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Terrae Antiqvae

Petra, una historia de piedra

Petra, una historia de piedra JORDANIA. La tarjeta de presentación del reino hachemita, objeto de mil leyendas, sabe que el turista quiere sorpresas rotundas, ambiciona postales. Y la antigua capital nabatea se las da, con una sabiduría escénica, cinematográfica

Por MERCEDES IBAIBARRIAGA, El Mundo.es. Viajes

Fueron los nabateos quienes dejaron de ser nómadas para asentarse en Petra y convertirla en su esplendorosa capital, cuya enigmática belleza a nadie deja indiferente.

Los ojos beduinos de Awad Aid repasan las escaleras de Al-Khazneh (el Tesoro), pasean por la plaza de arena, y vuelven sobre su café cargado de cardamomo. El mismo viaje todos los días. Una mirada nostálgica no puede devolver distancias. Veinte pasos que son veinte años separan su tenderete de bebidas del lugar donde su familia colocaba la jaima, a los pies del monumento más famoso de Petra.

Entonces, los rebaños de cabras recorrían la ciudad tallada en la piedra, los cultivos de trigo y centeno rodeaban los milenarios edificios, y las cuevas y tumbas del reino nabateo eran el hogar de su tribu, los bedoul.

Llegó la Unesco a esta maravilla largo tiempo olvidada y azotada por trece siglos de tormentas de arena e inundaciones —se calcula que el 75 por ciento del centro urbano de Petra continúa bajo tierra—, y la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1985. Así que Awad Aid desmontó la jaima donde pasaba los veranos, sacó los utensilios de cocina de la cueva que habitaba el resto del año con su mujer y parte de sus 23 hijos, y se marchó a la aldea de Umm Sayhum, sucesión de casas bajas de cemento idénticas, levantadas por el gobierno jordano para reinstalar a la tribu. Allí viven 1.800 bedoul, con sanidad gratuita, luz, agua corriente y escuela, pero Awad Aid, a sus 60 años, añora las cuevas. «La vida de antes era lo mejor que poseíamos —dice—.

Los ingenieros construyeron las casas y se acabó la libertad. Para nosotros, las montañas de Petra son nuestro hogar, aquí hemos vivido siempre. En las habitaciones nos sentimos encerrados y cuando hace calor, preferimos dormir bajo las estrellas. Muchos subimos a pasar la noche en las azoteas de las casas».

Desde esos techos contemplan los que fueron sus dominios; los ásperos cañones y riscos de arenisca rojiza, ocre y gris azulado, blandas laderas a las que el pueblo nabateo arrancó, a golpe de martillo y cincel desde el siglo IV antes de Cristo, obeliscos, tumbas, templos, altares, teatros, presas, pozos y magníficos sistemas de canalización de agua. El fresco pasadizo del Siq, cincelado de esculturas y bajorrelieves que dan paso a la soberbia ciudad de roca, se convirtió en la estrella que guió y atrajo a las caravanas de camellos de las rutas comerciales de Egipto, la antigua Arabia y Mesopotamia.

EL OLVIDADO.

Petra cobraba portazgo para franquear su entrada, y ofrecía cobijo, manjares y protección a los camelleros cargados de incienso, especias, mirra, sedas, pieles africanas. Hoy los beduinos han perdido para siempre la posesión de este reino, olvidado por la Historia largo tiempo, y ocultado por las tribus de la zona a los ojos extranjeros. Ironías del destino, Awad Aid asegura que su tatarabuelo fue el beduino que acabó descubriendo el desfiladero hacia Petra, al atónito explorador suizo Jean Louis Burckhardt, el 22 de agosto de 1812. Así lo cuenta Awad: «El nombre de mi tatarabuelo no lo encontrarás en los libros de historia. Se llamaba Hussein Jamal y él guió al extranjero por Petra».

