárquicamente al conjunto de los guerreros victoriosos. Y cómo ese mecanismo es operado por el cabecilla de la comunidad, quien simultáneamente acrecienta las bases de su poder gracias precisamente a los resultados de la acción militar; tanto más prestigiosa cuanto más lejano sea el escenario de los hechos y más poderosos sean el enemigo a batir y los símbolos identificativos de tales hazañas. Por descontado que nuestra lectura es una interpretación hipotética; una particular adaptación histórica de la metáfora literaria de Viriato, si se quiere, pues en verdad las fuentes clásicas retratan al pastor, ladrón y caudillo lusitano como a un Robin Hood protohistórico (89): un delincuente o bandido al que casi justifican por su talante igualitario, justo y barbarizadamente noble (90), según el modelo del buen salvaje o la doctrina cínica de los que participa la historiografía clásica (91). Por eso, la enseñanza extraíble automáticamente de esta tradición literaria es la del comportamiento ejemplar y equitativo de Viriato, que no toma nada para sí y que concede regalos especiales a quienes se han distinguido en la lucha; todo lo cual hace que sea admirado y respetado fielmente por los suyos hasta el punto de no tener que hacer frente a ninguna rebelión interna.

Pero, al margen de la evidente intencionalidad moralizante, estos textos cobijan una serie de pistas que permiten formular preguntas de finalidad más marcadamente histórica, por ejemplo sobre el liderazgo militar y las relaciones sociales. ¿Cuál es la naturaleza del poder en estos grupos? ¿Qué grado institucional alcanzan los jefes guerreros del occidente hispano? ¿De qué otros testimonios disponemos para aprehender la fuerte jerarquización y los lazos de dependencia personal?

Las informaciones literaria y arqueológica coinciden en señalar la existencia de una acusada diferenciación social en las poblaciones de la Protohistoria Final. A la cabeza suele situarse una jefatura o elite aristocrática de acentuado carácter guerrero, especialmente en los siglos IV-II a.C., que, no en vano, va evolucionando y transformándose con el tiempo en virtud de procesos internos y de acontecimientos externos tan relevantes como la incursión de cartagineses y romanos por el interior peninsular. El contrapunto a este sector privilegiado es una masa de gente empobrecida y sin recursos, dispuesta en los niveles más bajos de la sociedad, que cabe relacionar con prácticas supuestamente marginales, al menos bajo el prisma ideológico clásico, como el bandolerismo, el mercenariado y la prestación de servicios en el extranjero; costumbres que llamaron poderosamente la atención de los historiadores antiguos y sobre las que se han vertido chorros de tinta (92).

En las necrópolis, las sepulturas con distinto grado de monumentalidad, ajuar y riqueza, dan cuenta de algunas pautas sociales y de los objetos materiales asociables a determinados grupos humanos, por ejemplo la presencia de conjuntos de armas en las sepulturas de mayor nivel que anuncian a las elites rectoras recubiertas de una aureola guerrera (vide infra apartado VII). Los textos greco-latinos, por su parte, se refieren desde finales del siglo III a.C. y sobre todo en la centuria siguiente a una serie de dignatarios del ámbito occidental en lucha frente a la expansión romana. Entre el conglomerado lusitano-vetón se citan los nombres de Hilerno (93), Púnico (94), Césaro (95), Cauceno (96), Taútalo (97)..., aparte de Viriato. Desde el punto de vista institucional, las fuentes los titulan con términos como dux, imperator, , (98); apelativos que dejan entrever una categoría superior a la de simples magistraturas temporales y electivas pero que, sin embargo, no parecen alcanzar la distinción de soberanía propia de los reges y reguli del espacio ibérico-turdetano (99). En suma, sin ser demasiado explícitos los textos nos acercan al destacamiento socio-político de un puñado de figuras revestidas de poder guerrero: sus dotes y tenacidad les hacen encumbrarse en posiciones de liderazgo. No es de extrañar que los historiadores clásicos subrayen el componente militar de estos personajes dado que la información procede esencialmente del tiempo de conquista, lo cual suscita la familiaridad de tal semblante entre otras reducciones implícitas. Sin embargo, cabe presumir que el poder de estas figuras no es exclusivamente bélico sino que en muchos casos estas jefaturas, limitadas en mayor o menor grado por las competencias de otros miembros pertenecientes a clanes nobiliarios o por órganos políticos oligárquicos (consejo de notables, asambleas ciudadanas más extensas), controlan igualmente las bases económicas. Esto les permite tener acceso restringido a los excedentes productivos. Al tiempo, se apropian de símbolos e imágenes de autoridad con el fin de legitimar su dominio, haciendo uso cuando es necesario de estrategias de manipulación ideológica sobre la población (100).

Del recurso alegórico de Viriato redistribuyendo entre los suyos se desprende, acaso también, la sensación de un ordenamiento social profundamente regulado. Esto se aviene con otras señales de jerarquía y dependencia que conocemos para la Hispania anterromana y que, en cualquier caso, acrecientan la evidencia de estar ante agrupamientos sociales cada más verticales y articulados, que además se desenvuelven en una atmósfera ritual de complejidad creciente. Por no citar más que tres hábitos suficientemente testimoniados, piénsese en:

1) Las clientelas militares de devotii que surgen alrededor de una figura central, a quien consagran fidelidad de por vida hasta el punto de llegar a morir por él (101); tal costumbre llamó la atención de los clásicos, que la reseñan como idiosincrasia del guerrero hispano (102). Un eco de lo mismo puede verse en los funerales del propio Viriato (103), donde doscientas parejas de lusitanos luchan en combates singulares en honor del líder asesinado (104), a quien presumiblemente se hallaban vinculados clientelarmente.

2) El hospitium indígena (105) que tiende a evolucionar hacia fórmulas de vinculación personal próximas al modelo del patronatus romano (106). Aunque esto es perceptible durante la conquista y en función de los intereses políticos de Roma sobre los nuevos territorios anexionados, el viraje de la hospitalidad (y de otras instituciones similares que no se han conservado) hacia compromisos de sumisión personal debe tener un arranque anterior explicable en el proceso de formación y consolidación de las aristocracias guerreras en los últimos siglos antes del cambio de Era.

3) Los banquetes o fiestas de mérito que incluyen el intercambio de regalos de prestigio y la destrucción deliberada de riqueza como prerrogativa máxima de rango y autoridad en actos de exhibición desmedida y de reafirmación social (esto es, la ceremonia del Potlatch descubierta por la etnografía), entre otros ritos de competitividad social tan del gusto de las elites dirigentes (107).

En esta relación cabe traer a colación otra tesis que se está barajando en nuestros días pero que sin embargo todavía no se ha comprobado definitivamente: ¿las descripciones que nos han llegado sobre las técnicas guerreras y la estructura militar de los lusitanos podrían reflejar en realidad un bosquejo de su organización social? Exprimiéndolas al máximo e intentando contrapesar las lagunas y juicios de valor de la historiografía clásica, las noticias de Estrabón (108) y Diodoro (109) permitirían deducir como mucho una actividad guerrera compleja y, verosímilmente, jerarquizada entre los lusitanos, distinguiéndose al menos dos tipos de combatientes: 1) la “caballería” -probablemente no antes del s.III a.C.-, una minoría de guerreros de élite armados con panoplias pesadas; y 2) la “infantería” como cuerpo social extenso, a quien corresponde un armamento más ligero (vide infra). Poco más. Resulta tentador tomar estas pistas como directrices a partir de las cuales entender el entramado social de las comunidades de la Iberia prerromana (110), pero por el momento parece difícil arribar a conclusiones de mayor alcance. En cualquier caso, la viabilidad de este tipo de análisis pasa necesariamente por el examen de los datos arqueológicos, más concretamente por la valoración a fondo (tipología, secuencia cronológica, combinaciones estadísticas de elementos y equipos de armas, estimaciones de riqueza y rango, interpretación histórico-cultural...) de las denominadas “tumbas de guerrero”, aquellas que documentan armas formando parte del ajuar funerario. Sin duda ésta es una atractiva vía a potenciar en el futuro por la investigación.

Existe un último dato de gran valor rescatable de las crónicas de Viriato repartiendo riquezas, insinuado ya líneas atrás: la manipulación que de los tesoros adquiridos hace un jefe como estrategia de adhesión de clientes y garantía de fidelidad y disciplina en sus ejércitos, a la sazón caracterizados por su heterogeneidad (111). De nuevo un aspecto que ensambla las piezas que dan forma a nuestro particular puzzle: riqueza económica (expolios de guerra), gestión del líder (Viriato, caudillo redistributivo) y diálogo social (proyección de líneas de subordinación desde la cima del poder). En efecto, las fuentes reiteran que Viriato distinguía y obsequiaba a sus partidarios con magníficos presentes (112). A pesar de la parquedad textual (113), enseguida se nos viene a la mente el valor simbólico del regalo y la articulación de relaciones sociales y de medidas de captación de poder mediante el mecanismo del don y el contra-don (114), que tanto éxito ha tenido en el discurso antropológico y que tanto auxilio ha prestado como modelo explicativo a prehistoriadores e historiadores de la Antigüedad.

Diremos rápidamente que el regalo, en tanto instrumento cultural, se convierte en referencia de un compromiso entre individuos o grupos y, por tanto, es un precioso elemento para calibrar relaciones sociales. El ensayo pionero de M. Mauss sigue siendo de referencia obligada para el estudio de la forma y función del intercambio de dádivas, habiéndose profundizado a partir de él en el significado de la reciprocidad (115). El interés estriba en comprender que el don crea obligaciones sociales: entregar un regalo exige en primer lugar la aceptación por parte del receptor y, seguidamente, el que éste de una respuesta a cambio. Así la contraprestación (material o personal, sea esta última de tipo laboral o militar) se convierte en condición sine qua non y en instrumento para crear vínculos dentro de un marco de intercambio jerarquizado. La obligación en este sentido es triple: dar, recibir y actuar recíprocamente.