«Le llevó —prosigue— porque Burckhardt lo engañó, haciéndole creer que era un peregrino musulmán y que se llamaba Ibrahim. Incluso mi tatarabuelo se responsabilizó delante de las gentes de nuestra tribu, que le creían un espía turco. Burckhardt mintió a todos. Y no cayeron de verdad en la cuenta de lo que había pasado hasta que aparecieron tres ingleses, 24 años después, y luego el pintor David Roberts, en 1836». Aquello no podía sospecharlo Hussein Jamal —si éste es el nombre del antepasado de Awad y su historia es cierta—, cuando aceptó el pago de dos herraduras por mostrar el camino a Petra.

Burckhardt había llegado con otro beduino, que a su vez recibió dos cabras y veinte piastras (una libra esterlina) por guiarle durante 350 kilómetros desde las ruinas del castillo de Shobak, en las cercanías de Petra, hasta Egipto. Ese era el verdadero objetivo del suizo, contratado por una sociedad británica —la Asociación Africana—, que promovía «descubrimientos en África». Es decir, acumulaba informes de sus agentes para facilitar la colonización. El Cairo era el punto de partida de Burckhardt, porque desde allí debía avanzar hasta la costa oeste de África en una caravana.

Pero la casualidad saludó al suizo en su travesía, y quiso que pasara a la Historia como el occidental que reencontró la ciudad olvidada de Petra. Todo, por un cambio de itinerario: eligió la entrada por la actual Jordania y no la vía de Trípoli, como habían hecho otros exploradores desaparecidos. Durante dos años aprendió la lengua, gestos y costumbres árabes, se dejó crecer una larga barba, se convirtió al islam y cambió su nombre por el de Ibrahim Ibn Abdallah. Así que aquel agosto de 1812, cuando encontró al guía local que le llevaría hasta Egipto, el origen de Burckhardt, cuando menos, resultaba confuso.

Justo antes de emprender viaje con su guía, Burckhardt oyó hablar de unas «antigüedades admirables», en un recóndito lugar de Wadi Musa o Valle de Moisés.

Entonces, según escribió en su diario —publicado póstumamente en Londres bajo el título Viajes por Siria y Tierra Santa—, tuvo que inventar una excusa para que su guía lo llevara hasta allí: «La pura curiosidad de ver el wadi —relató— habría levantado las sospechas de los árabes. Por lo tanto, fingí que había hecho el voto de sacrificar una cabra en honor de Harún (Aarón), cuya tumba sabía que estaba situada en el extremo del valle; mediante esta estratagema pensé que podría ver el valle de camino a la tumba. Mi guía nada tenía que objetar a eso; el temor de que cayese sobre él, si oponía resistencia, la cólera de Harún, le acalló completamente».

Para su suerte, Burckhardt se mantuvo inquebrantable: justo antes de entrar al Wadi Mousa, su guía hizo un último intento de que sacrificara la cabra en cualquier montaña de la zona, desde donde podía ver, a lo lejos, la cima donde se supone que está enterrado Aarón, el hermano de Moisés. Según el Corán, es el mismo lugar donde Mahoma recibió la revelación. Lo que está claro es que a Aarón lo veneran cristianos, judíos y musulmanes, y lo único que Burckhardt tenía claro es que no pensaba sacrificar la famosa cabra mirando la cima desde la lejanía.

Así consiguió Burckhardt presentarse en la aldea de Eldjy, a la entrada de Wadi Mousa, y acabó conociendo y contratando al supuesto tatarabuelo de Awad (Hussein), para que le descubriera la ciudad secreta a cambio de las dos herraduras. Hussein se echó a los hombros la cabra que debía sacrificar Burckhardt, y emprendieron el camino a la tumba de Aarón, después de vencer las desconfianzas de las tribus.