Asociada a la entrega del regalo hay una gama de expresiones sociales y de formas de comunicación de no poca importancia, que ya han sido aludidas al hablar de los grupos de poder de la Iberia indígena: generosidad sin límites, búsqueda competitiva de estatus y prestigio (regalar más es una manera de mostrar la superioridad de uno), hospitalidad, fiestas y banquetes nobiliarios, consumo de vino y otras bebidas y viandas de acceso restringido, ideal caballeresco, partidas de caza, luchas singulares y demás ceremonias rituales, formación de cuadrillas de fieles y clientes... En general la economía del regalo se identifica con unos fines políticos determinados y por tanto con grupos aristocráticos, ámbitos principescos o sociedades de jefatura compleja, como fueron las comunidades de la Edad del Hierro (116). En estos ambientes, armas de parada excepcionales, pertrechos del enemigo, trofeos guerreros, torques áureos y otros adornos, calderos de bronce, cerámicas de lujo y vajilla asociada al vino, briosos corceles e incluso mujeres en exogamia, debieron intercambiarse y regalarse como bienes de prestigio en una circulación selectiva y clientelar, tal como los textos que hemos revisado sobre Viriato ponen de manifiesto en su particular código ético (117). Acumular el mayor número de estas preciadas mercancías se traduce en una extensión de vínculos de interdependencia con otros individuos y, por ende, se convierte en una hábil manera de consolidar el rango socio-político de los possesores. Más aún si estas piezas son de naturaleza exótica -caso de los botines procedentes de empresas militares realizadas en escenarios remotos (118)-, lo cual incrementa su excepcionalidad (119).



NOTAS

(40) GARLAN, Y., Guerre et économie en Grèce ancienne, París, 1989, pp.50-55; DUCREY, P., Guerre et guerriers dans la Gèce antique, París, 1999, pp.201-218; CORVISIER, J.-N., Guerre et société dans les mondes grecs (490-323 av. J.-C.), 1999, París, pp.148-154.
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(41) BRUNAUX, J.L. y LAMBOT, B., Guerre et armement chez les Gaulois (450-52 a.C.), París, 1987, pp.27-28; CUNLIFFE, B.W., The Ancient Celts, Oxford, 1997, pp.89-99.

(42) Orosio, Hist., V, 1, 10-11.

(43) GARCÍA RIAZA, E., “La función de los rehenes en la diplomacia hispano-romana”, Memorias de Historia Antigua, 18, 1997, pp.87-88.

(44) Apiano, Iber., 48-54, 77-79 y 98; Diodoro, XXXIII, 16.

(45) PITILLAS SALAÑER, E., “Una aproximación a las reacciones indígenas frente al expansionismo romano en Hispania (205 al 133 a.n.e.)”, Memorias de Historia Antigua, 17, 1996, pp.133-155; GARCÍA RIAZA, E., “Las claúsulas económicas en las negociaciones de paz romano-celtibéricas”, en Burillo Mozota, F., (Ed.), IV Simposio sobre los Celtíberos. Economía. Homenaje a J.L. Argente Oliver (Daroca, Zaragoza; Septiembre 1997), Zaragoza, 1999, pp.515-520.

(46) Vide nota 7.

(47) MISHKIN, B., Rank and warfare among the plains Indians, Lincoln-Londres, 1992 (1ª edición 1940).

(48) CARNEIRO, R., “Chiefdom-level warfare as exemplified in Fiji and the Cauca Valley”, en Haas, J., (ed.), The anthropology of war, Cambridge, 1990, pp.190-211.

(49) SÁENZ, C., “Lords of the waste: predation, pastoralism, and the process of stratification among the eastern Twaregs”, en Earle, T., (ed.), Chiefdoms: power, economy, and ideology, Cambridge, 1991, pp.100-118.

(50) POLANYI, K., “The economy as instituted process”, en Polanyi, K., Arensberg, C.M. y Pearson, M.W., (Eds.), Trade and Market in the Early Empires: Economies in History and Theory, Chicago, 1957, p.250.

(51) Para profundizar en las implicaciones de la economía redistributiva en las sociedades primitivas: SAHLINS, M., Stone Age Economies, Nueva York, 1972 (edición en castellano: Madrid, 1977); RENFREW, C., “Trade as action in distance”, en Sabloff, J.A. y Lamberg-Karlovsky, C.C., (Eds.), Ancient Civilization and Trade, Alburquerque, 1975, pp.8 y 11-12; PRYAR, F.L., The origins of the economy: a comparative study of distribution in primitive and peasant economies, Nueva York, 1977; SERVICE, E.R., Los orígenes del Estado y de la civilización. El proceso de la evolución cultural, Madrid, 1984 (2ª edición), pp.119-120. Son varios los procesos de tipo interno y externo que ocasionan la formación de lugares centrales de redistribución (RENFREW, C., art. cit., 1975, pp.24-35): los centros de intercambio social y religioso en puntos rituales de reunión ocasional o periódica, los centros derivados de una aglomeración de población y de una especialización artesanal, los centros que por estrategia nacen en medio de una diversidad interregional como puntos intermedios donde confluyen y se canjean productos venidos de diferentes áreas, los centros que constituyen entidades urbanas, sean fundaciones ex novo o resultado de conquista o procesos de integración, los centros que representan una implantación en territorio extranjero (colonias comerciales), etc. Un sistema redistributivo lleva consigo la construcción de lugares de almacenamiento, la consolidación con el tiempo de mercados y, de mayor significación para lo que nos ocupa, la aparición de instrumentos característicos de agrupaciones verticales cada vez más jerarquizadas como las clientelas, el tributo o el vasallaje (vide infra).

(52) GRANT, E., (Ed.), Central Places, Archaeology and History, Sheffield, 1986.

(53) Así, los oppida celtas en la antesala de la conquista romana se configuran, además de como centros político-territoriales y de defensa, como focos económicos que regulan la provisión y redistribución de excedentes a escala local (del oppidum hacia comunidades menores dependientes), inter-regional (de un oppidum hacia otro) o de largo alcance (con ámbitos más distantes, como las ciudades mediterráneas), en el sentido más clásico del central-place. Para estas cuestiones: NASH, D., “Territory and state formation in Central Gaul”, en Greene, D., Haselgrove, C., y Spriggs, M., (Eds.), Social Organization and Settlement, (Britsh Archaeological Reports, BAR), Oxford, 1978, pp.455-475; COLLIS, J., Oppida. Earliest Towns North of the Alps, Sheffield, 1984; CRUMLEY, C.L., “Celtic settlement before the Conquest: the dialectics of landscape and power”, en Crumley, C.L. y Marquardt, W. H., (Eds.), Regional Dynamics: Burgundian Landscapes in Historical Perspectives, Nueva York, 1987, pp.403-430; WELLS, P.S., Granjas, aldeas, ciudades. Comercio y orígenes del urbanismo en la Protohistoria Europea, Barcelona, 1988, pp.135-142; BÜCHSENSCHÜTZ, O., “The significance of major settlements in European Iron Age society”, en Arnold, B. y Gibson, D.B., (Eds.), Celtic Chiefdom, Celtic State, Cambridge, 1995, pp.61-63; CUNLIFFE, B.W., The Ancient Celts, Oxford, 1997, pp.223-234; un posicionamiento crítico en: WOOLF, G., “Rethinking the oppida”, Oxford Journal of Archaeology, 12 (2), 1993, pp.223-234; ID., “The social significance of trade in Late Iron Age Europe”, en Scarre, C., y Frances, H., (Eds.), Trade and exchange in Prehistoric Europe, Oxford, 1993, pp.211-218, en el último caso con relación al factor comercial.

(54) ALMAGRO GORBEA, M., “El urbanismo en la Hispania Céltica. Castros y oppida del centro y occidente de la Península Ibérica”, en Almagro Gorbea, M. y Martín Bravo, A.Mª., (Eds.), Castros y oppida en Extremadura, Madrid, Complutum Extra, 4, 1994, pp.13-75; ID., “Los castros de la meseta”, Gallaecia, 14-15, 1996, pp.261-308; ID., “Estructura socio-ideológica de los oppida celtibéricos”, en Villar, F. y Beltrán, F., (Eds.), Pueblos, lenguas y escrituras en la Hispania prerromana. Actas del VII Coloquio sobre Lenguas y culturas paleohispánicas (Zaragoza, Marzo de 1997), Zaragoza, 1999, pp.35-55.

(55) ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, pp.111-164 y 334-336; SÁNCHEZ MORENO, E., “Organización y desarrollo socio-políticos en la meseta occidental prerromana: los vetones”, Polis, 8, 1996, pp.264-271; ID., Vetones: historia y arqueología de un pueblo prerromano, Madrid, 2000, pp.75-87; RODRÍGUEZ DÍAZ, A., “Extremadura Prerromana”, Extremadura Arqueológica IV. Arqueología en Extremadura: 10 años de descubrimientos, Mérida, 1995, pp.106-112; ORTIZ ROMERO, P. y RODRÍGUEZ DÍAZ, A., “Culturas indígenas y romanización en Extremadura”, en Rodríguez Díaz, A., (Coor.), Extremadura protohistórica: paleoambiente, economía y poblamiento, Cáceres, 1998, pp.256-263.

(56) SACRISTÁN DE LAMA, J.D., “Apuntes sobre la geografía poblacional vaccea”, Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, 60, 1994, pp.139-152; ID., “Reflexiones en torno al modelo de poblamiento de época celtibérica en la cuenca media del Duero”, en Burillo, F., (Coord.), El poblamiento celtibérico. III Simposio sobre Celtíberos (Daroca, 1991), Zaragoza, 1995, pp.369-380; SAN MIGUEL MATÉ, L.C., “El poblamiento de la Edad del Hierro al occidente del valle medio del Duero”, en Romero, F., Sanz, C. y Escudero, Z., (Eds.), Arqueología vaccea. Estudios sobre el mundo prerromano en la cuenca media del Duero, Valladolid, 1993, pp.21-66; ID., “Civitas y secundarización de la producción: ¿Las claves de interpretación del modelo de poblamiento vacceo?”, en Burillo, F., (Coord.), El poblamiento celtibérico. III Simposio sobre los Celtíberos. (Daroca, 1991), Zaragoza,1995, pp.373-380; DELIBES DE CASTRO, G., ROMERO CARNICERO, F., SANZ MÍNGUEZ, C., ESCUDERO NAVARRO, Z. y SAN MIGUEL MATÉ, L.C., “Panorama arqueológico de la Edad del Hierro en el Duero medio”, en Delibes de Castro, G., Romero Carnicero, F. y Morales Muñiz, A., (Eds.), Arqueología y medio ambiente. El primer milenio a.C. en el Duero medio, Valladolid, 1995, esp. pp.105-106.

(57) ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R. y RUIZ ZAPATERO, G., “España y los españoles hace dos mil años según el bachillerato franquista (período 1936-1953)”, Iberia. Revista de la Antigüedad, 1, 1998, pp.37-52.