Por fin Burckhardt lograba entrar a Petra. Su fascinación fue tan intensa como el temor a que descubrieran su artimaña. Anotó en la memoria lo que veía, para poder transcribirlo luego en su diario, donde cita: «Lamento no poder dar un inventario muy completo de esas antigüedades, pero conocía muy bien el carácter de la gente que me rodeaba; estaba sin protección en medio de un desierto en el que jamás había sido visto un viajero, y un examen detallado de esas obras de infieles, como las llamaban, habría levantado la sospecha de que yo era un mago en busca de tesoros; cuanto menos hubiese sido detenido y me habrían impedido proseguir mi viaje a Egipto. Con toda probabilidad me habrían robado el poco dinero que poseía y, lo que era infinitamente más valioso para mí, mi diario».

Así, intentando disimular la emoción de pisar la mítica ciudad olvidada por los europeos, Burckhardt se internó por la estrecha grieta del Siq, precedido del silencio y la incertidumbre. Esto es, precisamente, lo que no experimentan los 350.000 visitantes que todos los años avanzan por este pasadizo —el mismo que recorrían las antiguas caravanas comerciales— fulminando carretes, grabando vídeos, pasando las manos por el frágil bajorrelieve de una magnífica caravana de camellos recién sacada a la luz. Del grabado se desprende una fina lluvia de arenisca tras el gesto de los turistas, que aumentan cada año a velocidad de vértigo.

En 1991 a Petra llegaron 40.000 visitantes, cifra que, tras el acuerdo de paz entre Israel y Jordania, se ha multiplicado casi por diez. La entrada al recinto, que en 1996 era un jaleo de polvo, chiquillos con sus burros de alquiler, niños vendiendo artesanías y caos en general, es hoy un impecable edificio con mostrador de información, tiendas, una sucursal del Banco Arabe e instrucciones para contratar guías, carruajes, paseos a caballo, burro o camello.

LOS TURISTAS.

Los animales también han recibido su dosis de marcialidad, y aguardan al turista ordenadamente, en un espacio a pocos metros de traspasar la entrada. Más adelante la Policía del Desierto, con sus túnicas verde caqui, sus fajines, los cuchillos al cinto y los fusiles al hombro, se encargan de disuadir a los visitantes aventureros de acampar en las montañas, como hasta hace poco solían hacer. Lo que los turistas llaman Petra, es una fracción —la más espectacular— de un área de 264 kilómetros cuadrados, parque arqueológico nacional desde 1993.

Desde su centro, Petra se ramifica, durante 853 kilómetros cuadrados, en un laberinto de wadis o cauces de ríos secos, y antiguas rutas de caravanas que llevaron incienso de Omán a Gaza y regresaron cargadas con brazaletes de oro de los talleres de Alepo, hacia los zocos de Yemen. Un entramado de siglos que empezó a forjarse cuando el pueblo nabateo llegó a Petra en el siglo IV aC., y desalojó de estas tierras a sus antiguos pobladores, los edomitas.

Para exasperación de investigadores, se sabe tan poco de los edomitas que la arqueóloga británica Cristal-M.Bennet, los describe así: «Ese pueblo evasivo, enigmático, que revolotea intermitentemente en las páginas de la Biblia, que negó a Moisés el paso por su territorio a la vuelta de Egipto, que provocó la cólera de los últimos profetas, en especial Jeremías y que, finalmente, fue desposeído de sus tierras por los nabateos».

Está claro que los nabateos, además de artistas, eran avispados mercaderes y astutos negociantes. No sólo porque lo digan los manuscritos antiguos, sino porque este pueblo de pastores nómadas supo comprender que el enclave era perfecto para controlar las rutas comerciales, recaudando aranceles por atravesar el territorio que hicieron suyo.

Las quebradas, riscos y barrancos de Petra se convirtieron en su fortaleza de piedra. La bautizaron Requem, nombre semítico que alude a una tela de variados tonos, con que el que evocaron las coloridas vetas y jaspeados de las rocas de Petra, de las que se extraen polvos de arenisca de nueve tonalidades. Cuando Requem se hizo esencial en el comercio, autores clásicos como Plinio y Estrabón la reflejaron en sus escritos con el nombre griego para ‘piedra’: Petra.