(58) En especial: BECKER, U.J.H., Viriath und die Lusitanier, Altona, 1826; HOFFMANN, M., De Viriathi Numantinorumque bello. Diss. Greifswald, Munich, 1865; y MOMMSEN, T., Römische Geschichte, vol. II, Berlín, 1903, pp.8-13. Una valoración y más referencias sobre estos trabajos inaugurales en: GUNDEL, A., “Viriato, lusitano, caudillo en las luchas contra los romanos. 147-139 a.C.”, Caesaraugusta, 31-32, 1968, p.177 (publicado originalmente en R.E. Pauly-Wisowa, IX, A, 1, Stuttgart, 1961, s.v. “Viriatus”, cols. 203-230); y RUBINSOHN, Z.W., “The Viriatic war and its Roman repercussions”, Rivista Storica dell´Antichitá, 11, 1981, pp.172-174.

(59) Como botón de muestra: ARENAS LÓPEZ, J., Reivindicaciones históricas. Viriato no fue portugués, sino celtíbero. Guadalajara, 1900; ID., La Lusitania Celtíbera, Madrid,1907; quien sustituye el sello lusitano del pasaporte de Viriato por el celtibérico. La rivalidad de los intelectuales españoles y portugueses por “fichar a Viriato en sus respectivos equipos nacionales” adquiere tintes de sainete en sentencias como la que sigue: “(Viriato) no fue ni una sola vez en esos años a Portugal, ni aún para una corta vacación; ni se aproximó a menos de cuarenta leguas de la actual frontera hispano-portuguesa” (KINDELAN DUANY, A., “Viriato. Sus teatros de operaciones”, Revista de Historia Militar, 2, 1958, p.13). El autor habla de “una Lusitania Celtíbera mediterránea distinta de la atlántica; ubicada en tierra aragonesa, hacia Molina de Aragón, verdadera patria de Viriato y sin conexión alguna con su sinónima occidental(Portugal)” (KINDELAN DUANY, A., art. cit., 1958, p.13).

(60) SCHULTEN, A., “Viriatus”, Neue Jahrbücher, 39, Heidelberg, 1917, pp.209-237.

(61) De rancio etnocentrismo y trasnochado romanticismo nacionalista ha sido tachada muy recientemente la literatura de Schulten (GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid, 1999, p.184). Vide en este sentido igualmente: GARCÍA MORENO, L.A., “Infancia, juventud y primeras aventuras de Viriato, caudillo lusitano”, Actas I Congreso Peninsular de Historia Antigua (Santiago, 1986), II, Santiago de Compostela, 1988, pp.373-382; ID., “La Hispania anterior a nuestra Era: verdad, ficción y prejuicio en la Historiografía antigua y moderna”, en Actas del VII Congreso Español de Estudios Clásicos, vol. III, Madrid, 1989, pp.17-43; PÉREZ VILATELA, L., “Notas sobre la jefatura de Viriato en relación con la Ulterior”, Archivo de Prehistoria Levantina. Homenaje a D. Fletcher Valls, 19, 1989, pp.191-204; ID., “Procedencia geográfica de los lusitanos de las guerras del s.II a.C. en los autores clásicos (154-139 a.C.)”, Actas VII Congreso Español de Estudios Clásicos, III, Madrid, 1989, pp.257-262; GUERRA, A. y FABIÂO, C., “Viriato: genealogia de um mito”, Penélope, fazer e desfazer a História, 8, 1992, pp.20-21.

(62) GARCÍA Y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, esp. pp.26-28 y 45-50. (Reeditado en A.A.V.V., Conflictos y estructuras sociales en la Hispania Antigua, Madrid, 1977, pp.13-60).

(63) Vide supra, I- Introducción. En otro orden de cosas, A. GARCÍA Y BELLIDO (“Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, pp.45-50) entiende la táctica guerrillera practicada por las bandas lusitanas y celtibéricas como algo genuinamente hispánico. Esta interpretación se engloba dentro de la idea de continuidad o identidad de lo español a lo largo de la Historia, tan patente en este autor. Así, por ejemplo, enmarca a Viriato en el retrato del “bandolero andaluz”, una de las fisonomías del homo hispanicus por antonomasia. Vide al respecto los comentarios de ARCE MARTÍNEZ, J., “Introducción” al libro de A. García y Bellido, Veinticinco estampas de la España antigua, Madrid, 5ª edición, 1991, p.17.

(64) SIMON, H., Roms Kriege in Spanien 154-133 v. Chr., Frankfurt, 1962, pp.87-100 y 116-142.

(65) GUNDEL, A., “Viriato, lusitano, caudillo en las luchas contra los romanos. 147-139 a.C.”, Caesaraugusta, 31-32, 1968, pp.175-198 (publicado originalmente en R.E. Pauly-Wisowa, IX, A, 1, Stuttgart, 1961, s.v. “Viriatus”, cols. 203-230); ID., “Probleme der römischen Kamfführung gegen Viriathus”, en Legio VII Geminae, León, 1970, pp.108-130.

(66) DYSON, S.L., “Native revolt patterns in the Roman Empire”, en Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt. Geschichte und Kultur Roms im Spiegel der Neueren Forschung (ANRW), II, Pincipat, 3, 1975, pp.148-150.

(67) BANE, R.W., “The development of Roman imperial attitudes and the Iberians wars”, Emerita, 44, 1977, pp.414, 419.

(68) KNAPP, R.C., Aspects of the Roman Experience in Iberia (206-100 B.C.), Valladolid, 1977, pp.30-32, 42-43 y 50-53.

(69) SANTOS YANGUAS, N. y MONTERO HONORATO, Mª.P., “Viriato y las guerras lusitanas”, Bracara Augusta, 37, 1983, pp.153-181.

(70) RICHARDSON, J.S., Hispaniae. Spain and the development of Roman imperialism, 218-82 B.C. Cambridge, 1986, pp.136-149 y 185-189. (Traducción al castellano: Hispania y los romanos. Historia de España, II. Barcelona. 1998).

(71) LÓPEZ MELERO, R., “Viriatus Hispaniae Romulus”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie II, 1, 1988, pp.247-261.

(72) FRANCISCO MARTÍN, J. de, Conquista y romanización de Lusitania, Salamanca, 1989, pp.57-75 (2ª edición, 1996).

(73) CURCHIN, L.A., Roman Spain. Conquest and assimilation, Londres-Nueva York, 1991, pp.33-39. (Traducción al castellano: España Romana. Conquista y asimilación. Madrid, 1996).

(74) PITILLAS SALAÑER, E., “Una aproximación a las reacciones indígenas frente al expansionismo romano en Hispania (205 al 133 a.n.e.)”, Memorias de Historia Antigua, 17, 1996, pp.137-141.

(75) LENS TUERO, J., “Viriato, héroe y rey cínico”, Estudios de Filología Griega, 2, 1968, pp.253-272. (Publicado también en Lens Tuero, J., Ed., Estudios sobre Diodoro de Sicilia, Granada, 1994, pp.127-143).

(76) GARCÍA MORENO, L.A., “Infancia, juventud y primeras aventuras de Viriato, caudillo lusitano”, Actas I Congreso Peninsular de Historia Antigua (Santiago, 1986), II, Santiago de Compostela, 1988, pp.373-382; ID., “La Hispania anterior a nuestra Era: verdad, ficción y prejuicio en la Historiografía antigua y moderna”, en Actas del VII Congreso Español de Estudios Clásicos, vol. III, Madrid, 1989, pp.31-43.

(77) GARCÍA QUINTELA, M.V., “Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, pp.111-138; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.1777-222.

(78) LENS TUERO, J., “Viriato, héroe y rey cínico”, Estudios de Filología Griega, 2, 1968, pp.253-272. (Publicado también en Lens Tuero, J., Ed., Estudios sobre Diodoro de Sicilia, Granada, 1994, pp.127-143).

(79) GARCÍA MORENO, L.A., “Infancia, juventud y primeras aventuras de Viriato, caudillo lusitano”, Actas I Congreso Peninsular de Historia Antigua (Santiago, 1986), II, Santiago de Compostela, 1988, pp.373-382; ID., “La Hispania anterior a nuestra Era: verdad, ficción y prejuicio en la Historiografía antigua y moderna”, en Actas del VII Congreso Español de Estudios Clásicos, vol. III, Madrid, 1989, pp.31-43.

(80) PÉREZ VILATELA, L., “Notas sobre la jafatura de Viriato en relación con la Ulterior”, Archivo de Prehistoria Levantina. Homenaje a D. Fletcher Valls, 19, 1989, pp.191-204; ID., “Procedencia geográfica de los lusitanos de las guerras del s.II a.C. en los autores clásicos (154-139 a.C.)”, Actas VII Congreso Español de Estudios Clásicos, III, Madrid, 1989, pp.257-262; ID., “Identificación de Lusitania (155-100 a.C.)”, Homenatge a José Esteve Forriol, Valencia, 1990, pp.133-140.

(81) GARCIA, J.M., “Viriato: uma realidade entre o mito e história”, Prelo, 9, 1985, pp.59-70; GUERRA, A. y FABIÂO, C., “Viriato: genealogia de um mito”, Penélope, fazer e desfazer a História, 8, 1992, pp.9-23; ALVAR EZQUERRA, J., “Héroes ajenos: Aníbal y Viriato”, en Alvar, J. y Blázquez, J.Mª. (Eds.); Héroes y antihéroes en la Antigüedad clásica, Madrid, 1997, pp.137-143; ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R. y RUIZ ZAPATERO, G., “España y los españoles hace dos mil años según el bachillerato franquista (período 1936-1953)”, Iberia. Revista de la Antigüedad, 1, 1998, pp.43-46.

(82) GARCÍA QUINTELA, M.V., “Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, pp.111-138; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, pp.1777-222.

(83) GARCÍA QUINTELA, M.V., “Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, p.131.

(84) Traducción de SCHULTEN, A., Fontes Hispaniae Antiquae. Fascículo IV. Las guerras de 154-72 a.C., Barcelona, 1937, p.328.

(85) Traducción de GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III, Madrid, 1999, p.215. El autor repara en este pasaje, pero con el fin de demostrar que en Viriato podrían descubrirse señales de poder regio indoeuropeo: “el texto de Diodoro, a pesar de las deplorables condiciones de transmisión, puede considerarse una aproximación correcta desde la mentalidad helenística a una realidad institucional ajena. Se describe a Viriato como si accediese a una suerte de realeza otorgada consensuadamente, con lo cual se sigue el modelo de concesión de honores helenístico a unos reyes que de ninguna forma asentaban su poder en un consenso análogo” (GARCÍA QUINTELA, M.V., op. cit., 1999, p.216).