Para las caravanas de incienso que llevaban viajando doce semanas desde Omán, y habían atravesado los pedregales arenosos del oeste de Arabia, tenía que ser aliviante avistar a los centinelas nabateos custodiando la entrada a la quebrada, pagar el portazgo, desfilar bajo el arco del que hoy sólo quedan restos, y adentrarse en el sombreado Siq. Por su kilómetro y medio de longitud corría paralela el agua fresca, magistralmente canalizada en la roca mediante tuberías de cerámica.

El sabio dominio del agua fue la clave que hizo de Petra una próspera ciudad —contaba 30.000 habitantes cuando Roma la conquistó, en el año 106—. La necesidad hizo de los nabateos auténticos ingenieros hidráulicos: para detener el agua que se vertía al Siq desde 19 manantiales, construyeron una presa a su entrada, que encauzaba el líquido hacia un sorprendente túnel de 88 metros de longitud y seis de altura, por el que hoy los excursionistas se aventuran, en dirección a otra pequeña y agradable quebrada.

Pero el grueso del pelotón turístico no se detiene en estos bellos detalles, ni en los aljibes, ni en los diques de mampostería en las montañas, que protegían la ciudad de inundaciones repentinas. El turista quiere sorpresas rotundas, quiere postales. Y Petra se las da. Con una increíble sabiduría escénica, casi cinematográfica.

Después de haber hecho pasar al viajero por la estrecha garganta del Siq aparece, en un recodo de las paredes, como si lentamente se descorrieran las cortinas negras de un teatro rocoso, la media silueta rojiza de Al-Khazneh, el Tesoro, la estrella de Petra, tarjeta de presentación de Jordania y objeto de mil leyendas. Burckhardt describe su llegada, y su sorpresa, así: «Después de avanzar durante casi media hora entre las rocas, aparecía un mausoleo excavado, cuya situación y belleza están calculados para producir en el viajero una extraordinaria impresión».

PROSPERIDAD.

Resulta abrumador pensar que su fachada de 40 metros de altura y 28 de anchura, sus columnas corintias, los frisos con relieves, las gastadas esculturas y los frontones inspirados en el arte helenístico, fueron ganados pacientemente a la piedra por las manos nabateas, con un martillo y un cincel. Hundido en la pared rocosa que lo ha protegido de siglos de abandono, viento y lluvia, el Tesoro se ha dejado adular por el cine —Indiana Jones y la última cruzada—, los cómics de Tintín —Stock de Coque—, algún bestseller de Agatha Christie, decenas de anuncios, vídeos musicales, documentales y los adjetivos fascinados, hace menos de un mes, de los Príncipes de Asturias.

La historia más surrealista del Tesoro es la de su propio nombre y la urna que lo corona. Durante décadas, las tribus de Petra supusieron que albergaba «el tesoro del faraón del Éxodo», y se dedicaron a disparar contra la urna con la esperanza de derribarla y apropiarse de sus riquezas. La creencia de que Petra estaba llena de tesoros fue el obstáculo que impidió a Burckhardt detenerse en la tumba de Aarón.

Así describió la incómoda circunstancia: «Para sorpresa de mi guía, en el camino yo había entrado en varios sepulcros, pero cuando vio que me apartaba de mi ruta hacia la tumba, exclamó: ‘Ahora veo claramente que es usted un infiel, que tiene alguna misión particular que hacer en las ruinas de sus antepasados. Puede estar seguro de que no le permitiremos sacar la más mínima parte de todos los tesoros que hay escondidos aquí, pues están en nuestro territorio y nos pertenecen’».

El único tesoro que hay en Petra es Petra en sí misma: los monumentos funerarios, los templos, el magnífico teatro construido por los nabateos para 3.000 espectadores y ampliado por los romanos hasta 7.000, la simbología del supremo dios Dusares, representado con las rocas sin tallar, porque la piedra era dios.