(86) Traducción de SCHULTEN, A., Fontes Hispaniae Antiquae. Fascículo IV. Las guerras de 154-72 a.C., Barcelona, 1937, p.326.

(87) Traducción de GÓMEZ ESPELOSÍN, F.J., Apiano: Sobre Iberia y Aníbal, Madrid, 1993, p.103.

(88) Traducción de SCHULTEN, A., Fontes Hispaniae Antiquae. Fascículo IV. Las guerras de 154-72 a.C., Barcelona, 1937, p.330.

(89) El del “ladrón noble” es un rostro repetido en la historia social y en la literatura, ayer y hoy. Probablemente el caso más familiar es el de Robin Hood, a partir del cual pueden sintetizarse los rasgos definitorios de este particular tipo de bandido o rebelde de magnánimos ideales: “the image of the noble robber, which defines both his social role and his relationship with the common peasants. His role is that of the champion, the righter or wrongs, the bringer of justice and social equity. His relation with the peasants is that of total solidarity and identity. The image reflects both” (HOBSBAWN, E.J., Bandits, Harmondsworth, 1985, p.42).

(90) HOBSBAWN, E.J., Bandits, Harmondsworth, 1985, pp.41-56.

(91) LENS TUERO, J., “Viriato, héroe y rey cínico”, Estudios de Filología Griega, 2, 1968, pp.253-272. (Publicado también en Lens Tuero, J., Ed., Estudios sobre Diodoro de Sicilia, Granada, 1994, pp.127-143).

(92) Para un cotejo bibliográfico del “bandolerismo lusitano” nos remitimos a la nota 5. Personalmente creemos que estos fenómenos equivalen a la percepción clásica de una serie de conductas muy difíciles de descifrar. Es cierto que constituyen una reacción al desajuste social existente, con base en circunstancias internas (medioambientales, económicas) y externas (el avance de púnicos y romanos hacia el interior, la rivalidad con otras entidades indígenas). Pero no dejan de ser movimientos culturales, mal comprendidos por los escritores antiguos, que lejos de la marginalidad pudieran tocar de lleno con dinámicas aristocráticas, por ejemplo usos políticos y guerreros de carácter diplomático.

(93) Jefe del ejército mixto de vetones, vacceos y celtíberos que lucha frente a las tropas romanas en las inmediaciones de Toletum en el 193 a.C.; fue hecho prisionero por el pretor Marco Fulvio (Livio, XXXV, 7, 8). Se desconoce a cuál de estas entidades étnicas pertenecía.

(94) Uno de los grandes líderes lusitanos que ostiga repetidas veces en los años 155-154 a.C. a los romanos y a sus aliados meridionales asaltando sus territorios. En alguna de sus rapiñas colaboraron grupos de vetones (Apiano, Iber., 56).

(95) Sucede en la jefatura militar al anterior cuando fallece al ser golpeado por una piedra. Entabló combate con el general romano Mumio, y tras ser derrotado se dio a la fuga (Apiano, Iber., 56).

(96) Otro caudillo lusitano que en esos mismos años, tras tomar Conistorgis en territorio de los cuneos, cruza con sus tropas el Estrecho y asedia el norte de África, protagonizando cercos como el de Ocila (Apiano, Iber., 57).

(97) Último general lusitano, elegido sucesor de Viriato tras su asesinato en el 139 a.C. Se entrega a Cepión, pactando la rendición, y pone punto final a la guerra lusitana. Diodoro de Sicilia le denomina Taútamo (Didoro, XII, 33, 1, 4).

(98) Así al menos para Viriato, cuyo estatuto político se anuncia bajo estos vocablos (GUNDEL, A., “Viriato, lusitano, caudillo en las luchas contra los romanos. 147-139 a.C.”, Caesaraugusta, 31-32, 1968, pp.181-191; LÓPEZ MELERO, R., “Viriatus Hispaniae Romulus”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie II, 1, 1988, passim; GARCÍA QUINTELA, M.V., “Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, pp.121-122; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid, 1999, p.214).

(99) La cuestión terminológica puede llevar a equívoco ya que no están claras las diferencias conceptuales entre lo que una fuente llama dux y otra (o la misma en diferente ocasión) rex o regulus. ¿Identifican lo mismo o intentan establecer jerarquías observadas? Para avanzar en este sentido habría que realizar un seguimiento sobre el uso de determinados vocablos en el conjunto de la obra de uno o varios autores. Sobre jefaturas y figuras de poder en la Iberia prerromana: CARO BAROJA, J., “Las realeza y los reyes en la España antigua”, en Estudios sobre la España Antigua. Cuadernos de la Fundación Pastor, 17, 1971, pp.51-159 (publicado también en Caro Baroja, J., España Antigua. Conocimento y fantasía, Madrid, 1986, pp.185-223); LÓPEZ DOMECH, R., “Sobre reyes, reyezuelos y caudillos militares en la Protohistoria hispana”, Studia Historica. Historia Antigua, 4-5, 1986-87, pp.19-22; ALVAR EZQUERRA, J., “La jefatura como instrumento de análisis para el historiador: basileia griega y regulos ibéricos”, en Adánez, J. et alii, (Eds.), Espacio y organización social, Madrid, 1990, pp.111-126; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, passim; MUÑIZ COELLO, J., “Monarquías y sistemas de poder entre los pueblos prerromanos de la Península Ibérica”, en Sáez, P. y Ordóñez, S. (Eds.), Homenaje al Profesor Presedo, Sevilla, 1994, pp.285-289; ID., “Instituciones políticas celtas e ibéricas. Un análisis de las fuentes literarias”, Habis, 25, 1994, pp.91-105; PITILLAS SALAÑER, E., “Jefaturas indígenas en el marco de la conquista romana en Hispania y la Galia”, Hispania Antiqua, 21, 1997, pp.93-108; COLL I PALOMAS, N. y GARCÉS I ESTALLO, I., “Los últimos príncipes de occidente. Soberanos ibéricos frente a cartagineses y romanos”, en Aranegui Gascó, C., (Ed.); Actas del Congreso Internacional Los Iberos, príncipes de Occidente: Las estructuras del poder en la sociedad ibérica. Saguntum Extra-1, Valencia, 1998, pp.437-446.

Ya se ha indicado que GARCÍA QUINTELA, M.V. (“Viriato y la ideología trifuncional indoeuropea”, Polis, 5, 1993, pp.111-138; ID., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid, 1999) se inclina a pensar que la jefatura de Viriato podría equivaler a una autoridad soberana emparentada con el modelo de realeza indoeuropea.

(100) Ideas sobre la formación del poder en sociedades de jefatura desarrolladas en extensión por T.K. EARLE (How chiefs come to power. The political economy in Prehistory, Stanford, 1997) con razón de ser en tres casos de estudio: la región danesa de Thy en la Prehistoria (2300-1300 a.C.), la isla hawaiana de Kaua´i (800-1824) y el valle altoandino del Mantoro en Perú (500-1534). Si bien se habla de equilibrio, interdependencia y simultaneidad entre las distintas fuentes de poder (económico, militar e ideológico), el autor acaba por dar ligera primacía al elemento económico como base a partir de la cual fundar un sistema socio-político: “by controlling the production and distribution of staples and prestige goods, chiefs invest surplus so as to control military might and ideological right. To the degree that leaders control staple production that supports warriors and priests and control the specialized manufactured of their weapons and symbolic objects, military intimidation and religious sanctity belong to the rulers” (EARLE, T.K., op. cit., 1997, p.207). De nuevo, el control de la producción por parte del jefe y, particularmente, su papel redistribuidor resultan claves: “The flow of things through the economy is like an irrigation system. Tapped from natural flows, the water is diverted through built channels to water fields of choice. To the degree that the chief builds and controls the flow, he determines what flourishes and what perishes. Chiefly control over critical nodes of distribution in the material flows of the economy translates into control over the many fields of political action” (EARLE, T.K., op. cit., 1997, p.204).

En el fondo estamos ante el mecanismo que la antropología utiliza para explicar el nacimiento de la jefatura a partir del afianzamiento de un individuo redistribuidor: “La gestión de los excedentes de cosecha, que en parte seguía recibiendo para su consumo en festines comunales y otras empresas de la comunidad, tales como expediciones comerciales y bélicas, bastaban para legitimar su rango. De forma creciente, este rango era considerado por la gente como un cargo, un deber sagrado transmitido de una generación a otra con arreglo a normas de sucesión hereditaria. El gran hombre se habría convertido en jefe, y sus dominios ya no se limitaban a una sola aldea autónoma de pequeño tamaño sino que formaba una gran comunidad política, la jefatura” (HARRIS, M., Jefes, cabecillas, abusones, Madrid, 1996, p.37). Aplicado al binomio “mercancías venidas de economía de guerra” - “líder socio-político regulador”, la propuesta es perfectamente asignable, creemos, al Viriato literario y -en un plano más pragmático y anónimo- a la estampa de los grandes jerarcas guerreros de la Lusitania prerromana, salvando las distancias.

Para un acercamiento a la idea de poder y autoridad bajo los auspicios de la antropología social, vide también: BARNES, B., The nature of power, Cambridge, 1988; y, de muy reciente aparición, CHEATER, A., (Ed.), The anthropology of power. Empowerment and discupowerment in changing structures, Londres-Nueva York, 1999, y SKALNIK, P., “Authority versus power: a view from social anthropology”, en Cheater, A., (ed.), The anthropology of power. Empowerment and discupowerment in changing structures, Londres-Nueva York, 1999, pp.163-174.

(101) Sobre la devotio ibérica: RAMOS LOSCERTALES, J.Mª., “Hospicio y clientela en la España céltica”, Emerita, 10, 1942, pp.308-337; RODRÍGUEZ ADRADOS, F., “La fides ibérica”, Emerita, 14, 1946, pp.128-209; PRIETO ARCINIEGA, A., “La devotio ibérica como forma de dependencia en la Hispania prerromana”, Memorias de Historia Antigua, 2, 1978, pp.131-135; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.126-129; DOPICO CAÍNZOS, Mª.D., “La devotio ibérica: una revisión crítica”, en Mangas, J. y Alvar, J., (Eds.), Homenaje a José Mª Blázquez, II, Madrid, 1994, pp.181-193.

(102) Valerio Máximo, II, 6, 11; Dión Casio, LII, 20, 2; Estrabón, III, 4, 18; Servio, Ad.Georg., IV, 218; Plutarco, Sertorio, XIV, 5-6; César, B.C., III, 22; Apiano, B.C., I, 112.

(103) Diodoro, XXXI, 21a; Apiano, Iber., 74-75; Livio, perioch., LIV.

(104) Sobre los ludi funebres en la Hispania prerromana: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.Mª. y MONTERO, S., “Ritual funerario y status social: los combates gladiatorios perrromanos en la Península Ibérica”, Veleia, 10, 1993, pp.71-84.

(105) Diodoro, V, 34, 1; Valerio Máximo, III, 2, 21.

(106) Avanzado inicialmente por RAMOS LOSCERTALES, J.Mª., “Hospicio y clientela en la España céltica”, Emerita, 10, 1942, pp.308-337; ampliado con posterioridad en: SALINAS DE FRÍAS, M., “La función del hospitium y la clientela en la conquista y romanización de Celtiberia”, Studia Historica. Historia Antigua, 1, 1983, pp.21-41; MANGAS MANJARRÉS, J., “Hospitium y patrocinium sobre colectividades públicas: ¿términos sinónimos?”, Dialogues d´Histoire Ancienne, 9, 1983, pp.165-184; DOPICO CAÍNZOS, Mª.D., La Tabula Lougeiorum. Estudios sobre la implantación romana en Hispania, Vitoria, 1988, pp.17-46; EAD., “El hospitium celtibérico. Un mito que se desvanece”, Latomus, 48, 1989, pp.19-35; EAD., “Las Tabulae Hospitalis. Un instrumento de la dominación romana”, Revista de Arqueología, 196, 1997, pp.30-39; ETIENNE, R., LE ROUX, P. y TRANOY, A., “La tessera hospitalis, instrument de sociabilité et de romanisation dans la Péninsule Ibérique”, en Thelamon, F., (Ed.), Sociabilité, pouvoirs et société. Actes du colloque de Rouen (Noviembre, 1983), Rouen, 1987, pp.323-336; CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.122-124; SASTRE PRATS, I., RUIZ DEL ÁRBOL MORO, M. y PLÁCIDO SUÁREZ, D., “La integración de las comunidades indígenas del noroeste peninsular en el marco romano: el papel de los pactos de hospitalidad y patronato”, en de Balbín Behrman, R. y Bueno Ramírez, P., (eds.), II Congreso de arqueología peninsular. Tomo IV: Arqueología romana y medieval (Zamora, del 24 al 27 de septiembre de 1996), Zamora, 1999, pp.39-50.

(107) Aspecto sin constatación directa en nuestro marco geográfico, aunque existen ciertas huellas arqueológicas (repertorios cerámicos, despojos alimenticios, asadores, parrillas, trípodes y otros útiles asociados al fuego que recuerdan los restos de un festín; objetos exuberantes que pueden tomarse como regalos de prestigio: cinturones y corazas de lujo, armas singulares, calderos, braserillos, jarros, joyas...) que podrían sopesarse en este sentido. Contrariamente está bien documentado en el mundo galo gracias al conocido relato de Posidonio (en Ateneo, Banquete de los sofistas, IV, 36) a propósito de las costumbres convivales de los guerreros auvernos: “(...) los celtas en ocasiones durante sus festines pelean entre sí en combates singulares: excitados y armados, no dudan en entablar luchas figuradas y acaban golpeándose los unos contra los otros, algunas veces se producen heridas e incluso, alterados por ello y si los espectadores no les detienen, llegan a matarse. Nos cuenta también (Posidonio) que a la hora de presentar los asados, el más fuerte se llevaba la mejor tajada. Pero si alguien se oponía, se levantaban para combatir en duelo singular hasta morir. Otros, en lugares de ceremonia, habiendo recibido plata u oro, y algunos de entre ellos un número determinado de vasos de vino, y habiendo hecho testificar la donación y habiéndolo repartido como regalos a sus amigos y parientes, se echaban boca arriba, acostados sobre sus escudos para que uno de los asistentes les cortara el cuello con una espada”.

A este respecto, para la Galia: TIERNEY, J.J., “The Celtic Ethnography of Posidonius”, en Proceedings of the Royal Irish Academy, 60, C, Dublín, 1960, pp.189-275; FEUVRIER-PRÉVOTAT, C., “Echanges et sociétés en Gaule indépendante: à propos d´un tecte de Poseidonios d´Apamée”, Ktema, 3, 1978, pp.243-259; LEWUILLON, S., “Contre le Don. Remarques sur le sens de la reciprocité et de la compensation sociale en Gaule”, en Fonctionnement social de l´Âge du Fer. Table Ronde de Lons-le-Saunier, Lons-le-Saunier, 1993, pp.71-89; CUNLIFFE, B.W., The Ancient Celts, Oxford, 1997, pp.105-107. Para la Hispania indoeuropea: GARCÍA MORENO, L.A., “Organización sociopolítica de los Celtas en la Península Ibérica”, en Almagro Gorbea, M. (Dir.), Los Celtas: Hispania y Europa, Madrid, 1993, pp.331-336. Y para los círculos de poder de la Iberia meridional: QUESADA SANZ, F., “Vino, aristócratas, tumbas y guerreros en la cultura ibérica (ss.V-II a.C.)”, Verdolay, 6, 1994, pp.99-124; ID., “Vino y guerreros: banquete, valores aristocráticos y alcohol en Iberia”, en Celestino Pérez, S., (Ed.), Arqueología del vino. Los orígenes del vino en Occidente, Madrid, 1995 pp.273-296; DOMÍNGUEZ MONEDERO, A.J., “Del simposio griego a los bárbaros bebedores: el vino en Iberia y su imagen en los autores antiguos”, en Celestino Pérez, S., (Ed.), Arqueología del vino. Los orígenes del vino en Occidente, Madrid, 1995, pp.23-72.

(108) Estrabón (III, 3, 6): “Dicen de los lusitanos que son hábiles en las emboscadas y exploraciones, vivos, llevan armamento ligero, y son expertos en las maniobras. Tienen un escudo pequeño de dos pies de diámetro, cóncavo por delante y sujeto por correas porque no lleva abrazaderas ni asas, y portan además un puñal o cuchillo. La mayoría viste cotas de lino; son raros los que las usan de mallas y cascos de tres penachos, y los demás cascos de nervios. Los de a pie llevan grebas y varios venablos cada uno. Algunos usan también lanzas, cuyas puntas son de bronce” (traducción de MEANA CUBERO, Mª.J. y PIÑERO, F., Estrabón. Geografía. Libros III-IV, Madrid, 1992, pp.83-84).

(109) Diodoro (V, 34, 4-5): “(los lusitanos) Para la guerra llevan escudos muy pequeños, tejidos de nervios, con los cuales y gracias a su dureza pueden defender su cuerpo holgadamente. En su lucha lo manejan con destreza, moviéndolo a uno y otro lado del cuerpo y rechazando con habilidad todos los tiros que caen sobre ellos. Usan también picas hechas enteramente de hierro y con la punta a modo de arpón y llevan casco y espada muy parecida a la de los celtíberos. Lanzan sus picas con precisión y a larga distancia y causan a menudo heridas muy graves. Son ágiles en sus movimientos y ligeros en la carrera, por ello huyen o persiguen con rapidez” (traducción de GARCÍA Y BELLIDO, A., “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, Hispania, 21, 1945, p.547).

(110) Cuatro tentativas preliminares en esta línea son: para el ámbito celtíbero-lusitano, CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.104, 147 y 162; para el noroeste, GARCÍA QUINTELA, M.V., Mitología y mitos de la Hispania prerromana, III. Madrid, 1999, pp.280-282; para el espacio vetón, ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, p.299; y para el caso de los iberos, ALVAR EZQUERRA, J., “La syntaxis militar ibérica”, en Villar, F. y Beltrán, F., (Eds.), Pueblos, lenguas y escrituras en la Hispania prerromana. Actas del VII Coloquio sobre Lenguas y culturas paleohispánicas (Zaragoza, Marzo de 1997), Zaragoza, 1999, pp.57-73.

(111) A propósito de Viriato, Apiano, Iber., 75.

(112) Diodoro, XXXIII, 1, 3 y 5; XXXIII, 21a.

(113) En la que sigue habiendo lugar para el revestimiento estoico y ejemplar con que los autores griegos presentan al lusitano, ahora en lo tocante al valor material de las cosas. Un claro ejemplo se encuentra en la reflexión que Viriato dirige el día de su boda a su suegro Astolpas, al contemplar las lujosas alhajas del banquete (¿tal vez una fiesta de mérito -y de emulación suntuaria- más, característica de los círculos aristocráticos indígenas?):

Diodoro (XXXIII, 7, 1): “Y de las muchas cosas que con gran tino dijo, en una sola respuesta dejó el contenido de muchas sentencias sobre la ingratitud a los bienhechores y la imprudencia de construir grandes esperanzas sobre los inestables bienes de la fortuna; y principalmente que estas famosas riquezas de su suegro estaban sometidas al que tuviesen la lanza; y, por tanto, que más bien a él se le debía gratitud, pues nada le daban siendo él el dueño de todo” (traducción de SCHULTEN, A., Fontes Hispaniae Antiquae. Fascículo IV. Las guerras de 154-72 a.C., Barcelona, 1937, p.329).

(114) Así lo ha visto P. Ciprés en la sociedad celtibérica: “A aquellos que disponían de un séquito la guerra, en general, les permitía obtener los recursos económicos necesarios con los que poder asegurar su servicio. En el caso del jefe militar su prestigio estaba determinado por su papel como redistribuidor del botín obtenido, si bien el retrato de algunos de los generales más importantes parece estar sujeto a estereotipos; en ellos siempre la justicia en el reparto y la generosidad son algunas de las características fundamentales que las fuentes le atribuyen. Recíprocamente la comunidad aporta de forma individualizada o particular bienes al jefe, que suponen el reconocimiento de su superioridad y que se conceden en la seguridad de que a cambio se obtendrán otros beneficios. De esta forma, en lo poco que podemos observar, vemos cómo se constituye un mecanismo de distribución de los recursos” (CIPRÉS TORRES, P., Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, Vitoria, 1993, pp.134, 166).