Los chiquillos ofrecen piedras veteadas a los turistas, los jóvenes les llevan en camello, los padres convierten las arenas de colores en dibujos encerrados en botellas, y los más preparados trabajan en las labores arqueológicas. Para las tribus locales, el verdadero tesoro de Petra son los extranjeros, y los nostálgicos ojos beduinos de Awad Aid acaban reconociéndolo.

GUIA:

COMO LLEGAR

La mejor forma de volar al país es con la compañía Royal Jordanian (Tfnos: 91 542 80 06 y 93 374 05 51. Internet: www.rja.com.jo), que ofrece vuelos directos desde Madrid y Barcelona a Ammán, desde 499 euros. En julio y agosto, las salidas desde Madrid se realizan los martes, miércoles, sábados y domingos. Desde Barcelona salen los jueves y domingos. Petra se encuentra a tres horas de la capital jordana, Ammán, por la carretera del Desierto o cinco por el Camino de los Reyes. Los autobuses de la empresa local JETT (Tfno: 566 41 46) viajan a Petra los domingos, martes y viernes.

DONDE DORMIR

Petra dispone de un gran número de hoteles. Entre los más lujosos y encantadores destacan el Mövenpick Hotel Resort (Tfno: 03 215 68 71) y el Taybet Zannan (Tfno: 900 10 04 63), emplazado en una villa decimonónica, a nueve kilómetros de Petra. Este último es realmente fascinante. Menos sofisticado, pero igualmente recomendable, es el Crown Plaza Petra (Tfno: 03 215 62 66).

GASTRONOMiA

La cocina jordana se compone de una deliciosa cantidad de aperitivos, como el hummus, el baba ghanush, con berenjenas, y el kibbe maqliya, empanadillas de carne picada. El mansaf, una especialidad beduina de cordero, es el plato típico nacional. De postre, son deliciosas las baklawas y el konafa, un pastel con queso y almíbar. El té se sirve con hierbabuena y el café se aromatiza con cardamomo.

QUE VISITAR

Aunque Petra sea la joya de Jordania, el Reino Hachemita atesora otros lugares únicos, legados de la Historia. Así, son impresionantes las ciudadelas romanas de Um Quais y Jerash —se dice de ésta última que es la ciudad romana mejor conservada, tras Pompeya—. Merece también una visita el Castillo de los Cruzados de Kerak, el río Jordán y el Monte Nebo, donde murió Moisés. Nadie puede irse de Jordania sin una estancia en algún balneario del Mar Muerto, ni sin haber recorrido la inmensidad del Wadi Rum, el desierto de Lawrence d’Arabia.

MAS INFORMACION

En las delegacionaes de la Oficina de Turismo de Jordania en Madrid (Tfno: 91 447 50 87) y en la de Barcelona (Tfno: 93 207 26 49).

DATOS

Geografía: Petra está emplazada a 257 kilómetros al sur de Ammán, la capital del Reino Hachemita de Jordania, país de Oriente Medio, con 89.213 km2 de extensión, que limita con Siria, Irak, Arabia Saudí, Israel y Palestina.

Población: Jordania tiene aproximadamente 4,9 millones de habitantes.

Idioma: La lengua oficial es el árabe. Es fácil comunicarse en inglés, idioma que se usa profusamente entre las clases medias y alta.

Moneda: La divisa oficial de Jordania es el dinar, que equivale a 1,68 euros.

Clima: La climatología es principalmente árida y desértica, que cuenta con una estación de lluvias en el oeste de noviembre a abril. Durante los meses de invierno es suave, con una media de 22º centígrados. Mientras que en verano, en la capital el termómetro ronda los 33 ºC.

Documentación: Para viajar a Jordania se necesita el pasaporte en vigor para obtener un visado de entrada que puede obtenerse en el aeropuerto.