(115) MAUSS, M., “Ensayo sobre los dones. Razón y forma del cambio en las sociedades primitivas”, en Sociología y Antropología, Madrid, 1971, pp.155-263 (edición original: “Essai sur le don. Forme et raison de l´echánge dans les sociétés archaïques”, L´Année Sociologique, I, 1925, pp.30-186). Como revisión de los postulados de Mauss y reapertura del debate, vide las últimas contribuciones al tema de VAN WEES, H., “The law of gratitude: reciprocity in anthropological theory”, en Gill, C., Postlethwaite, N. y Seaford, R., (eds.), Reciprocity in Ancient Greece, Oxford, 1998, pp.13-49, y GODELIER, M., The enigma of the gift, Cambridge, 1999. Sobre el valor social de los objetos: DOUGLAS, M. y ISHERWOOD, B., The world of Goods: towards an Anthropology of Consumption, Nueva York, 1979 (2ª edición, 1996); APPADURAI, A., “Introduction: commodities and the politics of value”, en Appadurai, A., (Ed.), The Social Life of Things: Commodities in Cultural Perspective. Cambridge, 1986, pp.3-63; HOSKINS, J., Biographical objects: how things tell the story of people´s lives, Londres, 1998; GOSDEN, C. y MARSHALL, Y., “The cultural biography of objects”, en Marshall, Y. y Gosden, C., (eds.), The cultural biography of objects. World Archaeology. Londres, 31 (2), 1999, pp.169-178; SCHIFFER, M.B., Material life of human beings: artifacts, behaviour and communication, Londres-Nueva York, 1999.

(116) LEWUILLON, S., “Contre le Don. Remarques sur le sens de la reciprocité et de la compensation sociale en Gaule”, en Fonctionnement social de l´Âge du Fer. Table Ronde de Lons-le-Saunier, Lons-le-Saunier, 1993, pp.71-89; SÁNCHEZ MORENO, E., Meseta occidental e Iberia exterior. Contacto cultural y relaciones comerciales en época prerromana. Tesis Doctoral en Microfichas. Universidad Autónoma de Madrid, 1998, pp.581-584 y 697-707; MUÑIZ COELLO, J., “Riqueza y pobreza en la España prerromana. Notas sobre la función social de los objetos suntuarios”, Habis, 29, 1998, pp.23-36.

(117) En un contexto posterior y con un cambio en la cabeza protagonista, la relación de dependencia personal que lusitanos y celtíberos manifiestan hacia Sertorio se articula simbólicamente mediante el juego de regalos. Presentes que el romano daba a los peninsulares (cascos y escudos ricamente decorados, se nos dice) y que eran correspondidos por otros ofrecidos por los indígenas o por su entrega fiel hasta la muerte (Plutarco, Sert., XI, 4). Las fuentes contienen otros ejemplos donde la entrega de obsequios se maniobra como política de atracción. Así, en el 206 a.C. Escipión galardona a los reyezuelos hispanos, haciendo entrega a Indíbil de 300 caballos (Livio, XXVII, 19, 1) y agasajando a un joven indígena con un anillo y una fíbula de oro, una túnica laticlava, un puñal y un caballo enjaezado (Livio, XXVII, 19, 12). Volviendo al ciclo viriático, Audax, Ditalcón y Minuro asesinan en el 139 a.C. a su compañero y líder después de acceder al soborno de Cepión, que les promete grandes dávidas una vez consumada la traición (Apiano, Iber., 74).

(118) La posesión material de lo exótico y las connotaciones simbólicas implícitas en las gestas llevadas a cabo en tierras lejanas (lo que supone atisbar nuevos horizontes y tener acceso a conocimientos ajenos), obran fuertemente de cara a la acentuación del poder político. El éxito militar en el extranjero además de enriquecimiento directo, aporta a los jefes guerreros regresados un referente de prestigio en sus comunidades locales, del cual se sirven para intensificar relaciones de dominio, incluso ideológicamente. En este sentido tiene su interés recordar que Viriato despliega sus teatros de operaciones en distintos frentes separados por notable distancia: Beturia, Turdetania, Carpetania, Celtiberia... También los vetones muestran un carácter móvil en sus acciones guerreras y diplomáticas, que alcanzan puntos de Carpetania, Turdetania, Oretania y quizá Contestania (SÁNCHEZ MORENO, E., Vetones: historia y arqueología de un pueblo prerromano, Madrid, 2000, pp.218-223). Sobre el poder que manifiesta la apropiación de ideas, técnicas y usos inéditos derivados de exploraciones y viajes a larga distancia, véase la sugestiva aproximación de HELMS, M.W., Ulysses´ Sail. An ethnographic Odyssey of power knowledge and geographical distance, Princenton-New Jersey, 1988).

(119) HARRIS, M., Jefes, cabecillas, abusones, Madrid, 1996, pp.30-31.

VII- UNA OTEADA AL REGISTRO FUNERARIO: AJUARES GUERREROS Y JERARQUIZACIÓN SOCIAL EN LA MESETA OCCIDENTAL

Seguidamente vamos a prestar atención al panorama funerario del occidente peninsular en la Edad del Hierro con el objeto de cotejar algunas de las ideas expresadas hasta aquí. El primer apunte es poner de manifiesto la relativa escasez de información y la subjetividad innata a la hora de interpretar sociológicamente los depósitos funerarios en los que hay patente una carga simbólica de muy difícil -por no decir imposible- percepción. De entrada se desconoce prácticamente todo sobre el mundo funerario del noroeste, no existiendo evidencia alguna de enterramiento en tierras de galaicos, astures ni lusitanos septentrionales. Los testimonios más occidentales documentados son las necrópolis de cremación correspondientes a los círculos vetón y vacceo en un marco cronológico que tiene su mayor expresividad, grosso modo, en los ss. IV-III a.C., aunque se empiezan a formar algo antes y su uso se mantiene en ocasiones hasta los ss. II-I a.C. La posibilidad de contar con un cúmulo importante de datos sobre estos dos ámbitos, especialmente en la antigua Vettonia, que además han sido valorados en conjunto muy recientemente en un par de monografías dedicadas a este pueblo (120), hace que tomemos el repertorio funerario vetón como guía de referencia.

Los cementerios vetones son de envergadura considerable, tanto por el número de tumbas de algunos sitios, cuanto por la dispersión de éstas sobre amplias áreas que pocas veces han sido excavadas en su totalidad. Esto explica uno de los rasgos más característicos: la disposición de las sepulturas en distintos sectores separados por espacios estériles. Tal fenómeno responde a patrones espaciales y confiesa conductas socio-familiares. Muy probablemente muestre el reflejo post mortem de unidades gentilicias o familiares, que parecen constituir el sistema de agrupamiento tradicional entre estas gentes. A nivel individual el modelo de enterramiento es bastante uniforme: un pequeño hoyo excavado a poca profundidad en el que reposa la urna cineraria y el resto de elementos de ajuar, que aunque habituales no siempre hacen acto de presencia. Los depósitos funerarios acostumbran a sellarse con tierra y lajas de piedra y sólo esporádicamente se recurre a su singularización exterior erigiéndose algún tipo de estructura tumular o estela. Estos encanchados pétreos albergan generalmente varios enterramientos, pero a veces sólo cobijan uno o incluso pueden carecer de sepultura, como sugieren ciertos cenotafios o tumbas simbólicas del sector I de la necrópolis de La Osera; alrededor de los mismos la concentración de tumbas suele ser una constante. La conexión de estas estructuras tumulares con la élite social no sólo viene corroborada en el hecho de que estas construcciones son elementos de prestigio per se, sino también en que bajo las mismas se exhuman por regla general el mayor número de objetos arqueológicos y los de mayor riqueza. En este sentido, buena parte de las tumbas de guerrero más sobresalientes descansan bajo túmulos y empedrados.

Los ajuares de las necrópolis vetonas son, en efecto, altamente significativos. En primer lugar porque su distribución no es homogénea (cuadro 1): en unos lugares están presentes en el 15% de los enterramientos (Las Cogotas), en otros en el 30% (El Romazal I), el 50% (La Osera), mientras que hay necrópolis (El Raso, El Mercadillo, Las Ruedas) que contabilizan ajuar en aproximadamente el 80 % de los casos, que como ya se ha dicho no siempre corresponden a la suma total de sepulturas. Todo lo cual lleva ineludiblemente a hablar de distintos grados de riqueza y, en consecuencia, de una sociedad desigual o jerarquizada. Además ha de advertirse que en cada uno de los sectores funerarios que conforman una necrópolis se detecta una disimetría en los ajuares (desde unos pocos muy ricos hasta una mayoría con exiguos elementos o carentes de ajuar), de lo que puede colegirse la existencia de desigualdades internas en cada una de las asociaciones familiares que ocupan espacios determinados. Elementos de ajuar son, además de la propia urna funeraria, una variedad de recipientes cerámicos y, con mayor expresión social, armas (espadas, lanzas, puñales, escudos, corazas, tahalíes...), arreos de caballo y adornos variados (arracadas, anillos, fíbulas, alfileres, pinzas, cuentas de collar de pasta vítrea...). Igualmente pueden incluirse objetos más cotidianos, como herramientas (punzones, hoces...) y útiles domésticos (fusayolas) y/o rituales (calderos, tenazas, asadores, parrillas, trébedes, timiaterios...).

Contrastando la categoría y el número de estos enseres con la estructura de las tumbas y con indicios rastreables en las fuentes literarias, se han llevado a cabo análisis cuantitativos que intentan aproximar lecturas sociales a propósito de las gentes enterradas. Sin duda no representan la totalidad de la sociedad toda vez que la deposición funeraria en necrópolis colectivas tiene un carácter selectivo (121), limitado probablemente a los individuos de pleno derecho. La mayoría de estos ensayos se han practicado sobre los cementerios abulenses de Las Cogotas y La Osera, los que ofrecen un muestrario más completo (122).

El armamento es, sin duda alguna, un principio de distinción social, amén de emblema de estatus y autoridad. Éste se recupera en número variable según los cementerios, pero generalmente en una proporción reducida de tumbas: el 3% en Las Cogotas y La Coraja, en torno al 15 % en El Raso y El Romazal I, entre un 15 y un 26% en los distintos sectores de La Osera, un 35% en el cementerio vacceo de Las Ruedas y hasta un 64% en Los Castillejos de la Orden, en el límite de los territorios lusitano y vetón; si bien en estos dos últimos escenarios las áreas excavadas deben corresponder al espacio funerario de personajes socialmente destacados dado el elevado porcentaje de tumbas de guerrero. Conviene precisar que la cantidad y calidad de las armas tampoco es uniforme: numéricamente lo más acostumbrado es la aparición de una o dos lanzas, mientras que las panoplias más completas, las de la élite guerrera (aquellas que incluyen espada o puñal, escudo y un par de jabalinas, acompañándose en ocasiones de bocados de caballo y otras piezas relevantes), suelen ser más esporádicas (123).

A continuación, se presenta un cuadro que muestra la relación de sepulturas con ajuar y sepulturas con armas sobre el total de enterramientos exhumados en necrópolis de la Edad del Hierro Final del Occidente Peninsular (124).

A tenor del aval informativo disponible, la estructura social de la Iberia occidental en las postrimerías del Ier milenio a.C. puede esquematizarse en un patrón piramidal sustentado sobre dos puntales: a) una minoría aristocrática y guerrera, a la que cabe imaginar aventajada económica y políticamente, en el vértice, y, en la base, b) un dilatado cuerpo poblacional en situación de inferioridad.

El punto de partida es remarcar la discriminación de un grupo restringido que hace alarde de riqueza material en el espacio mortuorio. El ajuar no es exclusivo del mismo, pues está presente en distinto grado en otras sepulturas, pero sí tienden a serlo los elementos relacionados con el caballo y, sobre todo, las armas; si no todas, sí los equipos completos y las muestras más espectaculares. En la medida que declara la posición privilegiada y la autoridad de ciertos individuos, el armamento ofrendado en las tumbas se revela con un significado más simbólico (pero selectivo) que real, sin desautorizar su empleo de facto en circunstancias necesarias (125). No es fácil integrar los porcentajes de las diversas necrópolis para determinar el baremo medio de este sector aventajado: las particularidades de cada una, la relatividad estadística a la hora de valorar poblaciones globales y las variaciones en el número de depósitos funerarios, en la alineación de los ajuares y en el uso cronológico de los cementerios, plantean trabas difícilmente superables. Pese a ello -y asumiendo la provisionalidad del diagnóstico-, este grupo supondría aproximadamente el 15-20% de cada comunidad. Parece factible discernir en él un subsector ciertamente reducido de individuos, acaso un 5-10% sobre el total. Serían éstos los linajes propietarios de tumbas con estructuras fuera de lo común (túmulos y empedrados); los dinastas que se entierran con panoplias singulares exhibiendo armas de parada; la elite ecuestre que hace del caballo un atributo más de su poder (126); los líderes (¿jefes redistributivos?) con quienes vincular determinados artículos de lujo y bienes de prestigio no pocas veces de naturaleza exótica (127) y que nos anuncian cómo las relaciones con el exterior (guerreras o pacíficas) son otra fuente inestimable de poder. En suma, los jerarcas militares engrandecidos por los muchos semblantes de la guerra (y no sólo por la guerra), a los que nos hemos atrevido a alojar en la parábola de Viriato.

Secundando a estos jefes supremos se articula una capa de familiares, fieles o clientes en buena posición socio-económica que tal vez podamos aprehender como individuos de pleno derecho. A ellos cabría asignar en líneas generales las tumbas de riqueza relativa, con elementos de ajuar medio y armas más corrientes. Eso mismo podría avalar su carácter de “propietarios o individuos libres de pleno derecho”: sujetos que llegaron a acumular en vida una fortuna más o menos digna que quedaría reflejada en el equipo funerario, y que a nivel profesional compaginarían sus actividades económicas (agricultura, ganadería, metalurgia y demás industrias artesanales, comercio...) con servicios militares cuando sus jefes lo precisaran. Estas prestaciones de armas, además, bien pudieron ser recompensadas por los círculos rectores con regalos, condecoraciones y otras deferencias; a la sazón, detalles no nimios a la hora de consolidar la situación social de los ciudadanos guerreros. La trabazón entre este sub-conjunto y la elite de poder no está clara, pero bien puede pensarse, al socaire de las fuentes literarias y de lo argüido páginas atrás, en relaciones clientelares de devotii o adhesiones guerreras amoldadas a viejos hábitos indígenas. Incluso arqueológicamente algo así parecen vislumbrar ciertas áreas cementeriales donde una amalgama de sepulturas de mediana categoría se disponen y ordenan en torno a un túmulo principal en posición nuclear.

Si en lo relativo a los primeros estadios sociales hay cierta luz, no puede decirse lo mismo de la población restante. Forzando los datos podríamos entrever que en cada unidad poblacional definida (binomio poblado-necrópolis) aproximadamente el 70% de sus integrantes se incluyen en un abultado tronco social caracterizado de entrada por un nivel de riqueza reducido y por una condición social eminentemente baja. Se trata de un colectivo amplio y disperso, compuesto por agrupaciones familiares o gentilidades en proceso de descomposición interna, muy difíciles de escalonar en subgrupos específicos. En el registro funerario este segmento social vendría estandarizado en la mayoría de tumbas simples sin apenas ajuar; pero, hipotéticamente, algunos miembros podrían haber recibido un tratamiento mortuorio substitutivo, quizá por tratarse de personas sin derechos jurídicos suficientes como para ser incluidos en la comunidad y hacer uso de las necrópolis.

No se sabe con certeza si la naturaleza de estas gentes humildes fue servil en su conjunto. Probablemente coexistió una población libre más o menos empobrecida con otros grupos subyugados, si bien consideramos que la expresión de esclavitud verdaderamente probada en estas sociedades prerromanas es la de prisioneros de guerra. Por lo demás, esta base social estaría dedicada a labores primarias (cuidado de los ganados, faenas agrícolas y mineras), no ya como propietarios sino presumiblemente como trabajadores dependientes; al tiempo que obligada a participar en empresas al servicio de la comunidad (construcción de obras defensivas, engrosamiento de cuadrillas guerreras, etc.).

VIII- REFLEXIÓN FINAL

Diremos, como recapitulación última de ideas, que la guerra es un complejo mecanismo que entre otras cosas confiere prestigio político, promoción social e ingresos económicos. Sobre esta base los jefes guerreros son los grandes beneficiarios del sistema. A ellos van a parar fundamentalmente las ganancias obtenidas en tanto líderes y valedores de la comunidad. En primer plano las recompensas mayores, por ejemplo los territorios conquistados. También la fama y autoridad inherentes al liderazgo militar exitoso... Y, por detrás de todo ello, son ellos igualmente quienes controlan y se apropian de otras mercancías móviles venidas con la guerra, caso de los botines y tributos que han acaparado nuestro interés.

Las nuevas tenencias -en realidad la suma de los bienes económicos- son posteriormente distribuidas entre la población en una circulación social que recuerda el movimiento centrífugo a partir de un punto central, lo característico del patrón redistributivo. En este marco, una particular modalidad de reparto adoptada por los grupos de poder es la concesión de regalos dentro de una atmósfera de marcada jerarquización. Al fin y al cabo una manera de regular lazos de dependencia y reciprocidad en el seno de unas poblaciones en transformación y con fuertes señales de desigualdad social, tal como descubren varios pasajes de las fuentes clásicas y, explícitamente, la arqueología funeraria de la Edad del Hierro.

Todo ello ofrecía la guerra. Esta cara interna puede ser la clave que de sentido al juicio que la acción de Viriato, circunstancial jefe redistributivo que ha guiado el avance de este ensayo, merece a Dión Casio (LXXIII): “En suma, no emprendía la guerra ni por avaricia, ni por amor al mando, ni por cólera, sino que la hacía por ella misma, y es por esto sobre todo que fue temido por belicoso y conocedor del arte bélico”.


NOTAS

(120) Nos remitimos a estas dos síntesis donde se reúne y enjuicia toda la información conocida, que además nos exime de detallar ahora la bibliografía anterior: ÁLVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, pp.169-198 y 295-303; y SÁNCHEZ MORENO, E., Vetones: historia y arqueología de un pueblo prerromano, Madrid, 2000, pp.87-106 y 235-240).

(121) Súmese la eventualidad de otras prácticas funerarias sin registro arqueológico: la expositio de guerreros caídos en combate para ser descarnados por aves, lo que acreditan Silio Itálico (Pun., III, vv.340-343) para los celtíberos y Eliano (De Nat. An., X, 22) para los vacceos, además de varios testimonios iconográficos; o el arrojamiento de cuerpos y cenizas a ríos y lagos, ritos reconocidos en otras culturas atlánticas e indoeuropeas.

(122) Así, MARTÍN VALLS, R., “Segunda Edad del Hierro. Las culturas prerromanas”, en Valdeón, J., (dir.), Historia de Castilla y León, vol.I, cap.VI, Valladolid, 1985, pp.121-123; GONZÁLEZ-TABLAS SASTRE, F.J., “La necrópolis de Trasguija: aproximación al estudio de la estructura social de Las Cogotas”, Norba, 6, 1985, pp.43-51; CASTRO MARTÍNEZ, P.V., “Organización espacial y jerarquización social en la necrópolis de Las Cogotas (Ávila)”, Arqueología Espacial. Coloquio sobre el Micro-espacio, III, Teruel, 1986, pp.127-138; KURTZ SCHAEFER, W.S., La necrópolis de Las Cogotas. Volumen I: Ajuares. Revisión de los materiales de la necrópolis de la Segunda Edad del Hierro en la cuenca del Duero (España), British Archaeological Reports, Oxford, 1987; SÁNCHEZ MORENO, E., “Aproximación social a la meseta occidental prerromana: riqueza y jerarquización en la necrópolis de El Raso (sector El Arenal). Candeleda, Ávila”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 23, 1996, pp.164-190.

Aun con apreciaciones particulares, estos estudios perfilan una sociedad jerarquizada en cuatro niveles: a la cabeza un puñado de grandes jerarcas militares o caballeros arropados por un cuerpo de guerreros más extenso (armado con equipos sencillos o incompletos), un grupo de artesanos, comerciantes y especialistas mal identificado arqueológicamente y, por debajo, el grueso de gente humilde a quien cabe atribuir las sepulturas sin ajuar, bien con sólo urna cineraria o bien cremaciones depositadas directamente en el suelo, lo propio de los rangos inferiores, tal vez siervos. A este abanico habría que añadir un grupo de enterramientos femeninos, en los que resulta más difícil precisar categorías sociales por la menor expresividad de los materiales asociados. Los nuevos datos que se están ofreciendo sobre el cementerio de La Osera (Chamartín, Ávila) resultan muy indicativos. Según los mismos y en lo que respecta a la cúspide social, habría un reducido número de linajes militares que hacen uso de los túmulos más sobresalientes, cuyas tumbas contienen panoplias completas, atalajes de caballo y otros artículos de prestigio, y con los cuales hay que relacionar las estructuras cenotáficas o “espacios de honor”; además, la contigüidad de ciertos depósitos podría señalar relaciones de parentesco e incluso un carácter hereditario en la transmisión de poder y estatus. Sería el caso de los túmulos con enterramientos superpuestos: después de sellados, se reabrían para acoger sepulturas de otros miembros del linaje (BAQUEDANO BELTRÁN, I. y MARTÍN ESCORZA, C., “Distribución espacial de una necrópolis de la II Edad del Hierro: la zona I de La Osera en Chamartín de la Sierra, Ávila”, Complutum, 7, 1997, pp.175-194).