IMPRESCINDIBLE

1.- Llegar el primero al Siq. Nada como adentrarse por el desfiladero del Siq al amanecer, en soledad y silencio, antes de que lleguen los grupos de turistas. Da una idea de la emoción que debió sentir Burckhardt al recorrer esta estrecha grieta rocosa —plagada de bajorrelieves votivos y dedicada al dios Dusares— y encontrar, tras un kilómetro de caminata, la sorpresa del Tesoro.

2.- Un café frente al Tesoro. Es difícil encontrar otra terraza con vistas más asombrosas. El sencillo puesto de bebidas y recuerdos del beduino Awad Aid y su familia, tiene delante uno de los monumentos más sorprendentes del mundo. Tomar algo en un lugar privilegiado como éste costaría en Europa tres veces más.

3.- Colores. Rojo, ocre, gris azulado, blanco, amarillo… hasta nueve tonos se pueden extraer de las piedras de Petra. En algunas fachadas e interiores de los templos y viviendas, la combinación de colores en círculos concéntricos crea formas tornasoladas que han sido inspiración inagotable de poetas.

4.- Sin rumbo. Cuando cumpla el espectacular itinerario tradicional, anímese a salir de lo obligado y haga caminatas por el Túnel Nabateo; por el Jebel al-Khubtha, encima del Tesoro; por el Altar de los Sacrificios; o por los wadis Muthlim y Siyagh, para disfrutar de otras perspectivas paisajísticas donde no llega la mayoría de turistas.

5.- Atardecer. Un buen lugar para contemplar la caída del sol es sentarse en las ruinas de la Vía de las Columnas. Desde allí, la vista panorámica de la Fachada de las Tumbas y el Palacio es magnífica. Además, resulta entretenido ver las carreras de camellos que a veces hacen los guías, levantando nubes de polvo dorado.

6.- Resonancia. Las piedras devuelven ecos de otros siglos. Pruebe a quedarse solo en la llamada Tumba de la Urna y, por ejemplo, cante. Además de comprobar la resonancia, habrá conseguido disfrutar un momento en soledad, cosa que no es fácil en Petra.

7.- Sonrisa beduina. La tribus bedoul, almmaren, al surur, al alayya, al albediyya o howeita ofrecen la cálida hospitalidad beduina en toda la zona de Petra, y siempre están dispuestos a ayudar y guiar a los visitantes.

8.- Subida al Monasterio. La caminata de una hora hasta el colosal Monasterio —de formas parecidas al Tesoro, pero mucho mayor— es una tortuosa ruta excavada en la roca, con más de 800 peldaños. Desde allí se domina el magnífico paisaje de riscos y quebradas.

9.- Botellas de arena. El típico recuerdo de Petra se hace más especial al conocer la historia de cómo surgió: Mohamed Abdullah Othman tenía 10 años cuando, en la década de los 60, se obsesionó con machacar las areniscas de colores para extraer tonalidades de arena y mezclarlas, una y otra vez, en el único envase de cristal que tenía: una ampolla de penicilina. Probando cientos de veces, finalmente consiguió formar un camello con la ayuda de una pajita de plástico. Pasó 20 años perfeccionando sus diseños: palmeras, geometrías o paisajes, y cargando en su camello las botellas del restaurante y la pensión del vecino pueblo de Ma’an. Las rellenaba con los dibujos que inventaba y luego las vendía a los escasos turistas de la época. Botella a botella, fue el primer beduino de Petra que se compró un coche. Hoy su hermano Hussein Abdullah continúa con el arte familiar, en el puesto colectivo de la Asociación de las Arenas, en Petra.

10.- Descanso en el Teatro. Las 33 hileras de gradas en colores rojo, gris y blanco del teatro de origen nabateo que ampliaron los romanos son el lugar perfecto para sentarse a tomar notas en el cuaderno de viaje y relajarse.
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