Para la relación sociedad-arqueología de la muerte, vide las indicaciones de RUIZ ZAPATERO, G. y CHAPA BRUNET, T., “La Arqueología de la Muerte: perspectivas teórico-metodológicas”, Necrópolis celtibéricas. II Simposio sobre los Celtíberos, Zaragoza, 1990, pp.364-369; y las aplicaciones (para el mundo funerario ibérico) de QUESADA SANZ, F., “Riqueza y jerarquización social en necrópolis ibéricas: los ajuares”, en Mangas, J. y Alvar, J., (Eds.), Homenaje a J.Mª. Blázquez, vol.II, Madrid, 1993, pp.447-466.

(123) En su excelente disección, J.R. ALVAREZ SANCHÍS (Los Vettones, Madrid, 1999, p.177) distingue siete combinaciones o equipos militares diferentes en los cementerios vetones, de los cuales los más frecuentes son los números 1 (una o dos lanzas) y 2 (espada o puñal, escudo y pareja de lanzas). R. MARTÍN VALLS (“Segunda Edad del Hierro. Las culturas prerromanas”, en Valdeón, J., (dir.), Historia de Castilla y León, vol.I, cap.VI, Valladolid, 1985, p.121) ya había catalogado cuatro sub-categorías dentro de los ajuares guererros, por orden jerárquico: 1) los conjuntos suntuarios, con ejemplares de gran calidad profusamente decorados, 2) los que contienen arreos de caballo, 3) las panoplias completas con armas más sencillas, y 4) las deposiciones con tan sólo uno o dos elementos.

Por otra parte, hay que diferenciar dos momentos principales en la secuencia cronológico-cultural del armamento vetón: Fase I (fines s.V a.C.-fines s.IV a.C.), de la que son características la espada de antenas atrofiadas (sobre todo la modalidad Alcácer do Sal), la espada de frontón, la falcata, el cuchillo afalcatado, la lanza con larga punta de nervio central, el soliferreum, el escudo troncocónico tipo Alpanseque y con más restricción, cinturones y discos-coraza; un elenco de piezas que señalan un notorio influjo ibérico-meridional (ÁLVAREZ SANCHÍS, op. cit., 1999, pp.180-187). Fase II (fines s.IV a.C.-fines s.III a.C.), definida por el mantenimiento de los equipos en general, en los que se van introduciendo, no obstante, novedades como son la preponderancia de la espada de antenas atrofiadas tipo Arcóbriga, la tendencia a reducir la longitud de las armas, la irrupción del puñal (variantes Monte Bernorio, de frontón y dobleglobular) y el incremento de arreos de caballo (sobre todo bocados de anilla) (ÁLVAREZ SANCHÍS, op. cit., 1999, pp.187-194).

(124) Algunas matizaciones con relación a la cuantificación del cuadro. En el sector Las Guijas B de El Raso el número total de enterramientos es 53, pero sólo 34 son susceptibles de análisis; en La Trasguija, el total de tumbas es 1.613, de las que únicamente 1.447 pueden computarse para este tipo de estimaciones. De La Osera, sólo se ha publicado íntegramente la zona VI, contándose con referencias parciales de la zona I; precisamente no contabilizamos los 17 túmulos sin enterramiento tenidos por cenotafios registrados en esta zona I. Por último, los datos de las necrópolis cacereñas de Alcántara y, sobre todo, de La Coraja son sumamente imprecisos; en absoluto se refieren a la totalidad de la superficie cementerial sino a ciertas áreas sólo parcialmente sondeadas.

Las cifras han sido sistematizadas a partir de los estudios emprendidos directamente sobre estos cementerios. Para El Raso: FERNÁNDEZ GÓMEZ, F., Excavaciones arqueológicas en El Raso de Candeleda (Ávila), I, Ávila, 1986, pp.529-877; ID., La necrópolis de la Edad del Hierro de “El Raso” (Candeleda, Ávila). “Las Guijas, B”. Arqueología en Castilla y León. Memorias 4. Zamora; SÁNCHEZ MORENO, E., “Aproximación social a la meseta occidental prerromana: riqueza y jerarquización en la necrópolis de El Raso (sector El Arenal). Candeleda, Ávila”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 23, 1996, pp.164-190. Para La Trasguija/Las Cogotas: CABRÉ AGUILÓ, J., “Excavaciones en Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila). II, La Necrópolis”, Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, 120, 1932, Madrid; KURTZ SCHAEFER, W.S., La necrópolis de Las Cogotas. Volumen I: Ajuares. Revisión de los materiales de la necrópolis de la Segunda Edad del Hierro en la cuenca del Duero (España), British Archaeological Reports, Oxford, 1987. Para La Osera: CABRÉ AGUILÓ, J., CABRÉ DE MORÁN, Mª.E. y MOLINERO PÉREZ, A., El castro y la necrópolis del Hierro céltico de Chamartín de la Sierra (Ávila), Madrid, 1950; BAQUEDANO BELTRÁN, I. y MARTÍN ESCORZA, C., “Distribución espacial de una necrópolis de la II Edad del Hierro: la zona I de La Osera en Chamartín de la Sierra, Ávila”, Complutum, 7, 1997, pp.175-194. Para El Mercadillo: HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. y GALÁN DOMINGO, E., La necrópolis de El Mercadillo (Botija, Cáceres). Extremadura Arqueológica, VI, Badajoz, 1996. Para El Romazal I: HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F., “La necrópolis de El Romazal. Plasenzuela (Cáceres)”, en Mangas, J. y Alvar, J. (Eds.), Homenaje a J.Mª. Blázquez, vol.II, Madrid, 1993, pp.257-270; HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. y GALÁN DOMINGO, E., op. cit., 1996, pp.112-121. Para La Coraja: ESTEBAN ORTEGA, J., “El poblado y la necrópolis de La Coraja, Aldeacentenera, Cáceres”, en El proceso histórico de la Lusitania oriental en época prerromana y romana, Mérida, 1993, pp.71-82. Para Los Castillejos de la Orden: ESTEBAN ORTEGA, J., SÁNCHEZ ABAL, J.L., FERNÁNDEZ CORRALES, J.Mª., La necrópolis del Castro del Castillejo de la Orden, Alcántara (Cáceres). Cáceres, 1988. Para Las Ruedas: SANZ MÍNGUEZ, C., Los vacceos: cultura y ritos funerarios de un pueblo prerromano del valle medio del Duero. La necrópolis de Las Ruedas, Padilla de Duero (Valladolid). Memorias. Arqueología en Castilla y León, 6, Salamanca, 1998.

(125) Vide nota 37.

(126) Al respecto, SÁNCHEZ MORENO, E., “El caballo entre los pueblos prerromanos de la meseta occidental”, Studia Historica. Historia Antigua, 13-14, 1995-96, pp.207-229; ALMAGRO GORBEA, M., Ideología y poder en Tartessos y el mundo ibérico. Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia (Madrid, 17 noviembre de 1996). Madrid, 1996, pp.116-128; ID., “Guerra y sociedad en la Hispania céltica”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.217-220; ID., “Signa Equitum de la Hispania céltica”, Complutum, 9, 1998, pp.112-113; QUESADA SANZ, F., “¿Jinetes o caballeros? En torno al empleo del caballo en la Edad del Hierro peninsular”, en La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania, Madrid, 1997, pp.185-194; SALINAS DE FRÍAS, M., “Sobre la caballería de los celtíberos en relación con su organización social”, Hispania Antiqua, 22, 1998, pp.75-87; GARCÍA-GELABERT PÉREZ, Mª.P., “La caballería entre los pueblos de la Hispania prerromana”, en Alonso Ávila, A., Crespo Ortiz de Zárate, S., Garabito Gómez, T. y Solovera San Juan, Mª.E., (Coor.), Homenaje al profesor Montenegro. Estudios de Historia Antigua. (Universidad de Valladolid), Valladolid, 1999, pp.293-303; ALMAGRO GORBEA, M. y TORRES ORTIZ, M., Las fíbulas de jinete y de caballito. Aproximación a las élites ecuestres y su expansión en la Hispania céltica, Zaragoza, 1999; independientemente de que se trate sólo de “caballeros aristócratas” o de verdaderos equites en el sentido de conformar ya cuerpos militares de jinetes. La proporción teórica jinete/infante con base en la documentación arqueológica se ha fijado en 1/4 en Las Cogotas y en 1/6 en La Osera (ALVAREZ SANCHÍS, J.R., Los Vettones, Madrid, 1999, p.299).

(127) Substancialmente de origen meridional: falcatas y espadas de frontón, discos-coraza, cinturones ibéricos, recipientes metálicos rituales, cerámicas griegas, adornos de pasta vítrea...; algo que atestiguan con nitidez los cementerios abulenses de La Osera y El Raso en el s. IV a.C. (SÁNCHEZ MORENO, E., Meseta occidental e Iberia exterior. Contacto cultural y relaciones comerciales en época prerromana. Tesis Doctoral en Microfichas. Universidad Autónoma de Madrid, 1998, pp.397-445, 525-538 y 696-707).

La pregunta es obligada: ¿cómo llegan estas importaciones singulares a tierras centro-occidentales? Entre las respuestas, una posibilidad no excluyente son los ejercicios guerrero-diplomáticos desplegados por las élites lusitano-vetonas en el exterior o en contacto con fuerzas extranjeras. No sólo actos violentos en sí (los ineludibles robos, expolios, botines y tributos que han centrado la primera parte de este artículo); también prácticas de índole benigna: acuerdos políticos, emblemas de amistad, intercambio aristocrático interregional, relaciones comerciales, etc.

Por otra parte es fácil caer en la tentación de, yendo sin duda demasiado lejos, intentar casar la información arqueológica y literaria. Aun asumiendo riesgos, queremos dejar patente la sensación de familiaridad o mensaje común que se obtiene al poner en paralelo aquellos depósitos funerarios que sobresalen por su ajuar nutrido y especial (armas, vajilla, instrumental ecuestre, adornos, calderos, elementos asociados con el fuego; las sepulturas 350, 390 y 514, zona VI, la 551, zona IV, la II del túmulo C, zona I, o el túmulo XXXI, todos en La Osera, por citar unos ejemplos) con el dibujo literario del jefe guerrero propietario y distribuidor de riquezas. De momento sólo una remembranza; deséchese toda pretensión de asociación directa entre testimonios de distinta clase distanciados cronológicamente en dos siglos.
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1 comentario

lorena -

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